lunes, 22 de junio de 2026

AQUELLOS ENCUENTROS QUE NO SE OLVIDAN NUNCA

 


Valoro mucho los encuentros casuales, las reuniones  espontaneas que se salen de toda planificación. En estas me he encontrado con personas inolvidables, me han dado los mejores regalos de la vida. Los viernes son como un oasis en medio de esas rutinas agotadoras que nos impone la vida en los días corrientes de la semana. La vida por unas horas deja de ser en blanco y negro. El cuerpo parece saber que ese día romperemos las reglas. El peso de las obligaciones, de esos compromisos necesarios nos hacen buscar parentisis que nos de un segundo aire, para poder resistir el peso que nos impone cada vez con más intensidad la sociedad moderna. 

Estaba con mi amigo Juan Carlos el último viernes en una pequeña tienda del barrio conquistadores de Medellín, tomando polas o cervezas como lo hacemos corrientemente para poder sobrevvir. La tienda es el punto de encuentro del barrio. Está muy cerca del parque del rio. Es atendida por David un joven empresario y su esposa Ingrid, igualmente joven. Queda muy cerca de la alcaldía de la ciudad, por lo que es común que lleguen muchos funcionarios de la misma y servidores publicos. Ese día nos dominaba cierto importaculismo, el deseo loco de mandar todo a la mierda. A pocos pasos de nosotros dos hermosas mujeres disertaban con la complicidad que tienen las amigas entrañables, dueñas de secretos mutuos, de confesiones y de verdades que nunca develaran a un tercero. Recordé de inmediato que en la literatura, las casualidades actúan como el motor del cambio. Un evento fortuito saca a los personajes de su cotidianidad, obligándolos a emprender viajes físicos o psicológicos que redefinen su destino y provocan una transformación radical en su forma de percibir el mundo. Traigo a colación ese famoso cuento de Borges "En el sur". El protagonista, Juan Dahlmann, sufre un accidente aparentemente menor al golpearse la frente con el borde de una ventana. Esta eventualidad lo lleva a una clínica casi fatal y, posteriormente, a un viaje al sur donde el azar se transforma en un destino inevitable y trágico. El viernes por esos avatares del destino, terminamos hablando con Maria Constanza y Sandra dos abogadas de la alcaldía, con una familiaridad que no es casual y como sí evitaramos caer en el sopor, llevamos  una conversación no excenta de malabarismos, de citas, de reconocimientos que solo aceptamos en momentos especiales. Pareciamos saltimbanquis, persuadiendo pero no intentando convencer a nadie.

Ellas me recordarón la novela "Amigas" de Elena Ferrante. Lila Cerullo y Lenù Greco, son sus protagonistas. Esta tetralogía narra una compleja relación que comienza en un barrio pobre de Nápoles en los años 50 y se extiende por décadas. Su amistad es tan intensa como contradictoria, marcada por la admiración mutua, la rivalidad y el apoyo incondicional en un entorno difícil. Tambien la novela "Ana de las Tejas Verdes" de L.M. Montgomery: Anne Shirley y Diana Barry, son como María Constanza y Sandra. Este texto es uno de los clásicos más entrañables de la literatura juvenil. Su vínculo se sella con un juramento de "amigas del alma" y perdura a través de los años, sirviendo como refugio ante las adversidades de la vida adulta.

En la Ética a Nicómaco, Aristóteles divide la amistad en tres tipos: por utilidad, por placer y por virtud (la amistad perfecta). Esta última se basa en el deseo mutuo del bien para el otro y en compartir la excelencia moral. Para Aristóteles, un amigo es "otro yo" y es tan fundamental que "sin amigos nadie querría vivir". En cambio Epicuro consideraba que la amistad era la fuente más segura y estable de placer y tranquilidad (ataraxia). En su filosofía, la comunidad de amigos es el refugio ideal frente a las ansiedades del mundo, las presiones sociales y el temor a los dioses, convirtiendo el espacio compartido en el antídoto contra el sufrimiento. Creo que no se necesita tiempo para hacer amigos, estos  llegan en el momento adecuado, nos dan en pocos minutos lo que nadie nos ha entregado hasta el momento, quedan como huellas indelebles. 

Yo creo que pese a nunca dejar el sentido de trascendentalidad tan necesario, el instante, el momento, nos da encuentros que son  un  elixir, los mismos nos permite olvidar lo trágico y reir como si fueramos eternos. Gracias a mis amigas y espero este encuentro se repita. 


 



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