domingo, 21 de octubre de 2018

ROBERTO BURGOS CANTOR O CÓMO NO SER DEVORADO POR EL MONSTRUO


Esta semana a propósito de la muerte del escritor Colombiano Roberto Burgos Cantor,  preparaba un texto en su homenaje, es uno de los escritores más importantes del país. No sólo lo respalda una obra extensa, seria y de excelente calidad, sino el itinerario pedagógico y extensivo de un creador que nunca renunció a la pasión por la escritura que dominó su vida. De ello hablan sus talleres, sus cursos, el contacto con la juventud y la exploración e investigación profunda con que documentó casi la totalidad de sus obras, el combate silencioso de un creador contra las élites de la cultura, que desconocieron una generación por efectos del Boom latinoamericano y la grandeza de García Márquez, no se hablaba en el país de nadie más, en una época muy buena para nuestra letras pero que sometió al ostracismo a un buen número de escritores, los que afortunadamente con el tiempo obtuvieron el merecimiento que su obra amerita. Este artículo publicado en el diario “El espectador” de Bogotá, de excelente factura, me parece que cumple con todos los presupuestos que yo esperaba de mi reseña, están plasmados con mucha lucidez, por lo que decidí hacerme al costado, entregársela a mis lectores sin mayor reparo y con mucho agradecimiento. Incluyo una artículo del mismo diario  a propósito del premio nacional de literatura que el escritor ganó este año. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
Cultura
20 Oct 2018 - 9:00 PM
NELSON FREDY PADILLA




ROBERTO BURGOS CANTOR GANA PREMIO NACIONAL DE NOVELA 2018
Cultura
26 Jul 2018 - 9:40 AM
REDACCIÓN CULTURA


El pasado 16 de octubre murió en Bogotá el escritor cartagenero, autor de siete novelas y seis libros de cuentos. Una aproximación a su legado.
Antes de las 7 de la mañana de un lunes llegó al campus de la Universidad de la Sabana, en las afueras de Bogotá, para la clase de narrativa literaria a la que fue invitado especial una vez cada semestre durante cinco años. Dio las gracias al chofer del automóvil que lo llevó y apenas se bajó dijo, para asegurarse de que la imagen no se le escapara: “Sabes que gracias al trancón acabo de ver la sonrisa femenina más exultante que recuerde. La muchacha venía en moto, se quitó el casco y se despidió de su novio, supongo. Parecían humildes y felices”.

Roberto Burgos Cantor trabajaba en el libro de cuentos Una siempre es la misma (2009) y su vida, apagada por un infarto el martes pasado, era la de un pescador de imágenes. Buscaba “otras formas de mirar y, por lo tanto, de sentir”. Cautivaba a los jóvenes estudiantes, en especial a las mujeres, por la fuerza de los personajes femeninos que creaba. Sus alumnos de las universidades Nacional y Central exhibieron ahora sus cariñosos autógrafos y prometieron no olvidar sus páginas.

Su mejor amigo, Eligio García Márquez (1947-2001), recomendaba leerlo, porque después de su hermano Gabito, Burgos y Germán Espinosa eran sus escritores colombianos predilectos. A Gabriel García Márquez le insistió hasta que leyó El patio de los vientos perdidos. Luego el nobel le dio la razón: “Yo hubiera querido escribir algunos de estos capítulos”, y autorizó a que esa frase promocionar dicha novela de 1984.

Esto para decir que, justamente, Burgos Cantor (1948-2018) pasa a la historia de la literatura nacional e hispanoamericana por construir una gran obra con una voz y una poética únicas en la misma era de García Márquez. Lo explicó el año pasado en El Espectador: “Conviví con un monstruo sin ser devorado”. (Lea: La vida es corta y el arte largo).

Nos deja siete novelas y seis libros de cuentos —el último, Historias de trastienda, lo entregó a su sello editorial Seix Barral para ser publicado en 2019—, que serán objeto de estudio empezando por la Universidad Central, donde hasta esta semana era el director del Departamento de Escrituras Creativas y este año inauguró la Cátedra García Márquez, y en la Nacional, de donde era abogado y fue profesor de la Maestría de Escrituras Creativas.

Su aporte a la literatura lo reconoció el jurado del Premio Casa de las Américas de Narrativa, al concederle en 2009 el Premio José María Arguedas por la que se considera su máxima novela, La ceiba de la memoria (2007), finalista del Premio Iberoamericano Rómulo Gallegos, la obra que mejor documenta la Cartagena de Indias del siglo XVII, con la esclavitud de una sociedad colonizada como eje narrativo, su gran árbol de las palabras.

¿Cómo llegó hasta allí? Las claves están en el libro menos conocido, Señas particulares, un testimonio de la vocación literaria publicado en 2001. Su testamento. Supo que la ficción era un impulso vital desde que su homónimo padre, fundador de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Cartagena, le habló, satisfecho, luego de descubrir lo que escribía producto de las lecturas clásicas que el ilustrado abogado y maestro le dejaba en la gran biblioteca de su casa.

La charla ocurrió “en la oscuridad improbable de la madrugada, la Dodge 55 llevaba las luces altas encendidas… estábamos a 27 kilómetros de Cartagena de Indias, avanzando en una carretera que conducía a Turbana, un antiguo poblado de aborígenes y brujas”. Quien le había revelado el secreto fue Constancia Cantor, la madre y cómplice. Desde entonces Roberto Eliécer, bautizado así por su papá y por Jorge Eliécer Gaitán, pues nació en “el año de la ira” (1948), persistió en “la obstinada lealtad de un escritor a su oficio”, en “los trabajos forzosos de la vocación”.

Asumió también el compromiso de estudiar derecho en la Universidad Nacional, al tiempo de la revolución estudiantil de finales de los años 60, de la influencia francesa y cubana, del caso Camilo Torres, de lecturas subversivas y ateas. Abandonó Cartagena de Indias, “mi querencia, la esquina de la cual salí”, agradecido con el novelista Manuel Zapata Olivella por los consejos, por enseñarle la historia oculta de la cultura negra, que reivindicó, y por publicarle el primer cuento en la revista Letras Nacionales.

Traía tatuados los personajes de su barrio popular del Pie de La Popa que transitan sus libros, del malecón de El Cabrero; desde prostitutas, pasando por boxeadores fracasados, hasta san Pedro Claver. Los usó como arcilla creativa en Bogotá, “en un tiempo en que todo parecía conspirar a favor de la ilusión. Como si la felicidad estuviera a la vuelta de la esquina”.

Sus primeros cuentos, premiados en concursos universitarios y nacionales, trataban sobre “la espiral de violencia, que jamás se ha detenido”, porque andaba en la etapa “inocente” de “textos experimentales”, en “la incertidumbre moral de si había que escribir y echar tiros al tiempo”. Luego tuvo claro que su mejor arma era la pluma y ratificó que sus protagonistas serían, siempre, “los excluidos”. Ese camino lo emprendió de la mano de una de las mayores influencias literarias: el argentino Ernesto Sabato. Fue su escritor de cabecera desde que “la fortuna” le mostró la novela El túnel en la compraventa de libros de J. Emilio Marulanda, en los límites de la ciudad amurallada, a donde llegó atraído por el aviso “Venza la ignorancia”.

Esto sin olvidar, del otro lado, a Shakespeare, Kafka, Proust, Baudelaire, Camus, Sartre, Benjamin, Cavafis, y de este lado a Hemingway, Borges, Cortázar, Rulfo, Carpentier, Roa, Arguedas, García Márquez, Cepeda Samudio. “Los venenos sin antídoto”. Entre ellos, interpretaba a Sabato como el autor integral. Aparte de miradas al ser humano, por ejemplo las de Sobre héroes y tumbas, “una seductora reflexión sobre la vocación, el pensamiento, la cultura, la política, la ciencia”.

Sacó conclusiones en la tertulia del sótano de la librería Buchholz de la avenida Jiménez, junto a Eligio García Márquez y R. H. Moreno-Durán, entre “el olor a papel sin abrir y a madera recién cortada”. Aprendieron de su “elegancia irreverente” para tratar temas filosóficos conectados con “meditaciones” de la época, “poniéndolos bajo la luz de una ironía sutil”. Encarnaba sus aspiraciones: “Era, sin duda, un testigo, y para quienes vivíamos este tiempo en la complicidad del deseo de cambiar cuento existía, qué mejor que este mirón insobornable que no se complacía”. Sin embargo, sufrió para encontrar la prosa poética que lo caracteriza, fracasó con su primer intento de novela. Él, tan sereno, se volvió “desgraciado, con frecuencia agresivo”.

Un día de 1968 decidió, junto a Eligio, escribirle a “don Ernesto” y días después tenían en sus manos un reportaje con él, que, por agudas, les respondió cuantas preguntas pudo en hojas mecanografiadas y en fotocopias de fragmentos de sus libros con anotaciones manuscritas. Se publicó en la edición dominical de El Espectador, dirigida por Isaías González.

Un año después, Sabato fue invitado al Festival de Teatro de Manizales como presidente de honor y los encargados de todos los detalles fueron Roberto y Eligio, quienes lo acompañaron en un angustiante vuelo que, en el primer intento, no pudo aterrizar por tormenta —“la avioneta quedó presa en una tormenta que la zarandeaba, inmisericorde, y el agua desatada golpeaba con el furor de un látigo el fuselaje y las ventanillas”— y debieron regresar a Bogotá, asustados y en medio de chistes sobre la muerte. Después volvieron y todo salió perfecto. Lo contó Burgos como enviado especial de este diario. (Una de sus últimas entrevistas).

Desde entonces intercambiaron cartas sobre todo, desde política hasta tangos. Después lo visitó en su casa de las afueras de Buenos Aires en un viaje en tren que describió como uno de los instantes más emocionantes que regala la vida. Burgos aseguró que Sabato le impuso una escritura a otro nivel: “Hacer del estilo un dominio de la crítica, corregir las versiones oficiales de lo histórico, denunciar el pasado, subvertir el orden, mejorar las ideas, proponer otro pensamiento luego de tropezar con las certezas”. Un “testimonio de resistencia”.

Esa narrativa se desataría con el libro de cuentos Lo Amador, escrito entre Bogotá, Barranquilla y Cartagena y publicado apenas en 1980, porque no dejó de ejercer como abogado en “el orden injusto que el derecho regulaba”, a pesar de que entraba en conflicto con “hacer dinero con la búsqueda de esa apariencia de justicia”. Dilema que también se lo resolvió “la ética de don Ernesto”, “una conciencia moral con la fuerza de un huracán solitario”.

También fue “fundamental” asimilar el impacto nacional y global de Cien años de soledad y del realismo mágico. La mayoría de los autores que buscaban su lugar en medio del Boom latinoamericano terminaron agobiados, mientras Burgos lo vio como una oportunidad: “Yo sentí al leerla que nada como esta obra hacía tanto por la literatura y resolvía la mayor parte de los problemas”. Atrás quedaban el indigenismo, el costumbrismo, el naturalismo, la denuncia, el panfleto, lo rural. Le abrió su territorio, la mirada a la condición humana desde lo urbano, y le “aligeró el debate estético”.

Esa visión, esa convicción disciplinada —“día tras día escribí lo mejor que pude a sabiendas de que escribir era lo único que quería hacer en la vida”—, le permitió consagrarse en el siglo XX y mantenerse vigente y activo hasta este 2018, cuando le otorgaron el Premio Nacional de Novela por Ver lo que veo, su enigma sobre la ruina y el azar en la vida de un hombre que sobrevive en medio de un coro de voces anónimas de la sociedad del siglo XXI.
La dimensión de Roberto Burgos Cantor la completa su propia humanidad, de la que no dejan de hablar su esposa —“mi puerto sagrado”—, la profesora de física Dora Bernal, sus hijos, familiares, amigos y alumnos. Había que verlo pleno, trabajando en su apartamento biblioteca, oírlo en sus clases o conferencias, compartir con él mientras guardaba silencio, dejando que sus invitados hablaran y le iluminaran ideas en construcción. ¿Por qué tan reservado?, le preguntaban. “Para un escritor su silencio es voz”, dejó por escrito. Por eso no volvió a vivir en Cartagena, aún extrañando “las charlas de mecedora al atardecer”. En Bogotá adoptó la estrategia huraña de los cangrejos inmemoriales de su tierra.

El homenaje que hoy le hace El Espectador no es solo al escritor admirable, sino al amigo de esta redacción. Todos los días madrugaba a leer el diario y muchas veces enviaba comentarios, sugerencias y artículos. Su viuda contó que el lunes pasado regresó feliz de un fin de semana en Cartagena, donde escribió las primeras ocho páginas de una nueva novela. Fue su punto final.

En la última página de Señas particulares aparece la pregunta: ¿de qué murió? Y él responde: “La parte de la vida que a cada quien corresponde se agota. Y ella, poderosa, invencible, continúa desbocada. Se asoma por doquier, para que no se olvide nuestra provisionalidad”.


 ROBERTO BURGOS CANTOR GANA PREMIO NACIONAL DE NOVELA 2018

Cultura
26 Jul 2018 - 9:40 AM
REDACCIÓN CULTURA

El jurado le otorgó el galardón al escritor cartagenero por "Ver lo que veo", una novela "montada en una estructura compleja que alterna los monólogos con la narración en tercera persona, en una progresión de imágenes visuales compuestas mediante un lenguaje al mismo tiempo personal y universal".
El escritor Roberto Burgos Cantor es el ganador del Premio Nacional de Novela 2018 gracias a "Ver lo que veo", una historia sobre un barrio marginal de la costa Caribe visto a través de sus habitantes y narrado mediante monólogos. (Le recomendamos leer: Roberto Burgos Cantor: ver lo que ha visto).

"Yo estaba buscando un acercamiento a ese mundo de la gente que no tiene un nombre, que no tiene un lugar en las páginas sociales; buscaba fundamentalmente un mundo sin voz y un mundo sin lugar. Con esta novela empecé la búsqueda de esa respuesta, con la convicción de que en esa gente humilde, muchas veces silenciosa, hay una humanidad tremenda y un mundo de cosas que no han dicho. Entonces, la literatura permite que tengan un sitio, una expresión y, de alguna manera, sean sujetos que comparten humanidad y comparten un sitio en la sociedad", dice el autor sobre la obra que escribió durante tres años y quien dirige el Departamento de Creación Literaria de la Universidad Central de Bogotá. (Le puede interesar: La vida es corta y el arte largo).

Para el jurado del Premio Nacional de Novela 2018, integrado por el escritor mexicano Álvaro Enrigue y los colombianos Luis Fayad y Liliana Ramírez, Burgos Cantor escribió "una novela de un gran propósito literario. Montada en una estructura compleja, que alterna los monólogos con la narración en tercera persona, en una progresión de imágenes visuales compuestas mediante un lenguaje al mismo tiempo personal y universal".

Para ellos, la obra ganadora es el resultado de un autor maduro de imaginación fresca que recurre a la pluralidad de voces y relatos presentes en "Ver lo que veo" para realizar "una narración sin fisuras en la que se complementan personajes de diferentes clases sociales que cuentan de la formación de un mundo presente y de sus orígenes. Los oficios diversos, los honestos y los que crea la necesidad de sobrevivir, las ilusiones con su esfuerzo, su engaño y también su recompensa. La historia de Colombia narrada en el tono de una melodía equilibrada. La armonía de sus frases, el arte con sentido y sonido, la forma y la fábula unidas en un objeto que pertenece a la mejor literatura". (Entrevista: “El escritor hace su trabajo bajo un estado de aturdimiento”).

El Premio Nacional de Novela 2018, entregado por el Ministerio de Cultura, tiene como objetivo reconocer la excelencia en la producción literaria en el país. El cartagenero Burgos Cantor recibirá por su obra, publicada por la editorial Seix Barral, $60 millones de pesos, así como la difusión de su libro en ferias y otros eventos literarios nacionales e internacionales.

Para el escritor, este reconocimiento es perfecto para una novela "en la que el empeño estético es una nueva misión del autor, tiene el papel de quitarle el miedo al lector de lo que llaman ‘obras difíciles’, porque todo es difícil, hasta la vida misma. Es una oportunidad en el mal momento que vivimos en el que la facilidad se impone, sobre todo frente a lo que exige la lectura de literatura".

"Ver lo que veo" se desarrolla en el siglo XX, época en la que sobrevivir es la única aspiración de un barrio desplazado en la costa Caribe. Sus habitantes, visibles desde el estorbo que le generan a esta nueva sociedad, no logran pertenecer más que a sus miedos y recuerdos. Un hombre abrazado por la ruina se refugia en el azar del juego esperando que la vida le devuelva un pedacito de luz, el pasado que ya no pasa.

Lejos de los casinos y las apuestas una mujer siempre ve lo mismo: el mar y su brillo, la ciudad amurallada, el mangle, los vecinos y extranjeros; plomeros, músicos, ladrones, prostitutas, carpinteros, estilistas, púgiles. Con sus ojos nos sumerge en los secretos de la vida de este submundo de deseos inconclusos.

La obra fue escrita por Roberto Burgos, quien nació en Cartagena en 1948, y quien escribió cuentos en periódicos y revistas hasta 1981, justo antes de publicar su primer libro de cuentos "Lo Amador". "De gozos y desvelos", "Quiero es cantar", "Juego de niños", "Una siempre es la misma" y "El secreto de Alicia" son otros cuentos publicados por el escritor, creador también de un libro testimonio de época, "Señas particulares", así como otras seis novelas: "El patio de los vientos perdidos", "El vuelo de la paloma", "Pavana del ángel", "La ceiba de la memoria" -ganadora del Premio de Narrativa Casa de las Américas 2009 y finalista del Premio Rómulo Gallegos 2010- , "Ese silencio", "El médico del emperador y su hermano" y "Ver lo que veo".







lunes, 15 de octubre de 2018

MOMENTOS DE LA LITERATURA Y EL MUNDO EDITORIAL EN COLOMBIA



La literatura colombiana pasa por un buen momento. La industria editorial ha  publicado varias novelas y ensayos de excelente calidad, son escritores con mucha  trayectoria y reconocimiento, consagrados, dedicados de tiempo completo al oficio. las ferias del libro, que ya son muchas en este país, han contribuido de alguna manera al incremento de lectores. Esta reverberación está lejos de consagrarnos como lectores consumados frente a las estadísticas de otros latitudes, continuamos siendo un país de pocos lectores, de hecho recorremos un camino que tarde o temprano generará un cambio sustancial en este campo. Apareció en la última edición de la revista “Arcadia” del grupo editorial Semana, un artículo denominado: Por qué en Colombia los escritores (Casi) no venden”. Es un análisis riguroso, un estudio del oficio, de los avatares de quienes viven de la escritura, y además, de lo que está sucediendo en el mundo editorial en Colombia. El artículo trata de responder  la pregunta puntual desde varias ópticas. Hay muchos interrogantes, por qué las ediciones son tan bajas, pese a la diversidad de la oferta, aducen los editores entre otras razones, la falta de espacios, las cuatro capitales más importantes del país concentran la mayoría de librerías, las demás ciudades con la excepción del eje cafetero tienen muy pocas, para no decir que realmente no tienen. Los escritores consagrados, cuando venden, están lejos de las grandes cantidades y cifras que se dan en otro países. El fenómeno de las ferias, atestadas de público, dista de tener la venta que las editoriales quisieran, es  un esfuerzo grande y una manera de incitar a la lectura con  conversatorios destacados e importantes, con autores y pensadores de primera linea, siempre está invitado un país, al final en ventas el resultado no es el esperado, lo que no le quita relevancia a estos esfuerzos.
Son muchos los ensayos publicados sobre el momento que vivimos  en Colombia, el pos-conflicto, hay de todos los talantes, muy serios, la mayoría de corte histórico: Antonio Caballero, Enrique Serrano, Roberto Junguito; Novelas de parte de algunos escritores consagrados por la crítica: Laura Restrepo, Carolina Sanín, Ricardo Silva Romero, Santiago Gamboa, Jorge Franco, Antonio Ungar; a esto se le suma el esfuerzo de las universidades: gran parte de la obra de Gonzalo Arango ha sido publicada por la universidad EAFIT con una excelente presentación y precio muy bajo; la Universidad de Antioquía ha publicado muchos títulos, desde ensayos capitales de literatura y algunos poetas connotados de la región; la editorial de la universidad autónoma latinoamericana de Medellín realmente lleva más de cuatro años publicando excelentes textos y lo que es más valioso, promoviendo autores nuevos, lo mismo pasa con la universidad nacional de Bogotá.     
Quiero relevar, que hay una pléyade de escritores dedicados al oficio en Colombia en plena producción y que no sólo mantenemos una oferta renovada sino de calidad. En este blog comenzaremos a comentar cada uno de estos textos, empezaré una juiciosa lectura.
Traeré a este blog dándome lugar a mis lecturas, las reseñas aparecidas en el periodico "El tiempo" de Colombia al libro  de Carolina Sanin y de Ricardo Silva. De la primera, soy asiduo lector de sus columnas en la revista Arcadía, de algunos textos publicados en la red y he sido testigo de los enconados y lúcidos debates de la escritora defendiendo su posición intelectual, siempre asumidos desde una perspectiva estética, es un hecho, sus textos incitan a la lectura, sus posiciones sobre la literatura aportan miradas renovadas diferentes a todo lo que conozco, de ello dan cuenta algunas de sus columnas.  Del segundo, igualmente columnista, publica artículos en el periodico "El tiempo" excelentes, he leído  dos novelas: Autogol y el hombre de los mil nombres.

 LA ORACIÓN DE LOS PERDIDOS
Giuseppe Caputo


Reseña de 'Somos luces abismales', el más reciente libro de Carolina Sanín.
¿Qué ocurre cuando nos perdemos? ¿Qué nos pasa mientras estamos perdidos? ¿Cómo es perderse? En Somos luces abismales, Carolina Sanín escribe: “Quizás el miedo procede siempre de que no sabemos dónde estamos; de dudar de que estemos donde creíamos estar; de no poder encontrar dentro de nosotros —de no poder intuir— las leyes del lugar que ocupamos”. Cuando nos perdemos, podemos decir con ella, el mundo se descrea y se hace desconcertantemente nuevo: ocurre la perplejidad y el desconocimiento. Perderse es haber perdido el mundo, pero para perderlo hay que haber mirado. No hay pérdida sin mirada (miramos afuera, nos miramos, y no encontramos una relación, algo que nos vincule con el lugar en el que estamos) y no hay mirada sin pregunta. Perdidos somos una pregunta dentro de otra pregunta.

¿Cómo escribir estando perdidos? O ¿cómo se escribe ese estar perdidos? Una estructura narrativa convencional —inicio, desarrollo, nudo, desenlace—, las consabidas tramas y puntos de giro, no sirven para escribir perdidos y, sobre todo, no resisten la inestabilidad de la pérdida: la experiencia de perderse rompe lo estable y predecible de cualquier estructura. También podemos decirlo así: una estructura narrativa convencional interfiere con la escritura de la pérdida. Si estamos perdidos, todo es un inicio —el mundo es nuevo, el mundo es otro— y todo es un nudo. Todo lleva al giro permanente: cualquier desarrollo y cualquier conclusión se convierten en un nuevo inicio, en un nudo nuevo, en más desconocimiento. Así es este libro de Carolina Sanín: un giro permanente que nos recomienza una y otra vez.
“El estilo”, ha dicho Martin Amis, “no es algo que lucha contra la prosa regular, sino que es intrínseco a la percepción”. Al ser un libro sobre la pérdida que sigue después de haberse detenido a mirar, escrito reconociéndose perdida —y escrito, sobre todo, desde el deseo de la autora de encontrar un lugar, su lugar—, Somos luces abismales descrea al mundo mientras lo mira, oración a oración y pregunta a pregunta: “¿Qué significa abandonado?”, “¿Qué significa ser un nido?”, “¿El nido es obra del pájaro y atributo del árbol? ¿Es del pájaro para el árbol?”, “¿Qué cara vio mi madre bajo su ombligo de embarazada cuando concibió mi nombre? ¿Qué voz oyó, que dijera: Me llamo Carolina? ¿Se daba cuenta de que escogía un nombre para que otros repitieran cuando hablaran mal o bien de mí, y que yo misma no lo pronunciaría con mucha frecuencia?”, “¿Por qué mi abuelo se volvió así?”, “¿Cómo digo que se volvió mi abuelo? ¿Malhumorado?, ¿remoto?, ¿antipático?, ¿humillante? ¿Y acaso sé si antes (¿antes de qué?) se mostraba de otra forma?”, “¿Cómo se dice el día que fue antes del que fue antes del que fue antes de ayer?”, “¿La tatarabuela de mi abuelo es mi qué?”, “Para salirse del tiempo se busca el silencio. ¿Dónde se busca?”.

Pero Carolina Sanín rehace lo que ha descreado: oración a oración sigue fijándose en el mundo que ahora es nuevo por su mirada para poderlo conocer y relacionarse con él —no se me ocurre mayor elogio para un libro, mayor razón de agradecimiento—. En su búsqueda de relaciones entre las cosas —pregunta nueva tras pregunta nueva—, el mundo vuelve a ser otro y otro y otro. “Imaginar”, escribe Sanín, “es estar atento a lo que hay, buscar el lazo entre las cosas, reconocer y desbrozar los caminos que llevan de una a otra, y abrir caminos diferentes, que lleven de otra a otra. Es moverse a través de las cosas y con ellas: vinculándolas, vincularse. En la imaginación viven los caminos”. Así, podemos seguir diciendo con ella, imaginar es seguir mirando, mirar más después de perderse. Es resistirse a estar perdido. Es seguir componiendo una oración —gramática y plegaria—: la oración de los perdidos.
Somos luces abismales es un libro tan hermoso como raro —ensayo narrativo o narración ensayística, ¿qué importa?—, lleno, lleno de poesía. En su poesía, un diálogo interior y la religiosidad: la pregunta siempre por el fin y por el principio, como un amanecer. “Cada oración que escribo es un intento por ir a mi lugar; al lugar donde comienza el día”. La belleza y extrañeza de este libro cambian nuestra mirada, y así, nuestra forma de pensar y de sentir. Es un libro que recuerda y abre caminos de lectura y de escritura.









CUADRO DE COSTUMBRES DE LA COLOMBIA ACTUAL
Andrés Sánchez


Reseña de 'Cómo perderlo todo', la novela más reciente de Ricardo Silva Romero.
En Cómo perderlo todo, la novela más reciente de Ricardo Silva Romero, un año de plebiscitos y elecciones inesperadas, de asesinatos escandalosos y muertes lamentadas se convierte en el trasfondo para un tejido apasionante de historias de pareja donde lo único posible es el intento, casi siempre imposible, de comunicación a través de las omnipresentes pantallas. La primera ficha de dominó es un artículo que Horacio Pizarro, profesor de filosofía, comparte en su perfil de Facebook ante el nacimiento inminente de su nieta lejos de él, lejos de Bogotá. El artículo provoca la reacción de su compañera de trabajo, la incoherente Gabriela Terán, y desde los miles de likes que provocan las palabras de la filósofa se desencadenan, uno por uno como fichas de dominó, una serie de infidelidades, aniversarios impensables que se desvanecen en el tiempo, hombres incapaces de enamorarse, un triángulo amoroso imposible entre mujeres, compañeros de taxi que se tratan a punta de groserías, diálogos de paz que intentan avanzar en medio de la desconfianza mutua, una esposa que despierta de un largo coma, militares que salen del clóset, campañas políticas e insultos dignos del capitán Haddock.

En medio de esos dramas que comienzan con la contundente relación entre las parejas y el deseo de muerte que recuerda, más que marginalmente, a la descripción de las familias infelices de Anna Karenina, Silva Romero crea el que, quizás, es el cuadro de costumbres más demoledor de la Colombia actual. Los eufemismos, la corrección política, la cacería de brujas, el oportunismo de algunos y la incapacidad de responder de otros son los matices para una novela cuyo personaje principal, al mejor estilo de Los Ángeles en Magnolia o Dublín en Ulysses, es la caótica Bogotá de 2016. Una ciudad –mejor, un país– donde los titulares que saltan de tiempo en tiempo entre los diálogos ambientan como aforismos un infierno cada vez más cotidiano. Donde la aparente libertad de un bar en Bogotá se contrapone con un asesinato en un lugar remoto, donde la astrología (en un casi imperceptible tributo que Silva hace a su padre, Eduardo Silva Sánchez, físico y profesor que leía las cartas del tarot) deviene en la mejor forma de contar los miedos de los personajes y sus momentos en un guiño a Las luminarias de la neozelandesa Eleanor Catton. Donde lo poco que queda son las pantallas convertidas en los únicos espacios posibles de comunicación entre los seres humanos: WhatsApp, Facebook, Twitter, Netflix, Waze, Instagram, Skype, música de fondo, la telenovela de la noche, las películas y los partidos de fútbol son las respuestas a personas que intentan subsanar su soledad y su búsqueda de un simulacro de humanidad a través de los pixeles y sólo reciben a cambio estar en vilo, incómodos en medio de un mundo que les proporciona la locura cada vez más visible gracias al exceso de la información.
Si bien en esta novela se sienten ecos de sus primeras historias, centradas en una Bogotá vista desde los ojos de jóvenes adultos enfrentándose a la realidad y con el edificio La Gran Vía de la 100 con Séptima como centro de gravedad de un universo en ciernes, el tamiz de las novelas posteriores a El hombre de los mil nombres (2004), cada vez más cargadas del karma de ser colombiano –el fútbol en Autogol (2009), las masacres en El espantapájaros (2012), la marginalidad en El libro de la envidia (2014) y, sobre todo, ese fresco renacentista que es Historia oficial del amor (2016)– permea a estos seres humanos puestos en medio del mapa de una ciudad pasivo-agresiva donde la posibilidad de consumar ese amor que retrató Silva Romero con la historia de los Silva y los Romero se hace, si no imposible, difícil en medio del infierno cuyos nombres son un mapa franqueado por las montañas y el río, y sus indicaciones son las incontables referencias a la cultura popular que cubren un denso espectro enciclopédico y, gracias al Instagram del autor (@ricardosilvaromero), hacen más tangible la realidad dantesca pero hilarante de esta novela.
No resulta casual que, en varias escenas de Cómo perderlo todo, Horacio Pizarro enfatice en sus iniciales. Silva Romero creó en este H.P., como Salman Rushdie y Nerón Golden (2017), como Jonathan Franzen y Purity (2015) o, hace ochenta años, Fitzgerald con Jay Gatsby, un retrato conmovedor, sardónico y a la vez doloroso de una sociedad que convierte, con un like, a un anodino profesor en un paria. Una sociedad donde las barras bravas se esconden detrás de arrobas y la corrección política reemplazó la discusión. La sociedad que, sin saberlo y como muchos lo han advertido (desde la vilipendiada Camille Paglia hasta el lúcido Steven Pinker, pasando por Vargas Llosa y Harold Bloom), incubó a los extremismos de ambos lados del espectro. Esa advertencia, como un susurro de Casandra, subyace las palabras de Cómo perderlo todo: quizás, la mejor forma de perder absolutamente todo sea dejarse llevar por el torrente del extremismo y por el miedo a la palabra.






domingo, 30 de septiembre de 2018

VALODIA TEITELBOIM



Hay escritores que parecen olvidarse pese a la importancia que tienen. Indagando sobre la relación de Borges y el cine, me encontré en mi biblioteca con un texto de este gran escritor Chileno. Se llama: “Los dos Borges”. Este escritor fue de aquellos creadores comprometidos con las causas políticas, perteneció a una generación de grandes cambios y batallas personales con los regímenes totalitarios de Latinoamérica, con la propia realidad convulsa del siglo XX, dejó una obra vasta, de una calidad estética excepcional, novelista y poeta, su labor crítica fue además rigurosa y pedagógica pese a las controversias que produjo.
“Valentín Teitelboim Volosky, más conocido como Volodia Teitelboim, nació el 17 de marzo de 1916, en Chillán. Hijo de Moisés Teitelboim y Sara Volosky, desde temprana edad manifestó inquietudes literarias. Leyó intensamente El Peneca, a Emilio Salgari, Julio Verne y la Biblia. A los 16 años inició su militancia en la Juventudes Comunistas. Desde entonces, su actividad política marcó un nuevo rumbo para su vida”.
No solo escribió poesía, produjo antologías, novelas y fue un excelente crítico literario, sino estuvo inmerso en los grandes debates  literarios y políticos de la época. Los trabajos sobre Neruda, Gabriela Mistral y Huidobro son excelentes,  en los mismos no le huyo a las controversias que suscitaron estos tres poetas no solamente en Chile sino a lo largo de todo el continente.
Enrique Samo expresa sobre este escritor: “Volodia Teitelboim exploró múltiples dimensiones de la creación intelectual y la praxis política distinguiéndose en todas sin buscar una correspondencia sistémica entre ellas. Esta característica marcó su vida desde hora muy temprana y lo acompañó hasta la muerte. “En sus biografías se mueve en los rasgos más íntimos de sus personajes, los misterios de su obra poética y la descripción minuciosa de paisajes y circunstancias”. Su biografía Neruda, aparecida en Madrid en 1984, fue publicada en alemán, ruso, francés e inglés. En Estados Unidos aparecieron dos ediciones. Para 1995 se reeditó en París en lengua francesa. Se publicó también en Argentina y Cuba. En Chile, Editorial BAT la publicó por primera vez legalmente en el país”.
El libro que me trajo de nuevo a leerlo, el texto sobre Borges, es una mirada muy centrada, la relación reflejada entre el hombre del libro y el ser de carne y hueso. Recuerda una de las sentencias más sabias de Borges: El mundo desgraciadamente es real; yo desgraciadamente soy Borges”.
Es un texto muy ordenado. Recurre a una especie de cronología creativa construida a partir de datos biográficos, citas vitales en el marco del universo Borgiano y referencias siempre articuladas a textos del propio autor o tomadas de conversaciones con sus amigos más cercanos. Desde su nacimiento, como en pequeñas fotografías, nos va llevando por esta especie de biografía literaria construida sabiamente, empieza con las consideraciones de sus antepasados, los mitos sobre la saga familiar que siempre le sirvieron al escritor para crear una especie de leyenda,  la influencia de Doña Leonor y por su puesto sus infinitas lecturas. Este libro tiene una don, diferente a todo lo que he visto sobre este autor,  son  textos cortos, pero esenciales, con pocas palabras nos revela muchas cosas, toda la información es relevante. Obra y vida en una hermenéutica muy lúcida. 
Aparecen Lugones,  Enrique Ureña, Cortazar, Sabato, Rafael Cansino Assens, los ambientes de Borges, sus patrias: Ginebra, Buenos Aires, Palermo y los temas propios del autor.    Trae  colación autores como Umberto Eco, los temas recurrentes a sus afinidades literarias, la poesía inglesa, el problema del tiempo, Poe, los Keningar, hay muchas referencias de importancia, aquellas que le sirvieron para crear textos fascinantes, novedosos.
Volodia después de 60 años de labor creativa murió en el 2008, dejó más de 27 obras que hablan de la importancia de su labor en las letras latinoamericanas y para el mundo en general. Volverlo a leer es un deleite.






viernes, 21 de septiembre de 2018

UN RELATO KAFKIANO


La casa donde está la oficina de los ingenieros de Minas, en un segundo piso de un barrio tradicional de Medellín, un cuadrado perfecto, recuerda los diseños modernistas de Lecorvusier, líneas rectas, balcones salientes, tiene una distribución bastante tradicional, una sala de recibo que remata con un balcón hermoso, otra más amplia desde donde se accede a una cocina amplia,  descomunal para estos tiempos y tres oficinas que antes fueron habitaciones. Atrás, un patio con dos oficinas más. Rodrigo, siendo uno de los socios principales de la empresa comparte una de las oficinas ´pequeñas con una ingeniera de apoyo. Su silla resalta, parece la de un piloto,  su espaldar es muy alto, cómodo de sobremanera, el escritorio apenas es para su labor, caben, el computador, algunos textos y el celular. Siempre tenemos memoria de las personas cercanas, de sus comportamientos, de la forma como asumen la cotidianidad. Rodrigo trabaja acompañado de unos audífonos grandes, la música es consustancial a su vida, es muy alto, su rostro y figura me recuerdan a Lenin el padre de la revolución Rusa, antes de escribir este relato lo comprobé, volví a ver la película de Warren Betty,  “Diez días que conmovieron al mundo” mi comparación cobra cada vez más sentido. Cuando llega a la oficina, se dirige a su puesto sin mayores formalismos, tiene una sonrisa natural que contamina, se sienta en su silla, siempre derecho, parece un militar, es muy respetuoso de la ergonomía; tiene una idea de la vida diferente a todo lo que he visto,  siempre es  tranquilo pero responsable en sus tareas, al fin y al cabo es ingeniero, calcula, procede de acuerdo  a unas bitácoras y como toda persona joven, parece que nada le preocupa, lo que al final no es cierto.  Es un ser  moderno, joven, atlético, con una carrera profesional y una práctica concreta que se traduce en ingresos, por lo menos para sobrevivir, con una esposa que ama, el amor de su vida y la vida misma, con ella comparte la mayoría de sus sueños, estos son muchos. Cualquier día le vi más preocupado de lo corriente, se paraba a cada rato de la silla, llamaba a una persona recurrentemente,  caminaba de un lugar a otro, hablaba después con su amigo del alma Yeison y después se quedaba absorto, ido.  Al rato me contó lo que pasaba. Desde hace tres años había caído en eso que los literatos llamamos, el mundo kafkiano por gracia de una ilusión que se había convertido en una tortura. He sido testigo en los últimos días de esta encrucijada y puedo dar fe de lo intrincado de su situación,  me habló del caso, sabía que yo era abogado y gracias a una amistad que tenía muy poco tiempo pero que era muy sólida, quería que le diéramos alguna salida inteligente.  Me contó lo que estaba viviendo, recordé de inmediato al escritor checo, Kafka, al mundo Kafkiano, descrito en ese libro magistral “El proceso”, describe lo grotesco de la burocracia.
 De Rodrigo me sorprenden algunas cosas en particular, estas me ayudan a comprenderlo e incluso a admirarlo. Pocas veces me encuentro con un ser sin imposturas, sincero, honrado, con un humor de barman insólito. Salió de la universidad nacional de Medellín, creció en un mundo barrial sometido a valores contrapuestos, a tensiones de todo tipo. Por un lado, los de una sociedad clerical, rezandera, conservadora y patriarcal; por el otro, una clase arribista, delincuencial, enamorada del dinero fácil, metida hasta el tuétano en el narcotráfico, por lo tanto cruel y sanguinaria.  Su vida trascurrió en medio de estos dos mundos, con todas las tintas medias que tiene este tipo de convivencia, con las prevenciones que genera la existencia cercana al peligro, vivió bailando en el filo de la navaja, esto lo hizo, muy astuto, prevenido, no importa cuál sea la ocasión que esté viviendo, asume siempre por naturalidad, que alguien está  al acecho,  de antemano sabe que  vive en una sociedad enferma, paralelo a ello, nuestros líderes sostienen para su favor, una corrupción endémica, son parte de una burocracia caracterizada por la des-lealtad con el país, por donde miremos, el mundo parece al revés. Rodrigo fue testigo de cargo de una violencia descarnada, del sicariato más atroz, su barrio estuvo lleno de  patrones, la gente estuvo sometida  a una extorsión inclemente, un entorno manejado por eso que los criminalistas llaman hoy, las bandas criminales. En conclusión, Dos realidades para un mismo ser, que desde su propio constructo, fue creando su mundo interior inclasificable, su vida y su que-hacer diario le marcaron. ¿Cómo resulto un buen hombre de semejante híbrido social, vaya usted a saber.
Estudio entre las estridencias y avatares propios de una  clase en ascenso, llevaba en las venas las ganas de superarse, fue una disciplina, se acostumbró a sobrevivir en medio de afanes,  entre tensiones cotidianas fuertes. Fue estudiando, cumpliendo metas entre  dificultades propias de una familia con recursos limitados, acompañado del optimismo típico de los colombianos, quienes pese a vivir entre muerte y violencia, cargamos con una fe irracional en nuestras capacidades, la risa es nuestro valium, tenemos  humor para todo por grave que sea la situación, un sarcasmo a voces, ha sido el mejor antídoto, la única manera de existir entre las paradojas irresolutas de nuestra sociedad, esto lo supo siempre Rodrigo. Después de 6 años de trasegar en aulas y exámenes, amistades universitarias inolvidables, cofradías, uno que otro porro, se graduó como ingeniero de minas. Con el tiempo se casó con el amor de su vida, después de un noviazgo muy largo, la justa medida a sus ideales. Cuando decidieron con Paulina comprar el apartamento, estaba en su mejor momento. Paulina,  es una geóloga hermosa, entregada a su trabajo y a su pareja,  ha estado construyendo desde esta unión sus sueños, llevaba tiempo pensando en su casa, tragarse desde esas cuatro paredes el mundo a sorbos. La historia de la decisión para comprar, como todas las importantes de la vida, nació de una situación inusual. Partió de una imagen, como las buenas novelas: Pasaron por un sitio, quedaron impresionados ante lo hermoso del lugar, se imaginaron la torre, de hecho había una foto, la disfrutaron, y  dijeron de súbito, con esas decisiones que se construyen desde las compatibilidades propias del  amor, de los sueños, Aquí será nuestro apartamento.  A partir de este momento se metieron en el cuento de comprarlo, las cuatro paredes que contendrían el universo de sus vidas.  Comprar significa: Planificar, calcular, saber cómo estamos de finanzas, pensar en créditos, y después escoger de acuerdo a nuestras realidades, que ojala conesten con nuestros sueños. Se trataba de vivir como lo imaginaron, se concentraron en ese propósito. Aparece el celular de nuevo, desde él en el mundo moderno, se articula todo.  El galimatías de comprar empezó.  Cada cosa que hacemos en esta vida empieza con una llamada. El celular es el adminiculo sobre el cual gravita la mayoría de la existencia del hombre moderno, nos comunicamos a través suyo de mil maneras con nuestro entorno, minuto a minuto,  parece pegado a la mano, se podría afirmar que hace parte del cuerpo, articulamos absolutamente todas las cosas de la vida: Trabajo, multiplicamos, sumamos, restamos, hacemos cuentas, colocamos mensajes, escribimos, nos irritamos, pagamos, nos resentimos, reímos, recordamos, pedimos auxilio, armamos nuevos conceptos, la historia, las memorias, con relatos y noticias que casi nunca sabemos de quién vienen, los que influyen en nuestra manera de pensar y de concebir el mundo.  Empezó para él un viacrucis típico de Kafka. La historia tiene un principio. El sueño, comprar un apartamento.  Se sometieron a un proceso largo y dispendioso, asumieron de antemano tener la paciencia del santo Job, llenaron papeles para una burocracia interminable e irracional,  estuvieron sometidos a decisiones demasiado repartidas y escalonadas, inexplicables muchas veces, pero inevitables. Nada los hacía perder la ilusión, menos por requisitos, nunca desfallecieron, cada cosa que les solicitaban la cumplían con un juicio sacramental, no importa lo  banal de la orden a cumplir.
Tomaron la decisión de financiar el apartamento por un ente público: El fondo nacional del ahorro. Los intereses eran los más bajos, se prestaba al presupuesto y las cuotas mensuales correspondían a la capacidad de Rodrigo y Paulina.  Tratar con el fondo es someterse a un laberinto de pasos y decisiones, que muchas veces siempre nos regresan al principio, es un recurrente ir y venir, parece nunca terminar. Primero se firma con la constructora, luego con la Fiducia, se hacen papeles con el Banco para tramitar parte del pago de la cuota inicial y después con el fondo. Es como decirle a alguien: Hable primero con Stalin, después con Hitler, encuéntrese con Mussolini y por último haga un acuerdo con Winston Churchill. No importa, Rodrigo y Paulina se enrutaron en semejante entuerto.
 Siempre aparecen los fantasmas en la vida. Nunca olvidamos ciertos hechos emblemáticos. Más, cuando nos marcan profundamente. Después de la muerte de su padre, terminando el Bachillerato, Rodrigo vivió momentos muy duros. No sólo por el propio hecho del deceso,  la muerte de un ser querido es lacerante y corroe el alma, la finitud es nuestro mayor problema y paradójicamente nunca la aceptamos. En todo caso sufrimos por todo lo que se viene después. El padre suple, provee y es un apoyo que nadie remplazará. Fuera de todo lo que produce su ausencia, había que tramitar la jubilación, la casa necesitaba ese ingreso. Rodrigo Estaba muy joven, no conocía nada de trámites ni de los avatares propios de la burocracia en un país lleno de funcionarios incompetentes.   Solo un colombiano sabe todo lo que hay que hacer para que se le reconozca una jubilación. Una vez se tienen los requisitos, nada garantiza la obtención de la misma, realmente no hemos ganado nada. Obtener la jubilación, es como subir al Everest. Ahí empezó a saber lo que es el mundo Kafkiano. La familia,  tuvo que conseguir un abogado, imagínense, se necesita contratar un abogado, eso ya produce un miedo tenaz, nunca imaginaron por todo lo que tendrían que pasar.   Contrataron a un hombre entrado en edad, al final, llegaron a la conclusión que fue  honrado, Rodrigo sólo recuerda muchas idas y vueltas con este señor, tenía una voz gutural y misteriosa, de detective, contrario a todos sus colegas, de pocas palabras y por mucho que tratará de explicarles, nunca entendieron porque esta jubilación duró 11 años en ser reconocida. Eso quiere decir, mil bajadas al centro, presentar papeles, esperar meses, ir de una oficina a otra, andar entre notarias, siempre para negarle recurrentemente cada decisión, cada traspapelada significaba, volver empezar, llenarse de paciencia y tratar de entender semejante rompecabezas de papeles y decisiones absurdas, se había vuelto necesario, la meta era, nunca desfallecer. Rodrigo siente miedo cuando piensa en semejante enredo. Al final obtuvieron la jubilación pero quedó marcado para siempre.
En las vueltas del apartamento sintió de nuevo que estaba cayendo en los laberintos parecidos a los de la jubilación.  Nunca olvida las cosas que vivió en esos tiempos tan aciagos.  Aprendió que se conoce más a una persona después de la muerte que en vida, uno no recuerda sino inventa y nada es lo que parece. Su padre pasó de ser un misterio a un descubrimiento. Ahora que era un profesional consumado, vivía haciendo vueltas entre entes gubernamentales, sabía cómo realizar una petición a estos organismos que le eviten sorpresas, aprendió perfectamente los bericuetos de la burocracia, esto no lo salvó para nada en los enredos propios en la compra del apto, pero le evito dolores de cabeza, nunca entendió la mitad de las decisiones frente a los trámites que ello implicaba, no porque fueran difíciles, sino por los tiempos y ciertos pasos inexplicables y a veces absurdos para cualquier mortal. Constructora, Banco privado, Fiducia y Fondo, notificar, volver a firmar, el banco necesita más papeles, devolver la firma a la fiducia, la constructora no acepta, sí acepta, pero es necesario firmar un “Otro sí”, es necesario aprobar de nuevo, el tramite dura solo un mes, entonces volver a presentar papeles, pero actualizados, sacarlos de nuevo, autenticarlos de nuevo, el banco entonces requiere de nuevo estudiar la financiación, ahora habrá que ver cómo estamos en los reportes financieros y cuando todo esté listo, la constructora intempestivamente informa que tiene un problema y pide un año para arreglar un permiso con la Alcaldía. Esto significa, en un año empezamos de nuevo. Son demasiadas instancias, recordé una figura de la vieja Roma, en los albores de la República, lo llamaban iustitium: el momento en que, ante una grave amenaza pública, el derecho quedaba en suspenso. Era, en otras palabras, una institución que ponía entre paréntesis a las demás instituciones y por ende a nosotros nos afecta de manera grave. Esto pasó con mis amigos, quedaron en puntos suspensivos.  La torre en todo caso, iba ganando espacio, ya habían terminado la estructura e iban en la obra blanca, se levantaba impetuosa, hacía parte del urbanismo de esta ciudad, esto quería decir que la ilusión seguía intacta, pese a todo. Rodrigo y Paulina, la visitaban recurrentemente. Veían su balcón y por su puesto el apto. Sentían que nada de  lo que pasara les iba a quitar este sueño.
Después de un año, las cosas volvieron a su cauce. Todo estaba listo, esperarían para la firma de la escritura y el desembolso para la constructora. Nada impediría que hubiese más tropiezos. Cualquier día, en esta espera, que no tiene términos, el jefe de ventas de la constructora, una mujer amable, por lo menos antes de este suceso, llamó y sin mediar le dijo a Rodrigo, hemos decidido resolver el contrato de venta con ustedes, la demora ha sido mucha. Así no más, sin explicación alguna, la llamada termino con un: “lo sentimos mucho”. Rodrigo quedó impertérrito en el puesto. Ni siquiera pensó en el sueño de tener un apartamento, sólo se le vino a la cabeza Paulina, cómo decirle, ese  era el interrogante a vencer.
En esta instancia de la historia decide hablar conmigo. Sabía que en los últimos meses le habíamos ganado varias batallas jurídicas a la alcaldía, que en este país de incisos y acápites legales estos casi siempre son más importantes que lo sustancial, alguna salida encontraríamos, eso esperaba de mí, por ahora, la opción, era ser más inteligentes que las circunstancias.  Lo primero entender el negocio de principio a fin, buscar cada uno de los enclaves legales, ver hasta qué punto la decisión podía tomarla la constructora discrecionalmente, hablamos de un contrato, supuestamente es un acuerdo y este mínimo se firma entre dos personas.  Después de una mirada minuciosa, concluimos que al haber aceptado al fondo nacional como prestamista, aceptaban tácitamente los tiempos del mismo, lo que se traducía que no podían aducir la demora como causal de terminación del contrato. Pero establecimos como estrategia, ante todo mantener la cordialidad a todo lugar, era imprescindible no  volverlo un problema legal, pese a que en el fondo era un problema legal. La estrategia se limitaba a seguir con las buenas maneras, sin bajar la cabeza, recurrir a la amabilidad extrema y hablar con cada una de las partes: Fiducia, constructora, fondo, sin cruzar información, evitar el consenso, deberíamos cumplir con los requerimientos finales de manera separada como si no hubiese problema, era una jugada de ajedrecista, estábamos adelantándonos con los caballos. Recordé el arte de la guerra de Zun Tzu. Empezamos con un derecho de petición bien estructurado, debería ser una comunicación magistral, cada palabra respondía a un peso específico. Este es nuestro país, nadie se imagina todo lo que hay que hacer para adquirir vivienda, Rodrigo lo empezaba a entender y conocía que la palabra clave es: Perseverar, en esto Paulina era experta.
En adelante, hubo muchos ires y venires, ir a la constructora, al fondo, preparar un otro sí modificatorio, coordinar con el banco y asumir que la constructora después de un comité accedería, sabíamos que si se supeditaban al contrato era difícil resolverlo, pues ellos habían aceptado al fondo como prestamista, entonces nosotros deberíamos actuar como si no hubiese pasado nada, pese a la tensión que originaban todas estas dudas. Un día cualquiera en medio de este galimatías, Rodrigo, sin ninguna premeditación, espontáneamente  se fue al edificio y empezó a ver el apartamento, había leído todo sobre la magia de la atracción, se lo fue apropiando mentalmente, asumió que era imposible que su sueño no se hiciera realidad, dijo con una decisión de general, nada impedirá que así sea…..Sabía que había que ser inteligente.  Zun Tzu decía: “Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla”.  Esa fue la estrategia, conocer muy bien lo que esperaba la constructora, insistir en que todo estaba listo, creerlo sobre todo, les dijo muy tranquilo, como llegando a la playa nos vamos a devolver. De pronto, la señorita adusta, la burócrata de hielo, comenzó a ceder. Rodrigo  recordó varias anécdotas. A Colon, la tripulación un día le dijo, si no vemos tierra mañana lo decapitamos, no esperamos más. Rodrigo siempre se imaginaba como fue la noche del conquistador frente a esa sentencia. La providencia apareció y Rodrigo De Triana, en la madrugada gritó: Tierra, tierra…Aquí pasó lo mismo, la constructora en cabeza de la funcionaria, cedió, el contracto de tracto sucesivo empezó a tomar la forma debida, el gerente firmo el otro sí, se lo llevó a la Fiducia y el sueño del apto empezó a ser una realidad. Cuando menos esperábamos, estábamos a la firma de la escritura. Nunca hable con Paulina del tema, pero sé que sufrió como nosotros. Estos son los avatares de un ciudadano común frente a la burocracia. Todos los días se enfrenta a situaciones como esta. Quise escribir la historia de un viacrucis, pero igualmente de un logro. La burocracia y los trámites en nuestra sociedad son lo más opresor que existe. Ojala nadie repita esta historia.   






domingo, 16 de septiembre de 2018

PALABRAS RODANTES MEDELLÍN COLOMBIA


Así se llama, el proyecto liderado por el Metro de Medellín y la caja de compensación COMFAMA. Son libros en excelente formato, de bolsillo, muy pequeños, pero editados con  una calidad indiscutible, obras de autores importantes a nivel nacional e internacional, hay verdaderos iconos de la literatura, son entregados en el metro de manera gratuita para que los usuarios los lean y los sigan rodando, los pasen a otros lectores.
Dos cosas quiero destacar de esta campaña que lleva varios años.  Es una apuesta inteligente para fomentar la lectura, es una incitación a la lectura aprovechando los espacios y el tiempo  entre los avatares de la vida urbana, un acercamiento a la buena literatura  dirigida al ciudadano común, no hay predilección alguna, se democratiza la cultura y la lectura de la mejor manera, se aprovecha el sistema masivo de transporte, que significa esperas, trayectos, espacios de tiempo libre, muy cortos, que de ser acompañados por un buen texto, no solo enriquece el espíritu sino que aliviana la vida y aquellas rutinas inexorables en que solemos pasar gran parte de nuestra existencia. La otra, los autores: Charles Baudelaire con prólogo de Pablo Montoya, Alfonso Reyes, con prólogo de Orlando Mejía Rivera, Cuentos de Mujeres estadounidenses con prólogo de Luis Fernando Macías, Flush de Virginia Wolf, Poemas de Walt Whitman con prólogo de Wiliam Ospina, Carta al padre de Franz Kafka, autores colombianos como Carlos Castro Savedra, Daniel Samper Pizano, Fanny Buitrago…..una verdadera pléyade de creadores.
Las obras son verdaderas joyas de la literatura, el comité que las selecciona no solo se preocupa por la calidad de las mismas, sino que antepone a este requisito, el hecho de que serán leídas en espacios de tiempo muy pequeños, por ello busca relatos o novelas cortas, hay la necesidad de atrapar y encantar al lector, muchas veces estamos ante un ciudadano que por razones que no van al caso traer a colación, nunca tiene tiempo para leer, en estos breves minutos, tiene la posibilidad de encontrarse con la literatura, de volver al mundo de las letras.
Es necesario darle continuidad a esta campaña, espero no se olviden sus beneficios por esas decisiones  absurdas que suelen tomar en ocasiones algunas instituciones frente a lo que está funcionando. No me queda más que felicitar a sus promotores y ejecutores.









martes, 4 de septiembre de 2018

LAS FERIAS DEL LIBRO EN COLOMBIA


Voy a hablar de tres ferias del libro en Colombia, hoy son un orgullo para el país, reflejo de excelente organización y por su puesto divulgación de libros, escritores, editores, constituyen una incitación polifónica a la lectura desde lo institucional, son eventos de suma importancia para el mundo cultural nuestro.
La feria de Bogotá, la de Bucaramanga y la de Medellín. Cada una en fechas diferentes, la primera en abril, la segunda a finales de agosto y la última en los primeros días de noviembre.  Lo primero, no se reducen a una oferta de textos y exposición de editores. Son un encuentro con la cultura. Esto quiere decir, asistencia de excelentes escritores, no sólo presentando su obra, sino en conversatorios bien hilvanados, en cada feria siempre hay un país invitado y como suele suceder, hay muchos lanzamientos de libros, de toda Latinoamérica e incluso de otras latitudes. A esto se le suma, charlas con el mundo de la cultura y referentes a la era digital, esto quiere decir que no desconocen todos los efectos de la globalización en el mundo del libro.
La feria del libro de Bogotá, la Filbo, después de más de veinte años se consolidó entre las tres mejores ferias de Latinoamérica. El orden es el siguiente, sin temor a equivocarme: Buenos Aires, Guadalajara y Bogotá. La pléyade de escritores que cada año trae la Filbo es un orgullo. En el caso de Francia, el esfuerzo que se hizo, con filósofos, escritores y editores fue excepcional. Se produce por las fechas de la feria un avivamiento alrededor los libros. Medellín hace su feria en un recinto abierto, el jardín botánico, con entrada gratuita, es un evento de la Alcaldía, no sólo viene haciendo un trabajo juicioso,  en sensibilización, apoyo y mucho rigor en la organización que no se remite solo a los días de feria, sino que es continuo, es un labor de todo el año,  es política municipal, de la mano de las bibliotecas públicas, son verdaderas campañas para fomentar la lectura. Dentro de cuatro días comienza esta feria, exactamente del 7 al 16 de septiembre, en el Jardín Botánico y sitios aledaños. Tema: Las formas de la memoria. Autores confirmados: Marta Sanz (Es), Alonso Cueto (Pe), Alberto Ruy Sánchez (Mx), Mario Bellatín (Mx), Mercedes Estramil (Ur), Joris Luyendijk (NL), Javier Celaya (Es), Pilar Quintana, Antonio García Ángel.
Bucaramanga, que tiene la feria más joven, es un ejemplo de organización, buenos autores y conversatorios extraordinarios. Es un orgullo de ls Santandereanos y cada año, desde la universidad autónoma adquiere más importancia en el contexto nacional y latinoamericano.
Sugerencias. Los conversatorios deberían estar todos en la red, es un material valioso que no debe perderse. Es difícil encontrarlos. A mis lectores. No dejen de asistir.  En otra entrada hablaré de la feria de Cali y la de Barranquilla.
ADDENDA: Excelente noticia la inauguración de la librería del Fondo De Cultura Económica, en la ciudad de Medellin en alianza con la Biblioteca Piloto, que esta terminando su remo-delación.





domingo, 26 de agosto de 2018

UNA ANTOLOGÍA PERIODÍSTICA HOMENAJE A GABO



La fundación Gabriel García Márquez para el nuevo periodismo iberoamericano, Fnpi, de la mano de la “Organización Ardila Lule”, publicó una “Antología de textos periodísticos de GGM, bajo la dirección de Héctor Feliciano, con selección y comentarios de una pléyade de escritores conocedores y cercanos a la obra periodística de nuestro nobel.  Pese a que lleva más de cuatro años de publicada, este texto llegó a mis manos de manera casual y por recomendación de una de las mentoras de la biblioteca pública de la Floresta de la ciudad de Medellín Colombia. Conozco muy bien la obra periodística de Gabo, leí con mucho juicio la publicación completa realizada por Editorial “Brugera” de España y después por la “Oveja Negra”, con excelentes y exhaustivos textos de Girard. Gabo expresó alguna vez:
“Soy un periodista, fundamentalmente. Toda la vida he sido un periodista.  Mis libros, son libros de periodista aunque se vea poco. Pero esos libros tienen una cantidad de investigación y de comprobación de datos y de rigor histórico, de fidelidad de hechos, que en el fondo son grandes reportajes novelados o fantásticos, pero el método de investigación y de manejo de la información y los hechos es de periodista”.
Nada más cierto. Lo demuestran sus novelas: El otoño del patriarca” y “El general en su laberinto”, para sólo citar dos. Su investigación fue profunda, dispendiosa, y asumió para cada hecho, leer muchos puntos de vista e investigaciones históricas de todo orden.
En la presentación de esta obra realizada por Héctor Feliciano, refiriéndose a los textos periodísticos  de Gabo y a su labor como periodista, escribe al respecto:
“No se trata de escritos que corren paralelos o que estén supeditados a su literatura, como si a esta hubieran servido de impedimento necesario o de acto, inconsciente, impensado, para ganarse su sueldo, sino que el periodismo del escritor colombiano ha sido, desde sus comienzos, una escritura esencial, una práctica diario, acaso el taller en que se forjó buena parte de su literatura”.
Esta antología se debe a un orden, perfectamente estudiado e hilvanado, es una selección rigurosa, por fortuna hay mucho de donde escoger. Comienza con una selección de Héctor Abad Facio Lince, quien para empezar seleccionó un artículo, el primero de Gabo en el periódico  " El Universal" de Cartagena, donde  decanta todo su talento:
“Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda. El reloj de la Boca Del Puente, empinado otra vez sobre la ciudad, con su limpia, blanqueada convalecencia, había perdido su categoría de cosa familiar, su irremplazable sitio de animal doméstico. En las últimas noches ya no iban nuestras miradas a preguntarle por el regreso enamorado de aquella voz qué nos quedó sonando en el oído como un pájaro eterno; o por el rincón temporal donde cortamos el hilo tenso de la aventura, sino que tratábamos de impedir, de detener con un gesto último y desesperado aquella marcha lenta, angustiosa, que iba precipitando las horas contra una  frontera conocida que era, a su vez, la orilla tremenda donde estaba la liberta”.
Continua con la selección de María teresa Ronderos, de Juan Villoro, José Salgar, John Lee Anderson, Teodoro Petkoff, Sergio Ramírez, María Jimena Duzan,  Alex Grillemo Antonio Muñoz Molina, Juan Cruz, Joaquín Estefanía, María Elvira Samper, Alma guillermoproeto.
Se  agregan otros textos periodísticos, me imagino que fue labor de los editores, una entrevista a Mercedes Barcha, la eterna compañera de Gabo y la cronología periodística.
Como ustedes lo perciben, el libro es muy completo, una excelente guía de su labor periodística, pedagógico, además que cada artículo es un bocado.
Recomiendo a mis lectores se lean con mucho juicio estos tres vídeos, sobre todo el último, ahí esta el retrato de Gabo como periodista.