martes, 15 de marzo de 2022

RAZONES PARA VIVIR (RELATO)

 Para Enrique con mucho cariño

Llevábamos más de cinco horas en la tienda del viejo Tulio tomando cerveza con Omar, las conversaciones fueron triviales, para matar la angustia existencial que nos agobiaba desde hacía varios días con una intensidad  por fuera de lo común, nos generaba cierta impotencia que suplíamos con la literatura  y temas de actualidad sin importancia algunaEn estos días decidimos no volver donde Willy, curiosamente en este sitio siempre encontrábamos un optimismo inexplicable  en sus clientes, calcados y esto no armonizaba con nuestro estado de ánimo. Es un bar decoroso de barrio, de muchos años, brinda la confianza de los lugares emblemáticos de sitio, donde todos los que vienen se conocen o reconocen, lo que no implica solidaridad alguna, aún así, tiene mucho encanto. De súbito esa tarde llegó donde Tulio un hombre de 41 años, si mis cálculos no fallan, diferente, con una barba como  de  monje tibetano, de mediana estatura, con un don de gente que despertó confianza inmediata en nosotros, Después de un buen tiempo, pude concluir que era culto, ponderado, con afinidades intelectuales muy cercanas. Por estos lados las sorpresas son de ese tipo, tal vez esa era la razón que me conmovía de una zona tan falsamente señalada por los signos de violencia que dejaron mucha huella en la ciudad. Tenía dos años de vivir en este barrio, estaba en el peor momento de mi vida, mental y económico, en una angustia inexplicable, sin salida. Está ubicado en una comuna denominada Santa Lucia  que si mal no recuerdo, fue la madre de Constantino y la culpable que todo el occidente fuera cristiano. Nuestro sector se llama los Alcázares, como sí aquí hubiese muchos castillos o fortificaciones, no se qué pensaba quien lo bautizo con semejante pretensión y arrogancia, al final es muy bello sobre todo por la calidad de sus moradores. Tulio se limitaba a pasarnos las cervezas, con el calculo típico de los tenderos y administradores de bares, amables, siempre y cuando haya plata, este personaje era frío, sin pasión alguna; en todo caso estábamos felices pese a que el lugar donde nos ubicaba el viejo tenia un metro por dos, un cuchitril como decía mi madre. 

En la medida que tomábamos, la conversación adquiría un matiz interesante, hicimos un recorrido por las novelas que tocan el alma, recordamos Abdón el exterminador de Sábato, el extranjero de Camus, el guardián en el centeno de Salinger, algunos poetas malditos de Francia, a Jatin el loco, León De Greiff, al filosofo Emil Cioran, sin ninguna hondura, sólo para justificar nuestro importaculismo, la tomata y la angustia que nos iba minando.

Pocos días antes habíamos estado donde Willi con Omar bebiendo Ron, junto con Diego un amigo entrañable, Marcela, querida y amorosa de sobremanera, en compañía de tres personajes más que, a pesar de conocerlos, no podía decir que eran mis amigos. Desde ese día veníamos con Omar de traspiés en traspiés. Donde Tulio sellamos una amistad con Enrique, ese visitante fortuito, diferente, con el que ligamos de una y que nunca espere conocer, su historia da para un relato, me quedó muy claro. 

Recuerdo, o mal recuerdo que después pasamos a tragos cortos, que fuimos soltando perlas de la vida, en esas típicas transferencias que despiertan los encuentros con personas que por sus afinidades nos llevan a confesiones, desahogos y catarsis. No supe que paso después, lo cierto es que nació un proyecto bellísimo que nos une a los tres y en el cual trabajamos con mucho juicio. 

La vida está llena de eventos pequeños que, unidos constituyen la totalidad, los que nos afirman o nos desvanecen. Muchas eventualidades con alguna trascendencia se nos van borrando de la memoria y es buena catarsis traerlos. La crisis que antecedió a estos hechos, como todas, es la acumulación de muchas situaciones no resueltas, interiorizaciones peligrosas. Procuraré seguir trayendo a colación estos eventos que en apariencia son insustanciales y está claro queeste relato aquí no termina. 

jueves, 3 de marzo de 2022

LUIS ALBERTO ALVAREZ

Luis Alberto Álvarez es una persona excepcional, quien cumplió una labor como crítico inigualable, la cual dejó muchos frutos. Fue crítico de cine, divulgador y pedagogo apasionado. Realizó esta actividad de manera constante y rigurosa, formó un grupo de jóvenes importantes que, más tarde serían directores de cine y cinéfilos consumados, siempre se dirigió a un público que en su mayoría desconocía mucho sobre apreciación cinematográfica, historia del cine, tendencias y  vanguardias. 

Luis Alberto cumplió con esta tarea por más de 30 años desde su Medellín adorada, lo hizo primero  en el periódico "La patria" de Manizales y después en las páginas del periódico  "El Colombiano", en una columna semanal los días domingos, además desde el cine club del Colombo Americano de Medellín y la revista Kinestocopio, que fue una creación conjunta en la cual tuvo mucha participación y como cosa rara en Colombia, aún se publica, pues la revistas culturales poco perduran en este país. Luis Alberto perteneció a la congregación de Misioneros Claretianos, entre quienes gozó de gran aprecio y consideración por sus actividades culturales, que realizaba con gran sentido evangélico. Recibió sólida formación filosófica y teológica, iniciada en el colegio de los jesuitas y culminada en Roma. Perfeccionó sus estudios en teología y trabajo social en Alemania.  

El 18 de marzo 1996 la Universidad de Antioquía le concedió el titulo "Honoris Causa" de comunicador social-periodista, en su justo reconocimiento a su ingente labor en la educación y difusión cultural. En agradecimiento a dicha distinción, los misioneros Claretianos  legaron a la universidad de Antioquia: Películas seleccionadas, colección musical, biblioteca especializada, videoteca, archivo de artículos y fotografías; legado de consulta que se puede consultar en la biblioteca central de la universidad, su colección música hace parte de la emisora del Alma Mater. 

La persona que acompañó y cuido de Luis Alberto en su labor y vida fue Angela María Chica, de manera infatigable, leal y quien desde su muerte, todos los días, trabaja en la conservación de su nombre y memoria. Su casa es un museo, con objetos valiosos de la vida de su mentor, legado que conserva con mucho dedicación y fue producto del azar. En esta función voluntaria siempre está acompañada por su pareja Luis Enrique Sánchez Vásquez, el amigo de Luis, Guillermo Vásquez, padre Claretiano y compañero de todas sus actividades, cómplice sí se quiere y siempre con muchas afinidades intelectuales y quien tiene un respeto por su obra y legado sin cortapisas, ayuda y acompaña a Angela María en muchas de las tareas de divulgación, incluso escribió el prologo de los tres editados por la Universidad de Antioquía.

Es paradójico que siempre estas tareas de conservación de la memoria sean realizadas por particulares, sin ningún apoyo gubernamental, labor quijotesca que siempre tiene compensaciones muy gratas de tipo espiritual. Abrogo por que la casa museo siga cumpliendo con sus tareas de conservación, divulgación de la gran obra de Luis Alberto Alvares. 











martes, 15 de febrero de 2022

LOS SUSURROS DEL LENGUAJE DE ROLAND BARTHES PARTE 2

Continuamos con la segunda parte que completa el primer capítulo de este texto. CESAR H BUSTAMANTE

A todos. los niveles, argumento, discurso, palabras, la obra literaria ofrece, pues, al estructuralismo, la imagen de una estructura perfectamente homológica (eso pretenden probar las actuales investigaciones) respecto a la propia estructura del lenguaje. Es fácil entender así que el estructuralismo quiera fundar una ciencia de la literatura, o, más exactamente, una lingüística del discurso, cuyo objeto es la «lengua» de las formas literarias, tomadas a múltiples niveles: proyecto bastante nuevo, ya que hasta el momento la literatura nunca había sido abordada «científicamente» sino de una manera muy marginal, a partir de la historia de las obras, de los autores, de las escuelas, o de los textos (filología). Sin embargo, por más nuevo que sea, tal proyecto no resulta satisfactorio, o al menos no lo bastante. Deja sin solución el dilema del que hablábamos al comienzo, dilema alegóricamente sugerido por la oposición entre ciencia y literatura, en cuanto que ésta asume su propio lenguaje y aquélla lo elude, fingiendo que lo considera puramente instrumental. En una palabra, el estructuralismo nunca será más que una «ciencia» más (nacen unas cuantas cada siglo, y algunas de ellas pasajeras), si no consigue colocar en el centro de su empresa la misma subversión del lenguaje científico, es decir, en pocas palabras, si no consigue «escribirse a sí mismo»: ¿Cómo podría dejar de poner en cuestión al mismo lenguaje que le sirve para conocer el lenguaje? La prolongación lógica del estructuralismo no puede ser otra que ir hacia la literatura, pero no ya como «objeto» de análisis sino como actividad de escritura, abolir la distinción, que procede de la lógica, que convierte a la obra en un lenguaje-objeto y a la ciencia en un metalenguaje, y poner de esa manera en peligro el ilusorio privilegio que la ciencia atribuye a la propiedad de un lenguaje esclavo. Así que el estructuralista aún tiene que transformarse en «escritor», y no por cierto para profesar o para practicar el «buen estilo», sino para volverse a topar con los candentes problemas que toda enunciación presenta en cuanto deja de envolverse en los benéficos cendales de las ilusiones propiamente realistas, que hacen del lenguaje un simple médium del pensamiento. Semejante transformación —pasablemente teórica aún, hay que reconocerlo— exige cierto número de aclaraciones (o de reconocimientos). En primer lugar, las relaciones entre la subjetividad y la objetividad —o, si así se prefiere, el lugar que ocupa el sujeto en su trabajo— ya no pueden seguir pensándose como en los buenos tiempos de la ciencia positivista. La objetividad y el rigor, atributos del sabio, que todavía nos dan quebraderos de cabeza, son cualidades esencialmente preparatorias, necesarias durante el trabajo, y, a ese título, no deben ponerse en entredicho o abandonarse por ningún motivo; pero esas cualidades no pueden transferirse al discurso más que gracias a una especie de juego de manos, procedimiento puramente metonímico, que confunde la precaución con su efecto discursivo. Toda enunciación supone su propio sujeto, ya se exprese el tal sujeto de manera aparentemente directa, diciendo yo, o indirecta, designándose como él, o de ninguna manera, recurriendo a giros impersonales; todas ellas son trucos puramente gramaticales, en las que tan sólo varía la manera como el sujeto se constituye en el interior del discurso, es decir, la manera como se entrega, teatral o fantasmáticamente, a los otros; así pues, todas ellas designan formas del imaginario. Entre todas esas formas, la más capciosa es la forma privativa, que es precisamente la que ordinariamente se practica en el discurso científico, del que el sabio se excluye por necesidades de objetividad; pero lo excluido, no obstante, es tan sólo la «persona» (psicológica, pasional, biográfica), siempre, de ninguna manera el sujeto; es más, este sujeto se rellena, por así decirlo, de toda la exclusión que impone de manera espectacular a su persona, de manera que la objetividad, al nivel del discurso —nivel fatal, no hay que olvidarlo—, es un imaginario como otro cualquiera. A decir verdad, tan sólo una formalización integral del discurso científico (me refiero a las ciencias humanas, pues, por lo que respecta a las otras ciencias, ya lo han conseguido ampliamente) podría evitar a la ciencia los riesgos del imaginario, a menos, por supuesto, que ésta acepte la práctica del imaginario con total conocimiento de causa, conocimiento que no puede alcanzarse más que a través de la escritura: tan sólo la escritura tiene la posibilidad de eliminar la mala fe que conlleva todo lenguaje que se ignora a sí mismo. La escritura, además —y esto es una primera aproximación a su definición—, realiza el lenguaje en su totalidad. Recurrir al discurso científico como instrumento del pensamiento es postular que existe un estado neutro del lenguaje, del que derivarían, como otros tantos adornos o desviaciones, un determinado ro de lenguas especiales, tales como la lengua literaria o la lengua poética; se supone que este estado neutro sería el código de referencia de todos los lenguajes «excéntricos», que no serían más que subcódigos suyos; al identificarse con este código referencial, fundamento de toda normalidad, el discurso científico se arroga una autoridad que precisamente es la escritura la que debe poner en cuestión; la noción de «escritura» implica efectivamente la idea de que el lenguaje es un vasto sistema dentro del cual ningún código está privilegiado, o, quizá mejor, un sistema en el que ningún código es central, y cuyos departamentos están en una relación de «jerarquía fluctuante». El discurso científico cree ser un código superior; la escritura quiere ser un código total, que conlleva sus propias fuerzas de destrucción. De ahí se sigue que tan sólo la escritura es capaz de romper la imagen teológica impuesta por la ciencia, de rehusar el terror paterno extendido por la abusiva «verdad» de los contenidos y los razonamientos, de abrir a la investigación las puertas del espacio completo del lenguaje, con sus subversiones lógicas, la mezcla de sus códigos, sus corrimientos, sus diálogos, sus parodias; tan sólo la escritura es capaz de oponer a la seguridad del sabio —en la medida en que está «expresando» su ciencia— lo que Lautréamont llamaba la «modestia» del escritor. Por último, entre la ciencia y la escritura existe una tercera frontera que la ciencia tiene que reconquistar: la del placer. En una civilización que el monoteísmo ha dirigido por completo hacia la idea de la Culpa, en la que todo valor es el producto de un esfuerzo, esta palabra suena mal: hay en ella algo de liviano, trivial, parcial. Decía Coleridge: «A poem is thaí species of composition which is opposed to works of Science, by purposing, for its immediate object, pleasure, not truth», declaración que es ambigua, pues, si bien asume la naturaleza, hasta cierto punto erótica, del poema (de la literatura), continúa asignándole un cantón reservado y casi vigilado, distinto del más importante territorio de la verdad. El «placer», sin embargo —hoy nos cuesta menos admitirlo—, implica una experiencia de muy distinta amplitud y significado que la simple satisfacción-del «gusto». Ahora bien, jamás se ha apreciado seriamente el placer del lenguaje; la antigua Retórica, a su manera, ya tuvo alguna idea, cuando fundó un género especial de discurso, el epidíctico, abocado al espectáculo y la admiración; pero el arte clásico tomó el gustar que era su ley, según propias declaraciones (Racine: «La primera regla es gustar...»), y lo envolvió en las restricciones que imponía lo «natural». Tan sólo el barroco, experiencia literaria que no ha pasado de tolerable para nuestras sociedades, o al menos para la francesa, se atrevió a efectuar algunas exploraciones de lo que podría llamarse el Eros del lenguaje. El discurso científico está bien lejos de ello; pues si llegara a aceptar la idea tendría que renunciar a todos los privilegios con que le rodea la institución social y aceptar la entrada en esa «vida literaria» de la que Baudelaire, a propósito de Edgar Poe, nos dice que es «el único elemento en el que algunos ciertos seres desclasados pueden respirar». Una mutación de la conciencia, de la estructura y de los fines del discurso científico: eso es lo que quizás habría que exigir hoy en día, cuando, en cambio, las ciencias humanas, constituidas, florecientes, parecen estar dejando un lugar cada vez más exiguo a una literatura a la que comúnmente se acusa de irrealismo y de deshumanización. Precisamente por eso, ya que el papel de la literatura es el de representar activamente ante la institución científica lo que ésta rechaza, a saber, la soberanía del lenguaje. Y es el estructuralismo el que debería estar en la mejor situación para suscitar este escándalo; pues al ser consciente en un grado muy agudo de la naturaleza lingüística de las obras humanas, es el único que hoy día puede replantear el problema del estatuto lingüístico de la ciencia; al tener por objeto el lenguaje —todos los lenguajes—, rápidamente ha llegado a definirse como el metalenguaje de nuestra cultura. No obstante, es necesario que supere esta etapa, ya que la oposición entre los lenguajes-objeto y sus metalenguajes sigue en definitiva estando sometida al modelo paterno de una ciencia sin lenguaje. La tarea a la que se enfrenta el discurso estructural consiste en volverse completamente homogéneo respecto a su objeto; sólo hay dos caminos para llevar a cabo esta tarea, tan radicales el uno como el otro: o bien el que pasa por una formalización exhaustiva, o bien el que pasa por la escritura integral. Según esta segunda hipótesis (que es la que aquí se está defendiendo), la ciencia se convertiría en literatura, en la medida en que la literatura —sometida, por otra parte, o una creciente transformación de los géneros tradicionales (poema, relato, crítica, ensayo)— ya es, lo ha sido siempre, la ciencia; puesto que todo lo que las ciencias humanas están descubriendo hoy en día, en cualquier orden de cosas, ya sea en el orden sociológico, psicológico, psiquiátrico, lingüístico, etc., la literatura lo ha sabido desde siempre; la única diferencia está en que no lo ha dicho, sino que lo ha escrito. Frente a la verdad entera de la escritura, las «ciencias humanas», constituidas de manera tardía sobre el barbecho del positivismo burgués, aparecen como las coartadas técnicas que nuestra sociedad se permite a sí misma para m antener en su seno la ficción de una verdad teológica, soberbiamente —y de una manera abusiva— separada del lenguaje.

martes, 8 de febrero de 2022

LOS SUSURROS DEL LENGUAJE DE ROLAND BARTHES


He tomado estos apartes de forma literal del texto de Barthes por parecerme de suma importancia para literatura, en una segunda entrega pasaré el otro texto que le continua.

DE LA CIENCIA A LA LITERATURA

Las facultades francesas tienen en su poder una lista oficial de las ciencias, tanto sociales como humanas, que son objeto de enseñanza reconocida y, de esa manera, obligan a delimitar la especialidad de los diplomas que confieren: se puede ser doctor en estética, en psicología, en sociología, pero no en heráldica, en semántica o en victimología. Así pues, la institución determina de manera directa la naturaleza del saber humano, al imponer sus procedimientos de división y de clasificación, exactamente igual que una lengua obliga a pensar de una determinada manera, por medio de sus «rúbricas obligatorias» (y no meramente a causa de sus exclusiones). En otras palabras, lo que define a la ciencia (a partir de ahora, en este texto llamaremos ciencia al conjunto de las ciencias sociales y humanas) no es ya su contenido (a menudo mal delimitado y lábil), ni su método (el método varía de una ciencia a otra: ¿qué pueden tener en común la ciencia histórica y la psicología experimental?), ni su moralidad (ni la seriedad ni el rigor son propiedad exclusiva de la ciencia), ni su método de comunicación (la ciencia está impresa en los libros, como todo lo demás), sino únicamente su «estatuto», es decir, su determinación social: cualquier materia que la sociedad considere digna de transmisión será objeto de una ciencia. Dicho en una palabra: la ciencia es lo que se enseña.

La literatura posee todas las características secundarias de la ciencia, es decir, todos los atributos que no la definen. Tiene los mismos contenidos que la ciencia: efectivamente, no hay una sola materia científica que, en un momento dado, no haya sido tratada por la literatura universal: el mundo de la obra literaria es un mundo total en el que todo el saber (social, psicológico, histórico) ocupa un lugar, de manera que la literatura presenta ante nuestros ojos la misma gran unidad cosmogónica de que gozaron los griegos antiguos, y que nos está negando el estado parcelario de las ciencias de hoy. La literatura, como la ciencia, es metódica: tiene sus propios programas de investigación, que varían de acuerdo con las escuelas y las épocas (como varían, por su parte, los de la ciencia), tiene sus reglas de investigación, y, a veces, hasta sus pretensiones experimentales. Al igual que la ciencia, la literatura tiene una moral, tiene una determinada manera de extraer de la imagen que de sí misma se forma las reglas de su actividad, y de someter, por tanto, sus proyectos a una determinada vocación de absoluto. Queda un último rasgo que ciencia y literatura poseen en común, pero este rasgo es, a la vez, el que las separa con más nitidez que ninguna otra diferencia: ambas son discursos (la idea del logos en la antigüedad expresaba esto perfectamente), pero el lenguaje que constituye a la una y a la otra no está asumido por la ciencia y la literatura de la misma manera, o, si se prefiere, ciencia y literatura no lo profesan de la misma manera. El lenguaje, para la ciencia, no es más que un instrumento que interesa que se vuelva lo más transparente, lo más neutro posible, al servicio de la materia científica (operaciones, hipótesis, resultados) que se supone que existe fuera de él y que le precede: por una parte, y en principio, están los contenidos del mensaje científico, que lo son todo, y, por otra parte, a continuación está la forma verbal que se encarga de expresar tales contenidos, y que no es nada. No es ninguna casualidad que, a partir del siglo xvi, el desarrollo conjugado del empirismo, el racionalismo y la evidencia religiosa (con la Reforma), es decir, el desarrollo del espíritu científico (en el más amplio sentido del término) haya ido acompañado de una regresión de la autonomía del lenguaje, que desde ese momento quedará relegado al rango de instrumento o de «buen estilo», mientras que durante la Edad Media la cultura humana, bajo la especie del Septenium, compartía casi a partes iguales los secretos de la palabra y los de la naturaleza. Muy por el contrario, en la literatura, al menos en la derivada del clasicismo y del humanismo, el lenguaje no pudo ya seguir siendo el cómodo instrumento o el lujoso decorado de una «realidad» social, pasional o poética, preexistente, que él estaría encargado de expresar de manera subsidiaria, mediante la sumisión a algunas reglas de estilo: EL lenguaje es el ser de la literatura, su propio mundo: la literatura entera está contenida en el acto de escribir, no ya en el de «pensar», «pintar», «contar», «sentir». Desde el punto de vista técnico, y de acuerdo con la definición de Román Jakobson, lo «poético» (es decir, lo literario) designa el tipo de mensaje que tiene como objeto su propia forma y no sus contenidos. Desde el punto de vista ético, es simplemente a través del lenguaje como la literatura pretende el desmoronamiento de los conceptos esenciales de nuestra cultura, a la cabeza de los cuales está el de lo «real». Desde el punto de vista político, por medio de la profesión y la ilustración de que ningún lenguaje es inocente, y de la práctica de lo que podríamos llamar el «lenguaje integral», la literatura se vuelve revolucionaria. Así pues, en nuestros días resulta ser la literatura la única que soporta la responsabilidad total del lenguaje; pues si bien es verdad que la ciencia necesita del lenguaje, no está dentro del lenguaje, como la literatura; la primera se enseña, o sea, se enuncia y expone, la segunda se realiza, más que se transmite (tan sólo su historia se enseña). La ciencia se dice, la literatura se escribe; la una va guiada por la voz, la otra sigue a la mano; no es el mismo cuerpo, y por tanto no es el mismo deseo, el que está detrás de la una y el que está detrás de la otra.

Al basarse fundamentalmente en una determinada manera de usar el lenguaje, escamoteándolo en un caso y asumiéndolo en otro, la oposición entre ciencia y literatura tiene una importancia muy particular para el estructuralismo. Bien es verdad que esta palabra, casi siempre impuesta desde fuera, recubre actualmente muy diversas empresas, a veces hasta divergentes, incluso enemigas, y nadie puede atribuirse el derecho de hablar en su nombre; el autor de estas líneas no pretende tal cosa; se limita a retener del «estructuralismo» actual la versión más especial y en consecuencia más pertinente, la que bajo este nombre se refiere a un determinado tipo de análisis de las obras culturales, en la medida en que este tipo de análisis se inspira en los métodos de la lingüística actual. Es decir que, al proceder él mismo de un modelo lingüístico, el estructuralismo encuentra en la literatura, obra del lenguaje, un objeto más que afín: homogéneo respecto a él mismo. Esta coincidencia no excluye una cierta incomodidad, es más, una cierta discordia, que depende de si el estructuralismo pretende guardar la distancia de una ciencia respecto a su objeto o si, por el contrario, acepta comprometer y hasta perder el análisis del que es vehículo en esa infinitud del lenguaje cuyo camino hoy pasa por la literatura; en una palabra, depende de si lo que pretende es ser ciencia o escritura.

En cuanto ciencia, el estructuralismo «se encuentra» a sí mismo, por así decirlo, en todos los niveles de la obra literaria. En primer lugar al nivel de los contenidos, o, más exactamente, de la forma de los contenidos, ya que su objetivo es establecer la «lengua» de las historias relatadas, sus articulaciones, sus unidades, la lógica que las encadena unas con otras, en una palabra, la mitología general de la que cada obra literaria participa. A continuación, al nivel de las formas del discurso; el estructuralismo, en virtud de su método, concede una especial atención a las clasificaciones, las ordenaciones, las organizaciones; su objeto general es la taxonomía, ese modelo distributivo que toda obra humana, institución o libro, establece, ya que no hay cultura si no hay clasificación; ahora bien, el discurso, o conjunto de palabras superior a la frase, tiene sus propias formas de organización: también se trata de una clasificación, y de una clasificación significante; en este aspecto, el estructuralismo literario tiene un prestigioso antecesor, cuyo papel histórico suele, en general, subestimarse o desacreditarse por razones ideológicas: la Retórica, imponente esfuerzo de toda una cultura para analizar y clasificar las formas de la palabra, para tomar inteligible el mundo del lenguaje. Por último, al nivel de las palabras: la frase no tiene tan sólo un sentido literal o denotado; está además atiborrada de significados suplementarios: al ser, simultáneamente, referencia cultural, modelo retórico, ambigüedad voluntaria de enunciación y simple unidad de denotación, la palabra «literaria» es tan profunda como un espacio, y este espacio es justamente el campo del análisis estructural, cuyo proyecto es mucho más amplio que el de la antigua estilística, fundamentada por completo sobre una idea errónea de la «expresividad».

miércoles, 26 de enero de 2022

JOSÉ MIGUEL OVIEDO

 Este excelente crítico peruano desaparecido hace poco, junto con Ángel Rama, constituyen lo más riguroso en materia de crítica literaria en nuestro continente. estoy leyendo la historia de la literatura Latinoamericana. Empecé por el ultimo tomo. Había leído todos los trabajo sobre Vargas Llosa y Gabriel García Marques lo que me daba una referencia sobre la seriedad de esta obra monumental. 

Tener una visión de la historia de la literatura Latinoamérica desde sus orígenes es una ventaja sin parangón tanto para curiosos como legos, realmente fue una tarea titánica. No solo por la panorámica total de nuestra historia literaria, sino por la forma que nos va entregando movimientos y autores siempre haciendo un paralelo  con la literatura universal.

José Miguel Oviedo estudió literatura peruana y literatura latinoamericana, trabajó en las universidades americanas y es la universidad de Pensilvania donde se establece como docente.

Su historia de la literatura Latinoamérica "Parte de Colón y el legado de las literaturas indígenas, los códices de la lengua náhuatl,  y nezahualcóyoc y su poesía de la mortalidad. Y la literatura maya, el Popol Vuh, los libros del Chilam Balam, y de ahí pasa a la literatura quechua, desde las cosmogonías a la poesía amorosa. Además, se ocupa de Colón y de sus diarios, y sobre el XVI, entre «libertad y censura», desfilan los textos y el entendimiento de Bartolomé de las Casas, de López de Gómara, y los cronistas indios y mestizos de México, y los cronistas del Perú. De olvidarse de alguna lírica o épica, se ocupa de la Araucana, de Chile. Y hacia las páginas 200, del Inca Garcilaso y «el arte de la memoria», y  luego el barroco, Sor Juana en México y en Perú, la virulencia de Caviedes. Y eso no es todo, cuando ya se establece el neoclasicismo y el romanticismo, hay páginas sobre el sueño de Bolívar, y las aventuras de Miranda, la poesía cívica de Melgar, y sin duda, al gran Bello, un sabio lingüista, que por cierto, hemos olvidado"(Hugo Neira). 

El tomo de Borges y la vanguardias no da la medida del ojo crítico de este autor, quien analiza al argentino, por fuera de los lugares comunes con los que tradicionalmente se trata:  Para hablar de Jorge Luis Borges (1899-1986) con alguna propiedad partamos de un principio elemental: no hay historia literaria que pueda abarcar todos los aspectos que se necesitan para dar de él una imagen coherente y válida; sólo cabe intentar una aproximación, un esbozo de lo que su obra y su figura representan para la literatura de nuestro tiempo, en cualquier lengua. Sin embargo, al hacerlo así se corre el peligro de empobrecer una obra que es exacta y sutil en el juego de sus elementos, y hacer de ella una simplificación excesiva. El historiador no tiene más remedio que correr ese riesgo y remitir a sus lectores a algunos de los cuantiosos libros y trabajos -una verdadera industria crítica ya más extensa que la misma obra estudiada- donde puede hallar lo que aquí se omite. Así es que este apartado se ocupa de Borges con una intención bastante modesta: ofrecer una imagen sucinta de él, quizá suficiente para mostrar en qué reside la importancia y la grandeza de un autor que se negó persistentemente a creer en aquéllas".

Es cierto, Borges es inclasificable desde el punto de vista de los géneros: "Aunque su tardía fama se debe principalmente a su producción cuentística, es bien sabido que Borges comenzó escribiendo poemas y ensayos y siguió haciéndolo con intensidad hasta sus últimos días. Pero hablar de él como si hubiese tres Borges -el cuentista, el poeta, el ensayista- es un error o al menos crea un problema. Todos estos géneros y otras formas intermedias que cultivó se explican mutuamente en un sistema de correspondencias, citas, ecos y retornos que no deberían aislarse unos de otros. En realidad, no hay un Borges cuentista, un Borges poeta y un Borges ensayista, sino uno solo: su voz es esencialmente la misma y cualquier parte del sistema remite al centro, y viceversa. No existe una conciencia rígida de los géneros en Borges, que continuamente cruzó esas fronteras y supo filosofar como escritor de ficciones o ser poeta cuando escribía ensayos. ¿Qué es, por ejemplo, un texto paradigmático como «Borges y yo»? Es un cuento que es un ensayo que es un poema".

Es evidente que los despliegues de erudición de Borges intimidan. Pero esto hace parte del juego a que nos somete con citas y alusiones donde se mezcla una capacidad creativa sin parangón con una forma especial de cuentos que son ensayos, revestidos de conjeturas. Es indudable que el análisis de este autor constituye un desplazamiento en la variedad de una obra que incluye también sus conferencias sobre temas puntuales.   

Expresa categóricamente el autor: "Esto es más significativo porque su obra es un corpus formado por fragmentos; prácticamente no hay libros orgánicos en Borges: la vasta mayoría, incluso los dedicados a un solo tema, como Evaristo Carriego ( 1930) 1 o Leopoldo Lugones ( 1965), son recopilaciones de piezas breves y ocasionales. Son también característicos los volúmenes miscelánicos, como El hacedor (1960), que mezcla textos en prosa y verso, o los que son catálogos abreviados de un material mucho más vasto, como el Manual de zoología fantástica (México, 1957). Una de sus formas favoritas por su brevedad y libertad para la digresión eran los prólogos, subgénero en el que abundó con tanta maestría (son notables ejemplos de su manejo de la concisión y la alusión) que hay una recopilación de ellos simplemente titulada Prólogos (1975) que, por cierto, incluye un «Prólogo de prólogos»".

La idea es aconsejar su lectura, que necesariamente no debe empezar por este tomo. Están todos los libros en la red.





jueves, 13 de enero de 2022

EFEMERIDES LITERARIAS DE ESTE AÑO

 

La razón de España nos entrega alguna efemérides importantes para este año:  100 años menos cumpliría Molière, quien nació en París el 15 de enero de 1622. A este fantástico autor francés le debemos agradecer grandes obras teatrales como “Don Juan”, “Tartufo”, “El avaro”, “El burgués gentilhombre” o “El misántropo”. Siendo su nombre real Jean-Baptiste Poquelin, el escritor revolucionó la dramaturgia y comedia de su época, siendo considerado así un clásico de la literatura universal y cuya obra sigue siendo objeto de estudio. A quien debemos celebrar este año por partida doble sería a otro francés: en este caso, Marcel Proust. Nacido en París en 1871 y fallecido en 1922, si bien el año pasado se celebraron los 150 años de su nacimiento, ahora se cumple el centenario de su muerte. Es uno de los grandes autores de todos los tiempos, y a él le debemos “Sodoma y Gomorra”, obra que también cumple un centenario, así como también la segunda parte de “El mundo de Guermantes”, tercer volumen de su obra maestra”.

También nos recuerda el cronista de la razón otro grande de la literatura:” Las conmemoraciones no deberán dejar atrás al gran escritor José Saramago, pues se cumple el 16 de noviembre un siglo de su nacimiento. Premio Nobel de Literatura en 1998, el autor nos dejó un gran legado novelístico, entre el que figuran obras como “Ensayo sobre la ceguera”, “Todos los nombres”, “Caín”, “El año de la muerte de Ricardo Reis” o “La balsa de piedra””.

Yasunari Kawabata, autor japonés que murió un 16 de abril de 1972. Hace, por tanto, 50 años, fue uno de los escritores nipones más importantes de la historia. Un autor que apostó por la cultura de su país y que se convirtió en una de las voces más valoradas de su entorno, ante todo gracias a obras como “La bailarina de Izu”, “País de nieve” o “La casa de las bellas durmientes”.

Este año se cumplen diez años de la muerte de Carlos Fuentes.

En homenaje a Proust y Joyce, dedicaremos  varias entradas a recordar sus obras

 

 

+

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 27 de diciembre de 2021

ENMMANUEL CARÉRE

 

Este año fue de relecturas, con la excepción de Irene Vallejo, pocos son los libros publicados este año que haya leido. Hay en todo caso autores que nos sorprenden por su versatilidad, por la capacidad de escribir historias complejas y diferentes, además de muy agradables. Este es el caso de este gran escritor Frances. Tiene la virtud de escribir obras de ficción entrecruzadas con temas específicos de gran importancia para la humanidad, algunos de carácter histórico, sobre todo, en lo que tiene que ver con los anclajes culturales y psicológicos que aun cuentan para el hombre, mecanismos de identidad o de rechazo. En “El reino” “se entrecruzan dos tramas, dos tiempos: la propia vivencia del autor, que abraza la fe en un momento de crisis personal marcado por una compleja relación amorosa y el abuso del alcohol, y la historia de Pablo el Converso y de Lucas el Evangelista. Pablo que cae del caballo, tiene una iluminación mística y pasa de lapidador de cristianos a propagador de la nueva fe que transmuta todos los valores. Y Lucas que escribe la vida de Jesús y a partir del cual nos adentramos en los evangelios primigenios, tan diferentes al Apocalipsis de fuegos artificiales de Juan. En estas dos historias entrecruzadas sobre la fe se suceden abundantes personajes, episodios y reflexiones: la serie televisiva sobre muertos que resucitan en la que participa Carrère como guionista, la canguro ex hippie y amiga de Philip K. Dick a la que contrata, los bolcheviques con los que compara a los primeros cristianos, webs porno, visiones eruditas sobre las fuentes originales del cristianismo, la desaparición,¿resurrección?”.

En la feria de Guadalajara alguien hizo esta presentación que me parece pertinente para definir su obra y estilo: Es un escritor que practica la circulación multimedia, trabajando además en cine y televisión, pero sin separarse de la gran tradición humanista. Por un lado, es capaz de releer y comentar la Biblia con la erudición que exhibe en un libro como El reino. Y, por otro, es autor de una celebrada biografía de Philip K. Dick y un apasionado lector de ciencia ficción y de reportajes periodísticos. Heredero de Montaigne y de Rousseau, lo autobiográfico adquiere en su escritura una dimensión crítica que le permite pintarse sin concesiones y explorar arriesgadamente zonas de sombra de la condición contemporánea”.

Sus historias son confrontaciones con sus propias dudas y la tradición de que es heredero. En “Limonev” de la mano de un personaje extraño indaga sobre la Rusia de los últimos cincuenta años:

“«Limónov no es un personaje de ficción. Existe y yo lo conozco», advierte Emmanuel Carrère. Esta novela biográfica o biografía novelada reconstruye la vida de un personaje real que parece surgido de la ficción. Un personaje desmesurado y estrafalario, con una peripecia vital casi inverosímil, que le permite al autor trazar un contundente retrato de la Rusia de los últimos cincuenta años y al mismo tiempo aventurarse en una indagación deslumbrante sobre las paradojas de la condición humana. Poeta y pendenciero en su juventud, Limónov frecuentó los círculos clandestinos de la disidencia en la Unión Soviética, se vio obligado a exiliarse y aterrizó en Nueva York, donde vivió como un vagabundo, fue mayordomo de un millonario y escribió novelas autobiográficas. Siguió haciéndolo cuando se marchó a París y allí alcanzó notoriedad pública con una escandalosa novela sobre sus andanzas neoyorquinas por el lado salvaje. De allí pasó a los Balcanes, donde apoyó hasta las últimas consecuencias la causa serbia, y regresó después a la Rusia poscomunista para fundar un partido nacional bolchevique que fue prohibido. Él acabó en la cárcel, acusado de tentativa de golpe de Estado, y allí escribió más libros, tuvo una experiencia mística y al salir se convirtió en opositor a Putin”.

Este texto, ensayo y novela, narra los peores episodios de Putin, es la puesta en escena de temas que solo la novela puede tratar con hondura y con absoluta libertad. Lo importante que quiero relevar es la factura con que arma el argumento absolutamente novedoso, la estructura, los saltos y la manera como hilvana las historias entre lo personal e histórico.

La novela es infinita en recursos, para la muestra este autor. En estas vacaciones espero leer la totalidad de su obra