martes, 22 de octubre de 2024

LOS VAGABUNDOS DE DIOS DE MARIO MENDOZA

 



Siempre he querido escribir un ensayo amplio sobre este gran escritor colombiano. Su obra es una de las más emblemáticas de la narrativa contemporánea nuestra y de hecho es un icono por su calidad literaria, además sobre ella, cada vez gravitan más lectores jóvenes que se encantan no solo con su estilo, las líneas argumentales que toma a su haber y el desciframiento de un país cuyo subsuelo siempre alguien quiere ocultar, pese a que él ciudadano común, no solo lo padece desde una subjetividad cada vez más enfermiza, por la violencia que lo asedia desde muchos costados, lo aliena, desde un poder oculto pero, visible por sus efectos, manejado por una elite igualmente procaz y quienes lo usufructúan desde que nacimos como nación. Por ello sus novelas son descarnadas, con personajes casi esquizofrénicos, solitarios, alucinados, los que nos van llevando por lugares irreconocibles para muchos, por esa Bogotá nocturna y misteriosa, cargada de espacios inmanejables, llevados de una mano negra que no reconocemos, invisible, narra desde estos entramados hechos que en principio no comprendemos, pero desde su pluma vamos descubriendo en sus genealogías misteriosas, al final muy lógicas de acuerdo a la gran variedad de poderes entrecruzados que develamos. Su prosa es directa, clara, parece un cronista de la página roja, atiende los mínimos detalles.

La reseña publicada por editorial Planeta me parece un abrebocas excelente a su lectura, que definitivamente nos atrapa de cabo a rabo, nunca debemos repetir lo que alguien hace mejor que nosotros. Expresa el reseñista: "Adán Santana, un novelista con el cuerpo desbaratado y maltrecho por varios accidentes sucesivos, con un precario estado mental, que menguó sus fuerzas y su espíritu, sobrevivió como pudo al encierro de la pandemia y ahora es un náufrago inmóvil. La humanidad no cambió un ápice tras la prueba extrema que experimentó y él, en medio de ese caos, no sabe cómo retomar el rumbo, si es que aún existe alguno, después de todo lo que ha pasado.

De manera misteriosa comienzan a llegarle señales de que debe volver al corazón oscuro de la ciudad que ha alimentado sus obras. La intempestiva aparición de un viejo amigo, un bohemio músico de jazz, lo pone en marcha al recomendarlo con una joven artista que recordó en terapia, por medio de la hipnosis, su propósito al conectarse con sus vidas pasadas.

Al abismarse de nuevo, el escritor descubre que la realidad pierde su forma y que lo que cree sólido se desvanece. Sumergido en el Kairós, el tiempo sagrado, su cordura y templanza serán puestas a prueba por militares que experimentaron el horror, creyentes que esperan con fervor al nuevo Avatar, guerreros espirituales forjados tras las rejas de la cárcel, sádicos torturadores profesionales, víctimas escaldadas por un dolor que las consume y alimenta un odio atroz. 

Comprenderá que “sin muerte no hay renacimiento”, que “si no hay un final no podremos tener un nuevo comienzo” y que al dejar “esa pose de escritor pulcro y cuidadoso, que calcula cada paso que da como si temiera hundirse en el abismo. Cuando quizás de lo que se trataba era, justamente, de dejarse caer en el vacío y de disfrutar el viaje por el precipicio”.

Sus novelas tienen siempre hechos superpuestos que tratan de develar una realidad oculta que nos afecta profundamente, nos carcome, desde la esclerótica de un escritor como en este caso (Su protagonista), o un detective salido de un estado psicótico, como en Lady masacre, otra de sus novelas. El autor va develando un país desconocido, pero que lo padecemos implacablemente, pese a ello, no terminamos de entenderlo. Esta novela habla de los poderes perversos enquistados en el territorio, las instituciones, la sociedad y el mismo núcleo del poder, en su entrecruzamiento y en la ausencia de un orden que configure algún futuro o garantía como solución, sobre todo para la población más vulnerable que, es mucha. Es una radiografía de un momento puntual del país, la época de las protestas y la explosión social por efectos de la propuesta de una reforma tributaria que le imponía IVA a productos de la canasta familias. Los jóvenes, marginados, la informalidad, por primera vez se unían ante un hecho que definitivamente los tocaba en lo más esencial. Describe el origen de la desobediencia civil, la toma de partido de sectores muy vulnerables sin ninguna voz. Muestra ese país que constituye la mayoría y que no queremos ver. A ello le suma una visión de la fe cristiana que toma la acción como camino, clandestina, como en Roma, habla y se reúne en las catatumbas urbanas. La fe que ya no es tan pasiva como se le quiere imponer desde el dogma. 

En el aspecto creativo y mirando la estructura de la novela, recordé la sentencia de los formalistas rusos frente a lo que llamaban el automatismo: " Se trata de las ideas sobre el automatismo de la percepción y el papel renovador del arte. El hábito nos impide ver, sentir los objetos; es necesario deformarlos para que nuestra mirada se detenga en ellos: esa es la finalidad de las convenciones artísticas. El mismo proceso explica los cambios de estilo en arte: las convenciones, una vez admitidas. facilitan el automatismo en lugar de destruirlo". Marcela Carolina Baez Peñuela en una Tesis, presentada en la Universidad Nacional sobre Mendoza abría su introducción con esta lúcida afirmación: "La literatura permite construir y recrear sinfín de imágenes y mundos que reflejan en algunos casos el contexto en que se está inmerso; “La literatura es uno de los elementos esenciales de nuestra aprehensión de la realidad” (Butor, 1967, p. 7). De esta manera se muestran seres marginales envueltos en situaciones decadentes de las que no siempre salen bien librados; se muestra el caos de las ciudades tercermundistas donde los sujetos han perdido la esperanza y donde la posibilidad de cambio no se ve por ningún lado. Varios escritores colombianos han querido plasmar esa realidad en sus textos, entre ellos se encuentran Santiago Gamboa, Laura Restrepo, Jorge Franco, Fernando Quiroz, Héctor Abad, Nahum Montt y Mario Mendoza, nacidos entre los años cincuenta y setenta". Después remata: Mendoza se propuso plasmar a Bogotá en su obra mostrando las diferentes capas que la atraviesan, dándole la voz a seres marginales y corrientes, lo cual le ha llevado 25 años de su carrera durante la que ha publicado ocho novelas, un libro de relatos, y dos de cuentos donde uno de ellos, el único en toda su obra, no hace alusión a Bogotá sino a relatos de viajes (De hecho, son más de 15 novelas)". 

Otro trabajo de Juan David Avendaño para la universidad Santo Tomas expresa sobre Mendoza: La literatura como ejercicio de representación de un entorno, sus habitantes, aspiraciones, conflictos y visiones de mundo es a su vez un espejo y un oráculo de la realidad social en la que se ubica el escritor. Tras sus vivencias, el escritor encuentra unos elementos de su entorno que son comunes en la constitución del individuo como sujeto. Lo común, que alude a todo aquello que nos permite crear puentes y, por ende, comunicarnos y actuar como comunidad, así como la sujeción, la confraternidad a la que se refiere el término sujeto, nos habla de la imperiosa influencia que el entorno social, los lenguajes, las creencias y sus sistemas de representación tienen sobre los individuos".

Leer a Mendoza no solo es descifrar al país desde una óptica caótica pero cierta, a la vez que alucinante. Está novela me encantó y espero que el autor siga en esa tarea tan grande, no solo entregándonos una ficción develadora sino desde su ejercicio tratando de dilucidar un país muy difícil. 


lunes, 21 de octubre de 2024

SE NOS FUE EL ENTRAÑABLE MORGAN

 No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo. Cioran


No es nada fácil escribir sobre un amigo, que partió en las peores circunstancias, más cuando se ha compartido tanto y con quien  estuve muy cercano en los últimos tres años, muchas veces en circunstancias muy agradables y otras casi trágicas. Uno podría pensar que la muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. El hecho es que este hombre fue un ser muy especial. Proactivo y servicial de sobremanera. En los últimos años de la vida vivió más en la calle que en otra parte.  Era su espacio vital, el parque de los iconoclastas, cerca de su morada. Constituía su vida, apropiada con mucha personalidad, construida existencialmente después de más de treinta años de trasegar. Los sitios, siempre fueron los mismos: Santa Lucia, calle 13, los Alcázares, San Javier, todos en la zona 13 de su amada Medellín.

Conocí a Morgan de la manera más casual. Saludaba siempre amable: ¿Y cómo están los señores? Llegaba al parque y automáticamente tomaba una escoba y barría con un juicio de marinero impenitente en plena mar. Al momento estaba buscando la melona, como llamaba a la comida…Nunca le hizo falta, la gente le quería por su capacidad de servicio irrenunciable y de verdad que en ocasiones comía desaforadamente. Conmigo compartió dos meses en mi casa. Después en más de cuatro ocasiones dormimos en su cambuche. Me decía, donde vas a dormir y el mismo se contestaba…usted no se va a quedar en la calle. 

Morgan era soldador, cerrajero, alguna vez se casó en una fiesta memorable, la que evocaba con ojos muy tristes, tuvo hijas con las que compartió en un hogar y tenía dos sobrinos que amaba mucho. Fue un hombre feliz con una historia particular. La gente en esta sociedad solo juzga por lo que alguien tiene, por las cosas y no mira la existencia en todas sus potencialidades. Era conocido por todos y todas, le saludaban como si fuera de la casa, tenía un sentido de pertenencia por el barrio incomparable y siempre estaba dispuesto a servir. Claro, Morgan como todos los humanos tuvo muchos defectos. En sus borracheras se ponía impotable, pero al rato volvía compuesto y nos saludaba como si nada hubiese pasado.

El último mes de su vida no fue de grata recordación, cargado de soledad y desesperanza. Se trasladó para la palestra en San Javier, después de un desalojo inhumano, que siempre espero y el que nunca pensó que fuera tan rápido. Allí bebió a su gusto, pescol, palió la vida con berraquera y cierta resignación y como siempre, esperaba que vinieran mejores momentos.  Nietzsche nos enseñó que "La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre". Cualquier día en circunstancias que no tengo claro, fue atropellado por una moto, a los tres días con esas frases lapidarias con que nos enteramos de las malas noticias, Omar me llamó y sin anestesia me dijo: Morgan se murió.

Lo que vino, fue un funeral de lágrimas, nostalgia y mucha hipocresía.  Pienso en la vida como una navegación entre el dolor y el tedio, entre el deseo y su cumplimiento efímero, entre el hambre y el eros insatisfecho. La vida es una ilusión que acaba en desilusión, un engaño que acaba en desengaño, una admiración que acaba en decepción. Este hombre como todos los que se mueren será un relato que se irá diluyendo con el tiempo. Esto nos pasará a todos y no hay nada que hacer al respecto.