domingo, 20 de marzo de 2016

COMO LEER Y POR QUE

Este es un texto de Harold Bloom, muy lúcido, lo traigo a colación, con el internet la lectura  tomó nuevos matices, no todos buenos, olvidándose del rigor que amerita y la apertura que significa su ejercicio para la mente.
“No hay una sola manera de leer bien, aunque hay una razón primordial por la cual debemos leer. A la información tenemos acceso ilimitado; ¿dónde encontraremos la sabiduría? Si uno es afortunado se topará con un profesor particular que lo ayude; pero al cabo está solo y debe seguir adelante sin más mediaciones. Leer bien es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque, al menos en mi experiencia, es el placer más curativo. Lo devuelve a uno a la otredad, sea la de uno mismo, la de los amigos o la de quienes pueden llegar a serlo. La lectura imaginativa es encuentro con lo otro, y por eso alivia la soledad. Leemos no sólo porque nos es imposible conocer bastante gente, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, la comprensión imperfecta y todas las aflicciones de la vida familiar y pasional”[1]. Con esta expresión categórica el crítico comienza su disertación, leer es un placer ante todo, que genera conocimiento y abre nuevas ópticas al intrincado y laberíntico mundo en que vivimos, es otra forma de estar.
La erudición de este crítico es vasta, nos va llevando por el itinerario de sus lecturas, sin academicismo, pero quien abrevó en los mejores textos con la obsesión de un relojero, disfrutando y escrutando (Descifrando, diría) al máximo las obras más grandes de la literatura, desde una óptica humanista, en el termino más clásico, las de su gusto, es una antología entre otras cosas.
En el prefacio hay dos citas, una de Sir Francis Bacon y otra de Emerson, que me parece memorable: "No leáis para contradecir o impugnar, ni para creer o dar por sentado, ni para hallar tema de conversación o discurso, sino para sopesar y reflexionar." A Bacon y Johnson yo añado un tercer sabio de la lectura, Emerson, fiero enemigo de la historia y de todo historicismo, quien señaló que los mejores libros "nos impresionan con la convicción de que una naturaleza escribió y la misma naturaleza lee". Muy a pesar de que Bloom dice que uno no puede mejorar la vida de nadie leyendo, el solo hecho de comprender mejor la naturaleza humana resulta un aporte que reivindica este ejercicio.
La lectura depende mucho de lo que vivamos, de la edad, del entusiasmo, de nuestra fe o incredulidad, de lo que esperamos de la existencia, leer es un encuentro con nosotros mismos a través de un tercero. La lectura solitaria, aquella que requiere tiempo, reflexión, se ha perdido, la mayoría de la gente lee por algún interés, no se leen textos completos, hay un sentido utilitario de la lectura, lo importante ahora es la información.
Hay unos consejos prácticos:
1.- Límpiate de la jerga académica.
2.- No trates de mejorara tu vecino ni tu vecindario por las lecturas que eliges o cómo las lees.
3.- El estudioso es una vela que encienden el amor y el deseo de todos los hombres.
4.- Para leer bien hay que ser un inventor.
5.- Sugiero que nuestro quinto principio para el restablecimiento de la lectura sea la recuperación de lo irónico
Sobre esta misma describe: “Al final del sendero de la ironía perdida hay una pulgada última, más allá de la cual el valor literario será irrecuperable. La ironía es sólo una metáfora, y es difícil que la ironía de una edad literaria sea la de otra; no obstante, sin un renacimiento del sentido irónico se habrá perdido más que lo que llamamos "literatura imaginativa". Ya parece estar perdido Thomas Mann, irónico mayor de los grandes escritores de este siglo. No dejan de aparecer nuevas biografías suyas, casi siempre reseñadas sobre la base de su homoerotismo, como si la única forma de rescatarlo para nuestro interés fuera certificar su condición de homosexual, y darle así un lugar en los planes de estudio universitarios”.
Este texto parte del desciframiento de grandes textos de la literatura, su lectura es agradable e incita a nuevas lecturas, he querido hacer una pequeña reseña, pues considero este libro bueno para estos días de descanso. Aquí les dejo la introducción a la sección de cuentos y el primer análisis sobre IVAN TURGUÉNIEV:

INTRODUCCIÓN

El escritor irlandés Frank O'Connor celebró el cuento en su libro La voz solitaria porque en su opinión era la forma más apta para tratar con los individuos solitarios, en particular los situados al margen de la sociedad. Si esto fuera del todo cierto, el cuento habría devenido casi lo opuesto de uno de sus orígenes más probables, el relato folklórico. Entonces, a diferencia del poema lírico, el cuento nos heriría una vez, una sola, a diferencia también de las novelas - que nos afligen con muchas sensaciones, con penas y alegrías múltiples. Sin embargo, esto último también lo hacen los cuentos de Chéjov y de sus escasos pares.
Los cuentos no son parábolas ni proverbios sabios, y por lo tanto no pueden ser fragmentos; les pedimos los placeres de la clausura. El deslumbrante fragmento de Kafka titulado "El cazador Gracchus" termina cuando el alcalde de un pueblo costero le pregunta al cazador resurrecto, especie de Judío Errante o Marinero Antiguo, cuánto piensa prolongar su visita. "No puedo decirlo, burgomaestre", responde Gracchus: "... Mi barca No tiene timón; la impulsa un viento que se alza de las heladas regiones de la muerte." Esto no es una clausura, un cierre, pero ¿qué habría podido agregar Kafka? La frase final de Gracchus es más memorable que todos los finales deliberados de cuentos, salvo unos pocos.
¿Cómo se lee un cuento? Edgar Allan Poe habría dicho: de una sentada. Pese a la popularidad mundial y permanente de que gozan, los cuentos de Poe están atrozmente escritos (como sus poemas) y se benefician de la traducción, incluso al inglés. Pero Poe apenas es uno de los genuinos ancestros del cuento moderno. Entre esos ancestros están Pushkin y Balzac, Gogol y Turguéniev, Maupassant, Chéjov y Henry James. Los maestros modernos de la forma son James Joyce y D. H. Lawrence, Isaak Babel y Ernest Hemingway y un grupo variado que incluye a Borges, Nabokov, Thomas Mann, Eudora Welty, Flannery O'Connor, Tommaso Landolfi e Italo Calvino. Aquí me centraré en cuentos de Turguéniev y Chéjov, Maupassant y Hemingway, Flannery O'Connor y Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Tommaso Landolfi y Calvino porque todos ellos alcanzaron en su arte algo del orden de la perfección.

IVAN TURGUÉNIEV

Frank O'Connor pone los Apuntes del álbum de un cazador (1852) de Turguéniev, por encima de cualquier otro volumen individual de cuentos. Un siglo después de haber sido compuestos, los Apuntes permanecen asombrosamente frescos, aunque la actualidad que tenía en esa época, la necesidad de emancipar a los siervos, se haya doblegado bajo todos los desastres de la historia rusa. Los cuentos de Turguéniev son de una belleza inquietante; tomados en conjunto, están entre las mejores respuestas que conozco a la pregunta de por qué leer (siempre dejando aparte a Shakespeare). Turguéniev, que amaba a Shakespeare y a Cervantes, dividía a toda la humanidad (del tipo de los que buscan) en Hamlets y Quijotes. Habría podido añadir a los Falstaffs y los Sancho Panzas, dado que junto con los otros dos estos forman un paradigma cuádruple de otros tantos seres ficticios.
Aunque es difícil escoger cuentos particulares de los veinticinco Apuntes de Turguéniev, me uno a otros críticos en la predilección por "Prado de Bezin" y "Kasian, el de las tierras bellas". "Prado de Bezin" empieza una hermosa mañana de julio, con Turguéniev en el campo cazando urogallos. El cazador se extravía y por la noche llega a un prado donde hay cinco muchachos campesinos alrededor de dos hogueras. Turguéniev se une a ellos y nos los presenta. Tienen entre siete y catorce años y todos creen en los duendes, unas "gentecitas" con las cuales comparten su mundo. Sabiamente, el arte de Turguéniev permite que los chicos hablen entre ellos mientras él escucha sin entrometerse. Se nos revela entonces una vida de trabajo arduo (son hijos de siervos), superstición y leyendas de aldea, en la que no faltan Trishka, el Anticristo inminente, incitantes sirenas que capturan almas, muertos vivientes y vivos signados por la muerte. Uno de los muchachos, Pavlusha, se destaca del resto por su inteligencia y atractivo. Demuestra su coraje al lanzarse inerme a ahuyentar unas siluetas que podrían ser lobos y amenazan a los caballos que el grupo debe cuidar durante la noche.
Al cabo de unas horas Turguéniev se deja vencer por el sueño y despierta poco antes del alba. Los muchachos siguen durmiendo, pero Pavlusha se levanta para echar una última e intensa mirada al cazador. Turguéniev parte hacia su casa, describe la hermosa mañana y acaba el boceto añadiendo que en ese mismo año, unos meses más tarde, Pavlusha murió al caer de un caballo. Sentimos la pena con Turguéniev, pero el patetismo de la muerte no se comunica como tal. Hay un continuo que nos cautiva: la belleza del prado y el amanecer, la vividez de la creencia de los chicos en lo sobrenatural; el destino ineludible que arrebata a Pavlusha. ¿Y el resto? Es el Turguéniev pragmático y aun así quijotesco, que caza sus urogallos y boceta en su álbum el paisaje y los muchachos.
¿Por qué leer "Prado de Bezin"? Por lo menos para conocer mejor nuestra realidad, nuestra vulnerabilidad ante el destino, mientras también aprendemos a apreciar estéticamente el tacto y la distancia sólo aparente de Turguéniev como cuentista. Si hay en
este boceto una ironía, pertenece al destino mismo, un destino casi tan inocente como el paisaje, los muchachos y el cazador. Turguéniev es un escritor altamente shakesperiano pues, como Shakespeare, se abstiene de formular juicios morales; también sabe que un favorito como Pavlusha puede morir en un accidente repentino. No hay un argumento interpretativo único para llevarse del prado de Bezin. La voz que narra no se distingue de la personalidad de Turguéniev, que es sabiamente pasiva, amorosa y cuidadosamente observadora. En esa personalidad, como en la de Pavlusha, radica parte del valor del cuento. En la mayoría de los que lo leemos hay algo que quiere estar allí, con los muchachos, los caballos, con el compasivo cazador - escritor, hablando de trasgos y náyades tentadoras en un tiempo perfecto, en el prado de Bezin.
Para alcanzar la simplicidad aparente de los bocetos de Turguéniev se necesita un talento de los más altos, de una especie similar a la del genio de Shakespeare para redescubrir lo humano. Turguéniev también nos muestra algo que acaso haya estado siempre allí pero que sin él no podríamos ver. Observando a Yago, majestad satánica de todos los nihilistas, Dostoievski aprendió de Shakespeare a crear nihilistas supremos como Svidrigáilov y Stavroguin. Turguéniev, al igual que Henry James, aprendió de Shakespeare algo más sutil: el misterio del aparente lugar común, la transmisión de una realidad en perpetuo aumento.
A continuación de "Prado de Bezin" viene "Kasian, el de la tierras bellas", donde Turguéniev nos ofrece un personaje totalmente milagroso, el enano Kasian, siervo místico y sanador por la fe, quizá una secta de un solo miembro. De regreso de una cacería, a la carreta del autor se le parte un eje. En una aldea cercana (que es ninguna aldea), Turguéniev y el hosco carretero se encuentran con
un enano de unos cincuenta años, rostro pequeño, moreno y arrugado, naricita pintada, ojitos castaños apenas discernibles y un abundante y crespo pelo negro que le coronaba anchamente la cabeza diminuta como la sombrilla de una seta corona el tallo. Todo el cuerpo era extraordinariamente fino y frágil.
De continuo se nos recuerda cuan chocante e inusitado es realmente Kasian. Aunque su voz es de una suavidad y dulzura invariables, condena severamente la caza como cosa reñida con Dios y nunca depone ni la fortaleza de su dignidad, ni la pena del exilio al que lo han forzado las autoridades que, al desplazarlo, lo privan además de las "tierras bellas" de la comarca del Don. En Kasian todo es paradójico; el carretero de Turguéniev explica que el enano es un santo conocido como La Pulga.
Mientras reparan el eje, cazador y curandero se van juntos a pasear por el bosque. Kasian camina a los saltos, recoge hierbas, murmura entre dientes y habla en el lenguaje de los pájaros, pero a Turguéniev no le dice una palabra. Obligados por el calor a buscar reparo en unos arbustos, disfrutan ambos de un ensueño silencioso hasta que Kasian pregunta qué justificación existe para cazar aves. Cuando Turguéniev le pregunta a su vez de qué se ocupa él, Kasian responde que captura ruiseñores para dárselos a otros, que sabe leer y escribir y que tiene el poder de curar. Y aunque afirma ser un hombre sin familia, su secreto se revela cuando de pronto aparece en el bosque su hija natural, una muchacha llamada Anushka. La chica es tímida y hermosa y viene de recoger setas. Si bien Kasian niega su paternidad, ni a Turguéniev ni a nosotros nos convence; y una vez que Anushka se marcha, en el resto del cuento Kasian apenas abre la boca.
Nos quedamos con varios enigmas que el carretero de Turguéniev difícilmente puede aclarar; para él, Kasian es un montón de contradicciones: algo "indecible". No se cuenta nada más y Turguéniev vuelve a casa. Lo que piensa de Kasian no se expresa. ¿Pero acaso lo necesitamos? El campesino sanador vive en un mundo propio; no la Rusia de los siervos
sino una visión rusa del mundo bíblico, si bien por completo diferente de las visiones bíblicas rivales de Tolstoi y Dostoievski. Aunque se retraiga de la rebeldía, Kasian ha rechazado la sociedad rusa para volver a las artes y maneras del pueblo. No permitirá que su hija permanezca en presencia del benigno Turguéniev, quien admira su belleza. No hay que idealizar a Kasian, su astucia y sus percepciones campesinas excluyen buena cantidad de valores, pero encarna verdades del folklore que él apenas sabe que conoce.
La atmósfera dominante de los apuntes de Turguéniev es la belleza del paisaje experimentada en el clima ideal. Claro que hay una amplia diferencia entre la belleza natural compartida por Turguéniev y los muchachos en "Prado de Bezin" y algo menos que la comunión que sobreviene entre el autor y Kasian a la sombra del bosque. Si es imposible resistir el destino de Pavlusha—sólo es posible aceptarlo -, a su modo sutil Kasian es un señor mágico de la realidad no muy distinto del Próspero de Shakespeare. El mundo natural mágico de Kasian no es afín a la naturaleza estéticamente aprehendida de Turguéniev, ni siquiera mientras el santo y el cazador - escritor descansan uno junto al otro. Kasian tampoco le abre a Turguéniev su secreto ni le permite un intercambio momentáneo con ese hermoso elfo que tiene por hija. Al fin llegamos a ver que Kasian sigue siendo "el de las tierras bellas" por más que haya perdido el hogar originario cerca del Don. "Las tierras bellas" pertenecen a la tradición folklórica cerrada, de la cual Kasian es una especie de chamán. Leemos "Kasian de las tierras bellas" para acceder a la visión de una otredad cerrada a casi todos nosotros, y cerrada así mismo para Turguéniev. La lectura del cuento nos premia admitiéndonos - muy brevemente - en una realidad alternativa a la que el mismo Turguéniev sólo entró por un momento, y que sin embargo recuperó de modo sublime en sus Apuntes.







[1] http://fundacioncapitalismohumano.com/literatura/COMO%20LEER%20Y%20PORQUE%20-HAROLD%20BLOOM.pdf

domingo, 6 de marzo de 2016

LA HARAGANERIA LITERARIA

Esto escribió Borges: “El hecho de que el género literario que yo prefiera sea la enciclopedia se debe a varias razones. Una, que es honrosa: mi curiosidad; otra, que es menos honrosa: mi haraganería. Pero la más importante de todas, quizá sea esta: la cuota de sorpresa, de suspenso, como se dice ahora, que hay en las enciclopedias. En un libro se sabe con antelación lo que se encontrará; es decir, que uno sabe que le espera tal o cual cosa de acuerdo al tipo de libro que se haya elegido. Esto no sucede en una enciclopedia, ya que está regida por el orden alfabético que sencillamente es un desorden, sobre todo si uno piensa en los temas”. Con la muerte de Umberto Eco a propósito de sus infinitas indagaciones, su extensa biblioteca, pensé en la angustia que nos produce el cumulo de lecturas aplazadas, existe una especie de avaricia intelectual inenarrable, vamos  llenando todos los espacios de la casa con filas de libros, periódicos, recortes, glotonería que nos mantiene vivos, se forja un mundo paralelo al nuestro, lleno de ficciones, con personajes más que reales, con historias muy marcadas, arquetipos esenciales para la existencia: del amor, la muerte, la avaricia..En fin.

Lo textos y personajes de ficción siempre se renuevan. La biblioteca está dispuesta para ser leída, cada lectura genera una nueva interpretación. Actualmente trabajo un libro de Pietro Citati: “El mal Absoluto”. Es una análisis de la novela del siglo 19 desde la perspectiva del mal, habla desde la novela, no con las herramientas de la crítica clásica. Los personajes son retomados en el marco de su propia ficción, interactua con ellos, asume su existencia como una realidad incuestionable, genera un dialogo directo con muchas aristas y por este camino renueva el texto. El esquema crítico es indudablemente  novedoso. La lectura de “Romeo y Julieta”, para tomar un ejemplo untual, hoy no puede leerse igual a la que se hizo en el siglo XIX, está obra se leerá siempre de mil maneras, tantas como lectores tenga, tiene la virtud de actualizarse, esto es mágico. El tema, es el amor, no podría ser otro, pero el lector desde su óptica lo enriquece, lo renueva, el amor hoy se vive de otra manera pese a que su esencia es la misma. Lo mismo pasa con "El Hamlet,  sobre esta tragedia hay infinidad de críticas, cada una constituye una mirada diferente, todas ricas en matices, casi toda la obra hermenéutica de Harold Bloom gira en torno a esta obra.  Said, el  crítico palestino, en un prologo a una reunión de ensayos sobre la literatura, dejó en claro que sus análisis e interpretaciones de la los textos literarios o de algún autor especifico, responde a la mirada más tradicional de la crítica textual. Cita a Hegel, a Luckas, ineludiblemente, dice, siempre tomaré aspectos autobiográficos del autor, contextos sociales, influencias y mecanismos creativos para cada caso en particular. Expresa taxativamente: “Todos los ensayos de este libro defienden la relación que existe  entre los textos y la realidades existenciales, de la vida humana, la política, las sociedades, y los acontecimientos alrededor del escritor. Las realidades del poder con la realidad. –Así como las resistencias que ofrecen los hombres, mujeres y movimientos sociales, ante las instituciones, autoridades y ortodoxias-son realidades que hacen posible los textos, que las ponen en manos de sus lectores, que reclaman la atención de los críticos. Sostengo que son estas realidades las que deberían tener en cuenta la crítica y la conciencia crítica”. Esto en lo que respecta a la mirada crítica, al desciframiento, se refiere a como desatornillar un texto de ficción.

Hablo de estos aspectos porque todos los lectores son críticos en potencia. Los textos, las grandes novelas para mi son verdaderos universos, no los entendemos del todo como ficciones, los personajes responden a arquetipos que vemos en nuestra cotidianidad, como un espejo, las obras no dan herramientas para entender mejor la naturaleza humana. Tal vez vale citar Patricio Pron, quien en su última entrada en el Blog se refería al valor del arte,  recordó algunas posiciones memorables sobre el tema, polémicas, pero dan una dimensión del mismo: “"El arte es superior a todo y un libro de poesía vale más que un ferrocarril", escribió Gustave Flaubert en alguna ocasión; en otra, sin embargo, propuso "fundir todas las estatuas y hacer con ellas monedas, vestirse con las telas de los cuadros, calentarse con los libros. No fue el único escritor que se enfrentó a la pregunta sobre si la vida vale más que la literatura. Jack Kerouac afirmando que prefería viajar a escribir, André Malraux anteponiendo la acción política a la literaria, Theodor W. Adorno sosteniendo que no se podía escribir después de Auschwitz, Rodolfo Walsh convenciéndose de que era el tiempo del periodismo y no el de la ficción ponen de manifiesto que los escritores dicen siempre preferir la vida pero se quedan (irremediablemente) con la literatura”. Cuando paseo por mi biblioteca hago un recorrido no por los temas de la literatura representada en algunos libros, sino por las diferentes formas de proceder de la naturaleza humana contenidas en los mismos, sus personajes son tan reales, que es difícil pensar que no existen. Desde las primeras letras, no dejamos de escribir sobre el hombre, sobre todos aquellos aspectos esenciales de la existencia. En mi caso, mis lecturas son muy desordenadas, quiero leer sobre todo, adoro el conocimiento, entonces cada libro me genera mil aperturas. Juan Gustavo Cobo Borda, en un texto publicado en homenaje a Borges, escribe: “Por existir Borges, leemos a Lugones de otro modo”. Cada autor tiene una óptica particular de un texto y cada mirada enriquece el universo textual. La biblioteca, ese mundo de libros a la espera, siempre deparará mil formas de ver el mundo y de entender la intrincada y laberíntica naturaleza humana, con cada libro que hemos comprado, tenemos una relación muy personal y cuando empezamos a disfrutarlo, el sólo hecho de tomarlo cualquier día responde a un interés que muchas veces desconocemos, a partir de su lectura esta relación que anticipamos al escogerlo se hace realidad, nadie sabe cómo termina. Pron remata su artículo con una cita magistral de Sartre: "Me parece haber aprendido en los libros todo lo que sé de la vida", escribió Jean Paul Sartre en alguna ocasión. ¿Cómo interpretar estas palabras si no, precisamente, como la demostración de que dividir literatura y vida, y escoger entre ellas, es imposible?”.






jueves, 25 de febrero de 2016

ANA ISABEL


PRIMER RELATO


Ahora estaba lamentándome por todas las cosas que no hice para salvarle la vida frente a un cáncer implacable, después de cuatro meses de correr entre procedimientos clínicos lentos, torpes, en medio de un sistema de salud lleno de protocolos independientes, sin articulación, reflejo de una burocracia inhumana, lo que al final terminó siendo una locura total. Fue una angustia diaria, medida en segundos, viendo a la persona que más ame en esta vida con un dolor inmanejable, en una impotencia lacerante, muriéndose lentamente. La vida se le fue yendo sin tregua alguna, en la presencia de sus hijos, lo que resultaba ser  un contrasentido, ellos nunca comprendieron estos hechos intempestivos y crueles que terminaron llevándose  a su madre. Hoy solo sentimos su ausencia, esta constituye la medida de la tragedia.
Son muchas las cosas que quedaron en el tintero. Me torturan las culpas irredimibles, los abrazos que no se dieron, los momentos felices que aparecen como cortos de una película en blanco y negro, se repiten a cada momento, unas veces me entristecen y otras me dicen que todo lo nuestro valió la pena, entre silencios largos y la soledad impuesta. Con su muerte me vi enfrentado a la paradoja de la finitud de la existencia, la cual trabaje en muchos textos académicos. Ahora, después de este hecho fatal, pienso que vivimos como si fuéramos eternos, se nos olvida que sólo existe el presente, no debiéramos seguir dándole tanta importancia al futuro, perdemos mucho tiempo entre aplazamientos, esperas, planificaciones. No hay que olvidar que nuestra finitud es la única certeza, nos define de manera absoluta.
En medio de citas médicas, al principio muy absurdas, me preguntaba, qué es el cáncer. Esta enfermedad  en la mayoría de los casos es hereditaria, pese a todos los avances de la ciencia, sigue teniendo un índice de mortalidad muy grande. Siempre me han interesado los temas científicos, soy muy curioso. La célula, que es un universo y es el componente principal de nuestro cuerpo, guarda todo el código genético y ahí están inscritas en lo absoluto las instrucciones de la vida. El cáncer puede empezar casi en cualquier lugar del cuerpo humano, el cual está formado de trillones de células. Normalmente, las células humanas crecen y se dividen para formar nuevas células a medida que el cuerpo las necesita. Cuando las células normales envejecen o se dañan, mueren, y células nuevas las remplazan. Sin embargo, en el cáncer, este proceso ordenado se descontrola. A medida que las células se hacen más y más anormales, las células viejas o dañadas sobreviven cuando deberían morir, y células nuevas se forman cuando no son necesarias. Estas células adicionales pueden dividirse sin interrupción y pueden formar masas que se llaman tumores. Muchos cánceres forman tumores sólidos, los cuales son masas de tejido. Los cánceres de la sangre, como las leucemias, en general no forman tumores sólidos. Los tumores cancerosos son malignos, lo que significa que se pueden extender a los tejidos cercanos o los pueden invadir. Además, al crecer estos tumores, algunas células cancerosas pueden desprenderse y moverse a lugares distantes del cuerpo por medio del sistema circulatorio o del sistema linfático y formar nuevos tumores lejos del tumor original. He visto y leído mil veces el proceso de descubrimiento del genoma humano. Esto parecía para mí la panacea de la ciencia en materia de salud. Incluso con Ana, vimos muchas veces programas de este tema con un entusiasmo total sin imaginar que se volvería de suma importancia para nosotros. Hay dos cosas que ahora me marcan. Casi todo el mundo, por estos tiempos, dice ser apolítico y no quiere saber nada de estos temas, que siempre lo tocan en todo caso, nada en la vida, ni siquiera la sexualidad escapa a su espectro. Cuando aparece una enfermedad de este tipo que requiere del sistema, el tema político aparece con todas sus implicaciones, constituye el eje que desde los hilos del poder maneja todo. Es un hecho, otros deciden por nosotros, uno se pregunta cuando el sistema de salud no funciona por ningún lado, en manos de quien estamos,  este tópico es imposible no tenerlo en cuenta cuando sus efectos nos tocan tanto. El otro punto que se suma a este cumulo, es el desconocimiento absoluto que tenemos de ciertas enfermedades que son un verdadero flagelo para la humanidad, una amenaza latente para cada uno de nosotros.
Ana Nació en Manizales, una ciudad Colombiana con condiciones muy especiales. Amaba su ciudad natal y era una fiel representante del talante de su gente. No lo digo como cumplido, es muy cierto. Esta es una ciudad joven y pese a eso, ha ganado un lugar muy importante en el país. Su gente por mucho tiempo vivió del café, durante muchos años fue el primer exportador de este producto, la actividad le dio mucha estabilidad y generó un desarrollo que estuvo por encima del promedio nacional, se formó una clase rica, privilegiada y preparada, que abrevaron condiciones muy particulares. Esta ciudad preferentemente es culta, muy educada en su trato, son amables por excelencia y con mucha cultura, se caracterizan por tener una autoestima enorme, está por encima de lo natural. Mi esposa es fiel representante de esta clase, fue sencilla, recatada y reservada en exceso. Fue una lectora consumada, de muy pocas amigas y absolutamente dedicada a sus hijos. Hasta hace poco, su condición de salud no despertaba ninguna alerta. Venía sintiendo desde hace dos años dolores muy fuertes. Los asimilaba a los problemas del Colon, los cuales la afectaban de vez en cuando desde muy joven, cuando le llegaba alguna crisis sufría mucho, se auto-medicaba y esperaba que le pasara el dolor, una vez lo mitigaba, no volvía a preocuparse.  Recuerdo que un día después de las vacaciones de julio del 2015, se paró de la cama muy temprano y me dijo intempestivamente…Cesar voy a pedir cita al médico…Eso me dejo impertérrito, sabía que algo grave le estaba pasando, para que ella cediera de esa manera, pues le había rogado hace un año por esa cita. Ana nunca fue infiel a sus rutinas, pero evitaba ir al médico, sí ahora lo consentía, era porque presentía cosas malucas. La conocí hace 19 años y sabía perfectamente su forma de ser pese a sus reservas en todo lo que hacía. Nosotros llevábamos 17 años de convivencia y tuvimos dos años y medio de novios, pese a las crisis que tuvimos, todas naturales, siempre fuimos unidos y solidarios, supimos guardar nuestras diferencias y con el tiempo nos conocimos tanto que superamos cada una de las cosas que nos incomodaban basados en el respeto por el otro, fue una especie de estrategia para sobrevivir a los embates que nos impone la convivencia. Puedo decir sin temor a equivocarme que nos amamos mucho.

He tratado desde muchas ópticas el tema de la muerte. Ahora recuerdo un libro que me marcó siendo muy joven: “El libro tibetano de la vida y la muerte”, desde el día del deceso de Ana, vivo preguntándome que puede pasar después de la muerte, he sido un escéptico frente a todo lo religioso, soy un positivista, agnóstico, con la muerte de mi esposa pareciera que hubiese hecho tabula rasa. Empece de nuevo a indagar lo que realmente sucede, el tema no es fácil, sobre todo cuando se está tan comprometido, pera no deja de ser cautivante…………..A mis hijos les hable del espíritu de una persona. En el caso de Ana, cada cosa que hacemos está marcado por su orden, su manera de pensar, nuestra casa fue ella, les enseñó a mis hijos, la concepción de la vida, la manera de comportarse, el respeto, la puntualidad que para ella era sagrada, estos son hoy su carta de navegación. Ana está aquí, respetamos todo lo que nos dejó para ser mejores, de hecho ahora frente a este legado somos categóricos, no transamos, en este sentido su presencia es viva y constructiva en medio del dolor de su ausencia. Todos los días la recordamos necesariamente.
Cuando alguien muere se dicen muchas cosas, las personas cercanas de pronto son más reflexivas de lo normal, sienten la necesidad de expresarse. Siempre medito sobre lo sucedido y al final logro comprender muy poco. Recuerdo su resistencia, los dolores eran muy fuertes y exponenciales, de pronto se impacientaba, a cada minuto sus ojos grandes interrogaban exhaustos por lo que le pasaba, veía impotente cómo iba perdiendo las esperanzas; me decía suplicante: los niños por favor, tengo que ser capaz. El cáncer no cede, sobre todo cuando está muy avanzado. Ahora entiendo eso que los médicos llaman: medicina paliativa. Que paradójico, la vida está lleno de paliativos, lo trascendente, aquello que nos apasiona lo vamos aplazando, vivimos entre placebos.






domingo, 21 de febrero de 2016

UMBERTO ECO

Lamento profundamente la muerte de este gran pensador Italiano, semiólogo de muchos quilates, novelista, ensayista, quien nos dejó una obra muy importante. Fue un hombre siempre de cuerpo presente en cada uno de los acontecimientos importantes del planeta, presto a realizar sus contribuciones intelectuales, frente a cualquier hecho que lo ameritara, listo para el debate por álgido que fuera, desde la óptica privilegiada de un libre-pensador a carta cabal. Su obra fue vasta y de un rigor absoluto. Conocí a Umberto primero como Semiólogo. No son fáciles los textos de este pensador, fue un científico riguroso, serio, estudioso. Sus libros son verdaderos tratados y los aportes a la semiotica fueron muchos, la popularizó, sobra reconocer la importancia para el lenguaje y las comunicaciones de esta ciencia,  está descontada, a la fecha de la publicación del " Tratado general de simiotica", la teoría de los signos era un tema absolutamente desconocido. Eco tuvo la virtud de popularizarla, pese a las dificultades de su comprensión.
A partir de estos libros: “Teoría general de la semiótica”, “Tratado de los signos”, comencé leer todo lo que publicara, incluyendo sus novelas, las satisfacciones fueron a granel, su erudición era asombrosa, fui encontrándome con escritor y pensador mayor, un verdadero estudioso de la sociedad desde una óptica muy particular, la del semiólogo: por esta vía estudio la belleza, el arte, la literatura, la filosofía, la estética en general, la política, el papel del intelectual en la sociedad, para tan sólo nombrar algunos tópicos. Eco era un erudito en el termino amplio de la palabra, nadie como él conocía la edad media.

Definitivamente la novela “En nombre de la rosa”, es para mí lo más grande, pese a los aportes de suma importancia de su obra ensayística, constituye el libro más emblemático de su producción, es una novela perfecta, encarretadora, erudita, con una estructura envidiable, una prosa ajustada al argumento de manera magistral, histórica……en fin, es una obra maestra. No queda más que leerlo, creo que esta semana se publicaría su último libro, pues nunca dejó de escribir y de estudiar. Quedan muy pocos humanistas con esta capacidad en el mundo. 

domingo, 7 de febrero de 2016

SOBRE POETAS Y ALGUNOS VERSOS

Donde están los poetas de hoy, como fungen en un mundo absolutamente visual, cuál es la situación de la poesía, cuando las editoriales han decidido proscribir las ediciones del genero por considerar que hoy nadie lo lee. Aun así, puedo afirmar categóricamente que esta sigue tan viva como siempre y en las actuales circunstancias, ha sabido resguardarse de tanta maldición. 
El periódico “El país” de España publicó un excelente artículo titulado “Poesía moderna para siempre “, escrito por Javier Rodríguez Marcos, que constituye al final un recorrido por los poetas hispanoamericanos contemporáneos desde el desciframiento de sus influencias, que para mi, siguen siendo las mismas: Rubén Darío, los poetas del parnaso Francés, la generación del 27, Vallejo, el gran Pablo Neruda, la poesía inglesa y Americana, trayendo a colación un número importante de poetas, una especie de antología, que nos viene como anillo al dedo, en tiempos en que la crítica rigurosa no existe.  
El primero que cita es José Manuel Caballero Bonald ( Jerez de la frontera ), este español, vivió tres años en Bogotá, ganó el premio Cervantes en el 2012, es un poeta mayor, consagrado, siempre he querido leer sus memorias, publicadas hace años, es un hecho que su poesía es una contribución a la reverberación de un genero desde un estilo muy particular, preciosista, me trae siempre a Cavafis. Este es uno de los poemas que más me gusta:

 Y tú me dices
que tienes los pechos rendidos de esperarme,
que te duelen los ojos de estar siempre vacíos de mi cuerpo,
que has perdido hasta el tacto de tus manos
de palpar esta ausencia por el aire,
que olvidas el tamaño caliente de mi boca.

Y tú me lo dices que sabes
que me hice sangre  en las palabras de repetir tu nombre,
de lastimar mis labios con la sed de tenerte,
de darle a mi memoria, registrándola a ciegas,
una nueva manera de rescatarte en vano
desde la soledad en la que tú me gritas
que sigues esperándome.

La siguiente poeta nombrada es María Victoria Atencia, Poeta andaluza, de largos silencios:

LLEGUE CUANDO UNA LUZ MURIENTE

Llegué cuando una luz muriente declinaba.
Emprendieron el vuelo los flamencos dejando
el lugar en su roja belleza insostenible.
Luego expuse mi cuerpo al aire. Descendía
hasta la orilla un suelo de dragones dormidos
entre plantas que crecen por mi recuerdo sólo.

Levanté con los dedos el cristal de las aguas,
contemplé su silencio y me adentré en mí misma.

Nos Trae  a Clara Janes, poeta de Barcelona; en una entrevista realizada en el mismo periódico Winsion Manrique Sabogal, la describe con absoluta lucidez: “Hasta llegar al romance actual con la ciencia. Su poesía es un átomo con tres electrones: lo terrenal-sensorial, lo místico-pasional y lo científico-racional. Tres fueron también los encuentros literarios que determinaron su rumbo: el hallazgo de santa Teresa de Jesús, en su niñez; la lectura de san Juan de la Cruz, en su juventud; y la experiencia de Vladimír Holan, en su adultez”:

SALÓN DE PASOS PERDIDOS
La tecnología carece de autoestima:
hierve con las preguntas,
le inquietan las señales
un par de ventanas más al norte.
 
Igual tu nombre, que borra las vocales
y no impide el divorcio de nuestras maletas.
Una estación, aperitivo, cinco días.  
Con las muñecas rotas
te estoy diciendo adiós.
 
Lus Garcia Montero, es un poeta joven, quien abrevo en todos los autores que emergieron en el debate filosófico de los 60, de mi gusto, a una pregunta sobre su primer libro responde: Ese año publiqué Y ahora ya eres el dueño del puente de Brooklyn. El libro era típico de universitario de la época: mucha novela negra, vanguardia, Lacan, Foucault y Althusser. Luego descubrimos a Antonio Machado y su noción de "nueva sentimentalidad", que defendía que los sentimientos no son eternos sino que tienen una historia.
Responde a una pregunta puntual de Javier Rodriguez Marcos:
¿Cómo se traduce eso en poesía?
R. Para mí la poesía es un punto de llegada, no de partida. Es la consecuencia de un proceso de reflexión moral, no una mera expresión de sentimientos. Nada hay más falso que la sinceridad espontánea. Bajo la supuesta espontaneidad suelen esconderse acríticamente valores que uno cree propios pero que son los de una sociedad homologada. Por eso creo que la poesía es un género de ficción, una construcción, un asunto de ciudadanos y no de héroes. Dejar la rebeldía a los héroes es una forma de renunciar a la rebeldía. No se trata de romper el lenguaje, sino de apropiárselo:

CABO SOUNION

Al pasar de los años,
¿qué sentiré leyendo estos poemas
de amor que ahora te escribo?
Me lo pregunto porque está desnuda
la historia de mi vida frente a mí,
en este amanecer de intimidad,
cuando la luz es inmediata y roja
y yo soy el que soy
y las palabras
conservan el calor del cuerpo que las dice.

Serán memoria y piel de mi presente
o sólo humillación, herida intacta.
Pero al correr del tiempo,
cuando dolor y dicha se agoten con nosotros,
quisiera que estos versos derrotados
tuviesen la emoción
y la tranquilidad de las ruinas clásicas.
Que la palabra siempre, sumergida en la hierba,
despunte con el cuerpo medio roto,
que el amor, como un friso desgastado,
conserve dignidad contra el azul del cielo
y que en el mármol frío de una pasión antigua
los viajeros románticos afirmen
el homenaje de su nombre,
al comprender la suerte tan frágil de vivir,
los ojos que acertaron a cruzarse
en la infinita soledad del tiempo.

El siguiente es Juan Antonio Gonzales Iglesias, nació en Salamanca, España, en 1964. Es doctor en Filología Clásica, completó en Florencia y en Parias su formación en teoría de la literatura y del arte. Traductor de Ovidio, dejemos que hable su poesía:



ELEGIA 2

No sé por qué no puse este amor en silencio
sobre tu piel como uma catenária de plata
que rodeara las tersas artérias de tu cuello.
No sé de mí siquiera si estaré tatuado
en los hondos momentos de tu melancolia.
No sé por qué me cuesta escribir que te quise
tanto que a veces lloro las letras de tu nombre,
que al recordarte siento el dolor verdadero
de lo irrecuperable. La tristeza infinita
de que tu el más radiante muchacho de la tierra
viniste desde lejos a dormir a mi lado,
te quitaste las ropas del verano con torpe
normalidad (tu cuerpo era más rubio y fuerte
de lo que yo soñara), y, mirándome puro
con aquellos dos ojos, cuyo color declaro
que se ha desvanecido de mi pobre memória,
en un sencillo anuncio de la noche inconsciente
“He traído un pijama de boxeador”, dijiste.

De America empieza con la poeta Guatemalteca Claribel Alegría, Ulises Huete en una entrevista alguna vez le preguntó:

P. ¿Qué significa para usted la poesía?

R. Como dice Pessoa: “Yo escribo poesía porque es mi manera de estar solo”. La poesía es mi mejor manera de dialogar conmigo, de la única manera que me puedo conocer un poco más.

ESE BESO
Ese beso de ayer
me abrió la puerta
y todos los recuerdos
que yo creí fantasmas
se levantaron tercos
a morderme.

QUE LASTIMA
Qué lástima que duermas
y se interrumpa el diálogo
y no sientas mi beso
en tus ojos cerrados.

Qué lástima tu infancia
así truncada,
ese tiempo sin tiempo
a medio abrir
por el que ya empezaba
a vislumbrarte.

Mañana todo habrá cambiado:
otra vez hablándonos
de lejos
desde nuestras esquivas
soledades.

Qué lástima
los signos de mi amor,
mis apretados círculos
de miedo
que no sé si entendiste.


En esta antología cita algunos poetas Colombianos, Empieza con Darío Jaramillo, de todo mi gusto, más poeta que narrador, un verso libre encantador, lleno de vuelo y ritmo, su poesía alucina. Recuerdo una novela que me encantó y que se sigue leyendo en todo el país: “La muerte del Alec”  y el libro: “Poemas de Amor”, otro fue “Cartas Cruzadas”, rompe todos esquemas, vuelve al genero pastoral.

POEMAS DE AMOR II

Podría perfectamente suprimirte de mi vida,
no contestar tus llamadas, no abrirte la puerta de la casa,
no pensarte, no desearte,
no buscarte en ningún lugar común y no volver a verte,
circular por calles por donde sé que no pasas,
eliminar de mi memoria cada instante que hemos compartido,
cada recuerdo de tu recuerdo,
olvidar tu cara hasta ser capaz de no reconocerte,
responder con evasivas cuando me pregunten por tí
y hacer como si no hubieras existido nunca.
Pero te amo.


APARICIONES

o son de carne o espíritu
tampoco son la confusa mezcla de ambas,
ni bestias ni ángeles
ni su desquiciado promedio.
Son destellos,
huecos de tiempo llenos de luz o sin ella,
galopes sobre la luna,
seres que invento y son mi vida,
entresiviones de un jardín sagrado,
formas de poesía,
milagros en metáfora de cuerpo,
metáfora incompleta sin tacto ni perfumes,
metáfora total, plenitud donde no existe el tiempo
donde no existen los efímeros tactos y perfumes que están dentro del tiempo.

De Piedad Bonnett, poeta Colombiana, lo he leído casi todo, sus poemas, sus novelas, sus artículos. Es una mujer totalmente dedicada a la literatura, sus poemas son de una factura especial, profundos, meditativos, con ritmo, un vuelo que toca las angustias de la vida desde la esclerótica de una sensibilidad que está por fuera de la mirada instrumental y mediata de estos tiempos. “Cenizas al viento fue su primer texto, publicado cuando tenía 39 años, en adelante serían muchos los títulos:  “El hilo de los días” (1995), “Ese animal triste” (1996) y “Todos los amantes son guerreros” (1997). En España se dio a conocer en 2003 con “Lo demás es silencio” (Hiperión), una amplia antología de su obra a la que siguieron las novelas, “Después de todo” (2001), “Para otros es el cielo” (2004) y “Siempre fue invierno” (2007), todas publicadas por Alfaguara. Al preguntarle cómo es su poesía en una entrevista al periódico el “País “de España respondió: Cuando se le pide que defina su poesía, Bonnett prefiere hablar más de intenciones que de resultados: "Intento que sea muy contenida". Y así es, sobria y seca, a veces narrativa, siempre clara. "Será por la edad que tengo", añade. De la edad, precisamente, trata en parte su nuevo libro, Las herencias (Visor). En él conviven los poemas familiares con una descarnada meditación sobre el amor: "Su belleza / era la de la luz de los cuchillos", dice. Y también: "alrededor del gozo vibra el miedo / pues la felicidad siempre husmea su muerte". Si para los clásicos, allí donde crece el peligro crece también lo que nos salva, para Piedad Bonnett es, es cierto sentido, lo contrario. No hay claridad sin sombra. Ni intuición sin reflexión. Ley sin asombro.

LA MUY PERRA


En ciertas ocasiones
la vida nos demanda mezquindad
Es -pareciera decirnos-
un acto de justicia
una manera sana
de respirar en medio del fastidio
de no ofrecer la otra mejilla
Pero
¿qué tal si optamos por la benevolencia
por ir limpios y ufanos
celestiales?
Innobles son los tratos que la vida propone
Escoge
-nos ladra la muy perra-
entre bilis negra y tu soberbia.

PRECISAMENTE


Mientras escribo este verso
millones y millones de seres respiran todavía en mi
viejo planeta.
prueba aquél una amenaza y descubre un gusano
entre su pulpa.
Una mujer escribe una carta y solloza.
Abre la tierra este otro con sus manos, y transpira y no piensa.
Y en una esquina una muchacha espera a un hombre
que no llega.
Miles de hombres y mujeres abren sus ojos y recuerdan su cuerpo y sus tareas.
Cientos de esófagos, de glándulas, de hígados, hacen su inocente trabajo
y el amoer resicita caricias a un millón por segundo
y alguien se juzga felíz
y un hombre compra una cuerda y la cuelga
del árbol que en su patio florece.
Tosen, cantan, defecan, multiplican, parten su pan, aceitan su paciencia,
bufan, escupen, besan, timan a su vecio,
mienten, mienten y ríen, mienten sinceramente y apuñalan
o leen un poema,




Oscar Han, es un poeta Chileno,  nació en una población al norte, como la mayoría de poeta mayores de su país, es un creador completo, cuidadoso, en sus poemas, se decanta el profesor de literatura de muchos años, la interxtualidad, escritos con la angustia de un existencialismo tardio, lo fatal de un hombre que conoce el exilio, los avatares de la dictadura. Fue premio nacional de poesía en el 2012. He aquí alguna muestra de su grandeza:


Cafiche de la muerte

Cómo carne de cóndores hirvientes
o de tordos quemados como cresta
del rojo al negro se cambió la fiesta
y en silencio se fueron los clientes.
Se nos vació no más todo el prostíbulo
se vaciaron las camas y los bares
y todas las que estábamos de a pares
sollozamos de a una en el vestíbulo.
Por el pasillo viene la señora
siempre tan maternal siempre a la hora
con su taza de té y un trago fuerte.
Para qué te moriste desgraciado.
Mira mi pobre cuarto desolado
tipo traidor: cafiche de la muerte.


En una estación del metro

Desventurados los que divisaron 
a una muchacha en el Metro 

y se enamoraron de golpe 
y la siguieron enloquecidos 

y la perdieron para siempre entre la multitud 

Porque ellos serán condenados 
a vagar sin rumbo por la estaciones 

y a llorar con las canciones de amor 
que los músicos ambulantes entonan en los túneles 

Y quizás el amor no es más que eso: 

una mujer o un hombre que desciende de un carro 
en cualquier estación del Metro 

y resplandece unos segundos 
y se pierde en la noche sin nombre


En una próxima entrega terminare con poetas Argentinos y del sur, algunos poetas de Cuba, este es un ejercicio personal, de hecho la poesía hace parte sustancial de mi existencia, ahora más que nunca.











sábado, 30 de enero de 2016

ANDRES FELIPE SOLANO PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

Este premio es nuevo en Colombia y cada año gana más importancia. Pese a la seriedad de las personas que están alrededor del mismo, sigo desconfiando de los premios literarios, pese a decisiones tan acertadas como la presente. En todo caso estas convocatorias, si es que la hubo o sí se escogió el ganador del espectro de novelas  publicadas en un periodo determinado,  para el caso las del 2015, generan una reverberación que contribuye a la divulgación de las mismas, al reconocimiento de los autores y por su puesto atrae lectores y estudios.
Este escritor pese a dos libros de ficción publicados es un cronista puro, nacido a pulso en los entreveros del periodismo Colombiano atreviéndose a hacer cosas inconcebibles hasta ahora en nuestra tradición periodística. La más conocido e importante es la publicada por la revista “SOHO”: Seis meses con un salario mínimo”, que fue no solo una idea su generéis ( De la revista, para la cual hizo una convocatoria), sino un producto absolutamente innovador, por lo menos para el país y en manos de Solano resultó no solamente bien escrito, sino absolutamente encarretador. De su lectura se decanta que este hombre abrevo en los mejor del periodismo americano, Talase, para citar uno y que se le metió a la boca el lobo, trascendiendo con mucha fuerza.
Andrés después de esta publicación escribió varias crónicas de este tipo  y según él, agotada la experiencia, en un intento de hacer otra cosa distinta, por otra convocatorio resulto en Corea, en una de esas tareas extrañas que este hombre asume. Allí conoce su actual esposa, Soojeong Yi y de la misma nace el libro ganador del premio nacional de literatura: “Corea: apuntes desde la cuerda floja”
Quiero transcribir una entrevista hecha para el periódico " El Espectador" de Colombia realizada por la periodista Juana Restrepo a propósito del premio y dejar a mis lectores la crónica sobre el salario mínimo que  lo hizo tan famoso:
Hablemos de periodismo y literatura. ¿Qué pasa ahí?, ¿se puede ser escritor de narrativa y periodista a la vez?
Esta cuestión jamás me ha generado ningún dilema grande porque puedo hacer las dos cosas a la vez. Es sencillo para mí: soy escritor y a veces escribo ficción y otras no ficción. Hace poco en una entrevista, la periodista con la que hablé no podía entender que yo no me decidiera por alguno de los dos caminos. Creo que los dos son posibles, por lo menos, en mi caso:

Han pasado algunos años desde que publicó su primera novela. ¿Se siente un escritor distinto al de “Sálvame, Joe Louis” y “Los hermanos Cuervo”?
Me siento distinto en la medida en que la primera novela era mucho más autobiográfica y revelaba lo que yo había vivido en las salas de redacción. La segunda tiene un poco de este reflejo de mi vida en la primera parte de Los hermanos Cuervo, mientras que la tercera novela, que estoy escribiendo actualmente, es la historia de un personaje ajeno a mí, con vida propia, en donde yo ya no estoy tan presente. Con los años creo que eso se va decantando.
Hace poco la escritora Leila Guerriero participó en la reedición de su crónica Salario Mínimo. Vivir con nada y también en el libro Corea: apuntes desde la cuerda floja. ¿Cómo ha sido trabajar con ella?Háblenos un poco sobre su libro “Corea: apuntes desde la cuerda floja”. Al leerlo se siente como si la posibilidad de ser un observador externo de su propia vida le ayudara a emprender cada día una búsqueda. ¿De alguna manera lo salvó del aburrimiento?
Sí, fue una especie de salvavidas porque ocupó mi cabeza en ese momento crítico en que llegué a Seúl con dos maletas y sin trabajo. Pero más que salvarme del aburrimiento, creo que fue un laboratorio intenso para entender y ahondar en muchas cosas de mi vida: mi relación con la escritura, con la nueva ciudad donde estaba, con Colombia, con mi esposa.
¿Tiene una rutina de escritura? En el caso de la creación de estos apuntes, ¿cómo fue el proceso?
En el caso de estos apuntes no hubo una rutina muy definida cuando los escribí; los podía ir haciendo en el momento o cuando tenía algún pensamiento o emoción inmediata. Sin embargo, la edición sí la realizaba de 9 a.m. a 12:30 p.m. y volvía otras tres horas en las tardes. Recorté todos los apuntes para tenerlos a la vista y decidí darles una estructura: invierno, primavera, verano y otoño. Fui organizándolos para darles cierto orden narrativo.
En el caso de la novela en la que trabajo actualmente, escribo también en la mañana, paro para prepararme un almuerzo ligero y comienzo de nuevo a escribir en la tarde.
Su libro nos recuerda un poco a la figura del judío errante; se debate entre ese lugar al que extraña y al que, tal vez, no quiere volver, como si no encontrara su lugar en el mundo o no lo quisiera encontrar… ¿Cómo logra esa agudeza a la hora de narrar la cotidianidad?
Esas razones las podría dar quien me lea. Lo que creo es que el periodismo me ayudó a desarrollar una mayor destreza para observar, porque por lo general los personajes a quien uno entrevista hablan poco. Lo que más me interesa de ellos es su manera de moverse, los gestos o los objetos en sus casas. De ahí logro extraer lo que quiero contar. Por eso creo que observar es una destreza que se ejercita en el periodismo. También puede que sea algo mío, intrínseco, con lo que nací.
Dentro del libro de apuntes usted relata la anécdota del tendero paquistaní al que va a reclamarle por devolverle mal el cambio y él le entrega el dinero con una sonrisa. Eso de alguna manera lo desconcierta; usted buscaba acción, discusión. ¿Es muy frecuente en usted esa necesidad de desaburrirse?¿Cree que la literatura es un tipo de autodestrucción, como afirma en su referencia a “Los anillos de Saturno” de W.G. Sebald?
Creo que sí, hay momentos en que la escritura es como un gran buda gordo y grande que te pide más y más. Nunca es suficiente. Yo creo que eso te puede destruir. Sin embargo, en este momento todo está tranquilo, creo que estoy contento con lo que hago. Bueno, es que acabo de terminar la reedición de Salario mínimo. Vivir con nada, escribí una crónica sobre la frontera de las dos Coreas y estoy con mi tercera novela, así que escribiendo ese buda no me asusta. Sin embargo, uno nunca sabe cuándo vuelva y lo arrastre.
Creo que escribir también es, aunque no quisiera usar una palabra tan católica, una especie de apostolado, un llamado. Un llamado de ultratumba.
En el libro usted narra el momento en que ante un grupo de personas afirma que su escritura es de tinte autobiográfico, pero podríamos decir que también tiende hacia la autoficción. ¿Cómo define su escritura?
No me gustan las etiquetas. No sé qué libros quiero escribir por ahora. Lo que sí he visto es que en algunos de mis libros hay rasgos de novela negra y también algunos elementos autobiográficos. Hace poco publicaron un cuento mío en la revista Granta en Japón y un crítico norteamericano hizo una reseña. Me dio mucha risa porque este crítico decía que lo que yo escribía era “noir existencialista” y a mí y a mi esposa nos causó mucha gracia. No lo sé, pero, claro, ese nombre me dejó pensando. Algo de novela negra sí tengo, hay mucho del escritor Rubem Fonseca en mi escritura.
En estos apuntes narra la historia de un escritor que fue muy pobre en su infancia y a quien la pobreza persigue aún ahora que ha conseguido éxito y dinero, lo llama su perro flaco. ¿Cuál considera que es su perro flaco?
Curiosamente ese escritor ha tenido muchísimo éxito con su libro. Y sí, la pobreza era el tema que lo perseguía. En mi caso es muy difícil decirles cuál es mi perro flaco, aunque en el fondo lo sé. Es la pregunta de mi vida, de la de todos. Un tema que por supuesto se llega a cruzar en mi literatura.
Cecilia es un personaje que también nos emociona durante el libro, nos quedamos con las ganas de saber cuál fue su reacción al tener este libro entre sus manos.
Cecilia lee todas mis novelas; le gusta ese género y siempre está muy pendiente de lo que le cuento sobre mis avances en cada una de ellas. De este libro de apuntes leyó unos pocos, pero no todo el libro, porque no le interesaba. Ella vive conmigo y seguramente ya sabe todo lo que está escrito ahí, no creo que quiera leer más de lo mismo (risas).
Pensando en su relación con Cecilia, en la que hay una distancia cultural y de idioma, ¿cree que, a pesar de los años juntos, esta distancia siempre existirá? Hagamos la analogía con las traducciones: a pesar de que se traduzca una obra tantas veces, ¿habrá siempre algo que se pierde?
Seguramente sí, siempre habrá algo que se pierda, como en las traducciones, pero también algo que se gana. En nuestro caso, las peleas pueden ser muchas, menos por esa razón. Y eso está muy bien. Hemos ganado algo precioso que es el silencio.
Una pregunta ineludible, ahora que está temporalmente en España, ¿cuál es su perspectiva sobre las dos Coreas?
Justo publiqué hace poco una crónica sobre mi visita a tres puntos de la frontera entre las dos Coreas, que da cuenta de la tensión entre ambas, pero así como les pasa a los propios surcoreanos, yo también solo puedo leer las especulaciones sobre lo que sucede en Corea del Norte. No hay certeza de nada. En esa medida es un país sobre el que se vuelca la imaginación enrevesada de mucha gente. Es de verdad una incógnita, un hoyo negro.
En el libro habla del escritor como traductor, una persona que planea vivir ciertas situaciones para luego plasmarlas. ¿Podría ampliarnos más esta idea?
En realidad apunta a algo que he pensado: el escritor como traductor de las experiencias de sí mismo. El escritor como doble que interpreta lo que otro, él mismo, ha vivido. En ese proceso, como pasa cuando se traduce un texto de una lengua a otra, muchas cosas se pierden, otras se alteran, otras tantas no tienen sentido y hay que buscarles uno nuevo. Pero, finalmente, creo que todo esto apunta a esa famosa frase: “el traductor como traidor”. Así, el objetivo final del escritor es traicionar a su propio yo.
El escritor egipcio Albert Cossery es un autor que lo marcó. ¿Podría nombrarnos a otros?
Cossery me marcó, sobre todo, por lo que pasó cuando visité el pequeño hotel en París donde vivió muchos años y ese autoexilio tan radical que se impuso, pero aparte de él, en los últimos tiempos han ido entrando a mi vida con mucha fuerza los libros de Denis Johnson, un escritor norteamericano que debe estar en sus sesenta y pico de años. Quizás también Robert Stone a través de un libro que se titula Dog soldiers. Y bueno, la vieja presencia de Onetti y Rubem Fonseca sigue intacta.
¿Sobre qué trata su tercera novela? En “Corea: apuntes desde la cuerda floja” habla mucho del personaje que tiene en mente…
Sí, es sobre un surcoreano que llega a Colombia como profesor de taekwondo y también sobre un colombiano veterano de la guerra de Corea que se va a Corea del Sur a buscar a una persona. Por ahora no puedo adelantarles mucho más…
Por último, ¿aún piensa en Medellín?, ¿en su familia de allí?
Sí, claro. Va a sonar cursi, pero hace tres meses fue la última vez que estuve allí y siempre que voy, algo se me remueve. Son muchas cosas, pensé que con los años esa sensación cambiaría, pero no. A mi familia, con la que conviví durante esos seis meses, la visito cada vez que puedo, aunque voy por pocos días. Es muy difícil de explicar, pero allá revivo todo, a veces pienso en volver a ver a algunos de los compañeros de la fábrica donde trabajé, pero no lo hago porque sería muy extraño.
La verdad, no volví a ser el mismo después de esa crónica: cuando volví a Bogotá no sentí que engranara ya en la ciudad. Me salió un trabajo bueno en una revista, pero no cabía en ese papel de periodista de escritorio. Me estaba comenzando a deprimir cuando me salió una residencia literaria en Corea del Sur y fue la oportunidad perfecta para irme[1].


SEIS MESES CON EL SALARIO MÍNIMO

CAPÍTULO I

1

Al partir en este viaje, mis votos son los de un monje: pobreza y castidad. He decidido vivir seis meses en Medellín con el salario mínimo y no sé cuál será mi casa, si tendré amigos, si un día me acostaré con una mujer. Mis únicas certezas son un número de teléfono y un puesto como bodeguero, que he conseguido a través de un conocido en una empresa de confección infantil llamada Tutto Colore. Repito el nombre en voz alta y con un falso acento italiano: Tu-tto Co-lo-re, una ironía si pienso en la monocromática vida que me espera como operario de una fábrica. Además de mi ropa, en la maleta llevo varios tubos de crema dental y pastillas de jabón, tres desodorantes y dos cepillos de dientes. Es la única trampa que voy a hacer. Los artículos de aseo son lo más costoso de la canasta familiar: en ellos me he gastado unos setenta mil pesos, casi una sexta parte de lo que voy a ganar al mes. En la billetera tengo un calendario de bolsillo para tachar los días en que viviré como un honesto impostor: serán seis meses de ser lo que no soy y de saber lo que puedo llegar a ser.
Ya llevo un día en Medellín. Sentado en un bar del centro de la ciudad, recorro los clasificados del diario El Colombiano para buscar una pieza donde dormir. He encerrado en un círculo unas cuantas habitaciones en lugares que reconozco por libros y guías que leí antes de venir aquí. El clima primaveral que anuncian los folletos es mentira: un termómetro en la pared marca 32 grados, pero estoy contento de no tener que llevar puesta una chaqueta. Podrá sonar ingenuo, pero elegí Medellín porque creo que pasar necesidades en un clima más amable será menos complicado. Siempre he querido vivir en Buenos Aires y quizás ahora mi sueño por fin se cumpla: hay algunas pensiones para hombres solteros situadas en el barrio que lleva por nombre la capital de Argentina. Elijo otro par en Aranjuez y Manrique, unos barrios obreros fundados en la primera mitad del siglo pasado, esa etapa de esplendor de la industria textil. Es como si tirara los dados sobre el periódico.
No sé qué resultará de mi elección. Pero el dinero manda y mi criterio es simple: ganaré 484.500 pesos, incluido el subsidio de transporte, así que según mis cuentas no puedo gastar más de 150.000 por mes en el arriendo. El resto de mi sueldo lo destinaré para los buses y la comida. ¿Me sobrará dinero? ¿Unos 120.000 pesos para darme gustos los fines de semana? Algún helado, las cervezas, una película, una discoteca, la vida. El lujo de ser un soltero sin hijos que gana el sueldo mínimo y no tiene la obligación de enviarle dinero a su madre.
No sobran posibilidades para elegir un cuarto barato en Medellín. Estuve muy cerca de mudarme a una habitación de siete metros cuadrados y paredes descascaradas en el barrio Manrique Central. Tenía una cocineta a medio terminar y un baño sin cortina. El antiguo inquilino se había llevado los bombillos, pero en retribución dejó una revista pornográfica y una olla ahumada. Al frente del cuarto, en un patio interior, quedaba un lavadero de cemento donde los habitantes de la pensión, hombres solos, refregaban su ropa sucia y la colgaban en un alambre retorcido. Sobre el patio daba sombra un bonito samán, muy viejo, a juzgar por las enredaderas que lo cubrían. El árbol fue lo único que no encontré amenazador. El hombre que me mostró el cuarto, un tipo flaco que me recibió en chancletas y sin camisa, me dijo que el teléfono público del pasillo no servía porque lo dañaron al querer sacarle las monedas: "Es que la gente no respeta. No vaya a dejar la ropa colgada durante la noche. De pronto no la encuentra al otro día", insistió.
No me ilusionaba tener que golpear puerta por puerta preguntando por mis calzoncillos. Su sinceridad bastó para que me decidiera a usar el número telefónico que tenía anotado en un papel. Me lo había dado un periodista al que le había contado sobre esta mudanza. Llamé y así fue como apareció en mi vida una mujer que trabajaba en la alcaldía de Envigado. En menos de dos horas me consiguió una habitación en la casa de su mejor amiga, en el barrio Santa Inés, al nororiente de la ciudad. Hasta el 2000, la comuna tres, donde me quedaría, había concentrado la mayoría de bandas de Medellín en su etapa más sangrienta, entre ellas La Terraza, que llegó a dar empleo a unos tres mil sicarios. No sé muy bien por qué, pero algo me decía que ahí, en ese barrio popular que fue campo de guerra, encontraría lo que estaba buscando. Sin pensarlo dos veces, al día siguiente me mudé a ese lugar.
2
He empezado a vivir con tres desconocidos en una casa donde las habitaciones no tienen puerta. Un velo de tela separa mi cuarto del comedor y de una cocina que me tiene deslumbrado: es de metal, vidrio y madera y parece que la hubieran arrancado de un apartamento de estrato seis para empotrarla en un lugar, que, según un recibo de servicios públicos que vi sobre la nevera, es del estrato dos. Pregunté cuánto había costado y uno de los aún desconocidos, una mujer de un metro cincuenta y hablar dulce, me dijo que dos millones de pesos. Los cuartos de la casa no tienen puertas, pero los Carrasquilla, mis anfitriones, poseen una de las cocinas más caras de este barrio que lleva el nombre de una santa.
Hay que reparar en los nombres, a veces el secreto está en ellos. ¿Quien bautizó el barrio sabía acaso que la santa había sido mártir? Dicen que Inés fue juzgada por rechazar un pretendiente noble y sentenciada a vivir en un prostíbulo, donde permaneció virgen gracias a varios milagros. De acuerdo con las Actas de su martirio, aunque fue expuesta desnuda, los cabellos le crecían de manera que tapaban su cuerpo. El único hombre que intentó desvirgarla quedó ciego. Pero Santa Inés lo curó a través de sus plegarias. Luego fue condenada a muerte y decapitada.
La primera noche pegué un mapa de Medellín en una de las paredes de mi cuarto. Antes había revisado allí cómo funcionaba un televisor de perilla y verificado la dureza de mi cama. Ambas cosas iban a ser definitivas en mi nueva vida. Lugares comunes como un televisor y una cama entrañan verdades más profundas de las que uno solo se entera por el paso del tiempo y la experiencia. Lo confirmaría días después cuando sintiera qué significaba trabajar diez horas al día en una fábrica de ropa. Quién sabe si, cuando vuelva a esa casa, mi único deseo será desparramarme en el colchón para ver un programa de televisión sobre casas de campo en Gales.
Don Guillermo Carrasquilla, el dueño de casa, había fabricado el clóset de madera donde colgué las cuatro camisas y los tres pantalones que había traído desde Bogotá. Esa primera noche acomodé en un rincón mis dos pares de zapatos y unas chanclas y me senté por unos minutos en la cama a ver el punto exacto del mapa donde estaba mi nueva casa. Lo había señalado con una estrella mientras doña Lucero Carrasquilla, esa mujer de hablar dulce que es la esposa de don Guillermo, me preguntaba si tenía algún gusto culinario especial. "Fríjoles, me gustan los fríjoles", le respondí sonriente. No esperaba que alguien se preocupara a tal punto por mi comida.
De un modo extraño, mi cuarto se ha vuelto una mala clase de geografía. El mapa sobre la pared muestra los casi 250 barrios urbanos oficiales que tiene la ciudad. Por sus nombres puedo decir que me agradan Moscú No 2, La Frontera, La Avanzada, Caribe, La Pilarica, La Mansión, Ferrini, Castropol y El Corazón. Según los cartógrafos, la ciudad se acaba unas veinte cuadras al oriente de donde estoy. Más allá aparece una gran superficie verde, el pico de la montaña sobre la que fue construida Santa Inés durante los años setenta, justo cuando un código de construcción decretó la discriminación social en la ciudad. Así, El Poblado, el barrio donde terminaron asentándose los adinerados de Medellín, sería una zona residencial de baja densidad, con lotes por vivienda de 1.200 metros cuadrados; mientras que aquí, en el nororiente, las casas tendrían solo 90 metros. He subido a la terraza de esta casa que alguna vez tuvo las paredes de ladrillo desnudo y el piso de cemento —la de enfrente todavía los tiene— para comprobar si el verde del mapa existe a la vista, pero desde allí no se ve. O está muy lejos. Antes se divisa una hilera de ranchos fabricados en madera y zinc, como los quince que este año fueron sepultados por un alud de tierra a causa del invierno. En realidad pudieron haber sido treinta mil las viviendas destruidas, que es el número de casas ubicadas en zonas de alto riesgo de deslizamiento en Medellín y que, por supuesto, no aparecen en mi mapa.
Al regresar de la terraza, decepcionado de las discrepancias entre los cartógrafos y la realidad, paso a la lección de matemáticas. Hago cuentas en la calculadora de mi teléfono, un celular prepago que traje para que me pueda encontrar mi familia. Estoy acostado sobre mi nueva cama, en la que mis pies sobresalen unos cinco centímetros. Por la pieza acordé pagar 250.000 pesos, unos 100 más de lo presupuestado en un principio. Pero este precio incluye tres comidas diarias y la lavada y planchada de la ropa. En verdad es una ganga. Debo tomar cuatro buses al día para ir y volver del trabajo, a 1.100 pesos cada uno, lo que significa que me gastaré 88.000 pesos en transporte. Tendría que vivir más cerca de la fábrica para tomar solo un bus, pero ya es muy tarde para esta clase de contemplaciones. Los descuentos de mi salario por salud serán de 8.674 pesos y por pensión 8.414. Dios, los números me desesperan. Siempre he preferido las letras. Empiezo a pulsar las diminutas teclas de mi teléfono con temblor. Si quito todo eso de los 484.500 que tengo derecho por trabajar casi cincuenta horas a la semana, me sobran 129.412 pesos. Mi cálculo inicial no estaba tan lejano. Y ahora, la gran división, el conejo que sale del sombrero: al día tendría libres 4.313 pesos. Pienso entonces en la templanza, en los espartanos, en los estoicos.
Los Carrasquilla, esos tres desconocidos a quienes he invadido en su casa, se corresponden como las piezas de un rompecabezas. Son una pareja de esposos, él de cincuenta y pocos; ella de cuarenta y tantos, más segunda hija, una veinteañera pelirroja y de andar huracanado. En la sala de su casa hay una mesita con fotos de la familia. En uno de los retratos, ya descolorido, don Guillermo Carrasquilla lleva una melena y unos pantalones de bota ancha que nunca habría adivinado en él. Un domingo, cuando lo saludé por primera vez, me intimidó su pinta de cantante de boleros: ese bigote recortado, su corte de pelo y peinado perfectos, el aplomo de quien va a recitar una copla o a dar un discurso fúnebre, y esas manos endurecidas de maestro albañil. A su lado, en aquella fotografía, Lucero Carrasquilla llevaba un vestido de flores y tacones altos. Aún así le llegaba al hombro a su marido. En otra foto, aparecen sus tres nietos en la piscina que les infla el abuelo durante los días de sol para jugar en la terraza. Ese altar familiar lo acaban de componer unos retratos en blanco y negro de familiares muertos y, en el centro, en un marco dorado, varias veces más grande que los demás, sonríe Astrid Carrasquilla el día en que cumplió los quince años. De Farley y Lili, sus otros dos hijos, no hay ningún recuerdo sobre esa mesa de centro.
Tres noches después de mi mudanza, doña Lucero Carrasquilla dejó de ser una extraña para mí. Antes de irse a dormir descorrió el velo de mi cuarto y se despidió con una frase que me acompañaría el resto de mis días en esta casa. "Mi niño, que la virgen me lo bendiga". De su hija menor me hice amigo desde el primer fin de semana. Sentados sobre la cama de su cuarto, ante su diploma de la Universidad de Antioquia y una colección de collares que alimentan su vanidad, Astrid me invitó a beber una botella de tequila. Se había graduado de comunicadora social gracias a una beca. Siete tragos después, hizo sonar en el computador una veintena de canciones de salsa que jamás había oído. Mi nueva amiga cantó una a una las canciones, paladeando un despecho amoroso que la envolvía por esos días y yo la acompañé en los coros. Fue ella quien me hizo adicto a Latina Stereo, esa emisora de salsa de Medellín que transmite las 24 horas y que me acompañaría en mi cuarto cada domingo. A don Guillermo Carrasquilla me tomó más tiempo conocerlo. El señor con pinta de cantante de boleros se ausentaba con frecuencia de la casa. A menudo, le encargaban remodelar fincas en pueblos de las afueras de Medellín, como Santa Fe de Antioquia, La Ceja y Guatapé. A veces, el maestro de obra estaba hasta una semana fuera. Pero estoy seguro de que fue él quien puso una foto mía en la mesita de la sala al mes de haberme recibido en su hogar.
3
Dos meses después, ya no me siento más un intruso en el barrio ni un incómodo forastero. Lo supe cuando el Tigrillo, un hombre joven en el que no riñen unas gafas de varias dioptrías y unos tenis de jugador de básquet profesional, y que cada día empieza su jornada con un tinto y un cigarrito de marihuana, me apretó la mano con firmeza un lunes a las 6:05 de la mañana. A esa hora, a dos cuadras de mi casa, tomo el taxi colectivo que me llevará al centro de Medellín. Todos los días me bajo en el parque San Antonio y hago fila en un paradero para subir al bus que me conducirá a Guayabal, la zona donde queda mi fábrica. Suelo marcar mi tarjeta a las 6:45 a.m. Recién cuando había cumplido dos meses con la misma rutina de irme a trabajar, me saludó con un firme apretón de manos un personaje del barrio famoso por repartir orden y justicia: cada mañana, el Tigrillo organiza con disciplina marcial la fila para tomar un taxi colectivo que está prohibido por el código de tránsito de la ciudad. En él se suben cuatro personas por turno. Es más rápido que el bus pero vale doscientos pesos más que él y, a esa hora, corro el riesgo de llegar tarde y que me descuenten.
Debo cuidar cada peso de mi quincena. No había calculado en mis cuentas del principio esos doscientos pesos extras. Son cuatro mil pesos con los que ya no cuento. Cuatro mil pesos = tres cervezas y un paquete de cigarrillos menos. En las noches, después de que doña Lucero Carrasquilla me sirve la comida, suelo subir a la terraza a fumar. Fumo a solas mis Soberanos, a manera de oración. Son unos cigarrillos nacionales con olor a vainilla que se consiguen en una cigarrería del parque Bolívar, en pleno centro de Medellín. En diagonal a la cigarrería está La Góndola, el restaurante más barato de la ciudad. Un almuerzo con sopa, un plato de fríjoles con carne, pollo o cerdo y mazamorra vale allí 2.600 pesos, lo que cuesta un pastel de pollo y una gaseosa en cualquier otra parte. Si no me hubiera mudado a casa de los Carrasquilla, los fines de semana los pasaría en La Góndola, llenándome la panza con sopa de pasta y arroz.
Luego de esa bienvenida oficial del Tigrillo, sentí más confianza y empecé a caminar con soltura por las calles de Santa Inés, un barrio en el que a mediados de la década de los noventa las bandas habían decretado un toque de queda a las seis de la tarde. Quien se decidía a violarlo era porque no estaba contento con su vida. Una década después, no tengo que temer por la mía. Puedo ir en paz a comprar una bolsa de crispetas con caramelo en la tienda de la esquina o bajar tres cuadras hasta la cancha de fútbol del barrio a ver la clase de aeróbicos de los miércoles. Esa es una de mis nuevas alegrías. Ver a las vecinas hacer complicadas coreografías al ritmo de Madonna.
4
Una mañana, tres meses después de mi llegada, doña Lucero Carrasquilla me pide que la acompañe a buscar el chicharrón para el almuerzo. Hoy no es un día cualquiera: es un domingo de clásico futbolero entre el Atlético y el Deportivo Independiente de Medellín. Desde las escaleras de la casa alcanzo a ver una camioneta con vidrios oscuros y una bandera del Independiente amarrada al techo. El auto pasa muy despacio, casi desafiante, frente a cuatro jóvenes recostados sobre un muro que tiene una imagen de Andrés Escobar, el sitio de reunión de los hinchas de la camiseta verde antes de los partidos. El conductor baja la ventanilla y les dice algo. La escena es un cruce de insultos. Uno de los jóvenes le da un manotazo a la puerta del conductor. Por un segundo, siento que va a estallar una pelea, pero la camioneta se despide con un chillar de llantas y todo queda en groserías destempladas. Aunque matar parece haber dejado de ser la manera de resolver los problemas en Medellín, la tensión de épocas anteriores sobrevive cuando los equipos de fútbol de la ciudad se vuelven a ver las caras. Por fortuna llevo puesta una camiseta amarilla. Soy neutral.
Volteamos a la altura del rosal de la esquina, uno de los pocos jardines del barrio, y mi madre putativa retrocede para esconderse detrás de mí. Me toma la mano con firmeza, como si estuviera agarrando por el borde la estampita de San Judas, el responsable de protegerla de todo mal y peligro. "Mirálo, yo creo que es el diablo", me dice señalando a un hombre canoso. Está sentado en una silla de metal, mirando cómo un perro callejero roe un hueso todavía sangriento que robó de la carnicería a donde vamos. Era don Roberto Correa. Me hablaba de él como del diablo y uno esperaba voltear y ver a un tipo ceñudo y de ojos rojos, tal vez con un revólver al cinto, listo para matarte con una sola mirada. Pero allí solo estaba un viejo sin nada que hacer. Correa fue el general de la pandilla que diez años atrás había desafiado a la banda La Terraza. Había sido el Padrino de mi cuadra, el maligno de dos manzanas a la redonda, el señor de las tinieblas local.
En un instante, La Terraza tuvo el poder de alzarse contra Diego Murillo Bejarano, alias Don Berna, el hombre que había recogido los hilos de Pablo Escobar. La banda, hoy desarticulada, tenía su cuartel a tres cuadras de la que ahora es mi casa. En uno de los enfrentamientos con Los Chiches —la banda de Correa e hijos— uno de los pandilleros heridos trató de buscar refugio en la panadería que por esa época tenía don Guillermo Carrasquilla. "No lo dejé entrar. Suena cruel pero si lo hubiera hecho me habría ganado a la otra pandilla en contra. Así le pasó a un primo, a quien le pusieron un petardo en la licorera", me dijo un día frente a un plato de morcilla, en medio de una borrachera en ascenso. Era el cumpleaños de su esposa y Astrid le trajo una serenata de mariachis de regalo. Su hija tiene bien merecido su podio entre las fotos familiares. Un año antes le había regalado la cocina a su madre y la semana pasada pagó para que alguien le cantara Un mundo raro y otra docena de rancheras. El trabajo de Astrid en la Universidad de Antioquia parecía haber conjurado para siempre la pobreza de los Carrasquilla.
La noche en que su padre me contaba esa historia, la festejada, cubierta de confeti en el pelo, terció en la conversación: "Negrito, ¿y se acuerda cuando se nos metió ese muchacho con una esquirla en el cuello?". Ese muchacho, al parecer, había llegado hasta la ventana donde estábamos parados. "No decía nada. Le brotaba sangre a chorros, estaba pálido el pobrecito, dio vueltas y después salió como si nada". Lucero Carrasquilla lo contaba horrorizada, como si tuviera que trapear de nuevo el charco rojo que dejó ese hombre. Un pedazo de guerra que había parido el narcotráfico y continuado las milicias, los paramilitares y las bandas también tuvo lugar en la sala de esta casa y en la del frente. La casa en diagonal a la nuestra sirvió de trinchera en varios tiroteos. Pero esta mañana de domingo, luego de ver a Roberto Correa, el ex jefe de una de las bandas de Medellín, casi siento lástima por él: arrastró a sus hijos a la guerra y al final ni siquiera supo quién los mató. Si eran paras, guerrilleros o narcos, quién sabe. Hoy Correa vive sus días en un exilio interior del que, en este instante, lo rescata un perro al que ahora amenaza con un puntapié. Mientras, en busca del chicharrón y ya en la cola de la carnicería, Lucero Carrasquilla hace valer su lugar. El mismo dueño le entrega su pedido: lo viene haciendo desde hace treinta años. Su familia y la de los Carrasquilla llegaron a Santa Inés con semanas de diferencia. La de ella venía de Barbosa y la de él de Sopetrán, un pueblo frutero del que cada fin de semana salían hasta quince camiones con naranjas y mangos antes de que, a finales de los años ochenta, las fincas de la región se convirtieran en casas de recreo de narcotraficantes. Había que dejar atrás esos recuerdos y volver a casa con dos libras de tocino.
Media hora más tarde, parada en la cocina, con un cuchillo en la mano, Lucero Carrasquilla se queja de sus dolencias. Tiene lupus, enfermedad que la ha obligado a transitar por los laberintos del Sisbén, el sistema que en Colombia clasifica a la población en niveles según su poder adquisitivo para que puedan acceder a subsidios médicos. Si no le aprueban la droga que debe tomarse para mantener a raya el lupus, tendrá que poner una tutela ante el Ministerio de Salud. Solo las pastillas le valen 400.000 pesos, casi tres veces lo que los Carrasquilla pagan por agua, luz, teléfono y alcantarillado. En todos ellos se gastan cerca de ciento 150.000 pesos, que incluye el servicio de internet que usa Astrid. "La banda ultradelgada", la llama ella. Por suerte esta casa les pertenece y no tienen que buscar más dinero para el arriendo. En el barrio una casa como la de ellos puede costar casi 300.000 pesos al mes, pero las disponibles se cuentan con los dedos. Santa Inés tiene reputación de ser un buen vividero.
El almuerzo de este domingo, tan abundante como el de todos los días, me ha tumbado en la cama. Decido tomar una siesta y esta vez, por el calor, bendigo no tener puerta. Antes de quedarme dormido me visitan Sofía y Sara, las hijas de Farley, el hijo mayor de la familia, muy querido en el barrio por la habilidad y rapidez con la que enchapa baños y terrazas, y a quien veo muy de vez en cuando a pesar de que vive a media cuadra. Entre sueños las oigo hablar. Se cuentan unos chismes con voz de señora:
—Los policías pasaron y dijeron que iban a matar a los que encontraran fumando.
—No, fueron los muchachos —corrige una de ellas, a media lengua—. Ellos dijeron que los iban a matar.
—Por la casa hay un muchacho que le dicen el carnicero porque los mata a cuchillo —añade la otra.
Como ven que me estoy quedando dormido, se van para la sala a jugar con sus muñecas.
Astrid Carrasquilla lleva a todas partes un cuchillo, pero es muy diferente al del carnicero del que hablaban Sara y Sofía. El de mi amiga es tan pequeño que cabe en su bolsa de cosméticos. Cuando lo vi por primera vez, me pareció una de esas armas blancas que los presos fabrican en la cárcel. Pensé que lo tenía con ella como quien carga un amuleto, solo para sentirse protegida. Pero me engañó: Astrid es diestra con el cuchillo y saca su miniatura de arma antes de que vayamos a comer un helado. Me pagaron el viernes. Ir por un cono doble con leche condensada hasta Vista Hermosa, un barrio cerca de Santa Inés, me parece un buen remate para este domingo de clásico de fútbol. El cuchillo resplandece bajo la luz de su cuarto. Se lo lleva a la cara y tengo que voltear para no ver lo que hace. Un viento frío me pasa por la espalda. Ella ha probado todos los aparatos que se han inventado para encresparse las pestañas y ninguno logra el efecto de su cuchillo sobre ellas. No tiene filo. Se mira al espejo dos veces y me dice con la voz más natural del mundo:
—Ahora sí. Vamos caminando y de paso te muestro El Desierto, un famoso botadero de cadáveres.
Atravieso con ella varias calles del barrio, cargadas de humo. Un incendio ha devorado parte de una montaña cercana. Cada esquina guarda recuerdos de muertos sin manos, fuego cruzado en las noches, Kawasakis que no paran de rugir, bombas en panaderías o licoreras. Un tour macabro pero necesario para entender el horror que vivió mi nueva familia cuando yo estaba ausente, en Bogotá, esa ciudad donde nunca pasa nada.
CAPÍTULO II
Tengo hambre y quisiera comprar una bolsa de churros recubiertos de azúcar, pero no me alcanza la plata. Mañana deberían pagarme mi cuarta quincena y ahora solo me queda lo del bus. Hago fila en el paradero del 069, la ruta que desde hace dos meses tomo cada día para ir a mi barrio. Son las siete de la noche y acabo de salir de la fábrica. Los churros valen mil pesos. El bus, mil cien. Tendría que pedir prestado, pero la pregunta es a quién. No sé. En el trabajo todos estamos igual: en las últimas. Menos mal que Lucero Carrasquilla me espera en casa. El mes pasado le tuve que pagar cinco días después de lo convenido. Una niña embarazada se ha sumado a la fila y compra una bolsa de churros. Ya somos seis en el paradero: un viejo con unas cantinas de leche desocupadas, dos señoras de mediana edad que chismosean entre risas, un hombre sin la pierna derecha, la niña encinta y yo. Todos los días veo media docena de muchachitas con la barriga crecida en uniforme de colegio.
Los churros huelen muy bien. El hombre que los prepara lo hace con toda la curia del caso. "Curia". Así dicen los paisas al trabajo hecho con el mayor de los cuidados. El lenguaje clerical, heredado de la asfixiante presencia de la Iglesia en sus vidas por tres siglos se cuela por todos los rincones del habla de los antioqueños. Cuando doña Lucero Carrasquilla anuncia a cuatro voces que va a dedicar el día a limpiar la casa a fondo, suelta un sonoro:
—Ahora sí vamos a sacar al demonio.
En el paradero del 069 descubro que mi zapato derecho tiene una mancha de pegante y no tiene cara de salir con facilidad. Quisiera comprar un par de tenis que el otro día vi en el Hueco, ese mercado gigante en el centro de Medellín que queda a unas cuadras de aquí. En el Hueco todo huele a contrabando y es fácil caer en la trampa de toda vitrina: "Tú acá y yo allá". De ambos deseos primarios, dulces recién hechos y ropa nueva, se compone una parte de mi nuevo mundo. No tener dinero es como andar por la calle desnudo o haber perdido a la madre en la infancia. Es difícil luchar contra este sentimiento de orfandad. ¿Pero qué es tener dinero? ¿Y si se tiene dinero, qué se es? Dicen que la única manera de dejar de pensar en el dinero es tener tantísimo que ya no importa su valor. ¿Y cómo se hace? ¿Traficando droga?
No debería quejarme. Uno de mis compañeros en la fábrica gana lo mismo que yo y tiene un hijo. Sin duda, lo ayuda que su mujer también trabaje. Acaba de pasar de secretaria a vendedora con comisión y moto en una empresa que vende llantas para tractores. Él está feliz por ella, pero también sabe que a la hora de las peleas su salario mínimo es una pompa de jabón como escudo frente al de su señora. Así la llama: "Mi señora". Yo no tengo señora, pero preferiría tener señora antes que dinero. Mi compañero de la fábrica estuvo unos nueve años en el Éxito, también de bodeguero. Qué nombre para un almacén de cadena: el Éxito. Cuando lo despidieron, le pagaron un millón de pesos por año trabajado. Cada diciembre, entonces, recibía aguinaldo, bonificación y prima. Cuando le pasaron la carta de despido, lloró como un niño. "Un mes completo llorando", me dijo en un almuerzo. Si no lo hubieran corrido, se habría jubilado en unos años más.
Por suerte, en media hora estaré sentado en la mesa de mi casa con un abundante plato de comida recién preparada. Los churros eran un antojo idiota; los tenis, una vanidad. Cuando sean una necesidad, veré qué hacer. Además, me gustan mis zapatos viejos. Pero me atormenta una duda: ¿y si llego estrenando será que la mujer de la fábrica que me gusta me mirará por fin? Para amar se requiere plata, y a veces más que para otras cosas. La poderosa economía del amor. Podría pedir que me presten para comprar los tenis. Valen 70.000 pesos. Pedir, pedir, pedir, pedir, pedir. ¿Pero a quién? O tal vez podría sacar un par a crédito en Flamingo, pero serían otros tenis. No esos que quiero. Ese almacén es la salvación de unos y el grillete de una legión. Llegas, te abren una cuenta con apenas dar tu nombre y sales con lo que has deseado todo el mes. Luego vuelves al mes siguiente. O a los quince días. La gente hace fila para entrar a un lugar como Flamingo. No me gustan las filas. Cuando me paguen, preferiría jugar a la lotería. O entraría a uno de los nuevos casinos que abrieron en el centro. El azar podría ser un remedio contra la escasez.
Una solución que no dependa de la suerte sería acudir a un usurero. Una vecina del barrio suele pedir plata prestada a través de una modalidad atroz que se llama "el pagadiario": llamas al celular de un muchacho de la cuadra que siempre tiene efectivo, él te presta sin papeles ni fiadores y a las dos horas tienes tu plata. El problema viene cuando no pagas. Entonces, el muchacho golpea dos, tres veces, tu puerta el mismo día. El muchacho viene por ti a la semana. El muchacho deja de ser el muchacho y ya no tiene celular: tiene otra cosa en las manos y, en un segundo más, puedes ser carne de muchacho.
Busco en mi bolsillo derecho y confirmo que las monedas con que debo pagar el bus están allí. ¿Qué haría si las perdiera? ¿Solo se puede vivir con dinero? Aquí viene el 069. Está repleto. Allí va el 069. Mientras espero el siguiente bus, recuerdo una frase: "Es mejor ser rico que pobre". Nunca entendí por qué se volvió tan famosa. Me pregunto cuánto sería un salario mínimo decente. ¿Ser pobre es ganar el salario mínimo? No, si creemos en los informes del Departamento Nacional de Planeación, no lo es. En una ciudad, se denomina "pobres" a los que reciben 245.000 pesos al mes; en el campo, a quienes viven con 165.000. El hombre de los churros desarma su puesto, pero no puedo evitar seguir pensando en el dinero. ¿Se trata de no desear nada? ¿Si en verdad hubiese nacido en un barrio popular de Medellín, qué ruta habría elegido? ¿La del dinero fácil? Nunca lo sabré. En todo caso no desearía estar muerto. Si uno está muerto, no desea nada.
Ya son las siete y media. No entiendo por qué se tarda tanto el otro 069. Tres señoras que llegan a la fila me proponen que nos vayamos en un taxi. Sería perfecto: hay un partido de la Copa América que empieza en un cuarto de hora. Si espero el bus me demoraría media hora hasta llegar a la casa. Les digo que sí. Caminamos hasta la otra esquina y me acuerdo que tengo 1.100 pesos en los bolsillos. Nada más. Cada uno tiene que poner 1.300 para el taxi. Le digo en voz baja a una de las señoras que me faltan 200 pesos. "Mijo, pero qué le pasa. Vamos, a ver", me reprende indignada. Contra la falta de plata, a veces queda la solidaridad. Los ricos no suelen ser solidarios. Es mejor ser pobre que rico. La gente no es rica ni pobre: es gente. "En Colombia, el 44% de la gente vive en la pobreza", decía el periódico de hoy. Paramos un taxi, pero antes de montarme rebusco en el bolsillo izquierdo y descubro un papel arrugado. Es un billete de 1.000 pesos. Los 1.000 del paquete de churros que no me compré.
CAPÍTULO III
Las cien personas que trabajan en la fábrica de ropa Tutto Colore apenas se han dado cuenta de mí. Podría haber sido un actor, pero soy tan invisible que más parezco un extra. Quisiera creer que todo se trata de una gran impostura, pero la verdad es que ya soy un bodeguero: llevo un mes siéndolo, unas diez horas al día. Durante estas cuatro semanas en la empresa he repetido un puñado de frases que apenas varían: "Sí, señor. No, señor. Ya mismo lo hago". He aprendido a moverme con la agilidad de un pez vela por el segundo piso, donde está mi puesto de trabajo.
Cada día almaceno bolsas con prendas de vestir en unos estantes de metal que parecen el costillar de un transbordador espacial. Llevo también un inventario de camisetas y sudaderas sobre una mesa tan larga como la del comedor de un colegio y recibo con humildad benedictina órdenes de mi jefe, un hombre neurótico que nos prohíbe oír música a mí y a mis compañeros de faena. En los otros pisos de la fábrica, los operarios fruncen menos el ceño. Se relajan oyendo rancheras, merengues, baladas. Nosotros trabajamos sin banda sonora. Si pudiéramos balbucear alguna canción, la que fuera, estoy seguro de dos cosas: 1. Que los hombres con quienes trabajo dejarían de obsesionarse en hablar sobre la manera de complacer a sus mujeres y 2. Que yo no desarmaría mentalmente mi vida una y otra vez como si se tratara de un cubo Rubik.
Mi rutina laboral comienza a las 6:45 de la mañana. A esa hora el portero de la empresa, un hombre calvo al que se le enredan las palabras en la boca, me abre la puerta y saluda con un desganado buenos días. Busco en la entrada una tarjeta amarilla con mi nombre y la deslizo por la ranura de un reloj de metal muy parecido a una pequeña caja fuerte. Odio el ruido que hace en la mañana, ese clack pesado como un grillete; adoro la música que sale de sus entrañas a las cinco de la tarde, mi hora de salida, como un chasquido de dedos que me devuelve al mundo. Cada vez que marcas tarjeta en una fábrica es como poner un precio a tu día. El mío vale 14.500 pesos.
Antes de que otro reloj señale las siete de la mañana, saco mi uniforme de un casillero marcado con el número 49 y me cambio en el último baño de la segunda planta, el único con un orinal. Los otros baños son para las operarias de la Sección de Terminación, mis compañeras de piso. Son mujeres que revisan posibles imperfecciones en la ropa que sale de las máquinas de coser ubicadas una planta más arriba, y también doblan y empacan las prendas. Entre ellas está la mujer más bonita de la fábrica, una niña que revisa con la concentración de un banderillero las costuras de blusas, pantalonetas y vestidos, envuelta en una bata de cuadritos. En cuanto a mí, el vestuario es simple: una camiseta de dotación azul, hecha de algodón y con un cuello grueso que me ahorcó durante la primera semana de trabajo. Lo termina de componer un jean con el tiro demasiado largo que compré en el centro por 15.000 pesos, y un par de zapatos viejos que me sientan como un guante. Estos son los únicos con los que resisto las diez horas que dura mi jornada.
Un día, dos meses después de llegar a la fábrica, el pago del sueldo se retrasó y empecé a sentir que mis zapatos me apretaban. Había cumplido puntual y obediente la misma rutina: marcar tarjeta-uniformarme-contar-almacenar y mover cajas-volver a marcar tarjeta. Pero la quincena ya llevaba dos días de retraso y necesitaba comprarme una cuchilla de afeitar y una pastilla para la gripa. Tenía plata solo para una de las dos. Pensé en buscar un trabajo extra. Uno de mis compañeros, por ejemplo, atiende un carro de perros calientes los fines de semana y otro es mensajero de una droguería. Trabajan siete días a la semana, cincuenta y dos semanas al año, y crecieron en unos barrios populares donde sus amigos cambiaban de moto cada dos meses. Hoy sus amigos están muertos. ¿Es acaso mejor estar vivo y marcar tarjeta en una fábrica?
El día en que los zapatos me estaban matando, le pregunté a la secretaria de la empresa por qué aún no nos consignaban la quincena.
—No sabemos cuándo se les pueda pagar —me dijo, con cara de pésame.
2
La fábrica Tutto Colore queda en una esquina de Guayabal, el parque industrial de Medellín, sobre una avenida de árboles ennegrecidos por el humo de los buses. La circundan y le hacen sombra unos vecinos poderosos: las chimeneas de Noel, la Compañía Colombiana de Tabaco, gaseosas Postobón y Estra. Hace dos años Tutto Colore saltó de ser una empresa que funcionaba en una casa vieja de dos plantas a convertirse en un edificio de ladrillo de cinco pisos. El salto parece haberla dejado sin aliento. Al igual que las primeras fábricas textiles que se crearon a principios del siglo XX en Medellín, esta es propiedad de una sola familia: los cinco hijos del ex dueño, el fallecido Ernesto Correa, se reparten ahora las gerencias. El patriarca y fundador, que murió de cáncer, sobrevive ahora en unas fotos enmarcadas y recubiertas por una pátina. Los retratos, pegados a la entrada de cada piso, llevan su imagen como si se tratara de un santo patrono. Debajo de ellos se lee una sentencia lapidaria, una oración sacada de la sabiduría empresarial: "El trabajo es el único capital no sujeto a quiebras".
Un día después de la celebración del Día del Trabajo, la tarde del 2 de mayo, el gerente general de Tutto Colore, un hombre bajito que siempre lleva en la mano una pequeña bolsa de cuero —nadie sabe qué carga en ella—, pidió que nos reuniéramos para explicarnos por qué el sueldo no estaba llegando a tiempo. Por la fecha, más que una paradoja parecía una broma pesada. Cuando lo vimos aparecer por las escaleras, traía la cara de un adolescente al que su madre le ha acabado de confesar que es su hijo adoptivo.
—En casi tres décadas de existencia —dijo—, este es el peor semestre en las finanzas de la empresa.
Una muchacha de la planta de confección que tiene tres niños se mordió la boca. Creí que iba a sangrar.
Como si se tratara de una tarea escolar, el hombre recitó las razones que explicaban el retraso del pago de la nómina. Eran unos cincuenta millones de pesos cada quincena: 1. El hueco que le dejó a la fábrica un millonario robo continuado hecho por una empleada de confianza. 2. El aliento del dragón chino sobre nuestra nuca con productos baratos que llegan vía Panamá. 3. El desplome del dólar, que en menos de seis meses bajó 500 pesos. En este punto dejé de oírlo y me concentré en un tic que se había apoderado de él. Era como un movimiento espasmódico, casi imperceptible, que lo obligaba a subir y bajar el hombro derecho cada cinco segundos. Mis compañeros miraban al suelo. El gerente continuó, entre nervioso y avergonzado, con sus malas noticias. Recitó una cuarta razón por la que no podía pagarnos la quincena: nuestros grandes deudores. Por ejemplo, una empresa mexicana a la que le facturamos una importante suma de dinero y que hasta ahora no nos ha pagado. El hombre guardó silencio, tal vez esperando la reacción de los operarios. Solo uno de mis compañeros preguntó:
—Mañana no tengo para el bus. ¿Qué hago?
En la cadena alimenticia de la industria textil, Tutto Colore es apenas un atún mediano que puede ser tragado por cualquier ballena. Los obreros somos el fitoplancton. Unos días de retraso en el sueldo se traducen en cortes de luz por no haber pagado o en hacer llamadas a los familiares más pudientes buscando plata para el transporte. En mi caso, bajarle la guardia a mi casera con algún chiste barato y pedirle un compás de espera para pagar el arriendo. Aunque la mala racha no es un caso exclusivo de Tutto Colore: es solo un síntoma de la agonía de la industria textil por la caída del dólar. Doce mil empleados de estas fábricas ya perdieron su trabajo en el primer semestre del 2007 y algunos trabajadores de la empresa han empezado a emigrar antes de que les llegue una carta de despido. Uno de mis compañeros me dijo en un pasillo que se iba al Chocó a administrar una ferretería. Su última tarde en Tutto Colore coincidió con el Día de la Madre. Mereció un pedazo de torta y helado de ron con pasas y algunas palmadas en la espalda por esa década y media de haberse partido el lomo en esta fábrica. Algo huele mal en la ciudad. Miles de paisas se abrieron paso a través de una geografía agreste y fundaron Medellín, la gran ciudad de las fábricas. Ahora sus descendientes retornan a la humedad de la selva.
Una mañana, antes de salir de la casa para la fábrica, puse una nueva rayita en el calendario de bolsillo que guardo en mi billetera. Lo miro después de bañarme con agua helada como un soldado mira la foto de su novia bajo el ruido de los aviones enemigos. Hoy taché el martes 3 de julio. Desde hace una semana, y para el bien de mi salud mental, tengo una nueva responsabilidad en la empresa: acompaño al chofer de Tutto Colore en sus recorridos por los talleres caseros, a los que la fábrica les encarga la terminación de prendas con alguna característica en especial. Por ejemplo, un broche doble. Mi tarea es reemplazar al antiguo ayudante del conductor —quien se fue a trabajar a una empresa de vigilancia en la que le pagan casi dos salarios mínimos por cuidar un parqueadero—. Dejar la bodega y salir a las calles de la ciudad ha logrado salvarme de mi trabajo de robot de los cuatro meses anteriores, en los que se me iba la vida contando mamelucos para niños.
Una tardé conté 1.253 prendas de vestir, y anoté el número en un papel para acordarme siempre de lo que un hombre puede hacer por dinero. Un compañero bodeguero que antes trabajó en Noel había pasado tres años y medio, de diez de la noche a seis de la mañana, viendo desfilar millones de galletas por una banda. Era eso o no alimentar a su hijo recién nacido. Otro, que se enganchó en una empresa de cosméticos, trabajó durante tres meses en jornadas de doce horas y en aquel trimestre solo descansó un domingo al mes. "No me hubiera importado hacerme matar con tal de seguir con ese sueldo. Era una belleza", me dijo a la hora de la salida, frente a los casilleros de la fábrica.
En esos meses, él perdió seis kilos.
En estos meses, solo he bajado un kilo y medio.
Ahora me he convertido en el segundo de don Jaime Isaza, un canoso fortachón que maneja una camioneta de la empresa por Medellín. Hace ya siete días que llenamos el tanque con un billete de 50.000 y vamos de taller en taller recogiendo docenas de talegos con la ropa terminada. La mayoría de estas fábricas en miniatura, armadas en el comedor o la sala de casas, están en barrios populares. Se reconocen desde la calle por las luces de neón empotradas en el techo y el ruido afanoso de una máquina para confeccionar ropa. La que más me agrada visitar es una que queda en el barrio Manrique, en una casa vieja que custodia un perro tuerto.
La dueña, una señora que por sus vestidos parece haber quedado anclada en otra época siempre nos da jugo de mora cuando Isaza y yo terminamos de cargar la camioneta con talegos repletos de ropa. A simple vista, esos talegos significan más ventas, la certeza de que el bache económico del primer semestre quedó atrás, en eso confía el nuevo gerente, un hombre alto y amable, que recoge cada hebra que ve en el piso de la fábrica para echarla a la basura. Para él, los talegos son como cartas venidas desde lejos con buenas noticias. Por ahora, nosotros somos los carteros.
Hoy, martes 3 de julio, ha sido un día tan largo como los de Alaska en su verano. A las nueve de la mañana, Isaza y yo fuimos al aeropuerto de Rionegro a dejar una exportación en los muelles de carga. Los agentes de aduana le hicieron firmar un documento en el que declaraba no tener droga camuflada entre las cajas con ropa que viajaban a España. Antes de bajarlas de la camioneta, le tomaron una foto con las cajas detrás como prueba documental. Si las autoridades españolas encontraran cocaína entre sudaderas y vestidos, sabrían qué hacer.
A eso de las diez de la mañana, bajo una lluvia apocalíptica, salimos del aeropuerto hacia una cooperativa en La Ceja, un pueblo a media hora de Medellín: teníamos que entregar una máquina de coser. Mientras la descargaban, Isaza me pidió plata prestada para comprarle a su madre unas hortalizas frescas que venden en un mercado parte de la misma cooperativa. Le presté 3.000 pesos con los que había pensado tomarme un par de cervezas después del trabajo. A veces, por las tardes, cuando salgo de la fábrica, paso por alguna heladería del centro. Así se les llama a los bares antiguos de Medellín. Son como casas de té para los antioqueños solitarios. Las muchachitas que atienden las mesas son sus geishas de tierra caliente: se dejan invitar a una copa de aguardiente, les ponen sus canciones favoritas en las rocolas y oyen con paciencia las historias de estos hombres de manos tan grandes como las de Isaza.
De regreso a Medellín, con las ventanillas de la camioneta abiertas y el olor a pasto mojado, el conductor de Tutto Colore me muestra algo. Es el parador Tequendama, donde, cuando le sobra algo del sueldo, invita a su novia a comer trucha y a ver una cascada bajar por las montañas. Isaza me sugirió que hiciera lo mismo, pero mis votos de pobreza y castidad se han cumplido.
Él tiene más de cincuenta años, una novia y dos divorcios.
Yo sigo sin tener señora. La que tenía nunca entendió por qué me vine a Medellín.
A la una y media de la tarde, regresamos a la empresa para tomar el almuerzo. Como todos los días, tuve que calentar mi comida en el microondas del quinto piso y devorarla en quince minutos. Ese es el tiempo reglamentario para alimentarnos. Fueron dos presas de pollo sudadas, arroz, papas fritas y medio plátano maduro. Después de las dos, el jefe de la bodega, ese hombre sin sentido musical, nos encargó llevar unos botones, bandas elásticas y marquillas a un taller del barrio San Javier, en la comuna 13, en el norte de la ciudad. "Hace unos años no habríamos podido asomarnos por allá", me dijo Isaza mientras encendía el motor de la camioneta.
Hace años, recuerdo haber visto en el noticiero cómo un helicóptero negro levantaba los techos de zinc de algunas casas de San Javier, un barrio de calles laberínticas y empinadas como el mío. En aquella zona, la policía y el ejército se enfrentaron a quemarropa con milicianos y paramilitares. Al final, un hombre cayó muerto en el fuego cruzado mientras trataba de alcanzar una cabina telefónica para avisarle a su familia que estaba vivo. Han pasado cinco años desde aquella mañana que vi por televisión el día en que la guerra entraba a una ciudad de Colombia. Junto a Isaza, durante media hora recorrí las calles de San Javier y en ese tiempo conté seis jóvenes en sillas de ruedas.
Nuestra segunda asignación de la tarde fue ir a un barrio que está sobre un antiguo basurero. Debíamos recoger allí una docena de talegos de ropa. Era Moravia. O lo que quedaba de él. La noche anterior de mi mudanza a Medellín un incendio acabó con doscientas casas de este barrio. Mis recorridos con Isaza se estaban convirtiendo en la comprobación de las tragedias de la ciudad. Moravia es el sitio donde he visto a más perros vagar sin dueño. A las cuatro y media de la tarde regresamos a la fábrica con las gargantas tan secas como un manglar muerto y de inmediato descargamos los talegos.
Ya casi son las cinco, la hora de salida. Siento como si hubiese adquirido ciertas habilidades especiales. He aprendido a identificar las prendas que vienen en los talegos sin necesidad de abrirlos. El que llevo ahora a mis espaldas por una escalera que va al segundo piso tiene pantalonetas de dril y por eso pesa tanto. Me siento como uno de esos joyeros capaces de ponerle precio a un diamante con apenas sostenerlo sobre la palma de la mano, una virtud por la que me pagarían más de un salario mínimo. Pero la única verdad es que mi columna vertebral cruje al final de esa escalera. Es el último de los talegos que trajimos de Moravia. De nuevo olvidé subir a la sección de corte y pedir prestado un cinturón para prevenir una futura escoliosis. Es un artículo parecido al que usan los fisicoculturistas cuando entrenan. Si continuara haciendo este trabajo sin llevarlo puesto, en cinco años tendría mi columna como una letra ese.
Huelo muy mal después de diez horas de trabajo. En la sección de Terminación descargo el talego con la camiseta empapada de sudor. El lugar está vacío. Las mujeres que trabajan revisando las prendas se han ido a las tres de la tarde. Al recorrer sus cubículos vacíos me deprimo. No hay nada más desolador que sus herramientas de trabajo regadas y huérfanas. En uno de los cubículos, veo un cuaderno con ositos en la portada, el caucho para el pelo que alguna de ellas olvidó, un esfero mordido en la punta. En otro, veo una máquina para etiquetar ropa marcada con una calcomanía que dice "corazón valiente". No hay nadie alrededor. Camino hasta la silla donde se sienta la jefa de la sección, una señora que lleva trabajando años en la empresa. Vive en una casa al lado de un río, en Caldas, un pueblo a 45 minutos de Medellín, y tiene un afiche sobre el comedor en el que un hombre de espaldas se enfrenta a dos caminos: el Recto y el de la Perdición. En el primero, aparece la figura de un azadón, una mujer y unos niños sonrientes y una casa modesta con un jardín. En el segundo, hay una botella de aguardiente, un fajo de billetes y monedas, un arma y un ataúd. Conozco ese afiche porque he ido con Isaza a recoger talegos de ropa de los que la señora se ocupa los fines de semana para ganarse unos pesos de más. Unos pesos de más son unos pesos de más: por enganchar cada prenda y embolsarla se gana 150. Hace unos meses, ese afiche me habría parecido de un maniqueísmo insoportable.
Hoy también creo que solo hay dos caminos. Doña Luz Castro, así se llama la mujer, escogió el recto a pesar de que su casa no tiene jardín. De otra manera no me explico la tranquilidad que desprende cada vez que me acerco para hacerle una pregunta de trabajo. Parado a su lado, me toca algo de su paz interior. Sé que esto suena demasiado metafísico, pero no tengo una mejor explicación y no me he molestado en buscarla. A veces las cosas son como son, así suene a Cantinflas. ¿No es suya la frase "hay momentos verdaderamente momentáneos"?
Quisiera que ella todavía estuviera aquí para que el cansancio después de un día tan pesado se desvanezca. En su lugar, se acerca mi jefe y me dice que tiene otro encargo: tres talegos para recoger en el barrio Castilla, al otro lado de la ciudad. Son las 4:50 de la tarde. El incansable Isaza me espera en la calle con el motor prendido.
4
Han transcurrido cinco meses y medio desde que aterricé en Medellín y empecé a trabajar en la empresa. Es viernes por la tarde y estoy sentado en el último baño del segundo piso de la fábrica. Si aguzo el oído, puedo oír su funcionamiento en pleno. Cierro los ojos y se me aparecen las cortadoras del quinto piso, las bordadoras y estampadoras del cuarto, las cincuenta máquinas de confección del tercero, a estas alturas, sonidos tan familiares como las teclas de un computador. Mi jefe debe creer que sufro de diarrea crónica. Visito la taza a menudo, pero por otras razones. Aquí he tomado notas sobre qué diablos es vivir con el salario mínimo. Cada vez que escribo algo en esta libreta negra siento que la respuesta se aleja como un barco mercante rumbo a Oriente. Una vez también leí aquí, con los ojos aguados, una carta que me entregó una joven operaria junto a un paquete de galletas de chocolate y aquí mismo tomé aire durante los momentos más duros de mi estadía en la fábrica, de esta travesía por el desierto.
Desde que trabajo en la empresa, las metáforas bíblicas vienen a mí con más frecuencia de lo que quisiera. Algunas mañanas en las que el bus me dejaba quince minutos antes de lo usual en la esquina de la avenida Guayabal donde queda Tutto Colore, decidía caminar hasta una iglesia cercana. Eran raptos religiosos que nunca antes había tenido. Sentado sobre la última banca, le pedía a una estatua de yeso darme más fortaleza para alcanzar las cinco de la tarde y de paso hacía tiempo para no llegar tan temprano a marcar tarjeta. En dos ocasiones, me encontré aquí con doña Luz pidiendo el temple necesario para seguir por el camino recto. Después de una breve oración, iba por un buñuelo de cien pesos a una panadería. Me lo comía en forma de hostia antes de entrar a la fábrica y ponerme el uniforme en el mismo baño.
Ahora que he soltado la cisterna, me lavo las manos y me miro en un espejo. Mi pelo ha vuelto a crecer desde que me lo corté a ras antes de venir a Medellín. Esa tarde, cuando salí de la peluquería, se abrió un paréntesis en mi vida. Quedan pocas horas para cerrarlo: hoy es mi último día en la fábrica. La niña que me regaló la carta y las galletas me llama. Acaba de llegar la comida. Mis compañeros de la bodega compraron una torta y una Coca-Cola para despedir a un hombre que nunca les dijo quién era en realidad.
CAPÍTULO IV
Frente a mí, una pareja se prepara para salir a la pista de baile. La mujer debe pesar más de cien kilos y es bonita como un globo aerostático que surca un cielo libre de nubes. Su cara es blanca y limpia y sus ojos guardan esa tristeza de sentirse observada a diario con estupor. Sobre una báscula, el hombre debe registrar la mitad de su peso. Para no verse tan desiguales a la hora de bailar, el hombre usa una chaqueta muy amplia que le llega a las rodillas. La ama y por eso no quiere que sufra con las miradas de los demás cuando el DJ les ponga un bolero de Toña La Negra, se paren de la mesa de enfrente y empiecen a moverse lentos en una esquina de Brisas de Costa Rica, este bar de salsa en el centro de Medellín al que he venido por lo menos una noche de cada quincena desde que llegué a esta ciudad. Hoy será la última vez que vea a Alirio, el DJ del bar, y el retrato del papa Juan Pablo II que tiene en la barra. Mañana regreso a Bogotá. Durante seis meses, Brisas de Costa Rica ha sido el búnker donde me he refugiado para estirar las piernas después de las largas jornadas en la fábrica. Me despido del lugar que hice mío, este bar donde una docena de hombres solitarios trata de sepultar una semana de trabajo a punta de movimientos frenéticos, tumbadoras y trompetas.
En las tardes, Brisas se llena de varones que piden una cerveza y bailan solos bajo las lucecitas de Navidad que adornan el sitio. Bailan salsa o mambo sin pareja. Casi siempre somos los mismos: el hombre en silla de ruedas que se sienta en una mesa cerca de la entrada; un gordo que habla solo y trabaja para la Secretaría de Salud del municipio; un joven arquitecto que a veces va con su novia, una mujer mayor de pelo parado y botas de tacón puntilla, y Guillermo León. La primera vez que vi bailar a León entré en un trance hipnótico: me sorprendieron sus movimientos, una mezcla de break dance y sofisticados pasos de salsa. Esa noche él vestía de negro y tenía un reloj pesado como un tejo que ya no lo acompaña. Esa noche, también, compartimos una cerveza y me contó que había aprendido a bailar en Nueva York. Le enseñó un italiano para quien trabajaba en los años setenta. Desde aquel día hice de Brisas mi fortín y traté de memorizar los pasos de Guillermo León, su resbalar sobre las baldosas, la mano quebrada sobre el pecho, la risa que nunca le abandona. Desde entonces, cada mañana en la ducha, antes de salir para la fábrica, traté de imitarlo.
Me siento extraño mientras la pareja de enamorados baila un segundo bolero. "Mañana ya no debo volver a la fábrica", me digo como si mi cuerpo me pidiese regresar a ella. Me he sentado siempre en la mesa de Brisas que está a la izquierda de la entrada. Desde aquí puedo ver a la gente que pasa por Tejelo, ese callejón empedrado. Es un paseo peatonal oloroso a mango, a pescado y a morcilla, por el que he visto caminar a una indigente en calzones, a un borracho con una botella de alcohol antiséptico mezclada con Coca-Cola y a la Reina del parque Bolívar, un travesti cincuentón que en la noche se cambia cuatro veces de ropa. Acaba de entrar a Brisas con un canasto en el que vende cigarrillos, chicles y condones. El travesti se llama Danny y se jubiló de la empresa Fabricato. Hoy tiene una tiara, una peluca canosa y un vestido de raso color carmín. La pareja de enamorados le compra un paquete de Kool antes de sentarse y la única mesera de Brisas lo saluda de mala gana. Al verlo entrar, el DJ cambió de disco con rapidez e hizo sonar cinco segundos de una charanga que dice "mariquita, mariquita". Al fondo, donde está la barra, Alirio se ríe como un niño que le ha pegado a un perro con una cauchera. Danny pasa frente a mí ofreciendo sus artículos y no me saluda. El día en que me lo presentaron olvidé que era una dama: le estreché la mano con excesiva fuerza y su rencor quedó decretado. Aún estoy solo esta noche. Ya deberían haber llegado Astrid Carrasquilla y María Elena González, su mejor amiga, la que me consiguió la habitación en Santa Inés y me presentó el Brisas. Ambas me patrocinaron durante estos seis meses la mayoría de las cervezas que me he tomado en este lugar en el que el Alirio es el sacerdote máximo. El DJ cambia una vez más de disco y arranca El pollino. Puedo reconstruir a la perfección la mañana en que salía de la casa para la fábrica a tomar el colectivo en la esquina y sonó esta canción en el pequeño radio que me prestó la mejor amiga de Astrid para oír la emisora de salsa Latina Stereo. Había dormido poco, llovía y no tenía paraguas y el Tigrillo, ese guardián del barrio, ni siquiera estaba para organizar la fila, pero bastó un par de compases de este mambo contundente para que recobrara el brío y enfrentara otro día de trabajo. Al cliente de la silla de ruedas parece que le gusta tanto El pollino como a mí. Cierra los ojos para oírlo. En su cabeza debe estar dando vueltas enloquecido como lo hacía antes de que una bala perdida lo dejara cuadrapléjico. Es un cliente muy antiguo, me ha contado la mesera, una mujer con una de las sonrisas más bonitas que he visto a pesar de que le falta un diente. Un muchacho con alguna clase de retraso mental está enamorado de ella. Por lo menos una vez en la noche pasa por Brisas, le compra un cigarrillo y pide que se lo fume frente a él. El espectáculo de estos tres personajes me hace pensar en la vida como un puñado de soledades que se acompañan por un par de horas.
Se acaba el mambo y la música deja de sonar por tres segundos. Alirio nos maneja con el dedo meñique. En medio de la fiesta —ya no hay mesas disponibles— suena Los desaparecidos, una canción muy lenta de Rubén Blades. Desde que Brisas funciona en este local, parte de su público está compuesto de hombres con varios muertos sobre los hombros y esta canción les altera el pulso. Otra de las noches que pasé aquí uno de ellos me habló. Estaba en la mesa de al lado, me ofreció un trago de aguardiente y, como no tenía plata más que para dos cervezas, se lo recibí. Llevaba puesto el uniforme de una empresa de mensajería y estaba rapado. Era corpulento y el amigo con el que venía le decía "Negro". Bastó brindar con un tercer aguardiente para que se confesara. Al parecer, necesitaba hacerlo. El hombre había sido soldado profesional y combatió en Urabá por la época de las masacres en los pueblos bananeros, pero le dieron de baja después de tres años de servicio. Regresó a San Javier, su barrio en la comuna 13, y vagó por tres meses. Una madrugada, después de estar tomando con sus amigos de la cuadra, volvió a su casa y se encontró con un señor que lo estaba esperando en la puerta.
—Tenía una ruana y era cojo. Cojo —repitió la última palabra mirándome a los ojos.
Se refería a Diego Murillo, Don Berna. Un día, el sucesor de Pablo Escobar quedó con la pierna derecha destrozada después de recibir 17 tiros. El señor le dijo que quería que trabajara para él. El Negro aceptó y así fue como se convirtió en uno de los comandantes paramilitares de San Javier. Ahora está desmovilizado y conduce un camión.
—Soy un don nadie —me dijo cuando terminó la historia.
Por fortuna no me preguntó qué clase de don nadie era yo. Esa noche con el Negro también sonó la canción de Rubén Blades que acaba de poner el DJ, y fue el único momento en que el Negro paró de hablarme. La oía como si se la hubiesen escrito para él. ?
Anoche escuché varias explosiones, / Tiros de escopeta y de revólveres,/ Carros acelerados, frenos, gritos,/ Ecos de botas en las calles,/ Toques de puerta, quejas, pordioses, platos rotos./ ¿A dónde van los desaparecidos
/Busca en el agua y en los matorrales./ ¿Y por qué es que se desaparecen
/ Porque no todos somos iguales./ ¿Y cuándo vuelve el desaparecido
/ Cada vez que los trae el pensamiento./¿Cómo se le habla al desaparecido
/ Con la emoción apretando por dentro.
Cuando se acabó la canción me dijo:
—Maté mucha gente, tanta que por las noches me despierto llorando. Tomémonos el último aguardiente que ya me voy a guardar el camión de la empresa.
Me dio un abrazo de oso y salió por la puerta con su nuevo uniforme de conductor. En seis meses, fue la única vez en que me temblaron las piernas.
Cuando Astrid y María Elena llegan al Brisas, ya me encuentran borracho. Son las diez de la noche de esta última noche en la ciudad. Con la plata de la liquidación por haber trabajado en Tutto Colore, me compré una botella de aguardiente. Ahora va por la mitad. También compré un regalo para Guillermo y Lucero Carrasquilla, un equipo de sonido que luego pondrían en la sala de su casa, al lado de la mesita con las fotos familiares. Me tomo un aguardiente doble, brindo con mis amigas y saludo con la mano a otro habitual, un negro con una agenda debajo del brazo que no para de sonreír. Su boca parece una fuente de luz. Después de tantas noches en Brisas, reconozco las canciones que pone Alirio. Oigo sonar Montaña rusa y el milagro sucede: me paro a bailar solo en mitad de la pista. Es la primera vez que lo hago y mis amigos del bar aplauden. Para mi sorpresa, puedo imitar con soltura algunos de los pasos de Guillermo León. Todas estas mañanas practicando bajo la ducha de mi casa no se fueron por la cañería. Tal vez buscaba esto cuando decidí venir a Medellín para vivir con el salario mínimo, tal vez era solo esto, dar vueltas y cantar con los ojos cerrados: la vida es una montaña rusa, sube y baja, es como las olas del mar, que van subiendo y bajando y la cosa es seguir flotando[2].