Vaca Muerta, enorme yacimiento petrolero ubicado en Neuquén, al suroeste de Argentina, y que para algunos supone la mayor esperanza para salir de la crisis.
El último día de 1999, pocas horas antes de finalizar el año, Juan Gutiérrez, un joven argentino de veintisiete años, soltero, sin hijos, buen jugador de fútbol, comió, salió a la calle, dobló la esquina y, a plena luz del día, a las siete y cuarto de la mañana, se ahorcó de un cable de la luz. «Esa noche, a las doce en punto, estalló el fin del milenio y en Las Heras hubo fiestas», escribe Leila Guerriero en Los suicidas del fin del mundo. «Nadie suspendió los encuentros, las comidas, el brindis de la medianoche.» Los vecinos ya estaban acostumbrados a que los jóvenes de ese remoto lugar de Argentina se suicidaran.
Las Heras es un pueblo del norte de Santa Cruz que resultó encontrarse a las orillas de uno de los yacimientos de petróleo más importantes de la Patagonia, al que muchísimos habitantes de Salta, Formosa o Catamarca llegaron buscando fortuna y futuro. Después de varios años de prosperidad petrolera, comenzó el proceso de privatización de los yacimientos en manos de la multinacional Repsol y ese paraíso artificial empezó a tener algunas fallas, hasta que llegó el desempleo y la decadencia: Las Heras terminó siendo un pueblo maldito. Como en Comala de Pedro Páramo, donde todos están muertos pero nadie lo dice, o en Santa María de Juan Carlos Onetti, el pueblo donde las cosas se pudren lentamente, o el también rulfiano San Juan Luvina, azotado por el viento y el abandono. Hay lugares en los que es mejor no vivir.
¿Son los lugares los que marcan a las personas o son las personas las que marcan los lugares que habitan?
El sociólogo alemán Georg Simmel afirmó en el siglo XIX que la ciudad moderna, saturada de estímulos, genera individuos defensivos, fríos, calculadores y distantes, que no se sorprenden ante nada y que padecen de una sensibilidad atrofiada. Algo similar afirmaría el sociólogo Loïc Wacquant cien años más tarde: en los barrios más degradados no solo se concentra la pobreza, sino que también se interiorizan los estigmas que la sociedad produce sobre ellos, hasta el punto de que sus habitantes se perciben a sí mismos como descartables. El lugar en el que naces y creces, dicen ambos sociólogos, articula la forma como te piensas a ti mismo.
El suicidio de Juan Gutiérrez el último día del 1999 era un suicidio más, otra muerte normalizada por ese pueblo entristecido, sumido en una decadencia implacable. Leila Guerriero descubrió este fenómeno por una noticia del año 2001, que anunciaba la aplicación de un programa de Unicef en el interior de Argentina, en una localidad donde se habían suicidado veintidós jóvenes en menos de tres años. «En este pueblo pasan cosas raras», le dijo un chico a Guerriero nada más llegar, «es todo por culpa de los indios enterrados que andan por ahí. Hay muchos indios enterrados acá.»
Pero más allá del pensamiento mágico existen los hechos: el ocaso de la tierra, la caída de sus vecinos, la privatización de los yacimientos, el desempleo insalvable, la pobreza implacable, y la afirmación del «no future» convertida en lema de vida. ¿Quién querría vivir allí? ¿Quién podría pensar que su vida, en ese trozo de tierra maldito, tenía sentido?.
Los suicidas del fin del mundo de Leila Guerriero se ha consagrado como la crónica maestra del periodismo latinoamericano. Publicada originalmente en 2005, se trata de una investigación ejemplar que se hunde en las profundidades de la pérdida, el dolor y la marginalidad en un pueblo que podría contar la historia de tantos otros, y lo convierte en literatura.
Novedades
De la semana
«Panorama de narrativas» arranca el año con Missitalia, la nueva novela de Claudia Durastanti. Tras el éxito internacional de La extranjera, la autora vuelve con un tríptico magistral de figuras femeninas que se rebelan contra la historia y sus destinos impuestos. Un relato visionario que combina western, espionaje y ciencia ficción.
Le sigue Cruz del Sur, de Claudio Magris, un libro sobrecogedor que nos habla de los límites de la experiencia humana a partir de las historias de tres personajes que decidieron marcharse al fin del mundo para huir de sí mismos. Ambas traducciones son de Pilar González Rodríguez.
En «Narrativas hispánicas» recuperamos Los suicidas del fin del mundo, el primer libro de Leila Guerriero y crónica maestra del periodismo latinoamericano y a la que hemos dedicado esta newsletter. Con precisión y sensibilidad, la autora de La llamada se adentra en la investigación de una serie de suicidios que sacudió a un pueblo de la Patagonia entre 1997 y 1999.
Continuamos con Las jefas, de Esther García Llovet, una comedia feroz y adictiva en la que tres mujeres y un manitas orbitan en torno a un resort en la Costa Blanca, donde el lujo kitsch, los caprichos imposibles y un caballo blanco desencadenan una odisea sentimental y criminal.
«Argumentos» trae Los comienzos, de Claire Marin, traducido por Álex Gibert. Un ensayo brillante (al que le dedicamos esta newsletter) a medio camino entre la filosofía y la literatura, que explora las incertidumbres, perplejidades y esperanzas que se entrecruzan en los momentos clave que reconfiguran el sentido de nuestras vidas.
En «Nuevos cuadernos Anagrama», Óscar Martínez, jefe de redacción del periódico digital El Faro, firma desde el exilio Bukele, el rey desnudo, un contundente e informado perfil de Nayib Bukele, el líder autoritario de El Salvador.
«La Bella Varsovia» publica Al 2040, de Jorie Graham, probablemente la voz más importante de la poesía norteamericana actual. Narrado por alguien que reflexiona sobre su mortalidad, este libro nos invita a sentarnos en silencio y escuchar la respiración del suelo. La traducción es de Rubén Martín.
Para acabar, lanzamos el audiolibro La ley del menor, de Ian McEwan, traducido por Jaime Zulaika y narrado por Neus Sendra. Una novela cautivadora que habla del lugar donde justicia y fe se encuentran y se repelen; de la búsqueda de sentido, de asideros, y de lo que sucede cuando estos se nos escapan de las manos.
Pildoras
Para estar día
Escribir para conocer
Cuando Leila Guerriero decidió ir a Las Heras, conocía poco su historia. De hecho, llegó al pueblo a través de un comunicado del año 2001, algunos números de teléfono, un pasaje de avión de regreso a Buenos Aires y un puñado de nombres de los que no sabía nada. En el comunicado, se leía que veintidós jóvenes de entre dieciocho y veintiocho años se habían quitado la vida. Como Guerriero, otros escritores hicieron de la escritura una metodología de investigación y una forma de conocimiento: Truman Capote no conocía el asesinato de la familia Clutter hasta que leyó una nota breve en el periódico; Laurent Binet no sabía casi nada sobre la operación Antropoide antes de escribir HHhH; Colson Whitehead investigó en profundidad la red de solidaridad afroamericana de El ferrocarril subterráneo durante el proceso de escritura. En todos estos casos, la duda catalizó la escritura, y, la escritura, una suerte de descubrimiento.
Leila Guerriero © Ana Rodado.
La urbanopatía
En agosto del 2024, Anatxu Zabalbeascoa publicó un artículo en El País titulado «Leila Guerriero y la urbanopatía», en el que citaba al psicólogo José Covalschi, que entiende la urbanopatía como una ecoenfermedad que se da cuando una persona pierde el impulso vital. «Aparece cuando alguien se siente sin nadie en quien confiar. También cuando la exigencia hiperproductiva no deja espacio para el descanso. Y, seguramente, cuando no se puede vivir una vida significativa que aporte al bien común.» Guerriero lo expone sin ambages: «Es un sistema jodido que te deja expuesto, sin posibilidad de sostén. Hay un vacío, un dolor, y no hay sentido». ¿Qué es lo que se lo da a una vida? ¿Cómo sostenerla sin ello?
Panorama de conjunto rupestre de Río Pinturas, provincia de Santa Cruz, Argentina © Marianocecowski.
Carlota Gurt, ganadora del 11º Premi Llibres Anagrama de Novel·la
Estamos de celebración. El pasado lunes, Carlota Gurt ganó el 11.º Premi Llibres Anagrama de Novel·la con su nueva obra, Els erms. Escrita con una prosa desenfadada, atravesada por destellos de crítica y humor, la novela celebra el poder de la fabulación como motor no solo del relato, sino también de una alegría salvaje y contagiosa. Els erms llegará a las librerías el 25 de marzo y, en octubre, publicaremos su traducción al
No hay comentarios:
Publicar un comentario