jueves, 12 de febrero de 2026

QUERIDAS LECTORAS QUERIDOS LECTORES(ANAGRAMA 6 DE FEBREO 2026)

 


Años más tarde de que Clarice Lispector se irritara por la comparación con Virginia Woolf que un crítico hizo de ella, la autora insistía en ese símil que consideraba odioso: «No me gusta cuando dicen que tengo una afinidad con Virginia Woolf (por cierto, no la leí hasta después de escribir mi primer libro): es que no quiero perdonarla por haberse suicidado. El terrible deber es el de llegar hasta el final».

Virginia Woolf se suicidó el 28 de marzo de 1941. Se adentró en el río Ouse con los bolsillos del abrigo llenos de piedras. En Reliquia, el nuevo libro de Pol Guasch, que publicamos en catalán y castellano, con traducción de Unai Velasco, el autor lo cuenta así: «Tenía cincuenta y nueve años. La encontraron semanas después. Su marido, Leonard, decidió incinerarla y enterrar sus cenizas bajo un árbol en Rodmell. A él le dedicó las últimas palabras, en una carta que escribió a mano, temblorosa, como pudo.»

No es para menos que esa nota haya pasado a la historia como una de las despedidas más bellas que podemos recordar. En ella escribe: «Estoy segura de que me vuelvo loca otra vez. Siento que no podemos pasar por otro de esos momentos terribles. Y que esta vez no me recuperaré. Empiezo a oír voces, y no me puedo concentrar. Así que hago lo que me parece que es lo mejor que puedo hacer».

                Leonard y Virginia Woolf.


 Eso es lo que Clarice Lispector nunca perdonó: que en esa misma carta de despedida, Woolf le dijera a Leonard «no creo que dos personas hayan podido ser más felices», tampoco que rompiera la promesa que le hizo a su colega E. M. Forster de cenar a final de mes, y que se entregara al caudaloso río Ouse para no regresar jamás.

Lispector no perdonaba el abandono. O puede que lo que no perdonase fuera la retirada, la rendición. Miraba la muerte con cierta superioridad: «No llores a los muertos: ellos saben lo que hacen», dijo una vez. Escribir era la única forma que tenía de sentirse viva. Puede que, para ella, el suicidio de Woolf fuera una suerte de espejo en el que veía reflejados sus miedos: la locura, la capitulación, el olvido... Fuere como fuere, el juicio de la escritora brasileña denota una verdad reluciente: que no es fácil comprender las decisiones de los demás; ni tampoco sus huidas, que se convierten, para los que se quedan, en abandonos.



  • Aftersun

La celebrada película de Charlotte Wells, Aftersun, persigue a dos personajes a lo largo de un viaje final: el de un padre y una hija durante un verano por la costa turca. Ella regresará. Él, no. Se sugiere la posibilidad del suicidio como la causa de ese imposible retorno. No hay palabras para comprender qué ocurre en la cabeza del padre: la hija lo mira atónita, sin entender los mecanismos de su pensamiento. Puede tratarse de una tremenda melancolía o depresión, de un dolor indescriptible, un desarraigo existencial, da igual: no hay palabras para eso. Solo la poética del film puede capturar aquello que se escapa de cualquier discurso médico o sociológico. Es el dolor de alguien que no encuentra lugar en el mundo. 

En una escena, la hija descubre a su padre, que intenta aligerar su dolor practicando un arte marcial. Ocurre lo mismo en Reliquia, donde el autor, volviendo a los años de su infancia, descubre a su padre en el jardín practicando jiu-jitsu. Huidas parecidas para un sufrimiento compartido y una misma estrategia: hacer del arte, sea cine o literatura, la forma para nombrar lo que no tiene nombre.



  • Lo que no tiene nombre

Piedad Bonnett escribió un libro titulado Lo que no tiene nombre en el que repasaba la muerte por suicidio de su hijo Daniel. Unos años más tarde, se encontraría con la poeta Chantal Maillard en el Festival de Poesía Irreconciliables para compartir una velada de homenaje: ambas fueron madres de hijos que se llamaron Daniel y ambas les sobrevivieron después de que se suicidaran de la misma forma en el mismo mes. De ese encuentro poético, sobrio y litúrgico surgió el libro Daniel, escrito a cuatro manos, que empieza con esta dedicatoria: «Contra el tabú. Por esa libertad. Por el coraje del suicida. Como homenaje».


           Chantal Maillard y Piedad Bonnett, en el recital del Festival de Poesía Irreconciliables, 2018.




Conmover, irritar, sacudir las cosas

«La historia contemporánea se puede escribir en prosa, pero suena más bien a poesía apocalíptica. Vivimos anticipando una catástrofe que nunca llega a materializarse del todo y, sin embargo, nos destruye.»

Os invitamos a leer este lúcido texto, escrito por Patricio Pron, que amplía las posibilidades de su última novela, En todo hay una grieta y por ella entra la luz, ya en librerías.

https://www.anagrama-ed.es/noticias/general/conmover-irritar-sacudir-las-cosas-1592

La euforia de notar

«Mi novia ve cosas que yo no veo. [...] Su ojo selecciona elementos que merece la pena notar, y en numerosas ocasiones modifica el elemento a la hora de hacerlo.»

Ya está disponible el segundo artículo de la columna de Kiko Amat en Fuera de página, en el que reflexiona sobre el superpoder del escritor: estar siempre atento a los detalles que convierten la realidad en narrativa.






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