sábado, 13 de septiembre de 2014

VIDA Y OBRA: HERMAN MELVILLE


Me he propuesto en este blog divulgar algunos artículos de importancia que incentivan la buena lectura, el periódico “El clarín” de Buenos Aires cumple a través de la revista literaria Ñ un papel preponderante en esta materia,este artículo escrito por  Andrés Hax resulta ser una apología a la obra de Herman Melville, ameno, lúcido e incita a la lectura,  espero que mis lectores lo disfruten:

Andrés Hax
I.
Cuando uno es muy joven y queda hechizado por primera vez por la literatura, nace al mismo tiempo la idea de que la felicidad máxima se alcanzará escribiendo. Y a la vez también la desesperada idea de que el mejor desenlace posible para la propia vida sería escribir una Gran Novela. Desafortunadamente, el 99,999 % de las personas que sintieron esto en algún momento iluminado de su juventud nunca llegaron –o nunca llegarán– a comprobar si cumplir este anhelo es, de hecho, una forma de entrar en una especie de inmortalidad en vida o al menos en un pequeño nirvana. La historia nos dice que no. Escribir una obra maestra no garantiza ni paz, ni felicidad, ni reconocimiento. Un caso emblemático es el de Herman Melville. 


Aquí lo vemos, en 1851. Es noviembre y está caminando por los helados campos cercanos a su casa -llamada Arrowhead, por las puntas de flecha de piedra que los indios americanos –ya espantados– dejaron desparramados por todos lados. Estamos en Pittsfield. Es un pequeño pueblo en el oeste del estado de Massachusetts, a unos 220 kilómetros de Boston. Tal vez está nevando un poco, al comienzo de la primera tormenta del año. En poco tiempo vendrá el invierno.

¡Qué joven que está Melville! Tiene 32 años, nada más. Hace cuatro años que está casado. Tiene un hijo, Malcom, de tres (que se suicidará en la casa de sus padres, con un tiro de pistola a la cabeza, a los 18 años). Tiene otro hijo, Stanwix, recién nacido (este se morirá a los 36 años de tuberculosis, muy lejos de su padre, en San Francisco).

Entonces, es noviembre de 1851 en Pittsfield, Massachusetts y Herman Melville está caminando entre los antiguos y colosales arces y robles deshojados. Cuervos y halcones trazan sus dramáticas curvas en un cielo gris. Sus pasos son firmes. Por allí está yendo a visitar su amigo y vecino Nathaniel Hawthorne, a quien admira con un fervor casi amoroso. Tal vez las exhalaciones de su aliento hacen humo en el aire de la tarde fría. O tal vez sólo se pueden ver sus ojos, ya que su rostro está envuelto en una larga bufanda. Lo que sí sabemos –aunque no está escrito en ningún lado- es que Melville en este preciso momento está en un estado de gracia. No está caminando; está flotando. Es un ser perfecto que ha cumplido la misión de su vida. Søren Kierkegaard dijo que llegamos a la vida con órdenes selladas. El 99,999% de nosotros ni lo sabemos o, si lo sabemos, nunca llegamos a leer esas órdenes. ¿Dónde están? ¿Por qué no llegan? ¿O llegaron hace tiempo y estarán perdidas entre tantos otros papeles?


Herman Melville acaba de terminar de escribir Moby Dick. Lo escribió fuera de sí, con ángeles y demonios a su espalda. Es su sexta novela pero nadie podría haberse imaginado que el autor de esos previos amenos relatos marítimos hubiera sido capaz de escribir algo así. Un libro infinito. Eso decían sus órdenes selladas: escriba Moby Dick. Y lo hizo.

¿Y entonces?


Y entonces nada.


Nadie leyó Moby Dick. Los que le prestaron una mínima atención lo despacharon como una locura incomprensible. Cuando murió Melville, a los 72 años -tras trabajar viente años como inspector de aduanas- era un desconocido. En el obituario del New York Timesescribió su nombre Henry Melville. Aunque en su vida publicó -aparte de Moby Dick- diez novelas más, más de una decena de cuentos, y un centenar de poemas, la escritura de Herman Melville es esencialmente póstuma: su obra cobró vida solamente después de su muerte. El autor de una de las mejores novelas de la historia de la literatura murió solo y triste, amargado y desconocido.


Es un cuento viejo.


II.
Moby Dick empieza con un saludo íntimo. El narrador simplemente se presenta diciendo: "Call me Ishmael". Es la primera frase del libro. En castellano suele ser traducido como: "Llamadme Ismael"; o peor aún: "Pueden ustedes llamarme Ismael." Esto es una tragedia.Call me Ishmael es un frase coloquial e imposiblemente más llana. Si vas a un bar en los Estados Unidos a beber solo, como se suele hacer en los bares de los Estados Unidos, y tu compañero de barra, tras unas cervezas silenciosas, decide iniciar una charla, tu podrías aceptar su avance diciendo: Call me (Joe, John, Peter, Chris, Bob, Bill...). "Llamadme" es una aberración. ¿Quién dice Llamadme? Y lo de ustedes funciona aun menos, porque Ishmael no esta dirigiéndose a un grupo. No está comenzando un discurso. Ishmael te está hablando íntimamente, informalmente. Te va a contar algo que le pasó, si querés escucharlo. Si no tenés otra cosa que hacer. Pedite otra Budweiser. Si te faltan puchos, andá a comprar. Acomodate, que esto da para largo y va a estar bueno.


Y el relato empieza así. A Ishmael, que viene de una buena familia, que fue profesor de escuela, le agarró una depresión, una desilusión con todo lo cotidiano y con el mundo en general. Tanto es así que está pensando -con inquietante frecuencia- en suicidarse. También lo poseen sentimientos violentos. Tiene ganas de revolear los sombreros a los solemnes peatones de la ciudad. Pero cuando le pasa esto tiene una solución. Se embarca en un ballenero. Son viajes largos, de dos o tres años. Das la vuelta del mundo. Mandás todo al carajo y te vas. Es, de hecho, como un suicidio temporario. Pero además, te pagan. Por más romántico que nos suena hoy, en su momento era un trabajo proletario. Como si un joven de privilegio abandonara su vida cómoda para ir a trabajar a una fábrica.


Ishmael no es megalómano pero sabe que su pequeña vida es una parte, aunque sea infinitesimal, de un gran relato cósmico. Este tipo es un poeta y un filósofo. Parte hacía la isla de Nantucket porque para sus gustos –que son finos– los balleneros más nobles y clásicos salen de esa isla (que está a menos de 200 kilómetros al suroeste de Boston). Pero primero tiene que hacer escala en New Bedford -un puerto entre Boston y Nueva York- donde se embarcará al punto de partida de su aventura. Tiene poca plata y en el hotel oscuro y de mala muerte que encuentra un sábado por la noche (los barcos a Nantucket salen el lunes por la mañana) no hay cupo, salvo que quiera compartir su habitación con otro huésped. Bueno, ¿por qué no? Ishmael acepta y, todavía solo, se acomoda en la cama. Horas más tarde, entra su compañero de cama. Es un enorme hombre negro, tatuado de pies a cabeza, que no habla una sílaba de inglés. Tras una confusión inicial, y después de un breve ritual pagano llevado a cabo por Queequeg (el "salvaje"), los dos terminan en cama juntos, charlando como un viejo matrimonio -cada uno en su idioma y de alguna manera entendiéndose. Se despiertan con la luz del día, sus piernas entrelazadas. Ya son amigos íntimos y los dos irán juntos en búsqueda de una nave para lanzarse a los océanos del mundo, por uno, dos o tres años, sin hacer nunca pie en tierra firme en todo ese tiempo.

Así empieza Moby Dick. Si lo agarra un buen cineasta podría hacer una versión fiel que espantaría la iglesia y cualquier señora de buen gusto. Y eso, para nuestros gustos, es bueno.

Herman Melville es un contemporáneo de Karl Marx, de Fiódor Dostoyevski, de Walt Whitman (su compatriota), de Charles Darwin, de Rimbaud, de Van Gogh, de Nietzche, de Wagner. Es una lista absurdamente incompleta esbozada simplemente para ubicar a Melville en su momento histórico. Pero la lista también sirve para mostrar la soledad de Melville. Aunque sus logros como escritor lo ponen, retrospectivamente, en la misma categoría de los pensadores, pintores, músicos y filósofos sugeridos, en vida no pudo usufructuar ni de la admiración de ellos ni de su compañía. Melville es un solitario.

Resumir Moby Dick en una página es una tarea tan inútil como intentar resumir el Museo del Prado en semejante espacio. Si podrías dedicarle una monografía entera a sólo un rincón de un panel de El jardín de las delicias de El Bosco, por ejemplo. Si te conviertes en fanático lo mismo podrías hacer con cada capítulo, con cada párrafo, de la gran novela de Melville. Mencionamos ese cuadro en particular, porque Moby Dick también está lleno de miniaturas. Como ese cuadro del Siglo XV, la novela de Melville está híperpoblada con decenas de personajes; tiene aspectos luminosos y partes sombrías; es alegórico pero sus simbolismos son alarmantes en vez de ser repeticiones de viejas mitologías; lo puedes mirar y mirar y siempre encontrás algo nuevo; es desesperadamente seria, pero también tiene algo de juego; es narrativo, pero también enciclopédico; a primera vista parece inocente, pero tras una inmersión en su mundo, da miedo.

Al principio de Moby Dick, Melville entona: "“Pero he nadado por bibliotecas navegado por océanos". Moby Dick es un laberinto, una antología, un poema en prosa, una aventura, un informe sobre la industria más importante de su momento, un borrador para una nueva metafísica.

Es urgente que lo leas lo antes posible.


III.

La obra de Herman Melville no se limita a Moby Dick. En total escribió once novelas; pasó casi treinta años de su vida escribiendo poesía; escribió cuentos canónicos como Billy Budd y Bartleby el escribiente (que podría haber sido escrito por Kafka). Pero si leemos estas otras obras de Melville -o indagamos sobre los detalles de su biografía- es en gran parte para acercarnos al inagotable misterio de Moby Dick. De intentar entender mejor de dónde vino, cómo fue escrito, y de hacer tiempo antes de una relectura de la obra que lo hizo inmortal, por más que él nunca se haya enterado.


domingo, 7 de septiembre de 2014

EL CUENTO COLOMBIANO POR ESTOS TIEMPOS



Empezare con una afirmación que trae Juan Gabriel Vásquez en un breve ensayo, quien la toma de Frank O´Connor, la cual es pertinente con referencia al cuento: “A diferencia de la novela, vive despegado de los grandes movimientos históricos o sociales; es un género de solitarios, de hombres sin paisaje colectivo, donde lo que se juegan los personajes pertenece casi al terreno de las revelaciones intimas ( Eso que Joyce llamó epifanías sigue estando presente en la poética de varios de estos cuentistas)” y que servirá de sustrato para hacer una breve indagación sobre la situación del cuento Colombiano.
La primera categorización: La provincia reverbera, hay en las regiones una verdadera revolución en materia de literatura, focalizada en el género del cuento: Movimientos, academia y grupos, además de los representantes connotados, tanto los de la vieja guardia como la generación nueva, con resultados muy satisfactorios en materia de publicaciones. Y por la otra, se consolidan escritores que ya rebasaron lo local y hoy hacen parte de la pléyade del cuento colombiano, la nueva narrativa, con reconocimiento por fuera del país. Algunos puntos de convergencia: Es eminentemente urbana, intimista, acopia técnicas de vanguardia muy mezcladas con la manera del relatar del cine, cargada de influencias múltiples que van más allá de la propia literatura, en la mayoría de casos matizada por la violencia, desligada por completo de la generación del Boom pero, está lejos de alcanzar la importancia que tuvo esta generación excepcional, aunque vale la pena advertir que no la hereda, menos la padece, hay frescura en su labor, no están marcados.
Se han publicado varias antologías que de alguna manera constituyen un a priori para acercarnos al cuento y los cuentistas, al panorama general.  Luz Mery Giraldo, Héctor Abad Facio Lince, tienen aportes valiosos en este sentido y Juan Gabriel Vásquez ha escrito algunos ensayos muy lúcidos sobre el tema.
De hecho la generación de los cincuenta,  Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez, Herazo, Hernando Téllez y Fuemmayor, Mejía Vallejo, quien está en la mitad, para hablar de los  representantes más importantes,  cortan con la tradición costumbrista: Marroquín, Adel López Gómez, Tomas Vargas Osorio, Eduardo Caballero Calderón, para citar algunos, esta generación que tuvo en mito su plataforma constituye un buen punto de partida para poder entender a cabalidad lo que pasó con el cuento colombiano a partir de los años setenta en adelante, hasta llegar al día de hoy,.
La generación de Collazos, Trueque, Burgos, Ruiz, Fayad, Darío Ruiz Gómez, Valverde, David Sánchez Juliao, Oscar Collazos, German Espinosa, Gustavo Gardiazabal, Roberto Burgos Cantor, entre otros, llamada generación del desencanto por los efectos del Boom y el universo Garciamarquezco, la cual ha  sido rescatada de ese olvido imperdonable que alguna vez tuvo, a esta le siguen un grupo de escritores variopintos por fuera del canon, pues responden a influencias y marcos creativos muy diferentes, que realmente evitaron a toda costa las influencias del Boom o no las reconocen o no la tienen en cuenta y quienes desde el paisaje urbano han creado las bases de una narrativa consolidada, pero que se calibra realmente a partir de los aportes individuales, es muy difícil de agrupar, casí que la crítica especializada nunca ha caído en este error.
Mendoza, Héctor Abad, Gamboa, Bradan, Marvel Moreno, Botero, Ungar, constituyen eso que yo llamo la última generación, de escritores solitarios, con temas urbanos, pero con genealogías e influencias muy diversas, marcados aún por la violencia, sobre todo aquella posterior al narcotráfico tenaz de los 60, que responde a variables novedosas, sin dejar de ser  intensa.  El cine, los escritores norteamericanos (Raymond Carver. Auster), el mundo digital, la literatura del comic y la misma televisión son influencias notorias y de alguna manera novedosas.
Por ejemplo, el texto “Las semillas del tiempo” compuesto por”Epifanos” textos breves, de Juan Carlos Botero, resulta ser un ejemplo de lo expresado. “Están inspirados en la obra de Ernst Hemingway e impregnados de la violencia que nunca falta en Colombia”. Al respecto de esta publicación el escritor expresó: "La violencia en mi país está dando lugar a un fecundo momento artístico: las artes en Colombia no son un escapismo sino una respuesta de vitalidad ante ella". los "epífanos" no son cuentos ni microrrelatos, sino "un género original y autosuficiente, necesario para la literatura". Al leer los cuentos completos de Hemingway, Botero (Bogotá, 1960) se topó con unos textos "muy breves y poderosos", que el autor de El viejo y el mar describía como "pequeñas granadas que estallan en la cabeza del lector".
Con respecto a Octavio Giraldo y Badran expresa Juan Gabriel Vasquez en un texto a manera de epilogo: “Y, si se me permite la gigantesca licencia poética de pensar que la cultura popular es un subgénero literario, se me permitirá también admirar sin reticencias esas dos maravillas que son “La magia del Joe Domínguez”, de Pedro Badrán, y “¿Recuerdas Staying Alive?”, de Octavio Escobar. Badrán, fiel a la tradición caribe, es un aventajado lector de Faulkner, y su cuento es capaz de reinventar el célebre narrador colectivo de “Una rosa para Emily” para contarnos el auge y caída de un narco de segunda división. En un párrafo de más de diez páginas, y con un sentido impecable de la oralidad[1]” que está lejanamente emparentado con Cabrera Infante, Escobar consigue una pequeña hazaña que ya ha conseguido otras veces: un canto generacional que navega sin estrellarse entre esas dos formas tan peligrosas del optimismo que son el gregarismo y la nostalgia”. La revista “Especulo” escribe sobre Octavio:  Una de sus obras destacadas es la recopilación de cuentos “De música ligera” que, con sus propias palabras, extraídas de una conversación que hoy les transcribo, constituye: “Grupos de cuentos estructurados alrededor del tema de la música popular, no porque los cuentos en sí se ocupen de la música popular, sino porque los personajes de cada uno de los cuentos tiene una canción, un motivo, un cantante que lo obsesiona, que tiene mucho que ver con su vida. El libro parte de la idea de que la música popular, como muchas otras formas de cultura popular, son muy importantes en la vida de las personas. Con mucha frecuencia he realizado trabajos donde cosas de la cultura popular tienen mucha relevancia en la vida de los personajes”. Que ratifican todo lo expuesto con respecto a las influencias y estructura narrativa de estos escritores, es completamente novedosa con respecto a lo que veníamos leyendo. Luz Mery Giraldo con referencia a la generación del 90 escribe: “Afirmamos que los noventa traen una interesante renovación del género: a las búsquedas y hallazgos anteriores se une la voluntad de recuperar la fábula o el contar convencional, siguiendo las pautas de la sucesión, economía, unidad, clímax y consolidación del efecto causado por lo que se cuenta. Queda atrás la valiosa y necesaria experimentación, la búsqueda de un lector atento que se detenga a descifrar códigos y atar cabos, tan propio de la novela experimental y aprovechado por algunos autores en la escritura de sus cuentos; se busca, pues, un lector cómplice que busque y encuentre en la forma sincrética y sintética un cielo perfectamente acabado y una historia sugestivamente contada”.
Pienso que el cuento colombiano pasa por un excelente momento. Los autores consagrados, me refiero a Gamboa, Mendoza, Franco, Juan Gabriel Vásquez, Constain, Ungar, Enrique Serrano, entre otros,  a los que se le agregaría otros, importantes, con trayectoria (Badran, Octavio Escobar)  aun no suficientemente reconocidos por fuera del país, que confirma el buen momento de nuestra narrativa, pues es un hecho que su producción está plena efervescencia.
Sobra decir que hay otros escritores, casí todos exiliados por voluntad propia, consagrados de igual manera, simplemente haciendo su trabajo solitario sin mayores estruendos, los cuales no podemos pasar por alto: Autores como Marco Tulio Aguilera Garramuño, Óscar Castro García, Eduardo García Aguilar, Julio Olaciregui y Ramón Illán Bacca, quienes nacieron de la mano del cuento y que tienen una obra que alumbra con luz propia, bien estructurada, seria y que hace parte indefectible de nuestra literatura, este sería casí un capítulo aparte, podría llamarla la literatura del exilio, para darle algún nombre.
Es un hecho que el trabajo de indagación siempre queda a medias, pero queda trabajar los autores de manera individual, espero terminar la labor, pero creo que este es un abrebocas a un tema de nuestra narrativa de suma importancia.

















[1] Pedro Badrán Padauí1, tomo los textos de cuentos El lugar difícil, Hotel Bellavista y otros cuentos del mar y la novela breve El día de la mudanza2

miércoles, 3 de septiembre de 2014

DANIEL BAREMBOIM

Me ha llegado un libro que como lector considero necesario comentar y fomentar, pues enaltece la condición humana y es un referente obligado para los amantes de la música. Su primera virtud, está escrito por un artista a carta cabal: “es un pianista y director de orquesta argentino nacionalizado español, israelí y palestino. Hijo de músicos (tanto Enrique Barenboim como Aída Schuster, sus padres, fueron destacados pianistas), debutó en Buenos Aires a los siete años con un éxito tal que fue invitado por el Mozarteum de Salzburgo a continuar sus estudios en esta ciudad, en cuyo festival triunfó tres años después” . La segunda, promueve el arte desde esta condición. El libro: “El sonido es la vida, el poder de la música”, es un texto escrito desde la condición subjetiva de quien ha vivido inmerso en la música, nos recalca: deberíamos hablar del mundo sonoro, después  nos lleva a travèz de una prosa exquisita, clara y concisa revelarnos secretos de este universo,  este es parte de su magia y hacer un recorrido alrededor de la música clásica, desde lo más primario hasta llegar a puntos verdaderamente profundos.
Comienza con una disertación sobre "El sonido y pensamiento".  Escribe al respecto: “ En mi opinión, la única definición realmente precisa y objetiva es la de Ferrusio Busoni, el gran pianista y compositor Italiano, que dijo que la música es aire sonoro, que lo dice todo y nada al mismo tiempo” Schopenhauer, por otro lado, veía en la música una idea del mundo”. A partir de esta definición inicial va profundizando  en aspectos sustanciales.
Esta apertura temática, no le impiden tocar el tema político. el autor vive en medio de un conflicto cargado de radicalismos irreconciliables que lo tocan: El Conflicto entre Palestinos e Israelitas, el problema entre árabes y judíos, la historia total de un pueblo marcado por diferencias con mucho dolor.   Resalto la condición humanística, me recuerda al gran escritor Said, el palestino que tocaba temas de música e interpretación con absoluta sabiduría, quien nunca evitó el tema político, inclusive hay un capitulo en homenaje a este autor en este libro.
El capítulo “oír y escuchar” es de una belleza absoluta, nos es fácil tocar un tema tan especializado y darse  a entender, ser legible para profanos, poder ser entendido por personas sin ningún conocimiento, Barenboim es un maestro, pues nos logra interesar en estas especialidades.
Otro tema que toca con manos de cirujano, es el de la inspiración, sobra decirle a mis lectores que hay que leerlo, veremos como colgamos algún capitulo en este blog. 


El libro vino de la mano de Luis Fernando Potes, quien siempre nos alimenta con estas lecturas inolvidables.




jueves, 28 de agosto de 2014

A PROPOITO DE JULIO CORTAZAR EN SU ANIVERSARIO


He rendido un homenaje de Julio Cortázar no solamente contando mi experiencia como lector, sino haciendo una pequeña antología de los mejores artículos a propósito del mismo. Este es el escrito de Sergio Ramírez  gran escritor Guatemalteco.
ALGUIEN ANDUVO POR AHÍ
Estamos en el mes del centenario de Julio Cortázar, y es la hora de evocarlo. Contar cómo lo conocimos, dónde nos encontramos con él por primera vez. Para mí esa primera vez fue en abril de 1976 en San José, Costa Rica, donde yo vivía para entonces.
En su cuento Apocalipsis en Solentiname relata el viaje que en esa ocasión hicimos a Solentiname, en el Gran Lago de Nicaragua, donde Ernesto Cardenal tenía su comunidad campesina, no muy lejos de la frontera. Nuestro otro acompañante era Óscar Castillo, actor y director de cine:
"Sergio y Óscar y Ernesto y yo colmábamos la demasiado colmable capacidad de una avioneta Piper Aztec, cuyo nombre será siempre un enigma para mí pero que volaba entre hipos y borborigmos ominosos mientras el rubio piloto sintonizaba unos calipsos contrarrestantes y parecía por completo indiferente a mi noción de que el azteca nos llevaba derecho a la pirámide del sacrificio. No fue así, como puede verse, bajamos en Los Chiles y de ahí un yip igualmente tambaleante nos puso en la finca del poeta José Coronel Urtecho, a quién más gente haría bien en leer..."           
Eso fue un sábado. Julio había llegado a Costa Rica invitado a dar unas conferencias en el Teatro Nacional. Desde la finca Las Brisas, donde vivía Coronel Urtecho, cercana al río San Juan, se llegaba en bote hasta el puerto de San Carlos, y de acuerdo al santo y seña acordado entre la familia Coronel y los guardias  del puesto nicaragüense, se hacía un giro con el bote y así se podía seguir hacia el Gran Lago sin necesidad de bajar en el muelle para los trámites de migración. Julio entró a Nicaragua sin que la dictadura de Somoza se enterara. Clandestino.
Con alguna frecuencia yo iba a Las Brisas, en vuelos más azarosos que el que describe Julio, pues tomaba, a veces en compañía del poeta Carlos Martínez Rivas, un viejo bimotor DC-3 de tiempos de la segunda guerra mundial, de esos que mientras están en tierra parecen insectos gordos sentados en sus patas traseras. Un ruidaje de las latas del fuselaje  al despegar, y cuando iba a aterrizar en la pista de barro rojizo de Los Chiles, el piloto debía pasar rasante y volver a elevarse en señal de que las vacas vagabundas debían ser ahuyentadas.
            Llegamos a Solentiname al atardecer, y al día siguiente asistimos a la misa de Ernesto. Después de la lectura del Evangelio se iniciaba un diálogo con los feligreses; las conversaciones se grababan, y luego se editaron en un libro, El Evangelio de Solentiname. Ese domingo tocaba el prendimiento de Jesús en el huerto, y allí están las intervenciones de Julio al comentar ese episodio de la pasión de Cristo. El evangelio según Cortázar. También tomaron la palabra los  muchachos campesinos que en octubre del año siguiente participarían en el asalto al cuartel del puerto de San Carlos al iniciarse la insurrección contra Somoza; en represalia, fue incendiada la casa comunal, y destruida la iglesia.
Pasada la misa, Julio decidió fotografiar los cuadros primitivos pintados por los campesinos: "...Sergio que llegaba me ayudó a tenerlos parados en la buena luz, y de uno en uno los fui fotografiando con cuidado, centrando de manera que cada cuadro ocupara enteramente el visor..."
            Luego cuenta que ya de regreso en París, cuando proyecta una noche las diapositivas a colores, en lugar de los cuadros empiezan a aparecer escenas del terror de las dictaduras militares, prisioneros encapuchados, cadáveres mutilados.
Pero entre esas imágenes hay una en que aparece la escena del asesinato del poeta salvadoreño Roque Dalton, ejecutado por sus propios compañeros de armas acusado de ser agente de la CIA, una acusación que iba más allá de la ejecución física porque pretendía la ejecución moral.
Esa fue la primera vez que nos encontramos. Y con el paso de los años, hasta su muerte en 1983, quedarían muchas otras cosas que contar. Como para un libro.







domingo, 17 de agosto de 2014

BYUNG-CHUL HAN EN CLARIN





Agustín scarpelli ha publicado en el suplemento Ñ del periódico “El Clarín“ de Buenos Aires un excelente artículo sobre este filósofo Alemán, quien gracias a un libro que es un éxito rotundo en ventas, está dando mucho que hablar por esta fecha en todo Europa. Considero necesario que mis lectores conozcan  del texto y se enteren de este pensador:

CRÍTICA A NUESTRO ILUSORIO ALBEDRÍO
Byung-Chul Han. Una introducción y fragmentos de sus ensayos -no disponibles en el país- para acercarse al ensayista de culto en Europa.

Probablemente el nombre Byung-Chul Han suene menos extranjero en Alemania que aquí. No hay sitio más global en el mundo que las grandes universidades de los países centrales, que rivalizan entre sí por ser la más multicultural. De origen coreano, el filósofo Byung-Chul se ha convertido en una celebridad universitaria en Berlín, donde reside, y a la vez, en un bestséller que se mueve entre lo popular y lo culto. Su ensayo La sociedad del cansancio (2012) va por la sexta edición en español; los contados ejemplares que llegaron a Buenos Aires se agotaron en una semana.
La sociedad de la transparencia  (2013),  La agonía del Eros  (2014) y el flamante  En el enjambre (2014) van camino a correr la misma suerte. Quizá sea porque entre las principales preguntas que hoy repican por todo Internet –las primeras en Argentina y otros países, como Alemania, según reveló esta semana un informe de Google– figuran: Por qué estamos tan cansados, por qué estamos solos. El apunte es estadístico pero da una dimensión del tono existencial de estos tiempos. Agotados, aislados. Tal vez el mismo lectorado masivo que se vuelca a los best-séllers de autoayuda hoy esté leyendo obras de diversas disciplinas, entre ellas la filosofía, con una búsqueda en clave existencial.
Doctorado con una tesis sobre Martin Heidegger, Byung-Chul es considerado por algunos como el sucesor de Peter Sloterdijk por sus análisis corrosivos de la contemporaneidad, aunque la relación con él sea enigmática, cuando no tensa.
¿Qué es lo que le otorgó notoriedad a este profesor que se había formado como metalúrgico en Seúl antes de mudarse a Alemania para estudiar literatura y filosofía? Quizá, su principal virtud sea la de asumir un lugar de enunciación arriesgado, el de polemista incisivo, sitio ocupado brevemente por su maestro Peter Sloterdijk con su Reglas para el parque humano . Precisamente, si existe un rasgo que permite poner en una serie todos estos libros publicados por la española Herder, es que todos los textos parten de la crítica y el comentario de autores precedentes bien conocidos. Byung-Chul toma autores y teorías que han circulado extensamente, también en nuestro medio. Pone en cuestión los conceptos de sociedad inmunitaria de Roberto Esposito, la sociedad disciplinaria y biopolítica de Michel Foucault, las ideas de Giorgio Agamben sobre la desnudez, el erotismo y la profanación, la teoría de Hanna Arendt sobre el rol del “homo laborans” en la vida moderna y las meditaciones de Richard Sennett sobre el trabajo.
En segundo lugar, buena parte de sus ensayos breves están atravesados por dos categorías de contornos algo imprecisos, como el binomio positividad/negatividad. Para Byung-Chul, el exceso de positividad –esa fuerza que ahuyenta del seno de la sociedad cualquier posibilidad de contradicción– es lo que caracteriza a la sociedad actual. La potencia de la negatividad consiste en que las cosas sean experimentadas justamente por su contrario: el emblema de la negatividad es Batleby , el personaje de Herman Melville que a toda tarea o pedido responde con candor: “Preferiría no hacerlo”. Por el contrario, la sociedad positiva, analiza Byung-Chul en La sociedad de la transparencia , no admite el sentimiento negativo: “se olvida de enfrentarse al sufrimiento y al dolor, de darle forma” cuando, en verdad, “también el espíritu humano es un nacimiento con dolor”, subraya.
Con sus textos, el lector se siente inmediatamente interpelado y comprendido en su desgracia e insatisfacción cotidianas: la hiperactividad y el multitasking, interpretados por el autor como fenómenos que impiden la verdadera acción, aquella que requiere de la actitud contemplativa; pero también el estrés que deriva de la autoexplotación; o la intimidad amenazada por las redes sociales, en las que participamos voluntariamente y que nos esclavizan a tiempo completo; el control ejercido por el panóptico digital; la soledad y el aislamiento que ello implica, imposibilitándonos para ejercer cualquier acción común. Estos son los “males de época” diagnosticados por Byung-Chul.
En La agonía de Eros el filósofo se propone explicar el actual declive del amor y del deseo y la sexualidad, particularmente agudo en aquellos países donde más se encarnan las vanguardias tecnológicas: “en la sociedad del rendimiento, dominada por el poder, en la que todo es posible, todo es iniciativa y proyecto, no tiene ningún lugar el amor como herida y pasión”. Otro de los síntomas del hombre contemporáneo es la depresión, que se origina en la persecución desmesurada del éxito personal. La sociedad disciplinaria caracterizada por Foucault ya no tiene lugar: el hombre, convertido en empresario de sí mismo, es más eficaz, más productivo autoexplotándose hasta desfallecer. Y esto es así porque si por un lado el hombre de hoy asocia su labor a una sensación de libertad, y no de coacción, por otro lado ya no reclama nada a los mecanismos de control: “la explotación también es posible sin dominio”, sostiene.
Como se ve, las ideas sobre el poder sostenidas por el filósofo se ocupan de un aspecto menos opresivo que productivo. En La sociedad de la transparencia parte de las conceptualizaciones del utopista Jeremy Bentham sobre el sistema del panóptico para explicar las nuevas formas de la vigilancia en la sociedad de control. Se podría creer que en esto sigue al último Foucault. Sin embargo, dice del filósofo francés: “Acepta sin crítica que el régimen neoliberal, como ‘sistema de estado mínimo’, como ‘administrador de la libertad’, posibilita la libertad del ciudadano. Se le escapa por completo la estructura de poder y coacción que hay en la proclamación neoliberal de la libertad”.
Byung-Chul acaba de salir de imprenta En el enjambre, aún no distribuido en España. En él se ocupa de las modulaciones de la individualidad en medio de la colmena digital de conexiones.
Para todos ellos, podemos arriesgar tempranamente cinco claves de lectura:
1.
La adopción del psicoanálisis, el cine y la literatura devuelve a sus textos una escala humana, perdida en los vericuetos tecnicistas de otros autores. ¿Será acaso que el lenguaje de las ciencias humanas se alejó tanto del hombre que ya no dice nada sobre su experiencia? La lectura que hace en La agonía del Eros del best-séller Cincuenta sombras de Grey , por ejemplo, le permite mostrar hasta qué punto la desaparición del otro en la pornografía y los imperativos de la salud y la vida sana (y el principio del rendimiento) dinamitan el amor y la sexualidad. Y esto es así porque “El Eros se dirige al otro en sentido enfático, que no puede alcanzarse bajo el régimen del yo. Por eso, en el infierno de lo igual, al que la sociedad actual se asemeja cada vez más, no hay ninguna experiencia erótica. Esta presupone la asimetría y exterioridad del otro”.
2.
Byung-Chul tiene ideas propias y originales pero se sirve de la crítica filosófica de otros autores cuando esto le permite entrar en un tema y apropiarse de él.
La agonía de Eros parte de una crítica a la israelí Eva Illous y “esas teorías sociológicas” que desconocen que hoy está en marcha algo que ataca al amor más que la libertad sin fin o las ilimitadas variantes: “No sólo el exceso de oferta de otros otros conduce a la crisis del amor, sino también la erosión del otro, que tiene lugar en todos los ámbitos de la vida y va unida a un excesivo narcisismo”.
3.
No es sólo la filosofía oriental la que opera en la obra de Byung-Chul. También su lectura descentrada de la filosofía dominante. No es sorpresivo que un autor de origen coreano utilice el mismo conjunto de autores que leemos en Argentina –Alain Badiou, Jean Baudrillard, Agamben, Esposito o Arendt. La buena noticia es que ese recorte sea atractivo para los europeos, que muchas veces han dudado de que pueda haber algo más que objetos de estudio blindados “en el extranjero”, reservándose la interpretación final excluyente. Más aún, parafraseando al filósofo palestino Edward Said, también estrella de la academia estadounidense, el nuevo peligro sería caer en el “occidentalismo” y creer en una imagen de Occidente estereotipada.
4.
Su prosa tiende al axioma. El argumento adquiere su potencia de esa brevedad. Su voz es la de un ventrílocuo. Sostiene lo que la filosofia alemana no podría decir; y retoma teorías de viejo cuño sin convocar a los autores que las forjaron ni la tradición que conllevan. Pero eso ya obligaría a un libro de cientos de páginas. Es cierto que la cita no siempre es elegante pero en ciertos casos la referencia es obligada. “Las cosas se tornan transparentes cuando se despojan de su singularidad y se expresan en la dimensión del precio. El dinero, que todo lo hace comparable con todo, suprime cualquier rasgo de lo inconmensurable, cualquier singularidad de las cosas. La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual”, escribe. ¿No resuena allí la teoría sobre el “fetichismo de la mercancía”, de Marx?
5.
Vida y obra. A la manera de los gurúes de artes marciales, Byung-Chul no se hace presente... No contesta los mails, nos dicen sus editores..., ha dado contadas entrevistas y no respondió a nuestras gestiones. La sociedad de la transparencia es inaugurada por un pasaje de Peter Handke: “Vivo de aquello que los otros no saben de mí”. Es evidente que la frase caló en el filósofo. En ese mismo libro, en uno de los capítulos que refieren a la fotografía, critica duramente aquello que denomina “el valor de exposición” en la sociedad actual. “El imperativo de la transparencia hace sospechoso todo lo que no se somete a la visibilidad actual. En eso consiste su violencia”, sostiene. De su presencia queda la fotografía pixelada de las solapas, de una belleza juvenil exótica.



sábado, 16 de agosto de 2014

HOMENAJE A GABO EN MALPENSANTE



En el último número hacen un homenaje al nobel Colombiano, como suele suceder con esta revista, es diferente a todo lo hecho.  Hay un artículo que me conmovió, resulta ser una crónica sobrecogedora de nuestro nobel en los últimos días de vida. El texto es de Michael Jacobs, un viajero impenitente que para la fecha realizaba un trabajo sobre nuestro rio magdalena.
Es una pequeña crónica sobre un encuentro furtivo con el escritor en Cartagena, narrada en primera persona, con mucha candidez, sin ramplonería ni largateria, típica de los homenajes naturales en ocasión a su muerte. Describe el encuentro con una prosa exquisita, con mucho decoro, con una sutileza absoluta, muy humana sobre todo. Lean este aparte:
“Su presencia tarde en la noche en un bar popular no era, pensándolo bien, particularmente sorprendente. Él era un hombre del pueblo, amante de la vida de los bajos fondos, una persona con el atractivo elemental de una estrella del fútbol. Lo más notable era que por fin había vuelto a Cartagena y lo trataban casi como si el Mesías hubiera reaparecido. A pesar de que tenía una casa en la ciudad vieja, ahora apenas se alejaba de su hogar de adopción en Ciudad de México. Evitaba de frente los festivales literarios, y no había estado en Cartagena desde 2006, cuando su llegada había producido una severa congestión en las calles del casco antiguo. Ahora tenía más de ochenta años y había estado gravemente enfermo de cáncer. Yo había escuchado varios rumores sobre su muerte inminente.
Sin embargo, la persona sentada en el Bazurto Social Club mostraba pocos signos de mala salud física; solo de soledad y falta de conexión con los que estaban con él. La fama excesiva tal vez lo había aislado en su propio mundo, convirtiéndolo, a su edad avanzada, en lo que había predicho su ficción, el patriarca en el otoño, el coronel a quien nadie habla, el general en su laberinto, la encarnación de Cien años de soledad. Y entonces, mientras yo seguía observándolo con miradas furtivas desde el otro lado del bar atiborrado, me di cuenta de algo más. Tenía una mirada que yo había observado muchas veces en mis padres ancianos: una mirada con un poco de enojo y perplejidad, como si quisiera que se marcharan quienes lo rodeaban, como si se hubiera dado cuenta con temor de que no tenía idea de quiénes eran aquellas personas y qué hacía él en su compañía. Mi padre había muerto del mal de Alzheimer en 1998, sin ningún recuerdo de sus dos hijos, o de lo que había hecho en su vida. Mi madre, ahora a pocas semanas de su nonagésimo cumpleaños, se encontraba en una fase avanzada de demencia.
Mientras pensaba si el escritor iba por el mismo camino que mis padres, pensé en ir a saludarlo, como tantos otros lo estaban haciendo ahora en el bar. Sospechaba que conocerlo sería algo tan fugaz y carente de sentido como tocar una reliquia sagrada, pero al menos podría decir después que le había dado la mano a uno de los gigantes de la literatura moderna. Alguien a quien había conocido en el festival me pasó una botella de cerveza, así que abandoné mi plan y me reuní con los bebedores empedernidos en el bar. No creía que fuera a tener otra oportunidad de conocer al escritor”.
Alguna vez exprese en este blog, por experiencias muy particulares de mi vida, que en ocasiones es mejor no conocer algunos escritores, en mí caso, algunos encuentros fueron muy poco gratos. Siempre quise hablar algún día con nuestro nobel, quien pese a su timidez tenía una elocuencia caribeña inolvidable para quienes tuvieron el placer de escucharlo, tenía un don especial, hablaba como escribía, en sus charlas se decantaba el genio y el talento. En el caso de Gabo, la condición de sus últimos días me suscito muchas reflexiones sobre la soledad en la vida. Es hermosa cuando la buscamos para reflexionar, para encontrarnos, pero nunca cuando se nos viene encima por esas vicisitudes incomprensibles de la existencia. Gabo expresaba en sus ojos en sus últimos años, soledad y se denotaba la condición impotente de quien no entendía lo que estaba pasando en su interior, muy a pesar de haber intuido este fatal final. El olvido, como  lo describió  magistralmente en el capítulo del insomnio en “Cien años de soledad”, resulta ser el mal más cruel que le puede sobrevenir a un hombre o a un pueblo en el peor de los casos.
Quisiera que mis lectores la leyeran:


La crónica, termina con una reflexión sobre nuestra realidad, pertinente además:
“A mi regreso a Europa, adonde una madre que perdía todo sentido de la realidad, al igual que le había ocurrido a mi padre quince años antes, decidí releer Cien años de soledad. La novela adquirió una resonancia más profunda, a la luz de lo que me había enterado ahora. Aquellas partes del libro que alguna vez había interpretado como las reflexiones sobre la capacidad de una nación para olvidar el pasado parecían ejemplos adicionales de una extraordinaria capacidad de premonición del autor: la enfermedad que lleva a los habitantes de la aldea imaginaria de Macondo a perder sus recuerdos, la guerra civil que se lucha por tanto tiempo que ninguna de las partes recuerda por qué lo hace.
Y encontré un significado nuevo en la célebre frase inicial del libro sobre un coronel, a punto de ser ejecutado, que recuerda la época remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Ahora imaginaba al coronel como al escritor mismo, que cerca del final de su vida, después de haber olvidado casi todo de ella, era capaz aún de rescatar, desde algún rincón oscuro, recuerdos llenos de magia, extrañeza y asombro. Lo recordé recordando el Magdalena. “Me acuerdo de todo lo relacionado con el río, absolutamente de todo...”. Y al pensar en estas palabras, recordé sus ojos, como estuvieron más tarde aquella noche, convertidos en los de un caimán, abriéndose de vez en cuando para mirarme, haciéndome imaginar que nada escapaba a su atención, que podían ver a través de mí y leer mis pensamientos, y que ofrecían su bendición a un viaje que ya había comenzado esa noche en mi mente, río arriba por una corriente que era también metáfora de la memoria, hacia un mundo exuberante, de maravillas y peligros, hacia zonas del pasado, brillantes y oscuras, hacia el alto y distante nacimiento del Magdalena, en el páramo andino, a orillas del olvido”.








 


jueves, 7 de agosto de 2014

ALGUNAS LECTURAS PARA TENER EN CUENTA




La escritura en el caso propio, hablo muy a título personal, cumple con la misión de ser una catarsis hermosa a esta vida harto complicada, aunque nunca infeliz, lo complicado al final resulta ser un deleite, cuando se superan las trabas, cuando no, son trágicas ataduras, gracias a ellas existe el psicoanálisis y los lacanianos que es otra manera de vivir. La lectura sigue siendo el bálsamo que me permite sobre-llevarla con más facilidad, otra barca que atenúa estos escozores, son aquellos encuentros y conversaciones con quienes son capaces de liberarse del esclavo mundo digital que nos domina y la estandarización del pensamiento.
Oteando en la red me he encontrado con dos cosas muy hermosas. En el suplemento de Babelia de “El país “ Un artículo de Alberto Manguel que recomienda la lectura de un texto que recoge relatos sobre el mar: “Desde Colon a Hemingway”, se llama. El libro por razones del tema, de antemano nos da garantía de ser un deleite, pues resulta ser una especie de antología que recopila los relatos más importantes sobre el mar. Manguel trae algunas consideraciones hermosas del vasto océano, como perlas:
“Sófocles comparó el mar a las mareas de la miseria humana. Jorge Manrique, a la muerte. Joseph Conrad sintió que el mar era, como los sueños, una imagen de la vida misma, y en Lord Jim escribió: “Un hombre que nace, cae en un sueño como quien cae al mar. Si trata de remontar a la superficie como hacen las personas inexperimentadas, se ahoga, nicht wahr?¡No! Le digo: lo que se debe hacer es someterse al elementodestructivo”. Otros sintieron que el mar era una prisión (Robinson Crusoe), un emblema de la libertad (Baudelaire), una metáfora de nuestra soledad (Terence Ratinggan) o del populoso universo (Melville) Marta Salís resume esa ambigua riqueza diciendo que el mar ha sido siempre una "gran fuente de inspiración literaria" cuya lectura refleja "toda su belleza, misterio y crueldad". Agrega adelante: “La selección de textos que Salís propone en esta antología sobre este vasto tema no es "histórica", en el sentido de verse obligada a retrasar los pasos de Moisés, Ulises o Jasón, pero sí cronológica, e incluye no solo ficciones sino crónicas de aventuras auténticas que merecerían serlo. Así leemos de la nave que perdieron los marineros de Colón, de los piratas que acosaron la ciudad de Maracaibo, de una seudorrobinsonada contada por el inventor de la primera, Daniel Defoe, de los sufrimientos de esclavos como Olaudah Equiao y de los razonamientos de negreros como el capitán Hugh Crow, de aventuras más recientes como la del circunnavegador solitario Joshua Slocum (que, al parecer de Richard Ford, fue uno de los mejores escritores de lengua inglesa)”. Es un plato Gourmet realmente.
Esta semana, que realmente ha sido una especie de catástrofe, alcance a leer un texto muy corto pero de una hondura y rigor inimaginable: “En el mismo barco” del filósofo Alemán Sloterdijk, es una visión del sujeto y del estado, por quien descifra con  pasmosa claridad los intríngulis del sistema, la relación sujeto-poder y por supuesto las claves de la política desde la lógica de sus configuraciones, lectura que hacemos como víctimas lúcidas, frenetizando con alguna racionalidad las consecuencias que padecemos, sus efectos están ahí, nos atormentan, hacen parte de nuestras complicaciones cotidianas, realmente es un libro tenaz.
Conseguí en la ciudad de Manizales Colombia una versión antigua de la enciclopedia “Universitas” de Salvat editores, en 20 tomos. Esta belleza editorial fue la que me permitió nacer como lector en mi lejana niñez, es hermoso rescatar algunos objetos que nos recuerdan claves de nuestra vida. Suelo rememorar a cada rato como si fuera hoy, sus artículos sobre el renacimiento, realmente es una obra magistral, allí está todo.
Hay una excelente serie de publicaciones sobre la segunda guerra mundial. Empezaré a realizar una especie de selección, lógico para ir entregándola. Siempre se encuentra uno con excelentes blog. Recomiendo este:
Lo encontré buscando información más amplia sobre Thomas Piketti. Este hombre desnuda en su totalidad las perversidades del capitalismo, el autor del blog reseña con inteligencia: “El nuevo libro de Thomas Piketty, Capital en el siglo 21 hace un trabajo notable para centrar la atención sobre el crecimiento de la desigualdad en las últimas tres décadas y advertir sobre el potencial riesgo de que aumentará aún más en los próximos años sino se hace algo para frenar esta situación que amenaza con hacer retroceder al mundo al siglo 19. Piketty aborda un punto básico muy simple y es que cuando la tasa de retorno sobre el patrimonio (r) es mayor que la tasa de crecimiento (g), se acelera la concentración de la riqueza. Esto es lo que ha ocurrido en los últimos 30 años con la implantación a gran escala de los postulados del libre mercado y la desregulación financiera. Las fallas intrínsecas en los modelos de competencia perfecta que ocultan asimetrías y mercados imperfectos, ha creado un primer mundo en la periferia del tercer mundo y un tercer mundo en el corazón del primer mundo”.

Releí un texto “Sobre escritores y escritoras ingleses” De Howard Rochester, que había leído hace más de quince años, publicado por la Universidad nacional de Colombia, realmente segundas lecturas son mejores. No son solamente análisis críticos, sino nos entrega muchas de las circunstancias en que nacieron obras clásicas de la literatura Anglo-Sajona. El texto de Shakespeare es muy bien logrado, realmente hay aportes valiosos.