domingo, 15 de agosto de 2021

DE RELECTURAS Y OTROS TEMAS

 Es un hecho que cada vez se publican más libros, que hay un exceso de novelas, ensayos, textos científicos, libros de viajes y de auto-ayuda.....en fin, proliferación que no es mala y con el ítem que el tiempo para las buenas lecturas se reduce cada vez más, lo que implica asumir un especie de selección de las mismas con sumo cuidado, para no caer en manos de malos textos o libros muy publicitados pero de muy poca calidad.

Esto hace que uno se deje llevar mejor por ciertas re-lecturas que son garantía de calidad o por lo menos en lo personal dan más seguridad, pero siempre asumiendo que no es lo mismo leer "La cartuja de Parma" a los 25 años que a los 60 años y que en ese proceso de articulación psicológica las re-lecturas siempre serán muy diferentes y se asumen como una experiencia alucinante y novedosa.

He vuelto por los textos de talante político de Susan Sontag, sobre la libertad, el fascismo, la imagen, que me han dejado impresionado por la actualidad de los mismos y por la calidad de la prosa. Volví al "Doktor Faustos" de Thomas Man, una novela entrañable que me ha dejado una experiencia totalmente diferente a mi lectura de juventud. La vida del musico Adrian Leverkuhn, donde los temas sobre las artes, la filosofía y la política se entrelazan con la historia alemana. Es evidente que hay una influencia del primer Fausto, que se toman rasgos de Nietzsche, que hay elementos estéticos de Adorno, de Arnold Schönberg, padre del dodecafonismo y por supuesto las reflexiones existenciales de este personaje absolutamente encantador en las manos de un gran novelista y pensador. 

Estoy como siempre ahondando en los estudios y lecturas de Borges, en todo el universo que significan sus textos y en las articulaciones con infinidad de autores, de precursores y de temas de hondo calado desde la literatura.

Definitivamente a la edad mía, 61 años, las relecturas son un bálsamo sin renunciar a la literatura contemporánea. Espero entre uno que otro articulo, volver sobre aquellos textos que me conmovieron y son referencia obligada en mi vida.






miércoles, 4 de agosto de 2021

¿Qué es la literatura?

 Este texto que hace parte de “introducción a la teoría literaria” de Terry Eagleton, dentro de la apertura a estudios de literatura emprendida por este blog, cuya única intención es solo crear herramientas para entenderla mejor y hacerlo con cierta pretensión científica o por lo menos desde un orden y metodología especifica que pretendo termine con estudios concretos de la literatura colombiana. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE 

Terry Eagleton, en caso de que exista algo que pueda denominarse teoría literaria, se desliga de lo obvio, pues hay una cosa que se denomina literatura sobre la cual teoriza. Consiguientemente podemos principiar planteando la cuestión ¿Qué es literatura? Varias veces se ha intentado definirla. Podría definírsela, por ejemplo, como obra de "imaginación", en el sentido de ficción, de escribir sobre algo que no es literalmente real. Bastaría un instante de reflexión sobre lo que comúnmente se incluye bajo el rubro de literatura para entrever que no va por ahí la cosa. La literatura inglesa del siglo XVII incluye a Shakespeare, Webster, Marvell y Milton, pero también abarca los ensayos de Francis Bacon, los sermones de John Donne, la autobiografía espiritual de Bunyan y aquello —llámese como se llame— que escribió Sir Thomas Browne. Más aún, incluso podría llegar a decirse que comprende el Leviatan de Hobbes y la Historia de la rebelión de Clarendon. A la literatura francesa del siglo XVII pertenecen, junto con Corneille y Racine, las máximas de La Rochefoucauld, las oraciones fúnebres de Bossuet, el tratado de Boilean sobre la poesía, las cartas que Madame de Sevigné dirigió a su hija, y también los escritos filosóficos de Descartes y de Pascal. En la literatura inglesa del siglo XIX por lo general quedan comprendidos Lamb (pero no Bentham), Macaulay (pero no Marx), Mili (pero no Darwin ni Herbert Spencer). El distinguir entre "hecho" y "ficción", por lo tanto, no parece encerrar muchas posibilidades en esta materia, entre otras razones (y no es ésta la de menor importancia), porque se trata de un distingo a menudo un tanto dudoso. Se ha argüido, pongamos por caso, que la oposición entre lo "histórico" y lo "artístico" por ningún concepto se aplica a las antiguas sagas islándicas (1). En Inglaterra, a fines del siglo XVI y principios del XVII, la palabra "novela" se empleaba tanto para denotar sucesos reales como ficticios; más aún, a duras penas podría aplicarse entonces a las noticias el calificativo de reales u objetivas. Novelas e informes noticiosos no eran ni netamente reales u objetivos ni netamente novelísticos. Simple y sencillamente no se aplicaban los marcados distingos que nosotros establecemos entre dichas categorías (2). Sin duda Gibbon pensó que estaba consignando verdades históricas, y quizá pensaron lo mismo los autores del Génesis. Ahora algunos leen esos escritos como si se tratase de hechos, pero otros los consideran “ficción”. Newman, ciertamente, consideró verdaderas sus meditaciones teológicas, pero hoy en día muchos lectores las toman como "literatura". Añádase que si bien la literatura incluye muchos escritos objetivos excluye muchos que tienen carácter novelístico. Las tiras cómicas de Superman y las novelas de Mills y Boon refieren temas inventados pero por lo general no se consideran como obras literarias y ciertamente, quedan excluidos de la literatura. Si se considera que los escritos “creadores" o "de imaginación" son literatura, ¿quiere esto decir que la historia, la filosofía y las ciencias naturales carecen de carácter creador y de imaginación? Quizá haga falta un enfoque totalmente diferente. Quizá haya que definir la literatura no con base en su carácter novelístico o “imaginario” sino en su empleo característico de la lengua. De acuerdo con esta teoría, la literatura consiste en una forma de escribir, según palabras textuales del crítico ruso Roman Jakobson, en la cual "se violenta organizadamente el lenguaje ordinario". La literatura transforma e intensifica el lenguaje ordinario, se aleja sistemáticamente de la forma en que se habla en la vida diaria. Si en una parada de autobús alguien se acerca a mí y me murmura al oído: “Sois la 2 virgen impoluta del silencio”, caigo inmediatamente en la cuenta de que me hallo en presencia de lo literario. Lo comprendo porque la textura, ritmo y resonancia de las palabras exceden, por decirlo así, su significado “abstraíble” o bien, expresado en la terminología técnica de los lingüistas, porque no existe proporción entre el significante y el significado. El lenguaje empleado atrae sobre sí la atención, hace gala de su ser material, lo cual no sucede en frases como "¿No sabe usted que hay huelga de choferes?''. De hecho, esta es la definición de lo "literario" que propusieron los formalistas rusos, entre cuyas filas figuraban Viktor Shklovsky, Roman Jakobson, Osip Brik, Yury Tynyanov, Boris Eichenbaum y Boris Tomashevsky. Los formalistas surgieron en Rusia en los años anteriores a la revolución bolchevique de 1917, y cosecharon laureles durante los años veinte, hasta que Stalin les impuso silencio. Fue un grupo militante y polémico de críticos que rechazaron las cuasi místicas doctrinas simbolistas que anteriormente habían influido en la crítica literaria, y que con espíritu científico práctico enfocaron la atención a la realidad material del texto literario. Según ellos la crítica debía separar arte y misterio y ocuparse de la forma en que los textos literarios realmente funcionan. La literatura no era una seudorreligión, psicología o sociología sino una organización especial del lenguaje. Tenía leyes propias específicas, estructuras y recursos, que debían estudiarse en sí mismos en vez de ser reducidos a algo diferente. La obra literaria no era ni vehículo ideológico, ni reflejo de la realidad social ni encarnación de alguna verdad trascendental, era un hecho material cuyo funcionamiento puede analizarse como se examina el de una máquina. La obra literaria estaba hecha de palabras, no de objetos o de sentimientos, y era un error considerarla como expresión del criterio de un autor Osip Brik dijo alguna vez —con cierta afectación y a la ligera— que Eugenio Onieguin, el poema de Pushkin, se habría escrito aunque Pushkin no hubiera existido. El formalismo era esencialmente la aplicación de la lingüística al estudio de la literatura; y como la lingüística en cuestión era de tipo formal, enfocada más bien a las estructuras del lenguaje que a lo que en realidad se dijera, los formalistas hicieron a un lado el análisis del "contenido" literario (donde se puede sucumbir a lo psicológico o a lo sociológico), y se concentraron en el estudio de la forma literaria. Lejos de considerar la forma como expresión del contenido, dieron la vuelta a estas relaciones y afirmaron que el contenido era meramente la "motivación" de la forma, una ocasión u oportunidad conveniente para un tipo particular de ejercicio formal. El Quijote no es un libro acerca de un personaje de ese nombre, el personaje no pasa de ser un recurso para mantener unidas diferentes clases de técnicas narrativas. Rebelión en la granja (de Orwell) no era, según los formalistas, una alegoría del estalinismo, por el contrario, el estalinismo simple y llanamente proporcionó una oportunidad útil para tejer una alegoría. Esta desorientada insistencia ganó para los formalistas el nombre despreciativo que les adjudicaron sus antagonistas. Aun cuando no negaron que el arte se relacionaba con la realidad social —a decir verdad, algunos formalistas estuvieron muy unidos a los bolcheviques— sostenían desafiantes que esta relación para nada concernía al crítico. Los formalistas principiaron por considerar la obra literaria como un conjunto más o menos arbitrario de "recursos", a los que sólo más tarde estimaron como elementos relacionados entre sí o como "funciones" dentro de un sistema textual total. Entre los "recursos" quedaban incluidos sonidos, imágenes, ritmo, sintaxis, metro, rima, técnicas narrativas, en resumen, el arsenal entero de elementos literarios formales. Estos compartían su efecto “enajenante” o “desfamiliarizante”. Lo específico del lenguaje literario, lo que lo distinguía de otras formas de discurso era que "deformaba" el lenguaje ordinario en diversas formas. Sometido a la presión de los recursos literarios, el lenguaje literario se intensificaba, condensaba, retorcía, comprimía, extendía, invertía. El lenguaje "se volvía 3 extraño", y por esto mismo también el mundo cotidiano se convertía súbitamente en algo extraño, con lo que no está uno familiarizado. En el lenguaje rutinario de todos los días, nuestras percepciones de la realidad y nuestras respuestas a ella se enrancian, se embotan o, como dirían los formalistas, se “automatizan”. La literatura, al obligarnos en forma impresionante a darnos cuenta del lenguaje, refresca esas respuestas habituales y hace más 'perceptibles' los objetos. Al tener que luchar más arduamente con el lenguaje, al preocuparse por él más de lo que suele hacerse, el mundo contenido en ese lenguaje se renueva vívidamente. Quizá la poesía de Gerard Manley Hopkins proporcione a este respecto un ejemplo gráfico. El discurso literario aliena o enajena el lenguaje ordinario, pero, paradójicamente, al hacerlo, proporciona una posesión más completa, más íntima de la experiencia. Casi siempre respiramos sin darnos cuenta de ello el aire, como el lenguaje, es precisamente el medio en que nos movemos. Ahora bien, si el aire de pronto se concentrara o contaminara tendríamos que fijarnos más en nuestra respiración, lo cual quizá diera por resultado una agudización de nuestra vida corporal. Leemos una nota garrapateada por un amigo sin prestar mucha atención a su estructura narrativa, pero si un relato se interrumpe y después recomienza, si cambia constantemente de nivel narrativo y retarda el desenlace para mantenernos en suspenso nos damos al fin cuenta de cómo está construido y, al mismo tiempo, quizá también se haga más intensa nuestra participación. El relato, el argumento, como dirían los formalistas, emplea recursos que “entorpecen" o "retardan" a fin de retener nuestra atención. En el lenguaje literario, estos recursos "quedan al desnudo". Esto es lo que movió a Viktor Shklovsky a comentar maliciosamente que Tristram Shandy, de Laurence Sterne, es una novela que entorpece su propia línea narrativa a tal grado que a duras penas por fin comienza, y que “es la novela más típica de la literatura mundial” Los formalistas, por consiguiente, vieron el lenguaje literario como un conjunto de desviaciones de una norma, como una especie de violencia lingüística: la literatura es una clase "especial" de lenguaje que contrasta con el lenguaje “ordinario" que generalmente empleamos. El reconocer la desviación presupone que se puede identificar la norma de la cual se aparta. Si bien el lenguaje ordinario es un concepto del que están enamorados algunos filósofos de Oxford, el lenguaje de estos filósofos tiene poco en común con la forma ordinaria de hablar de los cargadores portuarios de Glasgow. El lenguaje que los miembros de estos dos grupos sociales emplean para escribir cartas de amor usualmente difiere de la forma en que hablan con el párroco de la localidad. No pasa de ser una ilusión el creer que existe un solo lenguaje “normal”, idea que comparten todos los miembros de la sociedad. Cualquier lenguaje real y verdadero consiste en gamas muy complejas del discurso, las cuales se diferencian según la clase social, la región, el sexo, la categoría y así sucesivamente, factores que por ningún concepto pueden unificarse cómodamente en una sola comunidad lingüística homogénea. Las normas de una persona quizá sean irregulares para alguna otra. “Ginne” como sinónimo de “alleyway” (callejón) quizá resulte poético en Brighton pero no pasa de ser lenguaje ordinario en Barnsley. Aun los textos más 'prosaicos' del siglo XV pueden parecernos “poéticos” por razón de su arcaísmo. Si nos cayera en las manos algún escrito breve, aislado de su contexto y procedente de una civilización desaparecida hace mucho, no podríamos decir a primera vista si se trataba o no de un escrito “poético” por desconocer el modo de hablar ordinario de esa civilización, y aun cuando ulteriores investigaciones pusieran de manifiesto características que se “desvían” de lo ordinario no quedaría probado que se trataba de un escrito poético pues no todas las desviaciones lingüísticas son poéticas. Consideremos el caso del argot, del slang. A simple vista no podríamos decir si un escrito en el cual se emplean sus términos pertenece o no a la literatura “realista" sin estar mucho mejor informados sobre la forma en que tal escrito encajaba en la sociedad en cuestión. 4 Y no es que los formalistas rusos no se dieran cuenta de todo esto. Reconocían que tanto las normas como las desviaciones cambiaban al cambiar el contexto histórico o social y que, en este sentido, lo "poético" depende del punto donde uno se encuentra en un momento dado. El hecho de que el lenguaje empleado en una obra parezca "alienante" o "enajenante" no garantiza que en todo tiempo y lugar haya poseído esas características. Resulta enajenante sólo frente a cierto fondo lingüístico normativo, pero si éste se modifica quizás el lenguaje ya no se considere literario. Si toda la clientela de un bar usara en sus conversaciones ordinarias frases como “Sois la virgen impoluta del silencio", este tipo de lenguaje dejaría de ser poético. Dicho de otra manera, para los formalistas "lo literario" era una función de las relaciones diferenciales entre dos formas de expresión y no una propiedad inmutable. No se habían propuesto definir la "literatura" sino lo "literario", los usos especiales del lenguaje que pueden encontrarse en textos "literarios" pero también en otros diferentes. Quien piense que la "literatura" puede definirse a base de ese empleo especial del lenguaje tendrá que considerar el hecho de que aparecen más metáforas en Manchester que en Marvell No hay recurso "literario" - metonimia, sinécdoque, lítote, inversión retórica, etc. - que no se emplee continuamente en el lenguaje diario. Sin embargo, los formalistas suponían que la “rarefacción" era la esencia de lo literario. Por decirlo así, "relativizaban" este empleo del lenguaje, lo veían como contraste entre dos formas de expresarse. Ahora bien, supongamos que yo oyera decir en un bar al parroquiano de la mesa de al lado “Esto no es escribir, esto es hacer garabatos". La expresión ¿es “literaria” o “no literaria”? Pues es literaria va que proviene de Hambre la novela de Knut Hamsun. Pero ¿cómo sé yo que tiene un carácter literario? Al fin y al cabo no llama la atención por su calidad verbal. Podría decir que reconozco su carácter literario porque estoy enterado de que proviene de esa novela de Knut Hamsun. Forma parte de un texto que yo leí como novelístico, que se presenta como novela, que puede figurar en el programa de lecturas de un curso universitario de literatura, y así sucesivamente. El contexto me hace ver su carácter literario, pero el lenguaje en sí mismo carece de calidad o propiedades que permitan distinguirlo de cualquier otro tipo de discurso, y quien lo empleara en el bar no sería admirado por su destreza literaria. El considerar la literatura como lo hacen los formalistas equivale realmente a pensar que toda literatura es poesía. Un hecho significativo cuando los formalistas fijaron su atención en la prosa a menudo simplemente le aplicaron el mismo tipo de técnica que usaron con la poesía. Por lo general se juzga que la literatura abarca muchas cosas además de la poesía que incluye, por ejemplo, escritos realistas o naturalistas carentes de preocupaciones lingüísticas o de llamativo exhibicionismo. A veces se emplea el adjetivo excelente o (algún sinónimo) a un texto precisamente porque su lenguaje no atrae inmoderadamente la atención. Se admira su sencillez lacónica o su atinada sobriedad ¿Y qué decir sobre los chascarrillos, las porras deportivas, los lemas o slogans, los encabezados periodísticos, los anuncios publicitarios, a menudo verbalmente llamativos pero que generalmente no se clasifican como literatura? Otro problema relacionado con la “rarificación” consiste en que, con suficiente ingenio, cualquier texto adquiere un carácter "raro". Fijémonos en una advertencia de suyo nada ambigua que a veces se lee en el metro londinense: “Hay que llevar en brazos a los perros por la escalera mecánica”. Sin embargo, quizá la frase no sea tan clara o tan carente de ambigüedad como de momento puede parecer. ¿Quiere decir que uno debe llevar un can abrazado en esa escalera? ¿Corre peligro de que se le impida usar la escalera si no encuentra un perro callejero y lo toma en sus brazos? Muchos avisos aparentemente claros encierran ambigüedades como las que acabamos de señalar. “La basura debe arrojarse en este cesto”, o el letrero “Salida” que se lee en las carreteras británicas pueden resultar desconcertantes para un californiano. Con todo, aun haciendo de lado molestas 5 ambigüedades, es a todas luces obvio que ese aviso del metro puede considerarse como literatura. Puede uno detenerse a considerar el staccato abrupto y amenazador de las solemnes voces monosílabas iniciales (“hay que”). Y cuando se llega a aquello de llevar en brazos pleno de sugerencias, quizá la mente esté considerando la posibilidad de ayudar durante toda la vida a perros lisiados. Quizá se descubra en cada cadencia, en cada inflexión del término escalera mecánica una imitación del movimiento ascendente y descendente de aquel dispositivo. Puede tratarse de un empeño infructuoso, pero no mucho más infructuoso que el afirmar que se perciben los tajos y las acometidas de los estoques en la descripción poética de un duelo. El primer enfoque tiene al menos la ventaja de sugerir que la "literatura" puede referirse, en todo caso, tanto a lo que la gente hace con lo escrito como a lo que lo escrito hace con la gente. Aun cuando alguien leyera el aviso en la forma indicada, subsistiría la posibilidad de leerlo como poesía, que es sólo una parte de lo que usualmente abarca la literatura. Por lo tanto, consideraremos otra forma de “malinterpretar" un letrero que puede conducirnos todavía un poco más lejos. Imagine a un ebrio noctámbulo, derrumbado sobre el pasamanos de la escalera mecánica, que lee y relee el letrero con laboriosa atención durante varios minutos y musita “¡Qué gran verdad!” ¿En qué tipo de error se ha incurrido en ese momento? En realidad, el ebrio aquel considera el letrero como una expresión de significado general e incluso de trascendencia cósmica. Al aplicar a esas palabras ciertos ajustes o convencionalismos relacionados con la lectura, el ebrio de marras las arranca de su contexto inmediato, hace generalizaciones basándose en ellas, y les atribuye un significado más amplio y profundo que la finalidad pragmática a que estaban destinadas. Ciertamente, todo esto parecería ser una operación relacionada con lo que la gente llama literatura. Cuando el poeta nos dice que su amor es cual rosa encarnada, sabemos, precisamente porque recurrió a la métrica para expresarse, que no hemos de preguntarnos si realmente estuvo enamorado de alguien que, por extrañas razones, le pareció que tenía semejanza con una rosa. El poeta simplemente ha expresado algo referente a las mujeres y al amor en términos generales. Por consiguiente, podríamos decir que la literatura es un discurso "no pragmático”. Al contrario de los manuales de biología o los recados que se dejan para el lechero, la literatura carece de un fin práctico inmediato, y debe referirse a una situación de carácter general. Algunas veces —no siempre— puede emplear un lenguaje singular como si se propusiera dejar fuera de duda ese hecho, como si deseara señalar que lo que entra en juego es una forma de hablar sobre una mujer en vez de una mujer en particular, tomada de la vida real. Este enfoque dirigido a la manera de hablar y no a la realidad de aquello sobre lo cual se habla, a veces se interpreta como si con ello se quisiera indicar que entendemos por literatura cierto tipo de lenguaje autorreferente, un lenguaje que habla de sí mismo. Con todo, también esta forma de definir la literatura encierra problemas. Por principio de cuentas, probablemente George Orwell se habría sorprendido al enterarse de que sus ensayos se leerían como si los temas que discute fueran menos importantes que la forma en que los discute. En buena parte de lo que se clasifica como literatura el valor-verdad y la pertinencia práctica de lo que se dice se considera importante para el efecto total. Pero aun si el tratamiento "no pragmático" del discurso es parte de lo que quiere decirse con el término "literatura", se deduce de esta "definición" que, de hecho, no se puede definir la literatura "objetivamente". Se deja la definición de literatura a la forma en que alguien decide leer, no a la naturaleza de lo escrito. Hay ciertos tipos de textos -poemas, obras dramáticas, novelas— que obviamente no se concibieron con "fines pragmáticos", pero ello no garantiza que en realidad vayan a leerse adoptando ese punto de vista. Yo podría leer lo que Gibbon relata sobre el Imperio Romano no porque mi despiste llegue al grado de pensar que allí encontraré información digna de crédito sobre la Roma de la antigüedad, sino porque me agrada la prosa de 6 Gibbon o porque me deleitan las representaciones de la corrupción humana sea cual fuere su fuente histórica. También puedo leer el poema de Robert Burns —suponiendo que yo fuese un horticultor japonés- porque no había yo aclarado si en la Inglaterra del siglo XVIII florecían o no las rosas rojas. Se dirá que esto no es leer el poema "como literatura", pero, ¿podría decirse que leo los ensayos de Orwell como literatura siempre y cuando generalice yo lo que él dice sobre la Guerra Civil española y lo eleve a la categoría de declaraciones de valor cósmico sobre la vida humana? Es verdad que muchas de las obras que se estudian como literatura en las instituciones académicas fueron "construidas" para ser leídas como literatura, pero también es verdad que muchas no fueron "construidas" así. Un escrito puede comenzar a vivir como historia o filosofía y, posteriormente, ser clasificado como literatura; o bien puede empezar como literatura y acabar siendo apreciado por su valor arqueológico. Algunos textos nacen literarios; a otros se les impone el carácter literario. A este respecto puede contar mucho más la educación que la cuna. Quizá lo que importe no sea de dónde vino uno sino cómo lo trata la gente. Si la gente decide que tal o cual escrito es literatura parecería que de hecho lo es, independientemente de lo que se haya intentado al concebirlo. En este sentido puede considerarse la literatura no tanto como una cualidad o conjunto de cualidades inherentes que quedan de manifiesto en cierto tipo de obras, desde Beowulf hasta Virginia Woolf, sino como las diferentes formas en que la gente se relaciona con lo escrito. No es fácil separar, de todo lo que en una u otra forma se ha denominado "literatura", un conjunto fijo de características intrínsecas. A decir verdad, es algo tan imposible como tratar de identificar el rasgo distintivo y único que todos los juegos tienen en común. No hay absolutamente nada que constituya la "esencia" misma de la literatura. Cualquier texto puede leerse sin "afán pragmático", suponiendo que en esto consista el leer algo como literatura; asimismo, cualquier texto puede ser leído "poéticamente". Si estudio detenidamente el horario-itinerario ferrocarrilero, no para averiguar qué conexión puedo hacer, sino para estimularme a hacer consideraciones de carácter general sobre la velocidad y la complejidad de la vida moderna, podría decirse que lo estoy leyendo como literatura. John M. Ellis sostiene que el término "literatura" funciona en forma muy parecida al término "hierbajo". Los hierbajos no pertenecen a un tipo especial de planta; son plantas que por una u otra razón estorban al jardinero.3 Quizá "literatura" signifique precisamente lo contrario: cualquier texto que, por tal o cual razón, alguien tiene en mucho. Como diría un filósofo, "literatura" y "hierbajo" son términos más funcionales que ontológicos, se refieren a lo que hacemos y no al ser fijo de las cosas. Se refieren al papel que desempeña un texto o un cardo en un contexto social, a lo que lo relaciona con su entorno y a lo que lo diferencia de él, a su comportamiento, a los fines a los que se le puede destinar y a las actividades humanas que lo rodean. En este sentido, "literatura" constituye un tipo de definición hueca, puramente formal. Aunque dijéramos que no es un tratamiento pragmático del lenguaje, no por eso habríamos llegado a una esencia de la literatura porque existen otras aplicaciones del lenguaje, como los chistes, pongamos por caso. De cualquier manera, dista mucho de quedar claro que se pueda distinguir con precisión entre las formas "prácticas" y las "no prácticas" de relacionarse con el lenguaje. Evidentemente no es lo mismo leer una novela por gusto que leer un letrero en la carretera para obtener información. Pero ¿qué decir cuando se lee un manual de biología para enriquecer la mente? ¿Constituye esto, una forma pragmática de tratar el lenguaje? En muchas sociedades la "literatura" ha cumplido funciones de gran valor práctico, como las de carácter religioso. Distinguir tajantemente entre lo "práctico" y lo "no práctico" sólo resulta posible en una sociedad como la nuestra, donde la literatura en buena parte ha dejado de tener una función práctica. Quizá se esté presentando como definición general una acepción de lo "literario" que en realidad es históricamente específica 7 Por lo tanto, aun no hemos descubierto el secreto de por qué Lamb, Macaulay y Mill son literatura, mientras que, en términos generales, no lo son ni Bentham, ni Marx, ni Darwin. Quizá la respuesta sin complicaciones sea que los tres primeros son ejemplos de lo "bien escrito" pero no los otros tres. Esta respuesta encierra la desventaja de que en gran parte es errónea (al menos a juicio mío), pero presenta la ventaja de sugerir, de un modo general, que la gente denomina "literatura" a los escritos que le parecen buenos. Evidentemente a esto último se puede objetar que si fuera enteramente cierto no habría nada que pudiera llamarse mala literatura. Me parece que quizás se exagera el valor de Lamb y Macaulay, pero esto no significa necesariamente que vaya a dejar de considerarlos como literatura. A usted le puede parecer que Raymond Chandler es bueno dentro de su género, aunque no sea precisamente literatura. Por otra parte, si Macaulay realmente fuera un mal escritor, si desconociera totalmente la gramática y sólo pareciera interesarse en los ratones blancos entonces es probable que la gente no daría a su obra el nombre de literatura, ni siquiera el de mala literatura. Parecería, pues, que los juicios de valor tienen ciertamente mucho que ver con lo que se juzga como literatura y con lo que se juzga que no lo es, si bien no necesariamente en el sentido de que un escrito, para ser literario, tenga que caber dentro de la categoría de lo “bien escrito”, sino que tiene que pertenecer a lo que se considera “bien escrito” aun cuando se trate de un ejemplo inferior de una forma generalmente apreciada. Nadie se tomaría la molestia de decir que un billete de autobús constituye un ejemplo de literatura inferior, pero si podría decirlo acerca de la poesía de Ernest Dowson. Los términos bien escritos o bellas letras son ambiguos en este sentido: denotan una clase de composiciones generalmente muy apreciadas pero que no comprometen a opinar que es “bueno” tal o cual ejemplo en particular. Con estas reservas, resulta iluminadora la sugerencia de que “literatura” es una forma de escribir altamente estimada, pero encierra una consecuencia un tanto devastadora significa que podemos abandonar de una vez por todas la ilusión de que la categoría “literatura” es “objetiva”, en el sentido de ser algo inmutable, dado para toda la eternidad. Cualquier cosa puede ser literatura, y cualquier cosa que inalterable e incuestionablemente se considera literatura Shakespeare, pongamos por caso— puede dejar de ser literatura. Puede abandonarse por quimérica cualquier opinión acerca de que el estudio de la literatura es el estudio de una entidad estable y bien definida como ocurre con la entomología. Algunos tipos de novela son literatura, pero otros no lo son. Cierta literatura es novelística pero otra no. Una clase de literatura toma muy en cuenta la expresión verbal, pero hay otra que no es literatura sino retórica rimbombante. No existe literatura tomada como un conjunto de obras de valor asegurado e inalterable caracterizado por ciertas propiedades intrínsecas y compartidas. Cuando en el resto del libro use las palabras “literario” y “literatura” llevarán una especie de invisible tachadura para indicar que realmente no son las apropiadas pero que de momento no cuento con nada mejor. Los juicios de valor son notoriamente variables, por eso se deduce de la definición de literatura como forma de escribir altamente apreciada que no es una entidad estable. Los tiempos cambian, los valores no proclaman el anuncio de un diario, como si todavía creyéramos que hay que matar a las criaturas enfermizas o exhibir en público a los enfermos mentales. Así, como en una época la gente puede considerar filosófica la obra que más tarde calificará de literaria, o viceversa, también puede cambiar de opinión sobre lo que considera escritos valiosos. Más aun, puede cambiar de opinión sobre los fundamentos en que se basa para decidir entre lo que es valioso y lo que no lo es. Esto, como ya indiqué, no significa necesariamente que el publico vaya a negar el título de literatura a una obra que, al fin y al cabo, considera de calidad interior, la llamará literatura para indicar que, poco más o menos, pertenece al tipo de escritos que por lo general aprecia. Por otra parte, esto no 8 significa que el llamado “canon literario”, la intocable “gloriosa tradición” de la “literatura nacional” tenga que tomarse como un concepto —una “construcción”— cuya conformación estuvo a cargo de ciertas personas movidas por ciertas razones en cierta época. No hay ni obras ni tradiciones literarias valederas, por sí mismas, independientemente de lo que sobre ellas se haya dicho o se vaya a decir. “Valor” es un término transitorio, significa lo que algunas personas aprecian en circunstancias específicas, basándose en determinados criterios y a la luz de fines preestablecidos. Es por ello muy posible que si se realizara en nuestra historia una transformación suficientemente profunda, podría surgir en el futuro una sociedad incapaz de obtener el menor provecho de la lectura de Shakespeare. Quizá sus obras le resultasen desesperadamente extrañas, plenas de formas de pensar y sentir que en la sociedad en cuestión se considerarían estrechas o carentes de significado. En esas circunstancias Shakespeare no valdría más que los letreros murales -graffiti- que hoy se estilan. Si bien muchos considerarían que se habría descendido a condiciones sociales trágicamente indigentes, creo que se pecaría de dogmatismo si se rechazara la posibilidad de que esa situación proviniera más bien de un enriquecimiento humano generalizado. A Karl Marx le preocupaba saber por qué el arte de la antigüedad griega conserva su “encanto eterno" aun cuando hace mucho tiempo que desaparecieron las condiciones que lo produjeron. Ahora bien, visto que aun no termina la historia ¿cómo podríamos saber que va a continuar siendo “eternamente” encantador? Supongamos que, gracias a expertas investigaciones arqueológicas, se descubriera mucho más sobre lo que la tragedia griega en realidad significaba para el público contemporáneo, nos diéramos cuenta de la enorme distancia que separa lo que entonces interesaba de lo que hoy nos interesa, y releyéramos esas obras a la luz de conocimientos más profundos. Ello podría dar por resultado -entre otras cosas- que dejaran de gustarnos esas tragedias y comedias. Quizá llegáramos a pensar que antes nos habían gustado porque, inconscientemente, las leíamos a la luz de nuestras propias preocupaciones. Cuando esto resultara menos posible, quizá esas obras dramáticas dejaran de hablarnos significativamente. El que siempre interpretemos las obras literarias, hasta cierto punto, a través de lo que nos preocupa o interesa (es un hecho que en cierta forma “lo que nos preocupa o interesa” nos incapacita para obrar de otra forma), quizá explique por qué ciertas obras literarias parecen conservar su valor a través de los siglos. Es posible, por supuesto, que sigamos compartiendo muchas inquietudes con la obra en cuestión, pero también es posible que, en realidad y sin saberlo, no hayamos estado evaluando la “misma” obra. “Nuestro” Homero no es idéntico al Homero de la Edad Media, y “nuestro” Shakespeare no es igual al de sus contemporáneos. Más bien se trata de estos períodos históricos diferentes han elaborado, para sus propios fines, un Homero y un Shakespeare “diferentes”, y han encontrado en los respectivos textos elementos que deben valorarse o devaluarse (no necesariamente los mismos). Dicho en otra forma, las sociedades “rescriben”, así sea inconscientemente todas las obras literarias que leen. Más aun, leer equivale siempre a “rescribir”. Ninguna obra, ni la evaluación que en alguna época se haga de ella pueden, sin más ni más, llegar a nuevos grupos humanos sin experimentar cambios que quizá las hagan irreconocibles. Esta es una de las razones por las cuales lo que se considera como literatura sufre una notoria inestabilidad. No quiero decir que esa inestabilidad se deba al carácter subjetivo de los juicios de valor. Según este punto de vista, el mundo se halla dividido entre hechos sólidamente concretos que están “allá”, como la Estación Central del ferrocarril, y juicios de valor arbitrarios que se ubican “aquí dentro”, como el gusto por los plátanos o el sentir que el tono de un poema de Yeats va desde las bravatas defensivas hasta la resignación hosca pero dúctil. Los hechos están a la vista y son irrecusables, pero los valores son cosa personal y arbitraria. Evidentemente no es lo mismo consignar un hecho, por ejemplo “Esta 9 catedral fue construida en 1612”, que expresar un juicio de valor como “esta catedral es una muestra magnífica de la arquitectura barroca”. Pero supongamos que dije lo primero cuando acompañaba por diversas partes de Inglaterra a un visitante extranjero y me di cuenta de que lo había desconcertado bastante. ¿Por qué, podría preguntarme, insiste en darme las fechas de la construcción de todos estos edificios? ¿A qué se debe esa obsesión con los orígenes? En la sociedad donde vivo, podría agregar, para nada conservamos datos de esa naturaleza. Para clasificar nuestros edificios nos fijamos en si miran al noroeste o al sudoeste. Esto quizás pusiera de manifiesto una parte del sistema inconsciente basada en juicios de valor subyacentes en mis datos descriptivos. Juicios de valor como éstos no son necesariamente del mismo tipo que aquel otro de “Esta catedral es una muestra magnífica de la arquitectura barroca”, pero no dejan de ser juicios de valor, y ninguna enunciación de hechos que yo pudiera formular sería ajena a ellos. La enunciación de un hecho no deja de ser, después de todo, una enunciación, y da por sentado cierto número de juicios cuestionables que esas enunciaciones valen la pena más que otras, que estoy capacitado para formularlas y garantizar su verdad, que mi interlocutor es una persona a quien vale la pena formularlas, que no carece de utilidad el formularlas, y así por el estilo. Bien puede transmitirse información en las conversaciones de bar, pero en esos diálogos también sobresalen elementos de lo que los lingüistas llaman 'fáctico', o sea, de lo relacionado con el propio acto de comunicar. Cuando charlo con usted sobre el estado del tiempo doy a entender que una conversación con usted vale la pena, que lo considero persona de mérito y que se emplea bien el tiempo charlando con usted, que no soy antisocial, que no me voy a poner a criticar de la cabeza a los pies su aspecto personal. En este sentido no hay posibilidad de formular una declaración totalmente desinteresada. Por supuesto, se considera que el decir cuando se construyo una catedral no demuestra tanto interés en nuestra cultura como expresar una opinión sobre su estilo arquitectónico, pero también podrían imaginarse situaciones en las cuales la primera declaración estuviera más "preñada de valores" que la otra. Quizás “barroco” y "magnífico” hayan llegado a ser términos más o menos sinónimos, pero sólo unos cuantos tercos se aferrarían a una idea exagerada sobre la importancia de la fecha en que se construyó un edificio, y al consignarla enviaba yo un mensaje para indicar que me adhería a ellos. Todas las declaraciones descriptivas se mueven dentro de una red (a menudo invisible) de categorías de valor. Añádase que, indudablemente, sin esas categorías no tendríamos absolutamente nada que decirnos. No se trata solamente de que poseyendo conocimientos que corresponden a la realidad los falseemos movidos por intereses y opiniones particulares (cosa ciertamente posible), se trata también de que aun sin intereses especiales podríamos carecer de conocimientos porque no nos hemos dado cuenta de que vale la pena adquirirlos. Los intereses son elementos constitutivos de nuestro conocimiento, no meros prejuicios que lo ponen en peligro. El afirmar que el conocimiento debe ser “ajeno a los valores" constituye un juicio de valor. Bien puede ser que el gusto por los plátanos no pase de ser una cuestión privada, pero de hecho esto también es cuestionable. Un análisis a fondo sobre mis gustos en materia de comida probablemente revelaría profundos lazos con ciertas experiencias de mi primera infancia, con mis relaciones con mis padres y hermanos y con muchos otros factores culturales que son tan sociales y tan “no subjetivos” como las estaciones de ferrocarril. Esto es aun más cierto en lo referente a la estructura fundamental de los criterios e intereses dentro de los cuales nací por ser miembro de una sociedad en particular, como por ejemplo, creer que debo procurar mantenerme en buen estado de salud, que los diferentes papeles que se representan según el sexo al cual se pertenece tienen sus raíces en la biología humana o que el hombre es más importante que los cocodrilos. Usted y yo podemos no estar de acuerdo en tal o cual cuestión, pero ello se debe exclusivamente a que compartimos ciertas formas 10 profundas de ver y evaluar enlazadas a nuestra vida social y que no pueden cambiar si antes no se transforma esa vida. Nadie me va a imponer un fuerte castigo porque me desagrade algún poema de Donne; pero si reconozco que de plano la obra de Donne no es literatura, en ciertas circunstancias me arriesgaría a perder mi empleo. Estoy en libertad de votar por los laboristas o los conservadores, pero si trato de conducirme basándome en la creencia de que tal libertad meramente encubre un gran prejuicio —o sea que la democracia se reduce a la libertad de cruzar un emblema en la cédula para votar cada vez que se celebran elecciones- en ciertas circunstancias especiales bien podría acabar en la cárcel. La estructura de valores (oculta en gran parte) que da forma y cimientos a la enunciación de un hecho, constituye parte de lo que se quiere decir con el término “ideología”. Sin entrar en detalles, entiendo por ideología las formas en que lo que decimos y creemos se conecta con la estructura de poder o con las relaciones de poder en la sociedad en la cual vivimos. De esta definición gruesa de la ideología se sigue que no todos nuestros juicios y categorías subyacentes pueden denominarse — con provecho— ideológicos. Ha arraigado profundamente en nosotros la tendencia a imaginarnos moviéndonos hacia el futuro (aun cuando existe por lo menos una sociedad que se considera de regreso ya del futuro), pero si bien esta manera de ver quizá logre conectarse significativamente con la estructura del poder en nuestra sociedad, no es preciso que tal cosa suceda siempre y en todas partes. Por ideología no entiendo nada más criterios hondamente arraigados, si bien a menudo inconscientes. Me refiero muy particularmente a modos, de sentir, evaluar, percibir y creer que tienen alguna relación con el sostenimiento y la reproducción del poder social. Que tales criterios no son, por ningún concepto, meras rarezas personales puede aclararse recurriendo a un ejemplo literario. En su famoso estudio Practical Criticism (1929), el crítico I. A. Richards, de la Universidad de Cambridge, procuro demostrar cuán caprichosos y subjetivos pueden ser los juicios literarios, y para ello dio a sus alumnos (estudiantes de college) una serie de poemas, pero sin proporcionar ni el nombre del autor ni el título de la obra, y les pidió que emitieran su opinión. Por supuesto, en los juicios hubo notables discrepancias, además, mientras poetas consagrados recibieron calificaciones medianas se exaltó a oscuros escritores. Opino, sin embargo que, con mucho, lo más interesante del estudio -en lo cual muy probablemente no cayó en la cuenta el propio Richards- es el firme consenso de valoraciones inconscientes subyacente en las diferencias individuales de opinión. Al leer lo que dicen los alumnos de Richards sobre aquellas obras literarias, llaman la atención los hábitos de percepción e interpretación que espontáneamente comparten lo que suponen que es la literatura, lo que dan por hecho cuando se aproximan a un poema y los beneficios que por anticipado suponen se derivaran de su lectura. Nada de esto es en realidad sorprendente, pues presumiblemente todos los participantes en el experimento eran jóvenes británicos, de raza blanca pertenecientes a la clase alta o al estrato superior de la clase media, educados en escuelas particulares en los años veinte, por lo cual su forma de responder a un poema dependía de muchos factores que no eran exclusivamente “literarios”. Sus respuestas críticas estaban firmemente entrelazadas con prejuicios y criterios de amplio alcance. No se trata de que haya habido culpa no hay respuesta crítica ajena a esos enlaces, y, por lo tanto, no existen las interpretaciones o los juicios críticos literarios puros. Uno mismo tiene la culpa, en caso de que alguien la tenga. El propio I. A. Richards como joven profesor de Cambridge, perteneciente a la clase media superior, no pudo objetivar un contexto de intereses que él mismo había en gran parte compartido y, por consiguiente, tampoco pudo reconocer a fondo que las diferencias de evaluación locales, “subjetivas” actúan dentro de una forma particular, socialmente estructurada de percibir el mundo. 11 Si no se puede considerar la literatura como categoría descriptiva “objetiva”, tampoco puede decirse que la literatura no pasa de ser lo que la gente caprichosamente decide llamar literatura. Dichos juicios de valor no tienen nada de caprichosos. Tienen raíces en hondas estructuras de persuasión al parecer tan inconmovibles como el edificio Empire State. Así, lo que hasta ahora hemos descubierto no se reduce a ver que la literatura no existe en el mismo sentido en que puede decirse que los insectos existen, y que los juicios de valor que la constituyen son históricamente variables, hay que añadir que los propios juicios de valor se relacionan estrechamente con las ideologías sociales. En última instancia no se refieren exclusivamente al gusto personal sino también a lo que dan por hecho ciertos grupos sociales y mediante lo cual tienen poder sobre otros y lo conservan. Como esta afirmación puede parecer un tanto forzada y nacida de un prejuicio personal, vale la pena ponerla a prueba considerando el ascenso de la “literatura” en Inglaterra.  

Tomado de: Eagleton, Terry (1998). Una introducción a la teoría literaria, México, Fondo de Cultura Económica, pp. 11-2 







domingo, 25 de julio de 2021

QUE SIGNIFICA LA ANTIOQUEÑIDAD

 

    Este excelente texto escrito por el historiador colombiano Giovanni Restrepo, en un país de regiones y regionalismos, es una radiografía muy rigurosa de lo que producen ciertos atavismos e imposturas que sirven de soporte para crear falsas identidades y expectativas peligrosas que alimentan muchas actitudes en el limite de lo ilegal y excluyente. Cesar Hernando Bustamante

“El hacha que mis mayores

Me dejaron por herencia,

La quiero porque a sus golpes

Libres acentos resuenan

Yo que nací altivo y libre

Sobre una sierra antioqueña

Llevo el hierro entre las manos

Porque en el cuello me pesa.”

Epifanio Mejía


¡Eh Ave María pues ¡ 

¡Gracias a Dios!, 

La Virgen lo acompañe…


Pa´tras ni pa´coger impulso…

Al que madruga Dios le ayuda…

Póngala como quiera…


El himno de Antioquia, las expresiones del lenguaje cotidiano, los imaginarios y sus representaciones sirven de abrebocas para pensar lo que son los antioqueños en Colombia, pero exige dimensionar una de las realidades históricas sobre las cuales se ha dicho y especulado en exceso, sin embargo, tanto los cronistas como los viajeros , visitantes, extraños y estudiosos, han aludido a su particularidad y rasgos específicos, afirmando que en estas tierras, confluyeron en la interacción hombre naturaleza una serie de elementos que moldearon desde fines del siglo XVIII una mentalidad, un ethos y una identidad que dio forma a lo paisa y a los paisas que es como generalmente son llamados los antioqueños. 


El aislamiento geográfico que definió desde comienzos de la colonia la región antioqueña con relación al resto de provincias y poblados importantes del país, en un medio geográfico habitado por cadenas montañosas que se cruzan y superponen unas con otras dando forma a interminables y paradisiacos paisajes, surcados por torrentosos ríos y selvas tupidas y ponzoñosas, donde habitan serpientes, aves, insectos, animales mitológicos y seres humanos, sirvió de telón de fondo para la construcción de unas condiciones culturales que dieron sentido y forma a los antioqueños como un colectivo sociocultural, distinto, mestizo, negro, blanco, mulato, zambo, indígena, todos ellos fundidos en una mixtura como si estuvieran ensimismados, retraídos, pero mirando siempre al horizonte para adecuar e identificarlo, al punto que en la apropiación, reconocimiento y simbolización del territorio, el resto de colombianos los identifica con admiración o con recelo por su profundo sentido de pertenencia al entorno, a lo propio, a lo local, expresado como una totalidad en su regionalismo. “Al otro lado del río Magdalena y en condiciones geográficas […] encontramos la región antioqueña, junto con los actuales departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda. Es un grupo racial profundamente modificado por el medio físico y las condiciones económicas en que ha vivido. Se distingue con absoluta nitidez de los demás grupos del país. Es un pueblo orgulloso de su raza, de sus montañas y de su lucha por hacer habitable y productiva una naturaleza arisca; los antioqueños (“paisas”, popularmente) son generalmente emprendedores, “migradores” y comerciantes; de familias tradicionalmente numerosas y patriarcales, son activos, ambiciosos y fuertes y relativamente homogéneos en su carácter y costumbres; el antioqueño por lo general habla en voz alta y acciona abundantemente, su acento es desapacible y algo ingrato al oído por carecer de ritmo variado, articular mal algunos fonemas y acentuar descuidadamente la frase […]”


Sin embargo, en el proceso de caracterización o definición de los antioqueños o de los “paisas”, se han tejido interpretaciones que pasan por conferirles un fenotipo particular relacionado con un pretendido origen de ascendencia judía y vasca, con la cual supravaloran su disposición “natural” para los negocios y también sus relaciones de parentesco y redes familiares, ignorando lo aprendido y heredado de los pobladores indígenas y de los afrodescendientes llegados con los españoles. En estas condiciones, el resultado del proceso de mestizaje reflejó también la necesidad del “blanqueamiento” como dispositivo de diferenciación, que en la práctica, ignora o desvirtúa lo indígena y lo negro como referente de una cosmovisión pluriétnicas, que se demuestra discursivamente a través de expresiones peyorativas y burdas cuando se alude al indio o al negro respectivamente. Pero la construcción de esta mentalidad del antioqueño ha estado marcada por el contraste permanente entre la apropiación del territorio, su condición de trashumante, emprendedor, aventurero, trabajador, individualista, religioso, negociante, creativo, desconfiado, oportunista, fiel devoto de la familia y de la Iglesia. 


Pero si nos adentramos en su espíritu y racionalidades, podremos descubrir que la puesta en escena de esta forma de ser y ver el mundo ha llevado a los antioqueños a enarbolar una identidad que ignora la diferencia, al otro, proyectando una imagen autorreferencial y particularista que no ha logrado asumir la nación, es decir, a los otros, como referente del que también hacen parte, poniendo como brecha esa supravaloración de lo antioqueño. Este tipo de percepciones ha terminado por extremar su supremacía regional, al punto de difundir un discurso que justifica la misma considerando a los antioqueños como una razadesplegando un imaginario que ha servido para imponer sus representaciones del mundo, los valores, la vida cotidiana y demás expresiones con las que se relacionan con los otros.

 

Luis López de Mesa caracterizaba a los pobladores de estas montañas así: “Tímido y orgulloso a la vez es el antioqueño, mezcla que le perjudica grandemente, porque le priva de la flexibilidad del bogotano y de la agradable franqueza del costeño. Aventurero también, gusta de conocer el mundo, y es observador de mucha inquietud mental, aunque de información y en superficie todavía. No posee “humor”, siquiera se le reconoce fama de chistoso, pues su gracejo es por exageración, al revés del bogotano que busca siempre el retruécano y el juego de las alusiones sutiles. Abusa del diminutivo para calificar las personas y las cosas, y sin embargo le embaraza expresar públicamente la ternura de sus íntimos afectos. Conserva buena tradición de honradez, pero es ambicioso y un poco tahúr en los negocios. Progresista y civilista, ama la paz y la civilización material […] Este aprecio, apego, exaltación y peculiar valoración de lo suyo, ha llevado, sin embargo, en gran medida, a que los “paisas”, como se denomina a los antioqueños, a cultivar actitudes y comportamientos de exclusión hacia las gentes de otras regiones e, inclusive, a un regionalismo exagerado y en oportunidades violento.” 


Pero para entender esta idiosincrasia de los antioqueños, es necesario mencionar los referentes que de manera articulada sirvieron de soporte para imprimirle una personalidad específica al territorio y sus pobladores. El discurso de las élites del poder logró cohesionar su mundo como un bastión identitario en el cual podían leerse por igual pobres y ricos, le dio protagonismo particular al territorio, a las dificultades inherentes a sus accidentes geográficos donde la bravura de los antioqueños y su espíritu emprendedor, fueron los ejes que movilizaron millares de ellos a explorar, colonizar y fundar poblados, a descuajar las selvas y montar proyectos productivos, a arañar la tierra y sacar los metales preciosos de sus entrañas, a crear empresas y comerciar con todos. Pero todo fue posible gracias a una fusión de elementos donde figura en primer plano la familia, nuclear y extensa, los dispositivos de poder y las redes familiares posibilitaron el crecimiento y prosperidad económica para unos y para otros, la idea o el imaginario si se quiere, que era posible alcanzar fortuna, estaba ahí, solo había que buscarla. Sumado a lo anterior, esta personalidad se hizo en defensa de los valores y preceptos de la moral católica, apostólica y romana que, en un ejercicio de asimilación cotidiana convirtió la prédica del sacerdote en axiomas de vida y verdad, en una moral puesta a prueba pero acomodada a sus intereses particulares y en la cual, los negocios basados en una racionalidad jurídica y legal permitieron el agiotismo, la usura, la explotación del otro, pero siempre, en defensa de su honradez y de la palabra comprometida. Las habilidades para los negocios siguen dejando su impronta, hacer de cualquier actividad una oportunidad económica, les permitió aventurarse en empresas quijotescas, importando mercancías de ultramar, abriendo caminos en medio de las montañas, sembrando y trabajando duro hasta entronizar expresiones del lenguaje cotidiano como sustrato sociocultural característico de los paisas. Por eso hasta hoy, la tradición y los ancestros son modelos dignos de imitar, de preservar y con ella, poder seguir representando lo que fueron y lo que siguen siendo hoy. Nos referimos a la “verraquera”, a esa forma de ser pertinaz e incansable, ‘la verraquera’ es exaltada como esa convicción inquebrantable de acometer cualquier empresa, es la posibilidad mental de no dejar que las adversidades pudieran más que el empeño, esa fue la condición bajo la cual los mayores colonizaron montañas, fundaron pueblos, esa misma convicción que los hace antioqueños por excelencia. Pero también este aspecto ha sido fermento para cuestionar otros proyectos regionales, incluso, hasta para acometer empresas que atentaron contra la integridad misma de la nación y transgredir la tradición y valores heredados, trasmutando dicha “verraquera” en una idea temeraria e irresponsable, a través del delito y la muerte, como es el narcotráfico. 

Esta forma de ser de los paisas admirada por unos y repudiada por otros fue descrita con toda agudeza por Emiro Kastos  a mediados del siglo XIX: “Los antioqueños no tienen pasiones a medias: por lo regular sus aficiones son impetuosas, sus sentimientos enérgicos”. De aquí resulta que los que toman un buen camino, los que se proponen un objeto laudable, como mi compadre, a despecho de todos los obstáculos, van muy lejos. Pero también, cuando alguno se echa a rodar por la mala pendiente de los vicios, no se detiene hasta llegar al abismo. Si alguien coge los dados en la mano, no se anda por las ramas: en una noche juega su fortuna, agota su crédito, el de sus amigos, y vendería hasta su alma para seguir jugando si hubiera quien la comprase […]” Sin embargo, desde el sentir mismo de los antioqueños, el acceso a la riqueza solo se forja con trabajo, disciplina y dedicación, así las cosas, la idea de la pujanza de los antioqueños en clave económica, solo es posible enfrentando los desafíos del entorno para dar rienda suelta a las pasiones que fueran necesarias para lograr el éxito. Los medios y la manera de hacerlo se mueven en una delgada línea, es decir, se juega entre la norma y el oportunismo. De ahí que esa imagen de los negocios haya sido leída por amplios sectores de la sociedad como oportunismo, como avivatada para aprovecharse, para engañar y timar al otro. Algunos se han dado en relacionar esta perspectiva como el carácter pasional de los antioqueños, ese mismo donde se funden el machismo, el patriarcalismo, la religión, la familia, el Estado y esa particular visión de la prosperidad económica como precepto de vida, incluso, hasta sacrificando la convivencia con los otros. Para cerrar esta descripción sobre la forma de ser del antioqueño, debemos mencionar una intención manifiesta en sus hábitos y pensar, es decir, la idea que de ellos deben tener los demás, o sea, el resto de Colombia. No se trata de una apariencia superficial, se alude a la imagen proyectada como producto del éxito colectivo o individual y por extensión, como garantía de dicha personalidad histórica, o sea, lo que puede ser objeto de envidias o simplemente, imitación de Antioquia como el referente y en consecuencia, como axioma de verdad. Así por ejemplo, 

“en 1995, una gesta similar marca el corazón del territorio antioqueño: inició su operación comercial el Metro de Medellín; ícono y colofón más representativo del progreso paisa en el siglo XX, destacado por otras obras que alimentaron el imaginario de una sociedad moderna y emprendedora: desde la construcción de la avenida la Playa sobre lo que antes era la quebrada Santa Elena, hasta el imponente Edificio Coltejer erguido sobre el antiguo Teatro Junín. Toda sociedad va configurando un entramado de sentidos con que sus miembros le dan significado a los fenómenos de la vida cotidiana y encuentran referentes de identificación, reconocimiento y proyección individual y colectiva. Para el caso de los antioqueños, el progreso es la trama sobre la cual teje los hilos de su cultura, el horizonte que signa su historia. A partir de ese norte encuentran fundamento la mayoría de sus valores, sus modos de ser, comportarse y relacionarse. Este propósito ha estado claramente comprendido como sinónimo de riqueza material, o culto monetario […] El objetivo de progreso material no puede entenderse en la cultura antioqueña sin el afán de aparentar, bien sea para alardear de sí mismos y de lo que se logra, para fingir lo que se quiere ser o para negar realidades que contradigan la buena imagen. Esta ha sido una crítica reiterada de escritores antiguos y contemporáneos, propios y foráneos al modo de ser de los paisas, como lo expresa Giraldo: “ha sido muy propia de los antioqueños la tendencia a creerse el centro del universo, algo que provendría de un orgullo regional aderezado con una disposición incorregible para la exageración sobre los méritos propios”. (2013, pág. 97) Para el antioqueño siempre ha sido importante la imagen, hay que ser y parecer, pero si aún no se puede ser, al menos parecer. 

   

En definitiva, esta cosmovisión ha hecho parte de la idiosincrasia de los antioqueños y de las maneras como éstos se han aferrado a su territorio para dimensionarlo como único, tozudo y agreste, proverbial y demoniaco, totalidad para aprender y crear, para transformar y apropiar. Esta particular relación de sus gentes con el entorno logró fusionar una personalidad capaz de colonizar, de hacer empresa, de ampliar el horizonte proyectando un imaginario donde se articulan el trabajo, la familia, la religión y el emprendimiento, todos ellos dispuestos como herramental de la cultura que por desgracia, también ha servido para la comisión de delitos y para el usufructo de sectores antagónicos al proyecto heredado de los mayores, en contradicción con su ethos ancestral y en disputa con su visión de futuro. Los antioqueños se leen como unidad, pero en el fondo, dicha conjunción no es otra cosa que un resultado en el tiempo de cómo se afianzó una identidad y cómo hoy la misma ofrece otros componentes o la resemantización de los mismos pero con una visión del mundo diferente. Antioquia vive por su particularidad, pero también por ser parte fundamental de la nación colombiana y que ojalá se reflejara en sus discursos e identidades para su articulación con el resto de Colombia. 


Giovanni Restrepo Orrego

viernes, 9 de julio de 2021

PROLOGO DEL LIBRO RELATOS REALES DE JAVIER CERCAS

 

He auscultado desde la perspectiva de la teoría literaria la relación del texto y el lector. Toda novela, narración, ensayo tiene un autor por antonomasia, de hecho, una vez terminado y publicado, el lector completa la tarea en el ejercicio implícito y concreto de leer, de esta relación tensa, se da una interpretación, que casi siempre no es única. Piglia, se preguntaba en un prólogo a un libro de Sara Hirschman, ¿qué quiere decir entender un relato?, ¿Cuál es la comprensión qué está en juego en una narración?, este prólogo al libro “Relatos” de Javier Cercas, constituye la visión particular de un narrador, desde lo que significa enfrentarse a un texto o un relato especifico, me parece importante que los lectores lo lean, abre nuevos interrogantes relevantes entre la ficción y la realidad. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE.

 

Javier Cercas

 

Éste fue para mí un libro importante. Lo empecé a escribir hacia finales de 1997 y lo terminé hacia finales de 2000, cuando ya estaba a punto de ingresar en la cuarentena. Por entonces vivía en Barcelona, daba clases de literatura en la universidad de Gerona y, aunque nunca fui un profesor que de vez en cuando escribía novelas, sino un novelista que se ganaba la vida en la universidad, no era capaz de escribir las novelas que buscaba, las abandonaba apenas empezadas o a medio escribir, o las arrojaba a la papelera una vez terminadas, avergonzado de ellas. El caso es que me sentía un escritor fracasado, suponiendo que me sintiera escritor. Fue una época triste, o así la recuerdo ahora; paradójicamente, lo que el lector puede leer a continuación son algunas de las páginas más alegres (si no más felices) que yo haya escrito.

Si éste es un libro importante para mí, lo es sobre todo porque cambió mi manera de escribir, incluida mi manera de escribir novelas. Antes de este libro yo aspiraba, me temo, a ser un escritor posmoderno, más concretamente un escritor posmoderno norteamericano; después de este libro ya sólo aspiro a ser el mejor escritor que puedo ser. Antes de este libro —y en parte como reacción contra aquello que en mi juventud todavía se llamaba «literatura comprometida», que juzgaba mediocre, aburrida y populista—, yo creía que la literatura no era útil, que era apenas un juego sofisticado, un ejercicio intelectual selecto, irónico y gozosamente superfluo; ahora sé que no hay nada más serio que la ironía y que, aunque la literatura sea un juego, es un juego en el que uno se lo juega todo; también sé que es extremadamente útil, siempre y cuando no se proponga serlo (en cuanto se lo propone, se convierte en propaganda o pedagogía y deja de ser literatura, que es lo que ocurría a menudo con la llamada «literatura comprometida»). Antes de este libro yo era, por decirlo así, un escritor de gabinete, más bien libresco, un poco claustrofóbico; sigo siéndolo —un escritor que en una u otra medida no sea esas tres cosas no es un escritor: es un escribano—, pero estas crónicas de periódico me obligaron a correr el riesgo de la intemperie, a salir a la calle y tomar notas de hechos y cosas y gente, a contrastar la escritura con la realidad, a contar historias complejas y formular complejas ideas de la manera más breve y transparente posible, a inventarme una escritura mucho más precisa, veloz, nítida y sintética que la que había practicado hasta entonces, también un tipo de relato capaz de ceñirse a lo real y de mezclar en su seno géneros distintos. Este libro se convirtió, así, en el laboratorio de Soldados de Salamina: no en vano escribí esa novela, que se publicó en 2001, mientras aún escribía estas crónicas; no en vano el narrador de Soldados de Salamina afirma que esa novela es un «relato real» (lo que no significa que lo sea, de igual modo que Cide Hamete Benengeli no es el verdadero autor del Quijote, por mucho que lo afirme el narrador del Quijote); no en vano una de estas crónicas, titulada «Un secreto esencial», está incluida en Soldados de Salamina y fue su germen. O, dicho de otro modo, este libro es la llave que me abrió la puerta de una literatura nueva, de una nueva manera de entender la literatura que de momento se ha cerrado con El monarca de las sombras, el reverso de Soldados de Salamina. Por eso digo que, para mí, fue un libro importante: porque gracias a él superé un bloqueo de años y dejé de sentirme un escritor fracasado, o por lo menos volví a sentirme escritor.

Quien escribe un libro nunca sabe lo que ha escrito. Cervantes pensaba al final de sus días que su mejor novela era el Persiles, que a nosotros nos parece casi ilegible, y Jules Renard persiguió con vehemencia el fantasma esquivo de la gran novela, pero ya sólo lo recordamos por la inteligencia y el sarcasmo de sus diarios (quizá una paradoja semejante acabe definiendo la posteridad de dos escritores tan disímiles como Witold Gombrowicz e Imre Kertész). Soy vanidoso, pero no lo suficiente para aspirar a ser leído después de muerto; me conformaría con deparar un poco de placer a los vivos. Y quién sabe si, veinte años después de su publicación, estas páginas que fueron en su momento concebidas como experimentos laterales no contengan fragmentos más agradables que otras que, porque han gozado de más suerte y son menos desconocidas, ocupan un lugar más central en mis escritos. Que el lector decida.



jueves, 24 de junio de 2021

TEORIA LITERARIA

 


El ejercicio de la crítica literaria exige de antemano una formación que desde hace mucho tiempo ha sido tarea de especialistas nacidos en la academia y de ciertos autores de probada competencia. Hasta hace una época en latinoamericana la crítica estaba en manos de empíricos y lectores avezados, hasta llegar a ser ejercida por personas con mucha preparación y sensibilidad. Hay una teoría literaria de muchos años, expandida y estudiada por escuelas y hombres que la han llevado muy lejos. Recuerdo a los formalistas rusos (1914-16 del siglo pasado), a los estructuralistas italianos y a ingleses quienes ejercieron la crítica literaria y el desarrollo de la teoría literaria con una verdadera pretensión de ciencia, siendo ahora un faro para los nuevos críticos y estudiosos de la literatura.

Hablar de teoría literatura de antemano supone la existencia de una literatura. Terry Eagleton rechazando un poco el concepto de literatura como la narración de hechos de ficción, en uno de sus textos más emblemáticos expresa: “Quizá haga falta un enfoque totalmente diferente. Quizá haya que definir la literatura no con base en su carácter novelístico o “imaginario” sino en su empleo característico de la lengua. De acuerdo con esta teoría, la literatura consiste en una forma de escribir, según palabras textuales del crítico ruso Román Jakobson, en la cual "se violenta organizadamente el lenguaje ordinario". La literatura transforma e intensifica el lenguaje ordinario, se aleja sistemáticamente de la forma en que se habla en la vida diaria”.  El diccionario de la academia española de la lengua define la literatura como el «arte de la expresión verbal» ​ (entendiéndose como verbal aquello «que se refiere a la palabra, o se sirve de ella» ​) y, por lo tanto, abarca tantos textos escritos (literatura escrita) como hablados o cantados (literatura oral).  Los formalistas rusos asumieron la literatura desde el ámbito de la lingüística a pesar de ello empezaron a “considerar la obra literaria como un conjunto más o menos arbitrario de "recursos", a los que sólo más tarde estimaron como elementos relacionados entre sí o como "funciones" dentro de un sistema textual total. Entre los "recursos" quedaban incluidos sonidos, imágenes, ritmo, sintaxis, metro, rima, técnicas narrativas, en resumen, el arsenal entero de elementos literarios formales. Estos compartían su efecto “enajenante” o “desfamiliarizante”. Eagleton refiriéndose a esta escuela enfatiza: Lo específico del lenguaje literario, lo que lo distinguía de otras formas de discurso era que "deformaba" el lenguaje ordinario en diversas formas. Sometido a la presión de los recursos literarios, el lenguaje literario se intensificaba, condensaba, retorcía, comprimía, extendía, invertía. El lenguaje "se volvía extraño", y por esto mismo también el mundo cotidiano se convertía súbitamente en algo extraño, con lo que no está uno familiarizado. En el lenguaje rutinario de todos los días, nuestras percepciones de la realidad y nuestras respuestas a ella se enrancian, se embotan o, como dirían los formalistas, se “automatizan”. La literatura, al obligarnos en forma impresionante a darnos cuenta del lenguaje, refresca esas respuestas habituales y hace más 'perceptibles' los objetos”.

Existen muchos textos de teoría literaria, verdaderos estudios, la mayoría de universidades contemplan la literatura como carrera, lo que presupone un método y la pretensión de ciencia. Wilkipédia define la teoría literaria acudiendo a una perspectiva histórica: “La teoría literaria o teoría de la literatura es, en sus términos específicos, los propios de la ciencia de la literatura, o sea, la disciplina general, constructiva, descriptiva y teorética, que se ocupa de la Literatura. Constituye el criterio teórico junto al diacrónico de la historia de la literatura y el aplicativo de la crítica literaria. En su primordial sentido fuerte, la teoría literaria se identifica con la techne milenaria y tradicional la que, como tratado fue iniciada para Occidente por Aristóteles mediante sus tratados de retórica y poética, es decir las teorías constructivas del discurso y la obra literaria".​ En este sentido, la teoría en tanto que techne literaria es definible como la serie de principios, normas y saberes acerca de qué es y cómo se construye la literatura, configurando, pues, una teoría explícita o a priori, doctrinal, prescriptiva e ideológica. Por su parte, la teoría literaria define a posteriori, la perspectiva de esa serie de ideas o pensamientos en cuanto inferidos o re-construibles mediante la reflexión y el análisis sobre el objeto literario dado”. Está claro que la ambición de este autor es la universalidad y la atemporalidad de sus principios: son y serán siempre los mismos. Estas son ambiciones cuestionables porque los métodos explicativos de una disciplina como ésta no están sujeta a principios fijos, no es nada exacto, sino que pueden cambiar”. No hay teoría de la literatura sin obras concretas. La teoría de la literatura surge como consecuencia de la existencia previa de fenómenos creativos. Estoy estudiando con juicio la teoría literaria en razón de una historia de la crítica latinoamericana. Espero entregarles a mis lectores en otras entradas parte de mi bibliografía y las referencias previas y textos que estoy leyendo.

domingo, 13 de junio de 2021

LA AMISTAD (Relato)

 

¿A     quiénes    eligen       los    hombres como          amigos?: A      otros          hombres más o menos de la misma edad, con intereses parecidos, por ejemplo, los       libros.       ¿Es  cierto? Tal vez. (¿Interesante?          Para nada.) J.M Coetzee en correspondencia con Paul Auster.

 

La amistad es un don y un bálsamo para la vida, tal vez, el mejor antídoto contra estos tiempos tan marcados por la incertidumbre y la zozobra. Hay grandes amistades en la historia y también grandes traiciones entre amigos, algunas más emblemáticas que otras. Sócrates en el dialogo de Lisis nos recuerda:  No cabe amistad entre dos hombres cuyas inclinaciones y afectos no son recíprocos, porque por ambos lados, sin esta reciprocidad, falta algo a la amistad. Si allí donde la amistad no existe no hay amigo. La segunda definición: El amigo es aquel que es amado, se exponen necesariamente ¿las mismas objeciones. El ser amado, si no se ama, no constituye amistad. Platón se apoya en diversos ejemplos que conducen a una conclusión negativa. Ya tenemos descartadas dos teorías. Las que combate la amistad sometida a la condición de la reciprocidad, está apoyada en la autoridad de algún filósofo ilustre. Esta afirmación del todo no cierta, se le puede anteponer la contraria, que solo son amigos aquellos que aman cosas diferentes, lo que tampoco corresponde a la realidad. Como todos los diálogos Platónicos, este también ausculta hasta el extremo el sentido de la amistad: “He aquí una nueva idea extraída del mismo dialogo :«Existe un ser supremo que no es amado en vista de ningún otro bien, un bien que es nuestro verdadero amigo, puesto que a él es a donde va a parar en definitiva toda amistad. Mas para quitar toda duda, Sócrates tiene necesidad de volver a la suposición precedente, de que "el bien es amado en previsión del bien y a causa del mal. Porque si el mal engendra nuestra amistad por el bien, el bien no tiene existencia sino relativamente al mal, del cual es remedio". La amistad, nacida del apetito y el deseo”,  en la búsqueda de la otredad, lo que prefigura lugares comunes, supone “un ser encuentra en la naturaleza de otro ser, alguna cosa que le conviene para la mistad entre los dos, el carácter, las costumbres o la persona misma, y por su parte encuentra en su propia naturaleza alguna cosa que conviene al otro. El deseo arrastra el uno hacia el otro, una atracción mutua los aproxima, y de esta manera nacen el amor y la amistad que los ligan”.

Mis amigos, dos seres diferentes, constituimos un solo vinculo de afectos, de encuentros y des-encuentros, una manera de alivianar la vida, el hecho de que todo combate en la existencia es inútil. La vida de cada uno está motivada por causas muy diferentes, los hijos, el sentido de trascendencia y la negación de la finitud. Charles Lamb dice que se puede tener amigos y no querer verlos. Schekespeare expresa que “la amistad es taciturna por qué es sencilla y sin ambivalencias”. Hay un comentario en la correspondencia de Paul Auster y Coetzee muy interesante: “Uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con ella. En otras palabras, hacer de una mujer tu amante no es más que el primer paso; el segundo hacer de ella tu amiga, es lo que importa; sin embargo, en la práctica hacerse amigo de una mujer con la que te has acostado es imposible, porque quedan en el aire demasiadas cosas sin decir”. “A diferencia del amor o la política, que no son nunca lo que parecen, la amista es siempre trasparente”.

Trato de ser buen amigo de Giovanni, que es un historiador y buen padre de familia, como buen iconoclasta, sus opiniones sobre la política y el estado siempre son de resistencia y crítica. Sandra es una mujer de tiempo completo, voluptuosa y sincera, luchadora a todo timbal, sobrevive en un país que hasta ahora empieza a considerar con algún respeto a las mujeres desde el punto legal y en oposición al machismo ancestral enquistado en los hombres y en las propias mujeres, tiende a nivelar las cargas con políticas de género. Los hombres poco hablamos de nuestros sentimientos y más bien actuamos como sí todo lo tuviéramos bajo control. lo que no es cierto.  Por eso, la amistad entre hombres perdura en el ámbito del no saber en muchas ocasiones. Con mujeres como Sandra no hay atajos, se es o no se es.

Borges en el Aleph nos dice sobre la diferencia entre la amistad y el amor: “Es que la amistad no necesita frecuencia. El amor sí. Pero la amistad y sobre todo la amistad de hermanos, no necesita frecuencias. El amor está lleno de ansiedades, un día ausente puede ser terrible, pero yo tengo tres o cuatro amigos a los que veo una o dos veces al año”. Gabo expresaba sobre los amigos con total indulgencia: “Yo escribo simplemente para que mis amigos me quieran mucho y para que los que me quieren mucho me quieran más. Por eso hago lo posible para que mis cuentos sean tan sencillos y bien armados, y tan fascinantes para los adultos, como lo es ‘Caperucita Roja’ para los niños”.

Creo que tampoco la amistad requiere de tiempo, en ocasiones nace de la admiración. Este fue el mayor soporte entre Engels y Marx.

La amistad con mis amigos tiene muy poco tiempo, pero es sólida y  está sustentada sobre las afinidades y con esa admiración que nos conmueve del otro. Sandra es una madre cabeza de hogar, sencilla, clara y con la capacidad para enfrentar la vida en un país sin ninguna garantía. Es un hecho que la amistad se refiere al vínculo estrecho que se forma entre dos personas o un grupo. Este tipo de relación suele estar basado en la confianza, el afecto, la lealtad, la simpatía y el respeto que se depositan, de manera recíproca, los miembros de la relación. Aceptar al otro como es, tal y cual. En “El último encuentro” de Sándor Marai hay una elucidación sobre la amistad interesante y absolutamente clara: “Más allá de las pasiones, de los egoísmos, esta ley, la ley de la amistad, prevalecía en el corazón de los hombres. Era más poderosa que la pasión que une a hombres y a mujeres con fuerza desesperada; la amistad no podía conducir al desengaño, porque en la amistad no se desea nada del otro; se puede matar a un amigo, pero la amistad nacida entre dos personas en la infancia no la puede matar ni siquiera la muerte, puesto que su recuerdo permanece en la conciencia de los hombres, como permanece el recuerdo de una hazaña discreta que no se puede expresar con palabras”.

Sandra y Giovanni son dos amigos a carta cabal. Nos encanta conversar y desentrañarle las trampas a la vida que son muchas. Espero tenerlos al lado por mucho tiempo.

martes, 8 de junio de 2021

LA LECTURA

 



Quisiera consignar un milagro trivial, del que uno no se da cuenta hasta después que ha pasado: el descubrimiento de la lectura. El día en que los veintiséis signos del alfabeto dejan de ser trazos incomprensibles en fila sobre un fondo blanco, arbitrariamente agrupados, y se convierten en una puerta de entrada que da a otros siglos, a otros países, a multitud de seres más numerosos de los que veremos en toda nuestra vida, a veces a una idea que cambiará las nuestras, a una noción que nos hará un poco mejores o, al menos, un poco menos ignorantes que ayer.

MARGUERITE DE YOURCENAR,

¿Qué? La eternidad

Son muchos los estudios significativos sobre la lectura como proceso de aprehensión de la realidad. Es necesario establecer qué significa leer en términos físicos. “La lectura es el proceso de comprensión de algún tipo de información o ideas almacenadas en un soporte y transmitidas mediante algún tipo de código, usualmente un lenguaje, que puede ser visual o táctil (por ejemplo, el sistema braille)”. Goodman dice al respecto: “La lectura es un proceso cognoscitivo muy complejo porque involucra el conocimiento de la lengua, de la cultura y del mundo. “Toda lectura es interpretación y lo que el lector es capaz de comprender y de aprender a través de la lectura depende fuertemente de lo que el lector conoce y cree antes de la lectura”.  Hay autores que han ido mucho más allá del proceso físico, haciendo una escrutación ontológica y epistemológica al acto de leer y a la intrincada relación del lector con el texto.  En el prólogo del excelente libro de Louise Rosemblantt: ““La literatura como exploración” establece el a priori sobre el cual está autora estudia este proceso: “Rosemblantt no tiene la curiosidad del anatomista que busca conocer los músculos y movimientos, y la forma en que ellos construyen por medio de la alimentación, a través de la exhaustiva disección, sino del bailarín y el coreógrafo (Habla del lector) , o, sí se quiere, del terapeuta físico, quienes observan, y buscan comprender y desarrollar las potencialidades de la anatomía  humana ante diferentes estímulos y con diferentes propósitos”. Esta acción recíproca entre el lector y los signos que están en la página constituyen una transacción entre el texto y el lector. La escritura es uno de los soportes (Talvez el más importante) sobre el cual se construye el ser desde la perspectiva cognitiva.  Sobre-pasa la elucidación literal para constituir en un estímulo y una excursión a otras latitudes, es afectiva y emocional. Ósea la lectura no se reduce al texto, es modificada por el lector de acuerdo a un infinito de relaciones difícilmente cuantificables o claras, pero con efectos precisos sobre la realidad del lector que siempre tiende a modificarla. La complejidad a eso que llamamos lectura está descontada.

Estanislao Zuleta tomando a Nietzsche enfatiza: “Leer es trabajar, quiere decir ante todo que no hay un tal código común al que hayan sido “traducidas” las significaciones que luego vamos a descifrar. El texto produce su propio código por las relaciones que establece entre sus signos; genera, por decirlo así, un lenguaje interior en relación de afinidad, contradicción y diferencia con otros “lenguajes”, el trabajo consiste pues en determinar el valor que el texto asigna a cada uno de sus términos, valor que puede estar en contradicción con el que posee el mismo término en otros textos”. Adelante agrega: “Si nosotros no llegamos a definir qué significa para Kafka el alimento, entonces nunca podremos entender La metamorfosis, “Las investigaciones de un perro”, “El artista del hambre”, nunca los podremos leer; cuando nosotros vemos que alimento significa para Kafka motivos para vivir y que la falta de apetito significa falta de motivos para vivir y para luchar, entonces se nos va esclareciendo la cosa. Pero, al comienzo no tenemos un código común, ese es el problema de toda lectura seria, y ahora, ustedes pueden coger cualquier texto que sea verdaderamente una escritura, si no le logran dar una determinada asignación a cada una de las manifestaciones del autor, sino que le dan la que rige en la ideología dominante, no cogen nada. Por ejemplo, no cogen nada del Quijote si entienden por locura una oposición a la razón, no cogen ni una palabra, porque precisamente la maniobra de Cervantes es poner en boca de Don Quijote los pensamientos más razonables, su mensaje más íntimo y fundamental, su mensaje histórico, y no es por equivocación que a veces delira y a veces dice los pensamientos más cuerdos”.  Hay, como lo dice Rosemblantt una transacción entre el lector y el texto, una especie de re-elaboración, lo hace refiriéndose a la lectura de una obra de literaria y como esta es abordada en la docencia tradicional, la cual es nociva según la autora, ella la entiende desde un contexto mucho más amplio y real.

Lo dicho podría sintetizarse mejor: “Es claro que la actividad lectora exige una percepción de signos gráficos (ciclo óptico), una decodificación de esos signos (ciclo perceptual), una observación de la construcción o estructura del discurso (ciclo gramatical). Pero es cuando el lector utiliza estrategias de comprensión, de inferencia y de crítica del discurso –es decir, cuando tiene claridad acerca de los niveles de lectura y éstos son debidamente aplicados- que el estudiante cierra el proceso de lectura, logra llegar a la etapa de significado, el lector descubre y reconstruye el sentido del discurso”.

La lectura es entonces un viaje que desborda al texto. La suya no solamente es una re-elaboración desde la comprensión, es también una construcción de sentido. No solo interpretamos y comprendemos el texto, sino que pensamos a partir del mismo. Zuleta expresa: Estamos instalados en un lenguaje complejo y hay que aprender a leer; la primera fórmula es ésta: el código que producimos como lectores. Hay algunos autores que nos desafían desde la primera frase: Kafka, Musil, nos desafían a que produzcamos su código, que no es común”.

El libro de Louise M. Rosemblantt escrito en 1938 dirigido a los docentes y tendiente a cambiar la manera en que procede la enseñanza de la literatura, al final es una elucidación sobre la lectura, expresa categóricamente: “Cualquiera que sea su forma-poema, novela, drama, biografía o ensayo- La literatura vuelve comprensible las miradas de formas en las cuales los seres humanos hacen frente a las infinitas posibilidades que ofrece la vida.  Y Siempre buscamos algún contacto estrecho con una mente que exprese el sentido de la vida. Y también siempre en mayor o menor grado, el autor ha escrito a partir de un esquema de valores, de un marco social o incluso de un orden cósmico”. Esto quiere decir “que para los lectores la experiencia humana que muestra la literatura es fundamental”.

Ahora es un hecho que el texto siempre dice  cosas que se escapan al autor, a la intención del autor. Zuleta a partir de esta premisa genera una diatriba aún más interesante: “La escritura no tiene receptor controlable, porque su receptor, el lector, es virtual, aunque se trate de una carta, porque se puede leer una carta de buen genio, de mal genio, dentro de dos años, en otra situación, en otra relación; la palabra en acto es un intento de controlar al que oye; la escritura ya no se puede permitir eso, tiene que producir sus referencias y no la controla nadie; no es propiedad de nadie el sentido de lo escrito. “Este sentido es un efecto incontrolable de la economía interna del texto y de sus relaciones con otros textos; el autor puede ignorarlo por completo, puede verse asombrado por él y de hecho se le escapa siempre en algún grado: Escritura es aventura, el “sentido” es múltiple, irreductible a un querer decir, irrecuperable, inapropiable. “Lo anterior es suficiente para disipar la ilusión humanista, pedagógica, opresoramente generosa de una escritura que regale a un “Lector Ocioso” (Nietzsche) un saber que no posee y que va a adquirir.

A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos, no porque alguien nos lleve de la mano, sino simplemente porque nos salen al paso. Eso es leer, llegar inesperadamente a un lugar nuevo. Un lugar que, como una isla perdida, no sabíamos que pudiera existir, y en el que tampoco podemos prever lo que nos aguarda. Un lugar en el que debemos entrar en silencio, con los ojos muy abiertos, como suelen hacer los niños cuando se adentran en una casa abandonada.

GUSTAVO MARTÍN GARZO,

Elogio de la fragilidad