Néstor Enrique Álvarez
vivió sus últimos años en una plenitud envidiable, tenía una paz sin ningún peso
de conciencia, como ciertos personajes de Onetti, en una especie de ingravidez
frente a todo lo que le atormenta al común de los mortales, su visión del mundo
estaba lejos de esta sociedad llena de banalidades, más bien vivía angustiado
por las cosas más sencillas, que resultaban de suma trascendencia para su
existencia, al final fueron las más importantes de su vida. Algunas veces se
puede definir un valor desde la óptica de una experiencia personal. Eso me pasa
cuando pienso en Néstor en relación con la
amistad.
Néstor fue un artista a
carta cabal. El taller en su apartamento constituía el centro de sus
actividades, desde ahí construía su mundo: Una mesa pequeña, como para un
enano, unas herramientas simples que no puedo describir por mi absoluta ignorancia en la
materia, las cuales manejaba con mucho respeto
y solemnidad, un taladro que cuidaba con un esmero cercano a la paranoia y por
su puesto mucha imaginación. Desde ahí creaba cosas, partía de una óptica personal y simbólica del mundo,especial, de
liliputiense, elaboraba figuras pequeñas
con mucha precisión, con una estética centrada en el detalle, las que vendía a
un mercado local que no las valoraba siempre, esto lo irritaba, pero al
final terminó teniendo una clientela cautiva que lo seguía en las pequeñas ferias.
Su trabajo era una especie de nostalgia, le recordaba con orgullo las maquetas
que algún día elaboró como estudiante de arquitectura, fue un estudiante
aventajado, era una añoranza y cuando se le indagaba
por estos años se llenaba de orgullo y empezaba unos cuentos de nunca acabar. Las
figuras representaban el mundo cotidiano, las profesiones, los escudos de
fútbol, todo cuando creía importante para la gente. Se sentaba en una silla a
eso de las diez AM, muy cercano al balcón, con su camisilla blanca, un pelo
abundante, negro, alborotado, parecía un Italiano, desde allí empezaba a elaborar
sus figuras con una paciencia de relojero infinita, siempre escuchando radio o
aprovechando las ventajas de la tecnología que poco a poco le fue atrapando y
le permitía traer la música de sus preferencias. Su pasión fue el deporte.
Estaba sobre-informado, vivía y sufría con el futbol y el ciclismo. Fue hincha
acérrimo del club los millonarios y fans de la selección Colombia. Conocía la
historia de los mundiales, se anticipaba a ellos con nominas, pronósticos,
alineaciones, emitiendo conceptos con una sabiduría envidiable, asumiendo en
este tópico posiciones radicales, solía armarse batallas infernales contra los comentaristas
de turno de la radio, contra el pesimismo de la gente, tenía un concepto
arraigado de las virtudes de los jugadores nuestros, su positivismo frente a la
selección no cedía con las tragedia de los resultados adversos, pensaba que no
valorábamos nuestro fútbol, que siempre estábamos equivocados. Durante los tres
años de las eliminatorias a los mundiales de fútbol acompañaba la selección con una
devoción de militante inclasificable. La pasión por el ciclismo superaba todo
lo visto, le producía ansiedades, antes de iniciar una carrera empezaba
augurar la suerte de nuestros ciclistas. Era un acérrimo creyente de Nairo
Quintana, estaba esperando el tour de Francia convencido de que este año lo
ganaría, de hecho esto le debió acelerar mucho su corazón.
Compartí muchos años con Néstor
una vecindad que nos permitió construir una amistad entre las vicisitudes propias
de este tipo de situaciones, en esa cotidianidad que ve pasar los días
implacablemente y que se sostiene en la fe de nuestros proyectos, vimos como se
nos fueron diluyendo entre urgencias y aplazamientos, desde este espacio
tuvimos infinidad de momentos, unos muy buenos, otros no tanto, todos de mucha recordación,
inolvidables para mí y para mis hijos. Vivíamos en un conjunto de Villamaría,
Caldas, Colombia, eran mis primeros días de convivencia con mi esposa Ana
Isabel, que era su sobrina. Encontré en Néstor esa mano amiga que me supo escuchar y aconsejar sin las típicas intromisiones
que se dan en algunos lazos familiares. Siempre sabía guardar las distancias,
fue muy sabio para darme consejos, y nunca hubo imposición en sus palabras,
seducía, pues siempre me ponía a escoger, usted verá, terminaba diciendo.
Néstor tuvo muchos problemas para adaptarse a
la vida productiva, era un hombre de un genio parejo y de posiciones radicales, no siempre terminaba bien en este campo. Su vida, en todo caso,
la fue resolviendo desde una honradez impecable y con una ética sin tacha. El
logro más grande de su vida: sus hijas, dos mujeres responsables en exceso,
alegres, con un orden que asusta, humanas y claras, saben que la
vida se maneja con cuatro o cinco cosas a las que nunca debemos renunciar. Fue
un hombre celoso al extremo, con ellas radical, parecía una monja de claustro,
quiso alejar a sus hijas de cualquier relación amorosa, el miedo partía de la
convicción alimentada de su propia experiencia, no confiaba en el género
masculino, sabía de sus imposturas y creía que una urna de cristal las salvaría
de tanto engaño, sus posiciones radicales las sostenía con argumentos que nunca
fueron convincentes. Al final fue vencido por la vida, las hijas, en una tarea de
mucho tiempo, le quitaron los miedos y lograron que aceptara que los hijos son
prestados y que el mundo es ancho y ajeno. Hablábamos mucho de estas
situaciones y pensé que al respecto me atendía, pues no soportaba mis
concepciones cercanas al libertinaje, le decía Néstor, escúcheme, algún día van a crecer y se van a enamorar,
usted cree que van a tener niños por correo…se reía a desparpajo, me aceptaba
aparentemente e iba de inmediato y les decía: No pueden salir...no cambiaba en
su posición radical, era un cancerbero,
fue un defensor de ese par de mujeres
bellas y ahora pienso que mucho quedó en su formación entre tantas
posturas implacables.
Cuando había mucha crisis, terminábamos
buscándonos. Su relación con su padre fue
muy conflictiva, cuando se le presentaban diferencias irreconciliables, solíamos caminar mucho. Su paso era corto,
pero ligero, en medio de estas caminatas
resolvíamos las situaciones, siempre aplicando el principio que lo fácil es lo difícil,
tratando de asumir la vida asumiendo absoluta sinceridad, sin atajos. Con Néstor
las charlas no tenían ninguna falsedad, nos conocíamos totalmente y nos guardamos
secretos que nunca traicionamos. Pocas veces se encuentran amigos en los que no
hay dobleces, donde se charla sin velos, sin encubrimientos. Néstor fue uno de ellos. Nadie sabe que
hablábamos por teléfono seguido, en conversaciones cortas, preguntaba por mi
bienestar y siempre, nunca bajo la guardia, estaba pendiente de Ana Isabel, averiguaba por
ella, puedo decir, que fue un hombre atento a
mi hogar y mis hijos.
Luz Dary su esposa y
compañera de toda la vida, fue otro centro para su vida, ella fue la persona
que lo supo comprender y llevar con la misma paciencia de relojero que Néstor construía
sus piezas. Ayer en la ceremonia de
despedida la vi mirando el féretro, tratando de asimilar la partida de su
esposo, puedo decir sin temor a equivocarme, que este hombre lo fue todo para
su vida, lo amó con una pasión y devoción absoluta, desbordada, lo admiró y ponderó, le
aguantó sus errores sin predicarlo, cediendo en la mayoría de las veces,
convencida que al final las cosas saldrían bien y así se lo demostró la vida,
pues sus últimos años la buena marcha de todas las cosas le permitió tener una
convivencia llena de felicidad y paz. Sus rutinas en esa convivencia eran
hermosas, había un conocimiento de los caprichos por igual, que se traducía en
los pequeños detalles. Cada uno sabía del mundo del otro, de sus virtudes y sus
defectos. Decía, este es el pocillo de Néstor, esta es la cuchara que le gusta,
a él no le gusta que le sirvan de esta manera...ella tenía la radiografía de su
espacios centímetro a centímetro y cada minuto de su rutina estaba sobre-diagnosticada
por un conocimiento nacido de las estrategias que uno se arma para tener una
convivencia feliz, sin resentimiento alguno. Néstor decía que el mejor tinto
del mundo era el suyo, cortaba las cebollas muy pequeñas y hacía el hogado para los frijoles con una
devoción y pasión que nos llenaba de entusiasmo, cocinar con él era una fiesta,
pero siempre respetando sus formulas, pues solía ponerse irascible cuando nos salíamos
de su orden. Compartimos muchos almuerzos, partidos de futbol, silencios, en
una complicidad tacita, alegre en ocasiones, triste en otras, eran rutinas que servían como refugios, comprendimos muy tarde y con
cierta impotencia, que el mundo no cambia y tenemos muy poco control de nuestra
suerte, estábamos como arrojados al vaivén de los acontecimientos, decía. Néstor
tuvo un amor muy grande por los animales y especialmente por su perro. Desde
hacía pocos días estaba dedicado a salvaguardar un perro de la calle en el
parque de Villamaría. Iba y lo cuidaba todos los días con una religiosidad
compasiva. El día que se nos fue tenía un compromiso para desparasitarlo. No sé
qué pasaría con él perrito, pero tengo la convicción que Néstor tenía un responsabilidad irrenunciable con este ser. Este era mi amigo que amplía el ámbito de mis
soledades y el cual no escucharé, ni veré más. Como me duele su partida…………………………..
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