En los años setenta, Jorge Herralde, editor y fundador de Anagrama, creó una colección que funcionaba como una herramienta intelectual de combate anterior a los tiempos de la transición española, al final de la dictadura. Una serie de textos breves, críticos y accesibles que eran una suerte de portavoz de su tiempo, reflejaban la vocación francotiradora de la editorial y se atrevían a proponer preguntas y temas en una sociedad que los necesitaba y los pedía: los «Cuadernos Anagrama».
El 1 de mayo de 1970, con el régimen franquista como telón de fondo, la editorial publicaba Las raíces de la burocracia, de Isaac Deutscher, la versión abreviada de tres conferencias que el filósofo pronunció en la London School of Economics, en las que analizaba el surgimiento y el desarrollo de la burocracia en el contexto de la Unión Soviética tras la Revolución rusa. Cincuenta y seis años más tarde, el texto continúa siendo relevante por su forma de explicar un presente dominado por la administración burocrática. A ese libro de Deutscher le siguieron textos de Edmund Leach, Claude Lévi-Strauss, Noam Chomsky, Eugenio Trías, Louis Althusser, Jacques Lacan y Michel Foucault. Efectivamente: esa colección había nacido para hacer llegar de forma práctica, rápida y asequible el pensamiento crítico de la época al máximo número de hogares posible de España.
La colección finalizó en 1982, con un último libro que reunía textos de Jacques Léonard y Michel Foucault y la discusión de ambos textos en una mesa redonda que tuvo lugar el 20 de mayo de 1978, donde estaban presentes, entre otros, Carlo Ginzburg, Catherine Duprat y los mismos Léonard y Foucault. Era este un gran final para los «Cuadernos»: un volumen colectivo con grandes pensadores del siglo XX que contaban cómo hay que hacerse cargo del pasado, y también del presente. Todo para comprender el futuro. ¿No era ese el objetivo último de estos ensayos?
Años más tarde, en 2017, se recuperó esa colección con un diseño renovado, pero con las mismas intenciones. Los motivos eran varios, pero, la sensación, similar a la de los años setenta: urgía la necesidad de articular esa lanzadera de pensamiento crítico e ideas desafiantes. Hacía falta recuperar esa vocación francotiradora. De ahí el nombre: «Nuevos cuadernos Anagrama», o cuadernitos, como los llaman los lectores y libreros, incluso los editores de la casa.
Y fue justo el pasado mes de enero de 2026 cuando esta renovada colección celebró la publicación de sus primeros cien títulos. En los últimos años, los «Nuevos cuadernos Anagrama» han propuesto debates que han calado en la conversación social. Nueva ilustración radical, de la filósofa Marina Garcés, es uno de los primeros textos que refundaron los cuadernitos, un ensayo que desafía los relatos apocalípticos de la reacción antiilustrada que domina las narrativas de nuestro presente e impone ideas autoritarias, fanáticas y catastrofistas.
Después de ella, llegaron otros textos fundamentales que han ido marcando los debates políticos y culturales de los últimos años en España, como Ofendiditos, de Lucía Lijtmaer, que revisa los conceptos de neopuritanismo, corrección política y criminalización de la protesta; el más reciente El sentido de consentir, un ensayo iluminador de la filósofa Clara Serra sobre el consentimiento; o Estuve aquí y me acordé de nosotros, la radiografía de Anna Pacheco sobre el turismo en plena crisis de la vivienda en España. Entre medio, textos brillantes como la conferencia que pronunció Paul B. Preciado en diciembre de 2019 ante miles de psicoanalistas revisando la epistemología de la diferencia sexual que propone la disciplina, titulada Yo soy el monstruo que os habla, un antes y un después en los estudios de género y psicoanálisis.
No es casualidad, pues, que el número 100 de la colección, el volumen que celebra el hito de los cuadernitos, sea el perfil que el periodista Óscar Martínez escribe sobre el líder autoritario de El Salvador, Nayib Bukele: un texto atrevido, escrito desde el exilio, que desarma a través de la narración a uno de los líderes más crueles del mundo. De hecho, desarmar es otra de las grandes intenciones de este proyecto: despojarnos de los prejuicios, abrir el debate, tratar de comprender el presente e intentar divisar algo de luz entre la niebla que tantas veces no nos permite ver.
NOVEDADES
De La Semana
Arrancamos con la recuperación en «Panorama de narrativas» de cuatro libros esenciales de nuestro catálogo: 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff, con traducción de Javier Calzada; A sangre fría, de Truman Capote, con traducción de Jesús Zulaika Goicoechea; Arte, de Yasmina Reza, con traducción de Josep Maria Flotats; y La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, con traducción de José Manuel Álvarez y Ángela Pérez.
Les sigue El hilo infinito, de Paolo Rumiz, un periplo espiritual desde el Atlántico hasta las orillas del Danubio en busca de la sabiduría que albergan los monasterios benedictinos, traducido por Álida Ares.
Continuamos con Lo intolerable, de Enrique Díaz Álvarez, una investigación sobre la naturaleza de la violencia y el creciente uso de la crueldad como arma política, tanto en El Salvador de Bukele como en el seno de los gobiernos actuales de Israel y Estados Unidos.
También publicamos JOMO. El gusto de perder, de Juan Evaristo Valls Boix, una rebelión ante los imperativos del goce total y un canto a la libertad entendida como holganza y holgura. Un ensayo contra el vicio de ganar y el gusto de perder.
«La Bella Varsovia» trae Superé a los soldados, de Laura Chivite, una crónica generacional y melancólica sobre la juventud perdida. Desde el dantesco medio camino de la vida, la protagonista investiga de qué modo van las cosas dejando su poso en nuestra memoria, en nuestro cuerpo.
Y vuelve, esta vez en «Compactos», El estilo del mundo, de Vicente Verdú, un análisis certero y audaz sobre nuestro tiempo: la época del «capitalismo de ficción», cuyo objetivo no es la producción de bienes sino la producción de realidad.
FUERA
De Pagina
«tkm», con Berta García Faet y María Treviño
En este cuarto episodio de «Bestiario», Beñat Azurmendi invita a María Treviño, librera en Pérgamo, para hablar sobre lo cursi y sus presencia en la literatura. En la segunda parte del programa, Azurmendi se traslada al emblemático Bar Muñiz, en Madrid, para charlar con la poeta y ensayista Berta García Faet. Entre algunos de los temas que abordan encontramos los retos de la traducción poética, la tensión entre literalidad y metáfora y la dimensión política de la poesía.
El escritor santanderino, que publicará a finales de mayo el segundo volumen de sus Cuentos autobiográficos, recibe a ICON en su domicilio de Argüelles para conceder a Luis Bravo una inteligentísima entrevista. Las fotografías son de Pablo Zamora.
«¿Sigue pendiente del cielo desde su terraza?», le pregunta. «Pendiente del presente continuo. Es la idea de Parménides que no ha dejado de fascinarme con los años. El ahora. El presente celeste. Contemplar este cielo que es mi paisaje basal. Su belleza», responde.
Anagrama celebra el lanzamiento de Feltrinelli Editores en España y Latinoamérica, un proyecto que apuesta por el libro como un espacio de imaginación y resistencia, y que da el pistoletazo de salida a un catálogo con obras internacionales, de nuevas voces y autores consagrados, que muestran un mundo fragmentado, contradictorio y urgente.
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"Keiko Furukura tiene 36 años y está soltera. De hecho, nunca ha tenido pareja. Desde que abandonó a su tradicional familia para mudarse a Tokio, trabaja a tiempo parcial como dependienta de una konbini, un supermercado japonés abierto las 24 horas del día. Siempre ha sentido que no encajaba en la sociedad, pero en la tienda ha encontrado un mundo predecible, gobernado por un manual que dicta a los trabajadores cómo actuar y qué decir. Ha conseguido lograr esa normalidad que la sociedad le reclama: todos quieren ver a Keiko formar un hogar, seguir un camino convencional que la convierta, a sus ojos, en una adulta. Con esta visión hilarante de las expectativas de la sociedad hacia las mujeres solteras, Sayaka Murata se ha consagrado como la nueva voz de la literatura japonesa.
Estoy absolutamente encantado con la nueva litertatura del pacifico Asiatico. Hablaré por ahora de esta novela y lo que ha sido para mi encontrarme con esta pleyade de escritores jovenes del Japon. Es un hecho que "la literatura japonesa actual destaca por su equilibrio entre la introspección cotidiana, el realismo mágico y una crítica sutil a la sociedad moderna, con autores clave como Sayaka Murata, Mieko Kawakami, Yoko Ogawa y Haruki Murakami. Géneros como la ficción acogedora ("cozy") y misterios sociales son muy populares, explorando la alienación, el trabajo y las relaciones humanas".
Esta novela explora lo cotidiano, lo que significa el sentido de trascendencia en medio de la rutina que nos impone una sociedad, donde siempre existiran obligaciones que nos permiten sobrevivir, estas no admiten ningún rechazo. Son una imposición, nunca una opción. Algunas veces en medio de estas imposiciones, nos sentimos un extraño, un solitario que no encaja. Es un hecho que los temas que toma esta novelista joven, constituyen exploraciones a las diferentes consecuencias de la no conformidad y la represión en la sociedad japonesa para hombres y mujeres, particularmente con respecto a los roles de género, de la maternidad y del sexo. Muchos de los temas y las historias de fondo de sus escritos provienen de sus observaciones diarias como trabajadora a tiempo parcial en una tienda.
La dependienta es una novela que nos cuenta la vida de Keiko, una mujer japonesa de 35 años de edad, quien parece ser muy feliz con la vida que lleva. Sin embargo, ha cometido dos errores, los cuales no le perdonas las personas que la rodean.
Uno de los errores es trabajar por 18 años en la misma tienda departamental y encontrarse soltera. Sin embargo, Keiko entiende la realidad de forma muy diferente y por ello su conducta resalta entre todos los demás. Le cuesta tener empatía y por ello es poco sociable. Su familia y su círculo más íntimo son quienes más la critican, pues consideran que no tiene ningún tipo de aspiración, que no quiere superarse, ni estudiar o siquiera tener una relación sentimental, ni familia, ni mucho menos hijos.
Acorralada, Keiko se enfrenta a la exigencias sociales, sintiéndose juzgada todo el tiempo y trata de cumplir con su rutina del día a día, sin apegarse a unas reglas que no entiende. Para dejar de sentirse incómoda, Keiko se dedica a su trabajo siguiendo el manual de empleados al pie de la letra. Así continuó hasta que un día decide hacer algo para que la dejen en paz y dar gusto a esa sociedad que le reclama seguir un camino exitoso y formar una familia. ¿Podrá Keiko recomponer su vida tal como quieren todos?.
Satyaka Murata es una de las voces contemporáneas más importantes de Japón. Su obra ha aparecido en la revista literaria Granta y en 2016 fue la mujer del año, de acuerdo con la revista Vogue. Su décima novela, La dependienta, constituye su debut en el mercado internacional gracias al premio literario más prestigioso de Japón, el Akutagawa, que celebra voces tan importantes como la del Premio Nobel Kenzaburō Ōe.
Espero mis lectores lean esta excelente novela corta.
He decidido tomar la presente reseña de la revista creada por el hijo de Gabriel García Márquez , Rodrigo y Felipe Restrepo, "Revista ideal" no solo por la calidad del texto y la reseña de Rafael Rojas, sino por la importancia de Enrique Krauze como escritor y novelista. Es indudable que la lectura del artículo incita a la lectura del libro. Espero mis lectores disfruten el texto. CESAR H BUSTAMANTE.
Spinoza en el parque México', de Enrique Krauze, no desentona en ese célebre legado, el de la memoria como tributo, no como venganza. Un libro que es una memoria y también un alegato, que opta por la forma del diálogo.
No responde el arte de la memoria a una escritura cortés o necesariamente conciliadora. Algunos clásicos del género, en la modernidad, como Franklin, Casanova o Chateaubriand, contaron sus vidas, entre otras cosas, para quejarse de la imperfección humana, denunciar la vanidad del pensamiento ilustrado o nombrar obstáculos al avance del genio del cristianismo. Spinoza en el parque México (Tusquets, 2022), de Enrique Krauze, no desentona en ese célebre legado, el de la memoria como tributo, no como venganza.
Pero este libro es una memoria y también un alegato, que opta por la forma del diálogo: una larga conversación con el jurista y filósofo español José María Lassalle, estudioso de John Locke y la escuela liberal moderna. El gesto de narrar la vida propia, no por medio de una confesión o una autobiografía, sino de una charla o un coloquio también tiene antecedentes ilustres. Ahí están Goethe y sus conversaciones con Eckermann o el Memorial de Santa Elena del Conde Las Cases.
ENCUESTA SOBRE CUBA
El libro arranca con una evocación del reino de la infancia y la adolescencia, en la Condesa, durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta. Allí nació y creció Krauze, en una familia de varias generaciones de judíos polacos, por parte de padre y madre. Aquel mundo se describe apacible y próspero, en los años del cardenismo y el poscardenismo, donde asoma la mirada antisemita y xenófoba, como presencia inquietante, pero sin la fuerza necesaria para amenazar el entorno.
Muy reveladoras resultan las primeras lecturas, que pronto, en los años sesenta y setenta, ensancharán sus estudios en la Universidad Autónoma de México (UNAM) y El Colegio de México. La pasión por el pasado se iba perfilando ante las páginas de Historia Sagrada de la Biblia y la Enciclopedia Judaica Castellana, las charlas con su abuelo Saúl en una banca del Parque México y las lecciones de su maestro Ferdman en el Colegio Israelita. De aquella primera etapa formativa, familiar y colegial, datan algunos intereses que no abandonan a Krauze, siete décadas después: Spinoza y la heterodoxia judía, Lenin, Trotsky y la Revolución rusa, los hermanos Singer y la literatura centroeuropea.
Además del tributo a abuelos y padres, a los maestros y al barrio, este libro rinde homenaje a los profesores de la UNAM y El Colegio de México. Son enaltecederores, por su profundo sentido de gratitud, los pasajes dedicados a las enseñanzas de Enrique Rivero Borrel en la Escuela de Ingeniería y de José Gaos en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México. También agradece a varios amigos de juventud, José María Pérez Gay, Héctor Aguilar Camín o Hugo Hiriart, un repertorio de lecturas (Stevenson, Swift, Mann, Hesse, Kafka, Marcuse, Wilson) que visitaría en las décadas siguientes.
Entre los tantos tributos de este libro hay uno que destaca especialmente y es el consagrado a los profesores de El Colegio de México: Daniel Cosío Villegas, Luis González y González, Jean Meyer, el propio Gaos y toda la brillante generación de exiliados republicanos españoles que se incorporó a esa institución, fundada por Alfonso Reyes, a la UNAM y al Fondo de Cultura Económica. Bajo su magisterio, el joven Krauze escribió algunos libros, como El nacimiento de las instituciones, Caudillos culturales en la Revolución mexicana y Daniel Cosío Villegas. Una biografía intelectual, que hoy son clásicos ineludibles de la nueva historia intelectual hispanoamericana.
Krauze rinde honores, también, a sus maestros ex cátedra, que encuentra, sobre todo, en la gran tradición del pensamiento judío moderno. A propósito de un libro nunca escrito, sobre judíos heterodoxos o judíos no judíos, el historiador glosa la vida y la obra de Baruch Spinoza, original pensador holandés, de ascendencia sefardí-hispano-portuguesa del siglo XVII, de Heinrich Heine, poeta romántico alemán, que recitaban los jóvenes hegelianos en Jena, y de Karl Marx, el más sofisticado de los críticos del capitalismo y fundador del comunismo.
Spinoza, Heine y Marx, un linaje que perfectamente habrían reclamado para sí Paul Lafargue o Rosa Luxemburgo. Un cálculo tramposo de las citas de autores mencionados en el índice onomástico arroja que, después de Octavio Paz, nadie supera a Marx, seguido de cerca por Spinoza. Y tiene todo el sentido porque este libro es el diálogo de un liberal con el marxismo, el socialismo y, en gran medida, toda la izquierda del siglo XX. Diálogo que rige también, de principio a fin, la obra de Paz.
Más adelante se detiene Krauze, en conversación con Lassalle, en algunas de las grandes mentes judías del siglo XX: Walter Benjamin, Hannah Arendt, Gershom Scholem. De la mano de ellos interviene, una vez más, en el debate sobre el totalitarismo, la barbarie y el mal en la modernidad. Sus advertencias sobre los excesos de analogías entre nazismo y comunismo recuerdan la obra Enzo Traverso, otro explorador de la historia intelectual judía, que igualmente se ha ocupado de la escritura de la memoria, la melancolía de la izquierda y los riesgos de la metaforización del holocausto.
No están ausentes, tampoco, algunos clásicos del pensamiento liberal del siglo XX, muy citados en la obra de Krauze, como Karl Raimund Popper, Isaiah Berlin o Francois Furet. Pero el énfasis está puesto en la prole spinozista, que, justamente, en la pasada centuria, se asocia con estructuralistas o postestructuralistas franceses como Louis Althusser o Étienne Balibar o con marxistas sociales y culturales británicos de la New Left Review como Stuart Hall o Raymond Williams.
Libro de memoria al fin, Spinoza en el parque México, se ocupa de la propia producción intelectual de Krauze. Pero se ocupa poco, valga la aclaración. Repasa la escritura de sus primeros libros, aunque es más exhaustivo el recuento de sus colaboraciones en Plural y su paso por la redacción de Vuelta. En esa zona dedicada a las polémicas intelectuales del México de la Guerra Fría, el alegato desplaza a la memoria, con no pocas sorpresas para el lector poco enterado.
Vemos, por ejemplo, al joven Krauze escribiendo artículos a cuatro manos, con Héctor Aguilar Camín, para La Cultura en México, el suplemento dirigido por Carlos Monsiváis, donde cuestionaban las “sentencias totalizadoras” del liberalismo. Y vemos al joven Christopher Domínguez Michael publicando en Nexos, a principios de los ochenta, una defensa apasionada del marxismo como cultura política en México. Luego, al calor de las polémicas y los aprendizajes, las posiciones se decantan.
No reconstruye Krauze el muy actual debate sobre su precursor ensayo “Por una democracia sin adjetivos” (1984), en Vuelta, pero sí la polémica entre Octavio Paz y Carlos Monsiváis, en Proceso, en 1978; la que provocaron los artículos de Gabriel Zaid sobre la guerrilla salvadoreña y la ejecución fratricida del poeta Roque Dalton; y la que suscitó su reseña sobre el libro colectivo Historia, ¿para qué?, que publicó Siglo XXI en 1980.
Debate entre discípulos, aquel cruce de disparos intentó dirimir muchas cosas a la vez: la visión del gobierno de Luis Echeverría, la autonomía del campo intelectual, el sentido de la historia académica, la divulgación de las ciencias sociales. Al cabo de cuarenta años, como reconoce Krauze, los involuctados, Enrique Florescano, Héctor Aguilar Camín, Alejandra Moreno Toscano, Adolfo Gilly, más lo que ya fallecieron, como Arnaldo Córdova o Carlos Pereyra, dejan como saldo una obra inescamoteable.
De especial interés es el recorrido por la mirada de Vuelta a América Latina y el Caribe. Una vez más, la rígida ubicación de aquella revista en uno de los polos de la Guerra Fría cultural se deshace al constatar que, así como encontraban refugio en sus páginas los disidentes de Europa del Este y Cuba (Solzhenitsyn, Havel, Michnik, Cabrera Infante, Arenas), o los socialistas y liberales de la New Left occidental (Sontag, Howe, Castoriadis, Habermas), Vuelta produjo una impugnación elocuente de todas y cada una de las dictaduras militares de la derecha latinoamericana y caribeña.
¿Cómo resumir, entonces, el alegato de Enrique Krauze en estas memorias eruditas, apasionadas, entrañables? Me inclino por la hipótesis de que se trata de una apuesta por el liberalismo como corriente doctrinal permeable, abierta a cauces de muy diversa estirpe y cadencia ideológica: el judío y el socialista, el marxista y el católico, el anarquista y el libertario. Los tantos nombres y apellidos invocados en este libro describen esa constelación extraordinaria de pensadoras y pensadores de la libertad que hoy, más que nunca, es preciso rearticular.
RAFAEL ROJAS
Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965). Es historiador y ensayista. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Habana, y doctor en Historia por El Colegio de México. Es colaborador habitual de la revista Letras Libres y el diario El País, y es miembro del consejo editorial de la revista Istor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha publicado los libros: Un banquete canónico (2000), Revolución, disidencias y exilio intelectual cubano (2006), La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio (2013), entre otros. Desde julio de 2019 ocupa la silla 11 de la Academia Mexicana de la Historia.
Casa Usher, ubicada en el barrio del Galvany, en Barcelona, ofrece una cuidada selección de fondo que abarca narrativa, infantil, libro ilustrado, cómic, ensayo, libro práctico y gastronomía y vinos, además de una agenda de actividades variada y siempre activa.
Para adentrarnos en esta librería de barrio, tan querida por los lectores de la capital catalana, hemos conversado con Anna y Maria, dos libreras con una amplia trayectoria en el mundo del libro, que han completado nuestro cuestionario. A continuación, compartimos sus respuestas.
Casa Usher. ¿Por qué este nombre para una librería? ¿Es un guiño a «La caída de la Casa Usher» de Poe? ¿Llamar casa a una librería es una declaración de intenciones?
Es una referencia a «La caída de la Casa Usher» de Poe, claro, pero también a la idea de casa y de identidad, de pertenecer a algo y, a su vez, de hacerlo con algo nuestro. Casa Usher responde al lugar donde estamos, en el que somos nosotras y al que pertenecemos.
¿Cuál era la premisa del proyecto cuando lo empezasteis? ¿Qué es lo que queríais conseguir creando este espacio?
Queríamos construir la librería que quisiéramos encontrar como lectoras, esa era la premisa. Por un lado, nos propusimos satisfacer los deseos lectores y, por el otro, que fuera un espacio de encuentro, un lugar seguro, de cobijo, que diera respuestas y que estas animaran a hacer más preguntas.
¿Qué libro de Anagrama se ha convertido para vosotras en un libro de cabecera?
Es difícil elegir uno entre mil, sobre todo porque como lectoras nos hemos formado con los «Compactos» de Anagrama, pero como solo puede ser uno, elegimos La flecha del tiempo, de Martin Amis, porque tiene un valor sentimental. Para nosotras es más que una novela: cuenta la Historia tirando para atrás, desde una perspectiva que no es la del relato oficial, desmontándolo, pero sin dejar de avanzar.
Entre varias de las actividades que organizáis, tenéis unos clubs de lectura muy sólidos. Vuestra librería no solo vende libros: es un centro cultural vivo. ¿Cómo han contribuido esos clubs al devenir de la librería? ¿Qué club de lectura recordáis con especial cariño?
Los clubs de lectura son la base de lo que somos, nosotras nos referimos a ellos como nuestro acto estrella. Las conversaciones que se generan allí siguen alimentando nuestras ganas de leer y compartir. Continúa siendo un privilegio poder hacerlo desde lecturas distintas con tantas personas vinculadas a la autoría, la edición o la traducción de los libros elegidos. También es muy enriquecedor seguir encontrándonos una vez al mes con las personas fieles al club, que ya lleva más de diez años de rodaje. Es un grupo con el que hemos compartido no solo lectura y opiniones, sino vida.
Y, puestas a elegir uno, nos quedamos con un autor que ha repetido –y volverá a hacerlo en breve– en nuestro club. Consigue que nos sintamos especiales cuando le leemos, además de muy afortunadas. Es Pol Guasch, y nos encanta su manera de narrar, que siempre haga poesía.
Una vez dijisteis que de anécdotas y rarezas tenéis para escribir un libro al año. ¿Cuál de ellas nos podríais revelar?
Es cierto que se dan muchas anécdotas y rarezas; siempre decimos que son cosas del directo, de tener la puerta abierta todos los días. Pero nos permitiréis seguir reservándolas solo para nosotras, para que sea más leve el rato que pasamos entre albaranes y facturas… ¡A no ser que nos ofrezcáis hacer ese libro!
Al fondo de vuestra librería tenéis un patio precioso con plantas. ¿Qué rol ha tenido ese espacio en vuestro proyecto?
Tiene un rol muy importante porque, además de ser un espacio bonito, con personalidad y con mucho de nosotras en él, nos ha permitido compartir conversaciones, proyectos, cultura, música y, claro, muchos libros. Como queda al final de la librería, es la sorpresa con la que se acaba el recorrido por las estanterías. Cuando el clima nos permite realizar los actos fuera, que en Barcelona es casi siempre, se convierte en un lugar en el que hacer una pausa del día a día.
Es una jornada de gran intensidad. ¿Qué ha implicado en términos de preparación? ¿Cómo vivís el día siguiente?
El día siguiente… ¡cerramos la librería!
La preparación ha sido larga, en ocasiones pesada. Nos ocupamos de libros, cajas, personal, material, permisos, nervios y un interminable etcétera. Empezamos con los pedidos de novedad en enero, los permisos en febrero, el personal y el material en marzo… y pasado el día estamos con las devoluciones hasta junio, así que la preparación de las 24 horas de Sant Jordi se alarga prácticamente durante los seis primeros meses del año.
Así que el día 24 de abril descansamos tumbadas sin hacer nada y leemos: es el premio que nos damos después de todo.
¿Qué libro os hubiera hecho especial ilusión que os regalaran este
Sant Jordi?
Pues el libro que hayan pensado para nosotras porque la verdad es que, por raro que parezca, cuesta que le regalen libros a una librera. Lo esperamos como una sorpresa.
[Anna] Pero ahora que Ediciones Comisura recupera Dolor exquisito de Sophie Calle, ¡es una gran opción!
[Maria] Aunque me hubiera gustado un nuevo libro de Paul Auster. Un buen rato de buena lectura, de nuevo…
FUERA
De Pagina
Claudia Durastanti habla sobre Missitalia
Western, espionaje y ciencia ficción, Missitalia es un tríptico magistral que confirma a Claudia Durastanti como una voz única. En este vídeo, la autora expone su proceso creativo, los ejes de la novela y nos enseña cómo imaginar personajes femeninos que sean protagonistas. También le pone banda sonora a la historia.
Había leido esta gran poeta hace tiempo, pero me encontré con una antología editado por "Colección letras vivas de Medellín" que no solo me permitió volver a gozar con su excelente poesía sino a relerla con juicio. Ninguno de los textos aquí publicados son mios. El texto mencionado tiene un excelente prologo de Augusto Escobar Mesa que no encontré en la red, pero creo que lo publicado aquí es importante. Cuando encuentras escritos que cumplen con tus deseos es necesario reconocerlo en vez de tratar de expresar lo que otro ha dicho mejor. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
Olga Elena Mattei (Arecibo, Puerto Rico, 1933) es una poeta antioqueña, nacida en Puerto Rico. Estudió Filosofía, Letras, Arte y Decoración, en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y se ha presentado en diversos auditorios del mundo.
Ha ganado varios premios de poesía en Colombia y otros países de habla hispana. Ha escrito alrededor de 23 libros publicados, 41 inéditos y miles de poemas por mecanografiar y recopilar, todos ellos en español.
Además de su labor literario, ella ha sido crítica de arte, actriz de teatro, bailarina de ballet, modelo, presentadora y galerista.
Su cantata Cosmofonía fue estrenada en la Radio y TV Francia en 1976 con música del maestro compositor Marc Carles.
En 1979 participó en el "International Writers Program" de la Universidad de Iowa. Su obra ha sido incluida en más de 120 antologías y diccionarios internacionales y nacionales.
Su poema multimedia sobre el cosmos, Cosmoagonía fue presentada en los planetarios de Nueva York, Washington, Toronto, Santo Domingo, Puerto Rico, México y Colombia.
Fue incluida en la lista de los 100 antioqueños del siglo XX y en la colección de postales "Grandes Hombres de Antioquia" (sólo 12 mujeres), donde era la única escritora, así como en una lista de investigaciones biográficas de la Universidad de Antioquía de los diez escritores antioqueños más importantes, en la que era la única poeta viva.
La actividad literaria de Olga Elena Mattei se extendió al periodismo, la crítica de arte y de música. Durante casi 15 años colaboró regularmente con la columna de crítica musical del periódico "El Mundo" de Medellín, en la que comenta, entre otras cosas, los conciertos de las Orquestas de Medellín. También fue periodista cultural honoraria durante 25 años en el diario El Colombiano.
Brindó conferencias sobre arte y culturas antiguas. También condujo programas culturales de radio y televisión.
Pedro Arturo Estrada escribe sobre ella:
"El amor, para Olga Elena Mattei, ha sido el eje de su existencia y de su obra literaria (…). Y es el que dicta sus palabras para expresar también el asombro, el dolor, la alegría, el goce, la emoción simple ante el mundo, la gente, los fenómenos físicos y aun, las realidades metafísicas que la obsesionan, puesto que de hecho, el arte en sí no es más que la manifestación concreta del amor humano en su plenitud, verdad de Perogrullo que no necesitamos dilucidar demasiado. Sin embargo, El profundo placer de este dolor reúne los textos más arriesgados que Olga Elena ha escrito desde su primera juventud en torno de la experiencia amorosa como tal, aquella que involucra dos seres de carne y espíritu en una especie de realidad anómala, desconocida, distinta de toda otra experiencia y en ocasiones incluso única y última, colindante con la experiencia mística, como en ciertos pasajes de la obra se evidencia, recordándonos en su intensidad, ritmo ascendente, pavura y temblor esa misma Llama de Amor Viva que cantara Juan de la Cruz. No es gratuita, en tal sentido, la imagen berniniana del Éxtasis de Santa Teresa que ilustra el libro. Por momentos el lector sentirá fundirse la voz amante al misterio absoluto del amor como instancia suprema, sagrada, definitiva, anonadándose, transfigurándose y conquistando el instante donde dolor y placer dejan de ser orillas opuestas para fluir al fin como una sola, extática sustancia (…). Fundamentalmente, los poemas de amor de Olga Elena son una constante, obsesiva y múltiple invitación al ser amado —luminoso y a la vez oscuro objeto del deseo—, al encuentro absoluto donde, como dijo Bretón, todos los contrarios dejan de existir".
TE ESPERO
Te espero
en la última hora de la tarde
con el deseo de dejarte
destrenzar mis cabellos en el aire.
Y te quiero
con mi último amo� entretejido
en la sombra del sauce.
Esta es la hora azul
de mi ventana,
y aquella es la campana
de mis tardes.
Todavía
puedo cantar tu lejanía
con la misma ansiedad
de aquellos días disueltos en la irifancia.
Todos mis día� fueron
como murciélagos
ciegos;
fueron como voces
gritadas en el agua;
lo mismo que canciones
no escuchadas.
Pero ahora,
lejos de tu mirada,
comprendo tanta luz que me ·cegaba .
.Y en esta hora azul,
la de mi llama renovada,
puedo decirte que te espero
con aquella canción interminada
Palabras de Hector Aba Facio Lince sobre Olga Elena Mattei:
A mí no me tocó, por distraído, cuando Olga Elena Mattei era modelo profesional. Ni cuando fue bailarina de ballet; ni cuando era presentadora de televisión. La primera noticia que tuve de ella fue por un libro de tapas grises que había en la biblioteca de mi casa y que se llamaba Sílabas de arena. Dice su pie de imprenta que fue publicado por La Tertulia de Medellín en 1962. En ese libro había un poema: “Palabras para un niño sordomudo”, que me conmovía profundamente. Ese libro se me perdió en una de las mil mudanzas de la vida, pero todavía recuerdo algunos versos: “Todo es tuyo, porque eres dueño del silencio. (…) La música que piensas es incienso”.
El siguiente recuerdo que tengo de Olga Elena es en una casa por una loma arriba de El Poblado que en ese tiempo quedaba en la frontera de la ciudad y el campo. Yo vivía en una casa de clase media por Laureles, de esas de salas horribles llenas de porcelanas espantosas y corredores con piso de baldosas de todos los colores. En cambio la casa de Olga Elena y Justo Arosemena era un museo. Allá vi por primera vez cuadros de Obregón y pinturas antiguas. Allá los muebles eran unos inmensos mesones de conventos. Allá había santos coloniales que te miraban con ojos atónitos desde los rincones. Yo me iba a fingir que hacía tareas con Fernando Arosemena, mi compañero de clase, y por la noche oía desde lo lejos las discusiones y las carcajadas de las tertulias que se organizaban en la casa del Cónsul de Panamá (eso era Justo) a las que asistían los escritores y artistas más importantes de Colombia. Cuentos de Manuel Mejía Vallejo, murales de Obregón, discusiones vitales o teológicas.
Cuando, hacia el año 72, yo empecé a escribir poesías (pésimas poesías), se las mandaba a Olga Elena al escondido de mis compañeros y durante semanas esperaba con una ansiedad insoportable sus respuestas. Tenía 15 años y ella me trataba —se lo agradeceré siempre— como un adulto serio. Recuerdo algo muy importante en sus comentarios. Era una sigla: L.C. Ele Ce. ¿Qué quería decir eso? Ella me lo aclaró: “Lugar Común”. Yo no tenía ni idea de lo que era la expresión “lugar común”, y con mucha tristeza mi papá me lo tuvo que explicar: “Es una expresión gastada, una frase manida, algo que de tan oído no se puede repetir”. Desde los 15 años no he hecho otra cosa que tratar de sacarles el cuerpo a los lugares comunes, y no sé si lo he logrado, pero si alguna vez lo logro se lo debo a Olga Elena Mattei. Gracias a ella, aunque me estimuló mucho, dejé la poesía, pero me aferré a la escritura como salvación.
En esos mismos años apareció su tercer o cuarto libro, La gente, premiado y publicado por el Instituto Colombiano de Cultura en 1973. Era la antipoesía pura y dura, en el escueto estilo de Nicanor Parra. Antes había salido la Pentafonía, que para su presentación en París, para la radio y la televisión francesa, fue acortada y salió como Cosmofonía.
Después fueron otros diez años. Su casa de casada con Justo Arosemena se acabó. Volví a ver a Olga Elena en un apartamento, también atiborrado de maravillas, en Nueva York. Vivía con el poeta Ocampo Zamorano y en las semanas que estuve cerca de ella fue mi guía por el Metropolitan y por el Museo de Arte Moderno.
Ese viaje suyo duró mucho tiempo, tal vez demasiado. Olga Elena se fue cuando era una de las poetas más reconocidas de Colombia. Cuando regresó, 20 años después, mucha gente la había olvidado. Pese a sus recitales en el mundo entero, pese a las críticas elogiosas de hombres ilustres, Colombia, que es tierra fértil para la amnesia, la había olvidado.
Cosmoagonía pertenece a la veta quizás más prolífica en Olga Elena: la que mezcla conocimiento científico con exploraciones de elevación mística.
La literatura no es como el deporte, o como los desfiles de moda y los presentadores de televisión. No puede ser que para ser un buen escritor tengan que averiguar la edad y hacer un casting.
Es una lástima cuando la civilización del espectáculo suplanta una de las pocas cosas que mejora con los años, que es la especialidad lingüística.
Los muchachos y las muchachas son de una gran belleza, pero no saben hablar, o cuando hablan, lo único que sueltan son lugares comunes. No saben que el agua tibia se inventó hace siglos.
Olga Elena Mattei no ha dejado un solo día de escribir durante estos 35 años en que yo la conozco. Ha publicado 12 libros y tiene inéditos otros 32. Regiones del más acá es uno de sus títulos más hermosos, de 1994. El último, uno de los premiados, es Escuchando al Infinito. Hoy es un gusto y un honor poder oír su voz. Creo que no oirán ningún lugar común.