domingo, 13 de mayo de 2018

LECTURAS VARIOPINTAS


Marguerite Yourcenar es una escritora a la que siempre vuelvo, me deleita su prosa excepcional, perfecta, su obsesión por lo clásico, en general la excelencia de sus textos, su escritura alcanza niveles inigualables, su vida y por lo tanto su biografía es a todas luces atractiva, fue una trotamundo, recibió una herencia cultural muy rica, la pasión desmedida por la lectura, su  existencia definitivamente fue diferente a todo lo que he visto, más siendo una mujer que se enfrento a las imposturas de una sociedad ortodoxa e iconoclasta.  Sus memorias publicadas en un solo tomo por la editorial Alfagura resultan ser un bocado de cardenal.  Está compuesta por “Recordatorios” “Archivos del norte” y “Que la eternidad”.  La reseña del texto es explicita y expresa con todo rigor el contexto de estas memorias: “En este ambicioso proyecto, escrito desde 1972 hasta su muerte en 1987, la Yourcenar evoca a los abuelos, a su padre, y también a su propia infancia y juventud. “Los retazos de una vida son tan complejos como la imagen de una galaxia, escribe la autora de memorias de Adriano, “Como sería su rostro antes de que tu padre y tu madre te encontraran”[1].  Termina diciendo: "A la manera renacentista, Yourcenar se sirve del pasado para hablar del presente. Es una moralista que nunca da lecciones de moral". Patricia Daumas y Silvia Molina en un trabajo introductoria a unos textos suyos para la UNAN, la define con mucha lucidez: “A simple vista, lo primero que resalta de la obra de Marguerite Yourcenar, cimentada en una vasta cultura clásica, es una aparente diversidad de temas, épocas, personajes y lugares: la Grecia Antigua de Fuegos, el Oriente de los Cuentos orientales, los Países Bálticos de El tiro de gracia, el paisaje austro-húngaro de Alexis, la Italia de Mussolini de Denario del sueño, la Roma Imperial de Adriano, el Flandes del siglo XVI de El alquimista... Su escritura no se basa directamente ni en la experiencia ni en el recuerdo sino en el rescate de los momentos esenciales de la historia; pero su talento está al servicio de la literatura, y el hilo que une toda su obra es la recuperación de una memoria colectiva y de la sustancia del hombre y su pasado”[2]. Estoy releyendo recordatorios, definitivamente es una experiencia como lector extraordinaria.  A la vez, leo de ella “Una vuelta a la cárcel”,  es un texto sobre el Japon, habla por ejemplo de Basho un monje Girovago que vivió en el siglo XVII, el libro marra en esencia muchos viajes por este país, incluye los escritos sobre Mischima.  Es un mirada llena de asombro y admiración por una cultura que siempre la cautivo.
Me le he metido a un texto de Enrique Serrano, novelista e historiador, es un análisis de nuestro pasado, hablo por supuesto de mi país, Colombia,  controvirtiendo ciertas verdades que no son tan ciertas como parece y dándole al pasado nuevas interpretaciones que nos ayudan a comprender la tragedia que siempre nos rodea. Expresa el autor en libro: “Intentaré desterrar esa idea y, a cambio, preguntaré por qué al pueblo colombiano parece importarle tan poco su pasado, mientras que otras naciones, incluso algunas hacen de su historia un solemne edificio —así su pasado sea espurio y esté edificado sobre algún mito— en el cual fundamentar el presente y sus aspiraciones, consolidar sus grandes proyectos o irlos realizando a partir de lo que creían ser, aquello que creían propio de sí mismos, ya sea que ello resulte muy glorioso o, por el contrario, sea producto exclusivo de la humillación y la derrota[3]”. Constituye una mirada novedosa, por su puesto generará muchos debates, de eso se trata.




[1] Reseña del texto. Alfagura. El laberinto del mundo.
[2]
[3] Colombia historia de un olvido. Enrique Serrano. Pagina 11

martes, 24 de abril de 2018

JARRY/ UN LUNÁTICO O UN SANTO




Qué bien por Patricio Pron, esta reseña que traigo a mis lectores a propósito de una nueva edición en español de Ubú rey, es importante, no solo por la importancia del texto en mención, sino por la resonancia de este autor en escritores del siglo XX. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE.
Patricio Pron
Utah se convirtió en el cuadragésimo quinto Estado norteamericano en 1896; ese mismo año se celebraron en Atenas los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna y Rubén Darío publicó Prosas profanas; más importante para la Humanidad, sin embargo, es que ese año Alfred Jarry (Laval, 1873-París, 1906) estrenó con escándalo en el Théatre de L'OEuvre Ubú rey, que Catulle Mendés definió como una crítica "de la eterna imbecilidad humana, de la eterna lujuria, de la eterna glotonería, de la bajeza del instinto erigida en tiranía; de los pudores, de las virtudes, del patriotismo y del ideal de las gentes que han comido bien".

En La época de los banquetes. Orígenes de la vanguardia en Francia (Trad. Carlos Manzano. Madrid: Visor, 1991), Roger Shattuck compara a Jarry con "un lunático o un santo" y recuerda que, al igual que otros "miembros valerosos" de la escena artística, el creador de Ubú se propuso "ampliar el yo artístico y creativo hasta que desplazara todos los disfraces del hábito, la conducta social, la virtud y el vicio". Ubú tiene su origen en una tradición oral entre los estudiantes de Rennes sobre un histrión que era la "encarnación de todo lo grotesco que en el mundo hay", pero también es el resultado de un rechazo a la racionalidad decimonónica que encontró en Jarry y en algunos de sus contemporáneos (Erik Satie, Guillaume Apollinaire, Henri Rousseau) a sus principales valedores: de ellos parte una genealogía a la que pertenecieron (con todas sus diferencias) André Breton, Marcel Duchamp, Boris Vian, los dadaístas, Raymond Roussel, Bohumil Hrabal, Jaroslav Hašek, Eugène Ionesco, Samuel Beckett y César Aira. Ninguno de ellos existiría sin el humorismo salvaje con el que el inventor de la Patafísica pretendió deshacerse de todas las tiranías posibles, incluyendo la del lenguaje. La editorial Pepitas de Calabaza publica ahora la edición "definitiva" de su Ubú en español, la obra de un escritor que deseaba "vivir y no pensar", que alguna vez narró el calvario de Jesús como una carrera de bicicletas y que al morir pidió, a modo de última voluntad, que le alcanzaran un mondadientes.


Alfred Jarry
Todo Ubú 
Traducción, edición, prólogo y notas de Julio Monteverde
Pepitas de Calabaza, 2018






UN PASEO AMENO EN UNA MAÑANA SOLEADA



A propósito del premio Cervantes concedido a este gran escritor Nicaragüense, esta nota aparecida en Boomerang literario sobre el Quijote, me parece un buen homenaje a su pluma y a mis lectores, resulta diferente a todo lo que he leído sobre esta obra, se sale del canon. Espero les guste. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE

Sergio Ramírez
Un libro es como una casa de muchas habitaciones, cada una con un decorado diferente, y uno puede asomarse, primero desde fuera, a través de las múltiples ventanas, y, así seducido, entra a vivir en esas estancias cordiales y acogedoras, porque siempre hallará abiertas sus puertas. Y como estamos en abril, el mes de Cervantes, quiero recordar al libro de los libros, el que más ventanas, puertas, pasadizos y corredores tiene, El Quijote.

Si alguien pregunta por qué debe leerlo, y le respondemos que es imprescindible porque contiene una filosofía de la vida, o porque nos revela un mundo de enseñanzas morales, habremos perdido de seguro un lector de ese libro imprescindible sin el cual viviremos una vida disminuida. 
Por el contrario, debemos tener el valor de responder que se trata de un libro divertido, lleno de risa y disparates, acerca de un loco que anda por los caminos en busca de enfrentarse con los fantasmas de su imaginación, y ha convencido a un vecino suyo, simple, ambicioso y crédulo, que lo acompañe en sus aventuras de las que le promete va a sacar ventajas, entre otras nada menos que la gobernación de un país de mentira llamado Barataria.
En el camino el loco se dispone al combate contra molinos que cree un ejército de gigantes desaforados y espantables, y al atacar valeroso a uno de ellos ensarta su lanza en las aspas movidas por el fuerte viento que sopla, que para su imaginación descalabrada son los brazos del poderosísimo gigante, con lo que se hace "la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo".

Se topa con un carro donde llevan en unas jaulas dos leones africanos, hembra y macho, enviados de regalo al rey por el general de Orán, y se empeña en abrir la puerta de la jaula diciendo: "¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues ¡por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones!".

No menos risible, descabeza a los títeres de un retablo donde se representa la huida de un caballero que rescata a su dama de entre los moros que salen en su persecución, y, de pronto, decidido a acudir en auxilio de los amantes, "con acelerada y nunca vista furia, comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a éste, destrozando a aquél..."

Lo importante es que ese candidato a lector ande por el libro con pies ligeros, y se convenza de que no se le caerá entre las manos, la cabeza pesada de sueño. Hay que proponerle la lectura como un paseo ameno en una mañana soleada, no como una penitencia.
Solamente después, cuando haya terminado de leer, después que aquel triste hidalgo, de regreso a la cordura, muera en su cama, ya tendrá tiempo de lamentarse junto con Sancho: "no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía...". Porque para entonces su deseo encandilado será que el libro debió seguir, que debió haber más aventuras de aquellas donde el caballero andante que don Quijote cree ser, se queda haciendo la penitencia de fingirse loco, él, que ya está loco, puesto cabeza arriba, con las nalgas al aire, mientras envía a Sancho con una carta para su dama, que es analfabeta, y siendo tan hermosa se ve reducida a criar cerdos por obra de malvados encantadores.

Y la nostalgia por lo leído llevará entonces a ese lector, así ganado, a emprender dos o tres relecturas, y luego muchas otras, porque aquel libro se le habrá vuelto infinito, en el sentido de que siempre estará recomenzando, y esas nuevas lecturas llegará a hacerlas ya no en el orden en que están puestos los capítulos, sino entrando por cualquier de ellos, que son sus múltiples puertas y no tienen cerrojo. 
[Publicado el 11/4/2018 a las 09:00]





miércoles, 18 de abril de 2018

BREVE HISTORIA DE LA NARRATIVA COLOMBIANA


Hay muchos textos académicos que no se conocen por las injusticias propias del mercado, siempre este pone sobre la palestra lo que más se vende, no lo más  valioso desde la perspectiva cultural, lógicamente existen connotadas excepciones. Una amplia gama de libros, con un trabajo riguroso, mucho peso intelectual, producidos en los centros de investigación de la mayoría de nuestras universidades, sufre este efecto, no tienen la divulgación que amerita. Sebastián Pinedo Buitrago es un escritor e investigador de muchos quilates, "Doctorado en literatura hispánica por el colegio de México, ha sido investigador del instituto Caro y Cuervo, becado por la fundación Carolina para cursar el master de filología hispánica en el centro de ciencias   sociales del CSIC en Madrid, España. Estudio literatura en la universidad de los Andes, y en 2007 tesis, “La musa crítica, teoría y ciencia literaria de Alfonso Reyes, fue publicada en México por el colegio mayor”. Oteando en una biblioteca pública de Medellín Colombia, me encontré con el texto: “Breve historia de la narrativa colombiana” de este autor. Me encantó el rigor de la investigación, la factura textual y el orden, lo excelso de su prosa, además de tener un corte pedagógico, además la investigación está bien alinderada, definitivamente permite tener una visual total de nuestra narrativa desde la colonia, hasta finales del siglo XX en sus anclajes más importantes. El prologo comienza con una aclaración, es un a priori al concepto de nacionalidad, lo explica por fuera de las connotaciones políticas manidas, lo centra geográficamente desde ópticas  antropológicas, lo precisa para el trabajo especifico: “La idea es examinar que narrativa ha hecho posible, desde el siglo XVI, en lo que se llamaba nueva granada, la peculiaridad diferenciadora de Colombia como ente cultural, social y político desde el cual narrar”. Lógico, lo ubica en el marco continental, para ello se apoyó  en el estudio crítico del Cubano-Estadounidense Roberto González Echavarría: "Mito y archivo", una teoría de la narrativa latinoamericana”. Hay una cita  suya que quiero traer a colación: "La narrativa latinoamericana se niega a nacer de la nada, cita para el caso a Alfonso Reyes, quien dice que no hay literatura que viva sin alimentarse de la no-literatura en grado mayor o menor,  es decir, que viva sin nutrirse de datos o discursos de otros campos semánticos, como las disciplinas sociales, políticas, científicas, filosóficas"…Por ello estructura los principales nutrientes de la narrativa latinoamericana de esta manera:

1.- El discurso jurídico y religioso de la época colonial.
2.-Las crónicas científicas y viajes del siglo XIX.
3.-El discurso antropológico de la primera mitad del siglo XX.

Esta historia,  la divide en ocho partes: “La narrativa de la colonia, narrativa del siglo XIX, el modernismo narrativo, entre guerras o entre vanguardias, narrativas de mediados del siglo XIX, la narrativa de Gabriel García Márquez, narrativa de finales del siglo XX y un capitulo de novedades. El análisis del modernismo es excelente, fue de mi total agrado.
El libro pese a lo profundo, se deja leer como una crónica, no cansa nunca. Los enfoques y análisis son lúcidos y a la vez tienen el sesgo académico que genera mucha información, ópticas novedosas y claras, en cada capitulo hay verdaderos aportes. Solo me basta recomendarlo, está publicado por “Siglo del hombre editores”. Ojala se consiga.

sábado, 7 de abril de 2018

PRELUDIO A "LA ESCUELA DE MÚSICA" DE PABLO MONTOYA



Pablo Montoya constituye uno de los mejores escritores jóvenes de Colombia, formado en la academia, un melómano y músico  que trasnfiere a su prosa la magia de la creación musical, con sus misterios, técnica. Ensayista juicioso, desde hace más de veinte años viene haciendo una tarea de divulgación memorable. Reproduzco este artículo sobre la próxima novela que publicará Mondadorí aparecido en el diario “El espectador” de Bogotá Colombia. Espero mis lectores la disfruten. CESAR H BUSTAMANTE.


Fabio Rodríguez Amaya

5 Abr. 2018 - 9:00 PM

Pablo Montoya estudió música en la Escuela Superior de Tunja. En sus obras literarias, esta disciplina artística siempre ha estado presente. Su nuevo libro, “La escuela de música”, no es la excepción.

En el tormentoso ingreso a la adultez, un puñado de adolescentes comparten ámbitos donde desde “el silencio y la nada, sus orillas definitivas, la música nombra la nostalgia”. Los congrega la existencia fugaz de un administrador avisado. Y la utopía de un maestro audaz, con oído pero sin futuro, formado en el conservatorio Chaikovski de Moscú, aún soviética, quien “quería

revolucionar la enseñanza de la música”, noticia que “se desparramó, en cuestión de meses, por los rincones del país”. Muchachas y muchachos provenientes de los lugares, culturas y experiencias más disparatados conviven en un caserón ruinoso de la antigua capital virreinal, donde las jóvenes neogranadinas “iban a jurar su fidelidad a Cristo y al Rey, y a pagar su precio por los deslices clandestinos del amor”.
Pertenecientes a segmentos sociales proletarios y clase media pauperizada, los jóvenes en busca de un oficio y un futuro dignos se afincan en una ciudad “castrense, eclesiástica y sumisa”, atiborrada de iglesias donde, desde su fundación, “el miedo se instaló entre los habitantes”. La más variada fauna humana transita esta ora poderosa, ora desgarradora, ora implacable historia, cuyos ejes portantes son la música y la vida, ensombrecidas ambas por la funérea década del pavor. Sobre éstos, como un fantasma incumbe, omnipresente y sórdido, el país “militarizado y narcontrabandista”, de los años ochentas, inaugurados por el Estatuto de Seguridad. Y escenario de la guerra sucia, avalada por una pseudoaristocracia sin pasado, reciclada con el narco, propiciadora de impensables tragedias humanas, naturales y políticas.
De este tenor son los escenarios y los no pocos personajes y comparsas que verbalizan La escuela de música, la esperada novela —de formación, por cierto—, de inminente aparición con Random House, de Pablo Montoya Campuzano, uno de los más brillantes y concienzudos escritores colombianos en la vulgar y confusa contemporaneidad que se padece por doquier.
La voz axial sostenuta y vivacissima de Pedro Cadavid, el disciplinado aunque torpe instrumentista —alter ego de Montoya, con rubricado pacto autobiográfico—, devenido musicólogo, lector en voz alta y escritor en sueños, alterna en contrapunto con aquella a capriccio grave del maestro Javier Zabala. A ellas se suman otras múltiples voces andantivivaci o moderate de todo color, sexo y condición. Voces todas que, a través de una sabia y recamada escritura episódica, son expresión multiforme de conciencia, pasión, estudio, desenfado, disciplina, contradicción, disputa, abandono, intemperancia, angustia y melancolía. Más la necesaria y a veces desaforada dosis de testosterona y estrógenos, sublimados por el mito fundacional de Occidente: el amor-pasión (en todas sus declinaciones, hasta en el incesto en la novela), que “jamás provoca equilibrios” pero palia fríos y dolores, soledades y silencios.



Todo esta complicación aparece orquestada desde la casona colonial de una Tunja estática y sin tiempo, donde lo artístico y lo humano, en todas sus facetas, se yerguen como actores de un concierto permeado por tonos, matices y experiencias. En el ambiente citadino, gélido y mediocre, la Escuela es un crisol de inquietudes e intereses, subvertidos por el ardor juvenil, la sed de conocimiento y la promiscuidad. Equilibrada a tempo por la poesía más una buena dosis de sensualidad, la escritura se propaga con sus ritmos sincopados por el allegro, los compases y los colores de la música. En una Colombia que es “el país de los milagros”.
Ochenta y dos episodios titulados componen esta sopesada sinfonía que restituye a tutto tondo un mundo que es, por sobre todo, sencillo y frágil. Un mundo explorado por primera vez en la narrativa colombiana y redactado en el pentagrama de la transculturación recreada por la melodía, la cultura libresca y las temperaturas del romanticismo europeo. En estrecho vínculo con los avatares de las explosivas culturas literaria, artística y política de un mundo informe y de un país atrozmente bello, que cabalga el tigre de la posmodernidad y que padecerá inútilmente el nefasto Plan Colombia inventado entre la Casa Blanca y el Palacio de Nariño.
Con La escuela de música, Montoya alcanza una nueva y alta veta, desde la médula de su propia experiencia, pues novela su período de formación en que, emigrado por urgencias y necesidad de Medellín a Tunja, cursa estudios en el laboratorio que fue su Escuela de Música. Allí estudia flauta travesera, composición y armonía, y es músico de planta de orquestas y conjuntos de música clásica y estudiantinas hispano-andinas. Allí mismo, agobiado por la pobreza, es al tiempo músico de orquestas populares, con pagos de hambre, en peregrinaciones infernales por pueblos y villorrios. Pero, aspectos autobiográficos y vivenciales al margen, dosificados con el oficio de escritor que se le conoce, lo que fascina es el continuo in crescendo con que Montoya preludia, en la palabra, el conocimiento de los músicos, de la música y de lo musical desde su más profunda esencia humana y estética.
Cada uno de los siete capítulos de la novela culmina con el sonido fatalmente vivificador de una gran composición musical, albergada en teatros, iglesias y auditorios y transliterada en palabras exactas y vibrantes. De Schumann al Réquiem de Berlioz, pasando por Carmina Burana, el Canto general, la muerte infame de su padre, Morada al Sur, Goethe, Goya, Wagner o Rulfo, cuyo paradigma narrativo es la Maratón Beethoven, el lector más desprevenido vivirá la angustia especular de seres sin dioses y sin patria que se interrogan sobre los átomos, la galaxias y el ayuno impuesto. Así mismo sentirá el pulso y la temperatura de personas simples que viven la pobreza material, las faidas públicas y privadas, la precariedad y la grandeza espiritual. Se trata, no hay duda, de la experiencia de Montoya, reflejo del arduo proceso de aprendizaje de un literato quien, desde la música, la poesía y el saber, se apersona de los escritores, la literatura y lo literario, también desde su más profunda esencia.
Al final, destino de toda utopía, pesa la gravedad del ambiente precario y provinciano: el descenso al infierno del mundo real y adulto y la caída son inevitables. Potenciado por la ineptitud de una sociedad hipócrita, el sueño de Zabala precipita y la desbandada es general. El talento, el cuerpo y los sonidos de los jóvenes adultos se desvanecen en la hojarasca del silencio. Todo se disgrega en el olvido, apuñalado por la más sorda desesperanza para una entera generación.
De ella, el único que, quizás, logre rescatarse (la novela es universo totalizador y, al tiempo, obra abierta) es Pedro Cadavid a quien, no obstante el recio peregrinaje emocional e intelectual, la vida le sonríe. Desesperado huye a París donde le esperan un amor, la pobreza, la soledad y una creatura. Donde, se anuncia piano ma non troppo, encontrará su personal redención. Porque, a pesar de las adversidades, opta por dar crédito a la intuición. Ahora, memorioso de vida, música, pasiones y literatura y, al tiempo, autor de La vela apagada, “ese delirio narrativo, expresado en una oración larga, hecha a su vez de frases cortas y que sólo acababa cuando Schumann se tiraba al río”, Cadavid escucha la voz profunda de su otro yo, quien, desde su melancólica llegada a Tunja, le sugirió “la idea de escribir una novela a partir de lo que estaba viviendo en la escuela de música”.
La escuela de música que tengo entre mis manos. Y que alerta sobre la inminencia de nuevos fascismos.






domingo, 1 de abril de 2018

EL COLOR DE UNA NOCHE ( RELATO)

Placebo es un Bar que queda en Santa Elena, una vereda muy pequeña  a 2200 metros sobre el nivel del mar, situado en el pico de una montaña desde donde se divisa Medellín como una postal inasible y bella. Llamó y me dijo: Me acompañas a Santa que estoy un poco triste…puedes? Al poco tiempo estábamos subiendo hacía la cresta de Llano Grande, oyendo música de mi celular, cerrados en el universo de nuestra química, esbozando teorías y comentarios sobre lo divino y lo humano con una complicidad hermosa por la gracia de una amistad construida a fuerza de mucha honradez y afinidades cargadas de tolerancia y respeto. Veía su hermoso rostro, el pelo crespo, abundante, complexo que le cubre todo el torso, parece un cuadro realizado por un pintor abstracto que resalta un denso universo indescifrable, lleno de mensajes intraducibles que ahora disfruto de sobremanera, la define en su totalidad, está claro que algunas cosas no requieren interpretaciones ni alusiones. Cuando canta cierra los ojos, recuerdo una escena  de la película de Frida Khalo con Salma Hayek, bailaba y disfrutaba un bolero en una meditación profunda, la intimidad de sus rememoraciones eran evidentes. Mi amiga, canta y maneja al tiempo,  entregada totalmente, cada verso, cada metáfora, como gotas de un pasado y una intimidad inenarrable las sentía con fervor y pasión, su voz nos abarca; las letras siempre son mensajes cifrados que se confunden con nuestra existencia, nos traen momentos que están ahí repicando por alguna razón, saudade especial y sublime, exaltan al más frío de los mortales; los ritmos se entrelazan, por segundos la vida es otra, ya nada importa, mi felicidad es absoluta, se desplazan todos los espacios, se siente una alegría infinita a pesar del poco tiempo en que nos abraza tan particular estado; el carro remonta la cresta de la montaña entre un aroma vegetal exuberante. Llegamos rápido a Santa, sacamos el perro y el gato, dos hermosos animales que son el hogar, esperaban desesperados, se alegran, saltan. Después atendió el orden de la casa, todo deberá estar en su puesto, era de noche, helaje infernal, dejamos la casa y salimos a buscar el sitio escogido por ella. Se llama placebo……las palabras son como cajas  de herramientas…  Sustancia que carece de acción curativa pero produce un efecto terapéutico si el enfermo la toma convencido de que es un medicamento realmente eficaz… La mayoría de veces en la vida, actuamos buscando placebos ante la poca incidencia de nuestras decisiones importantes, la vida siempre parece prestada, cargada de servidumbres, paradójico el nombre de este bar, psicología invertida. El sitio es hermoso, de madera, más ancho que largo, parece un rancho rural del viejo oeste, los colores naturales se sobreponen a la niebla que oculta en su densa atmósfera las formas y las siluetas, un gris de fondo, el encanto es total: La noche, el lugar, la química, el ánimo, el vino caliente, el baile sensual…su cuerpo se mueve atendiendo una fuerza interior que me sobrecoge…….las palabras se toman el momento, sólo hablamos de cosas bellas, de recuerdos….De pronto estamos bailando salsa, el crepitar de los bajos y las letras que evocan los años 80 son otra cosa, latinos para siempre, cierta locura nos  toma, dejar todo a un lado, danzar…….Se nos olvidó de pronto que al carro no le cierra una ventana, que  la noche es corta, que la vida nunca sale como queremos…recuerdo a Cortázar:” Las nubes aplastadas y rojas sobre el barrio latino de noche, el aire húmedo con todavía algunas gotas de agua que un viento desganado tiraba contra la ventana malamente iluminada, los vidrios sucios, uno de ellos roto y arreglado con un pedazo de esparadrapo rosa”….la literatura con sus historias que repetimos en la vida real nos delata…….Maga ese personaje de “Rayuela” que siempre me acompaña…………el pelo crespo, suelto, la cintura que parece girar en medio de cortos pasos, arabescos que me crispan, vida plena. Así como una lectura nos llega en el momento justo, hay hechos que esperábamos se dieran y de súbito nos sorprenden, la magia del destino…Son regalos de la vida………..El tiempo corre, la noche no se detiene y de pronto el dueño del Bar nos dice: Pese a la felicidad que expresan…tenemos que cerrar…No va más…..La vida vuelve por su cauce…bajo solo en un taxi de Santa Elena…Llevo paz y felicidad …Estas son las sumas de la vida….Dormiré tranquilo, no se sí esta será una pagina literaria o un recuerdo eterno de mi vida.

jueves, 29 de marzo de 2018

GRANDES PENSADORES DE LA POLITICA

Estoy escribiendo directamente sobre la plataforma del blog. Las vacaciones nos obligan a estos ejercicios, el ánimo es siempre comunicarles a mis lectores sobre textos o autores, que de alguna manera ameritan una reseña o un comentario. La biblioteca personal es una caja de sorpresas. Con cada libro tenemos una relación muy particular, desde que lo compramos empieza a articularse cierta intimidad, en algunas ocasiones, alguien me los ha regalado atendiendo a las afinidades intelectuales, las circunstancias pueden ser muchas. Hay libros que nos han esperado por años. Editorial “La carreta” de Medellín, publicó hace unos años un texto llamado “Grandes pensadores de la política” cuyos compiladores son José Lopera Builes y Raúl Alberto Botero Torres. La virtud del texto lo representa la calidad de los pensadores comentados, constituyen el eje del pensamiento político contemporáneo: Pierre Bourdieu, Norberto Bobbio, Nicolás Maquiavelo, John Rawls, Durkheim, Marx, Marx Weber, Gerardo Molina, Nicos Poutlanzas, Richard Rorty, Thomas Hobbes. Sus autores, los ensayistas de cada uno de estos textos, son académicos cuya trayectoria y lucidez no tiene duda, Per se, es sorprendente la perspectiva en que ha sido tratado cada pensador, las articulaciones con el momento y las variables que son ejes y conectores para instrumentar análisis puntuales. En la presentación del libro se alude: “A propósito de la política es posible esbozar una hipótesis de entrada: Las prácticas que ocurren en el interior de las formaciones sociales tienen en todos los casos la textura de prácticas discursivas”.  Adelante enfatiza: “Una parte importante de las prácticas políticas aluden a lo epistemológico, en la medida en que convierten lo político en objeto de una reflexión que se convierte en crítica, siempre y cuando configure una evaluación rigurosa y sistemática de aquel objeto sobre el cual ejerce su trabajo de elucidación. Se trata, en todo caso, de lograr una explicación satisfactoria sobre lo que acontece efectiva y materialmente en el ámbito múltiple y complejo de las relaciones de poder”. Vale la pena leer este texto. Desde hace mucho tiempo estaba tratando de hacerlo y ahora aprovechando estas cortas vaciones emprendí su lectura con la grata sorpresa de encontrarme con un libro excelente, no solo por la calidad de los ensayos sino por la vigencia que mantienen, más en estos tiempos de plena efervescencia política, no solo en Colombia sino en el mundo, ausente como estamos de debates ideológicos, los tecnicismos absorben todo el espectro de los mismos, por razones que no cabe comentar, no hay pensadores al estilo de los debates importantes de otras épocas: Foucault, Sartre, Camus, Hannah Arendt……el mundo está des-ideologizado....la Sociologia y los grandes pensadores políticos de nuevo hay que traerlos a la palestra.



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