Con este autor me encontré con
una novela negra que es pura literatura en el amplio sentido de la palabra, su
estilo siempre me conmovió, muy depurado, su escritura en apariencia sencilla, como el
buen Whisky en las rocas, es exquisita, hay ritmo, rigor estético y mucho trabajo,
cada palabra está bien puesta, sin arabescos ni barroquismos, la lectura lo va
a uno atrapando de la mano del comisario Wallender, quien es el más humano de
los investigadores que conozco, se mueve en medio de crímenes escabrosos en una
sociedad que conoce muy bien, llena de patologías,que produce hechos que
espantarían a cualquiera, donde casi siempre el sujeto común, el ciudadano de a
pie, termina condenado a la soledad más infame.
Sus preocupaciones no se
limitaron a describir la gran paradoja del ser humano, a resolver asesinatos, también atendió temas
mayores de corte político y sociológico. En una de las sagas para la televisión
Sueca y en el prefacio del texto” La pirámide” escribe: “Hasta que no terminé
de redactar la octava y última parte de la serie sobre Kurt Wallander, no caí
en la cuenta de cuál era el subtítulo que, en vano, había estado buscando para
ella sin cesar. Una vez que todo lo relativo a Wallander o, al menos, la mayor
parte, pertenecía al pasado, comprendí que ese subtítulo debía ser, lógicamente,
«Novelas sobre el desasosiego sueco». Pero lo cierto es que se me ocurrió, como
digo, demasiado tarde. Pese a que los libros no eran sino una variación sobre
este único tema: «¿Qué estaba sucediendo con el Estado de derecho sueco durante
la década de los noventa? ¿Cómo sobreviviría la democracia si los fundamentos
de dicho Estado no se mantenían ya intactos? ¿No tendrá la democracia sueca un
precio que pueda llegar a parecemos demasiado alto y deje de merecer la pena
pagar?”. Adelante agrega: “
Y creo que bien puedo dar
por confirmado el hecho de que Wallander ha funcionado como una especie de
portavoz de la sensación de inseguridad dominante que muchos ciudadanos
experimentaban, de su indignación y de sus justas valoraciones sobre la
relación entre el Estado de derecho y la democracia. Se trataba unas veces de
largas cartas en sobres abultados o de sencillas tarjetas postales procedentes
de lugares extraños de los que nunca había oído hablar; en otras ocasiones, era
una llamada telefónica la que me alertaba a deshoras o unas palabras excitadas
que me llegaban por correo electrónico”.
Cuando me encontraba con alguna novela suya la compraba sin reparos y sus lecturas nunca me han desilusionado, por ejemplo en "El chino": un día cualquiera son encontradas
19 personas brutalmente asesinadas en un pueblecito Sueco, en la investigación,
se descubre el tema escabroso de la migración China a Europa en el siglo XIX
por esta vía la novela indaga por un tema que en Europa se mantiene en velo por
razones diversas.
En este mismo prefacio
responde algunas sobre su personaje emblemático: “En cualquier caso, en la
mayor parte de las cartas, el remitente acababa formulando la misma pregunta:
¿qué había ocurrido con Wallander antes de que comenzase la serie policiaca? Es
decir, indagaba acerca de todo lo que sucedió, con una indicación temporal
exacta, antes del 8 de enero de 1990, la mañana en que, a hora bien temprana,
Wallander fue arrancado de su sueño al comienzo de Asesinos sin rostro. Y no
crean que no comprendo el hecho de que la gente se pregunte cómo empezó todo: cuando
Wallander entra en escena tiene ya cuarenta y dos años, y anda camino de los
cuarenta y tres. Pero, para esa fecha, él ya lleva mucho tiempo siendo policía,
ha estado casado y aparece como separado, tiene una hija y, en un momento dado,
se desliga de la ciudad de Malmö para refugiarse en Ystad”.
Este personaje es
absolutamente encantador, es un hombre desapacible, con un escepticismo y pesimismo
exacerbado, siempre le acompaña una lógica perversa, cargada de desconfianzas,
pero certera, típica de su trabajo, esta le sirve siempre para llegar a
la verdad en cada caso. En medio de estas indagaciones va haciendo reflexiones de la vida, en los
entremeses con su hija que van develando no solo su propio universo sino el de
muchos hombres en Europa, con el sistema, con el propio trabajo, lo que hace de
sus novelas verdaderas joyas a las que uno termina adicto.
La muerte de este escritor
me ha conmovido, es difícil volvernos a encontrar con un personaje literario de
tantos kilates y con su capacidad de trabajo. Por fortuna son muchas las
novelas que no he leído, me gustaría mucho averiguar como era su forma de
trabajo.
De
izquierda a derecha: Agatha Christie, Salman Rushdie, Ian McEwan, J.K. Rowling,
George Orwell, Virginia Woolf y Charles Dickens. Ilustración de Fernando
Vicente
De la mano de PABLO GUIMON,
el periódico “El país “ de España publica un excelente artículo sobre la
consagración de los narradores ingleses de los ochenta, que están en plena
vigencia y auge y el cual tiene la virtud de renovarse constantemente con
escritores de todo el mundo en inglés, espero mis escasos lectores lo disfruten.
All
you need is books
Como muchas buenas
historias londinenses, esta empezó entre vapores etílicos y humo de tabaco en
un viejo pub. The Pillars of Hercules, en Greek Street, en el Soho, se
encontraba justo debajo de la oficina de The New Review, una cabecera con la
que Ian Hamilton, un seductor genial, polemista y bebedor, quiso recuperar la
tradición casi extinta de las revistas literarias en la segunda mitad de los
años 70.
El pub se convirtió en la
verdadera redacción de la revista. Con un generoso whisky escocés en una mano y
un cigarrillo en la otra, Ian Hamilton repartía juego entre una camada de
jóvenes aspirantes a escritores.
Ian McEwan, Julian Barnes,
Christopher Hitchens y Martin Amis —que pronto empezaría a editar la sección de
libros del New Statesman, otro de los focos de esa nueva ola— hablaban de
literatura, bebían y se sacaban un dinerillo para mantenerse a flote mientras
escribían. “Fue, y sigue siendo, como una hermandad, una familia”, recuerda
McEwan. “Muchos escritores de mi generación estábamos a punto de publicar
nuestra primera novela, y ese pub se convirtió en el lugar donde alternábamos”.
Allí se formó el embrión de
uno de los fenómenos editoriales más extraordinarios de las últimas décadas.
Una serie de escritores con vocación transgresora, en el fondo y en la forma,
cuyo enorme éxito global ha marcado el devenir de las letras británicas de las
últimas cuatro décadas.
Hay quien defiende que el
estruendo provocado por aquel grupo de autores ha eclipsado a las generaciones
posteriores. Y es cierto que muchos de esos autores, hoy sexagenarios,
permanecen en el Olimpo de los escritores británicos contemporáneos y sus
novelas de madurez, desprovistas de esa transgresión de los inicios, siguen
siendo devoradas por lectores de todo el mundo.
Pero ese mismo éxito ha
abierto también un camino por el que han transitado después multitud de
talentosos autores. “Lo que convirtió a esta generación en algo tan emocionante
es que no había habido nada en Reino Unido, casi desde la guerra, con esa
sensación de entusiasmo”, explica Bill Buford, escritor norteamericano que, al
frente de la revista Granta, desempeñaría un papel clave en ese resurgir de la
novela británica. “Fue el ruido después del silencio. El oasis viene después
del desierto, no puede haber otro oasis después de un oasis. Pero lo cierto es
que, cuando ellos llegaron, Reino Unido no era un sitio emocionante para los
libros, y ahora sí lo es. Ellos fueron muy celebrados porque no había otros,
ahora hay mucha más gente haciendo cosas interesantes”.
La industria del libro, con
180.000 títulos al año, genera 4.650
millones de euros. El 40% procede
de la exportanción
Reino Unido sigue siendo
una potencia editorial, con más de 180.000 títulos publicados al año, y unos
ingresos por ventas de libros de 4.650 millones de euros anuales, el 40% de los
cuales procede de la exportación. La ficción histórica y la novela infantil y
juvenil, en la estela de las exitosísimas Hilary Mantel y J.K. Rowling, viven
una época de esplendor. Y nuevas hornadas de escritores, sin tanto ruido y cada
uno por su lado, mantienen muy activo el imán creativo de la novela británica.
Peter Florence es un
testigo privilegiado de ese nuevo talento, que desfila cada año por el Hay, el
festival literario que creó con su padre en un pequeño pueblo galés en 1989,
convertido hoy, bajo su batuta, en un evento con ramificaciones por todo el
mundo. “Hay grandes libros que salen cada año”, asegura. “Tahmima Anam, Laline
Paull y Rebecca F. John, por ejemplo, son grandes nuevas escritoras. Y creo que
podría defenderse que, después del genio sublime de Tom Stoppard, las mejores
apuestas británicas para un próximo Nobel de Literatura pueden ser Ali Smith y
David Mitchell. Pero lo que diferencia a aquella generación de los ochenta es
que se trataba un grupo de amigos. Una pandilla que los medios podían
identificar y sobre la que podían escribir”.
Puede parecer osado hablar
de una generación dorada en la literatura del país de Shakespeare, Dickens,
Conan Doyle, Christie, Woolf, Lessing y un infinito etcétera. Pero está claro
que en el Londres de los ochenta pasó algo.
“Aquella fue la última ola
coherente que hemos tenido”, opina Sam Leith, escritor de 41 años, que editó la
sección de libros del Daily Telegraph, ahora publica en diversos periódicos, y
ha sido jurado del último Booker Prize. “Fue como una pandilla. Hoy en día hay
gente muy prominente, pero no existe esa sensación de círculo literario
cerrado. Después de una tradición de novelas suburbanas bien construidas y
ortodoxas, llegó está generación que buscaba, como dijo Barnes, épater le
bourgeois. Había una sensación de que algo terminaba y empezaba otra cosa
nueva. Fue un periodo en que ser novelista se convirtió en sexy”.
Con Rushdie llegó una
novela cosmopolita y libre que tenía más que ver con García Márquez que con la
tradición nacional
El París de Hemingway,
Stein, Fitzgerald y Pound era un fiesta. Igual que la Nueva York de Capote y
Mailer, o la Barcelona del boom latinoamericano. Pero también lo fue el
Londres, sombrío y multicultural, de Amis, McEwan, Barnes, Kureishi y Rushdie.
El conflicto entre los deseos de prosperar y el deterioro de la economía
estalló al final de la década en el invierno del descontento y el punk.
Margaret Thatcher llegó al poder en mayo de 1979 e impuso el dogma del libre mercado.
La cultura se convirtió en una mercancía más.
HURACÁN
RUSHDIE
El Reino Unido de Thatcher
empezó a abrirse hueco en la ficción literaria, convirtiendo a los ochenta en
una época productiva y vigorosa para la narrativa. “La novela era sexy de
nuevo”, explica Malcolm Bradbury, en su ensayo The Modern British Novel. “Los
propios novelistas fueron la prueba viviente del milagro thatcherista, con su
preocupación por el estilo de vida, su cultura del eclecticismo, su
competitividad y su culto al éxito. El posmodernismo se convirtió no en un
oscuro experimento sino, como los caros productos gastronómicos de países
exóticos, en una elegante mercancía”.
El mejor indicador del
cambio de rumbo en la narrativa británica lo proporciona el Booker Prize, el
más prestigioso premio de las letras británicas. El de 1980 fue una batalla entre
dos gigantes de la poderosa generación de los cincuenta, Anthony Burgess y
William Golding, en la que acabaría imponiéndose el segundo. Al año siguiente,
el ganador fue un joven autor desconocido, nacido en India, llamado Salman
Rushdie.
Su libro, Hijos de la
medianoche, no se parecía a nada que se hubiera visto hasta entonces en la
tradición británica. Una novela cosmopolita y libre, no solo en el fondo, sino
en su efervescencia formal, que bebía más de Grass o de García Márquez que de
los maestros de la literatura británica. Kazuo Ishiguro habló de esa obra como
“absolutamente crucial” para los jóvenes escritores que, como él mismo, soñaban
con estirar las fronteras de la novela británica. Aquellos Hijos de la
medianoche llegaron, en algún momento de finales de 1979 y en forma de
manuscrito, a la mesa de Bill Buford, entonces un estudiante norteamericano en
Cambridge, que había empezado a dirigir la revista literaria Granta. Buford
incluyó un extracto de la novela aún inédita de Rushdie en el tercer número de
la revista en el que, provocadoramente, proclamó “el fin de la novela inglesa y
el inicio de la ficción británica”.
CARMEN
SECANELLA
“La literatura británica en
esos años era como el campo inglés: bonito, ordenado y totalmente predecible”,
explica Buford desde Nueva York, ciudad en la que se instaló a mediados de los
noventa para dirigir las páginas de ficción del New Yorker, en el que aún
colabora además de escribir libros sobre gastronomía. “Yo buscaba una
literatura que no existía entonces, tampoco en Estados Unidos, donde había
experimentación pero se miraba hacia dentro. Salman miraba hacia fuera. Hablaba
de historia, de política, del mundo. Era el primer libro desde Cien años de
soledad que tenía esa ambición. Fue un estallido, un huracán de aire fresco”.
Estamos a principios de los
ochenta. Recuerden: Thatcher, Saatchi & Saatchi. El marketing es la nueva
religión y el libro es una mercancía más. Así, igual que había un Consejo de
Marketing de la Carne para persuadir a la gente de que comiera vaca autóctona,
existía también una institución gemela que perseguía que los ciudadanos
compraran buenos libros británicos. Y su director, Desmond Clarke, tuvo la
brillante idea de encargar una lista de los 20 mejores escritores británicos
menores de 40 años que, por un juego de casualidades, se convertiría una de las
jugadas de marketing más importantes de la historia del mundo editorial.
EL
CANON DE ‘GRANTA’
El 22 de agosto de 1983 la
lista se publicó en el Sunday Times. Al limitado impacto que cabe esperar de
una historia publicada en pleno verano londinense, hay que añadir el hecho de
que las obras de la mayoría de esos autores no podían encontrarse aún en las
librerías.
Pero sí estaban, en cambio,
encima de la mesa de Bill Buford en Cambridge. “Tenía manuscritos de al menos
13 de esos escritores”, recuerda. “Eso es lo que hacen las revistas literarias,
escuchar las nuevas voces de una generación”. Así que Buford metió su ejemplar
del Sunday Times en la maleta cuando al día siguiente cogió el tren a Londres
para reunirse con Peter Mayer, capo de Penguin, para convencerle de que se
encargara de distribuir Granta en las librerías.
Mayer aceptó. Y al final de
la reunión, Buford sacó el Sunday Times y le sugirió a Mayer dedicar el
siguiente número de su revista, el primero que distribuiría Penguin, a aquella
lista.
“Ahora se ha asimilado la
diversidad que trajeron los inmigrantes de segunda generación”, dice Sam Leith,
jurado del Booker
En las 320 páginas de aquel
séptimo número de Granta, publicado en 1983 y titulado “Lo mejor de los jóvenes
novelistas británicos”, había extractos, entre otros, de Amis, McEwan, Barnes,
Ishiguro y Rushdie. La revista arrancaba con las primeras páginas de Dinero, la
novela de Amis que se publicaría el año siguiente y que retrataría como ninguna
otra aquella época. La ilustración de la cubierta, dos plumas estilográficas
chocando contra una Unión Jack que se rompe en pedazos, hablaba por sí sola.
Aquello funcionó. La
narrativa con ambición literaria dejó los márgenes de la cultura y se convirtió
en el mainstream. Las librerías Waterstone, cuyos primeros locales abrieron en
1982, desplegaban en sus mesas las novelas como atractivas mercancías que
entraban por los ojos. Los jóvenes novelistas se volvieron celebrities. Sus vidas,
sus novelas, sus contratos, llenaban las páginas de los periódicos. “Fue como
un renacimiento de la narrativa británica”, opina Buford. “A mediados de los
setenta era un desierto, y diez años después había muchos escritores muy
estimulantes y ambiciosos. No había una unidad estilística, lo único que tenían
en común era el deleite en la narración y la ambición. Un país que miraba hacia
dentro empezó a mirar hacia fuera”.
Aquella mirada hacia fuera
pronto atravesó fronteras. Llegó, por ejemplo, a Platja d’Aro. En esa localidad
de la Costa Brava española veraneaba una delegada de Deborah Rogers, la gran
agente literaria de esta generación, fallecida el año pasado, y solía coincidir
con un joven editor catalán llamado Jorge Herralde. “Hablábamos a menudo”, recuerda
el fundador de Anagrama. “A principios de los setenta yo empecé a comprar
títulos de autores estadounidenses desconocidos entonces. Y al ver que yo era
un nuevo editor interesado en la literatura anglosajona, me ofreció Primer
amor, últimos ritos, el primer libro de relatos de McEwan. Después vinieron
Amis, Kureishi, Ishiguro, Barnes… en su día los bauticé como el dream team.
Hemos ido publicando en español toda su obra y hoy constituyen una parte
importante del catálogo de Anagrama. Han sido muy bien acogidos por crítica y
público, tanto en España como en Latinoamérica”.
Temas como Escocia, la
inmigración y Europa alimentan un debate identitario interesante para los
escritores
Los años ochenta terminaron
simbólica y dramáticamente el 14 de febrero de 1989, cuando el ayatolá Jomeiní
leyó una fatua instando a la ejecución de Salman Rushdie, acusado de blasfemar
contra el islam en Los versos satánicos. Pero el integrismo religioso no pudo
con aquellos autores ni con los que vinieron tras ellos.
La revista Granta ha
publicado tres números especiales más, uno cada diez años, de los 20 mejores
escritores británicos por debajo de los 40. El impacto se ha mitigado
considerablemente, pero Irvin Welsh, Nick Hornby, Jonathan Coe, Adam Thirlwell,
Sarah Waters o Zadie Smith se han sumado al canon de la novela británica
moderna en las últimas décadas.
Sam Leith, que ha tenido
acceso al talento joven como jurado del último Booker, observa varias
tendencias. “Hay mucha narración en presente, muchos esquemas de doble plano
temporal, mucho personaje real, mucha historia novelada”, explica. “Y, sobre
todo, se aprecia la diversidad de Reino Unido a través de inmigrantes de
segunda y tercera generación. Es un fenómeno que empezó en los ochenta, pero
que ahora se ha asimilado”.
Si la sacudida social del
thatcherismo propulsó a la última generación dorada, los convulsos tiempos que
se han abierto tras la crisis financiera auguran un futuro no menos prometedor
en términos de creación literaria. “La ansiedad sobre la identidad acaba
reflejándose en la escritura”, opina Leith. “El independentismo escocés, el
debate sobre la inmigración, la relación con Europa, la ruptura del consenso
político… todo eso alimenta un debate identitario que va a ser interesante para
los escritores. Pero esos fenómenos tardan un par de años en reflejarse en la
literatura. Habrá, pues, que esperar”.
La Feria Internacional del
Libro de Guadalajara se celebra del 28 de noviembre al 6 de diciembre en el
Centro de Exposiciones de la capital de Jalisco (México). Reino Unido es el
invitado de honor. Más información: www.fil.com.mx
El
premio Cervantes de literatura ha enaltecido lo mejor de las letras
hispanoamericanas, cada año confirma el rigor de su elección, este año no
fue la excepción, siempre sobresalta a escritores de suma importancia que por
razones que no vale la pena tratar, se encuentran en una especie de ostracismo,
no tienen la relevancia que amerita su obra, gracias al premio vuelven a tener
el reconocimiento que permite de nuevo su divulgación y promoción, con el acierto que los
jóvenes se dan la oportunidad de conocer a autores de los que no tenían ni
idea y como suele suceder en este tipo de acontecimientos, trae
consigo estudios serios sobre la obra en
los principales diarios del mundo en una especie de foro académico abierto.
Hace
muchos años la Oveja Negra publicó en Colombia “Noticias del imperio”, por ese entonces vivía en Bogotá entre amigos escritores y
personas dedicadas en lo absoluto a la literatura. Cuando salió, la verdad nunca había leído nada de este monstruo de la literatura Mexicana, mejor dicho no le conocía, cualquier
día comencé su lectura sin maginar a lo que me enfrentaba, al terminarlo quede extasiado, es una obra
monumental, extensa, la calidad de su prosa es indiscutible, directa, sin arabescos, con una exquisitez absoluta, la destreza
como hilvana el hecho histórico, desconcierta: Noticias del Imperio se basa en
los hechos históricos acaecidos en México entre 1861 y 1868. “En 1861, el
presidente Benito Juárez suspendió los pagos de la deuda externa mexicana. Esta
suspensión sirvió de pretexto al entonces emperador de los franceses, Napoleón
III para enviar a México un ejército de ocupación, con el fin de crear en este
país una monarquía al frente de la cual estaría un príncipe católico europeo.
El elegido fue el archiduque austriaco Fernando Maximiliano de Habsburgo quien
a mediados de 1864 llegó a México en compañía de su mujer, la princesa Carlota
de Bélgica. Este libro se basa en este hecho histórico y en el destino trágico
de los efímeros Emperadores de México”[1],
desde este momento este escritor se volvió una referencia imprescindible para
mí y de hecho así lo es para la literatura Mexicana e hispanoamericana. Desde este momento soy un seguidor impenitente de este autor, su obra es una indagación, busca interpretar y abarcar la realidad nuestra desde la ficción, con la
libertad que solo la literatura permite, en "Noticias del imperio por lo menos, tiene el cuidado de no distorsionar los
hechos históricos, más bien los recrea desde una esclerótica muy particular, para
entenderlos mejor, siempre hay mucha investigación, documentos,
referencias y paralelos con la realidad contemporánea.
Fernando
Del Paso es un trashumante, como lo fueron Alfonso Reyes y Octavio Paz, ha representado a su país en diferentes cargos en el exterior
por mucho tiempo, esto les da la distancia para comprender mejor su realidad. México
produce siempre este tipo de escritores, con una cultura vasta, humanista en
todo el sentido amplio de la palabra, personas que conocen la cultura
occidental, la narrativa universal e hispanoamericana, pues han abrevado en lo mejor
de ella, amantes de Cervantes, historiadores a carta cabal, siempre están
atentos además a los temas de interés más puntuales en Latinoamérica, son
analistas lúcidos. Fernando es además pintor, académico. Entre los reconocimientos
que ha obtenido, se destacan: El premio Novela México 1975, Mazatlán de
Literatura 1988, Nacional de Lingüística y Literatura 1991,7 y Premio FIL de
Literatura 2007. En 1993 fue nombrado Creador Emérito. En octubre de 2006, fue
elegido miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua.8 Es
miembro honorario del Seminario de Cultura Mexicana.9 El 12 de febrero de 1996
ingresó al Colegio Nacional con el discurso «Yo soy un hombre de letras», el
cual fue contestado por el doctor Miguel León-Portilla.10 Más recientemente, el
5 de diciembre de 2013 fue distinguido con el doctorado Honoris Causa por la
Universidad de Guadalajara; en abril de 2014 fue galardonado con el Premio
Internacional Alfonso Reyes, el mismo día que cumplió 79 año y por su puesto el
Cervantes de este año.
Fernando
Del Paso escribió tres extensas obras: José Trigo (1966), Palinuro de México
(1977) y Noticias del Imperio (1987), poesía, teatro, ensayo.
Como
siempre no queda sino recomendar su obra, lo pertinente es leerla.
En estos días editorial
alfaguara publicó la obra completa de Álvaro Cepeda Samudio que incluye su
labor periodística; la última columna de Mario Vargas Llosa, recordaba la actividad
de Hemingway como corresponsal de guerra y en cierta forma destacó su labor
periodística, el premio Nobel de este año, concedido a Esvetlena Allexiévich, fue un reconocimiento al periodismo como oficio literario por excelencia,
la primera vez que la academia Sueca destaca de frente este oficio; tópicos que
me llevan a volver a pensar en el tema de esta relación harto estudiada por la
academia.
Hablo desde mi perspectiva
personal. Lo primero que se me viene a la cabeza a propósito de esta relación, es el
riguroso trabajo de Gilard, sobre la obra periodística de Gabriel García
Márquez, que trata este tópico, estudio de mucha profundidad y lucidez. La
influencia recíproca entre el periodismo y la literatura en los últimos cien
años es intensa, la relación tiene su propia genealogía, tendríamos que empezar
con Herodoto, los evangelistas, leucipo, Julio Cesar, se dinamizó mucho en el
siglo 19 e intensamente a partir de los años cincuenta del siglo pasado con el
auge de la prensa escrita. No sabría decir que fue primero, pero la
incorporación de técnicas de la literatura en los textos periodísticos, le dieron
mucha fortaleza a la crónica, que cambió totalmente en sus aspectos formales, dándolo
a la manera de narrar y contar las historias en la prensa una fuerza y dinámica antes no vista. De igual manera aparecieron
novelas y obras de la literatura tomados de la labor periodística y con el
usufructo propio de sus técnicas, como “A sangre fría” de de Truman Capote, o de
manera inversa, crónicas trabajadas con técnicas de la literatura, como “Historia
de un Náufrago”, de Gabo, los textos de Tom Wolfe y por ende sus novelas. Estas
técnicas incorporadas al periodismo y de manera recíproca, hoy son estudiadas
como una escuela, que tiene obras emblemáticas a lo largo del planeta.
Encarnación Garcia de LeLa escribió
un trabajo excelente sobre el tema: “idea de unir periodismo y literatura no es
nueva. Daniel Defoe en su Diario del año de la peste (1722) construye un
impresionante relato a partir de entrevistas a supervivientes, datos y
encuestas reales de la epidemia de peste que asoló Londres en 1665, aunando de
este modo la exactitud y rigor informativo con el conseguido valor literario.
El otro gran ejemplo clásico de novela reconstruida retrospectivamente a modo
de reportaje es la Historia de la columna infame (1842) de Alessandro Manzoni,
que narra un memorable caso judicial. En ambos casos, la invención está
excluida. Los crímenes de la calle Morgue (1841) de E. Alian Poe o El misterio
de Marie Roget (1845), fundamentadas en hechos reales, según declaraciones del autor,
son interesantes antecedentes de la simbiosis periodismo-literatura. Germinal (1885)
de Zola, recoge un material esencialmente periodístico y construye una intriga
novelesca enmarcada en una exhaustiva documentación, al igual que Venté, cuya
fuente directa es el controvertido «Affaire Dreifus». J.Hersey con Hiroshima
(1946) es el primero que establece un sólido antecedente de las novelas reportaje
que proliferan en los años 50, 60 y 70. Con documentada veracidad, yuxtapone
testimonios de seis supervivientes de la explosión nuclear, añadiendo una
emoción no explícita que logra transmitir al lector. Hersey subordina la obra a
la exigencia de la verdad, herencia que recogerá luego Traman Capote. Norman
Mailer, Lilian Ross... Y como precedentes más cercanos en el tiempo, citaremos
a E. Hemingway, cuyos artículos sobre la Guerra Civil española no sólo son de
gran valor periodístico y literario sino que además los recrean en sus novelas,
o John Dos Passos que utiliza su material periodístico, como los reportajes
sobre el caso Sacco y Vanzetti y lo transmuta literariamente a la trilogía”[1].
Balzac y Sthandal, son modelos
perfectos y grandes precursores de la aplicación de los recursos periodísticos
en la novela. “La Peste” de Camus, es un ejemplo excepcional de este
concubinato. Es una novela, que utiliza todos los recursos de la
crónica, con una maestría excepcional. Hay otro aspecto que deseo
relevar, por encima de los aspectos
técnicos, es la relación personal de dos escritores con esta profesión.
Empecemos con Gabo.
Gabo, tomo la definición de Camus, quien dijo que el
periodismo es la profesión más bella del mundo, siempre se sintió periodista
por encima de su condición de prosista y novelista. El periodismo era para él
todo. No haber podido ejercer como reportero con entera libertad, por gracia de la fama, fue una
tragedia en lo personal. Gabo hizo sus primeros pinos en el periódico “El
Espectador” de Colombia, siendo muy joven, allí decanta su talento y se diluye
en una pasión que nunca abandona. Con el asesinato de Gaitán (1948) pasa a la
costa Caribe, escribe primero en el periódico “ El Universal” de Cartagena y
después en el Heraldo de Barranquilla, al final se traslada de nuevo a Bogotá, donde se consolida
como el mejor reportero de este país. La condición humana de
quien siempre está detrás del indicio y la verdad, es un factor que lo embelesa de esta profesión……Gabo
abrevo en una bohemia con intelectuales del grupo Barranquilla, en cafés de mala muerte de la capital, en los sótanos del periódico el espectador donde solían ocurrir los
consejos editoriales en los amaneceres capitalinos o en las noches de bolero de su amada Cartagena donde solían encontrarse con la noticia del día siguiente. Colombia fue un país de cultores del idioma, gramáticos y periodistas, que terminaron influyendo mucho en su trabajo como prosista.
Tiene una foto, con un cigarrillo, los pies en la mesa de su lugar de Trabajo, todo
de negro, la actitud propia del cazador de noticias en un país convulsionado
por mil violencias y en ciernes de una dictadura, que habla por sí sola, de la pasión y el orgullo que sentía por su profesión. Gabo nunca dejó de ser un
periodista y sus columnas son ejemplo de maestría en un género ( Me refiero a
los columnistas) que se volvió un lugar
común.
Vargas Llosa escribió una
excelente columna, como todas las suyas, sobre Hemingway y las guerras, a
propósito de una visita suya al museo abierto en los Estados Unidos en su
homenaje. Este hombre fue un reportero y
corresponsal de guerra a carta cabal, con una actitud especial para el peligro,
casi suicida, comprometido hasta los huesos con la profesión, siempre su actitud frente a la vida, fue la de un reportero, fue un corresponsal aventajado. Cuenta Vargas Llosa: “Sabía
que Hemingway escribía de pie, en un atril, como Víctor Hugo, pero no que lo
hacía con lápiz y en unos cuadernos rayados de escolar, con una caligrafía tan
tortuosa que hasta en la pantalla que aumenta varias veces su tamaño resulta
muy difícil descifrar sus manuscritos”. Agrega: “Su vida fue intensa, violenta,
rondando siempre la muerte, no solo en las guerras en las que estuvo como
corresponsal o combatiente, sino también en los deportes que practicaba —el
boxeo, la caza, la pesca en alta mar—, los viajes arriesgados, los desarreglos
conyugales, los placeres ventrales y los ríos de alcohol. Vivió todo eso y
alimentó sus cuentos, novelas y reportajes con esas experiencias, de una manera
tan directa que, por lo menos en su caso, no hay duda alguna de que su obra
literaria es, entre otras cosas, ni más ni menos que una autobiografía apenas
disimulada”. La película de Wody Allen sobre París, es un homenaje en cierta
forma a este escritor, sobre todo en su condición de periodista. Remata: “ En la exposición aparecen las famosas
instrucciones que daba a sus redactores el director del diario de provincias,
el Kansas City Star, donde Hemingway, en plena adolescencia, inició su carrera
periodística y que, según los críticos, fueron decisivas para la forja de su
estilo y su metodología narrativa: eliminar todo lo superfluo, ser preciso,
transparente, claro, neutral, y preferir siempre la expresión sencilla y
directa a la barroca y engolada. Todo esto es probablemente verdad pero no
suficiente, pues acaso el detalle central y maestro de su técnica, la elusión,
el dato escondido, que, desde la ausencia y la tiniebla impregna poderosamente
el relato y lo baña de sugestión y de misterio, lo inventó él mismo, el día que
decidió suprimir en el cuento que escribía el hecho principal: que, al final de
la historia, el personaje se mataba. Ninguno de los escritores de su generación
—una generación de gigantes, como Faulkner, Dos Passos, Scott Fitzgerald—
manejó como él esta omisión locuaz, el dato escondido, obligando al lector a
participar activamente con su imaginación a completar el relato, a redondearlo”.
Esto habla por sí solo, es preciso leer la novela “Por quién doblan las
campanas”, que nació de sus actividades como corresponsal en la guerra civil
española, que de hecho, tiene muchas películas al respecto. En artículo de la
BBC, trajeron está cita del escritor: El autor de "Fiesta" solía
decir sobre esta frecuente convivencia (pues muchos escritores comienzan su
carrera literaria o la simultanean por años con la actividad periodística) que
un novelista debe tener la capacidad de saber en qué momento de su trabajo
tiene que abandonar el periodismo como fuente de vida y dedicar su tiempo a la
escritura de su obra narrativa”[2].
Quiero escribir un trabajo
especial sobre Ryszard Kapuscinsky y por su puesto la nobel de literatura.
La
mejor reseña sobre esta excelente reportera a propósito del nobel de literatura
concedido hoy, apareció en el diario ABC
de España, que publicaré en este blog como homenaje a su trayectoria. En esta semana publicaremos algunos reportajes
que la han hecho célebre.
Svetlana Alexievich
(Frankivsk, 1948) ha sido galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2015,
según ha anunciado Sara Danius, secretaria permanente de la Academia Sueca, en
Estocolmo.
La Academia ha asegurado
que el ha decidido otorgar el galardón a la autora bielorrusa por su «obra
polifónica», que le hace un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro
tiempo. «Es maravilloso recibir este premio», dijo Alexievich en una primera
reacción al canal sueco SVT. La autora añadió que se sentía orgullosa de estar
ahora en una lista de escritores a la que pertenece Boris Pasternak, a quien en
su momento las autoridades soviéticas le impidieron recoger el Nobel de
Literatura. La bielorrusa es la decimocuarta mujer en ser distinguida con
galardón de la Academia Sueca, dotado con 8 millones de coronas suecas (algo
más de 860.000 euros) y que será entregado el 10 de diciembre en Estocolmo.
Alexievich es una maestra
del reportaje literario, género con el que relata con toda su crudeza el
fracaso de la utopía soviética. Como si fuera una arqueóloga, Alexievich se
sumerge con la ayuda de cientos de entrevistas en los acontecimientos más
traumáticos que han marcado la vida del «homo soviéticus», como la Segunda
Guerra Mundial, la Guerra de Afganistán, la catástrofe de Chernóbil y la
desintegración de la URSS. De hecho, en noviembre Debate publicará en España
«La guerra no tiene rostro de mujer», estremecedor relato, conformado como
crónica periodística a través de las voces de sus protagonistas, de la
experiencia de las mujeres que combatieron en la Segunda Guerra Mundial.
Problemas con Putin
La autora bielorrusa no se
queda anclada en el pasado, sino que documenta de manera muy crítica el
derrotero que han tomado desde 1991 países como Rusia, a cuyo presidente, Vladimir
Putin, acusa de llevar a su país al medievo con su «culto a la fuerza». De
padre bielorrusa y de madre ucraniana, Alexievich nació el 31 de mayo de 1948
en el oeste de Ucrania, aunque posteriormente su familia emigró a la vecina
Bielorrusia.
Trabajó como profesora de
historia y de lengua alemana, aunque pronto optó por dedicarse a su verdadera
pasión, el reportaje, y, de hecho, en 1972 se licenció en la Facultad de
Periodismo de Minsk y ejerció como redactora en varios diarios de su país. Su
primer libro, el mencionado «La guerra no tiene rostro de mujer» (1983) -hasta
ahora inédito en España-, le costó un varapalo de las autoridades soviéticas,
que le acusaron de naturalismo y pacifismo, duras críticas en esos tiempos que
impidieron su publicación.
Víctimas y testigos
Aunque ingresó en 1984 en
la Unión de Escritores de la Unión Soviética, no pudo publicar hasta la llegada
de la Perestroika en 1985 el primer libro de su ciclo «El hombre rojo. La voz
de la utopía». Traducida a más de veinte idiomas, el libro narra el
inconmensurable coste de la victoria sobre la Alemania nazi en la Gran Guerra
Patria (1941-45), como se conoce en esa zona del mundo, la Segunda Guerra
Mundial.
Una periodista relata el
mayor accidente nuclear y recoge vivencias de los supervivientes
Bielorrusia, tras la
catástrofe
SVETLANA
ALEXIEVICH 9 ABR 2006
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Svetlana Alexievich 'Voces
de Chernóbil'. Siglo XXI de España Editores. Este libro se publicó en 1997 y
recoge los testimonios de muchas personas afectadas por la catástrofe nuclear.
Ahora se traduce al castellano puesto al día con nuevas confesiones de otros
testigos que sufrieron el accidente. La autora nació en Ucrania en 1948. El
libro apareció en Estados Unidos el año pasado y ha obtenido el premio del
Círculo de Críticos de ese país. Otra obra de la misma autora, 'Los chicos de
zinc', prohibido durante diez años en su país, destruyó los mitos sobre la
intervención soviética en Afganistán.
Nos habíamos casado no
hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos
de compras. Siempre juntos. Yo le decía: "Te quiero". Pero aún no sabía
cómo le quería. No me lo imaginaba. Vivíamos en la residencia de la unidad de
bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Y otras tres familias
jóvenes, con una sola cocina para todos. Y abajo, en el primero, estaban los
coches. Unos camiones rojos de bomberos. Éste era su trabajo. Yo siempre estaba
al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba.
En medio de la noche oí un
ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio: "Cierra las ventanillas y
acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto".
Svetlana Alexievich 'Voces
de Chernóbil'. Siglo XXI de España Editores. Este libro se publicó en 1997 y
recoge los testimonios de muchas personas afectadas por la catástrofe nuclear.
Ahora se traduce al castellano puesto al día con nuevas confesiones de otros
testigos que sufrieron el accidente. La autora nació en Ucrania en 1948. El
libro apareció en Estados Unidos el año pasado y ha obtenido el premio del
Círculo de Críticos de ese país. Otra obra de la misma autora, 'Los chicos de
zinc', prohibido durante diez años en su país, destruyó los mitos sobre la
intervención soviética en Afganistán.
"Tiraban el grafito
ardiendo con los pies. Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá
tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; fueron a un incendio normal"
Me da un ataque de
histeria: "¿Por qué hay que esconder a mi marido? ¿Quién es? ¿Un asesino?
¿Un criminal? ¿Un preso común? ¿A quién vamos a enterrar?"
No vi la explosión. Sólo
las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero. Unas llamas altas. Y
hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín era porque
ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el
que la gente andaba, como él después recordaba, igual que sobre resina.
Sofocaban las llamas, y mientras, él reptaba. Subía al reactor. Tiraban el
grafito ardiendo con los pies. Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para
allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; los llamaron a un incendio
normal.
Las cuatro. Las cinco. Las
seis. A las seis nos disponíamos a ir a ver a sus padres. A plantar patatas. De
la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían sus padres, hay
40 kilómetros. A sembrar, arar. Era su trabajo favorito. Su madre recordaba a
menudo cómo ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; le
construyeron incluso una casa nueva. Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en
Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó sólo quería ser bombero. No
quería ser otra cosa. [Calla].
A veces me parece oír su
voz. Oírle vivo. Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la
voz. Pero no me llama nunca. Y en sueños, soy yo quien lo llamo.
Las siete. A las siete me
comunicaron que estaba en el hospital. Corrí allí, pero el hospital ya estaba
acordonado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Sólo entraban las
ambulancias. Los milicianos gritaban: los coches están contaminados, no os acerquéis.
No sólo yo, todas las mujeres vinieron, todas cuyos maridos estuvieron aquella
noche en la central.
Prohibido pasar
Corrí en busca de una
conocida que trabajaba de médico en aquel hospital. La agarré de la bata cuando
salía de un coche: "¡Déjame pasar!". "¡No puedo! Está mal. Todos
están mal". Yo la tenía agarrada: "Sólo verlo".
"Bueno", me dice, "corre. Quince, veinte minutos".
Lo vi. Estaba hinchado,
inflado todo. Casi no tenía ojos. "¡Leche! ¡Mucha leche!", me dijo mi
amiga. "Que beba tres litros al menos". "Él no toma leche".
"Pues ahora la tiene que beber".
Muchos médicos, enfermeras
y especialmente las auxiliares de este hospital, al cabo de un tiempo, se
pondrían enfermas. Morirían. Pero entonces nadie lo sabía.
A las diez de la mañana
murió el técnico Shishenok. Fue el primero. El primer día. Luego supimos que
bajo los escombros se quedó otro, Valera Jodemchuk. No lograron sacarlo. Lo
emparedaron con el hormigón. Entonces aún no sabíamos que todos ellos serían
los primeros.
Le pregunto: "Vasia ,
¿qué hago?". "¡Vete de aquí! ¡Vete! Esperas un niño". Estoy
embarazada, es cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? Me pide: "¡Vete! ¡Salva
al crío!". "Primero te he de traer leche y luego veremos".
Llega mi amiga Tania
Kibenok. Su marido está en la misma sala. Ha venido con su padre, que tiene
coche. Nos subimos al coche y vamos a la primera aldea a por leche. A unos tres
kilómetros de la ciudad. Compramos muchas garrafas de tres litros de leche.
Seis, para que hubiera para todos. Pero la leche les provocaba unos vómitos
terribles. Perdían el sentido sin parar, les pusieron el gota a gota. Los
médicos aseguraban, no sé por qué, que se habían envenenado con los gases,
nadie hablaba de la radiación.
Entretanto la ciudad se
llenó de coches militares, se cerraron todas las carreteras. Se veían soldados
por todas partes. Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expresos.
Lavaban las calles con un polvo blanco. Me sentí alarmada: ¿cómo iba a llegar
al día siguiente al pueblo para comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la
radiación. Sólo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba
el pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes
había pasteles. La vida seguía como de ordinario. Lavaban las calles con un
polvo.
Por la noche no me dejaron
entrar en el hospital. Un mar de gente alrededor. Yo me encontraba frente a su
ventana; él se acercó a ella y me gritó algo. ¡Se le veía tan desesperado!
Entre la muchedumbre alguien entendió lo que decía: aquella noche se los llevaban
a Moscú. Las esposas se arremolinaron todas en un corro. Decidimos: vamos con
ellos. ¡Dejadnos estar con nuestros maridos! ¡No tenéis derecho! Quisimos pasar
a golpes, a arañazos. Los soldados, los soldados ya habían formado un cordón de
dos filas, y nos impedían pasar a empujones. Entonces salió el médico y nos
confirmó que se los llevaban aquella noche en avión a Moscú, que debíamos
traerles ropa; la que llevaban en la central se había quemado. Los autobuses ya
no iban, y fuimos a pie, corriendo a casa. Cuando volvimos con las bolsas, el
avión ya se había marchado. Nos engañaron a propósito. Para que no gritáramos,
ni lloráramos.
Llegó la noche. A un lado
de la calle, autobuses, cientos de autobuses (ya estaban preparando la
evacuación de la ciudad), y al otro, centenares de coches de bomberos. Los
trajeron de todas partes. Toda la calle, cubierta de espuma blanca. Íbamos
pisando aquella espuma. Gritando y jurando.
Evacuación de la ciudad
Por la radio dijeron que
evacuarían la ciudad para tres o, a lo mejor, cinco días. Llévense consigo ropa
de invierno y de deporte, porque van a vivir en el bosque. En tiendas de
campaña. La gente hasta se alegró: ¡nos mandan al campo! Allí celebraremos la
fiesta del Primero de Mayo. Algo inusual. La gente preparaba carne de asar para
el camino, compraba vino. Se llevaban las guitarras, los magnetófonos. ¡Las
maravillosas fiestas de mayo! Sólo lloraban aquellas mujeres a cuyos maridos
les había pasado algo.
No recuerdo el viaje.
Cuando vi a su madre fue como si despertara: "¡Mamá, Vasia está en Moscú!
¡Se lo llevaron en un vuelo especial!" Acabamos de sembrar el huerto:
patatas, coles (¡y a la semana evacuarían la aldea!). ¿Quién lo iba a saber?
Por la noche tuve un ataque de vómito. Era mi sexto mes de embarazo. Me sentía
tan mal.
Por la noche sueño que me
llama. Mientras estuvo vivo me llamaba en sueños: "¡Liusia, Liusia!".
Pero después de muerto, ni una vez. No me llamó ni una vez. [Llora]. Me levanto
por la mañana y me digo: me voy sola a Moscú. Yo que... "Adónde vas a ir
en tu estado?", me dice llorando su madre. También se vino conmigo mi
padre: "Será mejor que te acompañe". Sacó todo el dinero de la
libreta, todo el que tenían. Todo...
No recuerdo el viaje. Todo
el camino también se me borró de la cabeza. En Moscú preguntamos al primer
miliciano a qué hospital habían llevado a los bomberos de Chernóbil, y nos lo
dijo; yo hasta me sorprendí, porque nos habían asustado: no os lo dirán, es un
secreto de Estado, ultrasecreto.
-A la clínica número seis.
A la Schúkinskaya.
En el hospital, era una
clínica especial de radiología, no dejaban entrar sin pases. Le di dinero a la
vigilante de guardia y me dice: "Pasa". Me dijo a qué piso debía ir. No
sé a quién más le rogué, le imploré. Lo cierto es que ya estoy en el despacho
de la jefa de la sección de radiología: Anguelina Vasílievna Guskova. Entonces
aún no sabía cómo se llamaba, no se me quedaba nada en la cabeza. Lo único que
sabía era que debía verlo. Encontrarlo.
Ella me preguntó enseguida:
-¡Pero, alma de Dios!
¡Criatura! ¿Tiene usted hijos?
¿Cómo iba a decirle la
verdad? Está claro que tengo que esconderle mi embarazo. ¡No me lo dejaría ver!
Menos mal que soy delgadita y no se me nota nada.
-Sí -le contesto.
-¿Cuántos?
Pienso: "He de decirle
que dos. Si es sólo uno, tampoco me dejará pasar".
-Un niño y una niña.
-Bueno, si son dos, no creo
que vayas a tener más. Ahora escucha: su sistema nervioso central está dañado
por completo; la médula está completamente dañada.
"Bueno", pensé,
"se volverá algo más nervioso".
-Y óyeme bien: si te pones
a llorar, te mando al instante para casa. Está prohibido abrazaros, besaros. No
te acerques mucho. Te doy media hora.
Existen mitos en la literatura
que perduran y crecen, recargándose en aparente e inexplicable perseverancia. Este es el caso de Andrés Caicedo. La
respuesta tal vez se debe a una obra
singular, de una calidad indiscutible, reconocida
e importante en el panorama de la literatura nacional, estudiada hasta la
saciedad, no solo por haber sido escrita en una edad muy precoz, sino por el carácter excepcional de la
misma, lo depurado de su prosa a pesar del desparpajo de la misma, los
argumentos que la soportan, textos llenos de cine, sus personajes, que se
confunden con la vida del autor, cuya existencia atribulada, contribuye a la
reverberación y exaltación de su reconocimiento permanente, en una especie de círculo
vicioso, sobra decir que está llena de hechos aun indescifrables, como si nunca
se acabara de escribir.
Sobre Andrés Caicedo, expresa
con mucha lucidez Felipe Van Der Hurt, en un trabajo muy claro sobre el
suicidio del autor desde la perspectiva de su obra: “La consagración literaria
es una forma específica de reconocimiento basada en la idea de que los
“creadores” son irreductibles a cualquier referencia que no sea su propia
singularidad. Portadores de una esencia única que se realiza en el tiempo (y en
sus obras), adquieren de este modo el privilegio –y el derecho– de un destino
personal y de una biografía, no sólo vida que merece ser contada, sino
“historia de vida” que se organiza según un sentido trascendente. “
Hijo de Carlos Alberto y
Nellie Estela, el escritor vallecaucano Andrés Caicedo fue el menor
de cuatro hijos, y el único varón. En 1958 nació su hermano Francisco José,
quien moriría tres años más tarde. Comenzó a escribir a una edad muy temprana,
los diez años, lo hizo con una seriedad absoluta, como lo ratifica Luis Carlos
Molina, en texto publicado por el Banco de la Republica: “Caicedo era un
trabajador compulsivo. Por sus diarios observamos que sus horarios eran
estrictos en lo que tenía que ver con lecturas, montajes teatrales y escritura.
Desde las primeras horas de la mañana hasta las últimas de la noche, Andrés
parecía no pensar en otra cosa que en forjar su propia obra, inventar su propio
universo, darle vuelta a sus propios caprichos y tratar de acumular la mayor
cantidad de escritos, películas vistas y obsesiones, para llegar bien armado a
la hora de la muerte”, su muerte hace parte de su obra y esta es una obsesión,
que el autor, como buen amante del cine, construye, como un libreto, la mirada,
en la triada: vida-obra-y cine, debe hacerse de manera total, el sabia que esta
era la mirada que perduraría, no permite análisis sesgados o parciales,
enunciaciones singulares”.
Dice en algún escrito auto-biográfico:
“Para llegar a mi afición literaria (cosa que se produjo a eso de segundo de
bachillerato) yo había pasado por una desmedida euforia por el fútbol”[1]. En este autor el estilo constituye un eje que
se soprepone a cualquier otra variable creativa, eminentemente oral, la música,
los ritmos preferidos, la salsa, el rock están presentes e implícitos en la
narrativa, le soportan, envuelve al texto, su prosa directa, muy influencida
por la manera de contar del cine,”sus primeros escritos
poseían la virtud de la euforia creativa y el afán por el dominio de la técnica
y la estructura de un film”[2]. Sus
personajes atienden en sus diálogos al habla propia de los caleños, sus tic, constituyéndose
en una verdadera revolución para la época a lo que se le agrega, la precocidad del autor, la manera como asume
la vida, en algunos casos parece un personaje más de su propio libreto, el que
nunca abandona, por ello la idea del suicidio y el acto mismo, se puede considerar
como parte de sus proyectos textuales.
Jaime Manrique, el escritor
Barranquilla, en una edición de lujo de “Que viva la música” de punto de
lectura, lo pinta de manera perfecta: “Corría el año 1975, Andrés era un joven
alto, esbelto, desgarbado, - Como si no le interesará el cuerpo que lo habita-trigueño
claro, con los labios carnosos y ondulantes como los bustos egipcios, de
lenguos cabellos castaños. Usaba unas gafas enormes, detrás de los cuales vibraban ojos
expresivos, curiosos, tristes y de color de miel ahumada. Y era tartamudo. Su apariencia
intelectual no bastaba para ocultar su belleza.
Su calidez caleña desarmaba a cualquiera”. El mito en su corta
existencia era un hecho, libretiado por el mismo, el carisma de Andrés no tiene precedentes.
Su pasión por el cine marca
su vida y su obra narrativa. “Pero el cine comenzó a dominarlo. Se encerró en
la oscuridad de los teatros con una obstinación progresiva y su curiosidad lo
llevó a tratar de conocer todos los misterios que dichas imágenes le escondían.
Por esta razón, a partir de 1969, comenzó a escribir comentarios sobre cine, en
simultánea con su progresiva actividad literaria”[3]. Este
sería un capítulo aparte, que implica una mirada más puntual.
Re-leí de nuevo “Que viva
la música”. La obra justifica al mito, sus relecturas siempre generan nuevas
interpretaciones, como una ópera abierta, no deja este texto de sorprenderme
por su riqueza narrativa.
Atrapa desde el principio: “Soy
rubia. Rubísima. Soy tan rubia que me dicen: "Mona, no es sino que aletee
ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esta sombra que me acosa".
No era sombra sino muerte lo que le cruzaba la cara y me dio miedo perder mi
brillo”
Este excelente texto,
monologo, ha engendrado otros textos, evoca un entorno que explica una época y
muchas pasiones alrededor de una ciudad. Es una obra de excelente factura,
siempre piensa uno en la madurez de este joven, en sus obsesiones. Espero
ampliar esta crítica, pero le debía a mis escasos lectores esta evocación.