sábado, 30 de octubre de 2021

LENGUA DE BUEY

 

Este excelente articul0o de “Letras libres” aconsejo leerlo a mis lectores, el lenguaje que es la patria del hombre constituye el instrumento por lo cual no solo nos comunicamos, creamos los miedos, señalamos y trasgredimos la realidad a nuestro antojo y manipulación. CESAR H BUSTAMANTE

 

Por David Toscana 29 octubre 2021

 

“¿Qué causas no inventamos para las desgracias que nos afectan?”, escribe Montaigne. “¿A qué no echamos la culpa, con razón o sin ella, para tener algo contra lo cual luchar?”

En el evangelio de Marcos, el mesías dice: “El que no es contra nosotros, por nosotros es”. En Mateo, pronuncia una frase aparentemente parecida, pero más radicalizada e intolerante: “El que no es conmigo, contra mí es”, y agrega: “El que conmigo no recoge, desparrama”. La primera funciona para un aspirante en campaña; la de Mateo ya lleva el descaro de quien ostenta el poder. Son palabras con antojo de dividir el mundo en los buenos míos y los malos otros.

He venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí.

Un tanto insolente el mesías y, como dice Esquilo: “La insolencia es hija de la impiedad”.

Por mucho que se esmeran los creyentes en armar un discurso coherente de los evangelios, lo cierto es que el personaje principal pasa del amor al revanchismo, de la mansedumbre a la intransigencia, de las bendiciones a las maldiciones. A la iglesia del pasado le gustaba hacer énfasis en ciertas amenazas, como la de ser “echados a las tinieblas; allí será el lloro y el crujir de dientes”. Ahora las bienaventuranzas o el amor al prójimo funcionan mejor, pues ya no se cree en el infierno, o sí, cuando el infierno son los otros.

Quizás el comportamiento más difícil de racionalizar o justificar del nazareno lo vemos en este pasaje: “Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si tal vez hallaba en ella algo; pero cuando llegó a ella, nada halló sino hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces Jesús dijo a la higuera: Nunca jamás coma nadie fruto de ti… Y luego se secó la higuera”.

Esto hace pensar en aquel ensayo de Montaigne titulado “Cómo el alma descarga sus pasiones sobre objetos falsos, cuando los verdaderos le faltan”, el cual comienza así:

Uno de nuestros gentilhombres, sumamente propenso a la gota, cuando los médicos le instaban a abandonar por entero el disfrute de las carnes saladas, solía responder con mucha gracia que, en los ataques y tormentos de la enfermedad, quería tener a quién echarle la culpa, y que, gritando y maldiciendo contra la salchicha o contra la lengua de buey y el jamón, sentía un gran alivio.

Heródoto cuenta que uno de los caballos de Ciro se metió desbocado al río Gindes, y “la corriente lo engulló en sus aguas y lo arrastró”. Entonces Ciro injurió al río y decidió “dejarlo tan menguado que, en lo sucesivo, hasta las mujeres podrían atravesarlo fácilmente sin mojarse la rodilla”. Se hallaba en medio de una expedición militar, pero durante varios meses puso ociosamente a sus soldados a cavar trescientos sesenta canales por los que desvió las aguas para restarle fuerza al río.

También Jerjes por frustración mandó insultar y dar latigazos al mar cuando una tormenta le destruyó un puente.

“¿Qué causas no inventamos para las desgracias que nos afectan?”, escribe Montaigne. “¿A qué no echamos la culpa, con razón o sin ella, para tener algo contra lo cual luchar?”.

El papa Esteban VI también sentía la necesidad de inventarse enemigos tan inanimados e inofensivos como un cadáver. Por eso mandó desenterrar a uno de sus predecesores, el papa Formoso, que ya contaba con nueve meses de muerto. Le armó un juicio por cuantos delitos se le ocurrieron. El acusado no pudo defenderse y fue declarado culpable. Al cuerpo putrefacto le cortaron los tres dedos que había usado en vida para bendecir y lo echaron al río Tíber con lastre y en pelota.

Ver enemigos donde no los hay es crear enemigos.

El mar se vengó de Jerjes y se tragó a su ejército.

Ciro se burló de un río diciendo que “hasta las mujeres podrían atravesarlo”, y fue justo una mujer quien lo mató, decapitó y le metió la cabeza en un odre lleno de sangre.

El cadáver del papa Formoso emergió a la superficie, impulsó una revuelta, y su verdugo, el flamante papa Esteban VI, acabó estrangulado.

La higuera seca se mantuvo en pie más tiempo que quien la secó.

El gentilhombre enfermo de gota acabó por saber que una lengua de buey no para de maldecir.

 

 

jueves, 14 de octubre de 2021

CRONICAS BARRIALES

 



Escucha esto mientras lees

El barrio los Alcázares está en medio de dos zonas muy diferentes, desde la perspectiva urbana, exactamente en la zona 13 de la ciudad de Medellín, es atravesado por un parque de cuatro cuadras, una arteria verde, dividida por calles, enmarcado por casas que se miran unas a otras, casi todas reformadas, buscando la renta que aliviane la situación económica para sus dueños, espacio que es el punto de encuentro de sus habitantes, quienes en una rutina muy puntual, a la misma hora, sacan sus perros, realizan caminatas y salen al trabajo, lo que permite conocerlos muy fácilmente y de hecho, se van convirtiendo en la huella indeleble del sitio. La zona 13 tienen una historia de violencia y macartismo bastante curiosa, muy cruel en ocasiones y conocida gracias al narcotráfico en el mundo. La última novela del escritor colombiano Pablo Montoya (“La sombra de Orión”) trata sobre un hecho de carácter oficial ocurrida en este sitio, exactamente una toma militar, de muy mala recordación, realizada por el estado, donde quedaron muy comprometidas las fuerzas armadas y el propio presidente de la república, por las torturas y desaparecimientos de gente de la zona, aún no aclaradas, en compañía del paramilitarismo y de grupos ilegales, alianza perversa que inclusive aún mantiene su vigencia.

Los habitantes de esta zona, por lo general llevan muchos años viviendo aquí. Para un cronista resultaría material vivo para contar mil historias que se hilvanan con las de la ciudad y muchas veces con las del país. Guardan memoria del proceso de urbanización, de las historias particulares relevantes y de ciertos lunares luctuosos que no dejan de atentar con la paz que merece un sitio como estos. Cuando uno le dice a un habitante desprevenido que vive en Santa Lucia, es como si le señalara que vive en el viejo oeste. Hay una estigmatización que no es coherente con la realidad, la cual, es muy diferente al concepto general. En el segundo parque de los Alcázares, exactamente frente a la tienda de don Joaquín, nos reunimos varios amigos. Podría presentarlos formalmente: Un financista, un historiador muy serio y riguroso, un comunicador social, un artista, un emprendedor muy lúcido, una experta en gastronomía, una ciudadana alemana de un encanto absoluto, un ser que se conoce las mil vueltas de esta ciudad y uno que otro advenedizo como el suscrito. O presentarlos como los que verdaderamente son: Contestatarios, rebeldes, iconoclastas, atrabiliarios, que viven con la sentencia de Hemingway, empezar a beber siempre antes de las 3 de la tarde convencidos que todo combate es inútil y que imposible jugarle al sistema.   

A la gente se le olvido conversar, los celulares y las redes sociales nos convirtieron en seres solitarios y alejados, comunicados con todos y con nadie en el fondo, siempre en un lugar diferente donde verdaderamente estamos. Estoy absolutamente convencido de esto: No hay nada más encantador que una buena charla, sobre todo cuando de ella aprendes, te enriqueces y le da una vuelta a la vida y siente menos culpa en una sociedad que no sabe sino señalar. Giovanni, Omar, David, Sebastián, Livia, Weimar, Sandra, Armando, David, son personajes encantadores, diferentes a todo lo que conozco, leales hasta el punto de ser alcahuetes y sobre todo convencidos que la vida, eso que otros hicieron de nosotros para recordar la sentencia de Sartre, no es como no la quieren imponer.

Los barrios, las esquinas y los entornos son más importantes de lo que parece. Desde hace muchos años hay agendas publicas y secretarias pensando solo en ellas desde lo lúdico y el intercambio social. El nadaísmo en Colombia nació de un grupo de iconoclastas reunidos en las calles de Medellín con mucha convergencia y deseo de mandarlo todo para la mierda. La perspectiva siempre fue estética y por la calidad de los personajes, de los textos, de su poesía adquirió trascendencia nacional. El automático en Bogotá, el Málaga en Medellín, la cigarra de Ibagué, la cueva de Barranquilla, fueron primero sitios de buena conversación y de intercambio de ideas.  Poco se escribe de estos encuentros, por lo anodino en apariencia de los personajes. Dejar registro de estos grupos es importante, Foucault dice que la historia de las pequeñas cosas, los relatos, las discontinuidades son fundamentales y de ellas nadie habla. Los invito alguna vez a estar en estos encuentros, que siempre son fortuitos, sin agenda, hijos de la casualidad y lo desapacible de la vida. Son como libros abiertos, el que llega siempre es bienvenido.


 


lunes, 4 de octubre de 2021

EL INFINITO EN UN JUNCO

 

Es preciso en referencia a este excelente texto de Irene Vallejo, precisar a qué genero responde el mismo.  Es evidente que estamos ante un ensayo, de carácter histórico, alrededor del libro, de la escritura, de las bibliotecas y por supuesto de la lectura y el conocimiento.

En el club de lectura de la biblioteca la Floresta de Medellín, la lectura de este texto fue el ejercicio del último conversatorio, el director dividió las disertaciones en tres secciones, escribiré sobre la primera que empezó por definir qué entendemos por ensayo.

Tomaré algunas características plasmadas en el texto sobre el ensayo de Jaime Antonio Vélez. Empieza con un título que constituye por antonomasia una definición: “El más humano de los géneros”.  “Montaigne fue el primer escritor en emplear esta palabra para nombrar una forma peculiar de escritura”. 1598, dio a conocer una serie de escritos a los que denominó essais y en los cuales no se proponía fin alguno. El diccionario lo define de esta manera:

El ensayo es un tipo de texto en prosa que explora, analiza, interpreta o evalúa un tema. Se considera un género literario comprendido dentro del género didáctico. Las características clásicas más representativas del ensayo son las siguientes: Es un escrito serio y fundamentado que sintetiza un tema significativo, desde una óptica personal y muy subjetiva pero que a la vez está soportada en información veraz y rigurosa.

Varios fueron los aportes en el conversatorio al respecto: El ensayo permite ciertas libertades, es personal. Dice al respecto JAV: “Lo perdurable no reside, pues, tanto en lo que dice, como en el punto de vista y en el tono que asume para decirlo. Y en eso radica, justamente, una de las claves del gran ensayo en todas las épocas”.

El texto de Irene Vallejo es una investigación rigurosa, seria e histórica alrededor de los libros en sus diferentes formatos. Empieza con Alejandro Magno, concretamente sobre el proyecto de la Biblioteca de Alejandría, narra la historia desde su concepción, construcción, hasta su terminación, estudiando a la vez los proyectos anteriores a la misma que sirvieron como experiencia. La tarea fue encomendada a Tolomeo, quien creo un cuerpo selecto de asesores, traductores y trajo a Alejandría los royos de papiro del mundo,  en una búsqueda de conocimiento irrepetible en la historia antigua.

 

Hay personas que durante su vida anhelan saber más porque cuanto más saben mejor comprenden a los demás, más facilidad tienen para convivir y, por lo tanto, disfrutan más del día a día, son más felices. Y lo transmiten. Creo que es lo que le sucede a Irene Vallejo, destila amor y felicidad. Y la contagia. Leer “El infinito en un junco” es dar un paseo por la Historia para comprender la necesidad del hombre de comunicarse con los demás, la necesidad de no olvidar lo que otros dijeron antes que él y la necesidad de compartirlo. Y así, haciendo gala de un humor exquisito, Irene Vallejo nos abre las puertas de la Historia. El lector asiste con absoluto placer a los comienzos del libro, a la dificultad de plasmar con símbolos, en la piedra, el papiro o el papel, los sonidos rítmicos que con tanta facilidad producimos, a la necesidad de hacerlo. Y queda admirado (una vez más) al descubrir que, gracias a la escritura, sabemos que los grandes hombres, y los despreciables, renacen cada cierto tiempo. La autora nos recuerda cómo hace 25 siglos Alejandro Magno ya concibió lo que hoy llamamos globalización a partir del helenismo. Esta empresa ha sido llevada a cabo en varias ocasiones a lo largo de la historia, pero por cuestiones políticas o religiosas se ha destruido otras tantas. Y puestos a aniquilar, lo pulverizamos todo. Leyendo “El infinito en un junco” razonamos las consecuencias de destruir los libros escritos por filósofos, científicos, ¿lingüistas? La cultura de esa sociedad queda devastada, por lo que se impide a quienes vengan después que la conozcan, es un atentado al propio ser humano. Imagino a los habitantes de la antigua Alejandría o de Irak en 2015 al ver sus tradiciones, sus pensamientos pisoteados, ninguneados, despreciados, quemados.

Uno de los asistentes al conversatorio comparó este libro con el de la “Trilogía de New York”, en lo que respecta a las referencias. Le parece que las referencias literarias e históricas sobre personajes y obras de la literatura de la novela de Auster son demasiado difíciles, que constituyen un juego que complica su lectura y que en cambio en este ensayo son enriquecedoras y corresponden al genero que mejor las recibe, hacen la lectura agradable y lúcida.

Esta claro que en la auto ficción y la metaficción en la novela son recursos literarios, muy de la posmodernidad, permisivos, no se usan por un prurito de elocuencia o las imposturas intelectuales tan de moda, sino que corresponden al mismo corpus de la historia, hacen parte del relato.

También se relevó algunos aspectos en relación con el tiempo. En todo ensayo supone una relación especial entre el tiempo en que se escribe y los hechos históricos traídos como referencia. El libro de Irene Vallejo, pese a empezar su historia por la antigüedad, empezando por el proyecto descomunal de la biblioteca de Alejandría, hace referencias explicitas a la revolución de las TIC y las redes, las que permiten tener acceso a una biblioteca inconmensurable en el mínimo espacio, gracias a la electrónica.  Es el sueño de la biblioteca universal que tanto rememora Borges. La autora siempre realiza articulaciones puntuales con lo que sucede hoy frente a la revolución digital. Hay referencias implícitas al proceso de tener en un solo sitio todo el conocimiento de la humanidad, aludiendo que es un propósito muy antiguo y el progreso intelectual desde la perspectiva histórica realmente responde a esta bitácora esencial. Según la propia autora también es la historia de como el libro sobrevive a tantas catástrofes, de la pasión por la lectura y por ende del conocimiento, del amor a los libros como objetos de memoria, de la otredad. 

En la medida en que se vayan dando los siguientes conversatorios sobre este texto, iré haciendo las relatorías de los mismos. Espero mantener los aspectos más interesantes de los conversatorios alrededor de este excelente texto.

 

 


 




miércoles, 22 de septiembre de 2021

TRILOGIA DE NEW YORK DE PAUL AUSTER (2)

 

Estas tres novelas del escritor americano, publicadas como un solo texto, entretejido por sus historias mediante un hilo argumental acucioso, lleno de simbolismo y referencias literarias, realmente, son tres novelas en una, como lo exprese en la entrada anterior, son objeto de un ejercicio del club de lectura “La Floresta” de Medellín Colombia. En tres secciones de dos horas, realizamos un conversatorio en torno a las impresiones que dejaron en el grupo su lectura.

Trataré de plasmar en esta entrada las impresiones generales del grupo sobre las dos novelas finales: “Fantasmas” y “Habitación cerrada”.  En la primera entrada sobre la primera novela: "La ciudad de cristal", dejamos en claro, que pese a ser escrita con ciertos tics de la novela policiaca, no es una novela policiaca, pese a que existen eventos específicos en la trama que le pueden dar este talante: Un personaje termina contratando un detective, el azar juega un papel preponderante (todo empezó con un número equivocado) , tarea que la asuma un escritor, quien suplanta al detective, por efecto de una llamada equivocada, hecho puntual desde donde parte la historia, caracterizada por las referencias literarias, los juegos de suplantación, el doble como herramienta de elucidación psicoanalítica, para establecer las múltiples personalidades de los personajes y la soledad inevitable, en un espacio urbano lleno de significaciones y alusiones históricas. El tema es la ambigüedad del lenguaje. Está claro que en las tres novelas se contraponen diferentes planos sobre una misma trama.

 Para Auster la experiencia, el vagabundeo, la perdida de la razón, el azar, el error, el hambre, el sueño, son los elementos que nutren la escritura y producen sentido. Trabaja con el lenguaje literario que es una escritura polisémica, compleja y múltiple. Sus personajes reflejan esta complejidad: En “Ciudad de cristal” Quin condensa, con suma habilidad, todos los acontecimientos minuciosamente en su cuaderno rojo. Va sumando detalles, pistas y hipótesis para de completar el vacío. La escritura es errante, desprolija, en movimiento, con cortos y largos periodos de sueño, de locura y de hambre. En “Fantasmas” Azul escribe los informes sobre Negro en una soledad agobiante, tratando de atar cabos para entender cuáles son las intenciones de Blanco. Pero es ahí cuando se encuentra escribiendo lo insospechado: su propia biografía. En “La habitación cerrada” la última obra de Fanshawe resulta imposible de leer, producto de una vida errante, nómada y aventurera. Y su amigo, su doble, se empeña en reconstruir su biografía sin importarle que está a punto de perder la propia vida. Los personajes son capaces de abandonar la existencia: ella sobrevivirá en el libro[1].

Es un hecho, “Fantasmas”, continua con este hilo conductor, tres personajes, uno que contrata, otro que ejerce la tarea del detective y el último que resulta ser vigilado con sorna y delirio, donde hay más que un análisis personal sobre el papel de cada personaje en esta trama llena de simbolismos y juegos de trasposición, está lleno de nuevo de referencias literarias y elucidaciones de todo tipo. No existen personajes con nombres tradicionales, sino el escritor los denomina a través de colores, este juego corresponde también al juego de la trama y a las intenciones de ir más allá que la realidad y las circunstancias existenciales concretas, como si habláramos de emociones y no de personas, del carácter, de estereotipos en general, cada uno con alguna referencia a personajes literarios, no solamente alude a este factor psicológico, sino utiliza coincidencias históricas, que igualmente juegan un papel relevante en la trama.

El grupo a través de varias opiniones en el conversatorio llegó a plantear algunos aspectos muy interesantes que me parece importante plasmar.  El juego del doble es un tema bastante trabajado en la literatura (El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson).

El doble en la literatura aparece en los estudios literarios como: tema, motivo y con menor frecuencia, mito, figura o tipo. Pero se puede definir es una construcción que gira en torno a la dualidad y binarismo, es un hecho que se construye en funciona de una lucha entre principios, potencias o entidades opuestas y complementarias a la vez. El doble aparece cuando dos incorporaciones del mismo personaje coexisten en un mismo espacio o mundo ficcional”.

“La literatura permite plasmar las inquietudes del ser humano y proponer respuestas a las preguntas fundamentales sobre el sentido de la existencia.    Una de esas inquietudes se relaciona con el problema de la identidad. La pregunta sobre el “¿quién soy?” ha dado lugar al tema del      doble, que se ha venido desarrollando en la      literatura desde el siglo XVIII”.

De igual manera se tocó en el grupo la intrincada relación entre realidad y ficción. La trasposición entre estos dos contextos. Piglia en una excelente conferencia aduce, hablando de Borges, como la ficción al final logra trasformar la realidad, se refiere a la literatura fantástica, tan importante para el escritor argentino y como la primera (La realidad), termina convertida en una ficción a trávez de la historia o el relato. De igual manera alguien preguntó en el conversatorio si somo realidad o conciencia, para llegar de manera extraña a la relación entre sujeto y objeto de tanta disertación en la filosofía.

De manera extensa, en las diferentes intervenciones, se habló del trasunto de la filosofía en este tema, de la oposición entre idealismo y materialismo, lo que resulta además muy curioso, pues es difícil asumir que una novela de para tanto, así quedó establecido en este grupo de trabajo, de hecho cada lector es un creador y existen tantas novelas como lectores.

Al final, de manera literal, llegamos a la conclusión absoluta que los tres personajes, resultan ser dos y al final uno solo. Hablamos de un personaje con tres grados de conciencia y existencia en un mismo plano. Recordemos que en ““Ciudad de cristal” el primer texto, está vislumbrada entre los límites de lo real y lo imaginario. “Fantasmas”, centrada en la condición solitaria, en una suerte de ímpetu monacal que tiene su referente en “El estanque de Walden” y La habitación cerrada”, una apología a la ambigüedad íntima y a la aceptación de la realidad, cuya proximidad se evidencia en Nathaniel Hawthorne y en su primera novela titulada Fanshawe publicada en 1828”[2].

En la última novela: “La habitación cerrada”, el grupo estableció varios puntos que es importante traer a colación: Narrativamente es mas fácil de leer y resulta muy agradable, por la factura de su prosa y por lo fácil de la trama desde la perspectiva del lector, lo que no quiere decir que, el escritor haya renunciado a los marcos referenciales, a los ripios, como lo dijo un asistente muy lúcido del conversatorio, que son arabescos innecesarios. La conclusión del grupo en general, es que, estamos ante una gran novela. El personaje principal, un escritor Neoyorquino, por aquellos juegos del azar, resulta valorando la obra escrita de un hombre desaparecido, quien fue su gran amigo de la niñez y la adolescencia, por encargo de su viuda, Sofia, que al final terminan casada con el escritor, ahora en el papel de curador, tarea que cumple con una cuota de engaño, pues partimos que el desaparecido está muerto y, realmente no lo está, aparece en la trama dos veces frente a su amigo escritor para ratificarle que nunca volverá a la anterior vida, las referencias literarias siguen siendo muy importes, hacen parte de los ejes narrativos, hay por supuesto un juego de roles, la propia biografía del autor es latente como herramienta creativa para crear roles.

La novela nos despierta del sueño de la verdad totalitaria, el mundo de la novela es el mundo de la ambigüedad. Por esto las palabras de Ballard5, cuando dice “Vivimos dentro de una enorme novela” (...) “La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad”, golpean duramente en las mentes dormidas por el acoso de la producción de masas, la publicidad, el discurso político y los medios de comunicación encargados de reproducir el pensamiento único contemporáneo. La novela viene a rescatarnos de esa ficción y es la única que nos muestra y nos interroga sobre la complejidad en el mundo[3].

Es loable el ejercicio de estos conversatorios de lectura, la lectura de esta novela, no solo fue un homenaje al escritor americano de tanta preponderancia, por la lucidez de sus libros, por la prosa y la composición, por la calidad creativa y por lo tanto literaria, sino un ejercicio de hermenéutica e interpretación literaria. Seguiré a través de este blog, trayendo a colación algunos talleres de lectura de la biblioteca "La floresta" de Medellín, para ampliar las resonancias sobre nuestra humilde tarea.



 


 








[1] Universidad del Cine 1 Facultad de Cinematografía Cátedra: Panorama de la Literatura Titular: Prof. Mirta Arlt. Adjuntos: Prof. Silvana Franco Trabajo Final: La encarnación del mundo en el libro, Análisis de la obra de Paul Auster, “La trilogía de New York”. Autor: Nicolás Savignone

[2] Todo empezó con un número equivocado. Tesis de grado. Julián Sepúlveda Orozco Trabajo de tesis para optar al título de Magister en Estética Asesora María Cecilia Salas Guerra Departamento de Estudios filosóficos y Culturales Facultad de Ciencias Humanas y Económicas Universidad Nacional de Colombia

[3] Universidad del Cine 5 Facultad de Cinematografía Cátedra: Panorama de la Literatura ITitular: Prof. Mirta Arlt. Adjuntos: Prof. Silvana Franco Trabajo Final: La encarnación del mundo en el libro, Análisis de la obra de Paul Auster, “La trilogía de New York”. Autor: Nicolás Savignone

sábado, 28 de agosto de 2021

PAUL AUSTER Y TRILOGIA DE NUEVA YORK

“Dentro de la literatura del siglo XX, con énfasis hacia la segunda mitad de la centuria y prolongándose al siglo XXI, un sector de la narrativa, novelas y cuentos, hace confluir los oficios del creador, del crítico, del teórico y del lector”.  De esta manera la relación entre el escritor y lector se hace desde variables muy diferentes a las presupuestadas antes de estas narrativas novedosas, hablo de las teorías literarias y hermenéuticas anteriores al 50 del siglo pasado. 

El club de lectura de la biblioteca la floresta de Medellín cumple una labor encomiable en favor de la lectura y la literatura en general. En el último encuentro, nos encargó su director como tarea leer “Trilogía de New York” de Paul Auster, con el fin de comentar las tres novelas contenidas en este texto.  

Este año se han analizado varios textos, se hacen comentarios muy puntuales de lo que ha dejado cada lectura para cada uno de los participantes, se confrontan opiniones y se descifran y contextualizan los procesos creativos implícitos en cada relato o novela en cuestión. 

El director en un ejercicio pedagógico, sin los atavismos de la academia, va dilucidando desde la perspectiva del lector los aspectos específicamente literarios del texto y paralelamente dilucida las herramientas literarias utilizadas en el proceso creativo. Esto lo hace con todos los libros sometidos a lectura.  De esta manera llegamos al concepto de autificción, de la cual, la trilogía escrita por Paul Auster es un buen ejemplo. 

Estos conversatorios por fuera de la academia son de suma importancia. Es un ejercicio espontaneo, con lectores anodinos y desde una perspectiva antropología constituyen un acercamiento a la literatura realizada por el ciudadano común.  En palabras de Aidan Chambers, de lo que se trata es de compartir el entusiasmo por la literatura y la interpretación textual. 

La autoficción es un neologismo creado en 1977 por Serge Doubrovsky crítico literario y novelista francés. “La autoficción se define por un "pacto oximorónico" o contradictorio asociando dos tipos de narraciones opuestas: un relato fundado, como la autobiografía, sobre el principio de las tres identidades (el autor es también el narrador y el personaje principal), que sin embargo es ficción en sus modalidades narrativas y en sus paratextos (título, textos de solapa, contratapa, etc.). Se le llama también "novela personal", ya que se trata de un cruce entre un relato real de la vida del autor y el relato de una experiencia ficticia vivida por este”. 

Trilogía de New York” es una novela emblemática de la autoficción. Miremos los elementos esenciales de esta obra. Son tres novelas en una. Son tres relatos entretejidos por una misma técnica y con historias que encubren marcos referenciales a otras obras y géneros (El policiaco, la autobiografía y la hermenéutica como herramientas textuales de construcción). 

Empezaré por el primer texto: "La ciudad de cristal”, escrita en primera persona. El autor acude a la trasposición de nombres, que viene siendo un recurso en la trama y que le sirve como recurso para citar textos literarios implícitos en la narración que hacen parte del acervo intelectual del escritor en medio de un trasunto policiaco producto de una casualidad y cierta dosis de soledad e invención que constituyen parte de la realidad del protagonista.  En una tesis sobre este texto encontré la expresión: “todo empezó con un número equivocado, más que tratarse de un desacierto casual y ordinario, más que concebir el título de esta tesis o más que ser la primera línea escrita por Paul Auster en “La trilogía de Nueva York”, bien podría significar una sentencia de retirada y no un accidente o un punto de partida, en tanto es una invocación del escritor norteamericano que se manifiesta como una suerte de conjuro y que emerge desde la habitación de un hombre desalojado y abismado en el mundo, quien a través de sus cavilaciones y novelas de ficción revela con atino y sutileza un sinfín de temas universales”. Destaca la estudiante cuatro temas, los que de antemano descarto para este artículo, no porque no sean importantes, sino por lo general de mi análisis, en todo caso, considero importante nombrarlos: la soledad, el azar, la ciudad y la identidad. 

Daniel Quin es un escritor citadino (Nueva York como eje urbano), escribe “novelas de misterio”, estas obras las escribía con el nombre William Wilson, el detective narrador es Max Work, hombre que había resuelto innumerables crímenes y se había hecho íntimo de Quinn. En la mesa de noche del escritor siempre reposa un ejemplar del libro de viajes de Marco Polo. Cada nombre o inicial citado en este texto, termina convertido en una referencia literaria. Los sitios igualmente responden al mismo truco. Vive en la misma calle donde alguna vez vivió Wall Witman. En este caso, la ciudad hace parte del eje narrativo. “Nueva York, es el escenario, la ciudad de todos y de nadie, el lugar del caos donde logran vislumbrarse las sombras de unos hombres que cruzan el Puente de Brooklyn para llegar al Downtown de Manhattan, un espacio que invita al extravío y donde aún en el horizonte se respira la ausencia que ha permanecido en el ambiente después de los atentados del 11 de septiembre. Un vacío en el cielo que constata la fragilidad del mundo y que en el sentido de esta tesis se podrá leer como un excurso, en tanto es un tema posterior a la trilogía austeriana”. 

Hay ciertas características del personaje que a la vez son del escritor en la vida real: Escribe en libretas, siempre lleva un lápiz a la mano, es fanático del beisbol y seguidor de un equipo de la ciudad, solitario, amante y estudioso de ciertos autores emblemáticos de la literatura.  En el relato hay extensas alusiones a Heródoto, Montaigne, a Defoe y Swift, que no son simples referencias, sino que tienen que ver con los personajes y la manera de sortear sus angustias existenciales, la soledad en este caso. En la tesis sobre Paul Auster hay una explicación aludida a este recurso metalingüístico que vale la pena citar: “Ciudad de cristal, vislumbrada entre los límites de lo real y lo imaginario. Razón por la cual los personajes que la recrean se pierden en la locura como quijotes en Nueva York. Fantasmas, centrada en la condición solitaria, en una suerte de ímpetu monacal que tiene su referente en El estanque de Walden. Y, La habitación cerrada, una apología a la ambigüedad íntima y a la aceptación de la realidad, cuya proximidad se evidencia en Nathaniel Hawthorne y en su primera novela titulada Fanshawe publicada en 1828” (Julián Sepúlveda Orozco, universidad nacional de Colombia). 

Por esta vía estudia el mito del paraíso y el mito de Babel, cita a Milton, hace referencia a su secretario (Henry Dark) quien después de la muerte de este se traslada a América y escribe sobre la nueva Babel, referencias todas importantes por el papel que juegan en el relato. Miremos ciertas alusiones realizadas por el personaje: 

Desde el principio, según Stilman, el descubrimiento del nuevo mundo fue el impulso que insufló vida al pensamiento utópico, la chispa que dio esperanzas a la perfectibilidad de la vida humana, desde el libro de Tomas Moro de 1516 hasta la profecía de Gerónimo de Mendieta, unos años más tarde, de que América se convertía en un estado teocrático ideal, una verdadera ciudad de Dios”.  

Cita a Rousseau, a Locke, la bula papal de Pablo II sobre el alma de los indios, la interpretación de la torre de Babel referida al lenguaje y a la unidad. Figuras que aparecen en un relato donde gracias al azar asume ser otro personaje y se embarca en una misión y una búsqueda, se convierte en un detective por razones de la suplantación (Paul Auster), lo que constituye el punto de partida de la trama. El autor a nosotros como lectores nos permite un juego con nuestras propias referencias en el marco del relato: Cervantes, Henry David Thoreau, Nathaniel Hawthorne, Jorge Luis Borges, Albert Camus, Knut Hamsun, Friedrich Nietzsche, Edgar Allan Poe, Woody Allen, Franz Kafka, Herman Melville y J.M. Coetzee; entre muchos otros autores que gracias a las referencias se entre cruzan con las citadas por el autor, ejes literarios que hacen parte del contexto. 

Las referencias a Cervantes y el Quijote realizadas por el autor son muy importantes en el texto.  Primero por los juegos que se entreveran en la trama gracias al azar y a una equivocación producto de una llamada donde el tema de la sinrazón y la puesta en escena de la realidad frente a la invención constituye una variable constante. La vida termina siendo siempre un relato, el pasado lo mismo, la perspectiva del narrador se impone sobre la realidad. El Quijote de Sancho no es el mismo que él de Cervantes y diferente al del lector. La narración puesta en cabeza de un autor ficticio como sucede en el Quijote, constituye un juego alrededor de un relato policiaco por fuera del canon donde confluyen voces, autores y referencias que son importantes desde la perspectiva estética. El relato igualmente tiene datos y aspectos autobiográficos, que se entretejen con el argumento de base y le dan libertad al lector, quien obligado entra en este juego de ficciones contrapuestas. 

Esta trilogía es la obra más leída de Paul Auster y amerita relecturas que permiten captar los juegos metalingüísticos y la multiplicidad de referencias   literarias puestas en la trama. 

 



domingo, 15 de agosto de 2021

DE RELECTURAS Y OTROS TEMAS

 Es un hecho que cada vez se publican más libros, que hay un exceso de novelas, ensayos, textos científicos, libros de viajes y de auto-ayuda.....en fin, proliferación que no es mala y con el ítem que el tiempo para las buenas lecturas se reduce cada vez más, lo que implica asumir un especie de selección de las mismas con sumo cuidado, para no caer en manos de malos textos o libros muy publicitados pero de muy poca calidad.

Esto hace que uno se deje llevar mejor por ciertas re-lecturas que son garantía de calidad o por lo menos en lo personal dan más seguridad, pero siempre asumiendo que no es lo mismo leer "La cartuja de Parma" a los 25 años que a los 60 años y que en ese proceso de articulación psicológica las re-lecturas siempre serán muy diferentes y se asumen como una experiencia alucinante y novedosa.

He vuelto por los textos de talante político de Susan Sontag, sobre la libertad, el fascismo, la imagen, que me han dejado impresionado por la actualidad de los mismos y por la calidad de la prosa. Volví al "Doktor Faustos" de Thomas Man, una novela entrañable que me ha dejado una experiencia totalmente diferente a mi lectura de juventud. La vida del musico Adrian Leverkuhn, donde los temas sobre las artes, la filosofía y la política se entrelazan con la historia alemana. Es evidente que hay una influencia del primer Fausto, que se toman rasgos de Nietzsche, que hay elementos estéticos de Adorno, de Arnold Schönberg, padre del dodecafonismo y por supuesto las reflexiones existenciales de este personaje absolutamente encantador en las manos de un gran novelista y pensador. 

Estoy como siempre ahondando en los estudios y lecturas de Borges, en todo el universo que significan sus textos y en las articulaciones con infinidad de autores, de precursores y de temas de hondo calado desde la literatura.

Definitivamente a la edad mía, 61 años, las relecturas son un bálsamo sin renunciar a la literatura contemporánea. Espero entre uno que otro articulo, volver sobre aquellos textos que me conmovieron y son referencia obligada en mi vida.






miércoles, 4 de agosto de 2021

¿Qué es la literatura?

 Este texto que hace parte de “introducción a la teoría literaria” de Terry Eagleton, dentro de la apertura a estudios de literatura emprendida por este blog, cuya única intención es solo crear herramientas para entenderla mejor y hacerlo con cierta pretensión científica o por lo menos desde un orden y metodología especifica que pretendo termine con estudios concretos de la literatura colombiana. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE 

Terry Eagleton, en caso de que exista algo que pueda denominarse teoría literaria, se desliga de lo obvio, pues hay una cosa que se denomina literatura sobre la cual teoriza. Consiguientemente podemos principiar planteando la cuestión ¿Qué es literatura? Varias veces se ha intentado definirla. Podría definírsela, por ejemplo, como obra de "imaginación", en el sentido de ficción, de escribir sobre algo que no es literalmente real. Bastaría un instante de reflexión sobre lo que comúnmente se incluye bajo el rubro de literatura para entrever que no va por ahí la cosa. La literatura inglesa del siglo XVII incluye a Shakespeare, Webster, Marvell y Milton, pero también abarca los ensayos de Francis Bacon, los sermones de John Donne, la autobiografía espiritual de Bunyan y aquello —llámese como se llame— que escribió Sir Thomas Browne. Más aún, incluso podría llegar a decirse que comprende el Leviatan de Hobbes y la Historia de la rebelión de Clarendon. A la literatura francesa del siglo XVII pertenecen, junto con Corneille y Racine, las máximas de La Rochefoucauld, las oraciones fúnebres de Bossuet, el tratado de Boilean sobre la poesía, las cartas que Madame de Sevigné dirigió a su hija, y también los escritos filosóficos de Descartes y de Pascal. En la literatura inglesa del siglo XIX por lo general quedan comprendidos Lamb (pero no Bentham), Macaulay (pero no Marx), Mili (pero no Darwin ni Herbert Spencer). El distinguir entre "hecho" y "ficción", por lo tanto, no parece encerrar muchas posibilidades en esta materia, entre otras razones (y no es ésta la de menor importancia), porque se trata de un distingo a menudo un tanto dudoso. Se ha argüido, pongamos por caso, que la oposición entre lo "histórico" y lo "artístico" por ningún concepto se aplica a las antiguas sagas islándicas (1). En Inglaterra, a fines del siglo XVI y principios del XVII, la palabra "novela" se empleaba tanto para denotar sucesos reales como ficticios; más aún, a duras penas podría aplicarse entonces a las noticias el calificativo de reales u objetivas. Novelas e informes noticiosos no eran ni netamente reales u objetivos ni netamente novelísticos. Simple y sencillamente no se aplicaban los marcados distingos que nosotros establecemos entre dichas categorías (2). Sin duda Gibbon pensó que estaba consignando verdades históricas, y quizá pensaron lo mismo los autores del Génesis. Ahora algunos leen esos escritos como si se tratase de hechos, pero otros los consideran “ficción”. Newman, ciertamente, consideró verdaderas sus meditaciones teológicas, pero hoy en día muchos lectores las toman como "literatura". Añádase que si bien la literatura incluye muchos escritos objetivos excluye muchos que tienen carácter novelístico. Las tiras cómicas de Superman y las novelas de Mills y Boon refieren temas inventados pero por lo general no se consideran como obras literarias y ciertamente, quedan excluidos de la literatura. Si se considera que los escritos “creadores" o "de imaginación" son literatura, ¿quiere esto decir que la historia, la filosofía y las ciencias naturales carecen de carácter creador y de imaginación? Quizá haga falta un enfoque totalmente diferente. Quizá haya que definir la literatura no con base en su carácter novelístico o “imaginario” sino en su empleo característico de la lengua. De acuerdo con esta teoría, la literatura consiste en una forma de escribir, según palabras textuales del crítico ruso Roman Jakobson, en la cual "se violenta organizadamente el lenguaje ordinario". La literatura transforma e intensifica el lenguaje ordinario, se aleja sistemáticamente de la forma en que se habla en la vida diaria. Si en una parada de autobús alguien se acerca a mí y me murmura al oído: “Sois la 2 virgen impoluta del silencio”, caigo inmediatamente en la cuenta de que me hallo en presencia de lo literario. Lo comprendo porque la textura, ritmo y resonancia de las palabras exceden, por decirlo así, su significado “abstraíble” o bien, expresado en la terminología técnica de los lingüistas, porque no existe proporción entre el significante y el significado. El lenguaje empleado atrae sobre sí la atención, hace gala de su ser material, lo cual no sucede en frases como "¿No sabe usted que hay huelga de choferes?''. De hecho, esta es la definición de lo "literario" que propusieron los formalistas rusos, entre cuyas filas figuraban Viktor Shklovsky, Roman Jakobson, Osip Brik, Yury Tynyanov, Boris Eichenbaum y Boris Tomashevsky. Los formalistas surgieron en Rusia en los años anteriores a la revolución bolchevique de 1917, y cosecharon laureles durante los años veinte, hasta que Stalin les impuso silencio. Fue un grupo militante y polémico de críticos que rechazaron las cuasi místicas doctrinas simbolistas que anteriormente habían influido en la crítica literaria, y que con espíritu científico práctico enfocaron la atención a la realidad material del texto literario. Según ellos la crítica debía separar arte y misterio y ocuparse de la forma en que los textos literarios realmente funcionan. La literatura no era una seudorreligión, psicología o sociología sino una organización especial del lenguaje. Tenía leyes propias específicas, estructuras y recursos, que debían estudiarse en sí mismos en vez de ser reducidos a algo diferente. La obra literaria no era ni vehículo ideológico, ni reflejo de la realidad social ni encarnación de alguna verdad trascendental, era un hecho material cuyo funcionamiento puede analizarse como se examina el de una máquina. La obra literaria estaba hecha de palabras, no de objetos o de sentimientos, y era un error considerarla como expresión del criterio de un autor Osip Brik dijo alguna vez —con cierta afectación y a la ligera— que Eugenio Onieguin, el poema de Pushkin, se habría escrito aunque Pushkin no hubiera existido. El formalismo era esencialmente la aplicación de la lingüística al estudio de la literatura; y como la lingüística en cuestión era de tipo formal, enfocada más bien a las estructuras del lenguaje que a lo que en realidad se dijera, los formalistas hicieron a un lado el análisis del "contenido" literario (donde se puede sucumbir a lo psicológico o a lo sociológico), y se concentraron en el estudio de la forma literaria. Lejos de considerar la forma como expresión del contenido, dieron la vuelta a estas relaciones y afirmaron que el contenido era meramente la "motivación" de la forma, una ocasión u oportunidad conveniente para un tipo particular de ejercicio formal. El Quijote no es un libro acerca de un personaje de ese nombre, el personaje no pasa de ser un recurso para mantener unidas diferentes clases de técnicas narrativas. Rebelión en la granja (de Orwell) no era, según los formalistas, una alegoría del estalinismo, por el contrario, el estalinismo simple y llanamente proporcionó una oportunidad útil para tejer una alegoría. Esta desorientada insistencia ganó para los formalistas el nombre despreciativo que les adjudicaron sus antagonistas. Aun cuando no negaron que el arte se relacionaba con la realidad social —a decir verdad, algunos formalistas estuvieron muy unidos a los bolcheviques— sostenían desafiantes que esta relación para nada concernía al crítico. Los formalistas principiaron por considerar la obra literaria como un conjunto más o menos arbitrario de "recursos", a los que sólo más tarde estimaron como elementos relacionados entre sí o como "funciones" dentro de un sistema textual total. Entre los "recursos" quedaban incluidos sonidos, imágenes, ritmo, sintaxis, metro, rima, técnicas narrativas, en resumen, el arsenal entero de elementos literarios formales. Estos compartían su efecto “enajenante” o “desfamiliarizante”. Lo específico del lenguaje literario, lo que lo distinguía de otras formas de discurso era que "deformaba" el lenguaje ordinario en diversas formas. Sometido a la presión de los recursos literarios, el lenguaje literario se intensificaba, condensaba, retorcía, comprimía, extendía, invertía. El lenguaje "se volvía 3 extraño", y por esto mismo también el mundo cotidiano se convertía súbitamente en algo extraño, con lo que no está uno familiarizado. En el lenguaje rutinario de todos los días, nuestras percepciones de la realidad y nuestras respuestas a ella se enrancian, se embotan o, como dirían los formalistas, se “automatizan”. La literatura, al obligarnos en forma impresionante a darnos cuenta del lenguaje, refresca esas respuestas habituales y hace más 'perceptibles' los objetos. Al tener que luchar más arduamente con el lenguaje, al preocuparse por él más de lo que suele hacerse, el mundo contenido en ese lenguaje se renueva vívidamente. Quizá la poesía de Gerard Manley Hopkins proporcione a este respecto un ejemplo gráfico. El discurso literario aliena o enajena el lenguaje ordinario, pero, paradójicamente, al hacerlo, proporciona una posesión más completa, más íntima de la experiencia. Casi siempre respiramos sin darnos cuenta de ello el aire, como el lenguaje, es precisamente el medio en que nos movemos. Ahora bien, si el aire de pronto se concentrara o contaminara tendríamos que fijarnos más en nuestra respiración, lo cual quizá diera por resultado una agudización de nuestra vida corporal. Leemos una nota garrapateada por un amigo sin prestar mucha atención a su estructura narrativa, pero si un relato se interrumpe y después recomienza, si cambia constantemente de nivel narrativo y retarda el desenlace para mantenernos en suspenso nos damos al fin cuenta de cómo está construido y, al mismo tiempo, quizá también se haga más intensa nuestra participación. El relato, el argumento, como dirían los formalistas, emplea recursos que “entorpecen" o "retardan" a fin de retener nuestra atención. En el lenguaje literario, estos recursos "quedan al desnudo". Esto es lo que movió a Viktor Shklovsky a comentar maliciosamente que Tristram Shandy, de Laurence Sterne, es una novela que entorpece su propia línea narrativa a tal grado que a duras penas por fin comienza, y que “es la novela más típica de la literatura mundial” Los formalistas, por consiguiente, vieron el lenguaje literario como un conjunto de desviaciones de una norma, como una especie de violencia lingüística: la literatura es una clase "especial" de lenguaje que contrasta con el lenguaje “ordinario" que generalmente empleamos. El reconocer la desviación presupone que se puede identificar la norma de la cual se aparta. Si bien el lenguaje ordinario es un concepto del que están enamorados algunos filósofos de Oxford, el lenguaje de estos filósofos tiene poco en común con la forma ordinaria de hablar de los cargadores portuarios de Glasgow. El lenguaje que los miembros de estos dos grupos sociales emplean para escribir cartas de amor usualmente difiere de la forma en que hablan con el párroco de la localidad. No pasa de ser una ilusión el creer que existe un solo lenguaje “normal”, idea que comparten todos los miembros de la sociedad. Cualquier lenguaje real y verdadero consiste en gamas muy complejas del discurso, las cuales se diferencian según la clase social, la región, el sexo, la categoría y así sucesivamente, factores que por ningún concepto pueden unificarse cómodamente en una sola comunidad lingüística homogénea. Las normas de una persona quizá sean irregulares para alguna otra. “Ginne” como sinónimo de “alleyway” (callejón) quizá resulte poético en Brighton pero no pasa de ser lenguaje ordinario en Barnsley. Aun los textos más 'prosaicos' del siglo XV pueden parecernos “poéticos” por razón de su arcaísmo. Si nos cayera en las manos algún escrito breve, aislado de su contexto y procedente de una civilización desaparecida hace mucho, no podríamos decir a primera vista si se trataba o no de un escrito “poético” por desconocer el modo de hablar ordinario de esa civilización, y aun cuando ulteriores investigaciones pusieran de manifiesto características que se “desvían” de lo ordinario no quedaría probado que se trataba de un escrito poético pues no todas las desviaciones lingüísticas son poéticas. Consideremos el caso del argot, del slang. A simple vista no podríamos decir si un escrito en el cual se emplean sus términos pertenece o no a la literatura “realista" sin estar mucho mejor informados sobre la forma en que tal escrito encajaba en la sociedad en cuestión. 4 Y no es que los formalistas rusos no se dieran cuenta de todo esto. Reconocían que tanto las normas como las desviaciones cambiaban al cambiar el contexto histórico o social y que, en este sentido, lo "poético" depende del punto donde uno se encuentra en un momento dado. El hecho de que el lenguaje empleado en una obra parezca "alienante" o "enajenante" no garantiza que en todo tiempo y lugar haya poseído esas características. Resulta enajenante sólo frente a cierto fondo lingüístico normativo, pero si éste se modifica quizás el lenguaje ya no se considere literario. Si toda la clientela de un bar usara en sus conversaciones ordinarias frases como “Sois la virgen impoluta del silencio", este tipo de lenguaje dejaría de ser poético. Dicho de otra manera, para los formalistas "lo literario" era una función de las relaciones diferenciales entre dos formas de expresión y no una propiedad inmutable. No se habían propuesto definir la "literatura" sino lo "literario", los usos especiales del lenguaje que pueden encontrarse en textos "literarios" pero también en otros diferentes. Quien piense que la "literatura" puede definirse a base de ese empleo especial del lenguaje tendrá que considerar el hecho de que aparecen más metáforas en Manchester que en Marvell No hay recurso "literario" - metonimia, sinécdoque, lítote, inversión retórica, etc. - que no se emplee continuamente en el lenguaje diario. Sin embargo, los formalistas suponían que la “rarefacción" era la esencia de lo literario. Por decirlo así, "relativizaban" este empleo del lenguaje, lo veían como contraste entre dos formas de expresarse. Ahora bien, supongamos que yo oyera decir en un bar al parroquiano de la mesa de al lado “Esto no es escribir, esto es hacer garabatos". La expresión ¿es “literaria” o “no literaria”? Pues es literaria va que proviene de Hambre la novela de Knut Hamsun. Pero ¿cómo sé yo que tiene un carácter literario? Al fin y al cabo no llama la atención por su calidad verbal. Podría decir que reconozco su carácter literario porque estoy enterado de que proviene de esa novela de Knut Hamsun. Forma parte de un texto que yo leí como novelístico, que se presenta como novela, que puede figurar en el programa de lecturas de un curso universitario de literatura, y así sucesivamente. El contexto me hace ver su carácter literario, pero el lenguaje en sí mismo carece de calidad o propiedades que permitan distinguirlo de cualquier otro tipo de discurso, y quien lo empleara en el bar no sería admirado por su destreza literaria. El considerar la literatura como lo hacen los formalistas equivale realmente a pensar que toda literatura es poesía. Un hecho significativo cuando los formalistas fijaron su atención en la prosa a menudo simplemente le aplicaron el mismo tipo de técnica que usaron con la poesía. Por lo general se juzga que la literatura abarca muchas cosas además de la poesía que incluye, por ejemplo, escritos realistas o naturalistas carentes de preocupaciones lingüísticas o de llamativo exhibicionismo. A veces se emplea el adjetivo excelente o (algún sinónimo) a un texto precisamente porque su lenguaje no atrae inmoderadamente la atención. Se admira su sencillez lacónica o su atinada sobriedad ¿Y qué decir sobre los chascarrillos, las porras deportivas, los lemas o slogans, los encabezados periodísticos, los anuncios publicitarios, a menudo verbalmente llamativos pero que generalmente no se clasifican como literatura? Otro problema relacionado con la “rarificación” consiste en que, con suficiente ingenio, cualquier texto adquiere un carácter "raro". Fijémonos en una advertencia de suyo nada ambigua que a veces se lee en el metro londinense: “Hay que llevar en brazos a los perros por la escalera mecánica”. Sin embargo, quizá la frase no sea tan clara o tan carente de ambigüedad como de momento puede parecer. ¿Quiere decir que uno debe llevar un can abrazado en esa escalera? ¿Corre peligro de que se le impida usar la escalera si no encuentra un perro callejero y lo toma en sus brazos? Muchos avisos aparentemente claros encierran ambigüedades como las que acabamos de señalar. “La basura debe arrojarse en este cesto”, o el letrero “Salida” que se lee en las carreteras británicas pueden resultar desconcertantes para un californiano. Con todo, aun haciendo de lado molestas 5 ambigüedades, es a todas luces obvio que ese aviso del metro puede considerarse como literatura. Puede uno detenerse a considerar el staccato abrupto y amenazador de las solemnes voces monosílabas iniciales (“hay que”). Y cuando se llega a aquello de llevar en brazos pleno de sugerencias, quizá la mente esté considerando la posibilidad de ayudar durante toda la vida a perros lisiados. Quizá se descubra en cada cadencia, en cada inflexión del término escalera mecánica una imitación del movimiento ascendente y descendente de aquel dispositivo. Puede tratarse de un empeño infructuoso, pero no mucho más infructuoso que el afirmar que se perciben los tajos y las acometidas de los estoques en la descripción poética de un duelo. El primer enfoque tiene al menos la ventaja de sugerir que la "literatura" puede referirse, en todo caso, tanto a lo que la gente hace con lo escrito como a lo que lo escrito hace con la gente. Aun cuando alguien leyera el aviso en la forma indicada, subsistiría la posibilidad de leerlo como poesía, que es sólo una parte de lo que usualmente abarca la literatura. Por lo tanto, consideraremos otra forma de “malinterpretar" un letrero que puede conducirnos todavía un poco más lejos. Imagine a un ebrio noctámbulo, derrumbado sobre el pasamanos de la escalera mecánica, que lee y relee el letrero con laboriosa atención durante varios minutos y musita “¡Qué gran verdad!” ¿En qué tipo de error se ha incurrido en ese momento? En realidad, el ebrio aquel considera el letrero como una expresión de significado general e incluso de trascendencia cósmica. Al aplicar a esas palabras ciertos ajustes o convencionalismos relacionados con la lectura, el ebrio de marras las arranca de su contexto inmediato, hace generalizaciones basándose en ellas, y les atribuye un significado más amplio y profundo que la finalidad pragmática a que estaban destinadas. Ciertamente, todo esto parecería ser una operación relacionada con lo que la gente llama literatura. Cuando el poeta nos dice que su amor es cual rosa encarnada, sabemos, precisamente porque recurrió a la métrica para expresarse, que no hemos de preguntarnos si realmente estuvo enamorado de alguien que, por extrañas razones, le pareció que tenía semejanza con una rosa. El poeta simplemente ha expresado algo referente a las mujeres y al amor en términos generales. Por consiguiente, podríamos decir que la literatura es un discurso "no pragmático”. Al contrario de los manuales de biología o los recados que se dejan para el lechero, la literatura carece de un fin práctico inmediato, y debe referirse a una situación de carácter general. Algunas veces —no siempre— puede emplear un lenguaje singular como si se propusiera dejar fuera de duda ese hecho, como si deseara señalar que lo que entra en juego es una forma de hablar sobre una mujer en vez de una mujer en particular, tomada de la vida real. Este enfoque dirigido a la manera de hablar y no a la realidad de aquello sobre lo cual se habla, a veces se interpreta como si con ello se quisiera indicar que entendemos por literatura cierto tipo de lenguaje autorreferente, un lenguaje que habla de sí mismo. Con todo, también esta forma de definir la literatura encierra problemas. Por principio de cuentas, probablemente George Orwell se habría sorprendido al enterarse de que sus ensayos se leerían como si los temas que discute fueran menos importantes que la forma en que los discute. En buena parte de lo que se clasifica como literatura el valor-verdad y la pertinencia práctica de lo que se dice se considera importante para el efecto total. Pero aun si el tratamiento "no pragmático" del discurso es parte de lo que quiere decirse con el término "literatura", se deduce de esta "definición" que, de hecho, no se puede definir la literatura "objetivamente". Se deja la definición de literatura a la forma en que alguien decide leer, no a la naturaleza de lo escrito. Hay ciertos tipos de textos -poemas, obras dramáticas, novelas— que obviamente no se concibieron con "fines pragmáticos", pero ello no garantiza que en realidad vayan a leerse adoptando ese punto de vista. Yo podría leer lo que Gibbon relata sobre el Imperio Romano no porque mi despiste llegue al grado de pensar que allí encontraré información digna de crédito sobre la Roma de la antigüedad, sino porque me agrada la prosa de 6 Gibbon o porque me deleitan las representaciones de la corrupción humana sea cual fuere su fuente histórica. También puedo leer el poema de Robert Burns —suponiendo que yo fuese un horticultor japonés- porque no había yo aclarado si en la Inglaterra del siglo XVIII florecían o no las rosas rojas. Se dirá que esto no es leer el poema "como literatura", pero, ¿podría decirse que leo los ensayos de Orwell como literatura siempre y cuando generalice yo lo que él dice sobre la Guerra Civil española y lo eleve a la categoría de declaraciones de valor cósmico sobre la vida humana? Es verdad que muchas de las obras que se estudian como literatura en las instituciones académicas fueron "construidas" para ser leídas como literatura, pero también es verdad que muchas no fueron "construidas" así. Un escrito puede comenzar a vivir como historia o filosofía y, posteriormente, ser clasificado como literatura; o bien puede empezar como literatura y acabar siendo apreciado por su valor arqueológico. Algunos textos nacen literarios; a otros se les impone el carácter literario. A este respecto puede contar mucho más la educación que la cuna. Quizá lo que importe no sea de dónde vino uno sino cómo lo trata la gente. Si la gente decide que tal o cual escrito es literatura parecería que de hecho lo es, independientemente de lo que se haya intentado al concebirlo. En este sentido puede considerarse la literatura no tanto como una cualidad o conjunto de cualidades inherentes que quedan de manifiesto en cierto tipo de obras, desde Beowulf hasta Virginia Woolf, sino como las diferentes formas en que la gente se relaciona con lo escrito. No es fácil separar, de todo lo que en una u otra forma se ha denominado "literatura", un conjunto fijo de características intrínsecas. A decir verdad, es algo tan imposible como tratar de identificar el rasgo distintivo y único que todos los juegos tienen en común. No hay absolutamente nada que constituya la "esencia" misma de la literatura. Cualquier texto puede leerse sin "afán pragmático", suponiendo que en esto consista el leer algo como literatura; asimismo, cualquier texto puede ser leído "poéticamente". Si estudio detenidamente el horario-itinerario ferrocarrilero, no para averiguar qué conexión puedo hacer, sino para estimularme a hacer consideraciones de carácter general sobre la velocidad y la complejidad de la vida moderna, podría decirse que lo estoy leyendo como literatura. John M. Ellis sostiene que el término "literatura" funciona en forma muy parecida al término "hierbajo". Los hierbajos no pertenecen a un tipo especial de planta; son plantas que por una u otra razón estorban al jardinero.3 Quizá "literatura" signifique precisamente lo contrario: cualquier texto que, por tal o cual razón, alguien tiene en mucho. Como diría un filósofo, "literatura" y "hierbajo" son términos más funcionales que ontológicos, se refieren a lo que hacemos y no al ser fijo de las cosas. Se refieren al papel que desempeña un texto o un cardo en un contexto social, a lo que lo relaciona con su entorno y a lo que lo diferencia de él, a su comportamiento, a los fines a los que se le puede destinar y a las actividades humanas que lo rodean. En este sentido, "literatura" constituye un tipo de definición hueca, puramente formal. Aunque dijéramos que no es un tratamiento pragmático del lenguaje, no por eso habríamos llegado a una esencia de la literatura porque existen otras aplicaciones del lenguaje, como los chistes, pongamos por caso. De cualquier manera, dista mucho de quedar claro que se pueda distinguir con precisión entre las formas "prácticas" y las "no prácticas" de relacionarse con el lenguaje. Evidentemente no es lo mismo leer una novela por gusto que leer un letrero en la carretera para obtener información. Pero ¿qué decir cuando se lee un manual de biología para enriquecer la mente? ¿Constituye esto, una forma pragmática de tratar el lenguaje? En muchas sociedades la "literatura" ha cumplido funciones de gran valor práctico, como las de carácter religioso. Distinguir tajantemente entre lo "práctico" y lo "no práctico" sólo resulta posible en una sociedad como la nuestra, donde la literatura en buena parte ha dejado de tener una función práctica. Quizá se esté presentando como definición general una acepción de lo "literario" que en realidad es históricamente específica 7 Por lo tanto, aun no hemos descubierto el secreto de por qué Lamb, Macaulay y Mill son literatura, mientras que, en términos generales, no lo son ni Bentham, ni Marx, ni Darwin. Quizá la respuesta sin complicaciones sea que los tres primeros son ejemplos de lo "bien escrito" pero no los otros tres. Esta respuesta encierra la desventaja de que en gran parte es errónea (al menos a juicio mío), pero presenta la ventaja de sugerir, de un modo general, que la gente denomina "literatura" a los escritos que le parecen buenos. Evidentemente a esto último se puede objetar que si fuera enteramente cierto no habría nada que pudiera llamarse mala literatura. Me parece que quizás se exagera el valor de Lamb y Macaulay, pero esto no significa necesariamente que vaya a dejar de considerarlos como literatura. A usted le puede parecer que Raymond Chandler es bueno dentro de su género, aunque no sea precisamente literatura. Por otra parte, si Macaulay realmente fuera un mal escritor, si desconociera totalmente la gramática y sólo pareciera interesarse en los ratones blancos entonces es probable que la gente no daría a su obra el nombre de literatura, ni siquiera el de mala literatura. Parecería, pues, que los juicios de valor tienen ciertamente mucho que ver con lo que se juzga como literatura y con lo que se juzga que no lo es, si bien no necesariamente en el sentido de que un escrito, para ser literario, tenga que caber dentro de la categoría de lo “bien escrito”, sino que tiene que pertenecer a lo que se considera “bien escrito” aun cuando se trate de un ejemplo inferior de una forma generalmente apreciada. Nadie se tomaría la molestia de decir que un billete de autobús constituye un ejemplo de literatura inferior, pero si podría decirlo acerca de la poesía de Ernest Dowson. Los términos bien escritos o bellas letras son ambiguos en este sentido: denotan una clase de composiciones generalmente muy apreciadas pero que no comprometen a opinar que es “bueno” tal o cual ejemplo en particular. Con estas reservas, resulta iluminadora la sugerencia de que “literatura” es una forma de escribir altamente estimada, pero encierra una consecuencia un tanto devastadora significa que podemos abandonar de una vez por todas la ilusión de que la categoría “literatura” es “objetiva”, en el sentido de ser algo inmutable, dado para toda la eternidad. Cualquier cosa puede ser literatura, y cualquier cosa que inalterable e incuestionablemente se considera literatura Shakespeare, pongamos por caso— puede dejar de ser literatura. Puede abandonarse por quimérica cualquier opinión acerca de que el estudio de la literatura es el estudio de una entidad estable y bien definida como ocurre con la entomología. Algunos tipos de novela son literatura, pero otros no lo son. Cierta literatura es novelística pero otra no. Una clase de literatura toma muy en cuenta la expresión verbal, pero hay otra que no es literatura sino retórica rimbombante. No existe literatura tomada como un conjunto de obras de valor asegurado e inalterable caracterizado por ciertas propiedades intrínsecas y compartidas. Cuando en el resto del libro use las palabras “literario” y “literatura” llevarán una especie de invisible tachadura para indicar que realmente no son las apropiadas pero que de momento no cuento con nada mejor. Los juicios de valor son notoriamente variables, por eso se deduce de la definición de literatura como forma de escribir altamente apreciada que no es una entidad estable. Los tiempos cambian, los valores no proclaman el anuncio de un diario, como si todavía creyéramos que hay que matar a las criaturas enfermizas o exhibir en público a los enfermos mentales. Así, como en una época la gente puede considerar filosófica la obra que más tarde calificará de literaria, o viceversa, también puede cambiar de opinión sobre lo que considera escritos valiosos. Más aun, puede cambiar de opinión sobre los fundamentos en que se basa para decidir entre lo que es valioso y lo que no lo es. Esto, como ya indiqué, no significa necesariamente que el publico vaya a negar el título de literatura a una obra que, al fin y al cabo, considera de calidad interior, la llamará literatura para indicar que, poco más o menos, pertenece al tipo de escritos que por lo general aprecia. Por otra parte, esto no 8 significa que el llamado “canon literario”, la intocable “gloriosa tradición” de la “literatura nacional” tenga que tomarse como un concepto —una “construcción”— cuya conformación estuvo a cargo de ciertas personas movidas por ciertas razones en cierta época. No hay ni obras ni tradiciones literarias valederas, por sí mismas, independientemente de lo que sobre ellas se haya dicho o se vaya a decir. “Valor” es un término transitorio, significa lo que algunas personas aprecian en circunstancias específicas, basándose en determinados criterios y a la luz de fines preestablecidos. Es por ello muy posible que si se realizara en nuestra historia una transformación suficientemente profunda, podría surgir en el futuro una sociedad incapaz de obtener el menor provecho de la lectura de Shakespeare. Quizá sus obras le resultasen desesperadamente extrañas, plenas de formas de pensar y sentir que en la sociedad en cuestión se considerarían estrechas o carentes de significado. En esas circunstancias Shakespeare no valdría más que los letreros murales -graffiti- que hoy se estilan. Si bien muchos considerarían que se habría descendido a condiciones sociales trágicamente indigentes, creo que se pecaría de dogmatismo si se rechazara la posibilidad de que esa situación proviniera más bien de un enriquecimiento humano generalizado. A Karl Marx le preocupaba saber por qué el arte de la antigüedad griega conserva su “encanto eterno" aun cuando hace mucho tiempo que desaparecieron las condiciones que lo produjeron. Ahora bien, visto que aun no termina la historia ¿cómo podríamos saber que va a continuar siendo “eternamente” encantador? Supongamos que, gracias a expertas investigaciones arqueológicas, se descubriera mucho más sobre lo que la tragedia griega en realidad significaba para el público contemporáneo, nos diéramos cuenta de la enorme distancia que separa lo que entonces interesaba de lo que hoy nos interesa, y releyéramos esas obras a la luz de conocimientos más profundos. Ello podría dar por resultado -entre otras cosas- que dejaran de gustarnos esas tragedias y comedias. Quizá llegáramos a pensar que antes nos habían gustado porque, inconscientemente, las leíamos a la luz de nuestras propias preocupaciones. Cuando esto resultara menos posible, quizá esas obras dramáticas dejaran de hablarnos significativamente. El que siempre interpretemos las obras literarias, hasta cierto punto, a través de lo que nos preocupa o interesa (es un hecho que en cierta forma “lo que nos preocupa o interesa” nos incapacita para obrar de otra forma), quizá explique por qué ciertas obras literarias parecen conservar su valor a través de los siglos. Es posible, por supuesto, que sigamos compartiendo muchas inquietudes con la obra en cuestión, pero también es posible que, en realidad y sin saberlo, no hayamos estado evaluando la “misma” obra. “Nuestro” Homero no es idéntico al Homero de la Edad Media, y “nuestro” Shakespeare no es igual al de sus contemporáneos. Más bien se trata de estos períodos históricos diferentes han elaborado, para sus propios fines, un Homero y un Shakespeare “diferentes”, y han encontrado en los respectivos textos elementos que deben valorarse o devaluarse (no necesariamente los mismos). Dicho en otra forma, las sociedades “rescriben”, así sea inconscientemente todas las obras literarias que leen. Más aun, leer equivale siempre a “rescribir”. Ninguna obra, ni la evaluación que en alguna época se haga de ella pueden, sin más ni más, llegar a nuevos grupos humanos sin experimentar cambios que quizá las hagan irreconocibles. Esta es una de las razones por las cuales lo que se considera como literatura sufre una notoria inestabilidad. No quiero decir que esa inestabilidad se deba al carácter subjetivo de los juicios de valor. Según este punto de vista, el mundo se halla dividido entre hechos sólidamente concretos que están “allá”, como la Estación Central del ferrocarril, y juicios de valor arbitrarios que se ubican “aquí dentro”, como el gusto por los plátanos o el sentir que el tono de un poema de Yeats va desde las bravatas defensivas hasta la resignación hosca pero dúctil. Los hechos están a la vista y son irrecusables, pero los valores son cosa personal y arbitraria. Evidentemente no es lo mismo consignar un hecho, por ejemplo “Esta 9 catedral fue construida en 1612”, que expresar un juicio de valor como “esta catedral es una muestra magnífica de la arquitectura barroca”. Pero supongamos que dije lo primero cuando acompañaba por diversas partes de Inglaterra a un visitante extranjero y me di cuenta de que lo había desconcertado bastante. ¿Por qué, podría preguntarme, insiste en darme las fechas de la construcción de todos estos edificios? ¿A qué se debe esa obsesión con los orígenes? En la sociedad donde vivo, podría agregar, para nada conservamos datos de esa naturaleza. Para clasificar nuestros edificios nos fijamos en si miran al noroeste o al sudoeste. Esto quizás pusiera de manifiesto una parte del sistema inconsciente basada en juicios de valor subyacentes en mis datos descriptivos. Juicios de valor como éstos no son necesariamente del mismo tipo que aquel otro de “Esta catedral es una muestra magnífica de la arquitectura barroca”, pero no dejan de ser juicios de valor, y ninguna enunciación de hechos que yo pudiera formular sería ajena a ellos. La enunciación de un hecho no deja de ser, después de todo, una enunciación, y da por sentado cierto número de juicios cuestionables que esas enunciaciones valen la pena más que otras, que estoy capacitado para formularlas y garantizar su verdad, que mi interlocutor es una persona a quien vale la pena formularlas, que no carece de utilidad el formularlas, y así por el estilo. Bien puede transmitirse información en las conversaciones de bar, pero en esos diálogos también sobresalen elementos de lo que los lingüistas llaman 'fáctico', o sea, de lo relacionado con el propio acto de comunicar. Cuando charlo con usted sobre el estado del tiempo doy a entender que una conversación con usted vale la pena, que lo considero persona de mérito y que se emplea bien el tiempo charlando con usted, que no soy antisocial, que no me voy a poner a criticar de la cabeza a los pies su aspecto personal. En este sentido no hay posibilidad de formular una declaración totalmente desinteresada. Por supuesto, se considera que el decir cuando se construyo una catedral no demuestra tanto interés en nuestra cultura como expresar una opinión sobre su estilo arquitectónico, pero también podrían imaginarse situaciones en las cuales la primera declaración estuviera más "preñada de valores" que la otra. Quizás “barroco” y "magnífico” hayan llegado a ser términos más o menos sinónimos, pero sólo unos cuantos tercos se aferrarían a una idea exagerada sobre la importancia de la fecha en que se construyó un edificio, y al consignarla enviaba yo un mensaje para indicar que me adhería a ellos. Todas las declaraciones descriptivas se mueven dentro de una red (a menudo invisible) de categorías de valor. Añádase que, indudablemente, sin esas categorías no tendríamos absolutamente nada que decirnos. No se trata solamente de que poseyendo conocimientos que corresponden a la realidad los falseemos movidos por intereses y opiniones particulares (cosa ciertamente posible), se trata también de que aun sin intereses especiales podríamos carecer de conocimientos porque no nos hemos dado cuenta de que vale la pena adquirirlos. Los intereses son elementos constitutivos de nuestro conocimiento, no meros prejuicios que lo ponen en peligro. El afirmar que el conocimiento debe ser “ajeno a los valores" constituye un juicio de valor. Bien puede ser que el gusto por los plátanos no pase de ser una cuestión privada, pero de hecho esto también es cuestionable. Un análisis a fondo sobre mis gustos en materia de comida probablemente revelaría profundos lazos con ciertas experiencias de mi primera infancia, con mis relaciones con mis padres y hermanos y con muchos otros factores culturales que son tan sociales y tan “no subjetivos” como las estaciones de ferrocarril. Esto es aun más cierto en lo referente a la estructura fundamental de los criterios e intereses dentro de los cuales nací por ser miembro de una sociedad en particular, como por ejemplo, creer que debo procurar mantenerme en buen estado de salud, que los diferentes papeles que se representan según el sexo al cual se pertenece tienen sus raíces en la biología humana o que el hombre es más importante que los cocodrilos. Usted y yo podemos no estar de acuerdo en tal o cual cuestión, pero ello se debe exclusivamente a que compartimos ciertas formas 10 profundas de ver y evaluar enlazadas a nuestra vida social y que no pueden cambiar si antes no se transforma esa vida. Nadie me va a imponer un fuerte castigo porque me desagrade algún poema de Donne; pero si reconozco que de plano la obra de Donne no es literatura, en ciertas circunstancias me arriesgaría a perder mi empleo. Estoy en libertad de votar por los laboristas o los conservadores, pero si trato de conducirme basándome en la creencia de que tal libertad meramente encubre un gran prejuicio —o sea que la democracia se reduce a la libertad de cruzar un emblema en la cédula para votar cada vez que se celebran elecciones- en ciertas circunstancias especiales bien podría acabar en la cárcel. La estructura de valores (oculta en gran parte) que da forma y cimientos a la enunciación de un hecho, constituye parte de lo que se quiere decir con el término “ideología”. Sin entrar en detalles, entiendo por ideología las formas en que lo que decimos y creemos se conecta con la estructura de poder o con las relaciones de poder en la sociedad en la cual vivimos. De esta definición gruesa de la ideología se sigue que no todos nuestros juicios y categorías subyacentes pueden denominarse — con provecho— ideológicos. Ha arraigado profundamente en nosotros la tendencia a imaginarnos moviéndonos hacia el futuro (aun cuando existe por lo menos una sociedad que se considera de regreso ya del futuro), pero si bien esta manera de ver quizá logre conectarse significativamente con la estructura del poder en nuestra sociedad, no es preciso que tal cosa suceda siempre y en todas partes. Por ideología no entiendo nada más criterios hondamente arraigados, si bien a menudo inconscientes. Me refiero muy particularmente a modos, de sentir, evaluar, percibir y creer que tienen alguna relación con el sostenimiento y la reproducción del poder social. Que tales criterios no son, por ningún concepto, meras rarezas personales puede aclararse recurriendo a un ejemplo literario. En su famoso estudio Practical Criticism (1929), el crítico I. A. Richards, de la Universidad de Cambridge, procuro demostrar cuán caprichosos y subjetivos pueden ser los juicios literarios, y para ello dio a sus alumnos (estudiantes de college) una serie de poemas, pero sin proporcionar ni el nombre del autor ni el título de la obra, y les pidió que emitieran su opinión. Por supuesto, en los juicios hubo notables discrepancias, además, mientras poetas consagrados recibieron calificaciones medianas se exaltó a oscuros escritores. Opino, sin embargo que, con mucho, lo más interesante del estudio -en lo cual muy probablemente no cayó en la cuenta el propio Richards- es el firme consenso de valoraciones inconscientes subyacente en las diferencias individuales de opinión. Al leer lo que dicen los alumnos de Richards sobre aquellas obras literarias, llaman la atención los hábitos de percepción e interpretación que espontáneamente comparten lo que suponen que es la literatura, lo que dan por hecho cuando se aproximan a un poema y los beneficios que por anticipado suponen se derivaran de su lectura. Nada de esto es en realidad sorprendente, pues presumiblemente todos los participantes en el experimento eran jóvenes británicos, de raza blanca pertenecientes a la clase alta o al estrato superior de la clase media, educados en escuelas particulares en los años veinte, por lo cual su forma de responder a un poema dependía de muchos factores que no eran exclusivamente “literarios”. Sus respuestas críticas estaban firmemente entrelazadas con prejuicios y criterios de amplio alcance. No se trata de que haya habido culpa no hay respuesta crítica ajena a esos enlaces, y, por lo tanto, no existen las interpretaciones o los juicios críticos literarios puros. Uno mismo tiene la culpa, en caso de que alguien la tenga. El propio I. A. Richards como joven profesor de Cambridge, perteneciente a la clase media superior, no pudo objetivar un contexto de intereses que él mismo había en gran parte compartido y, por consiguiente, tampoco pudo reconocer a fondo que las diferencias de evaluación locales, “subjetivas” actúan dentro de una forma particular, socialmente estructurada de percibir el mundo. 11 Si no se puede considerar la literatura como categoría descriptiva “objetiva”, tampoco puede decirse que la literatura no pasa de ser lo que la gente caprichosamente decide llamar literatura. Dichos juicios de valor no tienen nada de caprichosos. Tienen raíces en hondas estructuras de persuasión al parecer tan inconmovibles como el edificio Empire State. Así, lo que hasta ahora hemos descubierto no se reduce a ver que la literatura no existe en el mismo sentido en que puede decirse que los insectos existen, y que los juicios de valor que la constituyen son históricamente variables, hay que añadir que los propios juicios de valor se relacionan estrechamente con las ideologías sociales. En última instancia no se refieren exclusivamente al gusto personal sino también a lo que dan por hecho ciertos grupos sociales y mediante lo cual tienen poder sobre otros y lo conservan. Como esta afirmación puede parecer un tanto forzada y nacida de un prejuicio personal, vale la pena ponerla a prueba considerando el ascenso de la “literatura” en Inglaterra.  

Tomado de: Eagleton, Terry (1998). Una introducción a la teoría literaria, México, Fondo de Cultura Económica, pp. 11-2