La
última novela que leí de este excelente escritor Irlandés fue “El mar”, ha ganado
premios como el Booker, Frank Kafka, Leteo, Nonino, American-Irish Foundation o
el premio Asuríaco de Literatura Europea
Booker en 2005. Este año recibió con todo justicia el príncipe de Asturias según
el jurado reunido en Oviedo, lo premia por "su inteligente, honda y
original creación novelesca" y, "a su otro yo",
Benjamin Black -el pseudónimo que utiliza para escribir novela negra-, por sus
"turbadoras y críticas novelas policiacas". Desdeñó
la academia, viajó mucho regresando a su país para dedicarse de lleno a la
literatura.
Winston Manrique Sabogal,escribe con el tono siempre adecuado de
sus comentarios literarios, acertados y de una textura absolutamente lúcida
sobre su obra: “porque el novelista irlandés es el creador de exquisitos e
inquietantes universos privados y emocionales en obras como Eclipse, El mar
(Anagrama) o Antigua luz (Alfaguara); también el creador de zonas más oscuras
con su álter ego Benjamin Black en la novela policíaca; y no contento con eso,
y bajo el nombre de Black se atrevió a revivir a Philip Marlowe, el célebre
detective creado por Raymond Chandler”.
Bamville
describe los eventos más truculentos de la naturaleza humana, descarnados, asesinatos,
develando las pasiones más bajas: la ambición, la lucha por el poder, la
envidia inscrita en el ADN social de la humanidad desde tiempos inmemoriales,
de la mano de sus personajes, quienes son estereotipos tomados de la sociedad, los que se ocultan sutilmente en su
entramado, pero hacen parte de la cotidianidad urbana, se producen a granel, descifrando
al hombre en todas sus imposturas y describiendo las acciones más bajas, con
una narración depurada, contrario a las novelas de este tipo, su prosa refleja
el cuidado de un escritor riguroso y talentoso, con un lenguaje brillante, en las novelas de este orden sobrepasa los
tecnicismos que el formato exige, su estética corresponde a los textos más
excelsos de la literatura Europea..
El
acta del jurado definió su narrativa de manera muy acertada: "Cada
creación suya atrae y deleita por la maestría en el desarrollo de la trama y en
el dominio de los registros y matices expresivos, y por su reflexión sobre los
secretos del corazón humano".
Hace
más de diez años le vengo leyendo con cierta paranoia, Benjamin Black el hombre
central de sus novelas policiacas, pasará a la historia como uno de los grandes
personajes de la novela negra.
En
la reseña de su texto “Copérnico”, la cual aconsejo leer, establece: “Le interesan los personajes
ambivalentes y obsesivos que procuran aliviar su infelicidad a través del
conocimiento”. La tetralogía se le agregaría “Mefisto” y la “Carta de Newton”, todas
ellas ahondan en los intricados procesos mentales desde la perspectiva del
creador que compite con Dios.
Es
gratificante cuando confirmamos las calidades de lo que leemos a través de
premios cuya seriedad está descontada. No por prurito ni vanidad, simplemente
para confirmar las virtudes de un género literario que está en plena efervescencia.
“Heredero de la literatura de Nabokov, al que admira desde su juventud, de su
estilo destaca la cuidada construcción de cada frase, unidad básica de su
literatura y la narración en primera persona. Todo ello y en muchos casos
aderezado por su humor negro”.
“De su
producción literaria sobresale «El intocable» (1985), «El libro de las pruebas»
(1989), con el que fue finalista al prestigioso Premio Booker, «Eclipse» (2000)
o «El mar» (2005), que muchos consideran su obra maestra y que fue reconocida
con el Booker en 2005 y el Irish Book Award en 2006.
Su
novela más reciente es «Antigua luz» (2012), donde retoma personajes y
narradores de otras historias y donde mezcla sexo, intriga y melodrama”.
El
universo literario de este narrador Irlandés es muy vasto. Se ha preocupado por
hacer buena literatura. En un artículo posterior hablaremos del mismo con el
rigor que este amerita. Solo queda decir que este escritor es de mi total
preferencia.
Siempre trato de escribir desde la perspectiva de un impenitente lector, busco trasmitir mis impresiones sobre
textos que en mi modesta opinión ameritan replicarse y autores de mi
preferencia. Colombia se inventó unos fines de semana
largos con una ley llamada Emiliani, nombre del legislador ponente que traslada
los festivos para el lunes, creando eso que llamamos puentes, que le permiten
un respiro a la vida, tres días libres para leer y otear, generando a la vez para la industria del turismo
un aire a sus ingresos. Entre junio y julio hay tres seguidos.
En este fin de semana vi un
video en YOTUBE del excelente periodista y escritor Sergio Gonzales Rodríguez
que es importante que conozcan, es un verdadero desciframiento sobre lo que sucede
en México de hoy:
Es impresionante todo lo
que se puede ver desde este portal: entrevistas, biografías y conversatorios,
todos importantes para entender el mundo desde una perspectiva más seria y precisa,
por fuera de los estándares del mercado, debemos realizar un inventario de lo que tenemos a
mano en el mismo, sería de suma importancia.
En el “Boomerang, el portal
de escritores de “El país” de España, donde siempre me
acerco a muchos narradores, me encontré en el blog de Jorge Volpi un comentario a propósito de la creación de una comisión sobre
la familia creada por el senado Méxicano para legislar sobre la misma lógicamente, que le
da un poder de interpretación y de penetración inconmensurable, que es en el
fondo lo que queremos evitar a toda costa y realmente no hemos podido, somos impotentes
al respecto, bastante tenemos con los medios masivos quienes no sólo dominan lo
que pensamos, lo que imaginamos, lo que consumimos, sino lo que soñamos. Ahora
se viene el tercer poder legislando sobre lo humano y lo divino, eso está
pasando en México. Mire lo que dice Volpi:
“Los avances
sociales -y éticos- de una sociedad se encuentran justo en esas materias de
las que ya no se puede hablar. Decir, y decir desde una posición de poder,
que cualquier tema puede ser discutido es lo contrario de un avance
democrático: una aberración y un pretexto para discriminar a quienes no piensan
o actúan como nosotros (o la "abrumadora mayoría"). Así como ya
resulta impensable discutir si los negros o los indígenas son inferiores,
también debería resultar impensable discutir sobre la inferioridad de otras
personas a causa de sus preferencias sexuales o a su estado civil. Hablar de una Familia
es, ni más ni menos, como hablar de una Religión: un resabio
medieval que sigue llegando a nosotros por obra y gracia de la Iglesia.La obligación de cualquier Estado
democrático no es velar por lo que quiere la mayoría, así sea del 99 por
ciento, sino asegurar que todas las personas sean tratadas de forma
equivalente. Es lamentable que el Senado de la República y en particular los miembros
de los partidos que no pertenecen a la derecha conservadora no se den cuenta
del daño que le hacen al país al permitir la existencia de una comisión como
ésta. No existe la Gran Familia Mexicana: lo que existe una gran variedad de familias y
la obligación del Estado consiste en proteger a cada una de ellas -en especial
de quienes creen que sólo existe Una”.
Este es un tema muy serio,
llevo muchos años trabajándolo desde la obra de Foucault.
En el Boomerang encontré un
texto sobre la melancolía de Vicente Verdu realmente diferente, esta es una
sociedad depresiva y melancólica:
“MELANCOLÍA
Y EVAPORACIÓN”
La melancolía es una
emoción especialmente disolvente. Fluida y alcohólica como es, se infiltra en
cualquier articulación del alma y ataca como un líquido alcohólico los
tejidos más dispares por donde escuece.
No hay además métodos
fáciles para enjugar su influencia puesto que la melancolía nace de una fuente
inmanente y al cabo de un periodo ha empapado la totalidad de los diferentes
espacios emotivos. De ahí que frente a la melancolía logre poco efecto el
sentido del humor, que es un secativo, ni tampoco la objetivación que es
especialmente apta para quedar apresada en su seno. De hecho la melancolía
opera en dos eficientes direcciones. Una hacia el interior donde crea su
angustioso charco característico y hacia el exterior como un glaucoma que
anega de niebla la contemplación y, en consecuencia, la posible valoración de
todas las circunstancias, incluso las mejores. Anega todas ellas y al
humedecerlas las hace siempre valer menos y perder la posible firmeza de su
entidad.
Ciertamente le sobrevendrán
acontecimientos positivos al melancólico que podrían compensarle de su
aflicción pero debido a su mucilaginosa perspectiva se le presentarán
posiblemente muy mojados. Hechos desmedrados por el aguacero melancólico y
perjudicados encima por la composición alcohólica de esa llorosa lluvia.
No hay pues otro remedio que esperar a que la situación escampe. Ninguna
melancolía acantona o alivia la anterior, sino que, por el contrario,
toda melancolía fluye hacia un nuevo episodio melancólico y la solución no
llega sino paradójicamente por la solución. En tanto la melancolía es un
disolvente cabe esperar que corroa a toda materia que se le aproxima pero
siendo un disolvente cabe también que termine por corroer su originario
corazón. La muerte de la melancolía llega así bien por la extinción mortal del
melancólico, incapaz ya de emitir más triste humedad o por suicidio orgánico de
esa emoción que, alcoholizada, pierde el juicio y deriva en su cirrosis
polvorienta donde toda gota de líquido desaparece por implacable evaporación”.
Este texto de Félix De Azua
en el mismo portal es muy bello:
LARGO
VIAJE HACIA LA TRANSPARENCIA
Nunca llegué a leerlo,
aunque era el libro que más me atraía en la biblioteca de mis padres.
Seguramente me cautivaba el título, tan seductor como repelente. Se llamaba Primavera
mortal y lo había escrito un húngaro entonces extensamente leído, pero
hoy desaparecido, Lajos Zilahy. Creo que en posteriores ediciones se le cambió
el título por otro más comercial,Primavera mortífera. Se me asociaba con
un verso famoso: Abril es el más cruel de los meses. Un verso a
veces profético.
La
última primavera está siendo especialmente mortífera con mis amigos, Ana María
Moix, Leopoldo Panero, José María Castellet... ojalá que García Márquez sea tan
sólo su invitado final. Ahora le veo, en algún momento del siglo pasado,
abriendo la puerta de su modesto apartamento en la calle de la República
Argentina de Barcelona, donde tenía que entregarle unas galeradas de parte de
Carlos Barral. Vestía un chándal azul prusia, muy notable en una época en la que
aún no se había aprobado el chándal ni siquiera como prenda casera. Sonaba una
música y con el desparpajo de la juventud le dije que era una de mis piezas
favoritas. Le llamó la atención y me hizo pasar para terminar de oírla.
"Es usted la primera persona que conozco que la conoce", dijo con
aquella facilidad para el juego de palabras tan típico de su generación. A
partir de entonces siempre que nos veíamos me hablaba de aquel cuarteto de
Bartók y yo le comentaba que era el único escritor que conocía que lo conocía.
Menos la
última vez, hará cosa de cinco años. Fue en casa de Carmen y con los
encantadores Feduchis. En algún momento de la comida salió a relucir el bello
soneto anónimo que comienza con el verso, No me mueve mi Dios para
quererte. Comenzó a recitarlo Luis Feduchi, pero se le añadió García
Márquez y lo dijeron a capella. Siguió luego una conversación sobre
asuntos generales hasta que la interrumpió la voz de Gabo que comenzó de nuevo
con No me mueve mi Dios para quererte. Luis se unió también en esta
ocasión al recitado. La escena se repitió diez o doce veces. Luis le siguió en
todos los recitados. Gabo decía los versos lentamente, como si los paladeara, y
a veces con los ojos cerrados.
Podría haber sido una broma
muy de los años setenta. Recuerdo escenas similares con amigos recitando una y
otra vez un verso, un poema, un fragmento de novela. En mi grupo de colegas,
casi todos escritores, podíamos repetir docenas de veces: Es cierto, el
viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo
camino real... Cualquier ocasión era buena para ello, nadie podía
pronunciar la frase "es cierto..." sin que se le echara encima la
jauría presente para continuar la cita a coro y luego repetirla a lo largo de
la noche tantas veces como aguantáramos hasta aburrirnos.
Pero esta vez no era
ninguna broma. Aunque yo diría (no lo sé, por supuesto) que García Márquez no
tenía creencias religiosas, aquel soneto, como cualquier obra maestra del
lenguaje, le permitía participar de toda la esperanza, de todo el consuelo que
suele aportar una religión. La perfección de la palabra escrita con arte, el
resplandor de la verdad que lleva consigo, bastan para entender que el sentido
de nuestras vidas es exactamente aquel que nosotros le damos, el que alcanzamos
a cristalizar en algunos momentos excepcionales. Así podríamos nosotros ahora,
si esto fuera una comida de amigos y lectores, comenzar a repetir una y otra
vez, Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento el coronel
Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le
llevó a conocer el hielo. Porque quizás en esta frase se encuentre el
sentido mismo de la vida de García Márquez, así como la de Región resume de
modo extraordinario la vida de Benet, aquel viajero que para llegar a donde
quería, siguiendo el antiguo camino real, no podía dejar de atravesar
un pequeño y elevado desierto que parece interminable. Comienzos de obras
inmortales que son también reflejos de vidas completas.
El segundo verso del soneto
anónimo añade una causa determinante al primer verso: No me mueve mi
Dios para quererte/ el cielo que me tienes prometido. Para amar algo,
sea un dios, una compañía, un soneto, un paraje o la literatura misma, no es
necesario que veamos en ello una garantía de felicidad, como pretendía Keats,
para quien la belleza encerraba siempre una promesa de gozo perpetuo ya que
nunca se marchitaba: Lo hermoso es alegría para siempre/ su encanto se
acrecienta y nunca vuelve a la nada, dice el poeta en la traducción de
Irene.
El verso es muy bonito, A thing of beauty is a
joy for ever, pero es falso. El gozo de la belleza es
pasajero y siempre vuelve a la nada. Ese es precisamente su encanto, que es
efímero y debe ser tomado al vuelo, dura un instante y desaparece. Es la pequeña
estrella shakespeariana que uno desearía ver danzar en la palma de la mano y
observar su centelleo durante años y años placenteros, pero el lugar de la
estrella es el firmamento en donde parpadea durante unas horas y ni siquiera
podemos saber si su luz viene de un astro vivo o de una estrella muerta.
Por esta razón cuando
queremos a alguien o algo no suelen movernos sus promesas de felicidad sino más
bien su naturaleza transitoria, fugaz, la belleza de su paso ígneo antes de
fundirse en la helada luna de la noche sin fin. Participar de esa fugacidad es
la auténtica alegría, acabe como acabe. Así lo decía Ishmael, tras la
catástrofe del capitán Ahab y su velero, el Pequod: él estaba allí y por eso
pudo contarlo, porque todo lo vio y participó del instante en que el gigantesco
Leviatán engulle en las simas del océano al infame, al obsesivo, al destructivo
perseguidor de Moby-Dick. También en las destrucciones hay una chispa de
belleza cuando la destrucción arrastra al maligno.
Y allí, frente al pelotón
de fusilamiento, está también el testigo de una destrucción, esta vez
definitiva, con su último recuerdo. En el chispazo que va a llevarle a las
simas de la nada, el coronel vislumbra la posible razón de toda su existencia, aquella
tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo. Suelen decir
algunos escritores que en el momento preciso de la muerte, un instante antes de
que se abra la puerta del sueño eterno, toda nuestra vida circula velozmente
por una memoria que se despide de sí misma. Prefiero pensar que más bien la
memoria elige un instante privilegiado, un momento en el que se concentra todo
el sentido posible de nuestra existencia, y con él nos ensimisma. El caso más
exacto y precioso que conozco es el que relata Ambrose Bierce en El
puente sobre el río del búho.
Como el hombre del cuento
de Bierce, que va a morir de un momento a otro sobre el funesto río de Alabama,
no sin que antes la memoria le arranque del presente con una prodigiosa mano
mágica, así también el coronel, erguido ante la muerte, recibe la visita de un
recuerdo específico e imborrable, aquel día en que su padre le llevó a
conocer el hielo. Y no es que su padre "le enseñara" o "le
mostrara" el hielo, es que le llevó a "conocerlo". Tantos niños
han esperado impacientemente a conocer el mar, a conocer la caza del oso, a
conocer el amor, a conocer el mundo, a conocer la victoria, que el conocimiento
del hielo es una hipérbole magnífica de todas las desesperadas ilusiones de la
infancia.
El cielo que nos tiene
prometido, la inmarchitable belleza eterna, el siempre te amaré, la estrella
cautiva, la perduración de lo maravilloso, se truecan, en el instante supremo,
en un radiante pedazo de hielo, en el remolino espumoso de la ballena blanca
hundiéndose para siempre, en la estrella que se posa en tu mano durante unos
segundos. A cada cual, según sus merecimientos.
Gabriel García Márquez sabe
ahora cómo es el alma invisible del hielo. Fortuna será, para cada uno de
nosotros, alcanzar a ver con luminosa claridad, en el relámpago previo a la
oscuridad eterna, cuál ha sido nuestro ya ineludible cielo prometido.
Estoy gratamente impresionado
por el tono de su carta, siento el tenue candor de una feminidad tácitamente expuesta
y una sinceridad esquiva de toda arrogancia.
El tema entre lo que uno debe leer y lo que le apasiona es un verdadero viacrucis,
pero resulta ser una lúcida diatriba que le acompañará toda la vida. Usted trajo a colación
la literatura africana, le cuento que estoy seriamente comprometido en su estudio
y la lectura rigurosa de la misma, he descubierto en esta exploración, no
solamente su riqueza sino el rigor
absoluto de la misma, como el jazz, está cargada de una tristeza
ancestral y una especie de grito profundo, de dolor contenido. Tiene mucha
influencia de la literatura inglesa y por lo tanto es poco barroca y más bien su
prosa es esencial, depurada, en este punto tiene una sustancial diferencia con
los autores latinoamericanos muy a pesar de haber trasegado por algunos recorridos
similares, como el costumbrismo por ejemplo, para solo citar uno, sus
diferencias son muy marcadas. Mi exploración apenas empieza, pero
estoy muy juicioso.
Son las dos y media de la
mañana, está lloviendo, recuerdo las lluvias eternas que cita Gabo del Bogotá que siempre detestó en contraposición a su adorado caribe. Cuando
se refiere a sus lecturas, abres el
interrogante entre lo que se debes leer y lo que se quiere verdaderamente leer, , se
vuelve al tema sobre los textos que son esenciales en una formación literaria y aquellos que nos apasionan. Recodé
dos libros: “El arte de la novela” de Kundera y “porqué leer los clásicos” de Ítalo
Calvino. En la primera, el autor Checo, con el que estoy totalmente de acuerdo, expresa que la novela ha descrito al
hombre en toda su esencia muy por encima
de la ciencia y en la segunda el italiano hace un estudio detallado de los clásicos
desde la condición de lector impenitente.
Dice textualmente Kundera: ”La
novela acompaña constante y fielmente al hombre desde el comienzo de la Edad
Moderna. La "pasión de conocer" (que Husserl considera como la
esencia de la espiritualidad europea) se ha adueñado de ella para que escudriñe
la vida concreta del hombre y la proteja contra "el olvido del ser";
para que mantenga "el mundo de la vida" bajo una iluminación
perpetua. En ese sentido comprendo y comparto la obstinación con que Hermann
Broch repetía: descubrir lo que sólo una novela puede descubrir es la única
razón de ser de una novela. La novela que no descubre una parte hasta entonces
desconocida de la existencia es inmoral. El conocimiento es la única moral de
la novela”. La novela como el cine ha tocado todas las tragedias humanas.
Viene el otro tema, aquellos
libros que es imposible evitar. Digamos que el Quijote en su riqueza no
resulta ser esencial para muchos, incluso suele ser aburrido para la mayoría,
pero aquellos inmersos en el universo de las letras, sabemos de su importancia
y de su riqueza. Son muchos los libros que despiertan igual interrogante, no
deja de ser esta una verdadera paradoja.
Vale citar de nuevo a
Kundera, pues la literatura es directamente proporcional al conocimiento humano
en su riqueza textual. Categoriza en su ensayo sobre la novela: “Cuando Dios
abandonaba lentamente el lugar desde donde había dirigido el universo y su orden
de valores, separado el bien del mal y dado un sentido a cada cosa, don Quijote
salió de su casa y ya no estuvo en condiciones de reconocer el mundo. Este, en
ausencia del Juez supremo, apareció de pronto en una dudosa ambigüedad; la
única Verdad divina se descompuso en cientos de verdades relativas que los
hombres se repartieron. De este modo nació el mundo de la Edad Moderna y con él
la novela, su imagen y modelo”.
Estos son temas que lo
encarretan a uno por su riqueza y por la pasión que encubren. En la próxima carta
le hablaré del texto de Calvino, que creo usted debe conocer muy bien. Espero
sus vacaciones lleguen pronto y las lecturas emprendidas sean de su deleite. Cuídate
mucho.
Recordamos a Andrés Holguín, el gran intelectual, poeta,
traductor, crítico, jurista, profesor, diplomático y colaborador de la HJCK.
La razón, se cumplen 25 años de su muerte, ocurrida el 21 de junio de 1989.
En este aniversario que pasa inadvertido para los masivos medios de
comunicación, pero no para los medios culturales, bien vale la pena recordar la
trayectoria de quien fue uno de los más importantes intelectuales colombianos.
Andrés Holguín ocupó numerosos cargos públicos, entre ellos, procurador general
de la Nación y consejero de Estado. También fue diplomático en París, Roma y
Caracas. El 5 de marzo de 1987, el Consejo Nacional Electoral lo eligió
por unanimidad registrador nacional del Estado Civil, cargo al que renunció
poco después por motivos de salud.
Publicó más de veinte libros, entre ensayos, poesía, filosofía y crítica
literaria. Fundó el Muro Blanco y El Arké, instituto dedicado a difundir la
cultura.
También fue profesor en varias universidades, en especial en la de los Andes,
de Bogotá. Allí fundó y dirigió la revista Razón y Fábula. Como periodista,
publicó durante varios años su columna "Temas inesperados" en el
diario El Tiempo, de Bogotá, con la cual obtuvo el Premio Nacional de Periodismo
en la modalidad cultural y en la HJCK colaboró en esta Revista dominical.
Entre sus publicaciones se destacan: Poemas, La tortuga, símbolo del filósofo,
Antología crítica de la poesía colombiana, y Notas griegas.
En esta sección recordamos a Andrés Holguín con la grabación de archivo en la
que el escritor Germán Arciniegas habla de Andrés Holguín y uno de los
comentarios que Holguín presentaba en la Revista dominical HJCK,
titulado Perdura el yo.
Cuando Martin Heidegger
renunció al rectorado de la universidad de Friburgo y regresó a su tarea
docente, escarmentado pero no arrepentido de su colaboración con los nazis, un
colega le preguntó con ironía: “¿Qué tal tu viaje a Siracusa?”. Aludía al
intento de Platón de convertir a Dionisio, tirano de Siracusa, en un rey-filósofo,
aventura fracasada que casi le cuesta la vida. Los intelectuales de todos los
tiempos siempre han tenido la tentación de meterse en política, consiguiendo
muchas veces que fuese la política la que se metiera con ellos. Algunos les han
reprochado este afán, como Julien Benda en La trahison des clercs (aunque
él mismo no se privó de ejercerlo también), otros en cambio no han cesado de
exigirles ese compromiso… para luego afeárselo si no elegían su bando
preferido. Una excelente crónica de episodios a lo largo de la historia de la
relación entre intelectuales y poder político se encuentra en el libro de César
Antonio Molina La caza de los intelectuales(Destino). El autor
visitó también Siracusa (fue ministro de Cultura, quizá junto a Jorge Semprún
el más generosamente culto de todos) y tiene recuerdos agridulces de esa
excursión, de modo que sabe de lo que habla…
Sobre el tema escribió con
su penetración habitual Tony Judt, centrándose en los ejemplos franceses, desde
Voltaire y Zola los intelectuales par excellence. En Pasado
imperfecto (Taurus) se ocupa del periodo entre 1944 y 1956, cuando la
definición de cada cual se establecía según su postura ante el comunismo y la
Unión Soviética. EnEl peso de la responsabilidad (Taurus) estudia
sólo tres figuras emblemáticas —Léon Blum, Albert Camus y Raymond Aron— que
fueron ejemplares intelectual y moralmente, cada cual con sus fragilidades o
inconsecuencias, a los que conviene lo que Bertrand Russell dijo de Thomas
Paine: “Muchos hombres son detestados por sus vicios; él lo fue por sus
virtudes”. Ninguno de ellos compartió ese dogma digamosguillotinante (según
Judt proviene de la Revolución Francesa) tan extendido, que “todo cambio real
se produce y sólo se puede producir de resultas de una ruptura única y tajante.
Todo lo que no llegue a ser esa ruptura resulta inadecuado y por tanto
fraudulento”. Es una actitud antipolítica, porque la política es esa actividad
en la se negocian las diferencias sin la expectativa final de abolirlas alguna
vez definitivamente. Los tres autores mencionados fueron denostados
políticamente por intentar ser políticos real e intelectualmente.
Ayer se llamaba
“mediáticos” a los intelectuales que escribían en la prensa o salían a veces en
televisión. Hoy, lo más parecido a un intelectual mediático es probablemente
Belén Esteban (aunque ahora haya surgido de las pantallas algún otro Príncipe
del Pueblo para hacerle competencia). A algunos se les censura haberse vendido
al poder, entendiendo por tal el gobierno o los oligarcas. ¡Ingenuos! El verdadero
poder al que hoy ceden los intelectuales es otro, bien descrito por Alan
Fienkielkraut: “En los tiempos democráticos, todas las autoridades se hacen
sospechosas, salvo la autoridad de la opinión. No hay ningún poder que la
sociedad no recuse, excepto precisamente el poder social” (L’identité
malhereuse, Stock). Este es el poder irresistible y ante él conozco
gente ilustre que responde como aquel político venal descrito por Flaubert, que
“pagaría por venderse”.
Desde ayer estaba que le
escribía un correo como se diría en estos tiempos, actualmente por lo urgente olvidamos lo importante, vivimos inmersos en
cosas que no suelen alimentarnos ni espiritualmente y menos materialmente.
Paradójico, lo escribí el mismo día que hablamos y no pude enviarlo y menos
colgarlo en el blog que fue lo prometido, el tiempo no suele ser nuestro mejor
aliado. No me imagino a Flaubert, con su extensa correspondencia en está época,
menos a Proust, cuyas cartas constituyen una obra aparte. Es
curioso, ahora que abrimos este dialogo en torno a a las lecturas, estoy
leyendo en estos días entre muchos textos, la correspondencia entre Paul Auster
y J. M Coetzee, publicado por “Anagrama” sus páginas en apariencia
no tienen pretensiones literarias, están llenas frescura y en apariencia
levedad, pero van adquiriendo una hondura en la medida de su lectura, al final
terminan atrapándonos, lo leemos como si tomáramos café con los autores. La
primera disertación es sobre la amistad, es encantadora.
Me sorprendió cuando me
contaste que eras de Manizales. Es tierra de buenos escritores, culta, pero
sobre todo de excelentes lectores. Alguna vez publiqué en “Papel Salmón” y
de hecho vamos con unos amigos a volver a editar un periódico gratuito que
se llama “Ludimia”, como el nombre de este blog. Te envié el libro de Burgos
Cantor, “La Ceiba de la memoria”, empezaré su lectura para intercambiar
impresiones, conozco la obra de Roberto Burgos Cantor, es un hombre culto, su
obra critica es formidable, no se sí está recogida en algún texto. En la red
hay un trabajo de Angélica María Osorio Espinosa, se llama: “La ceiba de la
memoria de Roberto Burgos Cantor y un concepto de africanidad”, leí la
introducción y algunos apartes, realmente me pareció muy lúcido[1]. Esta niña conoció
al escritor costeño en la presentación del libro en Pereira en 2007, estas
impresiones expuestas en la tesis, lo describen de manera magistral:
“Recuerdo entonces que nunca había estado tan cerca del mar como aquella vez
cuando se lograban sostener imágenes poéticas con una sintaxis larga, nada
breve, nada confusa, hermosas y claras para todos los que allí estábamos.
Supuse entonces que era un escritor muy cercano a lo que durante todos esos
años habíamos estudiado y considerado literatura y al mismo tiempo, cercano a
un deseo individual por escribir de esa misma manera, como si al escucharlo un
deseo guardado de escritura se revelara ante mí”.
Solo espero no cansarte con
mis disertaciones y espero cambiemos impresiones sobre nuestras lecturas.
Este
personaje de la literatura actuó en la vida como mi cobardía no lo ha permitido
hacer con la mía. Desdeñó de la sociedad, la despreció, develó sus imposturas
en una obra que se anticipó a toda la grandeza del llamado Boom
latinoamericano. Sus textos resultan ser un a priori a esa camada de grandes que
engalanaron la literatura hispanoamericana, fue una generación que nos llena de
orgullo por la calidad de su obra. Relevo en Onetti con mucha nostalgia, el existencialismo
arraigado de sus narraciones; sus posiciones radicales frente a la vida; lo
evasivo con la prensa, evitó a toda costa sus manoseos; fue un solitario irredento,
un bebedor de whisky de excelsas cualidades, entregado por completo a la
literatura, desde el desarraigo acorde con su visión de la vida.
Su
influencia más emblemática fue Willian Faulkner, no solo para armar sus novelas
sino para fondearlas con temas desapacibles. Lo que olvidan algunos de
sus críticos más connotados fue que el “Pozo” (1939) se publicó diez años antes
de que la literatura existencialista hiciera explosión en Europa, en carta
blanca Onetti fue anterior a Sartre y Camus, por lo tanto es su precursor. Ivan
Gabriel Villarroel Gonzáles, interpreta con absoluta lucidez esta novela corta,
en una tesis magistral llamada “Limites en la escritura” con la cual obtuvo la
maestría en la universidad Nacional de Bogotá. Esto escribió: “El pozo” es una
novela corta que se describe a sí misma como las memorias de Eladio Linacero;
no obstante, Linacero omite numerosos episodios de su vida, cuenta otros
oblicuamente y los mezcla con fragmentos de fantasías sin desarrollar. Son unas
memorias atípicas que reflejan el carácter escindido del narrador y su
conflicto irresoluble con el mundo; están impregnadas no sólo de antipatía por
los hechos de su propia vida, sino de un confeso desprecio por el lenguaje como
medio para expresar sus ensueños; estos son el plano de su mundo interno
incapaz de alcanzar en el plano escrito. sino de un confeso desprecio por el
lenguaje como medio para expresar sus ensueños; estos son el plano de su mundo
interno incapaz de alcanzar en el plano escrito”. Este es el tono de la mayoría
de sus escritos, cargado de un escepticismo irreductible. Cuando se leen las
novelas de Onetti, es el caso mío por lo menos, me brota un sentimiento de
derrota, una especie de desidia, un escepticismo tenaz, como si la vida
la enfrentáramos con los dados cargados, me pasa algo similar a lo
que viví con las novelas de Gabo, cuando las leo siento el calor
del caribe, la atmósfera pesada de los pueblos de la costa, su
ambiente solitario e inamovible repleto de historias inverosímiles.
Onetti
nació en Montevideo: “Hijo segundo de un funcionario de aduanas descendiente de
emigrados irlandeses (ONetty, parece haber sido el apellido original) y de una
brasileña que pertenecía a una familia de hacendados gaúchos, desertó de los
estudios de derecho a mitad de la carrera, y desde la temprana adolescencia frecuentó
las redacciones de periódicos y revistas de ambas márgenes del Río de la Plata,
viviendo alternativamente en Montevideo y Buenos Aires, ciudad esta última en
la que se instaló por primera vez, y ya independiente de los suyos, cuando sólo
contaba veinte años”. Vivió 25 años entre Buenos Aires y Montevideo. En Uruguay
había obtuvo “el Premio Nacional de Literatura, en 1962, y en España se le
concedió el Cervantes, en 1980, y un año antes el de la Crítica por Dejemos
hablar al viento, votado por los especialistas en forma unánime como el
mejor libro de habla española publicado durante 1979”. Después de sus primeros
relatos (ganó un concurso del género, convocado por el diario La Prensa, de
Buenos Aires, en 1934) se inició en la novela con El pozo (1939),
durante el decenio siguiente, la narrativa occidental. Tras ella escribió Tiempo
de abrazar (1940), Tierra de nadie (1941), Para
esta noche (1943), Los adioses (1954) y Para
una tumba sin nombre (1959), además de las sucesivas colecciones de
cuentos Un sueño realizado (1951), La cara de la
desgracia (1960), El infierno tan temido(1962) y Tan
triste como ella (1963)”.
La “Vida
Breve”, “El astillero” y Juntacadaveres” son un tríptico extraordinario, cuyo
espacio es “Santa María” una ciudad imaginaria, habitada por los mismos
personajes, personajes que se nos van imponiendo en nuestro inconsciente en la
medida de la lectura, se nos convierten en seres reales, por su manera de
llevar la vida, por esa actitud de rechazo frente a las potencias de la misma.
En una biografía en la red encontré esta reseña que sintetiza el carácter del
texto “La vida breve”[1], que sirve de colofón para
entender toda su obra: “Los temas y la atmósfera que van configurando la
producción de Onetti son comunes y sórdidos: la soledad, la prostitución, la
rutina, el dinero. La vida breve (entre las mencionadas) es
por su exasperado realismo una auténtica obra maestra: relata el desdoblamiento
de un ser tímido y sin aliento, José María Braussen, que se inventa otro yo,
José María Arce, personaje violento que planea un crimen. En ella se da la
fundación de Santa María, una ciudad mítica y ficticia (como Macondo
de García Márquez y Comala de Rulfo), de indeterminado emplazamiento
rioplatense, escenario de todo el ciclo narrativo”. Lo más importante en este
excelente escritor es el estilo. Hay creadores cuyo mayor aporte lo constituyen
este acápite y además la perfecta estructura de sus narraciones, el universo de
sus historias crea un espacio propio, tan real como la vida misma, tan es así,
que le trasfiere al lector todos sus fantasmas.
Onetti
en los últimos años en España ni siquiera se quería levantar de su cama. Se
dejaba acompañar por un Whiskie mientras veía pasar entre lecturas la vida que
de antemano sabía nunca cambiaría por la implacable estupidez humana. Ivan
Gabriel Villaroel cita a Rama en su trabajo de Onetti, que este lo ubica en lo
que él llama la Generación crítica, una corriente de intelectuales que
adelantaron una labor de controversia y búsqueda de renovación en la cultura
uruguaya desde el 39 hasta el 69, durante principios del siglo XX el Uruguay
vivió una relativa bonanza económica y estabilidad social que permitió formar
una fecunda cosecha de intelectuales; no obstante, desde el 39 ya surgían visos
de una crisis latente y obras como las de Onetti daban cuenta de ella”.
Volver a
la obra de este grande será un placer, incitar su lectura es una
responsabilidad. Espero lo lean, de seguro no se arrepentirán.