jueves, 30 de abril de 2026

MEMORIA Y ALEGATO DE ENRIQUE KRAUZE (RAFAEL ROJAS)

 He decidido tomar la presente reseña de la revista creada por el hijo de Gabriel García Márquez , Rodrigo y Felipe Restrepo, "Revista ideal" no solo por la calidad del texto y la reseña de Rafael Rojas, sino por la importancia de Enrique Krauze como escritor y novelista. Es indudable que la lectura del artículo incita a la lectura del libro. Espero mis lectores disfruten el texto. CESAR H BUSTAMANTE.

Spinoza en el parque México', de Enrique Krauze, no desentona en ese célebre legado, el de la memoria como tributo, no como venganza. Un libro que es una memoria y también un alegato, que opta por la forma del diálogo.


No responde el arte de la memoria a una escritura cortés o necesariamente conciliadora. Algunos clásicos del género, en la modernidad, como Franklin, Casanova o Chateaubriand, contaron sus vidas, entre otras cosas, para quejarse de la imperfección humana, denunciar la vanidad del pensamiento ilustrado o nombrar obstáculos al avance del genio del cristianismo. Spinoza en el parque México (Tusquets, 2022), de Enrique Krauze, no desentona en ese célebre legado, el de la memoria como tributo, no como venganza.

Pero este libro es una memoria y también un alegato, que opta por la forma del diálogo: una larga conversación con el jurista y filósofo español José María Lassalle, estudioso de John Locke y la escuela liberal moderna. El gesto de narrar la vida propia, no por medio de una confesión o una autobiografía, sino de una charla o un coloquio también tiene antecedentes ilustres. Ahí están Goethe y sus conversaciones con Eckermann o el Memorial de Santa Elena del Conde Las Cases.

ENCUESTA SOBRE CUBA

El libro arranca con una evocación del reino de la infancia y la adolescencia, en la Condesa, durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta. Allí nació y creció Krauze, en una familia de varias generaciones de judíos polacos, por parte de padre y madre. Aquel mundo se describe apacible y próspero, en los años del cardenismo y el poscardenismo, donde asoma la mirada antisemita y xenófoba, como presencia inquietante, pero sin la fuerza necesaria para amenazar el entorno.

Muy reveladoras resultan las primeras lecturas, que pronto, en los años sesenta y setenta, ensancharán sus estudios en la Universidad Autónoma de México (UNAM) y El Colegio de México. La pasión por el pasado se iba perfilando ante las páginas de Historia Sagrada de la Biblia y la Enciclopedia Judaica Castellana, las charlas con su abuelo Saúl en una banca del Parque México y las lecciones de su maestro Ferdman en el Colegio Israelita. De aquella primera etapa formativa, familiar y colegial, datan algunos intereses que no abandonan a Krauze, siete décadas después: Spinoza y la heterodoxia judía, Lenin, Trotsky y la Revolución rusa, los hermanos Singer y la literatura centroeuropea.

Además del tributo a abuelos y padres, a los maestros y al barrio, este libro rinde homenaje a los profesores de la UNAM y El Colegio de México. Son enaltecederores, por su profundo sentido de gratitud, los pasajes dedicados a las enseñanzas de Enrique Rivero Borrel en la Escuela de Ingeniería y de José Gaos en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México. También agradece a varios amigos de juventud, José María Pérez Gay, Héctor Aguilar Camín o Hugo Hiriart, un repertorio de lecturas (Stevenson, Swift, Mann, Hesse, Kafka, Marcuse, Wilson) que visitaría en las décadas siguientes.

Entre los tantos tributos de este libro hay uno que destaca especialmente y es el consagrado a los profesores de El Colegio de México: Daniel Cosío Villegas, Luis González y González, Jean Meyer, el propio Gaos y toda la brillante generación de exiliados republicanos españoles que se incorporó a esa institución, fundada por Alfonso Reyes, a la UNAM y al Fondo de Cultura Económica. Bajo su magisterio, el joven Krauze escribió algunos libros, como El nacimiento de las instituciones, Caudillos culturales en la Revolución mexicana y Daniel Cosío Villegas. Una biografía intelectual, que hoy son clásicos ineludibles de la nueva historia intelectual hispanoamericana.

Krauze rinde honores, también, a sus maestros ex cátedra, que encuentra, sobre todo, en la gran tradición del pensamiento judío moderno. A propósito de un libro nunca escrito, sobre judíos heterodoxos o judíos no judíos, el historiador glosa la vida y la obra de Baruch Spinoza, original pensador holandés, de ascendencia sefardí-hispano-portuguesa del siglo XVII, de Heinrich Heine, poeta romántico alemán, que recitaban los jóvenes hegelianos en Jena, y de Karl Marx, el más sofisticado de los críticos del capitalismo y fundador del comunismo.



Spinoza, Heine y Marx, un linaje que perfectamente habrían reclamado para sí Paul Lafargue o Rosa Luxemburgo. Un cálculo tramposo de las citas de autores mencionados en el índice onomástico arroja que, después de Octavio Paz, nadie supera a Marx, seguido de cerca por Spinoza. Y tiene todo el sentido porque este libro es el diálogo de un liberal con el marxismo, el socialismo y, en gran medida, toda la izquierda del siglo XX. Diálogo que rige también, de principio a fin, la obra de Paz.

Más adelante se detiene Krauze, en conversación con Lassalle, en algunas de las grandes mentes judías del siglo XX: Walter Benjamin, Hannah Arendt, Gershom Scholem. De la mano de ellos interviene, una vez más, en el debate sobre el totalitarismo, la barbarie y el mal en la modernidad. Sus advertencias sobre los excesos de analogías entre nazismo y comunismo recuerdan la obra Enzo Traverso, otro explorador de la historia intelectual judía, que igualmente se ha ocupado de la escritura de la memoria, la melancolía de la izquierda y los riesgos de la metaforización del holocausto.

No están ausentes, tampoco, algunos clásicos del pensamiento liberal del siglo XX, muy citados en la obra de Krauze, como Karl Raimund Popper, Isaiah Berlin o Francois Furet. Pero el énfasis está puesto en la prole spinozista, que, justamente, en la pasada centuria, se asocia con estructuralistas o postestructuralistas franceses como Louis Althusser o Étienne Balibar o con marxistas sociales y culturales británicos de la New Left Review como Stuart Hall o Raymond Williams.

Libro de memoria al fin, Spinoza en el parque México, se ocupa de la propia producción intelectual de Krauze. Pero se ocupa poco, valga la aclaración. Repasa la escritura de sus primeros libros, aunque es más exhaustivo el recuento de sus colaboraciones en Plural y su paso por la redacción de Vuelta. En esa zona dedicada a las polémicas intelectuales del México de la Guerra Fría, el alegato desplaza a la memoria, con no pocas sorpresas para el lector poco enterado.

Vemos, por ejemplo, al joven Krauze escribiendo artículos a cuatro manos, con Héctor Aguilar Camín, para La Cultura en México, el suplemento dirigido por Carlos Monsiváis, donde cuestionaban las “sentencias totalizadoras” del liberalismo. Y vemos al joven Christopher Domínguez Michael publicando en Nexos, a principios de los ochenta, una defensa apasionada del marxismo como cultura política en México. Luego, al calor de las polémicas y los aprendizajes, las posiciones se decantan.

No reconstruye Krauze el muy actual debate sobre su precursor ensayo “Por una democracia sin adjetivos” (1984), en Vuelta, pero sí la polémica entre Octavio Paz y Carlos Monsiváis, en Proceso, en 1978; la que provocaron los artículos de Gabriel Zaid sobre la guerrilla salvadoreña y la ejecución fratricida del poeta Roque Dalton; y la que suscitó su reseña sobre el libro colectivo Historia, ¿para qué?, que publicó Siglo XXI en 1980.

Debate entre discípulos, aquel cruce de disparos intentó dirimir muchas cosas a la vez: la visión del gobierno de Luis Echeverría, la autonomía del campo intelectual, el sentido de la historia académica, la divulgación de las ciencias sociales. Al cabo de cuarenta años, como reconoce Krauze, los involuctados, Enrique Florescano, Héctor Aguilar Camín, Alejandra Moreno Toscano, Adolfo Gilly, más lo que ya fallecieron, como Arnaldo Córdova o Carlos Pereyra, dejan como saldo una obra inescamoteable.


De especial interés es el recorrido por la mirada de Vuelta a América Latina y el Caribe. Una vez más, la rígida ubicación de aquella revista en uno de los polos de la Guerra Fría cultural se deshace al constatar que, así como encontraban refugio en sus páginas los disidentes de Europa del Este y Cuba (Solzhenitsyn, Havel, Michnik, Cabrera Infante, Arenas), o los socialistas y liberales de la New Left occidental (Sontag, Howe, Castoriadis, Habermas), Vuelta produjo una impugnación elocuente de todas y cada una de las dictaduras militares de la derecha latinoamericana y caribeña.

¿Cómo resumir, entonces, el alegato de Enrique Krauze en estas memorias eruditas, apasionadas, entrañables? Me inclino por la hipótesis de que se trata de una apuesta por el liberalismo como corriente doctrinal permeable, abierta a cauces de muy diversa estirpe y cadencia ideológica: el judío y el socialista, el marxista y el católico, el anarquista y el libertario. Los tantos nombres y apellidos invocados en este libro describen esa constelación extraordinaria de pensadoras y pensadores de la libertad que hoy, más que nunca, es preciso rearticular.



RAFAEL ROJAS

Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965). Es historiador y ensayista. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Habana, y doctor en Historia por El Colegio de México. Es colaborador habitual de la revista Letras Libres y el diario El País, y es miembro del consejo editorial de la revista Istor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha publicado los libros: Un banquete canónico (2000), Revolución, disidencias y exilio intelectual cubano (2006), La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio (2013), entre otros. Desde julio de 2019 ocupa la silla 11 de la Academia Mexicana de la Historia.



lunes, 27 de abril de 2026

QUERIDAS LECTORAS QUERIDOS LECTORES (ANAGRAMA 24 DE ABRIL 2026)

 

Casa Usher, ubicada en el barrio del Galvany, en Barcelona, ofrece una cuidada selección de fondo que abarca narrativa, infantil, libro ilustrado, cómic, ensayo, libro práctico y gastronomía y vinos, además de una agenda de actividades variada y siempre activa.

Para adentrarnos en esta librería de barrio, tan querida por los lectores de la capital catalana, hemos conversado con Anna y Maria, dos libreras con una amplia trayectoria en el mundo del libro, que han completado nuestro cuestionario. A continuación, compartimos sus respuestas.





Casa Usher. ¿Por qué este nombre para una librería? ¿Es un guiño a «La caída de la Casa Usher» de Poe? ¿Llamar casa a una librería es una declaración de intenciones?

Es una referencia a «La caída de la Casa Usher» de Poe, claro, pero también a la idea de casa y de identidad, de pertenecer a algo y, a su vez, de hacerlo con algo nuestro. Casa Usher responde al lugar donde estamos, en el que somos nosotras y al que pertenecemos.


¿Cuál era la premisa del proyecto cuando lo empezasteis? ¿Qué es lo que queríais conseguir creando este espacio?

Queríamos construir la librería que quisiéramos encontrar como lectoras, esa era la premisa. Por un lado, nos propusimos satisfacer los deseos lectores y, por el otro, que fuera un espacio de encuentro, un lugar seguro, de cobijo, que diera respuestas y que estas animaran a hacer más preguntas.


¿Qué libro de Anagrama se ha convertido para vosotras en un libro de cabecera?

Es difícil elegir uno entre mil, sobre todo porque como lectoras nos hemos formado con los «Compactos» de Anagrama, pero como solo puede ser uno, elegimos La flecha del tiempo, de Martin Amis, porque tiene un valor sentimental. Para nosotras es más que una novela: cuenta la Historia tirando para atrás, desde una perspectiva que no es la del relato oficial, desmontándolo, pero sin dejar de avanzar.


Entre varias de las actividades que organizáis, tenéis unos clubs de lectura muy sólidos. Vuestra librería no solo vende libros: es un centro cultural vivo. ¿Cómo han contribuido esos clubs al devenir de la librería? ¿Qué club de lectura recordáis con especial cariño?

Los clubs de lectura son la base de lo que somos, nosotras nos referimos a ellos como nuestro acto estrella. Las conversaciones que se generan allí siguen alimentando nuestras ganas de leer y compartir. Continúa siendo un privilegio poder hacerlo desde lecturas distintas con tantas personas vinculadas a la autoría, la edición o la traducción de los libros elegidos. También es muy enriquecedor seguir encontrándonos una vez al mes con las personas fieles al club, que ya lleva más de diez años de rodaje. Es un grupo con el que hemos compartido no solo lectura y opiniones, sino vida.

Y, puestas a elegir uno, nos quedamos con un autor que ha repetido –y volverá a hacerlo en breve– en nuestro club. Consigue que nos sintamos especiales cuando le leemos, además de muy afortunadas. Es Pol Guasch, y nos encanta su manera de narrar, que siempre haga poesía.



Una vez dijisteis que de anécdotas y rarezas tenéis para escribir un libro al año. ¿Cuál de ellas nos podríais revelar?

Es cierto que se dan muchas anécdotas y rarezas; siempre decimos que son cosas del directo, de tener la puerta abierta todos los días. Pero nos permitiréis seguir reservándolas solo para nosotras, para que sea más leve el rato que pasamos entre albaranes y facturas… ¡A no ser que nos ofrezcáis hacer ese libro!



Al fondo de vuestra librería tenéis un patio precioso con plantas. ¿Qué rol ha tenido ese espacio en vuestro proyecto?

Tiene un rol muy importante porque, además de ser un espacio bonito, con personalidad y con mucho de nosotras en él, nos ha permitido compartir conversaciones, proyectos, cultura, música y, claro, muchos libros. Como queda al final de la librería, es la sorpresa con la que se acaba el recorrido por las estanterías. Cuando el clima nos permite realizar los actos fuera, que en Barcelona es casi siempre, se convierte en un lugar en el que hacer una pausa del día a día.



Es una jornada de gran intensidad. ¿Qué ha implicado en términos de preparación? ¿Cómo vivís el día siguiente?


El día siguiente… ¡cerramos la librería!


La preparación ha sido larga, en ocasiones pesada. Nos ocupamos de libros, cajas, personal, material, permisos, nervios y un interminable etcétera. Empezamos con los pedidos de novedad en enero, los permisos en febrero, el personal y el material en marzo… y pasado el día estamos con las devoluciones hasta junio, así que la preparación de las 24 horas de Sant Jordi se alarga prácticamente durante los seis primeros meses del año.


Así que el día 24 de abril descansamos tumbadas sin hacer nada y leemos: es el premio que nos damos después de todo.

¿Qué libro os hubiera hecho especial ilusión que os regalaran este 

Sant Jordi?


Pues el libro que hayan pensado para nosotras porque la verdad es que, por raro que parezca, cuesta que le regalen libros a una librera. Lo esperamos como una sorpresa.


[Anna] Pero ahora que Ediciones Comisura recupera Dolor exquisito de Sophie Calle, ¡es una gran opción!


[Maria] Aunque me hubiera gustado un nuevo libro de Paul Auster. Un buen rato de buena lectura, de nuevo…

FUERA
De Pagina


Claudia Durastanti habla sobre Missitalia

Western, espionaje y ciencia ficción, Missitalia es un tríptico magistral que confirma a Claudia Durastanti como una voz única. En este vídeo, la autora expone su proceso creativo, los ejes de la novela y nos enseña cómo imaginar personajes femeninos que sean protagonistas. También le pone banda sonora a la historia.



¿Con quién escribirías un libro a cuatro manos?

Juan TallónPaulina FloresMario ObreroJuan VilloroLuis López Carrasco

Esther García LlovetCamila FabbriAriana HarwiczCynthia Rimsky

 y Andrés Barba se someten a un cuestionario de diez preguntas. Esta es la cuarta entrega.