viernes, 9 de julio de 2021

PROLOGO DEL LIBRO RELATOS REALES DE JAVIER CERCAS

 

He auscultado desde la perspectiva de la teoría literaria la relación del texto y el lector. Toda novela, narración, ensayo tiene un autor por antonomasia, de hecho, una vez terminado y publicado, el lector completa la tarea en el ejercicio implícito y concreto de leer, de esta relación tensa, se da una interpretación, que casi siempre no es única. Piglia, se preguntaba en un prólogo a un libro de Sara Hirschman, ¿qué quiere decir entender un relato?, ¿Cuál es la comprensión qué está en juego en una narración?, este prólogo al libro “Relatos” de Javier Cercas, constituye la visión particular de un narrador, desde lo que significa enfrentarse a un texto o un relato especifico, me parece importante que los lectores lo lean, abre nuevos interrogantes relevantes entre la ficción y la realidad. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE.

 

Javier Cercas

 

Éste fue para mí un libro importante. Lo empecé a escribir hacia finales de 1997 y lo terminé hacia finales de 2000, cuando ya estaba a punto de ingresar en la cuarentena. Por entonces vivía en Barcelona, daba clases de literatura en la universidad de Gerona y, aunque nunca fui un profesor que de vez en cuando escribía novelas, sino un novelista que se ganaba la vida en la universidad, no era capaz de escribir las novelas que buscaba, las abandonaba apenas empezadas o a medio escribir, o las arrojaba a la papelera una vez terminadas, avergonzado de ellas. El caso es que me sentía un escritor fracasado, suponiendo que me sintiera escritor. Fue una época triste, o así la recuerdo ahora; paradójicamente, lo que el lector puede leer a continuación son algunas de las páginas más alegres (si no más felices) que yo haya escrito.

Si éste es un libro importante para mí, lo es sobre todo porque cambió mi manera de escribir, incluida mi manera de escribir novelas. Antes de este libro yo aspiraba, me temo, a ser un escritor posmoderno, más concretamente un escritor posmoderno norteamericano; después de este libro ya sólo aspiro a ser el mejor escritor que puedo ser. Antes de este libro —y en parte como reacción contra aquello que en mi juventud todavía se llamaba «literatura comprometida», que juzgaba mediocre, aburrida y populista—, yo creía que la literatura no era útil, que era apenas un juego sofisticado, un ejercicio intelectual selecto, irónico y gozosamente superfluo; ahora sé que no hay nada más serio que la ironía y que, aunque la literatura sea un juego, es un juego en el que uno se lo juega todo; también sé que es extremadamente útil, siempre y cuando no se proponga serlo (en cuanto se lo propone, se convierte en propaganda o pedagogía y deja de ser literatura, que es lo que ocurría a menudo con la llamada «literatura comprometida»). Antes de este libro yo era, por decirlo así, un escritor de gabinete, más bien libresco, un poco claustrofóbico; sigo siéndolo —un escritor que en una u otra medida no sea esas tres cosas no es un escritor: es un escribano—, pero estas crónicas de periódico me obligaron a correr el riesgo de la intemperie, a salir a la calle y tomar notas de hechos y cosas y gente, a contrastar la escritura con la realidad, a contar historias complejas y formular complejas ideas de la manera más breve y transparente posible, a inventarme una escritura mucho más precisa, veloz, nítida y sintética que la que había practicado hasta entonces, también un tipo de relato capaz de ceñirse a lo real y de mezclar en su seno géneros distintos. Este libro se convirtió, así, en el laboratorio de Soldados de Salamina: no en vano escribí esa novela, que se publicó en 2001, mientras aún escribía estas crónicas; no en vano el narrador de Soldados de Salamina afirma que esa novela es un «relato real» (lo que no significa que lo sea, de igual modo que Cide Hamete Benengeli no es el verdadero autor del Quijote, por mucho que lo afirme el narrador del Quijote); no en vano una de estas crónicas, titulada «Un secreto esencial», está incluida en Soldados de Salamina y fue su germen. O, dicho de otro modo, este libro es la llave que me abrió la puerta de una literatura nueva, de una nueva manera de entender la literatura que de momento se ha cerrado con El monarca de las sombras, el reverso de Soldados de Salamina. Por eso digo que, para mí, fue un libro importante: porque gracias a él superé un bloqueo de años y dejé de sentirme un escritor fracasado, o por lo menos volví a sentirme escritor.

Quien escribe un libro nunca sabe lo que ha escrito. Cervantes pensaba al final de sus días que su mejor novela era el Persiles, que a nosotros nos parece casi ilegible, y Jules Renard persiguió con vehemencia el fantasma esquivo de la gran novela, pero ya sólo lo recordamos por la inteligencia y el sarcasmo de sus diarios (quizá una paradoja semejante acabe definiendo la posteridad de dos escritores tan disímiles como Witold Gombrowicz e Imre Kertész). Soy vanidoso, pero no lo suficiente para aspirar a ser leído después de muerto; me conformaría con deparar un poco de placer a los vivos. Y quién sabe si, veinte años después de su publicación, estas páginas que fueron en su momento concebidas como experimentos laterales no contengan fragmentos más agradables que otras que, porque han gozado de más suerte y son menos desconocidas, ocupan un lugar más central en mis escritos. Que el lector decida.



jueves, 24 de junio de 2021

TEORIA LITERARIA

 


El ejercicio de la crítica literaria exige de antemano una formación que desde hace mucho tiempo ha sido tarea de especialistas nacidos en la academia y de ciertos autores de probada competencia. Hasta hace una época en latinoamericana la crítica estaba en manos de empíricos y lectores avezados, hasta llegar a ser ejercida por personas con mucha preparación y sensibilidad. Hay una teoría literaria de muchos años, expandida y estudiada por escuelas y hombres que la han llevado muy lejos. Recuerdo a los formalistas rusos (1914-16 del siglo pasado), a los estructuralistas italianos y a ingleses quienes ejercieron la crítica literaria y el desarrollo de la teoría literaria con una verdadera pretensión de ciencia, siendo ahora un faro para los nuevos críticos y estudiosos de la literatura.

Hablar de teoría literatura de antemano supone la existencia de una literatura. Terry Eagleton rechazando un poco el concepto de literatura como la narración de hechos de ficción, en uno de sus textos más emblemáticos expresa: “Quizá haga falta un enfoque totalmente diferente. Quizá haya que definir la literatura no con base en su carácter novelístico o “imaginario” sino en su empleo característico de la lengua. De acuerdo con esta teoría, la literatura consiste en una forma de escribir, según palabras textuales del crítico ruso Román Jakobson, en la cual "se violenta organizadamente el lenguaje ordinario". La literatura transforma e intensifica el lenguaje ordinario, se aleja sistemáticamente de la forma en que se habla en la vida diaria”.  El diccionario de la academia española de la lengua define la literatura como el «arte de la expresión verbal» ​ (entendiéndose como verbal aquello «que se refiere a la palabra, o se sirve de ella» ​) y, por lo tanto, abarca tantos textos escritos (literatura escrita) como hablados o cantados (literatura oral).  Los formalistas rusos asumieron la literatura desde el ámbito de la lingüística a pesar de ello empezaron a “considerar la obra literaria como un conjunto más o menos arbitrario de "recursos", a los que sólo más tarde estimaron como elementos relacionados entre sí o como "funciones" dentro de un sistema textual total. Entre los "recursos" quedaban incluidos sonidos, imágenes, ritmo, sintaxis, metro, rima, técnicas narrativas, en resumen, el arsenal entero de elementos literarios formales. Estos compartían su efecto “enajenante” o “desfamiliarizante”. Eagleton refiriéndose a esta escuela enfatiza: Lo específico del lenguaje literario, lo que lo distinguía de otras formas de discurso era que "deformaba" el lenguaje ordinario en diversas formas. Sometido a la presión de los recursos literarios, el lenguaje literario se intensificaba, condensaba, retorcía, comprimía, extendía, invertía. El lenguaje "se volvía extraño", y por esto mismo también el mundo cotidiano se convertía súbitamente en algo extraño, con lo que no está uno familiarizado. En el lenguaje rutinario de todos los días, nuestras percepciones de la realidad y nuestras respuestas a ella se enrancian, se embotan o, como dirían los formalistas, se “automatizan”. La literatura, al obligarnos en forma impresionante a darnos cuenta del lenguaje, refresca esas respuestas habituales y hace más 'perceptibles' los objetos”.

Existen muchos textos de teoría literaria, verdaderos estudios, la mayoría de universidades contemplan la literatura como carrera, lo que presupone un método y la pretensión de ciencia. Wilkipédia define la teoría literaria acudiendo a una perspectiva histórica: “La teoría literaria o teoría de la literatura es, en sus términos específicos, los propios de la ciencia de la literatura, o sea, la disciplina general, constructiva, descriptiva y teorética, que se ocupa de la Literatura. Constituye el criterio teórico junto al diacrónico de la historia de la literatura y el aplicativo de la crítica literaria. En su primordial sentido fuerte, la teoría literaria se identifica con la techne milenaria y tradicional la que, como tratado fue iniciada para Occidente por Aristóteles mediante sus tratados de retórica y poética, es decir las teorías constructivas del discurso y la obra literaria".​ En este sentido, la teoría en tanto que techne literaria es definible como la serie de principios, normas y saberes acerca de qué es y cómo se construye la literatura, configurando, pues, una teoría explícita o a priori, doctrinal, prescriptiva e ideológica. Por su parte, la teoría literaria define a posteriori, la perspectiva de esa serie de ideas o pensamientos en cuanto inferidos o re-construibles mediante la reflexión y el análisis sobre el objeto literario dado”. Está claro que la ambición de este autor es la universalidad y la atemporalidad de sus principios: son y serán siempre los mismos. Estas son ambiciones cuestionables porque los métodos explicativos de una disciplina como ésta no están sujeta a principios fijos, no es nada exacto, sino que pueden cambiar”. No hay teoría de la literatura sin obras concretas. La teoría de la literatura surge como consecuencia de la existencia previa de fenómenos creativos. Estoy estudiando con juicio la teoría literaria en razón de una historia de la crítica latinoamericana. Espero entregarles a mis lectores en otras entradas parte de mi bibliografía y las referencias previas y textos que estoy leyendo.

domingo, 13 de junio de 2021

LA AMISTAD (Relato)

 

¿A     quiénes    eligen       los    hombres como          amigos?: A      otros          hombres más o menos de la misma edad, con intereses parecidos, por ejemplo, los       libros.       ¿Es  cierto? Tal vez. (¿Interesante?          Para nada.) J.M Coetzee en correspondencia con Paul Auster.

 

La amistad es un don y un bálsamo para la vida, tal vez, el mejor antídoto contra estos tiempos tan marcados por la incertidumbre y la zozobra. Hay grandes amistades en la historia y también grandes traiciones entre amigos, algunas más emblemáticas que otras. Sócrates en el dialogo de Lisis nos recuerda:  No cabe amistad entre dos hombres cuyas inclinaciones y afectos no son recíprocos, porque por ambos lados, sin esta reciprocidad, falta algo a la amistad. Si allí donde la amistad no existe no hay amigo. La segunda definición: El amigo es aquel que es amado, se exponen necesariamente ¿las mismas objeciones. El ser amado, si no se ama, no constituye amistad. Platón se apoya en diversos ejemplos que conducen a una conclusión negativa. Ya tenemos descartadas dos teorías. Las que combate la amistad sometida a la condición de la reciprocidad, está apoyada en la autoridad de algún filósofo ilustre. Esta afirmación del todo no cierta, se le puede anteponer la contraria, que solo son amigos aquellos que aman cosas diferentes, lo que tampoco corresponde a la realidad. Como todos los diálogos Platónicos, este también ausculta hasta el extremo el sentido de la amistad: “He aquí una nueva idea extraída del mismo dialogo :«Existe un ser supremo que no es amado en vista de ningún otro bien, un bien que es nuestro verdadero amigo, puesto que a él es a donde va a parar en definitiva toda amistad. Mas para quitar toda duda, Sócrates tiene necesidad de volver a la suposición precedente, de que "el bien es amado en previsión del bien y a causa del mal. Porque si el mal engendra nuestra amistad por el bien, el bien no tiene existencia sino relativamente al mal, del cual es remedio". La amistad, nacida del apetito y el deseo”,  en la búsqueda de la otredad, lo que prefigura lugares comunes, supone “un ser encuentra en la naturaleza de otro ser, alguna cosa que le conviene para la mistad entre los dos, el carácter, las costumbres o la persona misma, y por su parte encuentra en su propia naturaleza alguna cosa que conviene al otro. El deseo arrastra el uno hacia el otro, una atracción mutua los aproxima, y de esta manera nacen el amor y la amistad que los ligan”.

Mis amigos, dos seres diferentes, constituimos un solo vinculo de afectos, de encuentros y des-encuentros, una manera de alivianar la vida, el hecho de que todo combate en la existencia es inútil. La vida de cada uno está motivada por causas muy diferentes, los hijos, el sentido de trascendencia y la negación de la finitud. Charles Lamb dice que se puede tener amigos y no querer verlos. Schekespeare expresa que “la amistad es taciturna por qué es sencilla y sin ambivalencias”. Hay un comentario en la correspondencia de Paul Auster y Coetzee muy interesante: “Uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con ella. En otras palabras, hacer de una mujer tu amante no es más que el primer paso; el segundo hacer de ella tu amiga, es lo que importa; sin embargo, en la práctica hacerse amigo de una mujer con la que te has acostado es imposible, porque quedan en el aire demasiadas cosas sin decir”. “A diferencia del amor o la política, que no son nunca lo que parecen, la amista es siempre trasparente”.

Trato de ser buen amigo de Giovanni, que es un historiador y buen padre de familia, como buen iconoclasta, sus opiniones sobre la política y el estado siempre son de resistencia y crítica. Sandra es una mujer de tiempo completo, voluptuosa y sincera, luchadora a todo timbal, sobrevive en un país que hasta ahora empieza a considerar con algún respeto a las mujeres desde el punto legal y en oposición al machismo ancestral enquistado en los hombres y en las propias mujeres, tiende a nivelar las cargas con políticas de género. Los hombres poco hablamos de nuestros sentimientos y más bien actuamos como sí todo lo tuviéramos bajo control. lo que no es cierto.  Por eso, la amistad entre hombres perdura en el ámbito del no saber en muchas ocasiones. Con mujeres como Sandra no hay atajos, se es o no se es.

Borges en el Aleph nos dice sobre la diferencia entre la amistad y el amor: “Es que la amistad no necesita frecuencia. El amor sí. Pero la amistad y sobre todo la amistad de hermanos, no necesita frecuencias. El amor está lleno de ansiedades, un día ausente puede ser terrible, pero yo tengo tres o cuatro amigos a los que veo una o dos veces al año”. Gabo expresaba sobre los amigos con total indulgencia: “Yo escribo simplemente para que mis amigos me quieran mucho y para que los que me quieren mucho me quieran más. Por eso hago lo posible para que mis cuentos sean tan sencillos y bien armados, y tan fascinantes para los adultos, como lo es ‘Caperucita Roja’ para los niños”.

Creo que tampoco la amistad requiere de tiempo, en ocasiones nace de la admiración. Este fue el mayor soporte entre Engels y Marx.

La amistad con mis amigos tiene muy poco tiempo, pero es sólida y  está sustentada sobre las afinidades y con esa admiración que nos conmueve del otro. Sandra es una madre cabeza de hogar, sencilla, clara y con la capacidad para enfrentar la vida en un país sin ninguna garantía. Es un hecho que la amistad se refiere al vínculo estrecho que se forma entre dos personas o un grupo. Este tipo de relación suele estar basado en la confianza, el afecto, la lealtad, la simpatía y el respeto que se depositan, de manera recíproca, los miembros de la relación. Aceptar al otro como es, tal y cual. En “El último encuentro” de Sándor Marai hay una elucidación sobre la amistad interesante y absolutamente clara: “Más allá de las pasiones, de los egoísmos, esta ley, la ley de la amistad, prevalecía en el corazón de los hombres. Era más poderosa que la pasión que une a hombres y a mujeres con fuerza desesperada; la amistad no podía conducir al desengaño, porque en la amistad no se desea nada del otro; se puede matar a un amigo, pero la amistad nacida entre dos personas en la infancia no la puede matar ni siquiera la muerte, puesto que su recuerdo permanece en la conciencia de los hombres, como permanece el recuerdo de una hazaña discreta que no se puede expresar con palabras”.

Sandra y Giovanni son dos amigos a carta cabal. Nos encanta conversar y desentrañarle las trampas a la vida que son muchas. Espero tenerlos al lado por mucho tiempo.

martes, 8 de junio de 2021

LA LECTURA

 



Quisiera consignar un milagro trivial, del que uno no se da cuenta hasta después que ha pasado: el descubrimiento de la lectura. El día en que los veintiséis signos del alfabeto dejan de ser trazos incomprensibles en fila sobre un fondo blanco, arbitrariamente agrupados, y se convierten en una puerta de entrada que da a otros siglos, a otros países, a multitud de seres más numerosos de los que veremos en toda nuestra vida, a veces a una idea que cambiará las nuestras, a una noción que nos hará un poco mejores o, al menos, un poco menos ignorantes que ayer.

MARGUERITE DE YOURCENAR,

¿Qué? La eternidad

Son muchos los estudios significativos sobre la lectura como proceso de aprehensión de la realidad. Es necesario establecer qué significa leer en términos físicos. “La lectura es el proceso de comprensión de algún tipo de información o ideas almacenadas en un soporte y transmitidas mediante algún tipo de código, usualmente un lenguaje, que puede ser visual o táctil (por ejemplo, el sistema braille)”. Goodman dice al respecto: “La lectura es un proceso cognoscitivo muy complejo porque involucra el conocimiento de la lengua, de la cultura y del mundo. “Toda lectura es interpretación y lo que el lector es capaz de comprender y de aprender a través de la lectura depende fuertemente de lo que el lector conoce y cree antes de la lectura”.  Hay autores que han ido mucho más allá del proceso físico, haciendo una escrutación ontológica y epistemológica al acto de leer y a la intrincada relación del lector con el texto.  En el prólogo del excelente libro de Louise Rosemblantt: ““La literatura como exploración” establece el a priori sobre el cual está autora estudia este proceso: “Rosemblantt no tiene la curiosidad del anatomista que busca conocer los músculos y movimientos, y la forma en que ellos construyen por medio de la alimentación, a través de la exhaustiva disección, sino del bailarín y el coreógrafo (Habla del lector) , o, sí se quiere, del terapeuta físico, quienes observan, y buscan comprender y desarrollar las potencialidades de la anatomía  humana ante diferentes estímulos y con diferentes propósitos”. Esta acción recíproca entre el lector y los signos que están en la página constituyen una transacción entre el texto y el lector. La escritura es uno de los soportes (Talvez el más importante) sobre el cual se construye el ser desde la perspectiva cognitiva.  Sobre-pasa la elucidación literal para constituir en un estímulo y una excursión a otras latitudes, es afectiva y emocional. Ósea la lectura no se reduce al texto, es modificada por el lector de acuerdo a un infinito de relaciones difícilmente cuantificables o claras, pero con efectos precisos sobre la realidad del lector que siempre tiende a modificarla. La complejidad a eso que llamamos lectura está descontada.

Estanislao Zuleta tomando a Nietzsche enfatiza: “Leer es trabajar, quiere decir ante todo que no hay un tal código común al que hayan sido “traducidas” las significaciones que luego vamos a descifrar. El texto produce su propio código por las relaciones que establece entre sus signos; genera, por decirlo así, un lenguaje interior en relación de afinidad, contradicción y diferencia con otros “lenguajes”, el trabajo consiste pues en determinar el valor que el texto asigna a cada uno de sus términos, valor que puede estar en contradicción con el que posee el mismo término en otros textos”. Adelante agrega: “Si nosotros no llegamos a definir qué significa para Kafka el alimento, entonces nunca podremos entender La metamorfosis, “Las investigaciones de un perro”, “El artista del hambre”, nunca los podremos leer; cuando nosotros vemos que alimento significa para Kafka motivos para vivir y que la falta de apetito significa falta de motivos para vivir y para luchar, entonces se nos va esclareciendo la cosa. Pero, al comienzo no tenemos un código común, ese es el problema de toda lectura seria, y ahora, ustedes pueden coger cualquier texto que sea verdaderamente una escritura, si no le logran dar una determinada asignación a cada una de las manifestaciones del autor, sino que le dan la que rige en la ideología dominante, no cogen nada. Por ejemplo, no cogen nada del Quijote si entienden por locura una oposición a la razón, no cogen ni una palabra, porque precisamente la maniobra de Cervantes es poner en boca de Don Quijote los pensamientos más razonables, su mensaje más íntimo y fundamental, su mensaje histórico, y no es por equivocación que a veces delira y a veces dice los pensamientos más cuerdos”.  Hay, como lo dice Rosemblantt una transacción entre el lector y el texto, una especie de re-elaboración, lo hace refiriéndose a la lectura de una obra de literaria y como esta es abordada en la docencia tradicional, la cual es nociva según la autora, ella la entiende desde un contexto mucho más amplio y real.

Lo dicho podría sintetizarse mejor: “Es claro que la actividad lectora exige una percepción de signos gráficos (ciclo óptico), una decodificación de esos signos (ciclo perceptual), una observación de la construcción o estructura del discurso (ciclo gramatical). Pero es cuando el lector utiliza estrategias de comprensión, de inferencia y de crítica del discurso –es decir, cuando tiene claridad acerca de los niveles de lectura y éstos son debidamente aplicados- que el estudiante cierra el proceso de lectura, logra llegar a la etapa de significado, el lector descubre y reconstruye el sentido del discurso”.

La lectura es entonces un viaje que desborda al texto. La suya no solamente es una re-elaboración desde la comprensión, es también una construcción de sentido. No solo interpretamos y comprendemos el texto, sino que pensamos a partir del mismo. Zuleta expresa: Estamos instalados en un lenguaje complejo y hay que aprender a leer; la primera fórmula es ésta: el código que producimos como lectores. Hay algunos autores que nos desafían desde la primera frase: Kafka, Musil, nos desafían a que produzcamos su código, que no es común”.

El libro de Louise M. Rosemblantt escrito en 1938 dirigido a los docentes y tendiente a cambiar la manera en que procede la enseñanza de la literatura, al final es una elucidación sobre la lectura, expresa categóricamente: “Cualquiera que sea su forma-poema, novela, drama, biografía o ensayo- La literatura vuelve comprensible las miradas de formas en las cuales los seres humanos hacen frente a las infinitas posibilidades que ofrece la vida.  Y Siempre buscamos algún contacto estrecho con una mente que exprese el sentido de la vida. Y también siempre en mayor o menor grado, el autor ha escrito a partir de un esquema de valores, de un marco social o incluso de un orden cósmico”. Esto quiere decir “que para los lectores la experiencia humana que muestra la literatura es fundamental”.

Ahora es un hecho que el texto siempre dice  cosas que se escapan al autor, a la intención del autor. Zuleta a partir de esta premisa genera una diatriba aún más interesante: “La escritura no tiene receptor controlable, porque su receptor, el lector, es virtual, aunque se trate de una carta, porque se puede leer una carta de buen genio, de mal genio, dentro de dos años, en otra situación, en otra relación; la palabra en acto es un intento de controlar al que oye; la escritura ya no se puede permitir eso, tiene que producir sus referencias y no la controla nadie; no es propiedad de nadie el sentido de lo escrito. “Este sentido es un efecto incontrolable de la economía interna del texto y de sus relaciones con otros textos; el autor puede ignorarlo por completo, puede verse asombrado por él y de hecho se le escapa siempre en algún grado: Escritura es aventura, el “sentido” es múltiple, irreductible a un querer decir, irrecuperable, inapropiable. “Lo anterior es suficiente para disipar la ilusión humanista, pedagógica, opresoramente generosa de una escritura que regale a un “Lector Ocioso” (Nietzsche) un saber que no posee y que va a adquirir.

A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos, no porque alguien nos lleve de la mano, sino simplemente porque nos salen al paso. Eso es leer, llegar inesperadamente a un lugar nuevo. Un lugar que, como una isla perdida, no sabíamos que pudiera existir, y en el que tampoco podemos prever lo que nos aguarda. Un lugar en el que debemos entrar en silencio, con los ojos muy abiertos, como suelen hacer los niños cuando se adentran en una casa abandonada.

GUSTAVO MARTÍN GARZO,

Elogio de la fragilidad

 


 


jueves, 3 de junio de 2021

EL LUGAR QUE VIVO

 



El punto de referencia es una esquina en cualquier lugar de la comuna 12, entre la reverberación de habitantes que parecen nunca estar tranquilos, ciudadanos en agite como si estuviesen a las portas de una revolución, pero no son más que el producto de una rutina y marca que les hace agotar el tiempo como si fuera el último día de la vida, a la misma hora y lugar pasan los vecinos, repitiéndose entre los estertores de la costumbre anodina y sin sentido y a la que hay que meterle vicio, importaculismo y desdén para poderla soportar, sacarle el quite a  la atribulada vida que parece no tiene arreglo.

Llegue a este barrio de la comuna 12 hace un año con la certeza que cada lugar tiene su propio ADN, su huella indeleble, con la curiosidad por conocer la historia invisible detrás de los documentos oficiales, de andar sobre sus cicatrices y de ampliar los conceptos comunes que siempre son baladíes.

Los datos preliminares no me dicen nada. En 1675 se empezaron a construir las primeras casas de la zona en un caserío que para ese entonces era llamado “La Granja”, dicen que sus habitantes basaban su economía en la agricultura que se daba en pequeños sembrados y la reproducción y venta de pollos y cerdos, lo cual se fue dando aproximadamente hasta 1869, cuando cambia el nombre por el de La América. Fue un Corregimiento de Medellín hasta 1938, en el que sus primeras casas eran fincas de recreo construidas en tapia, cada una con su solar y un antejardín que llamaban la atención y admiración de los transeúntes y habitantes; sin embargo, con el tiempo y el crecimiento de la ciudad, sus moradores fueron vendiendo dichas parcelaciones a diferentes entidades, como el Municipio de Medellín, el Instituto de Crédito Territorial – ICT – y la Cooperativa de Habitaciones, de tal forma, que cada vez se iba poblando más el sector, a tal punto que en los años 50 y 60 el ICT urbanizó los barrios La Floresta, Calazans, Santa Mónica y Santa Lucía, siendo éstos de los primeros en habitarse.

lo nuevo siempre asusta, llegue a este barrio con muchas prevenciones, más cuando llegas a un barrio popular, que es el término despectivo que utiliza la gente para rebajarlos, como una especie de condición maledicente, para diferenciarlos de los barrios de clase alta, para eludir cierta marca elitista que los señala, que solo ven su desorden e historia trágica que incomoda pero de la que es imposible sustraerse.

En una sola cuadra existen muchas casas, unas sobre otras, apiñadas, buscando siempre la renta y la seguridad para tiempos malos, que son casi todos, en una ciudad carente de oportunidades.  Nos ubicamos en un tercer piso de la calle del porro, festival que hace todos los años la Alcaldía, el pan y el circo siguen siendo características distractoras corrientes y la gente sabe usufructuarlas, las migajas del poder son aleatorias a la condición humana de estos pueblos, que pocos les importan estas migajas y al igual que sus gobernantes han sabido aprovecharlas.

Empecé conociendo a mis vecinos más cercanos, vivo en un pequeño edificio de tan solo tres apartamentos, me acompañan como vecinos una pareja de jubilados por cada piso, palpé en la zona una clase trabajadora sin parangón alguno y sin amarguras, jubilados, mucha gente joven enfrentada a las vicisitudes de la vida, sobrevivir como sentencia, sin otra opción que la propia lúdica que se inventen, en una sociedad cargada de inequidades. Es muy particular que cada vecino lleva 20 y 30 años habitando el lugar, son arraigados y sedentarios por antonomasia. Las ciudades crecen de manera espontánea por muchas circunstancias, unas menos opresivas y otros frutos del desplazamiento y la violencia.

El barrio tiene una paz que oculta y disimula los micro poderes enquistados desde hace mucho tiempo, entre las agendas públicas y los señores de la esquina y varones, quienes administra la zona de la mejor forma. Cada casa y sitio tiene su historia que es la historia de la ciudad y del país. Estas casas, dicen los viejos del barrio, las regalo Rojas, el único dictador del siglo pasado, de aquí para arriba, fueron invasiones y nacieron fruto del desplazamiento y la violencia, esta cuadra nació de Belisario, las famosas casas sin cuota inicial, estas son de unas monjas, esta otra la construyo un hijueputa lava-perros, de manera que cada lugar tiene una huella.

He vivido entre libros e historias y de alguna manera busco afinidades. De tanto ir de tienda en tienda, de buscar amigos entre necesidades, me fui encontrando con gentes buenas y muy particulares. Primero donde Jorge y doña Adriana, donde el viejo Joaquín, después donde Beatriz y Elkin, todos con negocios, llenos de vida y secretos, conocedores absolutos del sitio y sus historias particulares.

Al final termine donde Beatriz, que es una especie de Úrsula Iguaran, alta, llena de vida y dedicada el día entero a su negocio y su familia, una tienda muy particular, un rectángulo dividido por un congelador con una legumbreria en estantes, arrinconadas solo con el propósito de exponer el producto atendida por Elkin, ser con una sabiduría nacida del trabajo y la firme convicción que la única manera de ser buen comerciante es ser amable, sin imposturas, escuchar como los psiquiatras, decirle a todo el mundo que lo entiende y fiar sin alguna medida con la particularidad de salir siempre avante.

En este lugar me encontré un día cualquiera a un historiador, Giovanni, alto, arraigado como todos los de esta zona, riguroso en sus conceptos y sobre todo buen amigo.  Siempre empezamos las conversaciones con mucha seriedad y como buenas aves rapaces terminamos hablando cosas cotidianas, sin algún valor o trascendencia, de culos, de lo inútil que son los esfuerzos para salir adelante en un país que se repite incansablemente. Es un lector juicioso, enamorado de su profesión, le encantan los historiadores ingleses y aquellos clásicos inevitables: Tucídides, Marco Polo, la edad media y los procesos de formación de los conceptos que estructuran el discurso y por lo tanto las incidencias del lenguaje y la representación en las narrativas sobre el pasado. Es amante y lector asiduo de Roland Barthes.   Cada tiempo nos sentamos afuera de la tienda de Beatriz a conversar, a molestar y ver pasar el tiempo sin otro placer entre carretazos interminables. Giovanni conoce a todo el mundo en este lugar por su nombre, se sabe las historias relevantes y va entrecruzando estas historias con las del país, en ese efecto mariposa que nos va consumiendo.

Entre estas conversaciones conocí a Sandra, trabajadora, madre, ejemplo para la infinidad de historias femeninas que nos asaltan a cada rato, entre machismos, opresión y el deseo de liberase y no depender de nadie, menos de un macho.  Sandra no sabe mentir, asume la vida con responsabilidad y sin engaños, a puro palo seco. Entre cervezas y sarcasmos con Giovanni y todo el que se nos arrime vamos pasando el día.

Estoy leyendo una novela sobre este lugar, se llama “La sombra de Orión” de Pablo Montoya, narra una toma militar hecha por el estado, acompañada de grupos paramilitares y grupos de limpieza, que dejó muchas cicatrices en el lugar.  Hay historias no visibles, varones que mandan y todo el mundo sabe, pero nadie señala, genealogías y alguien debe contar.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 26 de mayo de 2021

DOS ESCRITORES COLOMBIANOS

 



El oficio literario, dedicarse de tiempo completo a la literatura, vivir dignamente de ella ya es posible en Colombia, hasta hace poco constituía un privilegio de muy pocos escritores consagrados, después de un trasegar casi trágico en el oficio y gracias a obras que se impusieron por su calidad y belleza. Pablo Montoya, Juan Gabriel Vásquez y Carolina Sanín son un ejemplo de escritores consagrados, reconocidos y exitosos en un país muy difícil.

Pablo acaba de publicar “La sombra de Orión” una novela que se sale de los temas tradicionales abordados en sus últimos textos, que toma un hecho concreto en una ciudad especifica de Colombia, para narrar desde la ficción un suceso que aún la historia no ha resuelto a cabalidad, para confrontarla, para darle voz a resonancias que aún no tienen la vitalidad que merecen.

La toma de Orión fue una acción del estado, con la ayuda de grupos paramilitares y de limpieza social hecha en una comuna de Medellín con cicatrices profundas en una sociedad fracturada desde los comienzos de la violencia partidista del país (1948-1970), que generó verdaderos cordones de pobreza y desplazamiento, con el tiempo esta sociedad (Década del 80 y 90 del siglo pasado) fue permeada por el narcotráfico y las organizaciones criminales constituyéndose en un híbrido difícil de interpretar y que a la vez refleja la profunda desigualdad e inequidad social de Colombia.  Esta novela es narrada en tercera persona, va cruzando historias desde un epicentro urbano que refleja al país entero, cada personaje desde su propio ámbito termina relacionado con esta toma, la novela cuenta esas pequeñas tragedias individuales, lo que representó vivir en una ciudad tomada por el narcotráfico, el escritor relaciona magistralmente como el ADN de un lugar nos toca, nos afecta, nos compromete y no siempre resuelve a favor.

Medellín es la ciudad donde vive Pablo Montoya, un académico estudioso y apasionado por literatura, mentor de muchos jóvenes, además es un ensayista excelso.  Es cierta la sentencia de Dubois para esta novela: “todo texto se compone a partir de una tradición y una norma, de suerte que ésta termina por reproducir un gran texto” (p. 70). Al observar la sociedad y las maneras en que circula el capital simbólico, es poco probable preservar ese carácter de individualidad, ya que la institución reconoce que el producto literario “se constituye a partir de varias instancias”.

Es inevitable desconocer como las experiencias de nuestra propia existencia, se mezclan con circunstancias sociales de tanta significación como la toma de Orión.  En la ciudad existen igualmente realidades, personas y situaciones que se confrontan a partir de lecturas muy distintas, sobre todo cuando está atravesada por muchas violencias y con una fragilidad social incuestionable. Está novela interpreta la realidad de un hecho concreto, para establecer en todo caso, la historia siempre sobre-pasa el tópico personal, desde ópticas disimiles nos cuenta una historia que refleja a un país que no ha superado las violencias múltiples, nunca ha dirimido sus conflictos desde la palabra y la concertación. La toma de Orión dejó cicatrices que aún no se cierran con mucha responsabilidad del estado y la clase dirigente. 

Juan Gabriel Vásquez, publicó la novela “Volver la vista atrás” basada en la vida de Sergio Cabrera el cineasta colombiano. En todo caso el escritor deja en claro que esta es una obra de ficción. Abarca una época muy convulsa del mundo, desde la guerra civil española hasta muy entrado el siglo XXI. Está escrita en tercera persona. Recordé con esta novela una afirmación del escritor frente al papel de la literatura: “Nunca he creído que la literatura sea capaz de cambiar el mundo, pero sí cambia al individuo. Esa transformación se basa en una relación especial que el lector establece con el texto; es una lectura en voz baja, silenciosa, que ocurre en nuestras cabezas y nos pone en contacto con una historia de una manera especial, a través un lenguaje interiorizado y no en un lenguaje visto en el teatro o en la sala de cine. Pero esto depende de que el lector pueda sentarse dos horas seguidas en contacto silencioso con las páginas…eso se está transformando de maneras muy dramáticas: las nuevas dinámicas de lectura permiten consultar el correo mientras se lee el destino de Raskolnikov. Creo que eso va a tener un efecto en nuestra relación con los textos de ficción y, por ahí, nos transformará como seres humanos si uno cree, como yo, que la lectura de ficción nos ha inventado”. La vida de Sergio, la de su padre y el contexto global con los avatares de un país muy difícil como el de Colombia, le sirven a JGV, para escribir esta novela. Bien escrita, su lectura es agradable, entre capitulo y capitulo vamos entendiendo lo que significa el peso de ciertos acontecimientos externos en la vida.  Así lo hizo saber JGV en una respuesta a una entrevista donde describe la relación entre realidad y ficción:  

- “Yo creo que toda novela hace eso, pero unas de manera más consciente que otras. Siempre me ha encantado la idea de difuminar esas fronteras para tratar de torturar un poco a la realidad, para que diga cosas que antes no había dicho. La ficción extrae de esa realidad significados y otras verdades que no había antes ahí y eso se logra mediante ese juego entre la realidad y la ficción”. Muchas veces la novela ha descrito mejor ciertos hechos históricos.

La novela comienza con el exilio de su padre a Latinoamérica después de la guerra civil española, periplo que termina Colombia, donde se radica y donde nace Sergio.  Por este camino nos vamos enterando de los hechos más connotados de Sergio, de su carrera como director de cine y de la estrecha relación con su país.

Se tocan los temas muy álgidos del año 40 del siglo pasado hasta bien entrado este siglo XXI en Colombia, con la lucidez de un novelista que sabe entrecruzar los temas globales con los individuales con total habilidad, para irnos comprometiendo en la historia, llevándonos por esas decisiones y tragedias que constituyen una vida, desde la esclerotica de un creador como Sergio. Su padre fue un innovador del teatro en Colombia, absolutamente controvertido, un militante de tiempo completo. Desde hace dos décadas, la novela re-escribe la historia, la confronta desde la subjetividad propia de las historias individuales re-elaboradas desde la ficción, cuenta situaciones siempre complejas y de quienes las padecieron, en un país que tiende a manipular los hechos.  Recordé a propósito de esta diatriba y encrucijada del arte, la relación del escritor con las obligaciones que le impone la sociedad,  la afirmación la encontré en un ensayo sobre Roland Barthes:

 El escritor no tiene elección: está obligado a significar el arte en su manera de escribir. La forma literaria, obligada a someterse al gusto de un público, está siempre marcada socialmente. La literatura, en este sentido, no existe fuera de la relación que enlaza al escritor con la sociedad. Es porque esa relación evoluciona, por lo que el lenguaje literario evoluciona. (Vincent Jouve, pág. 16, 1986). Esta concepción surgiría en cierta medida de la influencia conjugada de Sartre y de Brecht. La idea de que, a diferencia de Sartre, la literatura no es comunicación sino lenguaje y que la literatura es ante todo una actividad formal es la idea faro, sostiene Jouve, de la reflexión barthesiana que ya está presente en El grado cero, y permanecerá hasta los últimos escritos del crítico- ensayista. (Vincent Jouve, 1986, p. 17)

En la próxima entrega hablaré de la última novela de Carolina Sanín.





martes, 11 de mayo de 2021

LA CRÍTICA DE LOS ESCRITORES

 


En este blog he insistido sobre la importancia de la crítica para la literatura, sobre el papel que juega como faro para los lectores.  La crítica es: “En términos de la ciencia humanística, una de las tres disciplinas de la ciencia de la literatura, aquella que desempeña una función dominantemente aplicativa sobre los textos, a diferencia de la teoría literaria y la historia literaria”. Colombia se reseñan libros en periódicos y existe información muy precisa sobre novedades, pero está lejos de tener una crítica literaria seria y rigurosa. Este artículo de “Letras libres”, escrito por Kim Nguyen, es un buen análisis desde un punto de vista muy particular, lo comparto con mis lectores y espero sea de su gusto.  CESAR HERNANDO BUSTAMANTE HUERTAS

 

Kim Nguyen Baraldi

La crítica académica se ha olvidado de lo más importante: cualquier texto de crítica debería generar en el lector el deseo irrefrenable de enfrascarse de nuevo en el libro comentado.

 

“Creo que uno sólo puede enseñar el amor de algo. Yo he enseñado, no literatura inglesa, sino el amor a esa literatura”.

 

Jorge Luis Borges

 

 

Mi paso por la Sorbona fue un fiasco. Cursé la carrera de letras modernas y literatura comparada y me sentí decepcionado. Aunque aquellos años de universidad fueron hasta cierto punto provechosos, me quedó un regusto amargo: todo era ahí demasiado académico, árido y frío. Demasiadas estatuas de mármol, demasiados escritorios de madera y ningún bar donde poder conversar con los compañeros. Las clases no eran estimulantes, los profesores no lograban conectar con los estudiantes, y uno sentía que, cuantas más horas pasaba enfrascado en libros de crítica especializada, más lejos se hallaba de la literatura. Estudiar así no tenía para mí ningún atractivo. A día de hoy, me sigo preguntando, algo entristecido, en qué momento la universidad, desorientada por las cuatro esquinas, decidió anestesiar el placer de leer.

 

Por esa época, apunté en uno de mis cuadernos esta breve anotación: “Propósito: leer como un escritor”. Yo no me creía escritor, por supuesto, no había escrito casi nada en mi vida, pero entendí que aquella postura –aunque no supiera, por aquel entonces, en qué consistía exactamente– era la que yo quería adoptar frente a la literatura. Y que también me ayudaría a mantener una cierta frescura en la vida. Así que, sin darme cuenta, empecé a recopilar compulsivamente fragmentos de escritores que comentan sus libros favoritos, sus escritores de cabecera. Solía encontrarlos en lugares marginales: correspondencias, diarios, discursos, conferencias o prólogos. Los críticos viven de la crítica; los escritores, por el contrario, tienen la gran ventaja de no estar sujetos a hablar sobre la literatura, si no lo desean. Suelen tomar la palabra en ocasiones contadas, cuando tienen algo valioso que decir, cuando sienten la necesidad. Y, como es sabido, la necesidad es lo único imprescindible para escribir algo verdadero. Empecé, por tanto, a acumular centenares de fragmentos de escritores: Milan Kundera descubre el poder de lo fútil en las novelas de Flaubert; Thomas Wolfe recrimina a Scott Fitzgerald su intolerancia hacia los libros que “hierven y se derraman”; Paul Auster se conmueve por la ternura escondida en los libros de Georges Perec; Foster Wallace reivindica el humor de Kafka y Dostoievski; Natalia Ginzburg observa el cambio de luz en la obra de Calvino; Thomas Bernhard, el huérfano, se tira en los brazos de su padre adoptivo Montaigne; Françoise Sagan comprende con Albertina desaparecida en qué consiste la locura de escribir; Walter Benjamin y W.G. Sebald se asombran ante la transparencia del “yo” kafkiano; García Márquez encuentra su camino literario tras la lectura de La metamorfosis; Virginia Woolf se emociona leyendo Un corazón simple de Flaubert; C.S. Lewis se lamenta que los animales no puedan escribir libros; Marcel Schwob y Juan Marsé releen, ensimismados, La isla del tesoro; el Quijote político de Magris, el Quijote sonámbulo de Bergson, el Quijote campeón de la libertad de Pitol, el Quijote humanista de Le Clézio, etc. Todos estos fragmentos eran para mí momentos raros en los que, de pronto, un relámpago ilumina el cielo. Ahí encontré la verdadera universidad, en la crítica de los propios escritores.

 

Durante años continué la rutina de compilar textos, hasta que un buen día me topé, por azar, con un escritor que había construido una reflexión en torno al tema que me preocupaba, es decir, la diferencia entre la crítica académica y la crítica de los escritores. Ese escritor es Ricardo Piglia. Recuerdo la revelación que supuso para mí la lectura de una entrevista en la que este formulaba, con claridad y en pocas palabras, todo lo que yo había intuido, pero que no había conseguido expresarme a mí mismo. Casi me caigo de la cama. Esa mezcla de escritor, crítico y profesor se había propuesto la tarea de “sacar a la lectura del árido desierto de la crítica académica” y buscaba “a ese lector de narrativa que está interesado por la discusión sobre la literatura”.

 

Piglia destaca algunas características propias de la crítica de los escritores. Primero, su carácter marginal y periférico: “son intervenciones puntuales que tienen efectos de iluminación notables”. Segundo, es una crítica muy clara que tiene la virtud de ser muy coloquial y fluida, sin jerga técnica. Tercero, los escritores están más interesados por la construcción que por la interpretación de las obras, es decir, “están más preocupados por cómo está hecho un libro antes que por lo que significa”. Piglia observa que los críticos suelen abordar la literatura desde saberes exteriores (la lingüística, el psicoanálisis, la sociología, el marxismo etc.), mientras que los escritores parten de la propia literatura y la utilizan como laboratorio. Por último, la crítica que hace un escritor es siempre estratégica y partidista: un escritor reelabora la historia de la literatura a su imagen y semejanza, construyendo redes propias y enfrentamientos, para reivindicar su propia poética. Al fin y al cabo, “cuando un artista habla de otro, siempre habla –por carambola, por desvío– de sí mismo”, escribió Kundera.

 

La lista de Piglia era casi perfecta. Sin embargo, faltaba en mi opinión una característica que trascendía a todas las demás. O, más bien, estaba implícita en todas ellas. Y es que, cuando uno se sumerge en la crítica de los escritores, le entran ganas de leer. Tan tonto, tan sencillo como eso. Todos los fragmentos que compilé tienen esto en común que vehiculan una gran carga emocional: hacen mella en el lector. En una fascinante conversación en la Casa América de Madrid, Juan Villoro le dijo a Piglia:

 

“Compartir entusiasmo es para mí una de las zonas de trabajo más difíciles y yo siempre trato de llegar a eso y a veces con demasiado énfasis; y me pregunto: ¿hasta dónde el ensayo permite la emoción narrativa? Llegar –digamos– no solo al entendimiento, a deconstruir al otro autor, a explicarlo, a crear una zona de sentido, sino a generar la emoción de haberlo leído, es decir la lámpara encendida en la lectura, esa imagen casi fundacional. O sea, ¿en qué momento, de pronto, podemos lograr ese resplandor de una emoción de leer al otro?”.

 

La crítica académica se olvidó de lo más importante. Cualquier texto de crítica debería, en última instancia, generar en el lector el deseo irrefrenable de enfrascarse de nuevo en el libro comentado. Y eso se logra, solo y únicamente, si el crítico es capaz de compartir un entusiasmo, transmitir la emoción que sintió al leer. Basta con recorrer algunas páginas de El telón de Milan Kundera para darse cuenta de lo emocionante que puede llegar a ser un ensayo. Ese es, precisamente, el tipo de libro que debería ser obligatorio en primer año de Letras: después de su lectura, los estudiantes saldrían disparados a hacerse con el Quijote, La educación sentimental o El castillo, para devorarlos de cabo a rabo. Ya lo sentenció Virginia Woolf: “La emoción tiene prioridad sobre todo lo demás”. De eso se olvidó la crítica académica.