domingo, 18 de noviembre de 2018

DOS POETAS LATINOAMERICANOS PARA DOS PREMIOS


He querido exaltar la obra de dos poetas quienes han sido reconocidos en dos sendos premios, Darío Jaramillo con “El Federico García Lorca” de la ciudad de Granada España, que es justo homenaje a una obra y una vida y el de Ida Vitale, poeta Uruguaya, de 91, años, quien ganó el premio Cervantes de literatura, que es el más importante de Hispanoamérica. Traigo una introducción que hizo Quirarte de una antología de Darío que me parece extraordinaria y de Ida, un artículo del periódico “El país” de España, que no solo condensa en pocas palabras lo que ha significado para las letras su poesía, sino en una síntesis magistral, su trayectoria y aportes. Después entregaré mis impresiones en artículos especiales para cada autor  CESAR HERNANDO BUSTAMANTE.

IDA VITALE: “ANTES LOS POETAS HABLABAN DE HÉRCULES; AHORA, DE BATMAN”


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
21 ENE 2015 - 18:03         COT


La escritora uruguaya recuerda las enseñanzas de su maestro, José Bergamín, habla de su obsesión por corregir y afirma que la poesía ha cambiado de referentes culturales

Ida Vitale es, con 91 años, una de las grandes maestras de la literatura latinoamericana viva, pero disfruta, más que hablando de su obra, recordando a aquellos que, ilustres o anónimos, le enseñaron a leer y escribir. Entre los anónimos había, en el Montevideo de su infancia, una profesora que le hacía imitar el estilo de Azorín, de Gabriel Miró, de Ortega o de Rafael Barrett: “Cada mes, un autor distinto. Era una buena práctica: te obligaba a mirar de modo diferente”. Entre los ilustres estaba José Bergamín, verso suelto de la Generación del 27. “Fue un excelente maestro”, cuenta. “No sé si acá se tiene la imagen del Bergamín profesor a tiempo completo. Sabía mucho de literatura española, pero también del romanticismo alemán. Era de los que decían: ‘Tienen que leer este libro’, y te lo regalaba. Perdió su biblioteca al marchar al exilio tras la guerra y había resuelto que la solución era el desinterés completo”. La autora de Reducción del infinito (Tusquets) recuerda la soledad del escritor español en Uruguay hasta que llegaron sus hijos: “Decía que era el último orejón del tarro. No era muy halagador para nosotros, pero era verdad. Terminábamos cenando con él después de las clases. Era joven pero lo veíamos como un viejito”.
Su maestro en la poesía fue, sin embargo, un enemigo íntimo de Bergamín, Juan Ramón Jiménez, a quien también conoció cuando pasó por Montevideo. Con él comparte la obsesión por corregir: “De Juan Ramón me impresionó que le dieran un libro para que lo firmara y se dedicara a corregir los poemas. Decía que un poema hay que escribirlo y guardarlo hasta que a uno se le olvide. Yo lo he seguido en la medida de lo posible”.
Ida Vitale se marchó a México en 1974 con su marido, el poeta Enrique Fierro. La dictadura militar empezó persiguiendo a los tupamaros y luego a todos los que parecieran remotamente izquierdistas: "Nosotros no estábamos en eso, pero andábamos entre libros, algo que siempre inquieta a los militares”. Adiós a un Uruguay que, según la poeta, fue durante décadas “la democracia perfecta”: laico, con una gran educación pública gratuita, sin grandes desigualdades sociales y sin nacionalismo alguno. “¿Qué nacionalismo iba a haber si éramos la mitad italianos y la mitad españoles?”.
Desde 1989 vive en Austin (Texas) aunque viaja con regularidad a su país, a México —“fueron muy generosos con nosotros”—, e incluso a España. En Madrid formó parte del jurado que concedió el último Premio Loewe al chileno Óscar Hahn. “Había libros tremendos de gente que uno nota que tiene en la poesía la última esperanza”, cuenta sobre su experiencia en un jurado por el que ya pasó su amigo Octavio Paz. “Uno busca lo literario, pero a veces se pone en el alma de quien escribió esos versos y empieza a pensar en el ser humano, no en el escritor. Al final hay que ponerse de nuevo en el frío cargo de lector desinteresado”. Otra de las conclusiones de esa experiencia es que los referentes de la poesía están cambiando: “Las alusiones mitológicas se han ido perdiendo. Antes los poetas hablaban de Hércules; ahora, de Batman. No digo que eso dé una poesía inferior, pero marca una orientación distinta, sobre todo por los mundos que arrastran y lo que uno y otro te permiten entender”.
Más intensa que extensa, su poesía es, sin embargo, escasa en referencias. Las palabras son nómadas y los malos poemas las vuelven sedentarias, dicen unos versos suyos. ¿Cómo reconocer ese cambio de estado? “Instintivamente. En la medida en que son nómadas las sujetamos o seguimos su movimiento natural. ¿Por qué hay palabras que nos gustan y otras que no? No sé. A mí me choca profundamente constatar. Sin embargo, procrastinar me gusta”. Traductora de autores como Gaston Bachelard, Simone de Beauvoir o Luigi Pirandello, Ida Vitale cuenta que traducir le ha enseñado a mantener la atención aunque “la traducción conspira contra la poesía porque es un trabajo muy absorbente”. La poeta uruguaya publicó Mella y criba (Pre-Textos) en 2010 y ya tiene un libro nuevo. “Uno no, varios, y eso es lo peor”, aclara riendo. La prosa le divierte —la suya ha dado lugar a maravillas como Léxico de afinidades (El Cobre) y De plantas y animales (Paidós)—, pero sabe que la extrema esencialidad de sus versos podría terminar por llevarla al silencio, “la reducción total”. Con todo, huye de la metafísica —“estas cosas, cuando se sintetizan, quedan dramáticas”— para meterse en la cocina de la escritura: “A veces me sale un poema largo, más hablado de lo necesario, pero mi tendencia natural es abreviar. Aunque admiro profundamente a los que se dejan llevar por esa locura ingobernable, cada uno nace no con un guion sino con una escuadra a mano, y la mía es borrar y borrar. Corregir es como arreglar cajones: sacas lo que está de más".
POEMAS
AGOSTO, SANTA ROSA
Una lluvia de un día puede no acabar nunca,
puede en gotas,
en hojas de amarilla tristeza
irnos cambiando el cielo todo, el aire,
en torva inundación la luz,
triste, en silencio y negra,
como un mirlo mojado.
Deshecha piel, deshecho cuerpo de agua
destrozándose en torre y pararrayos,
me sobreviene, se me viene sobre
mi altura tantas veces,
mojándome, mugiendo, compartiendo
mi ropa y mis zapatos,
también mi sola lágrima tan salida de madre.
Miro la tarde de hora en hora,
miro de buscarle la cara
con tierna proposición de acento,
miro de perderle pavor,
pero me da la espalda puesta ya a anochecer.
Miro todo tan malo, tan acérrimo y hosco.
¡Qué fácil desalmarse,
ser con muy buenos modos de piedra,
quedar sola, gritando como un árbol,
por cada rama temporal,
muriéndome de agosto!

Fortuna


Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.
No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.
No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti misma
otro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.



SOBRE DARIO JARAMILLO

VICENTE QUIRARTE



Uno es el ser humano que vive. Otro, el poeta que crea. Cuando ambos se fusionan en una sola criatura, cuando la persona es la máscara y la máscara adquiere más realidad que quien la porta, estamos en presencia de alguien que combate con éxito la frase de que el poeta es el ser más antipoético del mundo. Tal es el caso de Darío Jaramillo. Debajo de su poesía de aparente sencillez, palpita el deber moral y estético de quien se arriesga a titular a una recolección de sus textos Libros de poemas o atreve la peligrosa y difícil definición de Poemas de amor.
Conocimos a Darío Jaramillo en un encuentro de poesía en la Ciudad de México, en octubre de 1989. Un par de meses atrás había perdido una pierna a causa la violencia civil de su natal  Colombia, elemento que hermana a nuestras dos naciones, devastadas por la violencia pero redimidas por la herencia de su historia, sus respectivas cadencias, sus criaturas de palabra, sus inverosímiles y admirables paisajes. Conocer y querer a Darío fueron dos verbos simultáneos. Acudo a la primera persona del plural porque varios éramos quienes en ese momento entramos en el conocimiento de su persona y estuvimos de acuerdo en esa emoción inmediata.
El nombre del hotel Casablanca, donde se alojaban los poetas invitados, era igualmente una coincidencia afortunada. Al final de ese auto sacramental que es la película Casablanca, Rick dice al policía francés que ha decidido ponerse de su lado: “Louie, creo que este es el principio de una hermosa amistad”. Con el paso del tiempo, Darío se ha convertido en el mejor, informal  y auténtico embajador de las dos naciones. Elena Poniatowska lo definió en una metáfora impecable: “arcángel de los mexicanos”.
Su simpatía natural, su amistad exigente y generosa, creció a la par que su trabajo como novelista, poeta y ensayista. Darío Jaramillo Agudelo ha demostrado que la transparencia no es enemiga de la inteligencia, ni la popularidad de la forma que desemboca en su claridad sin concesiones. Sus poemas de amor, inscritos de manera casi inmediata en la imaginación colectiva han llegado a ser, lo que es aún más difícil, patrimonio espiritual de la lengua. De ahí la importancia de su labor como antólogo y lector de escrituras de otros, como lo demuestra su notable Antología de crónica latinoamericana actual o el tratado que lo pinta de cuerpo entero: Poesía en la canción popular latinoamericana.

El viaje propuesto en los poemas que integran esta antología es una exploración del mundo a partir del carácter sedentario de su autor. Observador de los gatos, Darío sabe, como Baudelaire, que quien no es capaz de poblar su propia soledad tampoco podrá estar solo en medio de la multitud. Otro gran solitario, Luis Cernuda, dijo que la soledad sólo podría ser poblada por ella misma. Esta aceptación por parte del poeta colombiano no entraña un alejamiento sino una entrada profunda en el oficio de vivir. Por esa razón, su poesía es contundente, elemental y enemiga de la retórica o de fuegos de artificio. La presente antología es una muestra de las cartas de identidad de su autor: el amante, el gato, el mango, la piedra o la cama aparecen no en su elementalidad pura sino en su significación plena. Esta capacidad para hallar en la vida diaria los elementos de su poética hacen de la aventura verbal de Jaramillo una de las más honestas y por esa razón convincentes de las letras actuales.
 “¿Para qué las palabras si es posible el silencio?”. Alguien que formula semejante declaración de fe tiene la obligación de afinar las palabras en el esmeril siempre renovado del mundo. Que den todo de sí para volver a su origen. De ahí que en los poemas de este libro no haya una sola palabra ociosa y los adjetivos esenciales actúen como puntos de apoyo para afianzarse en la realidad y llegar a la cima.
Oriundo de Santa Rosa de Osos, también lugar de nacimiento del poeta Porfirio Barba Jacob, otro intenso y gran amigo de México, Darío es un antioqueño puro, sobrio animal de costumbres. Cuando alguien que no lo conocía lo interrogaba sobre su labor cotidiana, respondía sin titubear: “Trabajo en un banco”, lo cual era rigurosamente cierto, aunque no explicaba que era el subgerente cultural del Banco de la República y que bajo su responsabilidad estaban algunas de las entidades culturales más nobles y queridas de Colombia. Desde hace tiempo alejado de esos deberes, vive de su pluma, anima proyectos heroicos como la editorial Luna Libros y escribe su adictivo boletín Gozar leyendo, que cuenta con miles de seguidores en el espacio cibernético. El año 2014, Ediciones Era dio a la luz una antología personal de la poesía de Darío Jaramillo Agudelo, bajo el título Basta cerrar los ojos. Es un orgullo para la UNAM que ahora sus palabras ingresen al catálogo de Material de lectura y de tal modo puedan llegar a las manos y los ojos del lector que les dará nueva vida.
Cada uno de los poemas de este pequeño gran libro que el lector tiene en sus manos es una bomba contra el tiempo. La obtusa y permanente violencia humana no impedirá que las notas del poeta sigan sonando a través de los años. Me gusta imaginar estos poemas en su voz, con la limpia honestidad de su camisa de algodón blanco y disfrutando del lujo mayor de cada tarde cuando el crepúsculo entra a raudales por su ventana y tiñe de colores cambiantes las montañas frente a su departamento de Bogotá, donde da la bienvenida a la soledad para estar más intensamente con nosotros.
VICENTE QUIRARTE

POEMAS
POEMAS DE AMOR
Ese otro que también me habita,
acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos,
ese otro a quien temo e ignoro, felino o ángel,
ese otro que está solo siempre que estoy solo, ave o demonio
esa sombra de piedra que ha crecido en mi adentro y en mi afuera,
eco o palabra, esa voz que responde cuando me preguntan algo,
el dueño de mi embrollo, el pesimista y el melancólico y el
                                                                        inmotivadamente alegre,
ese otro,
también te ama.


POEMA DE AMOR 3

Algún día te escribiré un poema que no mencione el aire ni la noche;
un poema que omita los nombres de las flores, que no tenga jazmines o magnolias.
Algún día te escribiré un poema sin pájaros ni fuentes, un poema que eluda el mar
y que no mire a las estrellas.
Algún día te escribiré un poema que se limite a pasar los dedos por tu piel
y que convierta en palabras tu mirada.
Sin comparaciones, sin metáforas, algún día escribiré un poema que huela a ti,
un poema con el ritmo de tus pulsaciones, con la intensidad estrujada de tu abrazo.
Algún día te escribiré un poema, el canto de mi dicha.

NOCTURNO, VALS, MAZURKA, POLONESA

Con este piano conozco la dulzura única de un tiempo mío,
tiempo sin fecha y sin memoria,
todo fue, todo es, todo será
este flujo, este juego, esta caricia del piano.
Tiemblo de emoción, aplaudo el encore de Malcuzinski
y vitoreo y aún floto,
alucino entre valses y nocturnos.
Germán a mi lado tiene 16 o 17 años
y yo soy eterno ya,
mortal y eterno como Germán mi amigo de la infancia.
¿Es tan ridículo llorar de la alegría?
¿Puedo confesar este perfume de violetas,
admito mi cielo azul adentro, mi agua fresca en el alma?
Mañanas tranquilas bajo un sol indulgente:
se oye correr el agua, el piano muestra bosques,
verdes campos de cultivo, vacas mudas con ubre generosa.
Chopin hace el milagro.
Chopin detiene minutos y hemorragia.
Chopin es un sedante, sólo este piano y los restos de vida.
El piano, el tres por cuatro del vals atándome a la vida,
Chopin en mi oído anunciándome la lejanía de la muerte.
La música me lleva de la mano
por fuera del tiempo y por dentro,
por encima de mí,
viéndome otro me lleva de la mano,
soy uno que se aburre, uno que llora,
otro -el más miserable- que con ansias espera:
ninguno de ellos mientras el vals me lleve de la mano,
el vals sopla brisas de paz en mis entrañas,
me enseña a transcurrir,
todo llega, me repite el vals irrepetible siempre,
el vals irrepetible me cuenta la historia de otro más sereno que seré,
en una clave sin acosos me repite algo que todavía ignoro,
otro aprendizaje elemental que no percibo,
que el piano apenas insinúa.

* * * * *



jueves, 8 de noviembre de 2018

EL HUMANO ADJETIVO LA POESÍA DE BORGES



He venido oteando la crítica literaria publicada por la academia, hablo de la universidad EAFIT, la universidad de Antioquía, La pontificia Bolivariana y la Universidad Autónoma Latinoamericana de la ciudad de Medellín Colombia. Me he encontrado no solo con trabajos de un rigor inigualable, sino con una variedad de temas alrededor de la creación poética de suma importancia. Comentaré el texto de Inés Posada, “El humano adjetivo” sobre la poesía de Borges.
Este libro es  diferente a todo lo que he leído en materia de crítica, más, cuando nos referimos a la obra poética de Borges, tan sobre-estudiada en el mundo, realmente hay de todo como en botica, para escoger. Inés Posada, autora que nunca había leído, es una comunicadora social de la Universidad de Antioquía especializada en literatura en la Pontificia Bolivariana. Me encontré con su libro preguntando sobre el tema a una bibliotecóloga del Barrio la floresta en Medellín, quien simplemente me dijo, vea lo que llegó hoy, léalo y me cuenta.  
Esta es la experiencia de una lectora, escrita por fuera de los rigores que impone la crítica académica, pero alinderada con los instrumentos que le ha brindado  sus estudios y la cátedra, los cuales son gratamente visibles en el texto. Parte del reconocimiento a Borges, de su admiración: “Escritor universal, lector infatigable, memorioso y original. Borges como un puerto sereno de llegada y como un inquietante de partida que nos incita a la reflexión, a la emoción, la conjetura, la ironía, la paradoja”[1].  El libro es un testimonio de amor a una obra, con el deseo ferviente de comunicar la experiencia como lectora a quienes se aproximan a la literatura. Traigo dos puntos de la obra que se configuran como un a priori; Parten del valor que se le concede a la lectura como experiencia vital, y “Esta aproximación a la poesía de Borges, cuentos y ensayo- que he querido leer con  una íntima y secreta felicidad y compartir con otros, para invitarlos a reconocer en ella todo el aliento que esta poesía da a su obra- No está regida por un sistema cerrado, o por la cuadricula de una teoría; no pretende ser académica sino tal vez  como diría el mismo Borges revelar –un hábito de mi alma, una memoria emocionada que siempre vuelve a estas primeras líneas que me conmovieron (Que aprendí de memoria) y provocaron mi amistad con los poemas y con los poemas y con la poesía que me espera cada vez que abro la obra de Borges”.  No hay método, es  una lúcida lectura, desde lo más existencial, de una lectora ávida, es una búsqueda,  una interpelación con la obra de Borges, para utilizar los términos de la autora.
Nos devela al Borges total desde la poesía, trae citas puntuales, precisas al tema, hay un intercambio de interpretaciones, no sólo validas por cada tema que trae a colación sino además explican su recorrido, del escritor y de la lectora en sus descubrimientos (1). La autora señala: “Y la poesía, la poesía de y en Borges.. ..Dulce y terrible..” Hay razones más terribles que los tigres”. Pero también en cada palabra pronunciada algo de ternura, de curiosa amistad con lo humano”.
En el capítulo tres trata de dilucidar: Qué es  la poesía para Borges: “Este hombre, tocado en lo profundo y en lo liviano, en el silencio y en la palabra, en el gesto que conduce a los sencillos actos del asombro, sí, en su amplitud, en su destino de dialogo universal con todos, es decir, con cada uno, escribe sobre la palma de su mano-el poema-“. “Este hombre, aunque ha visto en cada cosa todas las cosas del tiempo y el espacio, aunque sabe reconocer el pensamiento de lo infinito en lo finito, aunque ha mirado el terror de los espejos y desde ellos se sabe tan irreal-pero ta cierto-como la fría lisura con las que sus manos tropiezan al buscarse entre ellos; ese hombre elige, tal vez es elegido por las simples palabras de cada día- las que trabajan adentro del lenguaje- como decir y señalar  la modesta complejidad que nos habita y que habitamos  desde la banca  de un parque, en el sur”…. Adelante señala: “Y sus palabras nos arden, nos estallan”.
Dos constantes en la poesía de Borges: La perplejidad y el asombro. Este último lo  explica desde el desciframiento de su poesía, esta es la que habla: “ Y es allí, en la poesía y en la prosa poética de Borges, donde buscaremos esas señales que nos deja a cada rato-para reconocer en el amplio horizonte de lo poético-esas sutiles y sugestivas confidencias de su conocimiento íntimo, no solo de las tareas de la poesía y de su fruto maduro y visible que es el poema, sino de ese destino ineludible del poeta, que asalta, primero a los que escriben sus asombros y sus revelaciones y luego a los lectores que los recrean, con los cuales la poesía resuena y repercute”. Cita con precisión, para tal efecto a Gastón Bachelard: “En la resonancia oímos el poema, en la repercusión lo hablamos, es nuestro”. Expresa: Leer a Borges, encontrarse cuerpo a cuerpo con su poesía es una experiencia profunda y cercana”. Categoriza: "Tenemos entonces, desde los primeros poemas, alguna claves- junto con otras- que nos irá revelando y presentando en sus múltiples matices a través de toda su obra-donde se arma una figura de poeta, que es a la vez un hombre de letras, un sentidor, un percebidor y un pensativo: asombro, testimonio, persistencia en la búsqueda de los nombres que os dejan sentir la unidad del ser en las relaciones con el mundo”.
La autora trae una cita magistral de Henry James que tal vez explica el origen del nombre de este texto “En la realidad, universalmente, las relaciones no concluyen en ninguna parte, y el exquisito problema del artista, eternamente, no es otro que el dibujar, por una geometría propia, el circulo dentro del cual parecerá felizmente que si lo hacen”.
Hay un capítulo especial para mí: Lo llama: Poesía y filosofía: Borges la experiencia poética, la experiencia filosófica. La cita de Borges en el inicio del mismo es una apertura extraordinaria: “Esse rerum est percipi: La perceptibilidad es el ser de las cosas: Sólo existen las cosas en cuanto son advertidas: sobre esa perogrullada genial estriba y encumbra la ilustre fábrica de Berkeley, con esa escasa fórmula conjura los embustes del duadismo y nos descubre que la realidad no es un acertijo lejano, huraño y trabajosamente descifrable, sino una cercanía intima, fácil y de todos lados abierta”. Nos habla de la experiencia filosófica aplicada al  pensamiento o al conocimiento que se ha asignado casi  siempre desde la teoría y su separación con la práctica-vinculada a la filosofía y la palabra conocimiento- que también se a aplicado casi exclusivamente a las labores de la inteligencia racional-aplicada a la poesía, parecería necesitar justificación”. Expresa, la filosofía es una forma de experiencia y la poesía una forma de conocimiento.
Es un capitulo hermoso, que sólo sugiero a mis lectores, que en el encuentro con este texto lean con mucha atención, trae a colación a Valéry, Savater, Bachelard, Plotino, Nietzsche, las reflexiones de Borges al respecto.
Hay capítulos como la prosa poética, de igual importancia y llegamos “Al humano adjetivo: La poesía de Borges, miremos.
La cita de Borges puntual: “El hecho central de mi vida ha sido la existencia de las palabras y la posibilidad de entretejer y trasformar esas palabras en poesía”. Después con magisterio nos dice:
"Senderos que se bifurcan, se superponen, convergen y, en ellos, delicadas y extrañas imagines, metáforas cuya finalidad no es sorprender, sino revelar eternas afinidades a través de distintas entonaciones; comparaciones, contrastes, bellas e inagotables enumeraciones, hipálages que dotan de humanidad a las cosas, y su amado oxímoron, país posible para las paradojas, para la libertad de pensamiento; reflexiones, memorias, percepciones, sensaciones y la imaginación que también es él y el sueño en que se teje la literatura y los libros como experiencias de la vida; pero sobre todo el adjetivo, el humano adjetivo, esa conmovedora adjetivación pensativa que es precisión de su escritura: Dos deberes tendría todo verso: Comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente como la cercanía del mar”.
Desde este momento comienza un dialogo no solamente inteligente sino sensible con la poesía de Borges, expresa: Vamos a dialogar con ella, con humildad, con ojos de lector que se apasiona y sonríe y padece y goza y comprende”. Este es apenas el comienzo de un capitulo extraordinario, lúcido y humano. A este capitulo le dedicaré una entrada especial.
Solo espero que este texto tenga más divulgación y ojala pueda entrevistar a la autora.

1.- Traigo una referencia de Jorge Volpi sobre la labor creativa de Sergio Pitol,  pertinente por la forma como se acerca la autora a la obra poética de Borges: Desde su primera publicación, "Victorio Ferri cuenta un cuento" (1958), Pitol ha aplicado con rigor esta consigna. Por más que sea posible descubrir el cúmulo de obsesiones que animan su escritura, su biografía permanece oculta, entreverada en la trama, los escenarios o los personajes de sus libros. Su vida ha devenido, pues, literatura: Pitol, como Borges, es ya un personaje que ha podido incorporarse naturalmente a los territorios de la ficción.


                                         









[1] Posada Ines. El humano adjetivo de la poesía. La poesía de Borges. Universidad pontificia Bolivariana. Pág 29

domingo, 4 de noviembre de 2018

SE CASÓ MI AMIGO YEISON (RELATO)


Ayer estuve en la boda de mi amigo Yeison con mi hija Isabella. Desde que llegue a la iglesia supe que todo estaba organizado por él y Lina con la infinita paciencia de un relojero, con la puesta e intensa mirada en el detalle, como ingeniero sabe que el éxito depende del cuidado que se le ponga a las pequeñas cosas. La iglesia está ubicada en una zona llamada San Juan De Tasajero, en el municipio de Copacabana muy cerca de Medellín. Esta iglesia data de 1530, cuando uno llega al sitio siente la historia, el peso de los años enclavados en sus paredes, recordándonos que somos un país joven y que aún los estertores de la conquista trastocan nuestra realidad. Decorada con la sencillez típica de Yeison y con ese sentido de la belleza natural y sin arabescos que delata a Lina, parecía un cuadro primitivista de la Francia del siglo XIX. Yeison es un muchacho de la Unión Antioquía, formado en la cultura de provincia de los hombres Antioqueños de pura cepa, aquellos que han venido desapareciendo gracias a la avasallante catapulta de la globalización que ha arrasado con nuestras costumbres en una estandarización perversa. Camina firme, golpeando la tierra, queriéndonos decir, aquí estoy, es sencillo, honesto y con ambiciones imparables que responden a un sentido de superación constante, con una ética a toda prueba, su naturaleza es extraña en una época de tanto arribismo, facultades que le han permitido sobreponerse a los obstáculos variopintos de la vida e ir ganando batallas, como subiendo escalones. Desde que comenzó a preparar esta boda lo vimos cambiado, más concentrado, sus ojos brillaban con la angustia propia que generan estos eventos que sobrepasan las rutinas del día a día. Este amigo es de decisiones, muy pocas veces le he visto echarse para atrás cuando las asume. Pocas personas conocen de sus sacrificios, los recuerda con mucho orgullo, el traslado a estudiar a Medellín que no fue fácil, los sorteos que enfrentó para entrar a la universidad,  lo intricado que fue terminar la carrera de minas y el esfuerzo que ha implicado la creación de su empresa de consultoría con su amigo  del alma Rodrigo. Yeison nunca pierde la alegría por grave que sean los problemas. No se acelera, analiza y crea salidas siempre mirando a la cruda realidad, tiene una frase que lo define cuando se enfrenta a dificultades: " Eso no son problemas". En la vida hay sucesos y hechos que nos marcan para siempre. Cuando conocí su pareja,  Lina, supe que estaba profundamente enamorado, producto de esa sabiduría de brujo que me han dado los años, no dude que estaba frente a la mujer de sus sueños y que posiblemente muy pronto terminaría casado. Lina es todo lo que ama Yeisón en términos de pareja: Bonita, conservadora, ordenada, demasiado responsable,  casi psico-rigida, leal de sobremanera y  con una altivez extraña, sutil, virtudes que le dan una dignidad natural y diferente al lugar común, con un halo de reserva ficcional, nunca sabemos lo que está pensando, tiene una cuota de misterio que la hace aún más bella. La boda fue una fotografía social del mundo de mi amigo. Una familia típica de nuestros pueblos,  un padre, lleno de salud, altivo, el doble de su hijo, mejor dicho, igual, cuando lo vi sabía cómo sería Yeison dentro de unos años. Una madre orgullosa, siempre de la mano de la abuela, cada una con ojos exaltados, este muchacho lo crié yo, parecía afirmar en silencio y unos hermanos enamorados de su linaje y de su par. Lo mismo en el caso de la novia: Familia, amigas y compañeras de la universidad. Recordé los relatos y las descripciones de Tomas Carrasquilla, de esos cuadros literarios de Mejía Vallejo en la casa de las dos palmas que matizan y describen la familia antioqueña de manera magistral. También estaban los amigos entrañables de la niñez, seres que están ahí para siempre y sus amigos de la facultad de minas con los que se graduó. Sin protocolos ni formalismos exacerbados la ceremonia católica empezó con esa magia que tiene las congregaciones de este tipo. Una novia hermosa con un vestido blanco, sencillo,  estilo romántico y vintage, elaborado en tul y apliques de encaje en parte superior y en falda, largo y con cola, espalda con transparencia, que dejó ver un tatuaje delicado y cargado de mensajes en un minimalismo perfecto. Sin ser un católico, entiendo que la boda católica está cargada de simbolismos y protocolos hermosos, música, sensibilidad al máximo, discursos llenos de trascendencia y sentido religioso y la extraña sensación de que el amor es eterno y que somos el uno para el otro. Esto le encanta a mi amigo. Si no puedes alcanzar a Dios te lo inventas. Todos salimos de la boda con la sensibilidad en su máxima expresión. En la historia de los simbolismos, es un hecho que estos protocolos cumplen, más como en este caso, el discurso del padre fue de la más exacerbada ortodoxia y machismo ancestral, se le perdonará.  
Después nos trasladamos a un estadero. Como todo lo que está en manos del señor Yeison, preparado con el orden que le enseñó el álgebra lineal y con la belleza que recogió de sus años en el conservatorio de música. Belleza, arte y orden en un solo evento. Ahí está mi amigo como un todo, como el mejor de los pintores, este acto lo reflejó en su esencia, hecho que será trascendental para su vida, afincó todo su futuro emocional, lo sustentó con las reservas morales que creció y fundamentó su existencia, la puesta en escena de valores que definitivamente ama entrañablemente. Nunca se me olvidará este tres de noviembre. La vida está llena de pequeños Hitos, este fue uno para mí, indudablemente y por su puesto para Yeison.

domingo, 28 de octubre de 2018

POR QUÉ SE ESCRIBEN NOVELAS


El arte de la novela de Kundera es una elucidación sobre el desciframiento que ha hecho la novela de la naturaleza humana, según este excelente escritor su aporte es inconmensurable y aún más lúcido que el hecho por la ciencia en el marco de un positivismo exacerbado. Su diatriba empieza aludiendo a la crisis europea de la mano de una preocupación expuesta por Edmund Husserl: “La crisis de la que Husserl hablaba le parecía tan profunda que se preguntaba si Europa se encontraba aún en condiciones de sobrevivir a la misma. Creía ver las raíces de la crisis en el comienzo de la Edad Moderna, en Galileo y en Descartes, en el carácter unilateral de las ciencias europeas que habían reducido el mundo a un simple objeto de exploración técnica y matemática y habían excluido de su horizonte el mundo concreto de la vida, die Lebenswelt, como decía él . Según el escritor, el desarrollo de las ciencias, aludiendo a Heidegger llevó “Al olvido del ser”. Contrario a esta afirmación, para Kundera el papel de la novela ha sido vital en el desciframiento del ser, la novela ha mantenido una preocupación constante en esta materia: “En efecto, todos los grandes temas existenciales que Heidegger analiza en Ser y Tiempo, y que a su juicio han sido dejados de lado por toda la filosofía europea anterior, fueron revelados, expuestos, iluminados por cuatro siglos de novela (cuatro siglos de reencarnación europea de la novela). Uno tras otro, la novela ha descubierto por sus propios medios, por su propia lógica, los diferentes aspectos de la existencia: con los contemporáneos de Cervantes se pregunta qué es la aventura; con Samuel Richardson comienza a examinar "lo que sucede en el interior", a desvelar la vida secreta de los sentimientos; con Balzac descubre el arraigo del hombre en la Historia; con Flaubert explora la tierra hasta entonces incógnita de lo cotidiano; con Tolstoi se acerca a la intervención de lo irracional en las decisiones y comportamiento humanos”. Podría citar cualquier palabra y la novela lo ha indagado todo con una sabiduría inmensa: La soledad, el desamor, la guerra, el exilio.

Las respuestas de algunos escritores a por qué escriben novelas son insólitas, al final responden a una pasión incontenible: “Para que mis amigos me quieran más”, dice Gabriel García Márquez, en Amélie Nothomb, “Porque no se elige, como un amor”; Por ser el masoquista que uno lleva dentro, aduce Wole Soyinka; por los arroyos y los torrentes de los libros leídos, cuenta Fernando Iwasaki, como forma de existencia, según Elvira Lindo. "Una manera de vivir", que dice Vargas Llosa parafraseando a Flaubert. Para sentirse vivo y muerto, proclama Fernando Royuela, igual que uno respira, suelta entre interrogaciones Carlos Fuentes. O para sobrevivir a ese fin, "a la necesaria muerte que me nombra cada día", testimonia Jorge Semprún[1].

Cuando y como nació la novela. Definir la novela en primera instancia es importante: Es una narración extensa, de ficción, escrita en prosa. Gabo tiene una hermosa: Es una transposición de la realdad desde la ficción. La novela moderna nace con Cervantes, esta es una afirmación que no siendo categórica sí tiene mucho consenso. “Sin embargo, hay muchos precedentes en prosa de la novela moderna. En primer lugar, el cuento, considerado una forma de prosa muy cercana a la novela y en ocasiones prácticamente indistinguible de esta. Así, en tiempos muy antiguos se escriben ya las Fabulas, muchas de ellas muy famosas, como las de Esopo y Menandro. El género del cuento tiene quizá su mayor exponente Las Mil y una Noches. Sera cultivado durante siglos, y en el Renacimiento conocerá lo que puede considerarse su mayor esplendor, con obras como el Decameron de Bocaccio o los Cuentos de Canterbury de Chaucer. Tambien hay obras del periodo romano en prosa de dificil clasificacion; Se trata de las novelas satiricas El Satiricon de Petronio y El asno de Oro, de Apuleyo, asi como las Historias fantasticas de Luciano de Samosata[2]. A esto agregaría la afirmación de Kundera: “La novela acompaña constante y fielmente al hombre desde el comienzo de la Edad Moderna. La "pasión de conocer" (que Husserl considera como la esencia de la espiritualidad europea) se ha adueñado de ella para que escudriñe la vida concreta del hombre y la proteja contra "el olvido del ser"; para que mantenga "el mundo de la vida" bajo una iluminación perpetua. En ese sentido comprendo y comparto la obstinación con que Hermann Broch repetía: descubrir lo que sólo una novela puede descubrir es la única razón de ser de una novela. La novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral. El conocimiento es la única moral de la novela” dice Kundera.  En “Viajes con un mapa en Blanco” de Juan Gabriel Vásquez, una elucidación sobre las formas de la novela, sobre el arte de la novela, expresa “”Frente a Don quijote, los años y las lecturas me han traído la convicción escandalosa de que la novela no es, cómo lo creí alguna vez, el mejor instrumento del mundo para explorarse así mismo, sin que las cosas son mucho más simples: El ser humano es el mejor invento de la novela”[3]. Cuando habla de invento lo hace en su acepción latina: Descubrimiento. Kundera afirma: La novela es obra de Europa; sus hallazgos, aunque efectuados en distintos idiomas, pertenecen a toda Europa en su conjunto. La sucesión de los descubrimientos (y no la suma de lo que ha sido escrito) hace la historia de la novela europea. Sólo en este contexto supranacional puede el valor de una obra (es decir, el alcance de sus hallazgos) ser plenamente visto y comprendido".

Otras voces hablan de la invención novela mucho antes de la Europa  de Cervantes. “Mientras todo esto ocurría en Europa, en Japón ya se había escrito la primera novela moderna: La Historia de Genji, escrita por Murasaki Shikibu, una mujer que formaba parte de la Corte Imperial japonesa. Escrita en el siglo XI, presenta ya todas las características de una novela moderna: descripción psicológica de los personajes, longitud considerable, estructuración similar a la de una novela moderna”.

Aunque esto no responde al por qué escriben novelas quienes lo hacen, estos tic históricos nos permite dilucidar la genealogía del género que trata de explicar la irrefrenable pasión de quienes lo hacen. Javier Cercas dice: Toda novela es autobiográfica. El periódico, “El país” de España citado, que me parece fenomenal, por lo que capta, en un acapite señala al respecto de manera magistral: “Al principio fue el verbo. Pero Shakespeare o Cervantes lo enaltecieron, lo igualaron a la medida de Dios. Porque exploraron todos los delirios y las pasiones de sus criaturas. ¿Por qué escribir? Para emularlos, sin más, podría ser. "Para parecerme a Espronceda", como suelta Caballero Bonald. Escribir porque se medita, como Descartes, como Chesterton, cuya obra nos envuelve en una paradoja sin fin. Para adentrarse en los laberintos y no necesariamente querer salir de ellos, como Borges. "Porque estamos aquí, pero querríamos estar allí", dice Antonio Tabucchi. Por emular la infancia, cuando la niña Almudena Grandes enmendaba la plana a los finales que no le gustaban, por volver a inventar historias de indios, vaqueros y pitufos, dice David Safier, porque a la hora de hacerlo, "disfrutar es una palabra que se queda corta", confiesa Ken Follet”.
Escribir para algunas personas se vuelve una necesidad, es una pasión incontenible. Las novelas nacen de una imagen, de algún evento en la vida que se nos va volviendo un relato, de un hecho real, de un sueño. Las novelas me han ayudado a entender la vida en toda su dimensión, cuando se escriben se trata de entender algún aspecto de la vida desde una perspectiva estética, la ficción es más fuerte que la propia realidad. Muchas de las vicisitudes de la existencia están magistralmente descritas en las grandes novelas de la literatura universal, son como espejos, con la diferencia que están ahí siempre para hacernos entender la intrincada naturaleza humana.

 [1] Diario “El país” de España.
https://elpais.com/diario/2011/01/02/eps/1293953215_850215.html

[2] ¿Dónde y cuándo nace la novela moderna?.
https://www.mediavida.com/foro/libros-comics/donde-cuando-nace-novela-moderna-432169

[3] Vásquez Juan Gabriel. Viajes con un mapa en Blanco. Alfaguara. 2018. Pág. 21














domingo, 21 de octubre de 2018

ROBERTO BURGOS CANTOR O CÓMO NO SER DEVORADO POR EL MONSTRUO


Esta semana a propósito de la muerte del escritor Colombiano Roberto Burgos Cantor,  preparaba un texto en su homenaje, es uno de los escritores más importantes del país. No sólo lo respalda una obra extensa, seria y de excelente calidad, sino el itinerario pedagógico y extensivo de un creador que nunca renunció a la pasión por la escritura que dominó su vida. De ello hablan sus talleres, sus cursos, el contacto con la juventud y la exploración e investigación profunda con que documentó casi la totalidad de sus obras, el combate silencioso de un creador contra las élites de la cultura, que desconocieron una generación por efectos del Boom latinoamericano y la grandeza de García Márquez, no se hablaba en el país de nadie más, en una época muy buena para nuestra letras pero que sometió al ostracismo a un buen número de escritores, los que afortunadamente con el tiempo obtuvieron el merecimiento que su obra amerita. Este artículo publicado en el diario “El espectador” de Bogotá, de excelente factura, me parece que cumple con todos los presupuestos que yo esperaba de mi reseña, están plasmados con mucha lucidez, por lo que decidí hacerme al costado, entregársela a mis lectores sin mayor reparo y con mucho agradecimiento. Incluyo una artículo del mismo diario  a propósito del premio nacional de literatura que el escritor ganó este año. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
Cultura
20 Oct 2018 - 9:00 PM
NELSON FREDY PADILLA




ROBERTO BURGOS CANTOR GANA PREMIO NACIONAL DE NOVELA 2018
Cultura
26 Jul 2018 - 9:40 AM
REDACCIÓN CULTURA


El pasado 16 de octubre murió en Bogotá el escritor cartagenero, autor de siete novelas y seis libros de cuentos. Una aproximación a su legado.
Antes de las 7 de la mañana de un lunes llegó al campus de la Universidad de la Sabana, en las afueras de Bogotá, para la clase de narrativa literaria a la que fue invitado especial una vez cada semestre durante cinco años. Dio las gracias al chofer del automóvil que lo llevó y apenas se bajó dijo, para asegurarse de que la imagen no se le escapara: “Sabes que gracias al trancón acabo de ver la sonrisa femenina más exultante que recuerde. La muchacha venía en moto, se quitó el casco y se despidió de su novio, supongo. Parecían humildes y felices”.

Roberto Burgos Cantor trabajaba en el libro de cuentos Una siempre es la misma (2009) y su vida, apagada por un infarto el martes pasado, era la de un pescador de imágenes. Buscaba “otras formas de mirar y, por lo tanto, de sentir”. Cautivaba a los jóvenes estudiantes, en especial a las mujeres, por la fuerza de los personajes femeninos que creaba. Sus alumnos de las universidades Nacional y Central exhibieron ahora sus cariñosos autógrafos y prometieron no olvidar sus páginas.

Su mejor amigo, Eligio García Márquez (1947-2001), recomendaba leerlo, porque después de su hermano Gabito, Burgos y Germán Espinosa eran sus escritores colombianos predilectos. A Gabriel García Márquez le insistió hasta que leyó El patio de los vientos perdidos. Luego el nobel le dio la razón: “Yo hubiera querido escribir algunos de estos capítulos”, y autorizó a que esa frase promocionar dicha novela de 1984.

Esto para decir que, justamente, Burgos Cantor (1948-2018) pasa a la historia de la literatura nacional e hispanoamericana por construir una gran obra con una voz y una poética únicas en la misma era de García Márquez. Lo explicó el año pasado en El Espectador: “Conviví con un monstruo sin ser devorado”. (Lea: La vida es corta y el arte largo).

Nos deja siete novelas y seis libros de cuentos —el último, Historias de trastienda, lo entregó a su sello editorial Seix Barral para ser publicado en 2019—, que serán objeto de estudio empezando por la Universidad Central, donde hasta esta semana era el director del Departamento de Escrituras Creativas y este año inauguró la Cátedra García Márquez, y en la Nacional, de donde era abogado y fue profesor de la Maestría de Escrituras Creativas.

Su aporte a la literatura lo reconoció el jurado del Premio Casa de las Américas de Narrativa, al concederle en 2009 el Premio José María Arguedas por la que se considera su máxima novela, La ceiba de la memoria (2007), finalista del Premio Iberoamericano Rómulo Gallegos, la obra que mejor documenta la Cartagena de Indias del siglo XVII, con la esclavitud de una sociedad colonizada como eje narrativo, su gran árbol de las palabras.

¿Cómo llegó hasta allí? Las claves están en el libro menos conocido, Señas particulares, un testimonio de la vocación literaria publicado en 2001. Su testamento. Supo que la ficción era un impulso vital desde que su homónimo padre, fundador de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Cartagena, le habló, satisfecho, luego de descubrir lo que escribía producto de las lecturas clásicas que el ilustrado abogado y maestro le dejaba en la gran biblioteca de su casa.

La charla ocurrió “en la oscuridad improbable de la madrugada, la Dodge 55 llevaba las luces altas encendidas… estábamos a 27 kilómetros de Cartagena de Indias, avanzando en una carretera que conducía a Turbana, un antiguo poblado de aborígenes y brujas”. Quien le había revelado el secreto fue Constancia Cantor, la madre y cómplice. Desde entonces Roberto Eliécer, bautizado así por su papá y por Jorge Eliécer Gaitán, pues nació en “el año de la ira” (1948), persistió en “la obstinada lealtad de un escritor a su oficio”, en “los trabajos forzosos de la vocación”.

Asumió también el compromiso de estudiar derecho en la Universidad Nacional, al tiempo de la revolución estudiantil de finales de los años 60, de la influencia francesa y cubana, del caso Camilo Torres, de lecturas subversivas y ateas. Abandonó Cartagena de Indias, “mi querencia, la esquina de la cual salí”, agradecido con el novelista Manuel Zapata Olivella por los consejos, por enseñarle la historia oculta de la cultura negra, que reivindicó, y por publicarle el primer cuento en la revista Letras Nacionales.

Traía tatuados los personajes de su barrio popular del Pie de La Popa que transitan sus libros, del malecón de El Cabrero; desde prostitutas, pasando por boxeadores fracasados, hasta san Pedro Claver. Los usó como arcilla creativa en Bogotá, “en un tiempo en que todo parecía conspirar a favor de la ilusión. Como si la felicidad estuviera a la vuelta de la esquina”.

Sus primeros cuentos, premiados en concursos universitarios y nacionales, trataban sobre “la espiral de violencia, que jamás se ha detenido”, porque andaba en la etapa “inocente” de “textos experimentales”, en “la incertidumbre moral de si había que escribir y echar tiros al tiempo”. Luego tuvo claro que su mejor arma era la pluma y ratificó que sus protagonistas serían, siempre, “los excluidos”. Ese camino lo emprendió de la mano de una de las mayores influencias literarias: el argentino Ernesto Sabato. Fue su escritor de cabecera desde que “la fortuna” le mostró la novela El túnel en la compraventa de libros de J. Emilio Marulanda, en los límites de la ciudad amurallada, a donde llegó atraído por el aviso “Venza la ignorancia”.

Esto sin olvidar, del otro lado, a Shakespeare, Kafka, Proust, Baudelaire, Camus, Sartre, Benjamin, Cavafis, y de este lado a Hemingway, Borges, Cortázar, Rulfo, Carpentier, Roa, Arguedas, García Márquez, Cepeda Samudio. “Los venenos sin antídoto”. Entre ellos, interpretaba a Sabato como el autor integral. Aparte de miradas al ser humano, por ejemplo las de Sobre héroes y tumbas, “una seductora reflexión sobre la vocación, el pensamiento, la cultura, la política, la ciencia”.

Sacó conclusiones en la tertulia del sótano de la librería Buchholz de la avenida Jiménez, junto a Eligio García Márquez y R. H. Moreno-Durán, entre “el olor a papel sin abrir y a madera recién cortada”. Aprendieron de su “elegancia irreverente” para tratar temas filosóficos conectados con “meditaciones” de la época, “poniéndolos bajo la luz de una ironía sutil”. Encarnaba sus aspiraciones: “Era, sin duda, un testigo, y para quienes vivíamos este tiempo en la complicidad del deseo de cambiar cuento existía, qué mejor que este mirón insobornable que no se complacía”. Sin embargo, sufrió para encontrar la prosa poética que lo caracteriza, fracasó con su primer intento de novela. Él, tan sereno, se volvió “desgraciado, con frecuencia agresivo”.

Un día de 1968 decidió, junto a Eligio, escribirle a “don Ernesto” y días después tenían en sus manos un reportaje con él, que, por agudas, les respondió cuantas preguntas pudo en hojas mecanografiadas y en fotocopias de fragmentos de sus libros con anotaciones manuscritas. Se publicó en la edición dominical de El Espectador, dirigida por Isaías González.

Un año después, Sabato fue invitado al Festival de Teatro de Manizales como presidente de honor y los encargados de todos los detalles fueron Roberto y Eligio, quienes lo acompañaron en un angustiante vuelo que, en el primer intento, no pudo aterrizar por tormenta —“la avioneta quedó presa en una tormenta que la zarandeaba, inmisericorde, y el agua desatada golpeaba con el furor de un látigo el fuselaje y las ventanillas”— y debieron regresar a Bogotá, asustados y en medio de chistes sobre la muerte. Después volvieron y todo salió perfecto. Lo contó Burgos como enviado especial de este diario. (Una de sus últimas entrevistas).

Desde entonces intercambiaron cartas sobre todo, desde política hasta tangos. Después lo visitó en su casa de las afueras de Buenos Aires en un viaje en tren que describió como uno de los instantes más emocionantes que regala la vida. Burgos aseguró que Sabato le impuso una escritura a otro nivel: “Hacer del estilo un dominio de la crítica, corregir las versiones oficiales de lo histórico, denunciar el pasado, subvertir el orden, mejorar las ideas, proponer otro pensamiento luego de tropezar con las certezas”. Un “testimonio de resistencia”.

Esa narrativa se desataría con el libro de cuentos Lo Amador, escrito entre Bogotá, Barranquilla y Cartagena y publicado apenas en 1980, porque no dejó de ejercer como abogado en “el orden injusto que el derecho regulaba”, a pesar de que entraba en conflicto con “hacer dinero con la búsqueda de esa apariencia de justicia”. Dilema que también se lo resolvió “la ética de don Ernesto”, “una conciencia moral con la fuerza de un huracán solitario”.

También fue “fundamental” asimilar el impacto nacional y global de Cien años de soledad y del realismo mágico. La mayoría de los autores que buscaban su lugar en medio del Boom latinoamericano terminaron agobiados, mientras Burgos lo vio como una oportunidad: “Yo sentí al leerla que nada como esta obra hacía tanto por la literatura y resolvía la mayor parte de los problemas”. Atrás quedaban el indigenismo, el costumbrismo, el naturalismo, la denuncia, el panfleto, lo rural. Le abrió su territorio, la mirada a la condición humana desde lo urbano, y le “aligeró el debate estético”.

Esa visión, esa convicción disciplinada —“día tras día escribí lo mejor que pude a sabiendas de que escribir era lo único que quería hacer en la vida”—, le permitió consagrarse en el siglo XX y mantenerse vigente y activo hasta este 2018, cuando le otorgaron el Premio Nacional de Novela por Ver lo que veo, su enigma sobre la ruina y el azar en la vida de un hombre que sobrevive en medio de un coro de voces anónimas de la sociedad del siglo XXI.
La dimensión de Roberto Burgos Cantor la completa su propia humanidad, de la que no dejan de hablar su esposa —“mi puerto sagrado”—, la profesora de física Dora Bernal, sus hijos, familiares, amigos y alumnos. Había que verlo pleno, trabajando en su apartamento biblioteca, oírlo en sus clases o conferencias, compartir con él mientras guardaba silencio, dejando que sus invitados hablaran y le iluminaran ideas en construcción. ¿Por qué tan reservado?, le preguntaban. “Para un escritor su silencio es voz”, dejó por escrito. Por eso no volvió a vivir en Cartagena, aún extrañando “las charlas de mecedora al atardecer”. En Bogotá adoptó la estrategia huraña de los cangrejos inmemoriales de su tierra.

El homenaje que hoy le hace El Espectador no es solo al escritor admirable, sino al amigo de esta redacción. Todos los días madrugaba a leer el diario y muchas veces enviaba comentarios, sugerencias y artículos. Su viuda contó que el lunes pasado regresó feliz de un fin de semana en Cartagena, donde escribió las primeras ocho páginas de una nueva novela. Fue su punto final.

En la última página de Señas particulares aparece la pregunta: ¿de qué murió? Y él responde: “La parte de la vida que a cada quien corresponde se agota. Y ella, poderosa, invencible, continúa desbocada. Se asoma por doquier, para que no se olvide nuestra provisionalidad”.


 ROBERTO BURGOS CANTOR GANA PREMIO NACIONAL DE NOVELA 2018

Cultura
26 Jul 2018 - 9:40 AM
REDACCIÓN CULTURA

El jurado le otorgó el galardón al escritor cartagenero por "Ver lo que veo", una novela "montada en una estructura compleja que alterna los monólogos con la narración en tercera persona, en una progresión de imágenes visuales compuestas mediante un lenguaje al mismo tiempo personal y universal".
El escritor Roberto Burgos Cantor es el ganador del Premio Nacional de Novela 2018 gracias a "Ver lo que veo", una historia sobre un barrio marginal de la costa Caribe visto a través de sus habitantes y narrado mediante monólogos. (Le recomendamos leer: Roberto Burgos Cantor: ver lo que ha visto).

"Yo estaba buscando un acercamiento a ese mundo de la gente que no tiene un nombre, que no tiene un lugar en las páginas sociales; buscaba fundamentalmente un mundo sin voz y un mundo sin lugar. Con esta novela empecé la búsqueda de esa respuesta, con la convicción de que en esa gente humilde, muchas veces silenciosa, hay una humanidad tremenda y un mundo de cosas que no han dicho. Entonces, la literatura permite que tengan un sitio, una expresión y, de alguna manera, sean sujetos que comparten humanidad y comparten un sitio en la sociedad", dice el autor sobre la obra que escribió durante tres años y quien dirige el Departamento de Creación Literaria de la Universidad Central de Bogotá. (Le puede interesar: La vida es corta y el arte largo).

Para el jurado del Premio Nacional de Novela 2018, integrado por el escritor mexicano Álvaro Enrigue y los colombianos Luis Fayad y Liliana Ramírez, Burgos Cantor escribió "una novela de un gran propósito literario. Montada en una estructura compleja, que alterna los monólogos con la narración en tercera persona, en una progresión de imágenes visuales compuestas mediante un lenguaje al mismo tiempo personal y universal".

Para ellos, la obra ganadora es el resultado de un autor maduro de imaginación fresca que recurre a la pluralidad de voces y relatos presentes en "Ver lo que veo" para realizar "una narración sin fisuras en la que se complementan personajes de diferentes clases sociales que cuentan de la formación de un mundo presente y de sus orígenes. Los oficios diversos, los honestos y los que crea la necesidad de sobrevivir, las ilusiones con su esfuerzo, su engaño y también su recompensa. La historia de Colombia narrada en el tono de una melodía equilibrada. La armonía de sus frases, el arte con sentido y sonido, la forma y la fábula unidas en un objeto que pertenece a la mejor literatura". (Entrevista: “El escritor hace su trabajo bajo un estado de aturdimiento”).

El Premio Nacional de Novela 2018, entregado por el Ministerio de Cultura, tiene como objetivo reconocer la excelencia en la producción literaria en el país. El cartagenero Burgos Cantor recibirá por su obra, publicada por la editorial Seix Barral, $60 millones de pesos, así como la difusión de su libro en ferias y otros eventos literarios nacionales e internacionales.

Para el escritor, este reconocimiento es perfecto para una novela "en la que el empeño estético es una nueva misión del autor, tiene el papel de quitarle el miedo al lector de lo que llaman ‘obras difíciles’, porque todo es difícil, hasta la vida misma. Es una oportunidad en el mal momento que vivimos en el que la facilidad se impone, sobre todo frente a lo que exige la lectura de literatura".

"Ver lo que veo" se desarrolla en el siglo XX, época en la que sobrevivir es la única aspiración de un barrio desplazado en la costa Caribe. Sus habitantes, visibles desde el estorbo que le generan a esta nueva sociedad, no logran pertenecer más que a sus miedos y recuerdos. Un hombre abrazado por la ruina se refugia en el azar del juego esperando que la vida le devuelva un pedacito de luz, el pasado que ya no pasa.

Lejos de los casinos y las apuestas una mujer siempre ve lo mismo: el mar y su brillo, la ciudad amurallada, el mangle, los vecinos y extranjeros; plomeros, músicos, ladrones, prostitutas, carpinteros, estilistas, púgiles. Con sus ojos nos sumerge en los secretos de la vida de este submundo de deseos inconclusos.

La obra fue escrita por Roberto Burgos, quien nació en Cartagena en 1948, y quien escribió cuentos en periódicos y revistas hasta 1981, justo antes de publicar su primer libro de cuentos "Lo Amador". "De gozos y desvelos", "Quiero es cantar", "Juego de niños", "Una siempre es la misma" y "El secreto de Alicia" son otros cuentos publicados por el escritor, creador también de un libro testimonio de época, "Señas particulares", así como otras seis novelas: "El patio de los vientos perdidos", "El vuelo de la paloma", "Pavana del ángel", "La ceiba de la memoria" -ganadora del Premio de Narrativa Casa de las Américas 2009 y finalista del Premio Rómulo Gallegos 2010- , "Ese silencio", "El médico del emperador y su hermano" y "Ver lo que veo".