Hay crónicas urbanas que provienen de una imagen, de la suerte que en ocasiones tenemos de ser espectadores y testigos silenciosos de vidas ajenas. Va crescendo el deseo de dar testimonio por gracia del buen ejemplo y las rutinas compartidas de un espacio determinado. En el Barrio Fátima de Medellín, al frente de la tienda de Karen hay una casa muy emblemática de este lugar, es de dos pisos, grande y con el aura enaltecida de esos lugares con historia y mucha dignidad. Allí vive una familia antioqueña de pura cepa, numerosa como lo fueron hace más de cincuenta años todas, que hasta hace poco, tenía a doña Carollna como el corazón y la representación de una saga ejemplar, centenaria, altiva, hermosa, pese a sus años conservó la lozanía y el buen talante de las matrones de esta parte del país, acicalada desde temprano, pulcramente vestida, empezaba unas rutinas repetidas, con una alegría contagiosa, siempre alrededor de muchos familiares. Verlos genera mil expectativas, todas buenas, la razon inexplicable por ahora.
Recordé a Úrsula Iguaran quien murió a los 115 años o a los 122, murió un Jueves Santo, como su creador. Antes de eso, había dado las últimas e inapelables instrucciones a todo miembro del clan Buendía que se había cruzado en su camino. Fue la matriarca de Macondo, la compañera del primero de los José Arcadios. Había perdido la cuenta de su edad, ocupada en sostener a toda su parentela, de avivarla, de recordarle que la familia es lo más importante, pasó la mayor parte de su vida ocupada en su esposo y en las mil ocupaciones que nacían de Macondo.
La casa de doña Carollna parece un ser vivo, la actividad es permanente y casi todos los días pierdo la cuenta de cuantos llegan, cuantos se quedan y en que se ocupan. Pienso en una novela llamada "Nada se opone a la noche", Delphine de Vigan que refleja en su trama el conflicto entre escritura y verdad. En sus novelas, marcadas por un pulso de thriller bien gestado, el lector se descubre preguntándose por los límites entre la ficción y la realidad constantemente.
Quise escribir sobre doña Carolina porque su imagen me suscito muchas preguntas y una sola respuesta: La paz que resulta de las labores y metas cumplidas en la vida, nace de la lucha por la buena vida y el amor por los otros. Siento que la mejor educación es el ejemplo. En esta casa solo hay mujeres bellas, de todas las edades, parecen esas mujeres hermosas de las peliculas de Luis Buñuel. Tienen el porte clásico de las Antioqueñas de provincia.
Los fines de semana la peregrinación a esta casa se multiplicaba. Mas visitantes, más carros, más paquetes, como en las iglesias, solo se ve gente entrar y salir en medio de la mirada alegre y altiva de doña Carloina sentada en la puerta de su casa, un pasillo limpio y amplio que muchas veces fue el centro de reunión de la familia. Desde la tienda percibía su tranquilidad y mirada sabia. Fue siempre la consentida no solo de su parientes sino del barrio.
Doña Carolina se nos fue hace poco. Como la casa de Úrsula, su descendencia parece con sus actos y peregrinación a este lugar, recordarla, saber que nadie se muere y el ejemplo y el recuerdo se vuelven anclajes de una vida cada vez más dura, pensar en ella constituye un balsamo, una fuerza que alimenta. Nunca he cruzado mayor palabra con la familia, pero verlos en esas rutinas compartidas me suscita igualmente recuerdos bellos hoy, ensombrecidos por el tiempo y la angustia existencial .
Alguien debe escribir un relato amplio sobre la genealogía y la historia de esta familia. "La casa de las dos palmas" de Manuel Mejía Vallejo es un ejemplo a seguir. En esta novela, a través de una historia familiar se cuenta gran parte de la historia Antioqueña y porque no del país. Doña Carloina debió nacer en el último periodo de la hegemonía conservadora, pienso que en la presidencia de Miguel Abadía Méndez o en triunfo de Enrique Olaya Herrera que inaugura los gobiernos liberales del siglo XX, en 1930 concretamente. Apenas en ese periodo se terminaba el aeropuerto Olaya Herrera en Medellín. Es un hecho que la ciudad vivió un período de cambio, percibido en la actualidad como extraño, concentrado y rápido entre 1880 y 1930, donde se dan los primero pasos de la modernización de las ciudades y un inusitado crecimiento por el incremento y agudización de la violencia en la periferia. Doña Carolina, vivió todo el periodo de la violencia, la dictadura de Rojas Pinilla, el Frente nacional, los gobiernos entre 1974 hasta la constituyente del 91 del siglo pasado. Fue testigo de la historia más importante del país. Sobrevivir a esto avatares en un departamento con los mayores índices de violencia fue un privilegio. Esta crónica, como escribí al principio nació de una imagen que no quiero que se diluya con el tiempo, este es el primer intento para tenerla siempre viva como corresponde a personas de su importancia.