Un evento como la
feria de Bogotá o la de Guadalajara, terminan generándome mucha angustia como lector ambicioso que soy, recorriéndoles, verificamos que realmente son excesivas las ofertas, las
novedades, con excelentes escritores, de una calidad
incuestionable, paradójicamente el tiempo para leer cada vez es más corto. La labor de revistas como “Arcadía” por ejemplo, para hablar hoy solo de esta publicación entre las
muchas que leemos, es muy valiosa en este sentido, constituye un filtro crítico
impecable, que nos sirve de guía para ir oteando lo que pasa en el mundo del
libro, sobre todo en lo que corresponde a la literatura. En lo particular tenía
muchos temores después de la salida de la dirección de Marienne Panasford de Arcadia, pero realmente continuó con su misma filosofía y calidad. La traigo a colación porque le dedicó un número
especial a la feria de Bogotá, que fue excelente, como todo lo que hace.
El papel de la crítica es
fundamental, pese a que es indiferente con autores nuevos, pues poco se
exponen, su capacidad de riesgo es muy poca, no se atreven a hablar de autores
inéditos hasta la fecha, y de hecho tienen poca
referencias y reseñas de las publicaciones de la academia que pasa desapercibida para la gran mayoría del público.
Quiero hablar de la última novela de William Ospina, que se lanzó en la feria, quien a
su labor de ensayista, poeta y crítico avezado, le suma la de novelista. El género de la novela lo permite todo, para
un escritor como William, la oportunidad que le brinda es amplia, pues es un intelectual
a carta cabal, en toda la extensión de la palabra, enamorado de la poesía,
siempre será un poeta, pero con una cultura universal muy valiosa que le sirve para armar historias bien articuladas: historia, estética, arte, poesía y utopía. Sus condiciones de ensayista formidable están
descontadas, además es un agudo crítico literario. Ahí están las “Auroras De La
Sangre”, el trabajo critico más importante de los últimos años en Colombia, más
de cinco libros de ensayos cortos, un trabajo crítico sobre Aurelio Arturo,
nuestro poeta Pastuso. “El año de verano que nunca llego”, es el título de su última
novela, es la cuarta después de la trilogía publicada en los diez años de este
periplo que comenzó con “Ursua”. Me encontré
con una excelente reseña publicada por el periódico el tiempo de Bogotá escrita
por Dasso Saldivar, el biógrafo de Gabo, creo un deber publicarla por su
claridad:
“Fue a mediados de septiembre de 2010, estando en Buenos
Aires, cuando empezó su camino de azares, de sombras y de luces. William Ospina
se dispuso, inmovilizado por una tormenta en el hotel, a verificar en internet
la escritura correcta del complicado apellido de Mary Wollstonecraft, cuando se
encontró repasando con avidez la vida de la autora de Frankenstein, que lo
llevó a su marido Percy Shelley, que lo llevó a Lord Byron, que lo llevó a John
William Polidori, y los cuatro a Villa Diodati, a orillas del lago Leman, donde
estos personajes coincidieron, en parte por el destino y en parte Claire
Clairmont, hermanastra de Mary, la noche que duró tres días del 16 al 19 de
junio de 1816. La historia de este encuentro en esa noche inabarcable, en la
cual se concibieron El vampiro de Polidori y el Frankenstein de Mary Shelley,
se apoderó de tal manera de Ospina que a medianoche estaba ya leyendo sobre 'El
paraíso perdido', pues Milton también había inspirado su poema en la misma
Villa Diodati, en 1638, cuando estuvo visitando a Galileo Galilei, en Pisa”[1]. He leído tan sólo las primeras cincuenta páginas
de esta novela, su textura es absolutamente encantadora, una prosa cargada de
poesía, llena de elementos históricos y que convoca a personajes en materia literaria,
míticos; pocos saben que Polidori era un sirviente de Bayron y que una noche de
tormenta en Inglaterra donde los grandes castillos se vuelven como barcos a la
deriva, aislados entre lluvias eternas, este decidió que todos las personas que estaban en el castillo contaran
o inventaran una historia, para pasar la noche y de este ejercicio nacieron los
vampiros en la voz de Polidori.
Remata Dasso su reseña, contando como se forja esta historia en
el escritor:
“La compleja y azarosa realidad que se perfilaba ante él era
tan fantástica, como habían dicho Conrad y Borges que es casi siempre la realidad,
que pensó que para llegar a ella debía hacerlo por caminos reales, incluso
cotidianos, y que esto es lo que tal vez le daría un valor literario a esas
historias fantásticas y trilladas. La erupción del volcán Tambora, el verano
que no fue al año siguiente por su culpa, la noche de tres días, el encuentro
de los cinco personajes en Villa Diodati, el nacimiento del Vampiro y de
Frankenstein a raíz de una apuesta entre Byron y sus amigos, las consecuencias
y las ramificaciones de estos hechos a través de los siglos venideros, la forma
como esta trama infinita de hombres, historias, amores, traiciones y sueños
había arrobado al escritor, todo eso era el material, el disperso, múltiple y
complejo mundo que estaba entrando a raudales en el libro y que su autor no
sabía cómo encausar y entretejer. No sabía entonces si aquello sería una
novela, un ensayo o un libro de viajes, y quién lo podría contar. ¿Byron,
Shelley, Mary, Polidori o tal vez Claire Clairmont, que los había sobrevivido
durante décadas? Ninguno tenía la perspectiva suficiente, excepto la última, y
Byron, Shelley y Polidori murieron tan jóvenes que tal vez ni siquiera llegaron
a sospechar la trascendencia que tendría su encuentro Villa Diodati y lo que se
gestó durante aquella noche de tres días. Entonces una tarde, mientras esperaba
en la estación de Nottingham el tren para Newstead, William Ospina supo que
solo él podía contarla, y ahí mismo continuó la historia en primera persona en
hojas sueltas. Pronto, desde que el tema se había apoderado de él en Buenos
Aires, el escritor advirtió el tejido de causalidades y efectos, al margen de
su voluntad y aun de sus búsquedas, que lo habían encadenado al tema, lo
conducían mediante hilos extraños y luminosos, y lo habían puesto a trabajar de
forma insomne y febril”.
Es un hecho que la novela como herramienta para recrear
aspectos apasionantes de la historia literaria de la humanidad desde ópticas diversas,
le permitirá escribir verdaderos ensayos con más libertad, invocando la ficcion, desde esta puede mezclar
temas variopintos como lo hace con esta novela, imposible con el rigor que implica escribir un documento, Los encuentros que crea a partir de su investigación no son tan circunstanciales como uno puede creer
al principio por tratarse de una novela, muchos existieron. Espero terminar de leerla y a mis
lectores les llamo a hacerlo igualmente.
Acabo de leer de Javier Cercas: “La velocidad de la luz”, es
una crítica a la guerra a través de dos personajes en un encuentro casual, no
sabía de esta novela que encontré en una librería del usado, que buena.
Ediciones Plutón de Panamá sigue publicando excelentes obras
a precios verdaderamente populares, acabo de adquirir “De profundis” de Oscar
Wilde de nuevo pues un número que había adquirido lo regale en Colombia, sobra
hablar de esta excelente obra.
"Y respecto al cadáver de Polinice, que miserablemente
ha muerto, dicen que ha publicado un bando para que ningún ciudadano lo
entierre ni lo llore, sino que insepultado y sin los honores del llanto, lo
dejen para sabrosa presa de las aves que se abalancen a devorarlo. Ese bando
dicen que el bueno de Creonte ha hecho pregonas por ti y por mí, quiere decir
que por mí; y me vendrá aquí para anunciar esa orden a los que no la reconocen;
y que la casa se ha de tomar no de cualquier manera, porque quien se atreva a
hacer algo de lo que prohíbe será lapidado por el pueblo "
(De Antígona)
Esta es la primera novela
de Gabo, en ella se encuentra buena parte de las claves de su universo
literario, pese a ser escrita cuando tenía tan sólo 26 años. A esta edad, ya tenía claro los anclajes temáticos que desarrollaría en su obra posterior, la cual empezaba a estructurar con mucha disciplina, prodigándose un estilo muy propio, a partir de lineamientos literarios que
posteriormente la harían especial e importante.
La Hojarasca fue escrita
1955. Gabo, cuando la escribió, ya tenía en mente la novela “La Casa”, que
terminaría siendo “Cien años de soledad”. En muchas entrevistas declaró que
este proyecto le rondaba en la cabeza desde los 17 años. Estaba en
Barranquilla, después de pernotar en Cartagena, para la fecha tenía algún
reconocimiento a nivel nacional, gracias a la publicación de tres cuentos en el
diario “El Espectador” de Bogotá. Pertenecía
a un círculo de amigos, que se conocerá por la crítica como el grupo Barranquilla:
Alvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuemayor, el sabio Catalan, José Felix Fuemayor,
German Vargas quienes contribuyeron seriamente con sus aportes en su formación
como escritor. Jaques Gilard, quien estudió rigurosamente este periodo señaló
sobre el grupo: La fe de bautismo del grupo de Barranquilla la estableció algo
tardíamente uno de sus miembros, el periodista German Vargas, en una crónica escrita
probablemente hacia fines de 1955'. Un año antes, otro periodista, bogotano,
Prospero Morales Pradilla, habia señalado en algunas páginas del principal
suplemento literario del país, el de “El Tiempo” de Bogotá, la muy activa y muy
peculiar vida intelectual y artística que existía en el gran puerto caribeño,
pero sin concretarse realmente a lo que era ya el grupo propiamente dicho. German
Vargas afirmaba que el grupo se había ido formando espontáneamente en los años
cuarenta alrededor de Ramon Vinyes -lo cual resulta del todo exacto-, pero no
menciona al escritor barranquillero Jose Felix Fuenmayor, que, en nuestra
opinión, aunque se manifestó muy poco entonces, se hizo eco de los debates del
grupo y tuvo un papel de orientador a través de la redacción y la publicación
de un reducido número de cuentos.
Trabajó en el periódico “El
Heraldo”, el periódico local de la ciudad, participó en un proyecto de una
revista deportiva llamada “La crónica” y abrevo en lo mejor de la literatura
americana. Fue una época de muchas lecturas y de descubrimientos en materia
literaria. Empezaba a desatornillar los textos, para saber cómo estaban
escritos y estaba acompañado por un mentor inigualable: El sabio Catalan, Ramon
Vinyes. En sus memorias escribe sobre este periodo: “Alternaba mis ocios entre
Barranquilla y Cartagena de Indias, en la costa caribe de Colombia,
sobreviviendo a cuerpo de rey con lo que me pagaban por mis notas diarias en el periodico "El
Heraldo", que era casi menos que nada, y dormía lo mejor acompañado posible
donde me sorprendiera la noche. Como si no fuera bastante la incertidumbre
sobre mis pretensiones y el caos de mi vida, un grupo de amigos inseparables
nos disponíamos a publicar una revista temeraria y sin recursos que Alfonso Fuenmayor
planeaba desde hacía tres años. ¿Qué más podía desear?”. Según el crítico
Gilard, las relaciones con el grupo, se inician en diciembre de 1949, día en
que Alfonso Fuemayor, le da la bienvenida a Gabo en su columna en el periódico
el Heraldo.
Fue un grupo bohemio,
compenetrado con la cultura por fuera del estigma y pináculo capitalino, con
luz propia, que renovó las técnicas del periodismo incorporándole las herramientas propias de la literatura, mucho antes que lo hiciera Truman Capote. Empezaron a incorporar a las crónicas técnicas de la novela, y las novelas fueron escritas con herramientas propias del periodismo, factura novedosa e innovadora.
Gabo, en esta ciudad, en la
que vivió aproximadamente cinco años y en la cual reafirmó su vocación como
escritor, fue puliendo su estilo de la mano de sus amigos, quienes leían sus
textos, le daban consejos en charlas informales, aquí fue articulando el universo ficcional que le haría
grande. En este aprendizaje, Cepeda Samudio jugó un papel importante:
Era un lector y cinéfilo precoz, que les traía lo mejor de la literatura americana
y de hecho en sus escritos de ficción había incorporado las técnicas narrativas de la literatura al periodismo sin temor alguno.
Gabo dormía en Barranquilla
en una pensión de mala muerte, acompañado de prostitutas y personajes del mundo
bajo, con una dignidad y altivez sin parangón. Este fue el ambiente donde
escribió la “Hojarasca”.
En sus memorias se devela
con claridad, como venía armando cada una de sus historias desde muy
joven, recurriendo al mundo vivido en su niñez y guardado en sus recuerdos, el
que construyó de la mano de sus abuelos y tías, quienes le ayudaron a incorporar
a su mente una multiplicidad de historias, leyendas y mitos, que le permitieron
recrear el ambiente y el espacio tan típico de sus novelas.
Tomare sus memorias, para
ver aspectos genealógicos de “La
Hojarasca”. Gabo describe su casa en Aracataca, que nos ayuda mucho en el
propósito de comprender algunos aspectos del mundo en que creció los que se repetirán
en gran parte en su obra: “Ése era el estado del mundo cuando empecé a tomar conciencia
de mi ámbito familiar y no logro evocarlo de otro modo: pesares, añoranzas,
incertidumbres, en la soledad de una casa inmensa. Durante años me pareció que
aquella época se me había convertido en una pesadilla recurrente de casi todas
las noches, porque amanecía con el mismo terror que en el cuarto de los santos.
Durante la adolescencia, interno en un colegio helado de los Andes, despertaba
llorando en medio de la noche. Necesité esta vejez sin remordimientos para
entender que la desdicha de los abuelos en la casa de Cataca fue que siempre
estuvieron encallados en sus nostalgias, y tanto más cuanto más se empeñaban en
conjurarlas. Más simple aun: estaban en Cataca pero seguían viviendo en la
provincia de Padilla, que todavía llamamos la Provincia, sin más datos, como si
no hubiera otra en el mundo. Tal vez sin pensarlo siquiera, habían construido
la casa de Cataca como una réplica ceremonial de la casa de Barrancas, desde
cuyas ventanas se veía, al otro lado de la calle, el cementerio triste donde yacía
Medardo Pacheco”.
El viaje a Aracataca hecho
con su madre desde Barranquilla, quien un día cualquiera le llegó
intempestivamente para que le acompañara a vender la casa, terminó siendo una
experiencia vital para aceptar su
vocación y para comprender de una vez por todas como deberían ser armadas sus
historias, reconocer la importancia de las vivencias de niño, las historias de
sus ancestros, la riqueza de este
universo incorporado a su inconsciente: Con olores, sabores e imágenes,
fantasmas, personajes inolvidables, múltiples historias en una polifonía rica
en matices, que nunca podría abandonar, este será el mundo de sus ficciones, no
necesita recurrir a ningún otro artificio.
En sus memorias está
perfectamente descrito, cuando Alfonso Fuemayor le pregunta cómo le fue en su
viaje a Aracataca, Gabo responde:
“-Es lo más grande que me
ha sucedido en la vida -le dije.
-Menos mal que no será lo
último -dijo Alfonso.
Ni siquiera lo pensó, pues
tampoco él era capaz de aceptar una idea sin haberla reducido a su tamaño
justo. Sin embargo, lo conocía bastante para darme cuenta de que tal vez mi
emoción del viaje no lo había enternecido tanto como yo esperaba, pero sin duda
lo había intrigado. Así fue: desde el día siguiente empezó a hacerme toda
suerte de preguntas casuales pero muy lúcidas sobre el curso de la escritura, y
un simple gesto suyo era suficiente para ponerme a pensar que algo debía ser
corregido”.
Gabo venía de Cartagena,
había pasado por Bogotá donde la publicación de tres cuentos le confirmó su
talento y le ayudo a descubrir su vocación
en la vida, en Barranquilla asume con entereza este compromiso y es en esta
ciudad donde empieza a conocer las herramientas y trucos con que articulará sus ficciones.
Esta es la situación de su
vida cuando a los 26 años escribe “La hojarasca”.
Esta es una novela
polifónica, que tiene como espacio vital, el pueblo de Macondo, por primera vez
aparece esta palabra en su obra, está descrito como lo hará siempre con todos
sus espacios: Con un calor infernal, cierto abandono, sus habitantes tienen odios ancestrales e
inexplicables, compuesto por un conglomerado social muy caribeño. Aquí ya hay
una representación estética total del mundo garciamarzquesco: El sentido fatal
de de la vida; la predestinación; la fascinación por la muerte desde el punto de
vista metafísico; lo real maravilloso incorporado a este mundo sin ningún signo
de interrogación, como parte natural de la vida cotidiana; muchos tics
autobiográficos y por su puesto una prosa depurada, bien hilvanada, escrita con mucho talento. De igual manera comenzamos a asociarnos con las metáforas
macondianas, con esas frases lapidarias del mundo de Gabo, con la prosa poética
que le caracterizará siempre.
El tema de la muerte y el
muerto como tal, siempre impresionaron a Gabito. En la “Hojarasca”, la novela
gira entorno a un entierro y a un muerto en particular. La novela comienza:
“Por primera vez he visto
un cadáver. Es miércoles, pero siento como si fuera domingo porque no he ido a
la escuela y me han puesto este vestido de pana verde que me aprieta en alguna parte.
De la mano de mamá, siguiendo a mi abuelo que tantea con el bastón a cada paso
para no tropezar con las cosas (no ve bien en la penumbra, y cojea) he pasado
frente al espejo de la sala y me he visto de cuerpo entero, vestido de verde y
con este blanco lazo almidonado que me aprieta a un lado del cuello. Me he
visto en la redonda luna manchada y he pensado: Ése soy yo, como si hoy fuera
domingo.
Hemos venido a la casa
donde está el muerto”.
Muchas de las figuras más
importantes, sus metáforas y estructura ficcional comienzan a ser definidas. En
la Hojarasca, el universo de Macondo es una realidad creativa en ciernes:
“Oigo pitar el tren en la
última vuelta. «Son las dos y media», pienso; y no puedo sortear la idea de que
a esta hora todo Macondo está pendiente de lo que hacemos en esta casa. Pienso
en la señora Rebeca, flaca y apergaminada, con algo de fantasma doméstico en el
mirar y el vestir, sentada junto al ventilador eléctrico y con el rostro
sombreado por las alambreras de sus ventanas. Mi entras oye el tren que se
pierde en la última vuelta, la señora Rebeca inclina la cabeza hacia el
ventilador, atormentada por la temperatura y el resentimiento, con las aspas de
su corazón girando como las paletas del ventilador (pero en sentido inverso) y
murmura: «El diablo tiene la mano en todo esto», y se estremece, atada a la
vida por las minúsculas raíces de lo cotidiano.
Y Águeda, la tullida,
viendo a Sólita que regresa de la estación después de despedir a su novio; viéndola
abrir la sombrilla al voltear la esquina desierta; sintiéndola acercarse con el
regocijo sexual que ella misma tuvo alguna vez y que se le transformó en esa
paciente enfermedad religiosa que la hace decir: «Te revolcarás en la cama como
un cerdo en su muladar”.
Si se mira bien este
párrafo, en las primeras páginas, encontramos todos los elementos narrativos
que harían grande a Gabo y algunos de las claves de su estructura narrativa: La
magia incorporada en todos los relatos; una atmósfera típica de los pueblos
costeros del caribe, un calor infernal, con una humedad agotadora y enfermiza;
la sensación de abandono que envuelve su
complejo mundo, incluyendo a sus personajes; cierta predestinación, tomada de
la tragedia griega, sus personajes difícilmente escapan a su destino; la mujer es el centro del universo social, con un gran poder en todo su complejo entramado, el mundo siempre girará
alrededor de ellas; la desolación, constantes en su obra.
Algunos de los personajes
de la Hojarasca, los veremos muy estructurados
en sus novelas posteriores, aquellas que le darían la fama y el respeto.
Empecemos con el Coronel. Es un veterano de las guerras civiles, en la novela cumple
con una tarea difícil, enterrar al hombre más odiado de Macondo, nadie quiere
darle santa sepultura al Doctor, el coronel pese a estos odios enquistados, asume
esta labor, cumpliendo con un compromiso que nunca explica, situación que marca
la narración, es una especie de contra-sentido, padecido por cada personaje a su manera.
El coronel es un personaje
construido sobre la imagen del abuelo, Nicolás Ricardo Márquez, quien en
Aracataca fue como un padre, del cual Gabo siempre tiene un recuerdo
imborrable, su carácter y la manera como maneja la realidad, las toma de su
marcada influencia, de sus consejos, de los relatos que escucha de sus
experiencias, enseñanzas que fue forjando en largas conversaciones de niño. Gabo crea un mundo muy complejo, entre
esta óptica de la vida y la de su abuela Tranquilina y sus tías lleno de superstición
y fantasmas, que andaban por la casa como habitantes habituales, sin ninguna
sorpresa para el niño.
En el olor de la guayaba,
el escritor Plinio Apuleya Mendoza, hace una descripción muy exacta de estos
mundos: “Así fue como Gabriel creció en aquella casa, único niño en medio de
innumerables mujeres. Doña Tranquilina, que hablaba de los muertos como si
estuviesen vivos. La tía Francisca, la tía Petra, la tía Elvira: todas ellas
mujeres, fantásticas, instaladas en sus recuerdos remotos, todas con
sorprendentes aptitudes premonitorias y a veces tan supersticiosas como las
indias goajiras que componían la servidumbre de la casa. También ellas tomaban
lo extraordinario como algo natural. La tía Francisca Simonosea, por ejemplo,
que era una mujer fuerte e infatigable, se sentó un día a tejer su mortaja.
“Por qué estás haciendo una mortaja?», le preguntó Gabriel. «Niño; porque me
voy a morir», respondió ella. Y en efecto, cuando terminó la mortaja se acostó
en su cama y se murió. Desde luego, el personaje más importante de la casa era
el abuelo de Gabriel. A la hora de las comidas, que congregaban no sólo a todas
las mujeres de la casa sino también a amigos y parientes llegados en el tren de
las once, el viejo presidía la mesa. Tuerto por causa de un glaucoma, con un
apetito sólido, una panza prominente y una vigorosa sexualidad que había dejado
su semilla en docenas de hijos naturales por toda la región, el coronel Márquez
era un liberal de principios; muy respetado en aquel pueblo El único hombre que
en su vida llegó a injuriarle, había sido muerto por él de un solo disparo. Muy
joven, el coronel había participado en las guerras civiles que liberales
federalistas y librepensadores habían librado contra gobiernos conservadores
cuyo soporte eran latifundistas, el clero y las fuerzas armadas regulares. La
última de estas guerras, iniciada en 1899 y terminada en 1901, había dejado en
los campos de batalla cien mil muertos. Toda una juventud liberal, formada en
el culto a Garibaldi y al radicalismo francés, que iba a los combates con
camisas y banderas rojas, había sido diezmada. El coronel había alcanzado su
título militar combatiendo en las provincias de la costa, donde la guerra había
sido especialmente sangrienta, a las órdenes del legendario caudillo liberal,
el general Rafael Uribe Uribe. (Algo del carácter y muchos de los rasgos
físicos de Uribe serían tomados por García Márquez para componer el personaje
del coronel Aureliano Buendía.)Entre el abuelo sexagenario, que seguía reviviendo
en el recuerdo los episodios alucinantes de aquella guerra, y su nieto de cinco
años -únicos hombres de una familia llena de mujeres- iba a crearse una amistad
singular. Gabriel había de guardar siempre el recuerdo del viejo, la manera
patriarcal y reposada como tomaba asiento a la cabecera de la mesa delante del
plato donde humeaba el sancocho, en medio del vivaz cotorreo de todas las
mujeres de la casa; los paseos que daba con él al atardecer por el pueblo; la
forma como a veces se detenía en plena calle, con un repentino suspiro, para
confesarle (a él, un niño de cinco años de edad): «Tú no sabes lo que pesa un
muerto.. »Gabriel recordaría también las mañanas en que el viejo lo llevaba a
las plantaciones para bañarse en alguna de las quebradas que bajaban de la
sierra.” Puntualiza Plinio adelante: El viejo y parsimonioso coronel concedía a
su nieto la mayor importancia. Le escuchaba, respondía todas sus preguntas.
Cuando no sabía contestarle, le decía: «Vamos a ver qué dice el diccionario.»
(Desde entonces, Gabriel aprendió a mirar con respeto aquel libro polvoriento
que contenía la respuesta a tantos enigmas.) Cada vez que un circo levantaba su
carpa en el pueblo, el viejo llevaba al niño de la mano para enseñarle gitanos,
trapecistas y dromedarios; y alguna vez hizo abrir para él una caja de pargos
congelados para revelarle el misterio del hielo”.
El otro personaje es el
niño, quien es el propio Gabo. Tuvo un sentimiento muy firme de la
predestinación, sintió que le sucederían cosas muy especiales, la óptica de la
realidad no era la del común. Todo este universo le permitirá configurar el
universo ficcional de su obra literaria, gracias a un talento innato y a su
disciplina y constancia como escritor y periodista, actividades a las cuales
nunca renunció. Expreso en alguna parte: “Mi infancia ha influido no solamente
en la literatura, sino en toda mi vida, no he logrado salir de ella”. Creo que
la trasposición de la realidad hecha por el niño, esa forma de asumir los hechos,
la manera como narra, fue sembrado en su experiencia vital en Aracataca, Gabo
muy pocas veces sale de ese mundo.
En la “Hojarasca” aparece
por primera vez el mundo ficcional que caracteriza a Macondo, con los personajes más
emblemáticos del mismo, con la atmosfera y los espacios de suyo, esta obra es
más importante de lo que la crítica ha establecido, de alguna manera se le ha
valorado con cierto desdén. Me atrevo a afirmar, que Gabo, en adelante solo
pule ese mundo que le reverberaba desde niño. Desde que tomó ese diccionario
que le regalo su abuelo, con las historias que oía todos los días en Aracataca y
después con el amor por la literatura y los buenos libros, armaría una obra que
hoy es orgullo para la humanidad.
La novela la conforman once capítulos. Desde el primer capítulo, cada personaje va exponiendo la tragedia que los agobia, generando interrogantes alrededor de sus miedos. Desde estas ópticas se va mostrando el universo de Macondo, con sus paradojas. Al final se entierra al Doctor pese a la oposición del pueblo y a los odios encarnados, dejando al lector con los interrogantes expuestos por cada personaje sin solución alguna. El mundo literario de Gabo se anticipa en esta novela de manera magistral, desde el principio de la misma, reconocemos gran parte de los tics literarios, aquellos que le caracterizarán, su importancia está descontada.
La feria del libro de
Bogotá cada vez se fortalece más y hoy es un evento de indiscutible
importancia, para el mundo del libro y la literatura en general, tanto para
Colombia como para Hispanoamérica. Este año realmente se sobró, por el homenaje
a Macondo, por la calidad de los invitados, los conversatorios preparados son
todos importantes y hay un plato fuerte de novedades, el recinto ferial es una
verdadera incitación a la lectura.
La feria con sus 28 años de
existencia, se ha constituido en una
plataforma ineludible tanto para editores, escritores, todo en pro de los lectores. Estas son algunos de los eventos, escritores y
lanzamientos que me parecen deben tenerse en cuenta.
El pabellón de Macondo será
una de las mayores sorpresas de la FILBO 2015: el espacio de 3.000 metros del
invitado de honor de este año tendrá sorpresas que irán desde un espacio
académico que se asemeja a una gallera hasta el reencuentro con el telégrafo y
el hielo, en un espacio multimedia, de arte, interactividad y la presencia de
las palabras.
Hay una verdadera pléyade
de escritores invitados, los cuales es difícil de seguir al tiempo, pues las
lecturas en espera son muchas. Alberto Mangel, es uno de los escritores
preferidos míos, su historia de la lectura, aun me parece un libro importante
ahora que hablamos de la lectura digital. Tiene varios conversatorios y
realmente es un plato de cardenal, asistir a sus disertaciones. Además de esta
gran obra, ha publicado novelas como Stevenson bajo las palmeras o La Puerta de
Marfil y ensayos como Nuevo elogio de la locura. Se le conoce más por su actividad
como escritor de no-ficción gracias a El diccionario de lugares imaginarios (a
dos manos junto con Gianni Guadalupi).
Silvana Paternostro es
periodista nacida en Colombia. Es autora de los libros Mi guerra colombiana:
una travesía por el país que dejé y En la tierra de Dios y el hombre: hablan
las mujeres de América Latina, finalista del PEN/Martha Albrand Award. En 1999
fue nombrada una de los 50 líderes latinoamericanos para el nuevo milenio
porTime/CNN por su voz innovadora. En 1996 recibió el Paul Taylor-Dorothea Lang
Award por sus reportajes sobre Cuba. Sus artículos han aparecido en The New
York Times Magazine, The Atlantic, The Virginia Quarterly Review, The Paris
Review, El malpensante y Etiqueta negra entre otras publicaciones. Es miembro
de calidad del World Policy Institute y miembro del consejo editorial de la
revistaBomb. Reside en Nueva York.Es
periodista nacida en Colombia. Es autora de los libros Mi guerra colombiana:
una travesía por el país que dejé y En la tierra de Dios y el hombre: hablan
las mujeres de América Latina, finalista del PEN/Martha Albrand Award. En 1999
fue nombrada una de los 50 líderes latinoamericanos para el nuevo milenio
porTime/CNN por su voz innovadora. En 1996 recibió el Paul Taylor-Dorothea Lang
Award por sus reportajes sobre Cuba. Sus artículos han aparecido en The New
York Times Magazine, The Atlantic, The Virginia Quarterly Review, The Paris
Review, El malpensante y Etiqueta negra entre otras publicaciones. Es miembro
de calidad del World Policy Institute y miembro del consejo editorial de la
revistaBomb. Reside en Nueva York. Es periodista nacida en Colombia. Es autora
de los libros: “Mi guerra colombiana”: una travesía por el país que dejé y En
la tierra de Dios y el hombre: “Hablan las mujeres de América Latina”,
finalista del PEN/Martha Albrand Award. En 1999 fue nombrada una de los 50
líderes latinoamericanos para el nuevo milenio porTime/CNN por su voz
innovadora.
Hay un personaje que me
parece especial en este mundo creadores: Ana María Sánchez es una bogotana
amante de los libros en papel que decidió dar el salto a los contenidos
digitales. Ana María es diseñadora gráfica de la Universidad Jorge Tadeo Lozano
de Bogotá y tiene más de 10 años de experiencia en diseño editorial para
empresas como Alfaguara, Norma, Parramón e Intermedio Editores. Diseñó las
aplicaciones para libros como El juego de la historia, de la historiadora Diana
Uribe, y para medios digitales como La Silla Vacía y Actualidad Panamericana.
Está diseñando un libro digital sobre la obra inédita del escritor colombiano
Eduardo Zalamea Borda, proyecto de la Universidad de los Andes que recibió el
estímulo “CreaDigital 2014” de los
Ministerios de TIC y Cultura. Hoy tiene su propio estudio de diseño, Huevofrito,
especializado en conversión digital, marketing digital, estrategias de
storytelling y desarrollo de aplicaciones móviles. Es definitivo, el mundo del
libro, en lo digital da un salto exponencial, no es el enemigo es la forma más
clara de democratizar la lectura a niveles antes no vistos.
Otor autor que es de suma
importancia y que en lo personal me parece que debe tenerse en cuenta, es
Carlos Granés, (1975, Bogotá, Colombia) Se doctoró en Antropología Social por
la Universidad Complutense de Madrid. Estuvo becado en la Universidad de Berkeley,
California, donde finalizó su tesis sobre Antropología del arte, a la que
posteriormente se le otorgó la máxima calificación (cum laude) y el Premio
Extraordinario de Doctorado. En 2008 publicó La revancha de la imaginación.
Antropología de los procesos de creación: Mario Vargas Llosa y José Alejandro
Restrepo. Seleccionó y prologó los artículos de Mario Vargas Llosa reunidos en
Sables y Utopías. Visiones de América Latina (Aguilar, 2009). Sus ensayos han
sido traducidos al portugués y al francés y han aparecido en distintas
recopilaciones como Horizontes estéticos (Anthropos, 2010) y Pensar la realidad
(Fondo de Cultura Económica, 2011), libro que reúne los mejores ensayos
publicados en Letras libres. Desde 2006 es colaborador habitual de esta revista
y desde 2010 publica ensayos sobre literatura en la sección de cultura del
diario O Estado de S. Paulo.
Dani Cubides es una joven
Colombiana, ue debe seguirse, pese al mundo de lectores que tiene, dará muachas
sorpresas.
La lista de invitados es
múltiple, ahí está Gabriel Vásquez, Dasso Saldivar, Eben Alexander, para citar
de los más importantes, el libro es el protagonista. Los autores invitados se
encuentran en esta página:
Estoy releyendo la biografía de Gabriel García Márquez escrita
por el colombiano Dasso Saldivar para mitigar la nostalgia que me produce su
muerte, ahora que se cumple un año. En esta lectura me he concentrado en
descifrar las claves genealógicas de su obra a partir de sus vivencias, pues
los datos relevantes de sus novelas y cuentos se encuentran en el universo de sus experiencias. Gabo abrevó en
todos los relatos de sus abuelos, en la multiplicidad de mitos que sus tías mantuvieron vivos en su mente, donde la magia,
los fantasmas, eran parte de su mundo, sin ningún sobre-salto, como sí hiciesen parte
de la cotidianidad más trivial, en su propia realidad y por su puesto en sus
lecturas realizadas con una voracidad inquebrantable, sustentada en la
aceptación de su vocación en medio de muchas carencias, factores que al final
le permitieron articular el vasto universo creativo que hoy constituye un
aporte inigualable para las letras.
El itinerario descriptivo
del proceso de creación de cada obra de Gabo da para una novela y con este
material se han hecho documentales hermosos y didácticos de sobremanera.
Recordé la frase magistral de Gabo: Ya tengo
todo listo para mi novela, solo me falta escribirla. Hay siempre un
proceso de construcción mental en cualquier ficción, que se va dando en la
intimidad del autor y que constituye la
materia prima para su posterior escritura. Cuando la tenemos facturada, se
empieza a escribirla, los resultados después son imprevisibles.
Me he puesto en la tarea de
ordenar lentamente el material existente en lo que tiene que ver con el proceso
creativo. Empezare con un vídeo, que no siendo tan popular es absolutamente didáctico.
Habla de la experiencia de Gabo en París hasta su llegada a México. Después empezare a entregar novela por novela, la experiencia creativa que tuvo Gabo en el proceso de escritura.
Hay un fenómeno muy curioso frente al mundo del libro, se asume que
por efectos del internet y la oferta exponencial de la red, el libro
tradicional está cediendo su espacio, se
reducirá, según algunos analistas, a su mínima expresión. Pero no es cierto,
hoy se venden más libros que antes, lo que no quiere decir que se lea más y curiosamente han
aparecido una infinidad de editoras independientes que empiezan a tener efectos sustanciales en el
mercado, tanto para el público, ampliando la oferta, como para los nuevos
escritores.
En la última feria de Guadalajara y de Buenos Aires
asistieron muchas editoriales
independientes, con negocios muy puntuales, quienes le dan un trato muy diferente al público, presentando
autores nuevos. Han tenido la inteligencia de agremiarse para proteger sus
derechos y de hecho están dirigidas por personas apasionadas, quienes s e enfrentan a los
pulpos de siempre. En Colombia “La Silueta Ediciones”, “La madriguera del
conejo”, “Prologo y Babel ediciones”, “El Icono editorial”, son de las más
connotadas, se le suman a ellas las del sector Universitario y las de provincia,
de mucha importancia.
Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga y Manizales, son
ciudades Colombianas que cuentan igualmente con sus propias editoriales
independientes, rescatando autores olvidados por la crítica y promoviendo autores jovenes. Lo mismo pasa en ciudad de México, Buenos Aires,
Santiago, Montevideo e incluso Panamá.
“A estas alturas es probable que cualquier lector colombiano
ya haya escuchado algo sobre La Ruta de la Independencia, una versión nacional
de los casos antes expuestos. Doce editoriales y una librería que le han dado
la vuelta al país desde 2012, proyectando cierta idea de unidad en ferias del
libro. Al frente de cada una, gente que apenas llega a los 40 y un catálogo aún
irregular individualmente, pero diverso y potente a nivel colectivo. No son
opiniones, es lo que también se pudo comprobar en la FIL Guadalajara. A México
viajaron ocho –Destiempo, La Silueta, Luna Libros, Laguna, Jardín, Rey Naranjo,
El Peregrino y Robot– para agruparse en un mismo stand, además de Tragaluz, que
tuvo su propio espacio, y Babel, que se asoció con la editorial infantil
venezolana Ekaré. Las últimas dos merecen una mención aparte porque son más
antiguas y llevan algunos años de experiencia en ferias internacionales, pero
la imagen de las primeras ocho en el Pasillo JJ del Área Internacional de la
Expo fue, con diferencia, el punto más alto de Colombia en la FIL[1].
Agrega el periódico “El espectador”: Editoriales como las
argentinas Eterna Cadencia y Adriana Hidalgo, y las mexicanas Almadía, Sexto
Piso y Arlequín tienen catálogos envidiables, bien definidos, y en esta FIL
confirmaron su crecimiento individual. Está claro que en La Ruta de la
Independencia aún falta para llegar a ese nivel, pero este espíritu de
asociación va recortando distancia. La primera, en oferta. En Guadalajara
sumaban 110 títulos, suficiente para llamar la atención en las mesas de ventas
de derechos”.
”Los pequeños ven el mundo arder. O en eso creen. En algún
momento entre 2010 y 2011 se volvió cool ser editor independiente en Colombia.
Nadie inventó nada, bastó con ponerse de acuerdo. En la Barcelona de los 70, el
Grup 62 marcó uno de los antecedentes más brillantes en esto de reunir sellos
pequeños y con mucha personalidad para buscar mejores descuentos en librerías,
condiciones de distribución y precios de impresión. Más reciente es el caso del
Grupo Contexto, que también desde Barcelona reúne a Impedimenta, Libros del
Asteroide, Global Rhythm, Nórdica, Periférica y Sexto Piso bajo la misma
premisa. Los editores independientes no usan corbata”[2].
El 2015 es el año de las editoriales independientes, está
marcado por una oferta ambiciosa y que asume los riesgos que los grandes no
corren. Con la feria del libro de Bogotá, empezarán las sorpresas, se viene
Buenos Aires, Guadalajara y Quito. Esperamos ver con que se vienen al respecto,
pero de antemano sé que la apuesta es muy buena.
Debido a una asesoría prestada
a un estudiante en una tesis de doctorado, sobre la obra y el pensamiento de
este pensador colombiano, he tenido que volver a la totalidad de su obra.
Zuleta fue un hombre su generis, un intelectual
a carta cabal, quien forjo una camada de lectores y escritores gracias a
sus magistrales conferencias y al papel que le dio a la lectura como ejercicio
de elucidación y aprendizaje en una sociedad abierta.
Aún no aparece el biógrafo
de Zuleta, hace tres años se editó un texto sobre su vida, que realmente nunca me
convenció: “La rebelión de un burgués”, apenas fue una tenue mirada de su
itinerario intelectual, creo que su vida da para una excelente novela, está
llena de capítulos trágicos, pero siempre rodeada del texto, del libro como compañía
imprescindible de su vida.
Se podrá decir, que Zuleta es
el mejor lector que ha tenido este país, con connotadísimas excepciones: Gómez Dávila,
Alfonso Palacio Rudas, Fernando González, Gutiérrez Girardot, Cruz Vélez, para
solo citar algunos, pero a diferencia de
todos ellos, el pensador antioqueño recabo siempre sobre la lectura como
ejercicio intelectual y el papel del lector frente al texto.
En algún escrito periodístico,
sobre su vida, la revista “Semana” señalaba: Este filósofo y pedagogo de origen
antioqueño vivió rodeado de ideas y libros, también de desorden y alcohol. Fue
un autodidacta, siempre vivió acompañado de un sequito de jóvenes, quienes al
final recopilaron buena parte de su obra.
Estudió profundamente la
obra de Nietzsche, de Freud, leyó a Thomas Mann, Fiador Dostoievski, Marx.
La diferencia con Zuleta es
que sus disertaciones fueron verdaderos tratados desde perspectivas muy
particulares, siempre a partir de otras lecturas donde el autor había abrevado
profundamente. Sus conferencias son una reelaboración, bien sea desde el psicoanálisis, del Marxismo
o desde alguna relevancia particular extraída del mismo texto.
En la conferencia sobre la
lectura, toma el texto de Nietzsche, “De leer y el escribir” sobre las
significaciones de lo que denominamos una buena lectura: "Acaso ningún escritor haya hecho tan conscientemente como Nietzsche de su
estilo, un arte de provocar la buena lectura, una más abierta invitación a
descifrar y obligación de interpretar, una más brillante capacidad de arrastrar
por el ritmo de la frase y, al mismo tiempo de frenar por el asombro del
contenido. Hay que considerar el humorismo con el que esta escritura
descarta como de pasada lo más firme y antiguamente establecido y se detiene
corrosiva e implacable en el detalle desapercibido: hay que aprender a escuchar
la factura musical de este pensamiento, la manera alusiva y enigmática de
anunciar un tema que sólo encontrará más adelante toda amplitud y la necesidad
de sus conexiones. Este estilo es la otra cara, el reverso de un nítido
concepto de la lectura, de un concepto que a medida que se hace más exigente y
más quisquilloso libera la escritura de toda preocupación efectista, periodística,
de toda aspiración al gran público y de esta manera abre al fin el espacio en
que pueden consignar se las palabras del Zaratustra y elaborar se la
extraordinaria serie de obras que lo continúan, comentan y confirman. Al final
del prólogo de la Genealogía de la moral Nietzsche dice que requiere un lector
que se separe por completo de lo que se comprende ahora por el hombre moderno”.
William Ospina de quien
Zuleta fue mentor, reconoce que este pensador marcó su vida y aduce que fue uno
de los pocos hombres que dialogó con los grandes novelistas y filósofos europeos
sin ningún complejo y desde sus particularísimos puntos de vista fruto de
infinitas lecturas. El dialogo, con sus alumnos e interlocutores le inspiraba, constituía
un verdadero conjuro, quienes le conocieron sabían del poder de seducción de
sus extensas elucidaciones.
Zuleta fue pupilo de
Fernando Gonzales otro gran pensador colombiano, muy original, radical en sus puntos de vista, con una ética poco común en estos tiempos
tan permeables. De este hombre extrajo la mayoría de herramientas intelectuales
que le servirían en el proceso de desciframiento de la naturaleza del hombre, siempre
de la mano del psicoanálisis.
Son muchos los textos de
este pensador, que ameritan ser traídos a colación, pero presentare la
conferencia sobre la lectura el mejor ejemplo de su capacidad de interpretación
y análisis a partir de sus lecturas y la mirada acuciosa de otros textos, que
resulta ser un justo homenaje y que espero lo lean, pues incita a otras
lecturas, como siempre sucede con sus disertaciones:
El más reciente libro de
Héctor Abad Faciolince se titula La Oculta. Este es el nombre de una finca del
sureste Antioqueño, muy cerca del municipio de la Ceja, Colombia, que
constituye el centro desde el cual se narra gran parte de la novela. En
apariencia es la historia de una familia, pero realmente es mucho más que esto.
Está narrada desde la esclerótica de sus personajes, en primera persona,
quienes van relatando su estrecha relación con esta tierra. Desde esta relación se
cuentan historias múltiples: La de los propios personajes, la de buena parte de la
colonización Antioqueña, de la violencia que asedia al colombiano común, para sólo citar sino algunos. Me recuerda el costumbrismo de Carrasquilla, sin ser
una obra costumbrista, pues descifra
buena parte de eso que llamamos coloquialmente, la antioqueñidad: El amor por
los ancestros, la épica de ciertas aventuras que hoy son orgullo, de lo que por
estos lados, llaman la raza y por su puesto,la violencia que ha sido el pan de
cada día de sus habitantes. Sus personajes tienen luz propia, están
perfectamente construidos, como en la novelas de Austen, hablan con absoluto carácter y personalidad, cada uno es un mundo. En la medida que leemos el texto, vamos encontrando
afinidades con algunos y diferencias con otros. Desde cada voz, el autor nos va entregando temas muy
puntuales: El homosexualismo en una sociedad clerical y conservadora, la
historia de las matronas antioqueñas, las particularísimas relaciones de la
región, el asilo voluntario…...en fin…
Es un hecho que el autor
domina totalmente, eso que llamamos las técnicas de la novela. Era muy difícil,
publicar con el antecedente del “El olvido que seremos”, que fue todo un éxito y de una calidad indiscutible. Héctor abad Faciolince, recurre para esta
novela a la “Oralidad intercalada y en –montage- como manera primordial de
narrar”. El texto tiene una atmósfera intimista, que hace su lectura agradable de sobremanera. Me recuerda esas reuniones en el portal de la casa, donde
alguien contaba la historia de sus ancestros con una pasión desmedida, que nos
hacía quedar absortos por horas escuchándolo, donde el relato forzaba
necesariamente grandes elaboraciones ficcionales. No es casual que cite a Jane
Austen, quien nos va llevando en sus historias, siempre de la mano de sus
personajes, los cuales tienen personalidades muy fuertes, desde cada uno de ellos,
vamos conociendo un universo y ciertos estereotipos psíquicos. En todo caso,
“La oculta” es una novela moderna, que recurre a recursos propios de la
literatura contemporánea: Directa, con un cuidado excelso del idioma, la
memoria personal se mezcla con hechos históricos, se denota una especie de
autobiografía encubierta, está contada a través de sus protagonistas, con cierto desparpajo y se puede leer de varias maneras. De igual
manera es la historia de algunos problemas propios de estos tiempos, de
Antioquia, del país, aspectos que no obstan para que siempre sea una obra de
ficción desligada de los anclajes propios del documento y la autobiografía.
Es un hecho que Hector Abad
confirma ser un gran escritor y en esta novela, pese a las reservas, vuelve a
sorprendernos. Quiero trascribir esta
entrevista aparecida en un periódico regional. El periódico el colombiano habló
con él. Sus respuestas llegan desde Hong Kong, donde el autor estuvo hace poco.
¿Cuál es el impulso que lo
lleva a escribir esta novela?
“Yo no soy un escritor muy consciente de los procesos mentales que me llevan a
escribir un libro. O si hubo un razonamiento muy preciso, ya se me olvidó. Creo
que el origen obvio de la novela -para mí- es la finca de mis bisabuelos: La
Inés, en la vereda La Oculta, que antes quedaba en jurisdicción de Jericó y hoy
de Támesis. Eso es lo primero: un sitio que conozco desde la infancia y al que
sigo yendo. Luego está el lago de La Oculta, que existe y es de unos primos
míos muy queridos, los Ceballos Abad. A partir de ahí hay voces (cuentos, cosas
que se dicen) y episodios vitales que me han contado o que he vivido yo mismo:
los ahogados de La Oculta. Los grupos guerrilleros y paramilitares que actuaban
por allá, las fondas, los caballos, los pájaros, las vacas. Los colores, lo que
se comía. Esa mezcla de vivencias son el origen de La Oculta”.
Un ejercicio de memoria.
Convierte la finca en figura literaria. ¿Por qué?
“Es una manía, una obsesión antioqueña. Me di cuenta de eso cuando lo primero
que hice la primera vez que tuve algo de plata fue comprarme una cabaña en La
Ceja. Es lo que hacen casi todos los antioqueños cuando consiguen algo, no
importa si son industriales, mafiosos, contrabandistas, filósofos, profesores o
escritores: nos buscamos un lote de tierra en el campo (...). Los pobres sueñan
con la tierrita que perdieron y quisieran volver a ella. Los ricos sueñan con
la hacienda que tuvieron y la añoran. O la odian. No creo que haya un motivo
más nuestro que el apego a la tierra. Y lo más raro: a la tierra más dura y
quebrada: estas montañas casi inaccesibles”.
Háblanos de la estructura:
Pilar, Eva y Antonio, alternándose, perfilan la hacienda.
“Busqué muchas maneras de contar la historia. Desde un punto de vista exterior
y objetivo. Desde adentro, involucrándome yo mismo como si fuera un personaje
más. Al fin no pude, o no quise, excluir a ninguno de los tres hermanos, que
son los últimos en heredar esa finca, y están involucrados con ella de maneras
muy distintas: una de las hermanas se ha ido a vivir ahí; otra hermana ya no
quiere ni siquiera ir, y otro hermano añora la finca desde Nueva York. Todos
cuentan la misma historia de manera distinta, según el filtro de su propia
experiencia. Me traté de meter en el pellejo de los tres y de ser, por turnos,
Pilar, Eva y Antonio”.
Uno podría leerlos de
manera independiente y se tendrían otros hallazgos.
“Yo lo hice, como ejercicio. Incluso hice una tabla en la que sabía qué pasaba
en cada párrafo del libro, uno por uno. Es algo que aconsejan los gringos
cuando están escribiendo un ensayo científico. Había dos capítulos enteros en
los que los tres hermanos hablaban, discutían. Capítulos de puros diálogos.
Pero algunos amigos y lectores me dijeron que le hacían perder ritmo al libro,
así que los suprimí. Escribir es borrar, dudar, cambiar. Al menos en mi caso
nunca sé bien si debe ser así como está, o de otra manera. Un cuadro no está
listo hasta que no se le da la última pincelada. Y quizá pudo haber quedado
mejor, o peor, con algo añadido, o con algo menos. El arte consiste también en
decidir por dónde se corta, cuando ya no se dice ni se cuenta más, sino que se
acaba el cuadro y se cuelga para que otros lo vean”.
150 años contados a partir
de la vida de una hacienda. ¿Novela rural o histórica?
“Es una mezcla rara de novela histórica y novela familiar. Tal vez la historia
no sea otra cosa que la historia de cómo se organiza y evoluciona la familia.
Lo más distinto que hay hoy en día -con relación a cómo era la sociedad
colombiana y jericoana y francesa- es el tipo de familia que existe: hace un
siglo y medio era impensable una familia homosexual o una mujer que cambiara de
pareja cada cierto tiempo. Hoy eso es normal”.
Entre la realidad y la
ficción. ¿Qué tan fina es la línea que las separa?
“La línea, más que fina, es muy borrosa. Siempre he trabajado con algo muy
importante para mí: la mala memoria. Mi mala memoria deforma y es mi manera de
tener fantasía. Digamos que todo lo que cuento son cosas que recuerdo, pero
como todo lo recuerdo mal, entonces en realidad es deformación, ficción,
invento. Hay pedazos en que podrá reconocerse el rastro diurno -como dicen los
freudianos de los sueños, el rastro de la realidad- pero la mayor parte de la
trama es como un sueño de cosas que no existieron mezcladas con cosas que sí
ocurrieron así. Yo no puedo saber si la colonización de Jericó fue como la
cuento, pero así la imagino...”.
¿Su Abad viene de esa
primera “Abadi” casada con el descendiente del conquistador Santángel? ¿Si es
así, en Antioquia sí hay una descendencia de judíos?
“Mi papá, que no mentía nunca, decía que nosotros veníamos de judíos conversos.
Es una especie de tradición oral que se ha mantenido en la familia, desde los
tiempos del bisabuelo. Yo no sé si eso sea verdad o mentira. Los antioqueños
tenemos, de todas maneras, mucha sangre semita, levantina, mediterránea: y ahí
hay árabes y judíos, que son como primos hermanos. Yo me siento árabe, judío,
antioqueño, indígena y negro, todo al mismo tiempo. Me considero un mestizo
total, un bastardo, y de ninguno de mis antepasados reniego”.
¿Reconocimiento al cielo
azul de sus primeros años?
“En la rifa del mundo esta fue la tierra que nos tocó a nosotros. No es la
mejor ni es la peor que existe. Es lo que es, es lo que hay. Y uno escribe de
lo que da la tierra, como se dice por acá. Y la tierra da cosas buenas: no
produce buen trigo, pero da unos yarumos y unos guayacanes increíbles. No
tenemos ruiseñores ni cigüeñas, pero hay colibríes, toches, mariposas azules.
No sé, cada país produce sus propios árboles, sus propios animales, su propia
gente y su propia literatura... Somos injerto de muchas gentes, creo que este
producto mezclado da especies raras e interesantes”.
Logra humanizar la hacienda.
“La Oculta fue una
hacienda; ahora es apenas una finca con algo de tierra. Y lo que yo quería -y
espero haber conseguido- era que la protagonista de la novela fuera esa finca,
más que los personajes que la habitan. Lo importante es la relación que los
personajes tienen con esa casa, con esas montañas y ese cielo, con el paisaje:
el lago, los árboles, los animales, los pueblos cercanos. Muchos antioqueños de
todas las capas sociales tenemos un paisaje, una tierra en la cabeza. Por eso
creo que muchos podrán sentir como propia esta novela que al hablar de una
finca y de un pueblo, habla de muchas fincas y de muchos pueblos”.
¿Será posible ahora una
repartición de tierras como se hizo al fundar Jericó?
“Los visionarios, los que sueñan con un mundo mejor, siempre hacen locuras así.
Ojalá vuelva a haber locos que piensen que lo mejor sea repartir -casi gratis-
muchas tierras. Hay muchas colonizaciones: unas por la fuerza, otras por
invasiones, otras más inteligentes y serenas. Creo que la paz de este país pasa
por el acto generoso de compartir muchos pedazos de tierra con los que nada
tienen. Y no como propiedad colectiva, que eso ha funcionado muy mal en el
mundo, sino como propiedad familiar”.
Estas son palabras
fundamentales en La Oculta.... Cómo define...
Azar: “es lo que manda
siempre, la suerte. Pero uno tiene que tirar los dados, por lo menos, y
tirarlos en el momento adecuado. Uno puede propiciar algunas cosas: jugar
cuando la suerte buena o adversa produzca algún cambio importante en nuestras
vidas...”.
Nostalgia: “un sentimiento desagradable. No lo recomiendo.
¿Pero cómo pedirle al
exiliado que no lo sienta? Tenemos algo de palomas mensajeras con ganas de
volver, con dolor de volver. No todos, pero muchos”.
Familia: “es algo
irremediable. Si es buena, es la mayor bendición. Si es mala, no hay nada peor
ni más castrador. Mientras no haya otra forma de reproducción que la sexual, la
familia es inevitable. Incluso las familias nuevas, tan distintas, con hijos de
otros, propios, mezclados, con parejas separadas, vueltas a separar, del mismo
o de distinto sexo. La familia ya no es una célula de piedra. Es una quebrada
que baja de piedra en piedra”.
Libertad: “tal vez sea una
ilusión, pero sin esa ilusión uno se quedaría siempre quieto. La ilusión de que
uno puede buscar la felicidad de la forma que quiere, sin que otros se
interpongan en el camino”.
¿Cómo es ese refugio de
escritores en la Toscana donde pasó algunas semanas?
“Allá escribí muchos capítulos de La Oculta: es un sitio idílico en las colinas
entre Florencia y Arezzo. Le voy a decir algo: el sitio es más bonito que La
Oculta, hay venados y jabalíes, la comida toscana es más rica que la
antioqueña. Pero yo paso mejor en La Oculta. Lo que yo hago es una receta
mixta. ¿Sabe cómo me gusta la arepa? Bien tostada, amarilla, con aceite de
oliva, sal, y tajaditas de mozzarella: es Antioquia e Italia al mismo tiempo.
Una delicia. Sin despreciar el quesito, con mozzarella de búfala me sabe más
bueno la arepa”.
¿Y su próxima obra?
“Estoy escribiendo un cuento que se llama Hong Kong. Es la ciudad más
extraordinaria que he visto en los últimos años. El cuento pasa en Hong Kong,
pero el personaje tiene la cabeza en Medellín. Yo siempre vivo así: en Hong
Kong o en la Toscana sigo viviendo en Medellín”.