HOY
ESCRIBE
MARGARITA GARCÍA ROBAYO
Algunos de estos textos fueron encargos de revistas literarias. Para mí un encargo es un anzuelo que muerdo todas y cada una de las veces. Te dan un marco –como decir una bolsa– y tú pones tus pertenencias adentro. Sospecho que, también, me resultaba conveniente desligarme de la génesis de aquello que escribía y, ante cualquier planteo posterior, sacudirme las manos: esto no se me ocurrió a mí, esto me lo pidieron y además me lo pagaron (el dinero, en este oficio magro, es un argumento difícil de impugnar).
Lo que quiero decir es que los textos de Primera persona son de fechas y latitudes tan distintas que nunca hubo un criterio unificador que me llevara a concluir: acá hay una serpentina de hermanitos, vamos a buscarles un hogar. Y, sin embargo, la sensación que tuve al leerlos en conjunto fue que, más allá de la premisa de turno, eran partes de un ecosistema que juntaba todo aquello capaz de generar la más grandiosa ambivalencia (madre, padre, hijos, patria y otras pequeñeces existenciales).
En el acuario Mundo Marino © Margarita García Robayo.Pero como mis puntadas no son de araña, me cuesta mucho pensar en estos textos como «autobiográficos». Si bien parten de una experiencia cercana, fueron escritos casi en el momento mismo en el que la estaba transitando. ¿Pero son reales? Prefiero pensar que son vitales. Por eso carecen de esa dimensión tan propia de la autobiografía, que es la del aprendizaje que deviene tras un camino recorrido.
Los textos de Primera persona no dicen «esto me pasó y ahora miro hacia atrás y lo cuento con el glaseado de condescendencia que se ejerce desde el futuro». Los textos de Primera persona podrían decir: «Esto me está pasando ahora mismo a mí, pero en la medida que te lo cuento también te está pasando a ti». Porque su mayor aspiración es que esa voz gramatical que los impulsa, la primera persona del singular (yo), se convierta en una primera persona del plural (nosotros). Lo que más me gusta de haberlos vivido/escrito es no haber acuñado moralejas. Porque una moraleja no se puede acompañar, pero una búsqueda sí. Llevo tiempo cosiendo estos retazos, he recibido mucho de vuelta. No solo me siento cada vez más acompañada, sino que hay días en que me olvido quién dio la primera puntada. Y me ilusiona adivinar quién dará las siguientes.
UN ATISBO
DE SUS INFLUENCIAS
Milo, el perro invitado
Este es Milo, un perro invitado que mis hijos y yo cuidamos en ausencia de su dueño que se fue de viaje y nos dejó una suerte de manual de instrucciones, tipo Montessori, sobre cómo cuidarlo. Es mimoso como un niño mimoso. Hay algo de esa responsabilidad impostergable (cuidar algo vivo) que me resulta esencial para sobrellevar la vida, grata o ingrata, como venga. Cuando lo trajo, el dueño me dijo: «Con el agua tiene un trauma». Mientras lo decía le acarició el lomo y lo supe: es un perro needy, me dará trabajo. Me quedé pensando en las lecturas filosóficas sobre el concepto de la identidad que me he clavado en la vida. Muchas. Dispersas. Fútiles. Todo para concluir que somos todo lo malo que nos pasó de chicos.
Milo © Margarita García Robayo.
Me he pasado la vida tratando de asignarle al mar algún rol fundante en mi constante ir y volver. Me he pasado horas mirando olas que se abocan a la orilla, voraces, para luego alejarse, dejando como único rastro su baba furiosa. Cuánta necedad, como si la geografía fuera algo más que una marca imaginaria en la tierra, una línea que se cierra y nos contiene bajo la premisa falsa de pertenecer. Quizá sea eso: que cualquier trazo en la tierra, aunque sea imaginario, se borra cuando toca el agua. La proximidad del mar es garantía de márgenes inconclusos, abiertos frente a la inmensidad, y de elementos expectantes ante un horizonte lleno de promesas. | ||||
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