viernes, 23 de junio de 2017

GIOCONDA BELLI, EN CUERPO Y ALMA


Esta columna, como todas las de Juan Cruz, es una lúcida presentación y reflexión sobre la excelente poetiza Nicaragüense, que amerita ser replicada por su importancia, con el ánimo que la disfruten mis lectores.

Juan Cruz

Un libro, una conversación

La nicaragüense publica en España 'Sobre la grama', su primer libro, escrito cuando rozaba los 20 y estaba en la cúspide del sexo y del amor.
El último libro de Gioconda Belli (Sobre la grama, Navona) es su primer libro, pero en España no lo conocíamos, nunca se había editado aquí. Lo escribió en la cúspide del amor, del sexo, cuando su cuerpo descubrió la física y la química de la caricia salvaje. Cuando publicó esos versos, a sus 20 años, los veteranos de la literatura de Nicaragua, su país, donde nació hace 67 años, la celebraron como “una revelación histórica”. Le dijeron: “¡Escribí!”.
Luego ha escrito más versos, novelas, ha ganado premios muy graves (como el Sor Juana Inés de la Cruz, el Biblioteca Breve, el Anna Seghers de la Academia de Artes de Alemania…). Fue revolucionaria sandinista y perdió esa fe al tiempo que otros, como Sergio Ramírez. Ahora sigue viviendo en Managua; viajó en mayo a Barcelona para ser parte de un recital mundial de poesía y allí presentó Sobre la grama, que lleva una portada de Rousseau en la que la serpiente le entrega la manzana del placer a la Eva desnuda de la selva. Sobre fondo verde, la foto transmite sensualidad y, así es la cosa, pecado.
Fue una conversación cerca de la plaza de Cataluña de Barcelona. Con el libro delante. Aquí es preferible dejar que aparezca como monólogo.
“Me encanta Rousseau. Y la desnudez. Este libro fue el descubrimiento de la desnudez y de la poesía… Significó saberme quién era. Era muy jovencita cuando me casé, tenía 18 años, era positiva y optimista y me casé con un hombre sumamente negativo y pesimista. No sabía cómo interpretar lo que me estaba pasando, por qué el sueño tan romántico tan pronto se destrozó… A esa edad lo quería hacer todo, e irme de casa. Este hombre apareció; le gustaba leer, era melancólico. Creí que casado podía cambiar, que yo lo iba a alegrar y que lo iba a hacer feliz. Cuando me cortejaba era muy simpático”.
“¡Y un día me habló de Knut Hamsun.  Yo era un ratón de bibliotecas y me encantó que él leyera a Hamsun. Eso me enamoró, y que fuera guapo. Me enseñó luego lo que era la sexualidad, pero de manera inocente. ¡Yo creía que los testículos eran dos cosas que colgaban de bolsitas diferentes!”.
Tras publicar los primeros poemas mi marido me dijo: “No vuelves a escribir uno sin que yo lo lea”
“Eso de los testículos me lo explicó con dibujitos. Nunca hicimos el amor hasta que nos casamos. ¡Yo no entendía por qué había que esperar! Pero la virginidad no me parecía tan importante: ¡lo hacías casi todo!… Sí, en el libro hay una gran entrega, pero es para otra persona. Tras el casamiento todo se diluyó, ya no había romanticismo, todo lo que había imaginado que iba a ser la relación amorosa se esfumó. Así que el libro viene del enamoramiento de otra persona. ¡Aquel hombre era un solitario encerrado que se ponía el pijama el viernes y se lo quitaba el lunes, veía la televisión! Y yo era una chavala con ganas de vivir. ¡No lo entendía!”.
“En el trabajo conocí a un poeta fantástico que me empezó a hablar de literatura. Me hablaba de poesía, del Frente Sandinista, de lo que se hacía en Nicaragua en una época de gran efervescencia cultural antisomocista. Se reunía con poetas, y yo iba de oyente. Mi familia era acomodada, pero antisomocista, de un antisomocismo sin esperanza. En ese grupo del poeta vi que sí había esperanza, la salida era la revolución sandinista”.
“Esa revelación me llevó a la poesía y a mi reconocimiento como mujer y a la revolución. ¡Podía cambiar el mundo! El poeta me metió en ese mundo. Me separé del marido. Volví. Me volví a separar del marido. El poeta me gritó: ‘¡Escribí!’. Me lo tomé sumamente en serio. Hasta entonces había escrito cartas; y en ese momento me metí en mi cuarto, ante mi máquina de escribir, y de ahí salió el primer poema, ‘Y Dios me hizo mujer’. ¡Y seis más! Se los llevé al poeta. Me dijo que estaban buenísimos, pero que había que apretarlos, como a los nacatamalitos, una especie de polenta y plátanos que se hierven apretados y se toman calentitos. ¡A un poema no le puede sobrar ni faltar nada!”.
“Le dimos los poemas a un gran escritor, Pablo Antonio Cuadra, director del suplemento literario de La Prensa. Fue un éxito. Yo tenía 20 años. Pusieron en el periódico: ‘Una nueva voz en la poesía nicaragüense’. ¡Feliz de la vida! Lo mejor que me pasó como escritora. Al día siguiente llegué a casa de la familia, oronda. ¡Mis tíos estaban horrorizados de que yo me hubiera atrevido a publicar esos poemas! Y mi marido, el lector de Knut Hamsun, me dijo: ‘No vuelves a escribir un poema sin que yo lo lea’. Me di cuenta de que había tocado algo subversivo: ¡mi gozo amenazaba! ¿Y por qué una mujer no puede expresar todo esto? Yo había leído poesía erótica de Tomás Segovia, de Rubén Darío… ¿Y por qué no una mujer?”.
Tuve miedo hasta que me hice dueña de mi cuerpo y de mis palabras
“La reacción de mi marido no me hizo dejar de escribir. Tuve la enorme suerte de que los poetas grandes de Nicaragua, José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, Carlos Martínez Rivas, empezaron a escribir que yo era la maravilla, el descubrimiento. Ante esas autoridades mis familiares callaron y mi marido, pues también. Fue una sensación rara: para los hombres parecía que yo había descubierto la sexualidad y me miraban de una manera libidinosa. Pensé: ‘O termino como la mediocridad de este país o hago lo que quiero y que me critiquen’. En eso fui valiente”.
“Empezaron a decir que mi poesía era vaginal. Entraba en un lugar y sentía que todo el mundo murmuraba. Era muy incómodo. Empecé a ir a un psicólogo. Tenía problemas en mi matrimonio. Y el psicólogo me dijo: ‘Ponte el vestido más sexy que tengas y sal al mundo, no tengas miedo’. Tuve miedo hasta que me hice dueña de mi cuerpo y de mis palabras. Sentí que estaba haciendo algo hermoso y que no tenían por qué meterse en mi vida. La sociedad estaba podrida. Alrededor estaba la rebeldía feminista, la rebelión de la juventud. Principios de los setenta. Germaine Greer, Betty Friedan, Doris Lessing, Julia Kristeva… Me metí en el Frente Sandinista, tuve el valor para agarrarme a esa lucha y mi vida cambió totalmente. Mi manera de ver la vida”.
—Y usted se enamoró también de Nicaragua.
—Sí, total. Me enamoré de Nicaragua, de lo que podía hacer Nicaragua, ¡me enamoré también de mí misma! ¡Sentí que tenía un poder como mujer!
De eso también va el libro, de ese paisaje interior que fue para ella el descubrimiento del cuerpo y el descubrimiento del paisaje de Nicaragua, “el país chiquito que se resiste a morir”, como dijo, además, recientemente.





jueves, 8 de junio de 2017

NELLIE CAMPOBELLO


La geografía de la literatura es tan vasta que muchos  autores y obras se nos escapan, le pasa de igual manera a un sector de  la crítica, con obras de suma importancia, no solo por su calidad sino por el papel preponderante en el marco general de las literaturas locales y por su puesto en el contexto universal. Nellie es una autora excepcional de México, tuvo un final trágico típico de las novelas de Carson Macullers y es extraño que buena parte de la clase intelectual de su país la evite, guarde silencio sobre sus textos.
Nellie Campobello Morton (María Francisca Moya Luna) nació el 7 de noviembre de 1900, en Villa Ocampo, Durango. Murió el 9 de julio de 1986, en Progreso de Obregón, Hidalgo. Además de Villa Ocampo, vivió en Parral, en la ciudad de Chihuahua y en Laredo, Texas. Llegó a la ciudad de México en 1923. En la capital, estudió en una escuela inglesa, tomó clases de ballet y se relacionó con intelectuales y artistas. Dio a conocer en 1928 su primer libro, el volumen de poesía Yo, versos por Francisca, al parecer en edición de autor. Lo reeditó el doctor Atl al año siguiente. Su formación de balletista la llevó a incorporarse en 1930 a la sección de Música y Bailes Nacionales de la Secretaría de Educación Pública. En 1931 fundó la Escuela Nacional de Danza, que dirigió por varias décadas. En 1943 creó el Ballet de la Ciudad de México. Publicó Ritmos indígenas de México (1940), en colaboración con Gloria Campobello. Acerca del tema de la Revolución, escribió Cartucho. Relatos sobre la lucha en el norte de México (1931), Las manos de mamá (1937) y Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa (1940). Fue secuestrada por sus “cuidadores”, quienes valiéndose de su vejez, enfermedad, soledad y ausencia de herederos directos, la obligaron a firmar una carta poder para que ellos cobraran su pensión. Estos hombres ocultaron su muerte y su osamenta durante trece años,  Las autoridades del INBA exhumaron sus restos, le organizaron un homenaje póstumo en el Palacio de las Bellas Artes el 27 de junio de 1999 y la trasladaron a su ciudad natal, donde el gobierno estatal hizo un monumento en su honor y la declararon hija distinguida de la localidad que la vio nacer.
Es conocida como la escritora de la revolución. En la edición del texto “El cartucho”, “Jorge Aguilar Mora en el prologo categoriza: “fue una escritora memorable por varias razones, por su valor testimonial, su refinadísima percepción artística y su extraña mirada autobiográfica. La propia familia, con la madre al frente, fue víctima y testigo del villismo en Parral. A través de medio centenar de cuentos breves, algunos entre los más singulares de la lengua, Cartucho saca a la narrativa de la Revolución Mexicana de la demagogia populista y de la retórica, dizque republicana, del heroísmo pretoriano. La suya es una voz que elige uno de los artificios literarios más difíciles de lograr: la impostación verosímil de la guerra civil, particularmente el episodio villista en Chihuahua entre 1916 y 1920— desde un punto de vista infantil”[1].
Este prologo es absolutamente lúcido, constituye un análisis completo de su obra, parte de la relación del mismo con otros textos, con la revolución, escruta el papel que juega en la cartografía literaria de México, las conexiones puntuales con libros emblemáticos, visibles en su narrativa,  y las referencias tacitas y expresas, tanto en sus orígenes e influencias, sus basamentos creativos, sino como precursora de otros textos.  Este prologo tiene un análisis previo de las conexiones e influencias que ejerció sobre la obra de Rulfo, concretamente de “Pedro Paramo” y a través de este en “Cien años de soledad”, son un bocado de cardinale, no solo por lo esclarecedoras y rigurosas, sino por las referencias tan exactas, que corroboran una arqueología, no siempre tangible, de las conexiones entre estas tres obras: “La novela de Rulfo es el ejemplo magistral de la novela más abierta y más libre de la literatura latinoamericana del siglo XX; la del Colombiano, igualmente magistral, es la estructura autosuficiente más perfecta en ese mismo siglo, Cien años de soledad no hubiera sido posible sin Pedro Páramo y Pedro Páramo no hubiera sido posible sin Cartucho de Nellie Campobello. Esta  revela y anticipa rasgos que definirían el estilo de Rulfo: ese trato constante de las palabras con el silencio; ese parentesco en acción del silencio con la sobriedad irónica, tierna, de frases elípticas, breves, brevísimas, a veces casi imposiblemente breves; esa velocidad de la narración que, sin transición, recorre instantáneamente todos los registros del lenguaje y todas las intensidades de la realidad; esas metáforas súbitas y reveladoras de una acendrada unidad y fragilidad del mundo en donde lo humano y la naturaleza dejan de oponerse; esa convicción profunda, terrenal, de que el lenguaje, su lenguaje, corresponde a una experiencia propia e intransferible”[2].
Desde hace quince días estoy leyendo todo lo que encuentro de esta escritora, la sorpresa no solo ha sido grata sino que he quedado estupefacto de eso que llamo el universo literario, que es tan vasto e inabarcable, por lo qué me preguntaba sin pena alguna, cómo no había leído a una autora tan importante, no entendía cómo ha sido tan olvidada por la crítica especializada de su país. En el prologo, después de exponer el itinerario de la obras dedicadas a la revolución en México, de dilucidar como estos textos abordan estos sucesos, Jorge Aguilar señala: “En las circunstancias mexicanas, no había espacio, según él, para el ejercicio de la voluntad, ni para la intervención divina, sólo para la maquinaria in eluctable y corrupta del gobierno. Muñoz y Campobello, desviando su mirada del poder y dirigiéndola hacia los bandidos derrotados, supieron regresarle al destino trágico su singularidad y su inocencia”. El análisis hecho de la obra se hace a partir de esta óptica: “En el primer texto del lib ro, el personaje del que nunca sabremos el nombre y del que sólo sabremos su apodo, "Cartucho", siempre cantaba la misma canci ón hasta hacer de ella la única cantable, la única posible: "No hay más que una canción y ésa e ra la que cantaba 'Cartucho ' ". Así so n todas las vidas únicas: se can ta siempre la misma canción; lo único que cambia es la intensidad. La diferencia entre una vida mediocre una vida trágica está en la elección del nivel de intensidad. Cartucho", cantando la única canción posible, escogió la intensidad máxima, la más pura, la más colectiva: encontró la muerte que quería y se confundió con todos sus semejantes en un acto único: "El amor lo hizo un cartucho, ¿Nosotros? Cartuchos".
No queda otra que leer este hermoso texto de relatos y abrirse al universo de esta autora tan importante.









[2] Nellie Campobello, El Cartucho. Prologo de Jorge Aguillar Mora.


jueves, 1 de junio de 2017

EL RULFO MÍO DE MÍ



Como es costumbre en este blog, cuando leemos una columna que amerita ser publicada por ser un aporte lúcido al tema que nos convoca, en este caso todo lo que gire alrededor de ese gran escritor Juan Rulfo en su aniversario, lo hacemos con el único animo de promover su lectura y ampliar la resonancia sobre una obra excepcional en la literatura universal.
RESEÑA DEL LIBRO 'HABÍA MUCHA NEBLINA O HUMO O NO SÉ QUÉ' DE LA MEXICANA CRISTINA RIVERA GARZA
POR: MAURICIO BECERRA

31 DE MAYO 2017 , 05:33 P.M.

Decía Rulfo –o dicen que decía, como pasa con los rumores– que escribía para dos o tres amigos, y nada más. Incluso, dicen que lo llegó a asegurar en una entrevista, cuando se celebraban treinta años de la publicación de Pedro Páramo, la novela (la única) que lo encumbraría en lo más alto de las letras latinoamericanas. “Nunca me imaginé el destino de esos libros. Los hice para que los leyeran dos o tres amigos o, más bien, por necesidad”. 

El destino quiso, sin embargo, que esos libros (en realidad dos, Pedro Páramo y El llano en llamas) llegaran un buen día a las manos de Cristina Rivera Garza para que ella, también movida por la necesidad –la necesidad de estremecer a otros con la misma intensidad con la que la obra de Rulfo la había estremecido a ella–, escribiera Había mucha neblina o humo o no sé qué, una especie de biografía y relato de ficción sobre el autor más importarte de las letras mexicanas del siglo XX; u
n viaje íntimo construido a partir de la evocación y el reportaje; un homenaje cargado de una hermosa gramática sentimental que se une a la celebración del centenario del nacimiento del autor de Pedro Páramo. 

Escribe Rivera Garza:


“–Siento que he estado con usted una vida entera –murmura a medida que coloca el pie sobre el borde inferior de la puerta.

–Y así ha sido –le dice él, le dice Juan N. Pérez V. mientras sostiene la puerta abierta e inclina la cabeza hacia el piso”. 


Digamos que Había mucha neblina o humo o no sé qué son en realidad tres libros en uno. El primero vendría a ser el libro en el que la autora se regala el privilegio de estar al lado de Juan Rulfo para convertirse ella misma (casi) en un personaje más dentro del universo rulfiano. El segundo sería el libro histórico sobre el México flamante y poderoso de las carreteras y los programas de industrialización que terminarían castigando al mundo rural, ese que a juicio de Rivera Garza (y de tantos otros) acabaría por nutrir en definitiva la obra de Rulfo. Y el tercero, la biografía tradicional donde se arrojan datos puntuales como que Juan Rulfo se llamaba en realidad Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, y que era natural de Jalisco, y que era huérfano de padre y madre, y que amaba el alpinismo, y la fotografía, y la literatura nórdica, y etcétera.

Tres libros en uno, sí. Aunque quizás son más. Todos entrelazados, ligados y yuxtapuestos.

Ya desde la contratapa Rivera Garza advierte por dónde correrá el río para que después nadie trate de pescar en aguas revueltas: 
“Cada quien tiene su Rulfo privado”, escribe. “El mío, mi Rulfo mío de mí, está tan interesado en escribir una obra como preocupado por ganarse la vida”. La intención, entonces, era escribir sobre el Rulfoque la ha acompañado durante toda la vida, sacarlo de la maleta del tiempo, rendirle un homenaje en la antesala de su centenario. Que la Fundación Juan Rulfo haya descalificado recientemente el libro de Rivera Garza, al considerarlo difamatorio, se entiende poco.


“Hay muchos años de trabajo y cariño detrás de Había mucha neblina o humo o no sé qué. Más que un libro sobre Rulfo –lo he dicho ya varias veces en presentaciones y entrevistas– es un libro que, moviéndose alrededor o a través de Rulfo, invita al lector a tocar el territorio de un país en vilo”, escribió hace poco Rivera Garza en una carta a propósito del boicot y la censura. “Lean, cotejen, comparen, contrasten, regresen, subrayen, anoten, debatan –si fuera de su interés–disientan –si ese fuera el caso–. Las páginas son todas suyas. Supongo que es así que los libros van armando sus propias esferas de afecto”, remata. 
Bienvenidos, pues, al Rulfo ‘nuestro de nosotros’.

http://www.eltiempo.com/lecturas-dominicales/resena-del-libro-habia-mucha-neblina-o-humo-o-no-se-que-94108





domingo, 28 de mayo de 2017

CIEN AÑOS DE SOLEDAD EN SU ANIVERSARIO


El mejor homenaje a “Cien de de Soledad” es volver a leerla, disfrutar y rumiar la infinidad de historias amalgamadas en una saga familiar, la de los Buendía, que constituyó una revolución sin precedentes para a literatura latinoamericana y las letras universales. La impresión que recibieron sus amigos que tuvieron el privilegio de leer algunos capítulos de manera anticipada: Carlos Fuentes, Álvaro Mutis,  Plinio Apuleyo, sigue vigente en cada nuevo lector que se acerca al texto, asombro,  absoluta estupefacción, frente a una obra que renovó la novela Latinoamericana y constituyó una revolución sin precedentes para la literatura universal.
Desde los 17 años, cargado del mundo mítico narrado por su abuelo y Tranquilina su esposa, las tías Wenefrida, Elvira, Francisca, su prima hermana Sara Márquez, su hermana Margot, historias contadas con absoluto desparpajo como una realidad más del mundo pese a lo increíbles, sumado a su amor precoz por la lectura, fue un lector de poesía, conoció todo el romancero español, la poesía colombiana, la novela, de la mano de una obsesión por la escritura, que le sirvieron al final para construir una obra inmensa, inconmensurable desde la perspectiva estética, de manera lenta, puliéndola en su imaginario en medio de muchas horas de lecturas infatigables.

Las primeras novelas “La hojarasca”, “La mala hora", “El coronel no tiene quien le escriba”, los cuentos anteriores a 1967, sus primeros pasos como periodista y cronista, constituyen una anticipación a “Cien años de soledad” su gran novela. Como lector va desatornillando las grandes obras de la literatura universal para saber como están escritas, para encontrar los secretos que le sirvan en su trabajo, de la mano de Faulkner, John Doss Pasos, Virginia Wolf, Kafka, Rulfo, Hemingway, del periodismo norteamericano, de sus obsesiones literarias que son muchas, que lo irán formando como escritor.
En las  biblioteca digital de la Luis Ángel Arango de Bogotá hay texto con una síntesis del momento exacto en que decide sentarse a escribir “Cien años de soledad” después de tantos años de estarla construyendo en su mente: “Todo parece indicar que luego de concluir “La mala hora”, García Márquez sufrió un serio bloqueo de sus facultades literarias. Hasta 1964 otros asuntos le impidieron dedicarse a la creación de literatura. El bloqueo terminó durante el trayecto de Ciudad de México a Acapulco, cuando, al volante de su Opel, tuvo la repentina visión de la novela que hacía tiempo se estaba gestando en su interior. La historia de las generaciones de los Buendía en el mundo mágico de Macondo, desde la fundación del pueblo hasta la completa extinción de la estirpe, constituiría un rescate de la historia por la conciencia mítica colectiva, y una extensa alegoría de la condición humana, del significado del tiempo y de la escritura como alquimia. De regreso en el Distrito Federal, escribiendo ocho y más horas diarias, mientras Mercedes se ocupaba de sostener el hogar, a lo largo de dieciocho meses en los que acumuló grandes deudas, García Márquez dio forma a Cien años de soledad (1967), que habría de significarle un éxito tan inmediato cuanto insospechado, con premios en Francia e Italia y récords de ventas en el mundo entero”. 
Gabo lo cuenta mejor: “Desde el 65 al 67. Fue una época estupenda. Es decir, una época que no era fácil porque no teníamos dinero, pero en cambio, una época muy buena, porque yo estaba escribiendo como un tren, que es lo mejor que le puede suceder a un escritor. Entonces cuando yo vi que Cien Años de Soledad venía y que no la paraba nadie, le dije a Mercedes, "tú te haces cargo de este asunto". Ella, por supuesto, no lo pensó dos veces. Es curioso que mis hijos, ahora, yo les pregunto por esta época y ellos me recuerdan como a un hombre que estaba encerrado en un cuarto, que no salía nunca...Y yo tenía la impresión de que era el ser humano más humano y más sociable del mundo. Y ahora me doy cuenta de que durante dieciocho meses no salí del cuarto. Pero yo recuerdo que salí una vez. Salí una vez cuando Mercedes me dijo que ya no había nada que hacer. Que ya había llegado al fondo. Entonces yo tenía un carro y lo llevé al Monte de Piedad y lo empeñé y le traje a Mercedes la plata y le dije, mira, aquí tienes como para diez años... Y duró tres meses. Y seguía escribiendo. Recuerdo que en mitad de camino el dueño de la casa llamó a Mercedes y le dijo, "señora, ustedes me deben tres meses de casa". Y Mercedes tapó el teléfono y me dijo, "¿cuánto tiempo te falta para terminar el libro?" y yo le dije, "como seis meses". Y entonces ella le dijo, "Mire, señor, no sólo le debemos tres meses, sino que le vamos a deber seis más". Y entonces el tipo le dijo, "¿y dentro de siete me pagan todo?" y dijo ella, "sí, todo" Y él respondió, "si usted me da su palabra, yo no tengo ningún inconveniente en esperarla". Y Mercedes tapó el teléfono y me dijo, "¿palabra?", y yo le dije, "mi palabra de honor". ¿Y tú sabes que a los siete meses fuimos y le pagamos todo? No por Cien Años de Soledad, porque yo terminé, y en un mes, traía tal perrenque en la mano, que me puse a trabajar después en publicidad y pudimos pagar todo eso. Pero cuando yo terminé Cien Años de Soledad, ya me había escrito la Editorial Suramericana y me había pedido... La Editorial Suramericana me escribió diciéndome que había leído todos mis libros y que tenían interés en reeditármelos. Y entonces yo les contesté diciéndoles que no podía porque tenía compromisos con otros editores. Pero en cambio, en septiembre terminaría un libro en el cual yo tenía mucha fe. Y que no tenía ningún inconveniente en dárselo a ellos. Y entonces ellos me dijeron que muy bien, que estaban de acuerdo, que contrataban ese libro. Lo contrataron y me mandaron con el contrato quinientos dólares de anticipo. Y el día que lo terminé nos fuimos al correo Mercedes y yo. Eran setecientas páginas. Entonces lo pesaron y dijeron que costaba ochenta y tres pesos, de México a la Argentina, y Mercedes me dijo, "no tenemos sino cuarenta y cinco". Le dije, "muy fácil", partí el libro por la mitad y le dije, "péseme este libro hasta cuarenta y cinco pesos". Pesaron hasta cuarenta y cinco: quitaban hojas como quien corta carne. Cuando llegó a cuarenta y cinco pesos agarré esas hojas, las envolví, las mandé y nos quedamos con el resto. Entonces nos fuimos a la casa y Mercedes sacó lo último que le faltaba por empeñar. Era el calentador que yo usaba para escribir. Porque yo puedo escribir en cualquier circunstancia, menos con frío. El secador que usaba para la cabeza y la batidora que había usado toda la vida para hacerles los jugos de frutas a los niños y ya los niños estaban creciendo y ya no la necesitaban. Se fue con eso al Monte de Piedad y le dieron unos cincuenta pesos.
El hecho es que volvimos con el resto de la novela al correo: la pesaron y dijeron, cuesta cuarenta y ocho pesos. Mercedes pagó sus cincuenta pesos, le dieron dos pesos y yo me di cuenta, cuando salimos del correo que estaba verde de encabronamiento y me dijo: "Ahora lo único que falta es que la hijueputa novela sea mala".
 Aquí mismo se le pregunta por sus anclajes y la respuesta de Gabo es bastante reveladora de su génesis creativa:
—Hablando de su obra, hay una frontera entre la realidad y la imaginación, o la creación. Y lo primero que se me ocurre preguntarle es sobre el hielo. ¿Hasta dónde esta imagen del hielo y cuándo comenzó su imaginación?
—Yo tengo la impresión de que, hasta el momento en que escribí Cien Años de Soledad, tuve la idea de empezar de algún modo un libro, un cuento, una novela, con este episodio del hielo. Más aún: el personaje del viejo que lleva al niño de la mano, es un personaje que se repite constantemente en mis libros. En La Hojarasca, que es mi primera novela, el principio es exactamente el de un niño que lo visten con un vestido de pana verde, que le aprieta un poco, que le aprieta en las piernas y lo llevan a ver un muerto. Que es exactamente la imagen que yo me acuerdo de mi abuelo que me llevaba a misa los domingos. Y yo siempre tuve la impresión de que estaba trampeando un poco, porque a través de todos mis libros, de mis cuentos, hay un viejo que lleva al niño y lo lleva a ver un muerto y lo lleva de paseo y lo lleva al cine... Mi abuelo me llevaba siempre al cine y yo tenía la impresión de que no había llegado exactamente a la almendra del problema, hasta cuando llegué a Cien Años de Soledad, donde lo lleva a conocer el hielo. Y era exactamente el punto donde yo había estado tratando de llegar desde que tenía, no sé, tenía... cuatro o cinco años. Creo que ni siquiera sabía hablar cuando conocí el hielo[1].
“Cuando empieza a circular Cien años de soledad aquel lunes 5 de junio (martes 6 de junio para el investigador Don Klein en otro libro necesario: Gabriel García Márquez, una bibliografía descriptiva) sólo faltaba una cosa, el plebiscito a favor de los lectores, y éste se produce más rápido de lo que nadie hubiera sospechado: a los 15 días se agota la primera edición. Poco importó que su aparición hubiera coincidido con la invasión de Israel a Egipto, un asunto bastante sensible para los argentinos, no sólo porque ese tipo de conflictos alborotaba, en plena Guerra Fría, los temores de una tercera conflagración mundial, sino también por la importancia de la colonia judía en Buenos Aires, una de las más grandes del mundo. Pudo más el naciente "realismo mágico": la gente acudía enfebrecida a comprar la novela del desconocido escritor colombiano que, según anunciaba la publicidad en un diario, hablaba de la selva, la guerra, las pasiones, la construcción de un mundo, la historia de Macondo desde su fundación hasta la muerte del último Buendía, y sólo costaba 650 pesos”.
Estos son los avatares de los momentos culminantes de su publicación. Gabo es uno de los pocos premios nobel, que seguirá publicando obras después de recibir el premio tan grandes como “Cien años de soledad”. Es necesario hablar de ellas también. En una entrada continuaremos con el análisis de la obra novela por novela.






domingo, 14 de mayo de 2017

LA MARíA DE JORGE ISAACC


Contrario a lo que algunos críticos aducen, existen excelentes trabajos y ensayos sobre esta novela romántica del siglo XIX, la más emblemática del  genero en el continente americano en los últimos dos siglos, después de ciento cincuenta años, sigue leyéndose con la misma avidez que en los mejores años de promoción y reconocimiento a finales del siglo XIX, recordemos que el autor conoció y disfrutó las mieles del éxito editorial en la época de su edición, algo excepcional para un escritor Colombiano.  Su éxito se fue consolidando en toda latinoamérica, en algunos países se publicó por entregas, al mejor estilo del folletín, ganando lectores de manera exponencial, hasta convertirse un icono de la literatura. El autor abrevó en lo mejor del romanticismo Francés, su influencia es indeleble y de ello cuentan varios trabajos que describen esta genealogía.
Moreno Duran en un prologo de una edición especial señaló estas influencias: “Cierto es que en 1788 Bernardín de Saint-Pierre había expresado la misma esperanza en el proemio de Paul et Virginie —esa "tramoya bucólica", como la llamara Willi Hardt—, aunque también lo es que la reacción larmoyante era mucho más comprensible en la época del escritor francés que ochenta años después, en un valle idílico de la América meridional. La cuestión radica en que, por encima de los tópicos y las costumbres, más allá de las escuelas literarias y los cambios históricos, los lectores de María lograron satisfacer con creces los deseos del anónimo albacea literario de Isaacs. Porque la anécdota del libro, pese a estar narrada en primera persona por Efraín, le llega al lector a través de un no identificado intermediario que no sólo edita el manuscrito, sino que también escribe unas breves líneas introductorias en cuyo apartado final hace suyos los deseos del propio autor. No debe sorprender el uso de este recurso, también utilizado por Saint-Pierre y, antes que éste, por Goethe en su Werther, libro a cuya atmósfera sentimental no permaneció indiferente ningún escritor de las diversas promociones románticas. ¿Qué es en realidad María? La crónica de una muerte anunciada, apoyada en una feliz confluencia de préstamos autobiográficos y sublimaciones culturales”. La historia de la “María” repite recursos y tópicos de algunas obras del romanticismo Europeo con una simetría que impacta: Los amores contrariados e imposibles, el alejamiento en que se ven inmersos los dos protagonistas, la enfermedad y muerte de uno de ellos, el regreso intempestivo, la descripción de los paisajes….estos paralelos han sido relevados en muchos estudios: “Fue precisamente este aspecto de la novela el que provocó una discrepancia entre los críticos: mientras que algunos afirmaban el parentesco entre María y Paul et Virginie*, otros lo negaban, basándose sobre todo en el 'escrutinio' de la biblioteca del principal protagonista Efraín . El estudio más válido en cuanto a su argumentación, que al seguir la investigación de las influencias (sobre todo de Átala de Chateaubriand) sobrepasa las limitaciones de la perspectiva unilateral, es el ensayo de Enrique Anderson Imbert, insuperado en este aspecto desde hace más de treinta. Su buen discípulo es McGrady, quien, siguiendo las premisas básicas del maestro argentino, ejemplifica con citas idóneas los paralelismos entre el prólogo, la línea general de composición y ciertos pormenores del argumento y de la técnica de Paul et Virginie y la obra colombiana”[1]. Carmen De Mora es más puntual al respecto: “La crítica ha venido reiterando la filiación literaria francesa de la novela de Isaacs desde que por primera vez José María Vergara y Vergara pusiera de manifiesto su semejanza con Atala de Chateaubriand y con otras novelas de su especie, como Pablo y Virginia, de Bernardin de Saint-Pierre, y Graziella y Rafael, de A. de Lamartine”. Está claro que es harto conocida la anatomía de sus influencias más fuertes.
He visto pocos estudios sobre lo que significó para el lector común de la época esta novela, el impacto en el lector común, se puede afirmar sin lugar a dudas, que fue nuestro primer éxito editorial en toda Latinoamérica, se vendió y publicó en todo el continente por fuera de cualquier predicción, el autor gozó del reconocimiento de sus lectores. Sería bueno saber cómo fueron los itinerarios e impactos en cada país, las influencias que la obra dejó, al final, se puede afirmar que este libro es la última expresión seria y rigurosa del periodo romántico  y por supuesto, la más emblemática. Ahora que volví a leerla,  compruebo de manera directa las virtudes de la novela, nos atrapa  desde el primer párrafo, es impresionante, se deja leer con absoluto encanto, esto es lo que hace a una obra perdurable por fuera de todos los estudios sobre su composición e influencias. Cualquier lector desprevenido, sin ninguna prevención crítica la disfruta, es un texto cautivante y la historia pese a ser tan conocida, empezamos el texto sabiendo el final, nos mantiene atentos a lo largo de toda su lectura, la descripción de los paisajes impacta, de los personajes, las tensiones sobre las cuales gravita, se mantienen a lo largo de todo el relato. Encontré en el trabajo de Carmen De Mora, un referente a este tópico: “Más que rastrear semejanzas y paralelismos con las obras Francesas me interesa descubrir la verdadera autenticidad de “Maria” dentro de los limites de una moda literaria definida por Albèrès como «el culto de la emoción bajo el ropaje de la virtud», que amanece en el siglo XVIII y recorre todo el siglo XIX. Conmover al lector es la llave de oro de esta literatura, por eso escribe Isaacs en el prólogo refiriéndose a las páginas de la novela: «Leedlas, pues, y si suspendéis la lectura para llorar, ese llanto me probará que la he cumplido fielmente», en este catálogo se incluye María, novela que, al menos en parte, conserva elementos pertenecientes a esta tradición: el amor de la primera juventud, la amada como mujer ideal espiritualizada y pura, la separación y el obstáculo que impiden la felicidad de los amantes, el aura de fatalismo y el amor truncado por la muerte”.
“Isaacs publicó en vida tres ediciones de María supervisadas por él. La primera se editó en Bogotá, en la imprenta de Gaitán, en 1867; la segunda, a cargo de don Fernando Pontón, en la imprenta de Medardo Rivas, Bogotá, 1869. Ignacio Rodríguez Guerrero propone que debe ser tenida como tercera edición de la novela la de Santiago de Chile, de 1877, en la imprenta de Gutenberg; sin embargo, figura como tercera edición de María, la de Medardo Rivas, de 1878. En esta edición Isaacs anunciaba una definitiva para 1891 con anotaciones, adiciones y correcciones. Ésta sólo aparecería muchos años más tarde, en 1922 (Bogotá, Camacho Roldan y Tamayo), y por haber sido manipulada no es en absoluto fiable”[2].
Borges fue un defensor de la “María”  no solo desmintió a los críticos, sino que dio un testimonio personal a favor de la obra como lector, aún se cita de manera insistente, este es un juicio emblemático por la calidad de quien viene, es  un lector fuera de serie, constituye el mejor elogio y la confirmación de la importancia de esta novela en el contexto de las letras hispanoamericanas.
Está escrita en primera persona: “Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras, establecido en Bogotá hacía pocos años, y famoso en toda la República por aquel tiempo.
En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a mi cuarto una de mis hermanas, y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz, cortó de mi cabeza unos cabellos: cuando salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas”[3]. Desde el principio nos conecta directamente con la tragedia romántica que recorrerá todo el texto, se anticipa el peso inefable del destino, de lo inevitable, pese a ello, está enmarcada de simbolismos e idealismos sobre la virtud, el amor, la lealtad, la familia, la amistad, la responsabilidad. Después de comenzarla es difícil dejar el libro a un lado, está es una de sus mayores cualidades. La historia responde a un orden signado a este propósito: “El ritmo autobiográfico, alterado o no, es uniforme y permite seguir la trayectoria de Efraín desde su niñez y sus estudios en la capital hasta su regreso a la casa paterna, donde se enamora de María. El paulatino empeoramiento de la salud de ésta y la evocación de la enfermedad de su madre no le dejan duda al lector sobre el destino de la heroína, sobre todo si se tiene en cuenta que tal situación aparece subrayada por la irrupción de una ave negra, cuyo súbito vuelo en la plenitud de la noche roza la frente de Efraín (C. XV). Muchos episodios se suceden a partir de este primer llamado de alerta: los preparativos del viaje de Efraín a Europa y la repercusión que los mismos tienen en el ánimo de María se ven compensados en un hábil juego de alternancias con la evocación del frívolo pasado del trío compuesto por Carlos, Emigdio y Efraín. Sus aventuras y una cierta picaresca rompen eficazmente el crescendo dramático de la situación principal, a lo que se suma la anécdota de la doble sesión cinegética: la cacería del tigre y la del venado, excelentes pretextos para insertar algunos cuadros realistas. La segunda irrupción del ave negra (C. XXXIV) confirma en la simultaneidad del registro la creciente desgracia: es ahora María quien ve el ave, aunque en el mismo instante Efraín contempla los estragos que una carta produce en el ánimo de su padre: la amenaza de la ruina total”[4]. Está novela, que junto a “La Vorágine”, “Cien años de soledad” constituyeron durante mucho tiempo el trípode que nos ha servido de eje para cualquier análisis histórico sobre la novela Colombiana, representa la entrada a la literatura mundial, el principio de la modernización de nuestra narrativa, que después con Silva en la poesía  adquirió la madurez que hoy nos permite tener un lugar importante en el contexto de las letras del mundo. No sólo con el nobel y el Boom, sino con una pléyade de escritores de una importancia indiscutible: Germán Espinosa, Fernando Vallejo, Juan Gabriel Vásquez, Álvaro Mutis, para sólo citar algunos.  Lo más importante, volver a leer “La María”, vibrar de nuevo con esta hermosa historia.








[1] María de Jorge Isaacs ante la crítica. Thesauros tomo XXXVIII, Número 3 ELZBIETA SKLODOWSKA
[2] Carmen De Mora. En torno a Maria de Jorge Isaacs. Biblioteca virtual. Miguel De Cervantes.


[3] Primeros párrafos de la novela “La Maria”.

[4] Carmen De Mora. En torno a Maria de Jorge Isaacs. Biblioteca virtual. Miguel De Cervantes.

sábado, 6 de mayo de 2017

LA BALADA DE CARSON MCCULLERS


Siempre que transcribo un articulo lo hago pensando en mis lectores, por razones de convicción, como en este caso, se desprende de la buena impresión y calidad de este texto aparecido en la revista “El cultural” de España que, frente al aniversario de esta excelente escritora empieza un acercamiento crítico de su obra y por su puesto de la excéntrica personalidad de la escritora.
RAFAEL NARBONA 
En vísperas del centenario de su nacimiento, Seix Barral recupera a Carson McCullers, una de las escritoras más fascinantes del gótico sureño. Rafael Narbona recorre su accidentada biografía aprovechando las reediciones de La balada del café triste y Reflejos de un ojo dorado.
¿Quién era Carson McCullers? ¿“Una perra”, como dijo Robert Walden, exigiendo a la posteridad que no la convirtiera en “un ángel”? ¿Una neurótica que oscilaba entre la ternura y la crueldad, la vulnerabilidad y la cólera? Sus bruscos cambios de humor no pasaban desapercibidos. “Carson era el ser más angelical del mundo, y al mismo tiempo el más infernal, el más odioso de los demonios”, afirmó Arnold Saint Subber. 


¿Quizás era una alcohólica con tendencias suicidas? Sus frecuentes borracheras alteraban su conciencia hasta conducirla a las puertas del deliro y en una ocasión intentó quitarse la vida, cortándose las venas. Mary Mercer nos dejó un testimonio que cuestiona esta visión: “Carson era justo lo opuesto a una persona suicida. Lo opuesto a una mujer quejumbrosa, autocompasiva”. ¿Qué sabemos realmente de ella? Carson McCullers nació el 19 de febrero de 1917 en Columbus, Georgia. Su nombre original era Lula Carson Smith. Su padre era un próspero joyero. Su madre era nieta de un rico hacendado que había despuntado por su heroísmo en el bando confederado. 


Carson era una chica del Sur, que estudió piano y creció en un ambiente refinado y decadente, donde se rendía culto a la belleza, la imaginación, el hedonismo y la molicie, despreciando los valores de las modernas sociedades industriales. A los quince años se le diagnosticó una neumonía, pero en realidad se trataba de una crisis de reumatismo articular. Durante su convalecencia, su padre le regaló una máquina de escribir. Por entonces, Carson ya se había revelado como una joven soñadora, rebelde y deliberadamente ambigua.

Aunque se desplazó a Nueva York a estudiar piano , acabó decantándose por la literatura, tras asistir a los cursos de escritura creativa de la Universidad de Columbia. En 1935, se enamora de Reeves McCullers, un joven con ambiciones literarias. Ambos comparten el anhelo de ser escritores, pero Reeves sólo es ingenioso y elocuente. Por el contrario, el talento de Carson se hace cada vez más evidente, despertando los celos y la frustración de su pareja.

Aunque las fiebres reumáticas reaparecen, los dolores no impiden que avance el manuscrito de El corazón es un cazador solitario, una novela que no se publicará hasta 1940. La obra narra la relación entre John Singer y Spiros Antonapoulous, dos sordomudos que viven en la Georgia de los años 30. Su turbulenta intimidad insinúa una pasión homosexual. El resto de los personajes también se definen por sus taras: una presunta lesbiana que toca el piano; un voyeur que bebe en exceso; un obrero violento y alcohólico; un afroamericano idealista que ejerce la medicina. Carson parece desafiar al Sur, exaltando a las figuras malditas y execradas. No sorprende que el Ku Klux Klan amenazara a la escritora. Su simpatía por los hombres y mujeres aquejados por graves patologías físicas o mentales muestra un indudable parentesco con el universo de Diane Arbus, la fotógrafa neoyorquina que escogió como modelos a enanos, gigantes, prostitutas, travestis y enajenados.

Su escritura poética y torrencial no procede de un trabajo minucioso, sino de iluminaciones que evocan los raptos poéticos de Lautréamont y Rimbaud: “Mi comprensión es solo fragmentaria. Comprendo a los personajes, pero la novela en sí permanece en un estado de indefinición. La clave aparece a veces como por azar, en esos instantes que nadie, menos el autor, puede comprender. Instantes que, en mi caso, se dan generalmente tras un gran esfuerzo. Revelaciones que son la bendición de mi trabajo. Toda mi obra se ha escrito así”.


En 1937, se casa con Reeves, pero no tardarán en separarse. Carson se muda a Brooklyn y comienza a relacionarse con artistas e intelectuales. Conoce a los hermanos Mann (Erika y Klaus) y a W. H. Auden. Su carácter inestable se refleja en su obsesión enfermiza por Djuna Barnes, Katherine Anne Porter y Annemarie Schwarzenbach, tres escritoras a las que admira y, a veces, acosa. Aún se especula si fueron sus amantes o sólo ensoñaciones románticas. Carson era una mitómana compulsiva, que ofrecía distintas versiones de un mismo hecho. Su tendencia a mentir no era una argucia para manipular a los otros, sino una forma de subversión contra la realidad, que casi siempre le resultaba mediocre, opresiva y decepcionante. 


En 1941 se publica Reflejos de un ojo dorado, una novela ambientada en una base militar del Sur de Estados Unidos. La estricta disciplina castrense sólo es el barniz de un hervidero de pasiones prohibidas. El capitán Penderton es un homosexual reprimido que se siente atraído por el soldado Williams. Williams es un voyeur que espía a Leonora, la esposa infiel de Penderton. Leonora es la amante del comandante Morris, cuya mujer -Alison- litiga con la enfermedad, ayudada por su criado Anacleto. El otro se perfila como un objeto que moviliza el deseo sin pretenderlo. El sexo no es una forma de placer o encuentro, sino una fuerza destructiva que suele desencadenar explosiones de violencia. Los personajes viven en el engaño y la culpa, sin esperar una liberación que les permita vivir sin inhibiciones ni mentiras. 


Durante la Segunda Guerra Mundial, Reeves fue movilizado. La experiencia de la separación reconcilia a la antigua pareja, que vuelve a casarse en 1945. Sin embargo, los dos caminan hacia la destrucción. Carson sufre varias apoplejías entre 1941 y 1947. Reeves la cuida con afecto, pero en 1953 se suicida en París, sin conseguir que Carson acepte morir a su lado. Dispuesta a luchar hasta el final, la escritora supera un cáncer de mama, pero su corazón se rinde en 1967, víctima de un infarto. No era su primera crisis cardíaca. 


Cuando muere, Carson lleva años conviviendo con una invalidez creciente. La silla de ruedas acabará sustituyendo al bastón que necesitaba para caminar desde hacía muchos años. ¿Quién era Carson McCullers? ¿La versión femenina de William Faulkner? ¿Otra de las damas del Sur que escribió con un estilo “gótico”, desplegando una estética muy parecida a la de Isak Dinesen? La influencia de McCullers es innegable en autores como Joyce Carol Oates, quizás su heredera más preclara. 


Creo que la respuesta definitiva hay que buscarla en una de sus obras, La balada del café triste, donde Amelia Evans, una mujer hombruna, terca y dominante, que suscita tanto odio como admiración y asombro, se enamora de su primo Lymon, un enano jorobado. Lymon se presenta inesperadamente en su casa y, tras la sorpresa inicial, Amelia le invita a la planta superior de su vivienda. Mientras ella sube los escalones de dos en dos, con una lámpara en la mano, “el jorobado la seguía saltando, tan pegado a ella que la luz vacilante formaba sobre la pared de la escalera una sola sombra, grande y extraña, de sus dos cuerpos”.

Grande, extraña y absurdamente enamorada. No se me ocurre una descripción mejor de Carson McCullers, una escritora de corta vida y breve obra, pero que permanece tan viva como nuestras pasiones más inconfesables.







martes, 2 de mayo de 2017

LAS RUTINAS COMPARTIDAS ( RELATO )

La vida está llena de rutinas, en apariencia sin ningún significado, se no va diluyendo en actos que pareciera no tienen importancia, pero  al final estos son los que más nos roban el tiempo, que es lo único que tenemos.  Las personas están marcadas por ellas y  la manera como las asumen, hacen parte de la huella indeleble que refleja de alguna manera, eso que llamamos personalidad, pocos hablan de estos hechos consuetudinarios de la vida personal. Ana, tenía una manera especial de llenar sus días, con un orden impecable que ahora en su cumpleaños recordé con una mezcla de alegría y nostalgia, en ese claro-oscuro con el que vivo después de su imprevisible partida.
despertaba muy temprano y prendía el radio de inmediato, fue una mujer actualizada en exceso,presente en el mundo, las noticias para ella eran como el pan de cada día, las oía, las leía, las comentaba e incluso, peleaba con los protagonistas de turno, era una interlocutora que sentía el mundo con absoluto compromiso y responsabilidad. Leía la prensa indefectiblemente en las mañanas, la ojeaba apenas se levantaba, situaciones que nunca le impidieron estar pendiente de las obligaciones con sus hijos que fueron su razón de ser.  El internet constituyó un sol para su curiosidad infinita y su manera de ser y la lectura fue siempre su eterna compañera. 
Todos tenemos una bitácora de nuestras rutinas, una forma especial de empezar el día, es un programa que vamos incorporando en la memoria, esto lo heredamos de nuestros padres y poco a poco le vamos incorporando cosas nuevas, se va haciendo una manera de encarar el día y la vida, con el tiempo, eso que pareciera que no tiene trascendencia, casi nadie habla de estos hechos nimios, se va volviendo de suma importancia, carga a la vida de sentido desde la perspectiva del tiempo. Muchas veces me pregunte como eran las rutinas de los grandes escritores, como encaraba la vida un hombre como, Gabriel García Marquéz, Borges, Balzac o un científico como Einstein, cual es el primer acto y pensamiento del presidente de Colombia en medio de tantas realidades que lo atribulan. Ana,  a las siete y media de la mañana de todos los días, estaba siempre arreglada, impecable,  como si fuera a cumplir un horario de oficina, pese a que la mayoría de veces estaba sólo pendiente de sus hijos, de su casa, lo mismo sucedía cuando encaraba tareas que tenían que ver con sus proyectos personales. Nunca vi a mi esposa por fuera de esta línea, desayunaba a una hora exacta, se arreglaba con celo y orden, mientras se iba enterando de lo que pasaba en su país y el mundo, comentaba, organizaba el día, fue una mujer cumplida en exceso, empezaba con todo el cronograma que se había impuesto de acuerdo.  En apariencia  una rutina es un hábito arraigado, una costumbre de hacer las cosas siempre de la misma manera llevados por la práctica, una forma automática de pasar el tiempo sin razonar ni pensar.  Pienso que la sumatoria de nuestras rutinas hace parte del sentido de transcendencia que le damos a la vida, aquello que nos conmueve en la vida, cuando no tenemos un proyecto que nos apasiona, la rutina se hace insustancial, cuando existe un motivo, un motor que nos alienta, estas cotidianidades adquieren mucha importancia.  Emanuel Kant, un filósofo que es recordado no solo por la importancia de su obra, ahora todos son Kantianos, sino por el hecho que nunca salió de Königsberg, en la Prusia oriental, fue el individuo de hábitos más fijos y ordenados que uno se pueda imaginar, sus horarios eran exactos y repetitivos, pasaba a la misma hora por el mismo sitio, todos los días de su vida. Sin embargo, la obra que escribió es profun­damente revolucionaria. En la historia del pensamiento hay un antes y un después de Kant, Kant fue un gran ilustrado. Perteneció al Siglo de las Luces, el siglo XVIII, y él mismo se preguntó y estudió qué podía querer de­cir ser ilustrado. «La minoría de edad —escribe Kant— estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad, cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración.
En algún texto de filosofía leí que  La figura del "sujeto" es, en consecuencia, una "metáfora" y una "interpretación" determinadas por las relaciones sociales, yo agregaría que por sus propias rutinas. Ana, quien dejó unos hijos con un sentido de responsabilidad y respeto  absoluto, que ven la vida con optimismo, que saben que solo dependen de lo que ellos realicen, ahora que sienten el peso de su ausencia, las consecuencias de lo irremplazable, se deben a su ejemplo, siento que fueron tomando no solo  los grandes consejos de su madre, sino como testigos de sus días,  en estas rutinas, asumiendo la vida de una manera que implicaba la trascendencia de una ética que se fue imponiendo, ellos, se fueron llenando de sentido, aprendieron al final en el marco de estas rutinas. Ella sabía que somos lo que dejamos en el día día. Aní cumplía a cabalidad con su bitácora, almorzaba exactamente a las doce del día, nunca hizo siesta, en la tarde leía mucho y veía algún programa de televisión, a las seis y media en punto comía y a las siete estaba en su cama con sus hijos intercambiando ideas. Siempre les ayudó en sus tareas, les impuso un horario signado al cumplimiento de sus responsabilidades. En medio de estas rutinas iba aplicando sus sentencias, odiaba que alguien mintiera, no aceptaba la deslealtad, fue un ser político en esencia, quiero decir que nunca abandonó sus responsabilidades como ciudadana, pensó y sufrió su país. Amo su hogar como nadie y lo defendió contra viento y marea, sus hijos fueron la razón de ser de sus últimos años.
En el último año, cuando la opacidad se nos vino encima con los hechos más dolorosos que aún marcan nuestras vidas, un hecho me dejo ver lo grave de su situación de salud, supe que Ana estaba enferma, cuando comenzó a abandonar sus rutinas, cuando la enfermedad le fue ganando a la vida las pequeñas cosas, cuando ya no se levantó a la misma hora, el dolor le fue robando sus horas y de pronto todo aquello que constituía su esencia, se fue perdiendo con un celeridad lacerante. Ahí queda el recuerdo de los días que marcaron su existencia, nunca se irán de nuestra mente, están presente en cada cosa que hacemos. Ana nunca ha dejado de estar en este hogar, siempre nos acompaña.