sábado, 10 de diciembre de 2016

LA JUVENTUD COLOMBIANA Y NUESTRA LITERATURA

Pocas veces se hace el diagnostico sobre el conocimiento de la literatura Colombiana de  nuestra juventud, el nivel de compromiso en este ámbito, cómo se articula esta relación en un mundo dominado por las TIC, con mucha prevalencia de los medios digitales. En este semestre he visitado de manera continua las bibliotecas públicas de Medellín, he conversado con estudiantes de literatura y con lectores espontáneos sin ninguna formación profesional. También soy un asiduo visitante de las principales librerías de la ciudad y en estos sitios de igual manera he escrutado este tópico. No dejo de asistir a los eventos en que se presentan nuevos libros, esto para dejar en claro, que de alguna manera puedo ser testigo de cargo de cómo vibra esta relación. Varias son las realidades. La primera, ya no populan los lectores compulsivos de otros tiempos y son muy pocos los sitios de encuentro para hablar de literatura, la juventud cada vez se aleja del texto y más bien se acerca al mismo a través de otros medios tecnológicos más acordes con su mundo. Aún así, pese a que se venden muchos libros, no se leen. Segundo, el acercamiento a los más importantes textos de nuestra literatura: “María”, “La vorágine”, la poesía de Silva,  para citar sólo unos, es muy débil, la mayoría de veces los interrogados los desconocen, los jóvenes están leyendo autores contemporáneos, pero no nuestros clásicos, algunos muy populares, más por gracias de los medios de comunicación, me refiero aquellos libros que han servido para montar series televisivas, series que han tenido mucha popularidad, su vigencia se debe más a los artificios de la publicidad que a su calidad.
A esta especie de apatía imperante contribuye la ausencia de una crítica rigurosa, llamativa y que fomente la lectura, por este camino el conocimiento de nuestra literatura ya no es importante, ni siquiera para los lectores asiduos, la oferta de textos extranjeros es muy grande . Quede estupefacto, de comprobar cómo la juventud desconoce la mayoría de los autores emblemáticos de nuestra literatura. Tome a Héctor Rojas Herazo como ejemplo, realice una encuesta alrededor suyo y después de mucho preguntar entre la juventud,  su desconocimiento era casi general. Con un problema adicional, a la juventud no le preocupa esta falencia, la lectura de textos es cada vez menos importante para su formación. En todo caso, no se puede afirmar que la batalla esta perdida, pues en otros países la lectura de literatura es popular y de suma importancia. Que estamos haciendo desde la gestión pública. Colombia tiene una de las mejores redes de Bibliotecas públicas. Hay una política de fomento a la lectura rigurosa. Tal vez debemos ser más ingeniosos en el acercamiento del joven al texto. Pascale Casanova, está excelente crítica, escribió: “¿Es posible restablecer el eslabón perdido entre la literatura, la historia y el mundo, y al mismo tiempo mantener una completa percepción de la irreducible singularidad de los textos literarios? Segunda, ¿puede concebirse la literatura como un mundo en sí? Y en tal caso, ¿podría una exploración de su territorio ayudarnos a responder la primera pregunta. Cómo darle a entender a nuestra juventud la importancia de la buena literatura, como memoria, desde la perspectiva hedonística, como descubrimiento del mundo estético propio y de la visión particular narrada por nuestros escritores a través de sus obras más importantes”.
Funda lectura realiza un labor encomiable. Los libros y las bibliotecas en las paradas de autobús son un recurso de suma importancia, reglar libros en el transporte público y fomentar lecturas, labores en las que no cede son una buena política. Fuera de esto, gestiona políticas públicas a favor del fomento de los lectores y por su puesto en el conocimiento de nuestras letras. La lectura cumple un papel vital en la vida nuestra, como formación y como memoria, Alberto Manguel recordaba:
“¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras? Éste es un paseo por la historia de los libros y por las obras de algunos de esos grandes hechiceros responsables del paraíso de la lectura. Memoria, intimidad, imaginación, sentimientos, inteligencia, aventura y descubrimiento son algunas de las palabras que reivindican el estatus de un placer que nos hace más humanos.
Como la experiencia muestra, la debilidad de nuestra memoria olvida fácilmente no sólo los actos ocurridos hace mucho tiempo, sino también los recientes de nuestros días. Es, pues, muy conveniente y útil poner por escrito las hazañas e historias antiguas de los hombres fuertes y virtuosos para que sean claros espejos, ejemplos y doctrina para nuestra vida, según afirma el gran orador Tulio". Así comienza la novela que, entre los pocos libros perdonados de la biblioteca de Don Quijote, el cura rescata por ser "un tesoro de contento y una mina de pasatiempos": el Tirant lo Blanc de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba. "Llevadle a casa y leedle", le dice a su compadre el barbero, "y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho"[1].
Después agrega, refiriéndose a la lectura: “Pero ¿qué es este placer? ¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras, de entendimiento adquirido como por acto de magia, de manera profunda e intraducible? ¿Por qué nos lleva a rechazar ciertos libros sin misericordia y a coronar a otros como clásicos de nuestra devoción si algo en ellos nos conmueve, nos ilumina, pero por sobre todo nos deleita?”. Tal vez la respuesta a estos interrogantes, nos permitan fomentar más el conocimiento de nuestras letras, que es un poco el rescate de nuestra memoria y de la identidad a travez de las obras de literatura más importantes.










[1]Elogio de la lectura”. Alberto Manguel. http://elpais.com/diario/2006/04/22/babelia/1145662750_850215.html


domingo, 4 de diciembre de 2016

UN LIBRO SOBRE LAS HERIDAS DEL PASADO GANA EL PREMIO CLARÍN NOVELA


Tomado De la revista “Ñ” del periódico “Clarin” de Argentina
El texto elegido fue escrito por Carlos Bernatek, nacido en Avellaneda en 1955. La Historia en la vida personal.
Después de la espera, de los saludos, en el Teatro Coliseo, llegó la noticia: el ganador del Premio Clarín Novela es Carlos Bernatek, un escritor que nació en Avellaneda en 1955 y actualmente trabaja en la Biblioteca Nacional.
La novela se llama El canario, que es el apodo de Maidana, el personaje sobre el que gira la trama de la novela. El canario explora el pasado reciente de la Argentina, el pasado truculento de los Años de Plomo. El tema aparece de manera infrecuente porque Maidana es un conscripto que accidentalmente va a parar a la ESMA y es testigo involuntario de los horrores que allí ocurren. Logra salir pero queda marcado de manera definitiva. Todo está contado por un narrador testigo que es Javier, un hombre autoexiliado, que vuelve a la Argentina de los 80 para encontrar un país en el que los bares se han transformado en estacionamientos y que ve con desencanto.
En la sala, habían esperado la decisión personalidades de la política, la cultura y el periodismo. Entre ellos, el ministro de Cultura, Pablo Avelluto; el titular del Sistema de Medios Públicos, Hernán Lombardi, la subsecretaría de Cultura de San Isidro, Eleonora Jaureguiberry; los escritores Claudia PIñeiro, Guillermo Martínez, Daniel Guebel y Patricia Suárez; los editores Augusto Di Marco, Julieta Obedman, Daniel Divinsky y Kuki Miller, entre otros.
En la sala, antes de proclamar al ganador, se leyó la lista de los diez finalistas. Algunos llevaban "hichada", que los vivaba al ser nombrados. Pero el que subió fue Bernatek, quien contó que éste es su décimo libro, que tiene su origen hace veinte años y que cuando lo volvió a tomar, tanto los personajes como él habían cambiado.
El autor vivió muchos años en la ciudad de Santa Fe. De hecho La noche litoral, su última novela está protagonizada por un hombre que se busca la vida en esa ciudad.
PRIMERA PÁGINA DE LA NOVELA
Fue como nacer de nuevo, pero viejo. El tiempo, como una clase de combustible fósil, se había consumido demasiado rápido. Y ya era tarde para muchas cosas. Tarde para preguntarse, por ejemplo, como el irlandés Yeats, si ¿había acaso otra Troya para que ella incendiara?
Porque esa ella, en mi caso, no era Helena, sino la juventud, los años más o menos salvajes, quemados sin sentido ni nostalgia. Edad peculiar los cuarenta: excesivamente tarde para muchas cosas, demasiado temprano para el retiro, una especie de vejez prematura con atisbos de juventud tardía. Una verdadera cuarentena de dudoso final.
Al menos sabía que nadie me buscaba: mis osadías de muchacho, de exasperado, eran causas prescriptas, algo en realidad insignificante en comparación con todo lo ocurriera en éste lugar después de mi partida. Ni siquiera estaban vivos los que podrían reclamarme algo. La ley, la norma –como siempre lo supuse- es un papel que alguien, un empleado menor, una secretaria, un cadete, de pronto olvida, extravía, omite (...)
Mirá también: Un libro sobre las heridas de la Dictadura gana el Premio Clarín Novela

martes, 29 de noviembre de 2016

LITERATURA Y PODER

Con la muerte de Fidel Castro pensé en esta relación ancestral, la cual ha sido muy estudiada por la academia.  La abordaré desde una perspectiva muy personal, sin el rigor que amerita. Recorde la Iliada de Homero, al principio asumí que el tema central era el rapto de Helena por Paris, después mi profesora de literatura me aseguró que realmente es la ira de Aquiles por la muerte de Patroclo, ahora pienso que es un poema épico sobre el poder  o tal vez, las tres variables constituyen aristas de un mismo eje sobre el cual se desarrolla la historia: Amor, poder y muerte. La “Biblia”, el gran relato místico del cristianismo y el judaismo está llena de narraciones centradas entre la rivalidad del poder divino, inconmensurable, omnímodo, y la naturaleza humana, con todo el mar de contradicciones que la caracteriza. Este texto es rico en historias de este tipo, hay un enfrentamiento permanente entre el mal y el bien, entre el poder de Dios y el hombre; la expulsión de la primera pareja del paraíso terrenal nace de un desafío, del rompimiento de reglas, de una rebelión contra el poder divino, de la sed de conocimiento. La historia del primer patriarca Abrahán, está llena de vicisitudes alrededor del poder, unas de sumisión total, es enviado a matar a su hijo y el obedece sin cuestionar a su Dios y otras de rebelión, de duda. La Historia de Job es memorable, por un reto entre la divinidad y el diablo se le somete a todos los vejámenes imaginables y pese a sus desgracias súbitas nunca denosta de su Dios. Son mychos los ejemplos tanto en el viejo como en el nuevo testamento. Grecia, la cuna del pensamiento y la ciencia moderna, escribió verdaderos tratados sobre el poder.  “La política” de Aristóteles es un tratado sobre el poder, “La republica” es la primera utopía, es una propuesta sobre el uso del poder, sobre el modelo de estado. Roma estudió hasta la saciedad el poder, lo estructuró y creó las reglas sobre las que se articula la sociedad, de hecho son los padres del Derecho moderno. La relación de los pensadores y escritores con el poder es igualmente cautivante.  El ejemplo de Platón es emblemático, su cercanía con un dictador no tuvo un final feliz, Sócrates fue condenado a muerte por el estado y se le obligó a tomar la cicuta, Seneca murió de igual forma. La edad media termina con la rebelión del pensamiento ilustrado contra las imposiciones de la iglesia y los poderes anquilosados de los reyes en medio dde procesos inquisitoriales y hoguera para muchos científicos y escritores. La relación de ciertos pensadores con los Nazis en plena efervescencia del fascismo es aún materia de controversia. Basta solo citar a Heidegger, para encontrar interrogantes que tal vez nunca se resuelvan.  Lo mismo pasó con la relación perversa de algunos escritores Españoles con el Franquismo, o su consecuencia nefasta, el exilio de otra pléyade de creadores que simpatizaban con la republica y la izquierda española, se fueron después de la derrota, sólo volvieron cuatro décadas después. En Latinoamérica, no solamente algunos escritores estuvieron cercanos al poder, sino que escribieron hermosas novelas sobre dictadores y la soledad del poder. “El otoño del patriarca”, “El señor presidente”, “Yo el supremo”, “El siglo de las luces” son apenas las más importantes. Mauricio vicent en una columna de “El país” de España tiene una anécdota que refleja la situación de cierta época de dictaduras en Latinoamérica: “La primera vez que Gabriel García Márquez escuchó el nombre de Fidel Castro fue en 1955. Por aquel tiempo el escritor compartía exilio en París con un grupo de intelectuales latinoamericanos y cada uno esperaba la caída de su propio dictador, por eso cuando una mañana el poeta cubano Nicolás Guillén abrió la ventana de su habitación y gritó: “¡Se cayó el hombre!”, cada cual pensó que se trataba del suyo propio. Los paraguayos creyeron que era Stroessner, los nicaragüenses, Somoza, los colombianos, Rojas Pinilla, los dominicanos, Trujillo, y así una lista interminable. Al final resultó ser Juan Domingo Perón y, poco después, charlando sobre el asunto Guillén le confesó a García Márquez que no tenía muchas esperanzas de ver el fin de Batista en Cuba”[1].  Remata el artículo trayendo a colación como se dio la relación entre Gabo y Fidel: “Tres años después, García Márquez estaba en Caracas viviendo como reportero el primer año de Venezuela sin Marcos Pérez Jiménez, y en eso llegó la noticia del triunfo de Castro. Dos semanas más tarde él y Plinio Apuleyo Mendoza se embarcaron en un avión con un grupo de periodistas rumbo a La Habana. García Márquez acabaría formando parte del núcleo fundacional de la agencia Prensa Latina, creada en el verano de 1959 por Jorge Ricardo Masetti y el Che Guevara, y desde entonces su relación con Cuba y con Fidel Castro, casi lo mismo para García Márquez, pues la isla y su amistad con el líder cubano eran para él cosas inseparables”. Este es el tema para un libro, se podría tratar desde muchas variables y aún no se agotaría: Literatura y poder.
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[1] http://cultura.elpais.com/cultura/2014/04/03/actualidad/1396551081_198117.html

La revista “Semana” dio una lista en una edición de las veinte novelas sobre el poder:
La Historia del Rey David
La Biblia

Porque la historia de David es probablemente la más grande narrativa de la antigüedad sobre una vida moldeada por las presiones de la vida política, las instituciones públicas, la familia, los impulsos del cuerpo y del espíritu, y la inevitable decadencia de la carne. Una mirada al cruel proceso de la historia y al comportamiento humano envuelto en la búsqueda de poder.

2. Edipo Rey
Sófocles 

Porque es la trama fundacional de las complejas relaciones filiales. Porque es un tratado sobre el poder en el sentido primordial: un secreto es capaz de devorar a un hombre y convertirlo en el verdugo de su propio padre.

3. Yo, Claudio
Robert Graves 

Porque es honda reflexión sobre el tiempo y la mortalidad de los hombres que un día se creyeron dioses, en una época en la que todavía importaban los dioses.

4. Memorias de Adriano
Margarite Yourcenar 

Porque es una larga carta sobre la soledad del poder. Adriano, otro de los emperadores romanos, vivió una época imperial en la que se derrumbaron los ideales del mundo clásico, y el cristianismo no se había implantado del todo.

5. Calígula
Albert Camus 

Porque muestra la débil frontera entre el exceso de poder y la tiranía. Envenenado por el sufrimiento de perder a su hermana, el emperador romano Calígula empieza a desear lo imposible y a ejercer todo su poder para obtenerlo sin importar el costo.

6. El nombre de la rosa
Umberto Eco 

Porque es bueno recordar cómo el poder de la palabra escrita fue celosamente protegido del vulgo durante siglos por la Iglesia, y en esta, la gran novela de Eco, se ponen de manifiesto todas las oscuras maquinaciones de las que fueron capaces los monjes del medioevo para mantener ese poder.

7. Castellio contra Calvino
Stefan Zweig

Porque en este bello ensayo histórico se pone de manifiesto que cuando los hombres, hasta los más humanistas y revolucionarios, llegan al poder, son capaces de aniquilar a sus adversarios: así le ocurrió al joven teólogo Castellio cuando osó discutir cómo Calvino había sido capaz de condenar a la hoguera a Servet, otro teólogo.

8. Macbeth
William Shakespeare 
Porque se trata de uno de los más apasionantes relatos sobre la ambición que haya concebido el hombre. Macbeth es la historia de un hombre ciego por la codicia que es capaz de asesinar para conseguir sus propósitos.

9. Fouché
Stefan Zweig 
Porque es la gran biografía de eso que se podría llamar el poder en la sombra. No en vano este hombre de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII fue el único que sobrevivió a dos antagonistas como Napoleón y Robespierre. Y el único que cambió de opiniones radicalmente entre las ideas revolucionarias y las monárquicas en un período apasionante de la historia.

10. Rojo y negro
Stendhal 

Porque es el gran retrato de la ambición y el arribismo por ascender socialmente. Porque es un gran fresco de una época en la que comenzaban a imponerse valores sociales como el dinero, como mecanismo para humillar a los demás.

11. La piel de zapa
Balzac 

Porque es el mejor retrato del arribismo, uno de los valores burgueses por excelencia en el siglo XIX, y una poderosa metáfora que echa mano de elementos fantásticos para mostrar que la ambición siempre rompe el saco.

12. El maestro y Margarita
Mijail Bulgakov 

Porque es una gran alegoría del estado de represión de los artistas en un estado totalitario y, además, una de las novelas más hondas sobre el bien y el mal escritas en el siglo XX.

13. Bella del señor
Albert Cohen 

Porque explora a fondo las relaciones de poder en el amor de un hombre judío de la burguesía y una mujer aristócrata en el convulso período de los años 30 en Europa. Esta novela es un fresco de una época en la cual el mundo estaba gobernado por el totalitarismo.

14. Todos los hombres del rey
Robert Penn Warren 
Porque este libro, ganador del premio Pulitzer de 1946 y basado en la historia del gobernador de Louisiana Huey Long, es un despiadado retrato de un político populista que atropelló a todo el mundo para mantenerse en su cargo.

15. 1984
George Orwell 

Porque es la crítica más aguda a los regímenes totalitarios que se haya escrito jamás. Pinta el panorama de un dictador supremo que ha reprimido a la humanidad por medio de manipulación y propaganda. Este es el Gran Hermano, que siempre está vigilando.

16. Fahrenheit 451
Ray Bradbury 
Porque presenta un futuro en el que la humanidad se ha convertido en una masa sin pensamiento crítico. Un grupo de bomberos se encarga de incinerar libros porque, según los altos mandos del poder, generan infelicidad en las personas al hacerlas ver con otros ojos lo establecido.

17. La hoguera de las vanidades
Tom Wolfe 
Porque retrata el Nueva York de los años 80, uno de los grandes centros de poder financiero del mundo. Una historia en la que se muestra cómo los intereses políticos y judiciales pueden convertir a alguien en el rey del mundo un día, para luego comérselo vivo a la mañana siguiente.

18. El señor de las moscas
William Golding 

Porque es una radiografía descarnada de lo ambicioso que puede llegar a ser el espíritu humano. Una fábula sobre el deseo de poder, narrada desde el punto de vista de unos niños abandonados en una isla desierta.

19. Agosto
Rubem Fonseca 

Porque retrata de una manera minuciosa y casi quirúrgica la caída de un dictador. El cerco que se va imponiendo sobre Getulio Vargas, y los crímenes de Estado son, en esta novela, una manera de reflexionar sobre la tiranía.


20. Ámsterdam
Ian McEwan 

Porque se sumerge en las relaciones de poder de una amistad. Porque desvela el desmesurado poder de los periodistas que cuando tienen una exclusiva son capaces de anteponer el afecto al éxito.





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[1] http://elpais.com/elpais/2014/04/20/opinion/1398007823_649987.html

lunes, 21 de noviembre de 2016

MÚSICA Y LETRA

Siempre leo con mucha asiduidad el blog de Sergio Ramírez en Boomerang Literario del periódico “El País” de España. Sus artículos, además de estar bien escritos, estamos frente a un escritor mayor, cumplen con una tarea de divulgación y crítica memorable, constituyen un bálsamo, una buena conversación. Cuando me encuentro con esos artículos especiales, siempre deseo replicarlo en este blog para que mis lectores lo disfruten
              Rubén Darío fue un músico que como él mismo dice vivía "loco de armonía". No lo ocultaba. En su novela inconclusa El oro de Mallorca, el protagonista es un famoso compositor latinoamericano, Benjamín Itaspes, pero de inmediato reconocemos que se trata de él mismo, disfrazado así para hacer una confesión autobiográfica, amarga y triste. O más bien que un disfraz, es su verdadera alma la que muestra en esos capítulos. El alma del músico que siempre cargó con su piano Pleyel, y que terminó perdiendo en una casa de empeño, agobiado por las deudas.
            Su preferido entre los personajes de la mitología griega es Orfeo, músico, y entre los dioses del panteón latino, Pan, músico también. Y su poesía que más nos gusta, la que entra por el oído, es pura música, sino oigamos los compases que tiene la Marcha Triunfal, clarines, trompas de guerra, y donde los timbales marcan el ritmo en el desfile de los vencedores.
            Y aquel poema A Margarita: ¿Recuerdas que querías ser una Margarita/
Gautier? Fijo en mi mente tu extraño rostro está,/ cuando cenamos juntos, en la primera cita,/ en una noche alegre que nunca volverá...tiene la medida y la cadencia de un tango. Sin olvidar que Borges escribió letras de milongas, a las que Piazzola puso música.
            Pero contra lo que alguien pudiera pensar, en la prosa tiene que haber música, y el que escribe en prosa debe tener oído musical, para la melodía y para el ritmo. Esto podría parecer contradictorio en mi caso, pues mi tío Alberto Ramírez, chelista y compositor de boleros, nos declaró sordos a mi hermana Luisa y a mí tras sus esfuerzos frustrados en enseñarnos solfeo. Quizás era el horario de las lecciones. Las dos de la tarde es la peor hora para enseñar a solfear, igual que para aprender mecanografía, en lo que también fracasé, pues nunca aprendí a escribir con todos los dedos, como Dios manda, sino que me quedé usando los dos índices que picotean en el teclado, un anacronismo en esta era de los dedos pulgares.
            Desde entonces he inventado la teoría, muy a mi favor, que hay dos oídos, el que reproduce entonando, en lo cual confieso mi sordera, pues si me atrevo a cantar lo hago en un solo tono, y el oído que oye y puede recordar un quinteto de cuerdas o una sinfonía a la primera frase, el mismo oído que distingue los compases de un tango o de un bolero y reconoce cada instrumento en un concierto, y sobre todo, el que me da la medida al escribir.
            Vengo de una familia de músicos, abuelo y tíos paternos, todos miembros de una orquesta, y esa es mi vena artística, mi punto de partida. No me son extraños los monótonos ejercicios de clarinete de mi tío Carlos José en las tardes tranquilas de Masatepe, ni la figura de mi abuelo Lisandro inclinado sobre el papel pautado que el mismo rayaba con un curioso instrumento de cinco filos al que llamaba "pata", componiendo tal como se lo dictaba su cabeza, porque nunca pudo ser dueño de un piano.
            Músicos pobres, pero que hallaban siempre felicidad en los "toques" esos viajes a caballo por los pueblos vecinos tocando en las misas de gloria, los rosarios rumbosos y las procesiones, lo mismo que en las barreras de toros y en bailes de gala; o ponían serenatas persiguiendo amoríos.  
            La literatura se emparenta, pues, con la música, o mejor dicho, ambas comparten la misma sustancia. Y un buen ejemplo es el nicaragüense Carlos Mejía Godoy, quien recibe este mes en Las Vegas el premio Grammy Latino que le ha sido otorgado en reconocimiento a su carrera de compositor, palabra que hay que descomponer de manera debida, en su sentido completo: compositor es el que crea música y letra. Es decir, un artista que saber oír, y sabe escribir. Y al escribir, lo hace en pocas líneas, para lo cua se precisa de maestría.
            La polvareda que despertó la concesión del premio Nobel de Literatura a Bob Dylan aún no se asienta, y yo siento que Leonard Cohen se haya muerto sin recibirlo. Si se trata de premios literarios, además de musicales, como el Grammy, Carlos Mejía Godoy merecería más de uno, igual que Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez o Pablo Milanés. Todos ellos son poetas de la altura de Jacques Prévert que escribió la letra de Hojas muertas, o el poema que fue a dar a la canción. Un poema que cubre toda la melodía, igual que Volvió una noche de Alfredo Lepera, en la voz de Carlos Gardel.
            Conocí a Carlos en León, en 1960. Yo estudiaba derecho, y él llegó a estudiar medicina. Recuerdo un viaje que hicimos una noche a la playa de Poneloya a bordo de un jeep sin techo, de aquellos de la segunda guerra mundial, los dos atrás, hablando de música. Para entonces él empezaba a componer y yo a escribir, dos caras de la misma moneda, y él asegura que critiqué mal una de sus canciones primerizas. Cada vez que me lo recuerda, entre risas, yo prefiero responderle que ese episodio nunca existió.
            La imagen de Carlos es inseparable de su acordeón, pero entonces tocaba también el serrucho, al que sacaba arpegios de película de vampiros. Su obra empezaba apenas a crecer, y hoy sus centenares de canciones tocan sentimientos de nostalgia y rebeldía que componen lo que podría llamarse el alma nacional de Nicaragua. Él le puso música y letra a la revolución, sin cuya música aquella gesta de todos no se explica, como tampoco se explica sin la poesía de Ernesto Cardenal.
            Bastaría la Misa Campesina para que su obra quedara en la memoria. La grabación de 1979 en la que entra la Orquesta Sinfónica de Londres, con las voces de Miguel Bosé, Ana Belén, Sergio y Estibaliz, hay que oírla siempre.
            Carlos es un poeta con los dedos en las teclas del acordeón.





viernes, 18 de noviembre de 2016

Y PESE A TODOS ESTAS CON NOSOTROS RELATO

Hoy se cumple el primer aniversario de tu partida, en los últimos días pese al dolor y el peso de tu ausencia he tratado de comprender lo sucedido, cuando la fatalidad se impone, la vida tiene que seguir su ritmo, la nostalgia y la tristeza son apenas compañeras de viaje.  Es mejor tratar de entender lo que pasó y actuar en consecuencia. Arreglárseles con tu ausencia es casi un imposible, pero la he podido sobre-llevar  porque tu estas en cada cosa que hago, es como sí la estela de tu espiritualidad me marcará, siempre fui feliz con esa pedagogía que sabias impartir entre la rutina y los quehaceres, eso que los filósofos llaman aprendizaje, que muy poco tiene que ver con la educación, esta es más cercana al conocimiento, ahora es más intensa esta sensación, me pareces que siempre estas observándome. Ayer, en esos festivos largos de lunes, innecesarios, que parecen sobrar, viendo con tus hijos la saga de las películas de Georgos Lukas, te recordamos, cuando asumiste ver la serie “Lost” sin tregua alguna, una verdadera maratón, tres fines de semana enteros en compañía de Santiago, anulaste las demás actividades, supimos comprender tu compulsión. A propósito, Santiago está volviendo a ver la serie, pienso que es cómo un homenaje, cómo un buen recuerdo a tantos días al lado tuyo, tratando de entenderla al fin. Ana hay cosas que nunca se nos olvidan, son huellas indelebles. Te sabías todos los discos del mundo, todas las baladas, todos los tangos. Tenía los nombres de los cantantes, con sus compositores y anécdotas, los traía a colación cuando alguien hablaba con ligereza, siempre hay personas que traen datos mentirosos, sin rigor para distraerse un poco, tú los corregías implacablemente. odiabas las imposturas. En el caso de los tangos fue más curioso, decías tajantemente: A mí no me gustan los tangos….siempre a la pregunta de por qué sabías las letras de todos los tangos, respondías con vehemencia pero con indiferencia: Me tocó oírlos todos, por muchos años en Manizales, que más iba hacer, mi madre los oía el día entero, imposible no aprenderlos. Lo mismo pasaba con los artista de cine, con los de la farándula nacional, con todo lo que tuviera que ver con Harry Poter, con “El Señor de los Anillos”, con las novelas de Jean Austen……fue una lectora de miedo sin las arrogancias de los lectores de oficio, leyó todo Paul Coello sin importarle toda la arremetida de los intelectuales contra sus libros, a mi me gustan y eso basta decías.
Recuerdo tus silencios, significaban siempre algo, encubrían preocupaciones mayores, solías tener una reserva para todo, fue una actitud inexplicable que tenía que ver con su psicología, con esa forma de ser tan particular, recatada, contenida, cuando había algún problema o iba a tomar una decisión importante, iba tratando de resolverlo en medio de silencios sepulcrales, como paréntesis intensos, era imposible interpretar a cabalidad estos lapsos misteriosos, hasta que hablabas con  magisterio y rigor, tomaba decisiones casi siempre irreversibles. Nunca fuiste aburrida y menos pesimista, por ello, tu risa resulta inolvidable, con el humor intempestivo, repentista e inteligente con el cual nos sorprendías.
Este año ha sido muy duro. Los niños han seguido su vida como valientes, llenos de esa alegría que les enseñaste, aquella que se sobre-pone a las dificultades, todos los días te recuerdan,  secándole un poco el quite al peso de tu ausencia, siempre te traen con algún pretexto,  en ocasiones se llenan de tristeza, callan y se aferran a los recuerdos, empiezan a contar anécdotas para obviar el dolor, son espacios de un saudade enrarecido, al final terminan recordándote con admiración y orgullo.
Pienso muchas veces, cuando muera que recordarán mis hijos, que queda. Contigo aprendí que, él ejemplo nunca lo olvidan, se vuelve hábito y aquellas enseñanzas morales con las que no se tranza, las que tu  impusiste sin ambages. Fuiste muy rígida con el deber, con la sinceridad, con las obligaciones que son necesarias y a las que no debemos esquivar.  No hablabas de nadie, ni permitías comentarios maledicentes, por ciertos que pudieran ser, esto era un virtud celestial, cuando digo nunca, es nunca, esta era una categoría moral para ti.
Hoy quedó inscrito Santiago en la universidad de Antioquía, duramos dos días de ires y venires, atendiendo requerimientos burocráticos, se como estarías orgullosa de tu Santi, este es mi hijo dirías, quedó de 26, increíble, el es hechura tuya. Cuando salimos y no dijeron, está inscrito nos miramos y pensamos en ti, hablamos de ti y te pedimos ayuda.
En la vida estamos  rodeados de  pocas personas, hablo de aquellas que nos quieren, que se preocupan por nuestra suerte, antes de nuestra generación las familias eran más grandes y comprometidas, hoy no, los círculos se empequeñecieron y la solidaridad es reducida a un círculo muy pequeño. Nadie espera en estos momentos ayuda de dinero, pero sí, compañía. realmente es muy poca, pero no es para amargarse, no le podemos pedir a los otros lo que no damos, el mundo responde a lo individual, la familia pasó a un segundo plano, la subjetividad y el deseo a través del consumo, enfatizan la educación en lo individual, eso es lo que prima. Ahora más que nunca he sentido esto, sin resentimientos puedo afirmar, que no hay espacios para solidaridades, simplemente a cada persona se le lleno de tantas obligaciones que les es imposible poder abrirse a otras y  la educación nos hace muy egoístas.
Aní poco te hablo de nuestro perro Tony. Durante mucho tiempo te espero en la puerta.  No es impresión mía, pero el perrito no es el mismo, siento que el peso de tu ausencia lo marcó o tal vez aún te espera, sí llegaras de pronto, se moriría de la alegría. Los animales sí que son solidarios, tienen una lealtad desmedida.



lunes, 14 de noviembre de 2016

CUANDO GABO ERA CACHACO Y FELIZ

El periódico  el espectador de Bogotá tiene uno de los archivos más valiosos sobre la obra y labor periodística de Gabriel García Márquez, que trataré de ir trayendo poco a poco a este blog con el previo reconocimiento a quienes han conservado tan valiosos documentos.

El paso del premio Nobel de literatura por una ciudad de la que tuvo que despedirse tras El Bogotazo.
Entonces, Gabo era costeño y feliz. Estaba lejos de alistar sus primeras armas en la literatura y toda su apuesta en el mundo se reducía a respirar aquellos años juveniles, fogosos, en los que descubrió el goce de los amores furtivos que se deslizan por los cuartos a medianoche y se esfuman por la mañana entre promesas de silencio absoluto. Era una parranda perpetua, como lo recuerda en sus primeras memorias.
Su universo era una fiesta animada por un sol sin tregua hasta que en 1943 —cuando la leyenda viva tenía 15 años y todavía no era una leyenda— su padre, Gabriel Eligio, el telegrafista, le anunció que le tenía una sorpresa: “Alista tus vainas, que te vas para Bogotá”. Días después, el muchacho provinciano conoció un estado del cuerpo hasta ese momento desconocido e invisible: el frío.
Ese año, Gabriel García Márquez llegó por primera vez a la Estación de la Sabana. A cachacolandia. A la capital, la sede del Gobierno, pero sobre todo —muchos años después habría de recordarlo en Vivir para contarla— “la ciudad donde vivían los poetas”. Los poetas mayores.
La misma en la que se dio el gusto de cumplir “el deber revolucionario” de escribir bien. De contribuir para que América Latina, para que el mundo, tuvieran una vida mejor. Una época que, como reza el lugar común, marcó su existencia y, de paso, la de todos sus lectores.
Gabo pudo soñar en Bogotá. Las imágenes de aquel sueño, muchas de El Espectador, formaron parte de una exposición que desde la semana pasada está abierta en el Archivo de Bogotá (Calle 5  5-75). Cuando Gabo era feliz y cachaco se titula y está conformada, además, por fragmentos de las primeras memorias del Nobel. El curador, Gustavo Ramírez Ariza, hizo una cuidadosa selección de las mejores y más dicientes fotografías del escritor en su paso por la capital. Al verlas, no queda más remedio que apropiarse de una de sus frases: “Sí, la nostalgia sigue siendo igual que antes”.
Un fauno en el tranvía
“En esas andaba una noche de domingo en que por fin sucedió algo que merecía contarse. Había pasado casi todo el día ventilando mis frustraciones de escritor con Gonzalo Mallarino en su casa de la Avenida Chile, y cuando regresaba a la pensión en el último tranvía subió un fauno de carne y hueso en la estación de Chapinero. He dicho bien: un fauno. Noté que ninguno de los escasos pasajero de medianoche se sorprendió de verlo, y eso me hizo pensar que era uno más de los disfrazados que los domingos vendían de todo en los parques de niños. Pero la realidad me convenció de que no podía dudar porque su cornamenta y sus barbas eran tan montaraces como las de un chivo, hasta el punto que percibí al pasar el tufo de su pelambre. Antes de la calle 26 que era la del cementerio, descendió con unos modos de buen padre de familia y desapareció entre las arboledas del parque”.
El drama del 9 de abril
“Poco antes de la medianoche, cuando dejó de llover, subimos a la azotea para ver el paisaje infernal de la ciudad iluminada por los rescoldos de los incendios. Al fondo, los cerros de Monserrate y Guadalupe eran dos inmensos bultos de sombras contra el cielo nublado por el humo, pero lo único que yo seguía viendo en la bruma desolada era la cara enorme del moribundo que se arrastró hacia mí para suplicarme una ayuda imposible. La cacería callejera había amainado y en el silencio tremendo sólo se oían los tiros dispersos de incontables francotiradores apostados por todo el centro, y el estruendo de las tropas que poco a poco iban exterminando todo rastro de resistencia armada o desarmada para dominar la ciudad. Impresionado por el paisaje de la muerte, el tío Juanito expresó en un solo suspiro el sentimiento de todos: —¡Dios mío, esto parece un sueño!”.
En tren a un mar del cielo
“El tren de Puerto Salgar subía como gateando por las cornisas de rocas en las primeras cuatro horas. En los tramos más empinados se descolgaba para tomar impulso y volvía a intentar el ascenso con un resuello de dragón. A veces era necesario que los pasajeros se bajaran para aligerarlo del peso, y remontar a pie hasta la cornisa.
EL MAGISTERIO DE UN CRÍTICO

“Hasta ‘Cien años de soledad’ ese reparto de destinos entre el hombre y la mujer fue espontáneo e inconsciente en mis libros. Fueron los críticos, y en especial Ernesto Volkening, quienes me hicieron caer en la cuenta, y esto no me gustó nada, porque a partir de entonces ya no construyo los personajes femeninos con la misma inocencia de antes”.
“!Con lo bruto que es usted para el cine!”
“Las primeras notas tranquilizaron a los exhibidores porque comentaban películas de una buena muestra de cine francés. Los empresarios que encontrábamos a la salida del teatro nos manifestaban su complacencia por nuestras notas críticas. Álvaro Cepeda, en cambio, me despertó a las seis de la mañana desde Barranquilla cuando se enteró de mi audacia. !Cómo se le ocurre criticar películas sin permiso mío, carajo!, me gritó muerto de risa en el teléfono – !Con lo bruto que es usted para el cine!”.
‘Cien años de soledad’
Facsímil de la primera página del ‘Magazín Dominical’ de El Espectador, con el anuncio de la publicación en exclusiva del primer capítulo de la novela  cumbre de Gabriel García Márquez. Fue el 1° de mayo de 1966, un año antes de que saliera completa al mercado.
Presentación en sociedad
“Creo que la tarde en que Guillermo Cano me llevó de mesa en mesa a lo largo del salón para presentarme en sociedad, fue la prueba de fuego para mi timidez invencible. Perdí el habla y se me desarticularon las rodillas cuando Darío Bautista bramó sin mirar a nadie con su temible voz de trueno: —¡Llegó el genio!”.
Dos triunfos con sabor amargo
“En mi doble destino de periodista y escritor, sólo recuerdo dos cosas de qué arrepentirme, y es haber ganado dos concursos literarios. El primero fue en 1954, patrocinado por la Asociación de Escritores de Colombia, cuyo secretario de entonces me suplicó que participara con un cuento inédito, porque no se había presentado ninguna obra que valiera la pena y temían que el certamen fuera un fracaso. Le entregué un cuento sin terminar —‘Un día después del sábado’—, y pocos días más tarde apareció jadeante en mi oficina para decirme, como si fuera un milagro ajeno a su diligencia, que me habían concedido el primer premio”. En la foto, García Márquez camina por la carrera Séptima con su amigo Jaime Lopera. Eran los tiempos de sus primeras obras.
El viaje por el río Magdalena
“Hubo fiesta oficial la primera noche, con orquesta y cena de gala, pero me escapé a la cubierta, contemplé por última vez las luces del mundo que me disponía a olvidar sin dolor y lloré a gusto hasta el amanecer. Hoy me atrevo a decir que por lo único que quisiera volver a ser niño es para gozar otra vez de aquel viaje. Tuve que hacerlo de ida y vuelta varias veces durante los cuatro años que me faltaban del bachillerato y otros dos de la universidad, y cada vez aprendí más de la vida que en la escuela, y mejor que en la escuela (...) Los pasajeros nos sentábamos en la terraza todo el día para ver los pueblos olvidados, los caimanes tumbados con las fauces abiertas a la espera de las mariposas incautas, las bandadas de garzas que alzaban el vuelo por el susto de la estela del buque, el averío de patos de las ciénagas interiores, los manatíes que cantaban en los playones mientras amamantaban a sus crías”.


¿UNA ENTREVISTA? ¡SÍ, GRACIAS!


Gabriel García Márquez dijo en una de sus columnas dominicales que odiaba las entrevistas. Sin embargo, concedió miles. En este diálogo en Ciudad de México en 1986 recuerda sus primeros años en el periodismo.
Gabriel García Márquez dijo en una de sus columnas dominicales de El Espectador que odiaba las entrevistas tal como se hacían por esos días. Por eso llegamos muy prevenidos a conversar con él en su casa de Ciudad de México, con ocasión de este libro que pretende reunir a conocidos periodistas y personajes que han “circulado” durante estos cien años por el periódico de los Cano. Por eso, mi sorpresa fue enorme cuando vi que no solo estaba dispuesto a oírme, sino también a conversar conmigo en son de amistad.
Mi viaje a México no solo me dio la oportunidad de conocerlo personalmente –llevo muchos años conociéndolo a distancia˗, sino también en vivo a ese país maravilloso que hemos amado desde la niñez por sus bailes y sus vestidos, por sus actores, actrices y telenovelas, por sus pintores y escultores y sobre todo por mantener su corazón abierto a todos los exiliados del mundo, que a veces somos casi todos los habitantes del planeta tierra.
Y fue tan especial la ocasión, que se olvidó por completo quién era el entrevistador y quién el entrevistado, y grabamos mutuamente nuestras voces, y hasta intercambiamos regalo: él me brindó un traguito polaco que me entonó toda la tarde, y yo le regalé una botella de “Tres Esquinas”, el sabor de aquí ‒de Bolívar‒ porque no da guayabo.
Y así los recuerdos, por arte de magia y de la ocasión, se volvieron poesía.
Hablamos de Eduardo Zalamea, de su inolvidable suplemento literario y de su capacidad de escribir a máquina, a un ritmo tan acompasado, que todo el que lo veía creía estar escuchando ¡un aguacero! Recordamos al maestro León de Greiff, que le había enseñado a jugar ajedrez. Hablamos del payaso que le hace falta al Museo de Arte Moderno de Cartagena y que él se había negado a pintarme en ese momento porque “tampoco te voy a dar a ti todas las chivas”.
Por supuesto, llegó Mercedes con su pollera larga, con el talle sobre las caderas, con la cara seria pero picante a la vez, con su presencia de compañera seductora. Supo probar un tris solamente de la bola de tamarindo que le regalé, porque de la misma le dio a saborear a su esposo, y supo también en qué momento tenía que irse con su música a otra parte para no interrumpir los vertiginosos recuerdos del Nobel.

Usted es el Nobel, pero también es Gabriel García. ¿Quién eres tú?
No, es que tú a mí no viniste a preguntarme eso, sino que viniste a entrevistarme sobre los cien años del El Espectador.

Está bien. Dime entonces, ¿por qué tenemos que hacer esta entrevista en México y no en Colombia, como debe ser? ¿Por qué tienen que fugarse los artistas del país para poder ser lo que realmente quieren ser?
No, si tú no tienes que decir ni siquiera dónde fue que hablamos, sino cómo entré yo a El Espectador.

Bueno, bueno. Ahora dime, pues, ¿qué significado tiene para ti el hecho de que estemos hablando precisamente el 23 de abril, “Día Universal del Idioma”?
No, no, no. Si eso se lo han inventado es ahora. Eso no existía cuando yo tenía tu edad.
En la biblioteca del Nobel, las puertas y las ventanas son de vidrio y por eso podíamos ver muy bien las flores del jardín. También escuchábamos en el trasfondo el ruido que hacía el carpintero con su serrucho a secas. Sin ninguna connotación ideológica de por medio.
García Márquez y sus bigotes ya canos. Las uñas recién pintadas de esmalte transparente y una chompa de cuadros rojos y negros ‒¿coincidencia sandinista?–. Habíamos prometido seriamente “no meterle política a la cosa” y lo cumplimos hasta el final.
El teléfono sonó varias veces. Una vez era Margarita Marino de Botero, la ecóloga barranquillera que ha sembrado al país de hojas verdes. Otras veces nunca supe quién era, llamaban de distintas partes del mundo, lo que me permitió comprender la dimensión de esta “entrevista”. Estaba hablando con un hombre a todas luces “muy bien contactado”.
Me preguntó dónde vivía yo en Cartagena, que si conocía a mis vecinos, que si era amiga del doctor Carlos Barrios Angulo, que si a un lado quedaba la Avenida Chile y al otro lado el Club Unión. Que cuántos éramos en mi casa, que si era amiga de mi mamá y de mi papá, que si era leída y escuchada. A mi turno, le pregunté cuántos eran ellos, los García Márquez, y entonces me contó que “somos once hermanos de padre y madre, más dos de mi papá antes, más tres de mi papá después, y en total dieciséis”. Me dijo que no todos viven en la casa de Manga pero a la hora de la comida nunca se sabía ni cuántos eran. “Mi papá tenía que sentarse con una calculadora para saber cuántos éramos, porque además hay 14 nietos”. Me contó, con cierto alivio en sus ojos, que su mamá, doña Luisa, ya se estaba recuperando de la muerte de su esposo, “porque las viudas o florecen o se mueren. No les queda más remedio”.
Me había echado el viaje a México para hacerle una sola pregunta, que tenía una sola y larga respuesta, porque estaba hablando nada menos que con el único Premio Nobel de Literatura que ha tenido el país.

¿Cómo entraste tú al diario El Espectador”?
Fui a parar allá mucho antes de vincularme de planta al periódico. Yo estaba estudiando Derecho en Bogotá en el año 1947. Hacía primero de Derecho y trataba de escribir mis primeros cuentos, porque ya había leído los autores que me interesaban: los versos de Julio Flórez que los oía uno en su casa y los cantaban también como bambucos y pasillos. Y, en general, mucha poesía popular que no se sabe ni de quién es. Y después con el tiempo uno va descubriendo a los autores. Y me interesaba también el periodismo, aunque menos. Yo vivía en la antigua Calle Florián en la carrera 8, casi en la esquina de la Avenida Jiménez de Quesada, en frente de donde está ahora el edificio de la Caja de Ahorros. Allí había una pensión de costeños. En aquella época, nos conocíamos casi todos pues no había tantos como ahora. Hacíamos grandes bailes y existía eso que llamábamos la hora costeña, donde uno iba a la emisora los domingos a las nueve de la mañana a bailar porque era el único centro de música nuestra que había. Quedaba en la séptima con catorce.
Entonces los estudiantes hacíamos una cosa rara: armábamos los bailes a las nueve de la mañana porque era una época en que no había tocadiscos, ni nada por el estilo, ni tenía uno posibilidades de hacer reproducir la música. Ni había conjuntos tampoco. A uno lo invitaban mucho, porque en aquella época los cachacos no sabían bailar. No es como ahora que sí bailan y tan bien como los costeños. A mí me quedaba tiempo entre los bailes y la universidad para la literatura. Escribía realmente de noche.
¿Alguien te ayudaba?
Nadie lo ayudaba a escribir a uno. Uno aprende a escribir leyendo a los otros escritores, a los buenos escritores. Lo importante es no equivocarse, hay que saber cuáles son los buenos, porque si te pones a imitar a los malos, te sale todo malo. El hecho es que en 1947, no recuerdo bien hacia qué época, yo leí en El Espectador la columna de Ulises –Eduardo Zalamea Borda˗ que, desde antes de conocerlo, era una muy buena guía literaria, porque él era un hombre que se mantenía al día en literatura universal y los estudiantes seguíamos sus notas críticas, que no eran tanto críticas sino más que todo de orientación. Él era, además de magnífico columnista, el subdirector del periódico. Escribía la columna diaria La ciudad y el mundo. Además de eso, había publicado una excelente novela que se llama Cuatro años a bordo de mí mismo. Publicaba también el suplemento literario del El Espectador, Fin de semana, que era lo mejor del año 1947.
Además, se interesaba como nadie por el desarrollo de la literatura colombiana. Pero llegó un momento en que se fue saturando el suplemento de literatura extranjera. Surgían pocos autores colombianos. Entonces alguien le reclamó a Zalamea. ¿Por qué si había tantos valores nuevos en nuestra literatura el suplemento se dedicaba casi que exclusivamente a la literatura del exterior? Ulises, en una pequeña notica, respondió al señor en el correo diciendo: “Si hay nuevos valores en nuestra literatura, dígame cuáles son, porque yo en realidad no los conozco. De todas maneras, este suplemento está abierto, está a las órdenes de esos jóvenes escritores. Lo único que tienen que hacer es enviarme sus trabajos”.
Cuando yo leí esa nota, ya tenía terminado un cuento que se llamaba La tercera resignación, que lo había escrito sin mayores pretensiones. Entonces, lo metí en un sobre, cogí un papelito y se lo mandé diciéndole: “Si le sirve, úselo, y si no, rómpalo”.

¿Pero tú tenías una amistad personal con él como para decirle eso?
No, nunca en mi vida lo había visto, ni conocía a nadie en El Espectador. Yo nunca en mi vida he sido lagarto. Era un estudiante costeño que no veía, además, sino a estudiantes costeños y a mis compañeros de universidad: Gonzalo Mallarino, que todavía es un gran amigo mío, Camilo Torres y Luis Villar Borda. Éramos los más cercanos. Entre ellos, el más interesado en la literatura era Gonzalito y con él me escapaba de clases para andar recitando poesía por ahí en los jardines de la ciudad universitaria.
Bueno, volviendo al tema, yo creía que el cuento, si acaso se publicaba, saldría por allá dentro de un mes o algo así. Pero el sábado siguiente del día que yo había mandado mi cuento, entré al Café Molino, adonde iba uno a ver al Maestro León de Greiff, y de pronto veo a un señor que tenía abierto el suplemento de El Espectador, en donde había un título enorme, a ocho columnas, que decía: LA TERCERA RESIGNACIÓN… y lo más triste de
todo era que no tenía cinco centavos para comprar el periódico. Entonces salí como loco, buscando a un costeño que tuviera la plata para conseguir el periódico, y lo encontré, y lo compramos… Esa noche hicieron fiesta los del grupo… Unos decían que no lo entendían, que eso era un cuento surrealista, pero tenía dos amigos que sí sabían mucho de literatura: Jorge Alvarado Espinosa y Domingo Manuel Vega que me ayudaban mucho, me prestaban libros y estaban convencidos de que el cuento sí era muy bueno. Yo estaba muy feliz de que
me lo hubieran publicado, pero en aquel momento no tenía una perspectiva clara de qué seguía después de eso.
Al martes siguiente, El Espectador publicó una notita donde decía: “los lectores del suplemento dominical se habrán dado cuenta de la aparición de un nuevo escritor, etc., etc.”… !Entonces sí fue el susto grande! ¿Y ahora qué hago? Este hombre –Zalamea– dice que yo soy un gran porvenir, pero ¿yo por dónde sigo? Bueno pues seguí estudiando, seguí mandando cuentos, sin conocer nunca a nadie de El Espectador.
Después vino el nueve de abril… Ya sabemos lo que pasó. Además, esto es un libro sobre los cien años de El Espectador, y no sobre otra cosa –y allí yo perdí mi primera máquina de escribir que me había regalado mi papá y dos o tres cuentos que tenía listos para mandar, pero eran algo completamente distinto a lo que yo haría después˗. Entonces, como me quedé sin nada, me fui para Cartagena precisamente en el momento en que comenzaba El Universal. Y me fui para allá sin conocer a nadie. Llegué donde Clemente Manuel Zabala, que era el Jefe de Redacción, y le dije: “Yo soy fulano de tal y he escrito estos cuentos en El Espectador. Y da la casualidad que él los había leído y de una vez me sentó y me puso a escribir notas periodísticas. Trabajé allí durante el 48 y el 49, y estudiaba también Derecho en la universidad. En aquel entonces, El Universal era bueno. Estaba dirigido por Domingo López Escauriaza, y hacía un periodismo de oposición porque estaba en su apogeo la violencia conservadora.
En el año 50 me fui para Barranquilla porque era una ciudad de más inquietudes literarias. Allá hice contacto con el Grupo de Barranquilla de Germán Vargas, Fuenmayor, Cepeda Samudio y demás que tenían unos libros que a mí me interesaban. Esa fue una de las mejores épocas de mi vida. Empecé a escribir mi columna “La Jirafa” y comencé a leer de verdad la novela inglesa, la norteamericana, la francesa, y comencé a leer también a Cortázar que apenas iniciaba. Ellos en Barranquilla, hacían un periodismo de verdad, siguiendo la línea del periodismo de verdad, siguiendo la línea del periodismo norteamericano. Entonces me di cuenta cómo era que hacían los reporteros en TIME, y vi así que ese tipo de periodismo era el que me interesaba: el reportaje. Para tranquilidad tuya te cuento que nunca en mi vida hice una entrevista. Es que ahora se pusieron de moda, y los periódicos actuales creen que si no es con entrevista no hacen nada. Nosotros hacíamos la noticia y contábamos cómo era una persona. No lo que esta persona decía.
Allá en El Heraldo, puede decirse que viví la época más importante de mi vida, porque definí claramente qué era lo que quería hacer. Allá me di cuenta que quería escribir un tipo de novela nuestra, distinta.

Pero acuérdate que estamos hablando de los cien años del El Espectador…
Sí, bueno. En aquella época, El Espectador se acercaba mucho a ese tipo de periodismo que a mí me gustaba. Y los Cano y Zalamea iban siempre a pasar vacaciones a Puerto Colombia. En uno de esos viajes nos conocimos. Toda la pandilla de mis amigos eran amiguísimos de El Espectador y todos los años cuando los Canitos iban a pasar vacaciones, se armaba la gran parranda: “Ombe, si tú eres el que escribe, ¡Qué maravilla!”… Eso fue como si nos hubiéramos conocido toda la vida… Nos metíamos unas borracheras épicas cada vez que iban a Barranquilla. Algunas veces hablábamos de mis escritos pero ellos nunca me hicieron ninguna propuesta; y si me la hubieran hecho yo tampoco se las habría aceptado porque yo no quería saber nada de Bogotá aunque admiraba mucho el trabajo que ellos estaban haciendo, pero yo no quería saber absolutamente nada de esa ciudad donde había pasado tanto trabajo y el último recuerdo que tenía de allá era el del gran desastre del 9 de abril. A Barranquilla también viajaba Álvaro Mutis que era el Jefe de Relaciones Públicas de la
ESSO, y quien también era un amigo de Gonzalo Mallarino, que a su vez ya le había hablado de mí, y que también era muy amigo de los Cano porque todos los días se encontraban todos en el ascensor del edificio. Aquello fue… Yo los conocía a ellos –ellos a mí– ellos a ellos, y se fue armando un círculo, aquello se volvió una verdadera pandilla.
Un día de 1953 –hace ya 33 años, ¡qué horror!– llegó Álvaro y me dijo: “lo invito una semana a Bogotá”. Yo le contesté que no quería saber nada de esa ciudad, que no quería volver allá. “Pero mira una cosa –insistió él– yo le voy a mandar el pasaje, se va una semana sin problemas, se mete tranquilo a un hotel, eso ha cambiado mucho”. Ya estaba Rojas Pinilla en el poder. La violencia conservadora la paró Rojas, eso no se recuerda ahora (…). Después vino otro tipo de violencia. Pero los militares pararon la violencia conservadora en Colombia, eso fue verdad, lo malo fue que después se quisieron quedar y eso evolucionó muy mal y vino lo que se sabe…
El caso es que un día recibí en El Heraldo un sobre con los pasajes que mandaba Álvaro. Y entonces yo pensé, ¿Por qué no voy a Bogotá a ver qué pasa? Y la respuesta fue: porque no tengo un solo vestido de paño. Entonces atravesé Everfit que quedaba enfrente del Café Colombia de Barranquilla, y me compré el vestido con el cheque que me había mandado Álvaro de unos cuentos que me publicó en su revista. Así que compré mi vestido de paño azul cruzado y me fui para Bogotá con lo que llevaba puesto.
Allá me metí en una pensión de una señora alemana y cuando iba a saludar a Álvaro, aproveché para saludar a la gente de El Espectador. Entonces, Guillermo Cano me dijo: “Gabo, por qué no me hace un favor, escríbame uno o dos DÍA A DÍA porque GOG (mi primo Gonzalo González) está de vacaciones, y tenemos allí un problema”. Como entonces yo estaba con el brazo caliente, me senté, pregunté el tema y tac tac tac le di y le di y después
me fui. Al día siguiente, me mandó a llamar donde Álvaro, “Vea, dígale a Gabo que mientras esté aquí me siga escribiendo el DÍA A DÍA pues seguimos en ese problema, que me ayude en eso”. Entonces yo bajé, y escribí ese día, y al otro día también, y al otro también, y al otro también, siempre el DÍA A DÍA: Al llegar el momento de regresar a Barranquilla, vino Álvaro Mutis y me dijo: “ve, Guillermo Cano te anda buscando, que por qué no has ido hoy por allá a escribir”… y yo le contesté, “¡No, si yo no trabajo allá!”.
Fue entonces que supe que la invitación de Álvaro Mutis, era un complot que habían planeado los Cano y Eduardo Zalamea para tenerme a mí allá. Y todo eso de las vacaciones de GOG no era más que puro cuento. Así que me llamaron, hicimos pachanga y me pintaron toda clase de pajaritos para que me quedara. Pero yo no estaba muy contento escribiendo DÍA A DÍA nada más. Solo cuando me hice muy amigo de José Salgar que era el que hacía de todo allá, “el de la carpintería”, como suele decirse, sentí que comencé a hacer el tipo de periodismo que a mí me gusta. Y lo primero que me dijo él fue: “Si no le tuerces el cuello a la literatura, no llegarás a ninguna parte”. Creo haberle ganado esa discusión. Y haberle demostrado que la literatura es un buen complemento del periodismo, y el periodismo un buen complemento de la literatura.
En Ciudad de México comenzó a caer de pronto un fuerte aguacero y hasta se nos fue la luz. Mercedes, afortunadamente, andaba por toda la casa, lámpara en mano, iluminando todos los rincones. Y la conversación, ampliada ahora con la presencia de amigos, comenzó a desviarse hacia cosas más triviales, menos trascendentales. Afortunadamente, yo ya tenía en el bolsillo –o, mejor dicho, en mi grabadora– la respuesta de la pregunta que me llevó hasta México: ¿Cómo fue que Gabo, el Premio Nobel de Literatura, traducido a todos los idiomas del mundo, fue a parar a El Espectador? El periódico que según mucha gente sigue siendo, El mejor del mundo.
Para reafirmar sus lazos con el Decano de la prensa en Colombia, García Márquez, cada vez que tiene algo importante qué decir, regresa siempre a su vieja casa de El Espectador. Como ocurrió recientemente a Littin, que fue una verdadera primicia mundial. 









viernes, 4 de noviembre de 2016

HISTORIA DE LA ETERNIDAD DE BORGES

Los textos de Borges no son fáciles, exigen un lector atento y enamorado de la literatura, de antemano, para el goce de su narrativa, se hace necesario como mínimo haber abrevado en buena parte del universo literario existente,  conocer parte de la republica de las letras en cabeza de los autores más emblemáticos, con todo el entramado de figuras y artificios gramaticales y literarios, recursos que este autor dominó con absoluta destreza. Su prosa es impecable, escrita con el cuidado de un relojero, cada palabra responde a un propósito específico, sus textos están llenos de referencias, citas, sentencias clásicas, estas constituyen el basamento de su obra. La interxtualidad  (Es uno de sus progenitores) adquiere en él, el nivel más alto, la perfección, tanto en sus cuentos, como en sus ensayos, que al final resultan ser lo mismo. Borges trató desde la ficción temas metafísicos, propios de la filosofía. Leonardo Acosta en un texto crítico hermoso expone magistralmente al respecto: “ Se ha dicho que la fantasía exacerbada de Borges, a diferencia de otros escritores latinoamericanos, responde a un pensamiento metafísico particular, acorde con ciertas doctrinas filosóficas ( Berkely Hume, Schopenhauer, Nietzsche), aunque sabemos que su enciclopédica erudición iba mucho más: de Heraclito al inefable Zenon De Elea,  de las disputas teológica, a  la especulación teológica de los Arabes, sin ignorar el pensamiento científico de Huxley, o de Bertrand Russel entre otros. En el umbral del pensamiento religioso y la mística, nos conduce de Pitágoras a los gnósticos, de Scoto De Erigena a Swudemborg, y a la metafísica Hindu de los spanihads[1].
El libro “Historia de la eternidad”, con muy pocos textos, constituye el mejor ejemplo del universo de Borges, de sus preocupaciones mayores, tratadas desde la ficción, estos fungen como ensayos, las referencias constituyen verdaderas joyas, perfectamente hilvanadas a un argumento encubierto, se van suscitando con mucha inteligencia, en Borges son artificios hermosos, pese la erudición de las citas, son traídas como alusiones esenciales del tema principal, sin ellas no habría trama, va creando aperturas temáticas alrededor de  conjeturas ordenadas con  premeditación bien intencionada, pensando en el lector, expectantes, parten de hipótesis muy especiales, el tiempo, la eternidad, o del análisis de un recurso literario, la metáfora, los keningar, con un grado de perfección magistral, nunca se les ve de más, asombroso para el lector, al final, uno no termina de saber, sí está frente a un ensayo, un cuento, un relato, o simplemente un texto lleno de alusiones, como una especie de juego.
El primero, el que da nombre al libro, “ Historia de la eternidad”,  es un buen ejemplo de la manera como construye Borges sus textos a partir de una conjetura: “En aquel pasaje de las Eneádas que quiere interrogar y definir la naturaleza del tiempo, se afirma que es indispensable conocer previamente la eternidad, que-según todos saben-es el modelo y arquetipo de aquel. Esa advertencia liminar, tanto más grave sí la creemos sincera, parece aniquilar toda esperanza de entendernos con el hombre que la escribió”. Después cita el Timeo de Platon: “El tiempo es una imagen móvil de la eternidad”.  A partir de esta conjetura, empieza una elucidación metafísica desde la esclerótica de autores muy diversos, todos de la predilección del autor, va citándolos uno a uno y construyendo hipótesis harto inverisímiles: “Invirtiendo el método de Plotino (única manera de aprovecharlo) empezaré a recordar  las oscuridades inherentes al tiempo: misterio metafísico, natural, que debe preceder a la eternidad, que es hija de los hombres.  Una de esas oscuridades, no la más ardua pero no la menos hermosa, es la que nos impide predecir la dirección del tiempo. Que fluye del pasado al porvenir es la creencia más común, pero no es más ilógica la contraria,  la fijada en un verso español por Miguel De Unamuno: Nocturno el rio de las horas fluye/ desde su manantial que es la mañana/eterno. Comienza de súbito a participar al lector en  la narración, lo hace cómplice de las conjeturas que va armando: “Se trata de una imaginación personal de la que puede prescindir el lector”, refiriéndose a las sentencias de Plotino: “El universo ideal a que nos convida Plotino es menos estudioso de variedad que de plenitud; es un repertorio selecto, que no tolera la repetición y el pleonasmo. Es el inmóvil y terrible mundo de los arquetipos platónicos”.
De pronto, como detectives, estamos inmersos en conjeturas metafísicas, “El universo, los números, el espacio” abriéndonos pasos entre sentencias, en un entramado de aluciones, llenas  de erudición, pero con el encanto que  produce este tipo de develaciones históricas, pues son alucinantes elucidaciones al propósito de sus intenciones literarias.  Analicemos el texto con más detalle: alusiones de Plotinio, del más arraigo idealismo Platonico, cita el libro tercero de las Eneadas, una afirmación que pone en duda la existencia de la materia: “En el libro tercero de las Eneadas , leemos que la materia es irreal: Es una mera y hueca pasividad que recibe las formas universales como las recibiría un espejo; estas la habitan y pueblan sin habitarla”, en adelante cita Shopenhauer y termina con una sentencia Platonica: “ los individuos y las cosas existen en cuanto participan de la especie que los incluye, que es su realidad permanente”  y a partir de estas elucidaciones va relacionando las más diversas referencias: “Keats, ajeno al error, puede pensar que el ruiseñor que le encanta es aquel que oyó Ruth en los trigales de Belen, Stevenson erige un solo pájaro que consume los siglos: el ruiseñor devorador del tiempo”.  Siempre en el texto va llevando al lector por el sendero señalado: “Presumo que la eterna leonidad puede ser aprobada por mi lector”. Además le pregunta: “Presumo si mi lector precisa argumentos para descreer de la doctrina Platónica”. Está no  esto cosa ue la disputa entre los universos idealistas y aquellos que refutan al mismo, los va suscitando desde la pregunta sobre naturaleza de la eternidad y el tiempo que es su imagen. Con una particularidad, estamos en el universo Borgeano, está es la forma como construye los textos de literatura fantástica, casí siempre a partir de conjeturas metafísicas, las mismas con las que deslumbró al mundo.
Por este camino cita a San Agustin, a Marco Aurelio, al obispo Ireneo para plantear los interrogantes alrededor de la trinidad: “ Si el hijo no es también el padre, la redención no es obra directa divina; si no es eterno, tampoco lo será el sacrificio de haberse denigrado a hombre y haber muerto en la cruz. Nada menos que una infinita excelencia  pudo satisfacer por un alma perdida para infinitas edades, insto Jeremias Taylor”. Más tarde afirma: “Desde que Ireneo la inauguró la eternidad cristiana empezó a diferir de la Alejandrina”. Categoriza en esas sentencias metafísicas muy propio de la inteligencia de Borges,utiliza la filosofía para generar conjeturas que termina convertidas en literatura fantástica a partir de especulaciones, que como cosa excepcional, proceden de un recorrido histórico sobre la eternidad desde los autores más emblemáticos: “La eternidad quedó como atributo de la ilimitada mente de Dios, y es muy sabido que generaciones de teólogos han ido trabajando en esa mente, a su imagen y semejanza”.  Después trae referencias  de la mitología, de Aristides, cita las últimas páginas del Ulises de Joyce,  Juan Escoto De Erigena.
Al final termina con una experiencia que es una visión propia de la eternidad. Uno supone que las elucubraciones constituyen el proposito de una busqueda especifica y se sorprende cuando responden a un proposito muy personal, es el preambulo a una experiencia fantastica. Espero que lean este texto, es un reflejo fidedigno de la literatura Borgiana. Lo reflejan cabalmente.








[1] Borges el escritor de las antípodas. Leonardo Acosta.
http://www.borges.pitt.edu/sites/default/files/Acosta.pdf