domingo, 28 de mayo de 2017

CIEN AÑOS DE SOLEDAD EN SU ANIVERSARIO


El mejor homenaje a “Cien de de Soledad” es volver a leerla, disfrutar y rumiar la infinidad de historias amalgamadas en una saga familiar, la de los Buendía, que constituyó una revolución sin precedentes para a literatura latinoamericana y las letras universales. La impresión que recibieron sus amigos que tuvieron el privilegio de leer algunos capítulos de manera anticipada: Carlos Fuentes, Álvaro Mutis,  Plinio Apuleyo, sigue vigente en cada nuevo lector que se acerca al texto, asombro,  absoluta estupefacción, frente a una obra que renovó la novela Latinoamericana y constituyó una revolución sin precedentes para la literatura universal.
Desde los 17 años fue construyendo su gran obra, cargado del mundo mítico narrado por su abuelo y Tranquilina su esposa, las tías Wenefrida, Elvira, Francisca, su prima hermana Sara Márquez, su hermana Margot, historias contadas con absoluto desparpajo como una realidad más del mundo pese a lo increíbles, sumado a su amor precoz por la lectura, fue un lector de poesía, conoció todo el romancero español, la poesía colombiana, la novela, de la mano de una obsesión por la escritura, que le sirvieron al final para escribir una obra inmensa, inconmensurable desde la perspectiva estética, de manera lenta, puliéndola todos los días en su imaginario en medio de muchas horas de lecturas infatigables.

Las primeras novelas “La hojarasca”, “La mala hora", “El coronel no tiene quien le escriba”, los cuentos anteriores a 1967, sus primeros pasos como periodista y cronista, constituyen una anticipación a “Cien años de soledad” su gran novela. Como lector va desatornillando las grandes obras de la literatura universal para saber como están escritas, para encontrar los secretos que le sirvan en su trabajo, de la mano de Faulkner, John Doss Pasos, Virginia Wolf, Kafka, Rulfo, Hemingway, del periodismo norteamericano, de sus obsesiones literarias que son muchas, que lo irán formando como escritor.
En las  biblioteca digital de la Luis Ángel Arango de Bogotá hay texto con una síntesis del momento exacto en que decide sentarse a escribir “Cien años de soledad” después de tantos años de estarla construyendo en su mente: “Todo parece indicar que luego de concluir “La mala hora”, García Márquez sufrió un serio bloqueo de sus facultades literarias. Hasta 1964 otros asuntos le impidieron dedicarse a la creación de literatura. El bloqueo terminó durante el trayecto de Ciudad de México a Acapulco, cuando, al volante de su Opel, tuvo la repentina visión de la novela que hacía tiempo se estaba gestando en su interior. La historia de las generaciones de los Buendía en el mundo mágico de Macondo, desde la fundación del pueblo hasta la completa extinción de la estirpe, constituiría un rescate de la historia por la conciencia mítica colectiva, y una extensa alegoría de la condición humana, del significado del tiempo y de la escritura como alquimia. De regreso en el Distrito Federal, escribiendo ocho y más horas diarias, mientras Mercedes se ocupaba de sostener el hogar, a lo largo de dieciocho meses en los que acumuló grandes deudas, García Márquez dio forma a Cien años de soledad (1967), que habría de significarle un éxito tan inmediato cuanto insospechado, con premios en Francia e Italia y récords de ventas en el mundo entero”. 
Gabo lo cuenta mejor: “Desde el 65 al 67. Fue una época estupenda. Es decir, una época que no era fácil porque no teníamos dinero, pero en cambio, una época muy buena, porque yo estaba escribiendo como un tren, que es lo mejor que le puede suceder a un escritor. Entonces cuando yo vi que Cien Años de Soledad venía y que no la paraba nadie, le dije a Mercedes, "tú te haces cargo de este asunto". Ella, por supuesto, no lo pensó dos veces. Es curioso que mis hijos, ahora, yo les pregunto por esta época y ellos me recuerdan como a un hombre que estaba encerrado en un cuarto, que no salía nunca...Y yo tenía la impresión de que era el ser humano más humano y más sociable del mundo. Y ahora me doy cuenta de que durante dieciocho meses no salí del cuarto. Pero yo recuerdo que salí una vez. Salí una vez cuando Mercedes me dijo que ya no había nada que hacer. Que ya había llegado al fondo. Entonces yo tenía un carro y lo llevé al Monte de Piedad y lo empeñé y le traje a Mercedes la plata y le dije, mira, aquí tienes como para diez años... Y duró tres meses. Y seguía escribiendo. Recuerdo que en mitad de camino el dueño de la casa llamó a Mercedes y le dijo, "señora, ustedes me deben tres meses de casa". Y Mercedes tapó el teléfono y me dijo, "¿cuánto tiempo te falta para terminar el libro?" y yo le dije, "como seis meses". Y entonces ella le dijo, "Mire, señor, no sólo le debemos tres meses, sino que le vamos a deber seis más". Y entonces el tipo le dijo, "¿y dentro de siete me pagan todo?" y dijo ella, "sí, todo" Y él respondió, "si usted me da su palabra, yo no tengo ningún inconveniente en esperarla". Y Mercedes tapó el teléfono y me dijo, "¿palabra?", y yo le dije, "mi palabra de honor". ¿Y tú sabes que a los siete meses fuimos y le pagamos todo? No por Cien Años de Soledad, porque yo terminé, y en un mes, traía tal perrenque en la mano, que me puse a trabajar después en publicidad y pudimos pagar todo eso. Pero cuando yo terminé Cien Años de Soledad, ya me había escrito la Editorial Suramericana y me había pedido... La Editorial Suramericana me escribió diciéndome que había leído todos mis libros y que tenían interés en reeditármelos. Y entonces yo les contesté diciéndoles que no podía porque tenía compromisos con otros editores. Pero en cambio, en septiembre terminaría un libro en el cual yo tenía mucha fe. Y que no tenía ningún inconveniente en dárselo a ellos. Y entonces ellos me dijeron que muy bien, que estaban de acuerdo, que contrataban ese libro. Lo contrataron y me mandaron con el contrato quinientos dólares de anticipo. Y el día que lo terminé nos fuimos al correo Mercedes y yo. Eran setecientas páginas. Entonces lo pesaron y dijeron que costaba ochenta y tres pesos, de México a la Argentina, y Mercedes me dijo, "no tenemos sino cuarenta y cinco". Le dije, "muy fácil", partí el libro por la mitad y le dije, "péseme este libro hasta cuarenta y cinco pesos". Pesaron hasta cuarenta y cinco: quitaban hojas como quien corta carne. Cuando llegó a cuarenta y cinco pesos agarré esas hojas, las envolví, las mandé y nos quedamos con el resto. Entonces nos fuimos a la casa y Mercedes sacó lo último que le faltaba por empeñar. Era el calentador que yo usaba para escribir. Porque yo puedo escribir en cualquier circunstancia, menos con frío. El secador que usaba para la cabeza y la batidora que había usado toda la vida para hacerles los jugos de frutas a los niños y ya los niños estaban creciendo y ya no la necesitaban. Se fue con eso al Monte de Piedad y le dieron unos cincuenta pesos.
El hecho es que volvimos con el resto de la novela al correo: la pesaron y dijeron, cuesta cuarenta y ocho pesos. Mercedes pagó sus cincuenta pesos, le dieron dos pesos y yo me di cuenta, cuando salimos del correo que estaba verde de encabronamiento y me dijo: "Ahora lo único que falta es que la hijueputa novela sea mala".
 Aquí mismo se le pregunta por sus anclajes y la respuesta de Gabo es bastante reveladora de su génesis creativa:
—Hablando de su obra, hay una frontera entre la realidad y la imaginación, o la creación. Y lo primero que se me ocurre preguntarle es sobre el hielo. ¿Hasta dónde esta imagen del hielo y cuándo comenzó su imaginación?
—Yo tengo la impresión de que, hasta el momento en que escribí Cien Años de Soledad, tuve la idea de empezar de algún modo un libro, un cuento, una novela, con este episodio del hielo. Más aún: el personaje del viejo que lleva al niño de la mano, es un personaje que se repite constantemente en mis libros. En La Hojarasca, que es mi primera novela, el principio es exactamente el de un niño que lo visten con un vestido de pana verde, que le aprieta un poco, que le aprieta en las piernas y lo llevan a ver un muerto. Que es exactamente la imagen que yo me acuerdo de mi abuelo que me llevaba a misa los domingos. Y yo siempre tuve la impresión de que estaba trampeando un poco, porque a través de todos mis libros, de mis cuentos, hay un viejo que lleva al niño y lo lleva a ver un muerto y lo lleva de paseo y lo lleva al cine... Mi abuelo me llevaba siempre al cine y yo tenía la impresión de que no había llegado exactamente a la almendra del problema, hasta cuando llegué a Cien Años de Soledad, donde lo lleva a conocer el hielo. Y era exactamente el punto donde yo había estado tratando de llegar desde que tenía, no sé, tenía... cuatro o cinco años. Creo que ni siquiera sabía hablar cuando conocí el hielo[1].
“Cuando empieza a circular Cien años de soledad aquel lunes 5 de junio (martes 6 de junio para el investigador Don Klein en otro libro necesario: Gabriel García Márquez, una bibliografía descriptiva) sólo faltaba una cosa, el plebiscito a favor de los lectores, y éste se produce más rápido de lo que nadie hubiera sospechado: a los 15 días se agota la primera edición. Poco importó que su aparición hubiera coincidido con la invasión de Israel a Egipto, un asunto bastante sensible para los argentinos, no sólo porque ese tipo de conflictos alborotaba, en plena Guerra Fría, los temores de una tercera conflagración mundial, sino también por la importancia de la colonia judía en Buenos Aires, una de las más grandes del mundo. Pudo más el naciente "realismo mágico": la gente acudía enfebrecida a comprar la novela del desconocido escritor colombiano que, según anunciaba la publicidad en un diario, hablaba de la selva, la guerra, las pasiones, la construcción de un mundo, la historia de Macondo desde su fundación hasta la muerte del último Buendía, y sólo costaba 650 pesos”.
Estos son los avatares de los momentos culminantes de su publicación. Gabo es uno de los pocos premios nobel, que seguirá publicando obras después de recibir el premio tan grandes como “Cien años de soledad”. Es necesario hablar de ellas también. En una entrada continuaremos con el análisis de la obra novela por novela.






domingo, 14 de mayo de 2017

LA MARíA DE JORGE ISAACC



Contrario a lo que algunos críticos aducen, existen excelentes trabajos y ensayos sobre esta novela romántica del siglo XIX, la más emblemática del  genero en el continente americano en los últimos dos siglos, después de ciento cincuenta años, sigue leyéndose con la misma avidez que en los mejores años de promoción y reconocimiento a finales del siglo XIX, recordemos que el autor conoció y disfrutó las mieles del éxito editorial en la época de su edición, algo excepcional para un escritor Colombiano.  Su éxito se fue consolidando en toda latinoamérica, en algunos países se publicó por entregas, al mejor estilo del folletín, ganando lectores de manera exponencial, hasta convertirse un icono de la literatura. El autor abrevó en lo mejor del romanticismo Francés, su influencia es indeleble y de ello cuentan varios trabajos que describen esta genealogía.
Moreno Duran en un prologo de una edición especial señaló estas influencias: “Cierto es que en 1788 Bernardín de Saint-Pierre había expresado la misma esperanza en el proemio de Paul et Virginie —esa "tramoya bucólica", como la llamara Willi Hardt—, aunque también lo es que la reacción larmoyante era mucho más comprensible en la época del escritor francés que ochenta años después, en un valle idílico de la América meridional. La cuestión radica en que, por encima de los tópicos y las costumbres, más allá de las escuelas literarias y los cambios históricos, los lectores de María lograron satisfacer con creces los deseos del anónimo albacea literario de Isaacs. Porque la anécdota del libro, pese a estar narrada en primera persona por Efraín, le llega al lector a través de un no identificado intermediario que no sólo edita el manuscrito, sino que también escribe unas breves líneas introductorias en cuyo apartado final hace suyos los deseos del propio autor. No debe sorprender el uso de este recurso, también utilizado por Saint-Pierre y, antes que éste, por Goethe en su Werther, libro a cuya atmósfera sentimental no permaneció indiferente ningún escritor de las diversas promociones románticas. ¿Qué es en realidad María? La crónica de una muerte anunciada, apoyada en una feliz confluencia de préstamos autobiográficos y sublimaciones culturales”. La historia de la “María” repite recursos y tópicos de algunas obras del romanticismo Europeo con una simetría que impacta: Los amores contrariados e imposibles, el alejamiento en que se ven inmersos los dos protagonistas, la enfermedad y muerte de uno de ellos, el regreso intempestivo, la descripción de los paisajes….estos paralelos han sido relevados en muchos estudios: “Fue precisamente este aspecto de la novela el que provocó una discrepancia entre los críticos: mientras que algunos afirmaban el parentesco entre María y Paul et Virginie*, otros lo negaban, basándose sobre todo en el 'escrutinio' de la biblioteca del principal protagonista Efraín . El estudio más válido en cuanto a su argumentación, que al seguir la investigación de las influencias (sobre todo de Átala de Chateaubriand) sobrepasa las limitaciones de la perspectiva unilateral, es el ensayo de Enrique Anderson Imbert, insuperado en este aspecto desde hace más de treinta. Su buen discípulo es McGrady, quien, siguiendo las premisas básicas del maestro argentino, ejemplifica con citas idóneas los paralelismos entre el prólogo, la línea general de composición y ciertos pormenores del argumento y de la técnica de Paul et Virginie y la obra colombiana”[1]. Carmen De Mora es más puntual al respecto: “La crítica ha venido reiterando la filiación literaria francesa de la novela de Isaacs desde que por primera vez José María Vergara y Vergara pusiera de manifiesto su semejanza con Atala de Chateaubriand y con otras novelas de su especie, como Pablo y Virginia, de Bernardin de Saint-Pierre, y Graziella y Rafael, de A. de Lamartine”. Está claro que es harto conocida la anatomía de sus influencias más fuertes.
He visto pocos estudios sobre lo que significó para el lector común de la época esta novela, el impacto en el lector común, se puede afirmar sin lugar a dudas, que fue nuestro primer éxito editorial en toda Latinoamérica, se vendió y publicó en todo el continente por fuera de cualquier predicción, el autor gozó del reconocimiento de sus lectores. Sería bueno saber cómo fueron los itinerarios e impactos en cada país, las influencias que la obra dejó, al final, se puede afirmar que este libro es la última expresión seria y rigurosa del periodo romántico  y por supuesto, la más emblemática. Ahora que volví a leerla,  compruebo de manera directa las virtudes de la novela, nos atrapa  desde el primer párrafo, es impresionante, se deja leer con absoluto encanto, esto es lo que hace a una obra perdurable por fuera de todos los estudios sobre su composición e influencias. Cualquier lector desprevenido, sin ninguna prevención crítica la disfruta, es un texto cautivante y la historia pese a ser tan conocida, empezamos el texto sabiendo el final, nos mantiene atentos a lo largo de toda su lectura, la descripción de los paisajes impacta, de los personajes, las tensiones sobre las cuales gravita, se mantienen a lo largo de todo el relato. Encontré en el trabajo de Carmen De Mora, un referente a este tópico: “Más que rastrear semejanzas y paralelismos con las obras Francesas me interesa descubrir la verdadera autenticidad de “Maria” dentro de los limites de una moda literaria definida por Albèrès como «el culto de la emoción bajo el ropaje de la virtud», que amanece en el siglo XVIII y recorre todo el siglo XIX. Conmover al lector es la llave de oro de esta literatura, por eso escribe Isaacs en el prólogo refiriéndose a las páginas de la novela: «Leedlas, pues, y si suspendéis la lectura para llorar, ese llanto me probará que la he cumplido fielmente», en este catálogo se incluye María, novela que, al menos en parte, conserva elementos pertenecientes a esta tradición: el amor de la primera juventud, la amada como mujer ideal espiritualizada y pura, la separación y el obstáculo que impiden la felicidad de los amantes, el aura de fatalismo y el amor truncado por la muerte”.
“Isaacs publicó en vida tres ediciones de María supervisadas por él. La primera se editó en Bogotá, en la imprenta de Gaitán, en 1867; la segunda, a cargo de don Fernando Pontón, en la imprenta de Medardo Rivas, Bogotá, 1869. Ignacio Rodríguez Guerrero propone que debe ser tenida como tercera edición de la novela la de Santiago de Chile, de 1877, en la imprenta de Gutenberg; sin embargo, figura como tercera edición de María, la de Medardo Rivas, de 1878. En esta edición Isaacs anunciaba una definitiva para 1891 con anotaciones, adiciones y correcciones. Ésta sólo aparecería muchos años más tarde, en 1922 (Bogotá, Camacho Roldan y Tamayo), y por haber sido manipulada no es en absoluto fiable”[2].
Borges fue un defensor de la “María”  no solo desmintió a los críticos, sino que dio un testimonio personal a favor de la obra como lector, aún se cita de manera insistente, este es un juicio emblemático por la calidad de quien viene, es  un lector fuera de serie, constituye el mejor elogio y la confirmación de la importancia de esta novela en el contexto de las letras hispanoamericanas.
Está escrita en primera persona: “Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras, establecido en Bogotá hacía pocos años, y famoso en toda la República por aquel tiempo.
En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a mi cuarto una de mis hermanas, y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz, cortó de mi cabeza unos cabellos: cuando salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas”[3]. Desde el principio nos conecta directamente con la tragedia romántica que recorrerá todo el texto, se anticipa el peso inefable del destino, de lo inevitable, pese a ello, está enmarcada de simbolismos e idealismos sobre la virtud, el amor, la lealtad, la familia, la amistad, la responsabilidad. Después de comenzarla es difícil dejar el libro a un lado, está es una de sus mayores cualidades. La historia responde a un orden signado a este propósito: “El ritmo autobiográfico, alterado o no, es uniforme y permite seguir la trayectoria de Efraín desde su niñez y sus estudios en la capital hasta su regreso a la casa paterna, donde se enamora de María. El paulatino empeoramiento de la salud de ésta y la evocación de la enfermedad de su madre no le dejan duda al lector sobre el destino de la heroína, sobre todo si se tiene en cuenta que tal situación aparece subrayada por la irrupción de una ave negra, cuyo súbito vuelo en la plenitud de la noche roza la frente de Efraín (C. XV). Muchos episodios se suceden a partir de este primer llamado de alerta: los preparativos del viaje de Efraín a Europa y la repercusión que los mismos tienen en el ánimo de María se ven compensados en un hábil juego de alternancias con la evocación del frívolo pasado del trío compuesto por Carlos, Emigdio y Efraín. Sus aventuras y una cierta picaresca rompen eficazmente el crescendo dramático de la situación principal, a lo que se suma la anécdota de la doble sesión cinegética: la cacería del tigre y la del venado, excelentes pretextos para insertar algunos cuadros realistas. La segunda irrupción del ave negra (C. XXXIV) confirma en la simultaneidad del registro la creciente desgracia: es ahora María quien ve el ave, aunque en el mismo instante Efraín contempla los estragos que una carta produce en el ánimo de su padre: la amenaza de la ruina total”[4]. Está novela, que junto a “La Vorágine”, “Cien años de soledad” constituyeron durante mucho tiempo el trípode que nos ha servido de eje para cualquier análisis histórico sobre la novela Colombiana, representa la entrada a la literatura mundial, el principio de la modernización de nuestra narrativa, que después con Silva en la poesía  adquirió la madurez que hoy nos permite tener un lugar importante en el contexto de las letras del mundo. No sólo con el nobel y el Boom, sino con una pléyade de escritores de una importancia indiscutible: Germán Espinosa, Fernando Vallejo, Juan Gabriel Vásquez, Álvaro Mutis, para sólo citar algunos.  Lo más importante, volver a leer “La María”, vibrar de nuevo con esta hermosa historia.








[1] María de Jorge Isaacs ante la crítica. Thesauros tomo XXXVIII, Número 3 ELZBIETA SKLODOWSKA
[2] Carmen De Mora. En torno a Maria de Jorge Isaacs. Biblioteca virtual. Miguel De Cervantes.


[3] Primeros párrafos de la novela “La Maria”.

[4] Carmen De Mora. En torno a Maria de Jorge Isaacs. Biblioteca virtual. Miguel De Cervantes.

sábado, 6 de mayo de 2017

LA BALADA DE CARSON MCCULLERS


Siempre que transcribo un articulo lo hago pensando en mis lectores, por razones de convicción, como en este caso, se desprende de la buena impresión y calidad de este texto aparecido en la revista “El cultural” de España que, frente al aniversario de esta excelente escritora empieza un acercamiento crítico de su obra y por su puesto de la excéntrica personalidad de la escritora.
RAFAEL NARBONA 
En vísperas del centenario de su nacimiento, Seix Barral recupera a Carson McCullers, una de las escritoras más fascinantes del gótico sureño. Rafael Narbona recorre su accidentada biografía aprovechando las reediciones de La balada del café triste y Reflejos de un ojo dorado.
¿Quién era Carson McCullers? ¿“Una perra”, como dijo Robert Walden, exigiendo a la posteridad que no la convirtiera en “un ángel”? ¿Una neurótica que oscilaba entre la ternura y la crueldad, la vulnerabilidad y la cólera? Sus bruscos cambios de humor no pasaban desapercibidos. “Carson era el ser más angelical del mundo, y al mismo tiempo el más infernal, el más odioso de los demonios”, afirmó Arnold Saint Subber. 


¿Quizás era una alcohólica con tendencias suicidas? Sus frecuentes borracheras alteraban su conciencia hasta conducirla a las puertas del deliro y en una ocasión intentó quitarse la vida, cortándose las venas. Mary Mercer nos dejó un testimonio que cuestiona esta visión: “Carson era justo lo opuesto a una persona suicida. Lo opuesto a una mujer quejumbrosa, autocompasiva”. ¿Qué sabemos realmente de ella? Carson McCullers nació el 19 de febrero de 1917 en Columbus, Georgia. Su nombre original era Lula Carson Smith. Su padre era un próspero joyero. Su madre era nieta de un rico hacendado que había despuntado por su heroísmo en el bando confederado. 


Carson era una chica del Sur, que estudió piano y creció en un ambiente refinado y decadente, donde se rendía culto a la belleza, la imaginación, el hedonismo y la molicie, despreciando los valores de las modernas sociedades industriales. A los quince años se le diagnosticó una neumonía, pero en realidad se trataba de una crisis de reumatismo articular. Durante su convalecencia, su padre le regaló una máquina de escribir. Por entonces, Carson ya se había revelado como una joven soñadora, rebelde y deliberadamente ambigua.

Aunque se desplazó a Nueva York a estudiar piano , acabó decantándose por la literatura, tras asistir a los cursos de escritura creativa de la Universidad de Columbia. En 1935, se enamora de Reeves McCullers, un joven con ambiciones literarias. Ambos comparten el anhelo de ser escritores, pero Reeves sólo es ingenioso y elocuente. Por el contrario, el talento de Carson se hace cada vez más evidente, despertando los celos y la frustración de su pareja.

Aunque las fiebres reumáticas reaparecen, los dolores no impiden que avance el manuscrito de El corazón es un cazador solitario, una novela que no se publicará hasta 1940. La obra narra la relación entre John Singer y Spiros Antonapoulous, dos sordomudos que viven en la Georgia de los años 30. Su turbulenta intimidad insinúa una pasión homosexual. El resto de los personajes también se definen por sus taras: una presunta lesbiana que toca el piano; un voyeur que bebe en exceso; un obrero violento y alcohólico; un afroamericano idealista que ejerce la medicina. Carson parece desafiar al Sur, exaltando a las figuras malditas y execradas. No sorprende que el Ku Klux Klan amenazara a la escritora. Su simpatía por los hombres y mujeres aquejados por graves patologías físicas o mentales muestra un indudable parentesco con el universo de Diane Arbus, la fotógrafa neoyorquina que escogió como modelos a enanos, gigantes, prostitutas, travestis y enajenados.

Su escritura poética y torrencial no procede de un trabajo minucioso, sino de iluminaciones que evocan los raptos poéticos de Lautréamont y Rimbaud: “Mi comprensión es solo fragmentaria. Comprendo a los personajes, pero la novela en sí permanece en un estado de indefinición. La clave aparece a veces como por azar, en esos instantes que nadie, menos el autor, puede comprender. Instantes que, en mi caso, se dan generalmente tras un gran esfuerzo. Revelaciones que son la bendición de mi trabajo. Toda mi obra se ha escrito así”.


En 1937, se casa con Reeves, pero no tardarán en separarse. Carson se muda a Brooklyn y comienza a relacionarse con artistas e intelectuales. Conoce a los hermanos Mann (Erika y Klaus) y a W. H. Auden. Su carácter inestable se refleja en su obsesión enfermiza por Djuna Barnes, Katherine Anne Porter y Annemarie Schwarzenbach, tres escritoras a las que admira y, a veces, acosa. Aún se especula si fueron sus amantes o sólo ensoñaciones románticas. Carson era una mitómana compulsiva, que ofrecía distintas versiones de un mismo hecho. Su tendencia a mentir no era una argucia para manipular a los otros, sino una forma de subversión contra la realidad, que casi siempre le resultaba mediocre, opresiva y decepcionante. 


En 1941 se publica Reflejos de un ojo dorado, una novela ambientada en una base militar del Sur de Estados Unidos. La estricta disciplina castrense sólo es el barniz de un hervidero de pasiones prohibidas. El capitán Penderton es un homosexual reprimido que se siente atraído por el soldado Williams. Williams es un voyeur que espía a Leonora, la esposa infiel de Penderton. Leonora es la amante del comandante Morris, cuya mujer -Alison- litiga con la enfermedad, ayudada por su criado Anacleto. El otro se perfila como un objeto que moviliza el deseo sin pretenderlo. El sexo no es una forma de placer o encuentro, sino una fuerza destructiva que suele desencadenar explosiones de violencia. Los personajes viven en el engaño y la culpa, sin esperar una liberación que les permita vivir sin inhibiciones ni mentiras. 


Durante la Segunda Guerra Mundial, Reeves fue movilizado. La experiencia de la separación reconcilia a la antigua pareja, que vuelve a casarse en 1945. Sin embargo, los dos caminan hacia la destrucción. Carson sufre varias apoplejías entre 1941 y 1947. Reeves la cuida con afecto, pero en 1953 se suicida en París, sin conseguir que Carson acepte morir a su lado. Dispuesta a luchar hasta el final, la escritora supera un cáncer de mama, pero su corazón se rinde en 1967, víctima de un infarto. No era su primera crisis cardíaca. 


Cuando muere, Carson lleva años conviviendo con una invalidez creciente. La silla de ruedas acabará sustituyendo al bastón que necesitaba para caminar desde hacía muchos años. ¿Quién era Carson McCullers? ¿La versión femenina de William Faulkner? ¿Otra de las damas del Sur que escribió con un estilo “gótico”, desplegando una estética muy parecida a la de Isak Dinesen? La influencia de McCullers es innegable en autores como Joyce Carol Oates, quizás su heredera más preclara. 


Creo que la respuesta definitiva hay que buscarla en una de sus obras, La balada del café triste, donde Amelia Evans, una mujer hombruna, terca y dominante, que suscita tanto odio como admiración y asombro, se enamora de su primo Lymon, un enano jorobado. Lymon se presenta inesperadamente en su casa y, tras la sorpresa inicial, Amelia le invita a la planta superior de su vivienda. Mientras ella sube los escalones de dos en dos, con una lámpara en la mano, “el jorobado la seguía saltando, tan pegado a ella que la luz vacilante formaba sobre la pared de la escalera una sola sombra, grande y extraña, de sus dos cuerpos”.

Grande, extraña y absurdamente enamorada. No se me ocurre una descripción mejor de Carson McCullers, una escritora de corta vida y breve obra, pero que permanece tan viva como nuestras pasiones más inconfesables.







martes, 2 de mayo de 2017

LAS RUTINAS COMPARTIDAS ( RELATO )

La vida está llena de rutinas, en apariencia sin ningún significado, se no va diluyendo en actos que pareciera no tienen importancia, pero  al final estos son los que más nos roban el tiempo, que es lo único que tenemos.  Las personas están marcadas por ellas y  la manera como las asumen, hacen parte de la huella indeleble que refleja de alguna manera, eso que llamamos personalidad, pocos hablan de estos hechos consuetudinarios de la vida personal. Ana, tenía una manera especial de llenar sus días, con un orden impecable que ahora en su cumpleaños recordé con una mezcla de alegría y nostalgia, en ese claro-oscuro con el que vivo después de su imprevisible partida.
despertaba muy temprano y prendía el radio de inmediato, fue una mujer actualizada en exceso,presente en el mundo, las noticias para ella eran como el pan de cada día, las oía, las leía, las comentaba e incluso, peleaba con los protagonistas de turno, era una interlocutora que sentía el mundo con absoluto compromiso y responsabilidad. Leía la prensa indefectiblemente en las mañanas, la ojeaba apenas se levantaba, situaciones que nunca le impidieron estar pendiente de las obligaciones con sus hijos que fueron su razón de ser.  El internet constituyó un sol para su curiosidad infinita y su manera de ser y la lectura fue siempre su eterna compañera. 
Todos tenemos una bitácora de nuestras rutinas, una forma especial de empezar el día, es un programa que vamos incorporando en la memoria, esto lo heredamos de nuestros padres y poco a poco le vamos incorporando cosas nuevas, se va haciendo una manera de encarar el día y la vida, con el tiempo, eso que pareciera que no tiene trascendencia, casi nadie habla de estos hechos nimios, se va volviendo de suma importancia, carga a la vida de sentido desde la perspectiva del tiempo. Muchas veces me pregunte como eran las rutinas de los grandes escritores, como encaraba la vida un hombre como, Gabriel García Marquéz, Borges, Balzac o un científico como Einstein, cual es el primer acto y pensamiento del presidente de Colombia en medio de tantas realidades que lo atribulan. Ana,  a las siete y media de la mañana de todos los días, estaba siempre arreglada, impecable,  como si fuera a cumplir un horario de oficina, pese a que la mayoría de veces estaba sólo pendiente de sus hijos, de su casa, lo mismo sucedía cuando encaraba tareas que tenían que ver con sus proyectos personales. Nunca vi a mi esposa por fuera de esta línea, desayunaba a una hora exacta, se arreglaba con celo y orden, mientras se iba enterando de lo que pasaba en su país y el mundo, comentaba, organizaba el día, fue una mujer cumplida en exceso, empezaba con todo el cronograma que se había impuesto de acuerdo.  En apariencia  una rutina es un hábito arraigado, una costumbre de hacer las cosas siempre de la misma manera llevados por la práctica, una forma automática de pasar el tiempo sin razonar ni pensar.  Pienso que la sumatoria de nuestras rutinas hace parte del sentido de transcendencia que le damos a la vida, aquello que nos conmueve en la vida, cuando no tenemos un proyecto que nos apasiona, la rutina se hace insustancial, cuando existe un motivo, un motor que nos alienta, estas cotidianidades adquieren mucha importancia.  Emanuel Kant, un filósofo que es recordado no solo por la importancia de su obra, ahora todos son Kantianos, sino por el hecho que nunca salió de Königsberg, en la Prusia oriental, fue el individuo de hábitos más fijos y ordenados que uno se pueda imaginar, sus horarios eran exactos y repetitivos, pasaba a la misma hora por el mismo sitio, todos los días de su vida. Sin embargo, la obra que escribió es profun­damente revolucionaria. En la historia del pensamiento hay un antes y un después de Kant, Kant fue un gran ilustrado. Perteneció al Siglo de las Luces, el siglo XVIII, y él mismo se preguntó y estudió qué podía querer de­cir ser ilustrado. «La minoría de edad —escribe Kant— estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad, cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración.
En algún texto de filosofía leí que  La figura del "sujeto" es, en consecuencia, una "metáfora" y una "interpretación" determinadas por las relaciones sociales, yo agregaría que por sus propias rutinas. Ana, quien dejó unos hijos con un sentido de responsabilidad y respeto  absoluto, que ven la vida con optimismo, que saben que solo dependen de lo que ellos realicen, ahora que sienten el peso de su ausencia, las consecuencias de lo irremplazable, se deben a su ejemplo, siento que fueron tomando no solo  los grandes consejos de su madre, sino como testigos de sus días,  en estas rutinas, asumiendo la vida de una manera que implicaba la trascendencia de una ética que se fue imponiendo, ellos, se fueron llenando de sentido, aprendieron al final en el marco de estas rutinas. Ella sabía que somos lo que dejamos en el día día. Aní cumplía a cabalidad con su bitácora, almorzaba exactamente a las doce del día, nunca hizo siesta, en la tarde leía mucho y veía algún programa de televisión, a las seis y media en punto comía y a las siete estaba en su cama con sus hijos intercambiando ideas. Siempre les ayudó en sus tareas, les impuso un horario signado al cumplimiento de sus responsabilidades. En medio de estas rutinas iba aplicando sus sentencias, odiaba que alguien mintiera, no aceptaba la deslealtad, fue un ser político en esencia, quiero decir que nunca abandonó sus responsabilidades como ciudadana, pensó y sufrió su país. Amo su hogar como nadie y lo defendió contra viento y marea, sus hijos fueron la razón de ser de sus últimos años.
En el último año, cuando la opacidad se nos vino encima con los hechos más dolorosos que aún marcan nuestras vidas, un hecho me dejo ver lo grave de su situación de salud, supe que Ana estaba enferma, cuando comenzó a abandonar sus rutinas, cuando la enfermedad le fue ganando a la vida las pequeñas cosas, cuando ya no se levantó a la misma hora, el dolor le fue robando sus horas y de pronto todo aquello que constituía su esencia, se fue perdiendo con un celeridad lacerante. Ahí queda el recuerdo de los días que marcaron su existencia, nunca se irán de nuestra mente, están presente en cada cosa que hacemos. Ana nunca ha dejado de estar en este hogar, siempre nos acompaña.





jueves, 20 de abril de 2017

EDUARDO MENDOZA PREMIO CERVANTES



El premio cervantes se ha vuelto un referente de suma importancia para la literatura hispanoamericana y universal, no solo por el rigor y la seriedad del mismo, sino por la tarea de avivamiento que produce cuando se otorga, el autor escogido vuelve per se,  a ser estudiado, leído y su obra pasa a primer plano de la crítica especializada, se produce un reconocimiento y una vuelta a su obra, que en el caso de Eduardo constituye una tarea imprescindible e inaplazable en el marco de nuestras letras.
Eduardo es un escritor valioso, con una obra de culto, su escritura es directa, una prosa en apariencia sin mayores arabescos, lejos de cualquier barroquismo. “Nacido en Barcelona en 1943, comenzó su carrera literaria con la publicación de 'La verdad sobre el caso Savolta' en 1975, en una época en la que vivía en Estados Unidos. Con esa primera novela, cuyo título se vio obligado a cambiar por la censura, obtuvo el Premio de la Crítica. Su siguiente novela, 'El misterio de la cripta embrujada', de 1979, es el comienzo de una pentalogía que mezcla la parodia con el género policiaco protagonizada por un detective ingresado en un manicomio. La serie ha sido un gran éxito de ventas, aunque la consagración literaria de Mendoza llegó en 1986 con 'La ciudad de los prodigios', una obra que muestra la evolución social y urbana de Barcelona entre las exposiciones universales de 1929 y 1988. Ganador en 2010 del Premio Planeta con 'Riña de gatos. Madrid 1936', Mendoza es colaborador habitual de el periódico “EL PAÍS”.
Su vida siempre ha estado rodeada de un ambiente creativo, se crió en el mundo del teatro. Dejemos que el mismo nos cuente: “En varias ocasiones he contado que mi padre había sido actor en su juventud. Sin llegar a profesional, tampoco fue un actor aficionado. Dejémoslo en un grado intermedio. No sé cuál habría sido su carrera si el país y las circunstancias no le hubieran forzado a renunciar a lo que sin duda era su vocación. Pero el teatro siguió siendo su pasión hasta el final de sus días. Iba a ver todas las funciones que se hacían en Barcelona y desde que tuve uso de razón me llevaba con él muy a menudo. No recuerdo a qué edad vi la primera obra ni cuál era, pero guardo un recuerdo muy vivo del hecho en sí. A mi padre nunca se le ocurrió llevarme a ver teatro infantil. En aquella época los niños apenas teníamos un mundo propio y a ese reducido territorio mi padre, con muy buen criterio, ni se acercaba. En cambio no le parecía mal llevarme a ver las obras que a él le gustaban, que eran casi todas. En su etapa de actor había hecho teatro de texto, con preferencia, teatro en verso. Los clásicos del Siglo de Oro, por supuesto; el teatro romántico de Zorrilla, García Gutiérrez y el Duque de Rivas; y también un teatro en verso contemporáneo, es decir, de principios del siglo xx, algo residual, como el de Eduardo Marquina o los hermanos Machado, o paródico, como La venganza de don Mendo, de Muñoz Seca, que mi padre detestaba. Supongo que cultivaba un estilo declamatorio que habría matado del susto a Stanislavski. Pero esto no le impedía estar al corriente de las novedades e incluso de apreciarlas: le oí hablar en términos elogiosos de Sartre y de Tennessee Williams, por citar dos nombres, e incluso reconoció los méritos de Samuel Beckett, aunque le resultara del todo ajeno. En este ambiente crecí. Entre mis lecturas abundaban las obras de teatro, tanto clásico como moderno. No es de extrañar que también hiciera mis pinitos en el teatro aficionado”[1].  
“La verdad del caso savolta” fue el principio de una obra extensa, valiosa y exitosa. “Su título original era Los soldados de Cataluña, pero se vio obligado a cambiarlo debido a problemas con la censura franquista. Esta ópera prima, en la que se puede observar la capacidad de Mendoza en la utilización de diferentes discursos y estilos narrativos, lo lanza a la fama. Considerada por muchos como la precursora del cambio que daría la sociedad española y como la primera novela de la transición democrática, la novela narra el panorama de las luchas sindicales de principios del siglo XX, mostrando la realidad social, cultural y económica de la Barcelona de la época. Apenas unos meses después de su publicación muere Francisco Franco y al año siguiente La verdad sobre el caso Savolta recibe el Premio de la Crítica”. En adelante su obra se va fortaleciendo y renovándose, transita siempre del género policiaco a el corpus de la novela tradicional, es eminentemente urbana, describe las tensiones de una sociedad en transición, que no cura aún sus heridas, mostrando lo más perverso de de la misma y por su puesto la naturaleza humana desde una perspectiva muy escabrosa.
La primera obra que leí de este autor fue “El misterio de la cripta embrujada”, después de la misma leo todo lo que publica, las columnas de “El país” de España y lo escucho en algunos conversatorios en los que ha participado. En el prologo de “El laberinto de las aceitunas” Fernando Marías sintetiza esta primer momento de de su vida como escritor con mucho acierto: “Como en química y gastronomía, es muy fácil reducir a simple definición el hallazgo brillante una vez se ha demostrado su validez. El laberinto de las aceitunas —como su predecesora— no es una excepción a esa regla, aunque su componente diferenciador lo agregara Mendoza sobre una base preexistente que podríamos enunciar así: Novela negra norteamericana + Transición-Democracia española”.   Además de contextualizarla en el marco de una generación de escritores muy valiosa: “En los últimos años setenta y primeros ochenta, narradores natos como Manuel Vázquez Montalbán, Juan Madrid o Andreu Martín dieron brío, personalidad propia y razón de ser a esta fórmula con la creación de personajes y títulos memorables. Pero su propuesta quería voluntariamente surgir de la venerada fuente norteamericana, y asumía por ello, sin plantearse perturbarlos, todos los fundamentos originales de lucidez triste, desencanto y oscuridad: Toni Romano o los desesperados de Andreu Martín son personajes negros hiperclasicos, marginales y trágicos que vagan por un mundo podrido donde no hay lugar ni tiempo para la sonrisa”.  
Nada más acertado este premio, esperamos volver a leer a este gran escritor. Aquí les dejo el discurso.







domingo, 16 de abril de 2017

“ESTE TRIUNFO ES PARA ANTIOQUIA” MONICA SARAY ARANGO



Transcribo esta excelente columna, publicado en el portal universitario azul naranja.

Mónica Saray Arango antes del 2016 era una deportista como cualquier otra. Luchaba por un sueño muy claro junto a su compañera de dúo Estefanía Álvarez y entrenadora Paula Mejía: competir en los juegos olímpicos de Río. Dedicaron cuatro años de su vida a entrenar cerca de ocho horas diarias. descansaban solo los domingos, días que Mónica dedicaba a sus estudios de psicología
Saray Arango tiene 24 años, 20 dedicados al nado sincronizado. La caracteriza un carácter fuerte, sin dejar de ser extrovertida y amigable. Ha sido una defensora incansable de la igualdad y la justicia, no permite que le pasen por encima y aboga por sus compañeras de equipo cada vez que hay inequidad en alguna de sus calificaciones.
Desde  la categoría infantil fue la primera en su grupo. Precozmente compitió en categorías mayores por su excelente ejecución. Sus triunfos y una carrera en ascenso permanente la convirtieron en la deportista favorita, junto a su colega, para ser el dúo que aspiraría a los juegos olímpicos; Y no se equivocaron, pues no solo participaron, además hicieron historia como las primeras colombianas participes en este deporte.
cuando la vi por primera vez supe que tendríamos una conversación agradable. Me recibió con una gran sonrisa y un abrazo amigable. Estaba en su ambiente natural, cerca al agua, en la Liga de Natación de Antioquia. Allí empatizamos como si lleváramos una amistad de años y confirme, como ya todos me lo habían advertido, que era una joven relajada. A pesar de tantos méritos recibidos después de su honrosa representación en la contienda deportiva más importante del mundo, seguía siendo una joven humilde, dispuesta a compartir su experiencia con todo aquel que estuviera dispuesto a escucharla.
 Mariana Bustamante Ruiz
Si quiere seguir leyendo la entrevista, entre al siguiente link: http://www.funlam.edu.co/azulnaranja/?p=1676.


SE NOS FUE NICOLÁS SUECÚN


Era habitual de vez en cuando ver a Nicolás oteando novedades en las librerías del centro de Bogotá, compartiendo un tinto con sus amigos alrededor de los temas recurrentes que como lector voraz mantenía a la mano, su vida fue dedicada enteramente a la literatura y a los buenos libros.  No solo fue un gran divulgador de la buena literatura sino un excelente traductor, poeta, además de ser un conversador exquisito. Quedan pocos hombres de su talante, la literatura se ha convertido en un tema menor y son pocos los sitios de encuentro para intercambiar experiencias alrededor del libro. Jotamario Arbeláez, en una biografía muy polémica, lo describe magistralmente: “La voz mejor guardada de una generación de intelectuales colombianos, el hombre que se atrevió a vivir una obra propia y a traducir cientos de obras exóticas de la literatura universal. Nicolás Suescún es sin duda uno de los nombres más importantes de nuestras letras. Poeta, cuentista, novelista, traductor, lector voraz. Como artista plástico ilustró, entre otras, la carátula de “El coronel no tiene quien le escriba”, de García Márquez, y La “Obreriada”, de Luis Vidales. Ha publicado, entre traducciones y libros propios, alrededor de treinta títulos en Colombia y en el extranjero. Cursó la secundaria en Estados Unidos, fue becario del taller de escritores de Iowa y ganó la beca de escritor del DAAD, de Berlín. Dirigió la revista Eco y la librería Buchholz. Su libro de cuentos El retorno a casa fue catalogado por la crítica como uno de los libros más importantes de la literatura colombiana del siglo XX”. Este hombre vivió el mejor momento de la vida intelectual de la rancia Bogotá, la efervescencia de la revista “Eco” con una generación, que asumió la literatura como su única manera de llevar la vida, con un rigor absoluto y siempre respondiendo a su verdadera pasión, la lectura y a un amor desmedido por los buenos libros.  Era un Bogotano de pura cepa, bien hablado, con un humor y una ironía inteligente, repentista, siempre con la cita precisa, muchas veces tuve la oportunidad de escucharlo en el café automático de Bogotá de la mano de sus amigos más emblemáticos, era un espectáculo, muy jóvenes, disfrutábamos de esos encuentros y de hecho los esperábamos, estábamos siempre a la caza de la llegada de estos señores, nos robábamos sus citas y anotábamos los autores desconocidos, los cuales salíamos leer como si fuera una tarea inaplazable.
Sus trabajos como traductor, le darían per se, un lugar destacado en nuestras letras:” Norma publica en 1992 su traducción del inglés de "Diez novelas y sus autores" de Somerset Maugham, en el 2000 la traducción de "Timón de Atenas" de Shakespeare, en la serie Shakespeare por sus escritores. Áncora Editores publica en 1993 su traducción del francés de “Una temporada en el infierno” y en 1995 de “Iluminaciones” de Arthur Rimbaud. Traduce también poemas de Blake y de Yates. En la traducción de obras de carácter general podemos destacar “El río”: exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica, de Wade Davis, publicado por el Fondo de Cultura Económica en Bogotá en el 2009. Su gran talento de traductor y escritor lo demuestra con la traducción de Madame Bovary de Flaubert, publicado por la editorial Norma en 1993, Con respecto a esta traducción, dice Suescún en la entrevista realizada por Jeannette Insignares y publicada en el número sobre “Latinoamérica y los escritores-traductores” de Mutatis Mutandis, que aunque no buscó traducirlo -se trató de un encargo-, fue todo un placer realizar ese trabajo, dado que era uno de sus libros favoritos. Su actividad intensa en traducción lo lleva a traducir poetas colombianos al inglés y al francés, entre ellos A Piedad Bonnett, Porfirio Barba Jacob, Fernando Charry Lara. Para el Festival de Poesía de Medellín, hace traducciones en ambos sentidos, muchas de esas traducciones están publicadas en la revista Prometeo órgano de publicación del festival. Su personalidad discreta, no lo hace menos grande”[1].  
En el café “El cisne” de Bogotá, el Café automático, la librería “Grancolombia”, en la 13 y la 18 del centro de Bogotá, durante mucho tiempo, años, se vivió un tertulia permanente, constante, que reunía a las mejores mentes del país y de la que no se ha escrito con el rigor que amerita, Nicolás perteneció a este pléyade, no se nos olvide que fue director de la librería del viejo  Buchholz, toda un paradigma para Suramérica en materia de librerías, allí se reunía lo más granado de la intelectualidad, simplemente a conversar de buena literatura.
Este hombre grande se nos ha ido, siempre queda su obra, para leerla, disfrutarla y divulgarla.










[1] nació el 5 de mayo de 1937 en Bogotá, en la misma fecha que Carlos Marx, con 119 años de diferencia; en la misma casa de La Candelaria donde don Antonio Nariño imprimiera los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Comenzó desde muy joven a adquirir nombradía intelectual, pues dirigió por varios años la librería Buchholz de la avenida Jiménez y a la vez la revista Eco, bastión de la cultura alemana. Sus viajes por Norteamérica, Francia y Alemania le pusieron en contacto con escritores de esos países, de donde le surgió la pasión por la literatura, expresa en varios libros de poesía, cuentos y una novela experimental. Pero con especial vehemencia se ha dedicado a la traducción, del inglés y francés, de notables obras clásicas y modernas.