sábado, 27 de agosto de 2016

NARRATIVA Y VIOLENCIA EN COLOMBIA


La mirada estética en sus diversas expresiones artísticas siempre es permeada por la realidad social. Es muy difícil que se den expresiones cuyos nexos, conexiones, influencias y contextos no sean producto del entorno en que se desenvuelve el artista. Este crea a partir de ellos: objetos, narrativas, metáforas, pinturas, conceptos, nuevos, los cuales  se suman a la realidad e incluso contribuyen a configurarla, constituyen interpretaciones particulares que generan nexos, miradas, cuyo valor en términos de lo que entendemos por arte, va agregándose como patrimonio del conglomerado social sometido a su influencia. La novela colombiana de los últimos años ha tocado el tema de la violencia recurrentemente. La academia y ciertos críticos muy serios, tienen sendos estudios sobre el tema.
Ahora que estamos en pleno cierre del acuerdo con la hablamos del fin del conflicto armado a propósito de los acuerdos de la Habana entre el gobierno Colombiano y la FARC, traigo a colación el tema  de la relación entre la narrativa colombiana de los últimos 60 años y la violencia, por la importancia que tiene  en el marco general de nuestra literatura.  Miremos apenas un concepto y una realidad de nuestra historia, el de la victimas de la violencia. Tomas González, para citar un ejemplo,  ha  dibujado magistralmente en sus novelas la tragedia interna que vive una persona víctima  de la violencia, el sufrimiento y la des-ubicación, como queda inerme frente a situaciones de facto de  esta índole, la cual nunca entiende del todo, simplemente la padece. Este tema ha sido recurrentemente tratado por la crítica: “A lo largo de más de cuatro décadas de trabajo los críticos han ido desarrollando múltiples aproximaciones a la literatura asociada al fenómeno de la Violencia de los años cincuenta y sesenta en Colombia. Estas aproximaciones son de variada índole y de distinta calidad, y en su mayoría aportan a un mejor conocimiento del mencionado fenómeno literario y de sus relaciones con la historia del conflicto”[1].  Hay un capitulo exhaustivo, amplio y no divulgado de la crítica sobre la novela de la violencia en Colombia. “la expresión de la Violencia en la literatura nacional fue, y aún hoy es, de grandes magnitudes. En este punto cabe aclarar que, si bien la época de la Violencia fue retratada en cuentos y poesías, lo cierto es que la representación de la misma se ha dado, en gran medida, bajo la forma de novela. En Colombia se han publicado más de sesenta novelas al respecto, convirtiendo así el tema de la Violencia en un género de la literatura nacional, género que sin lugar a dudas también ha despertado el interés de la academia”[2].  Recuerdo la lectura de “La mala hora” de Gabriel García Márquez, “Manuel Pacho” y “El Cristo de Espaldas” de Eduardo Caballero Calderón, Mejía Vallejo, Osorio, Gardeazabal, Jorge Franco, para solo citar algunos de los más relevantes[3].
Es preciso realizar la aproximación sobre la narrativa de la violencia en Colombia cambiando de óptica, atendiendo al lector, como ha sido esta recepción de su parte en la construcción de esta estética,  mirada que debe hacer parte integral del corpus literario, incluyo en este ítem a la crítica por su puesto, para indagar cual ha sido su producción y focalización al respecto. Este tópico lo definió con lucidez Alejandro Rodríguez, esta sería  la mirada que guiara este recorrido: “En general, sería posible afirmar que la literatura posmoderna asume como punto de partida que la escritura es el modelo del mundo, su realidad; es consciente de que si bien lo real está más allá de los textos y de las escrituras, sólo es accesible por textos y escrituras.  Ahora bien, la literatura posmoderna opera bajo las consecuencias de una "estética de las fuerzas", según la cual, la obra literaria la hace el lector.  Un panorama de esta estética de las fuerzas en la novela posmoderna, obliga a reconocer críticamente fenómenos tales como la exigencia de nuevas competencias en el lector: doble productividad, capacidad de determinación de la indeterminación, relaciones no ligadas al sentido o a la idea, grado cero de la interpretación, etc.”[4].
Quiero hacer la aproximación desde una esclerótica muy personal, tendremos en cuenta el tema generacional, pero no será una camisa de fuerza (Juan Gabriel Vásquez: «La escritura de nove­las no es una actividad sindical: no tiene por qué haber acuerdo entre todos, ni siquiera entre dos») y más bien recurriendo a ciertas obras emblemáticas que aluden a la violencia, abrevando en la crítica que ha sido muy abundante. Antes agregaré algunas apreciaciones necesarias para contextualizar el tema:
“En las últimas décadas, una parte significativa de los textos que se han escrito sobre Colombia, en campos como la literatura, la crónica, la historia y las ciencias sociales, otorgan a la “violencia” un papel central en la configuración de la vida social, política, económica y cultural del país. Las razones de esta recurrencia resultan evidentes. La violencia en Colombia ha tenido efectos catastróficos sobre la configuración social del país y sobre las vidas individuales de la gran mayoría de sus habitantes”[5].  Podría decir que desde “La Mala hora” de Gabriel García Márquez hasta las novelas de Jorge Franco, el incremento de las novelas con esta temática es considerable.  Pero es importante establecer el contexto de esta gravidez: “Las palabras de Arango Ferrer nos suenan hoy demasiado ingenuas y las de Cobo Borda ―más cercanas a nuestra contemporaneidad― nos evidencian el cambio de paradigma estético que se dio en el campo literario colombiano a partir de finales de la década de 1950 y, sobre todo, durante toda la década de 1960. "Este cambio de paradigma obedece a seis causas principales: 1) el surgimiento de una nueva mirada acerca del lenguaje usado en las obras literarias, distanciada del gramaticalismo que caracterizó el siglo xix y las cuatro primeras décadas del siglo xx; 2) el advenimiento de una perspectiva crítica que se alejaba de la consideración sobre la novela como expresión de un “pueblo” para empezar a verla como expresión “del hombre”; 3) la aparición de un nuevo público lector que empezó a preferir el consumo de la prosa sobre la poesía; 4) el surgimiento de premios de novela por iniciativa de entidades privadas; 5) el aumento en el grado de diferenciación de las actividades intelectuales; 6) la elaboración de la realidad cercana en las obras narrativas”[6]. Esta realidad es una violencia desborda que se puede contextualizar en los siguientes periodos: “  Con la inevitable -aunque ambigua y desigual- exposición de los efectos de la violencia partidista que vivió Colombia durante las décadas del 50 y 60 (el hecho socio-político e histórico más impactante que ha vivido el país en este siglo), surgió en la literatura colombiana una tradición de escritura que se inicia como puro testimonio y logra con el tiempo afianzarse como una opción estética en la que la fuerza de lo temático va dando paso a la elaboración de obras de gran alcance y valor artísticos”.  Tomaré como referencia como punto de partida la muerte del caudillo popular Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948 hasta 1960, después el periodo entre este año 1980 y por último desde esta última fecha hasta nuestros días, partiendo de que la violencia en estas fechas tiene connotaciones diferentes y cada una está alimentada por factores especiales muy diferenciadores".
Uno pensaría que frente a nuestra avasallante realidad, tarde o temprano un autor colombiano terminaría tocando el tema de la violencia en su obra, partiendo del hecho contundente  que nuestro entorno está cargada de hechos violentos múltiples y concomitantes, siempre nos están tocando de alguna manera. Mire lo que escribió Gabriel García Márquez hace más de sesenta años frente al compromiso del autor de tocar el tema, lo asume desde una perspectiva política: “Las personas de temperamento político, y tanto más cuanto más a la izquierda se sientan situadas, consideran como un deber doctrinario presionar a los amigos escritores en el sentido de que escriban libros políticos. Algunos, tal vez no más sectarios pero si menos comprensivos, se sienten obligados a descalificar, más en privado que en público, a los escritores amigos cuyos trabajos no parecen políticamente comprometidos de manera evidente. Tal vez ninguna circunstancia de la vida colombiana ha dado más motivo a ese género de presiones, que la violencia política de los últimos años. Una pregunta oyen con frecuencia los escritores: “¿Cuándo escribe algo sobre la violencia?” O también un reproche directo: “No es justo que cuando en Colombia ha habido 300.000 muertes atroces en 10 años, los novelistas sean indiferentes a ese drama.” La literatura, suponen sin matices preguntantes y reprochadores, es un arma poderosa que no debe permanecer neutral en la contienda política.  Conozco a algunos escritores que están de acuerdo en principio con ese punto de vista. Pero en la práctica —para utilizar los mismos términos que suelen movilizarse en las tertulias sobre el tema— acaso no hayan podido resolver su más aguda contradicción: la que existe entre sus experiencias vitales y su formación teórica. Conozco escritores que envidian la facilidad con que algunos amigos se empeñan en resolver literariamente sus preocupaciones políticas, pero sé que no envidian los resultados. Acaso sea más valioso contar honestamente lo que uno se cree capaz de contar por haberlo vivido, que contar con la misma honestidad lo que nuestra posición política nos indica que debe ser contado, aunque tengamos que inventarlo. He oído decir a algunos escritores y es preciso creerles a los escritores cuando revelan secretos de su profesión, que la invención tiene que ver muy poco con las cosas que escriben. Consideran que ninguna aventura de la imaginación tiene más valor literario que el más insignificante episodio de la vida cotidiana. Y no lo creen por principio, sino porque la práctica diaria, el esfuerzo de varios años, el haberse trasnochado frente a la máquina de escribir y haber roto mucho y publicado poco, y el haber tenido por eso mismo oportunidad de saber que escribir cuesta trabajo, los ha arrastrado —digamos por la fuerza— a ese convencimiento”[7]. Las posiciones de este tipo terminan siendo poco importantes frente a la realidad, casi todos los escritores nuestros han tocado el tema de la violencia.
La primera novela que he escogido curiosamente es  “La mala hora” de Gabriel García Márquez. Se publicó en el 61 del siglo pasado, pero la temática está referida a la violencia de los 50, partidista, trazada por la política.
Esta es una de las novelas que mejor ha tratado el tema de la violencia, es de una factura perfecta, estructurada con un orden argumental al propósito del tema; el ambiente y la atmosfera de violencia que se va sucintado a lo largo de las paginas termina contaminándonos, nos abarca, los miedos constituyen el eje central de la trama, en esta novela cada personaje responde a una simbología especifica, el cura, el alcalde, el político, el poder en toda sus envestiduras, al estilo de Gabo, cada uno descrito magistralmente. Miren el primer dialogo entre el cura y quien es encargado del negocio del cine los domingos en el pueblo, este se produce después del asesinato de Pastor por Cesar Montero, con el que empieza la trama del texto:
“.-Ya he aceptado la cuestión de los toques -dijo- porque es cierto que hay películas inmorales. Pero ésta no tiene nada de particular. Pensábamos darla el sábado en función infantil. El padre Ángel le explicó entonces que, en efecto, la película no tenía ninguna calificación moral en la lista que recibía todos los meses por correo. -Pero dar cine hoy -continuó- es una falta de consideración habiendo un muerto en el pueblo. También eso hace parte de la moral. El empresario lo miró. -El año pasado la misma policía mató un hombre dentro del cine, y apenas sacaron al muerto se siguió la película exclamó. -Ahora es distinto -dijo el padre-, el alcalde es un hombre cambiado. -Cuando vuelva a haber elecciones volverá la matanza replicó el empresario, exasperado-. Siempre, desde que el pueblo es pueblo, sucede la misma cosa. -Veremos -dijo el padre[8].

“Los acontecimientos ocurren en un momento de tregua entre las guerrillas de ese período que se ha venido llamando en Colombia la Violencia. Se presentan en orden cronológico durante un período que va de un martes, 4 de octubre (pág. 7), a un viernes, 21 de octubre (pág. 197). El protagonista colectivo es el pueblo mismo que se perfila a través de una serie de episodios en que el autor presenta en detalle las acciones de los habitantes. Entre los personajes individuales que desfilan por la obra se destacan el alcalde y el Padre Ángel”[9]. La estructura está constituida por un trípode de hechos que confluyen como factores emblemáticos que describen desde la línea argumental la violencia imperante: “La estructura, fragmentada y suelta, responde a la intención del autor de narrar la vida cotidiana de un pueblo en un momento dado de su historia. Comprende esencialmente tres historias: a) la aparición de unos pasquines que publican secretos de varios habitantes, secretos por cierto bien conocidos; b) un diluvio que anega al pueblo y hace que los pobres de las tierras bajas se muden a los altos del municipio; y c) las actividades del alcalde, que se relacionan tanto con la primera como con la segunda historia. Los temas que García Márquez desarrolla a lo largo de la novela se entretejen en los diversos sucesos para dar a la obra cohesión interna, no obstante su estructura episódica”[10].
“A nuestro parecer, la estructura de la obra está concebida en dos planos: la externa, que corresponde a la realidad inmediata y minuciosa en que se mueven los personajes, y la interna, que revela las motivaciones psicológicas que influyen en las acciones de los mismos. En su creación del plano externo el autor se vale de una visión episódica y fragmentada que abarca las tres historias que hemos señalado. Entre éstas la más importante es el relato de los pasquines que ponen en movimiento las acciones y agitan la vida emocional del pueblo”[11].

Con esta obra se inició la renovación de la prosa en Colombia, renovación que se va consolidando paulatinamente, tomó todas las herramientas posibles del periodismo, como cronista itinerante del país conoció nuestra situación, se subsume en la realidad, desde la novela hace una transposición estética de la violencia. Gabo descibe la violencia que sufre la provincia, la cual vive los efectos directos de la política capitalina. Desde este pueblo, que no es Macondo, como las ondas que produce una piedra al ser tirada al agua, su historia refleja una realidad que los abarca, del contexto nacional, está narrada desde los personajes en apariencia sin importancia. Parece un libreto. Meticuloso en sus descripciones:

“César Montero retrocedió. El alcalde continuó con el dedo tenso en el gatillo. No se movió un solo músculo de su cuerpo, hasta que César Montero bajó la escopeta y la dejó caer. Entonces el alcalde se dio cuenta de que estaba vestido apenas con el pantalón del pijama, de que estaba sudando bajo la lluvia y de que la muela había dejado de doler. Las casas se abrieron. Dos agentes de policía, armados de fusiles, corrieron hacia el centro de la plaza. La multitud se precipitó tras ellos. Los agentes saltaron en una media vuelta y gritaron con los fusiles montados: -Atrás. El alcalde gritó con la voz tranquila, sin mirar a nadie”

Estos hechos que parecen aislados en el principio, están conectados con una violencia política por fuera de su alcance,de cualquier posibilidad de manejo, irresoluta, como impuesta por un destino que se sale de sus manos, me refiero a esa violencia política, partidista irracional que se va regando por el país como una plaga, contaminando todo lo que toca. 



En otra entrega continuare con el análisis de esta novela y después trataremos a Manuel Mejía Vallejo.








[1] Seis estudios sobre la novela de la violencia en Colombia. Oscar Osorio.

[2] Novela de la violencia: una herramienta para la
construcción de memoria histórica en Colombia. 1946-1959. Pag 15. LAURA MILENA NIEVES GONZÁLEZ.


[3] Como podemos ver la violencia ha sido parte transversal de la historia de Colombia, tal vez por ello, la violencia es uno de los fenómenos más novelados en la historia de la literatura colombiana. En Colombia contamos con más de una centena de obras cuya diégesis se construye sobre el referente de la Violencia. Escobar Mesa, limitándose al tramo entre 1949 y 1967, hizo la lista de 70 obras de la novelística sobre la violencia [4] y Arango [5], por otro lado, clasificó 74 obras publicadas entre 1951 y 1972. El Tolima ha contribuido con varias de estas obras, entre las que podemos citar al libro de cuentos La violencia diez veces contada, y las novelas Sin tierra para morir de Eduardo santa, El sargento matacho de Alberto Machado Lozano, Los peregrinos de la muerte de Alirio Vélez Machado y El jardín de las Hartmann de Jorge E. Pardo. Muchas de estas obras salen en los años 60’s y 70´s. Según Luz Mary Giraldo[6] esto se debió a “el compromiso político e ideológico del escritor”. Algunos rasgos de la novela de la violencia presentes en las obras No morirás de German Santamaría y El jardín de las Hartmann de Jorge Eliécer Pardo.



[4] Jaime Alejandro Rodríguez - Narrativa colombiana de fin de siglo. http://www.javeriana.edu.co/narrativa_colombiana/contenido/bibliograf/jar_narrativacol/intro.html


[5] Nación y narración de la violencia en Colombia (de la historia a la sociología). María Helena Rueda.

[6] La novela colombiana ante la historia y la crítica literarias (1934-1975). Paula Andrea Marín Colorado.

[7] Dos tres cosas sobre “La novela de la violencia”. Gabriel García Márquez. 1959.

[8] “La mala hora”. Gabriel García Márquez. Pág 13.

[9] Leydi Hazera. Estructura y temática de la mala hora. Pag 472.

[10] Ibidem.
[11] Ibidem



viernes, 19 de agosto de 2016

FEDERICO GARCIA LORCA

Siempre he estado más cerca de sus poemas que del mito. El fusilamiento, hace ochenta años cerca de Granada, en el camino que une las poblaciones de Vínar y Alcafar, lo convirtieron en el poeta nacional de España, fue víctima de un fascismo en ciernes, con la guerra civil esta nación confirmó sus anacronismos históricos, decadente, absurda, con este hecho se ratificó de nuevo, que el poeta siempre se sobrepone al tiempo, sobrevive a su propia muerte, nada apaga su voz.
Federico nació en plena decadencia del imperio español, en 1898 La guerra contra Estados Unidos desembocó en la independencia de Cuba y en la pérdida de las últimas colonias españolas en América y Asia como Puerto Rico o Filipinas. Paradójicamente estos hechos alimentaron un nacionalismo que volvió a rescatar los temas populares, los valores locales. “La obra entera de Federico García Lorca, del Romancero gitano a Bodas de sangre, Doña Rosita la soltera, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, Seis poemas galegos o Diván del Tamarit, está atravesada por un profundo sentido de lo popular español, que atiende tanto a saberes, creencias y sentimientos como al modo de celebración de la vida (y la muerte) en las manifestaciones folclóricas de toda la Península”. “García Lorca fue un moderno. A principios del siglo XX, se sumó en Granada a la rebelión de las provincias para regenerar España con maestros como Fernando de los Ríos y Manuel de Falla. Fue también un moderno cuando llegó a la Residencia de Estudiantes en 1919 y buscó a Juan Ramón Jiménez. Pronto abandonó la elocuencia sentimental para ensayar la síntesis de las canciones y el poder conceptual de los versos. Fue moderno al comprender el valor de las metáforas ultraístas y al acompañar a Salvador Dalí en su paso del cubismo al surrealismo, un viaje que Lorca caracterizó con las etapas de la imaginación, la inspiración y la evasión. Por si fuese poco viajó en 1929 a Nueva York, leyó a Whitman y a Eliot y sintió de manera muy personal la deriva al vacío de la civilización contemporánea. Quizá por esto colocó a Garcilaso y san Juan de la Cruz sobre la tierra baldía, porque dudó del camino lineal que se llama progreso y quiso habitar un presente perpetuo o un eterno retorno en el que actualizar el pasado. No es raro que buscase en su último libro, Diván del Tamarit, un abrazo entre los aires clásicos y la expresión radicalizada”[1]. Los temas fueron populares, su poesía no fue popular. El cancionero de Lorca se pega a la piel, el poeta cuida mucho que sus versos calen y por ello compone abrevando en el arraigo, el tema de la muerte, la danza, el duende,  la infidelidad, del amor imposible son recurentes. Rodrigo Purcel Torreti lo expresa de otra manera: “A Lorca no le gusta el aburrimiento de la aristocracia y prefiere deambular o transitar dentro del terreno de lo popular, o como el poeta lo llama, “el espíritu oculto de la dolorida España”. A través de esta mención, podemos ver que Lorca, asocia lo popular al dolor, y desde ese dolor construye su poética, comenzando a introducir desde ese sitial temático el tema del duende, que no es un concepto propio, sino de la tradición popular española, y más puntualmente, andaluza”[2].
Tengo grabado el poema “La casada infiel”, nunca se me olvida: “Y que yo me la lleve al rio/ creyendo que era mozuela/ pero tenía marido. Perteneció a la generación del 27 que es mi preferida.  Fue un flamenco muy particular: “Y es que Lorca inventó un público y una manera de entender el flamenco desde la cultura europea, lo “puro” debía más al purismo de Le Corbusier que a la impostura primitivista del cante. Es verdad que muchas veces lo que consideramos lorquismo es ajeno a Lorca. Pensemos, por ejemplo, en cómo ignoró a Carmen Amaya, que tan bien vendría a su tópico, y alabó a La Argentinita. Lorca es un efecto, una manera de enfocar. Por ejemplo, para el situacionista Debord el Romancero gitano era digno de Villon, el poeta delincuente. Su homosexualidad y su asesinato cierran su topología flamenca. Lorca es ajeno a cualquier binarismo —hombre/mujer, gitano/payo, humano/animal— y se diría que es flamenco como ahora se dice queer, maricón, un calificativo despectivo tomado como bandera. Así, escuchamos a Shostakóvich con textos de Lorca y nos parecen flamencos. ¡Dios!, qué bien entendía a Lorca el cante, el decir de Enrique Morente”.
Es típico de la generación del 27 fusionar los temas populares con ciertos vanguardismos que le dieron a muchos de estos poetas una condición muy especial, los poemas de esta generación son  de una factura perfecta, fueron estudiosos de la tradición poética española y por lo tanto renovadores de la misma, es una poesía con mucho ritmo. Después de Lorca mi preferido es Rafael Alberti.
Hay una anécdota que identifica el carácter aristocrático y sui generis de Lorca: “Sin embargo, también es en esta época cuando Federico García Lorca vive, según sus palabras, «una de las crisis más hondas de mi vida»,9 a pesar de que sus obras Canciones y Primer romancero gitano, publicados en 1927 y 1928 respectivamente, están gozando de gran éxito crítico y popular. Esta crisis fue provocada por varios acontecimientos en su vida. Por un lado, con el éxito del Romancero gitano, comenzó a verse a Lorca como costumbrista, defensor de los gitanos, ligado al folclore andaluz. Éste se quejaba en una carta a Jorge Guillén diciendo: «Me va molestando un poco mi mito de gitanería. Los gitanos son un tema. Y nada más. Yo podía ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidráulicos. Además, el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educación y de poeta salvaje que tú sabes bien no soy. No quiero que me encasillen. Siento que me va echando cadenas».9 Y, por otro lado, se separó de Emilio Aladrén, un escultor con el que había mantenido una intensa relación afectiva. Además, esta crisis debió agravarse cuando Lorca recibió las duras críticas de Dalí y Luis Buñuel sobre el Romancero gitano.9 A pesar de esto, Lorca siguió trabajando y comenzando nuevos proyectos, como la revista Gallo de la que sólo se publicaron dos números o la obra Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, la cual intentó estrenar en 1929 pero fue prohibida por la censura de la Dictadura de Primo de Rivera”[3].
Aun existen muchos hechos oscuros alrededor de su muerte. “En Granada buscó refugio en casa de la familia de su amigo el poeta Luis Rosales, donde se sentía más seguro ya que dos de sus hermanos, en los que confíaba, eran destacados falangistas de Granada. A pesar de ello, el 16 de agosto de 1936, se presentó allí la Guardia Civil para detenerlo. Acompañaban a los guardias Juan Luis Trescastro Medina, Luis García-Alix Fernández y Ramón Ruiz Alonso, exdiputado de la CEDA, que había denunciado a Lorca ante el gobernador civil de Granada José Valdés Guzmán. Valdés consultó con Queipo de Llano lo que debía hacer, a lo que este le respondió: «Dale café, mucho café».3 Según el historiador Ian Gibson, se acusaba al poeta de «ser espía de los rusos, estar en contacto con éstos por radio, haber sido secretario de Fernando de los Ríos y ser homosexual».19 Fue trasladado al Gobierno Civil, y luego al pueblo de Víznar donde pasó su última noche en una cárcel improvisada, junto a otros detenidos. Después de que la fecha exacta de su muerte haya sido objeto de una larga polémica, parece definitivamente establecido que Federico García Lorca fue fusilado a las 4:45 h de la madrugada del 19 de agosto,20 21 en el camino que va de Víznar a Alfacar. Su cuerpo permanece enterrado en una fosa común anónima en algún lugar de esos parajes, junto con el cadáver de un maestro nacional, Dióscoro Galindo, y los de los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, ejecutados con él. Trescastro presumiría después de haber participado personalmente en los asesinatos, recalcando la homosexualidad de Lorca.22 23 La fosa se encuentra en el paraje de Fuente Grande, en el municipio de Alfacar”[4].
Este es un homenaje sin ninguna pretensión crítica, hecho desde la pasión que despierta uno de los poetas más entrañables, aquel que me enseñó a querer la poesía por fuera de los academicismos que la hacen difícil, sus poemas no solamente se disfrutan desde la lectura desprevenida, se cantan.







lunes, 8 de agosto de 2016

EL VALOR DE LA AUSENCIA ( RELATO)

La Muerte significa la ausencia total, aquellas personas que se van indefectiblemente no volverán jamas. En “La ridícula idea de no volver a verte”, Rosa Montero, toca magistralmente el tema, la ausencia nos marca, su imposibilidad absoluta es una desesperanza, se convierte en un peso inenarrable, es imposible volver a ser feliz. Esta escritora “Cuenta que le pidieron escribir un prólogo para un texto pequeño escrito por Marie Curie, de unas veinte páginas, un diario que escribió después de la muerte de su marido Pierre Curie, que murió a los 47 años. Confiesa la autora que el texto la conmovió tanto que no sólo hizo un prólogo, sino todo un libro. Y es ridícula la idea “de no volver a verte”, porque en el duelo es casi imposible imaginar que la ausencia del ser querido es interminable: no se quiere admitir, no se puede creer, y cita a Marie Curie: “A veces tengo la ridícula idea de que todo esto es una ilusión y vas a volver. ¿No tuve ayer, al oír cerrarse la puerta, la idea absurda de que eras tú?” También confiesa la autora que esperaba que su esposo muerto, enterrado y llorado por ella hacía poco tiempo, regresara de repente, ya fuera del trabajo o de un paseo; luego considera que así sucede en tantos casos de hombres y mujeres en duelo”[1].
Podemos ser completamente agnósticos y cuando un ser amado se nos va, resurge la idea del más allá, de eso que denominamos espiritualidad, el sentimiento de totalidad, lo que el filosofo Arabe Alfarabi llamaba el uno y el todo.  El libro de Rosa habla del peso de la ausencia, empieza con frases magistrales, cautivantes: “Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible”. Solo quedan os recuerdos.
Ana Isabel, mi esposa, murió hace poco debido a un cáncer, muy joven, llena de vida, con un amor inconmensurable por sus hijos, razón suficiente para amar la vida, su actitud valiente la mantenía lista para enfrentar lo insondable, aferrada a su entorno, aún así se nos fue intempestivamente, su combate fue inútil, ya no está con nosotros, solo tenemos el recuerdo y el peso de su ausencia. Su partida me dejó dos sentencias: después de la muerte nada pasa y no se por qué no entendemos que la existencia es muy corta, nuestra  fragilidad es total, desperdiciamos la mitad del tiempo en cosas inútiles,  nos dejamos robar todos los días la vida, la alegría, siempre se nos va el tiempo en cosas que nada tienen que ver con lo que nos interesa, con nuestro sentido individual de trascendencia, por lo urgente olvidamos los importante, nos olvidamos siempre del objetivo indiscutible de la vida: la felicidad.
Ana Isabel tenía una sonrisa repentina, se despachaba cuando reía, mantenía una altivez que dignificaba todo lo que hacía, acompañada de una sencillez sin imposturas, nos dejó una  ética a carta cabal que nos enaltece y miró la vida con una naturalidad por fuera de vanidades y simulaciones. Nunca le he pedido riquezas, decía, simplemente que cumplamos con lo mínimo. Muchas veces me contó su pasado, sus remembranzas eran encarretadoras, era una conversadora encantadora. Sus relatos sobre sus años en Honda, los disfrutaba mucho, este es un pueblo a orillas del río Magdalena a cuatro horas de Bogotá, donde vivió parte de su niñez y adolescencia. Hablaba con un sentimiento de añoranza, como queriendo volver a esos días, recordaba a cada una de sus amigas, el club donde pasó gran parte de su tiempo, las fiestas, el estudio en medio de un calor infernal que hacía los días infinitos, como viviendo en un sarten al rojo vivo. Conservamos en la casa un cuadro de una calle colonial de Honda, cuando lo veía, de pronto decía Ana, esta es la calle de las trampas, lo miraba y empezaba a contar con una felicidad sobre estos años que tanto le marcaron.   
Ana salió de un colegio de Bachillerato de una tía, en uno de los barrios más tradicionales de Manizales. Estudió con su prima Laura que fue como una hermana y con la que tuvo una relación especial. Fue una estudiante puntual, responsable, con un sentido de la amistad lleno de compromiso y entrega. Amaba su tierra, conocía todos los tangos, las baladas, con sus letras, los nombres de los compositores, los intérpretes. Ana, tenía un rostro hermoso, delgada, con unas piernas de reina, eso se lo debo a las lomas de mi ciudad, decía categóricamente. Nunca se dejó llevar por esas esclavitudes que genera la vanidad, siendo importante no era lo fundamental para ella, al final poco le importaba.
Su mama Ana Emilia, siempre a estado pendiente de sus hijos, su responsabilidad es excesiva y obsesiva. Su hija era todo para ella. Mantenía siempre una comunicación directa y fluida con Ana, aun en los momentos difíciles. Ahora, que su ausencia nos pesa, a ella y a mi, que no está con nosotros, pienso en cuánto vale una vida. No tenerle me produce un dolor inmanejable, una especie de nostalgia suspendida. La evoco a toda hora. Vestía siempre con un orden y un gusto total. Estaba siempre arreglada a las 7.30 Am, Amaba los deportes, era buena lectora y una política apasionada que no tranzaba en sus posiciones. Mejor madre, basta ver a sus hijos para saber que cumplió con la tarea. La ausencia y el dolor se suplen con los recuerdos. Cuando recordamos esperamos que esa persona de súbito nos hable, que de pronto llegue, vuelva a conversarme, que sus ojos negros y grandes me miren de nuevo.
Rosa Montero lo dice de otra manera de estas crisis: “A mí esas crisis angustiosas me agrandaron el conocimiento del mundo. Hoy me alegro de haberlas tenido: así supe lo que era el dolor psíquico, que es devastador por lo inefable. Porque la característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad, pero una soledad monumental. Una soledad tan grande que no cabe dentro de la palabra soledad y que uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes Palabras para expresarte. Es como hablar un lenguaje que nadie más conoce. Es ser un astronauta flotando a la deriva en la vastedad negra y vacía del espacio exterior. De ese tamaño de soledad estoy hablando. Y resulta que en el verdadero dolor, en el dolor-alud, sucede algo semejante”. Quien entiende la ausencia y el duelo que produce.
Mire como describe la autora: “Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender siendo como somos pequeñas criaturas atrapadas en nuestro pequeño tiempo. ¿No jugaste, en la niñez, a intentar imaginar la eternidad? ¿La infinitud desplegándose delante de ti como una cinta azul mareante e interminable? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y de admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza. ¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula”.
Tengo recuerdos exactos de mi esposa. El texto sobre su vida que trabajo, será un diario intimo, un homenaje silencioso, una forma de mantener vivo el espíritu de su ser. Aun así su ausencia me duele, me pesa, no hay nada que hacer.









[1] Mónica de Neymet Ur. Departamento de filosofía y Letras Universidad Autónoma De México.

domingo, 7 de agosto de 2016

EL AUDIO LIBRO

Hay mil maneras de leer, más en el mundo moderno  con la revolución de las TIC. El audio libro es una de ellas. En los últimos dos años soy un adicto a este formato. Después de mucha lectura en el día, en la noche al acostarme apago la luz y empiezo a escuchar cualquiera de los textos escogidos, en el caso mío siempre son relecturas. Resulta curioso, las ventas de libros se mantienen en niveles muy altos, aún así, los niveles de lectura siguen siendo muy bajos, el mercado crece pero no se lee. Vivimos dateados, informados en el mejor de los casos, pero el conocimiento profundo, riguroso es muy escaso. Más cuando la gente lee con un sentido práctico exacerbante, responde al concepto de ganancia, de resultado, quien lee hoy “La Guerra y la Paz” de Tolstoi, muy pocos. En todo caso los libros de vampiros o Harry Potter, trajeron una una oleada de lectores nuevos y muy jóvenes, esto quiere decir que hay que saber incitar a la lectura. El sentido humanístico de la vida, esa formación que cubría la totalidad de las creaciones humanas, hoy es un despropósito, ya no hay humanistas, ni gente culta, estamos llenos de especialistas. Paradójico, cuando tenemos hoy acceso a toda la información con el internet, a bibliotecas infinitas, videos, todo el cine, en la explosión y revolución más importante de toda la humanidad, la tendencia es otra, cada tiempo tiene su afán.

Cuando hablo de Audio libros, no solamente me refiero a la literatura, existen en Yotube, documentales que son una verdadera joya, de todos los temas y pelambres, es impresionante el inventario de los mismos, lo que falta es tiempo. Miren estos ejemplos.

Historia de las matemáticas:





 


Historia económica





TODO SOBRE EL UNIVERSO




Todo Borges oral
























Filosofía:









Traigo a colación este formato solo para incentivar su uso y aquellos que no lo han aprovechado lo hagan. Es extraordinario, el conocimiento hoy es muy fácil, solo basta voluntad y amor por el conocimiento. 

miércoles, 27 de julio de 2016

JULIO CORTAZAR CLASES DE LITERATURA BERKELY


Desde hacía mucho tiempo tenía este libro en espera y después de su lectura volví a ratificar la admiración por la obra de este gran escritor Argentino. Sus cuentos, me parece que con Rybeiro, Gabriel García Márquez,  Borges, Onetti y Rulfo, para sólo citar algunos, constituyen algo especial, son textos fuera de serie, con una estructura rigurosa, pues eso que llamamos literatura fantástica, comenzó configurándose desde estos relatos, cada palabra responde a un propósito: Ritmo, sonoridad, línea argumentativa; confirman la tradición del género en Latinoamérica, realmente hemos tenido grandes cuentistas: Machado De Asis, Horacio Quiroga, Tomas Carrasquilla. Estas clases, dadas en la universidad de Berkeley en 1989, son una especie de confesión: “Tienen que saber que estos cursos los estoy improvisando muy poco antes de que ustedes vengan aquí: No soy sistemático, no soy ni un crítico ni un teórico, de modo que a medida que se me van planteando los problemas de trabajo, busco soluciones”. Fueron impartidas a partir de sus experiencias personales como escritor, hay un develamiento de las claves creativas, del recorrido de sus lecturas y por su puesto de los autores de su preferencia.  
Me sorprendió el tono de las mismas, sin arrogancia alguna, profundamente sinceras, por eso hablo de confesiones, pero todos sabemos el lector que fue Cortázar, con un ítem, sus lecturas, todas en absoluto,  fueron hechas para construir su obra, nunca desfalleció en este propósito. Por ello el habla en estas clases de “Los caminos de un escritor”. “Hace algunos años me planteé el problema de cuál había sido finalmente mi camino dentro Clases de literatura (decir “literatura” y “vida” para mí es siempre lo mismo, pero en este caso nos estamos concentrando en la literatura). Puede ser útil que reseñe hoy brevemente ese camino o caminos de un escritor porque luego se verá que señalan algunas constantes, algunas tendencias que están marcando de una manera significativa y definitoria la literatura latinoamericana importante de nuestro tiempo”. Por esto como un a priori explica sus fases creativas: “Creo que a lo largo de mi camino de escritor he pasado por tres etapas bastante bien definidas: una primera etapa que llamaría estética (ésa es la primera palabra), una segunda etapa que llamaría metafísica y una tercera etapa, que llega hasta el día de hoy, que podría llamar histórica. En lo que voy a decir a continuación sobre esos tres momentos de mi trabajo de escritor va a surgir por qué utilizo estas palabras, que son para entendernos y que no hay que tomar con la gravedad que utiliza un filósofo cuando habla por ejemplo de metafísica”. En la primera parte del texto hace tres referencias muy puntuales en la construcción de tres grandes textos: “El perseguidor”, la novela “Los premios” y “Rayuela”, en esta última habla de su personaje principal, Oliveira. “En esos años escribí un cuento muy largo, quizá el más largo que he escrito, “El perseguidor” —del que hablaremos más en detalle llegado el momento—, que en sí mismo no tiene nada de fantástico pero en cambio tiene algo que se convertía en importante para mí: una presencia humana, un personaje de carne y hueso, un músico de jazz que sufre, sueña, lucha por expresarse y sucumbe aplastado por una fatalidad que lo persiguió toda su vida. (Los que lo han leído saben que estoy hablando de Charlie Parker, que en el cuento se llama Johnny Carter.) Cuando terminé ese cuento y fui su primer lector, advertí que de alguna manera había salido de una órbita y estaba tratando de entrar en otra. Ahora el personaje se convertía en el centro de mi interés mientras que en los cuentos que había escrito en Buenos Aires los personajes estaban al servicio de lo fantástico como figuras para que lo fantástico pudiera irrumpir; aunque pudiera tener simpatía o cariño por determinados personajes de esos cuentos, era muy relativo: lo que verdaderamente me importaba era el mecanismo del cuento, sus elementos finalmente estéticos, su combinatoria literaria con todo lo que puede tener de hermoso, de maravilloso y de positivo. En la gran soledad en que vivía en París de golpe fue como estar empezando a descubrir a mi prójimo en la figura de Johnny Carter, ese músico negro perseguido por la desgracia cuyos balbuceos, monólogos y tentativas inventaba a lo largo de ese cuento”.
Después se refiere a “Los premios”: “Esta etapa que llamo metafísica a falta de mejor nombre se fue cumpliendo sobre todo a lo largo de dos novelas. La primera, que se llama Los premios, es una especie de divertimento; la segunda quiso ser algo más que un divertimento y se llama Rayuela”. Que quiero evidenciar, como cada texto responde a un trabajo especifico, con problemas creativos que casi siempre tienen que ver con la concepción de la vida y el destino del hombre y del propio escritor, pero plasmados desde una condición estética que lo hace diferente a todo. En el caso de Cortázar y en estas clases, nos va contando los problemas puntuales del escritor frente al texto. “Los premios me pregunté si dentro de un libro de las dimensiones habituales de una novela sería capaz de presentar y tener un poco las riendas mentales y sentimentales de un número de personajes que al final, cuando los conté, resultaron ser dieciocho. ¡Ya es algo! Fue, si ustedes quieren, un ejercicio de estilo, una manera de demostrarme a mí mismo si podía o no pasar a la novela como género. Bueno, me aprobé; con una nota no muy alta pero me aprobé en ese examen. Pensé que la novela tenía los suficientes elementos como para darle atracción y sentido, y allí, en muy pequeña escala todavía, ejercité esa nueva sed que se había posesionado de mí, esa sed de no quedarme solamente en la psicología exterior de la gente y de los personajes de los libros sino ir a una indagación más profunda del hombre como ser humano, como ente, como destino. En Los premios eso se esboza apenas en algunas reflexiones de uno o dos personajes”. Como se ve, no solo hay un trabajo estético, la escritura del texto, literatura en el amplio sentido de la palabra, sino una concepción filosófica de la vida expresada a través de los personajes. “A lo largo de unos cuantos años escribí Rayuela y en esa novela puse directamente todo lo que en ese momento podía poner en ese campo de búsqueda e interrogación. El personaje central es un hombre como cualquiera de todos nosotros, realmente un hombre muy común, no mediocre pero sin nada que lo destaque especialmente; sin embargo, ese hombre tiene —como ya había tenido Johnny Carter en “El perseguidor”— una especie de angustia permanente que lo obliga a interrogarse sobre algo más que su vida cotidiana y sus problemas cotidianos. Horacio Oliveira, el personaje de Rayuela, es un hombre que está asistiendo a la historia que lo rodea, a los fenómenos cotidianos de luchas políticas, guerras, injusticias, opresiones y quisiera llegar a conocer lo que llama a veces “la clave central”, el centro que ya no sólo es histórico sino filosófico, metafísico, y que ha llevado al ser humano por el camino de la historia que está atravesando, del cual nosotros somos el último y presente eslabón. Horacio Oliveira no tiene ninguna cultura filosófica —como su padre— y simplemente se hace las preguntas que nacen de lo más hondo de la angustia. Se pregunta muchas veces cómo es posible que el hombre como género, como especie, como conjunto de civilizaciones, haya llegado a los tiempos actuales siguiendo un camino que no le garantiza en absoluto el alcance definitivo de la paz, la justicia y la felicidad, por un camino lleno de azares, injusticias y catástrofes en que el hombre es el lobo del hombre, en que unos hombres atacan y destrozan a otros, en que justicia e injusticia se manejan muchas veces como cartas de póquer. Horacio Oliveira es el hombre preocupado por elementos ontológicos que tocan al ser profundo del hombre: ¿Por qué ese ser preparado teóricamente para crear sociedades positivas por su inteligencia, su capacidad, por todo lo que tiene de positivo, no lo consigue finalmente o lo consigue a medias, o avanza y luego retrocede? (Hay un momento en que la civilización progresa y luego cae bruscamente, y basta con hojear el Libro de la Historia para asistir a la decadencia y a la ruina de civilizaciones que fueron maravillosas en la Antigüedad.) Horacio Oliveira no se conforma con estar metido en un mundo que le ha sido dado prefabricado y condicionado; pone en tela de juicio cualquier cosa, no acepta las respuestas habitualmente dadas, las respuestas de la sociedad x o de la sociedad z, de la ideología a o de la ideología b”.
Este texto de Cortázar es fascinante, muestra el lado más humano de este escritor y nos entrega parte de las claves creativas de una obra que crece todos los días. Los invito a leerla.











domingo, 17 de julio de 2016

BIOGRAFIA DEL DESARRAIGO

Leer este texto después de cincuenta años de su publicación trae muchas sorpresas, no solo por su calidad, se lee con absoluto deslumbramiento, sino por su vigencia y lo que representa dentro de la cronología narrativa del autor y la historia de la literatura Colombiana. Oscar collazos fue un escritor consentido por la crítica latinoamericana, entró al coro de narradores importantes  por la puerta grande muy joven y suscito polémicas con mucha resonancia, la más connotada con Julio Cortazar y Vargas Llosa sobre el papel del escritor con la sociedad, sobre el nivel de compromiso del mismo, aun me sorprenden por su precocidad. Estos cuentos están escritos con una prosa impecable, hay unidad, un manejo de los tiempos perfecto, llenos de sonoridad y ritmo, los personajes son de un realismo lacerante hasta el punto que sus angustiosas experiencias terminan agobiándonos, nos contagiamos de sus tragedias pues los hechos, no es difícil deducirlo, son extrapolaciones literarias abrevadas en la propia experiencias del autor, tienen mucho de autobiográficos.

Ha y una entrevista que nos ayudaría a contextualizar todo lo concerniente a este gran escritor y al momento literario que vivía al momento de la publicación del libro:



La influencia de Jerome David Salinger: “El guardián entre el centeno”, que alucinó al autor, pues descubre que todas las cabronadas de la vida se pueden contar, le permiten narrar cada una de las experiencias vividas en el puerto de Buenaventura Colombia desde la literatura, no es un acto de catarsis, sino de la más pura recreación literaria. Esto expresa Oscar en un texto que se llama el oficio de escritor: “Como en el aprendizaje del habla, el aprendizaje de un escritor suele hacerse por medio de procesos: el alfabeto del habla da paso a las palabras, estas a su ordenamiento, de allí a las frases y párrafos, estas al texto hablado. La libertad adquirida da el paso siguiente en la creación de un lenguaje. Jean-Paul Sartre lo describió en uno de sus libros más hermosos, Las palabras. Se empieza a nacer como escritor imitando a aquellos escritores que se admiran. Cumplido ese ciclo, ya no cabe la impostura: se trata de encontrar una voz propia en el acerbo de La tradición, encontrar a los predecesores, inventarlos, como escribió Jorge Luis Borges. A veces se encuentran sin saberlo, pero un da reconocemos que nuestra voz viene de grandes voces reconocibles, voces de escritores que leemos y admiramos y a los que nos acercamos, con una especie de olfato, reconociendo en ellos familiaridad y cercanía”.
Cada relato de este libro, desde el primero, que pinta una situación familiar desde la óptica paternal, con sus odios, sus frustraciones, la opresión que nos carga de resentimientos, hasta el último relato, Biografía del desarraigo, el hilo conductor es el mismo, las experiencias limites de sujetos de provincia, sin norte, personas que sobreviven a lo adverso en una guerra que se mide por segundos, todos los días, este batallar  constituye su única realidad, viven en contravía, lo disfuncional es lo cotidiano. Aquí están todas las técnicas modernas de la narración: “El fluir de la conciencia, el monologo interior, la trasposición de la realidad desde la voz de sus personajes, los saltos narrativos….tal vez esto sorprendió a la crítica, más cuando hablamos de un joven que apenas empezaba su formación. José López Cáceres  expresa: Cuando uno se asoma a la obra cuentística de Óscar Collazos (Bahía Solano, Colombia, 1942), se pregunta de dónde proviene la tremenda fuerza que emanan sus relatos. Y, si leemos despacio, muy pronto hallamos respuesta: de la experiencia; es decir, de la vivencia o del testimonio. Sus ficciones están compuestas a partir de lo sabido, por eso respiran sinceridad; sus historias están contadas desde adentro, por eso transmiten conocimiento”[1].
En este link se encontrarán con una antología de cuentos que espero disfruten y adelante hablare de la obra novelística de este connotado autor.






lunes, 4 de julio de 2016

EL VALOR DE LA AMISTAD

Néstor Enrique Álvarez vivió sus últimos años en una plenitud envidiable, tenía una paz sin ningún peso de conciencia, como ciertos personajes de Onetti, en una especie de ingravidez frente a todo lo que le atormenta al común de los mortales, su visión del mundo estaba lejos de esta sociedad llena de banalidades, más bien vivía angustiado por las cosas más sencillas, que resultaban de suma trascendencia para su existencia, al final fueron las más importantes de su vida. Algunas veces se puede definir un valor desde la óptica de una experiencia personal. Eso me pasa cuando pienso en Néstor en relación  con la amistad.
Néstor fue un artista a carta cabal. El taller en su apartamento constituía el centro de sus actividades, desde ahí construía su mundo: Una mesa pequeña, como para un enano, unas herramientas simples que no puedo  describir por mi absoluta ignorancia en la materia, las cuales manejaba con  mucho respeto y solemnidad, un taladro que cuidaba con un esmero cercano a la paranoia y por su puesto mucha imaginación. Desde ahí creaba cosas, partía de una óptica  personal y simbólica del mundo,especial, de liliputiense, elaboraba figuras pequeñas con mucha precisión, con una estética centrada en el detalle, las que vendía a un mercado local que no las valoraba siempre, esto lo irritaba, pero al final terminó teniendo una clientela cautiva que lo seguía en las pequeñas ferias. Su trabajo era una especie de nostalgia, le recordaba con orgullo las maquetas que algún día elaboró como estudiante de arquitectura, fue un estudiante aventajado, era una  añoranza y cuando se le indagaba por estos años se llenaba de orgullo y empezaba unos cuentos de nunca acabar. Las figuras representaban el mundo cotidiano, las profesiones, los escudos de fútbol, todo cuando creía importante para la gente. Se sentaba en una silla a eso de las diez AM, muy cercano al balcón, con su camisilla blanca, un pelo abundante, negro, alborotado, parecía un Italiano, desde allí empezaba a elaborar sus figuras con una paciencia de relojero infinita, siempre escuchando radio o aprovechando las ventajas de la tecnología que poco a poco le fue atrapando y le permitía traer la música de sus preferencias. Su pasión fue el deporte. Estaba sobre-informado, vivía y sufría con el futbol y el ciclismo. Fue hincha acérrimo del club los millonarios y fans de la selección Colombia. Conocía la historia de los mundiales, se anticipaba a ellos con nominas, pronósticos, alineaciones, emitiendo conceptos con una sabiduría envidiable, asumiendo en este tópico posiciones radicales, solía armarse  batallas infernales contra los comentaristas de turno de la radio, contra el pesimismo de la gente, tenía un concepto arraigado de las virtudes de los jugadores nuestros, su positivismo frente a la selección no cedía con las tragedia de los resultados adversos, pensaba que no valorábamos nuestro fútbol, que siempre estábamos equivocados. Durante los tres años de las eliminatorias a los mundiales de fútbol acompañaba  la selección con una devoción de militante inclasificable. La pasión por el ciclismo superaba todo lo visto, le producía ansiedades, antes de iniciar una carrera empezaba augurar la suerte de nuestros ciclistas. Era un acérrimo creyente de Nairo Quintana, estaba esperando el tour de Francia convencido de que este año lo ganaría, de hecho esto le debió acelerar mucho su corazón.
Compartí muchos años con Néstor una vecindad que nos permitió construir una amistad entre las vicisitudes propias de este tipo de situaciones, en esa cotidianidad que ve pasar los días implacablemente y que se sostiene en la fe de nuestros proyectos, vimos como se nos fueron diluyendo entre urgencias y aplazamientos, desde este espacio tuvimos infinidad de momentos, unos muy buenos, otros no tanto, todos de mucha recordación, inolvidables para mí y para mis hijos. Vivíamos en un conjunto de Villamaría, Caldas, Colombia, eran mis primeros días de convivencia con mi esposa Ana Isabel, que era su sobrina. Encontré en Néstor esa mano amiga que me supo escuchar y aconsejar sin las típicas intromisiones que se dan en algunos lazos familiares. Siempre sabía guardar las distancias, fue muy sabio para darme consejos, y nunca hubo imposición en sus palabras, seducía, pues siempre me ponía a escoger, usted verá, terminaba diciendo.
Néstor tuvo muchos problemas para adaptarse a la vida productiva, era un hombre de un genio parejo y de posiciones radicales, no siempre terminaba bien en este campo. Su vida, en todo caso, la fue resolviendo desde una honradez impecable y con una ética sin tacha. El logro más grande de su vida: sus hijas, dos mujeres responsables en exceso, alegres, con un orden   que asusta, humanas y claras, saben que la vida se maneja con cuatro o cinco cosas a las que nunca debemos renunciar. Fue un hombre celoso al extremo, con ellas radical, parecía una monja de claustro, quiso alejar a sus hijas de cualquier relación amorosa, el miedo partía de la convicción alimentada de su propia experiencia, no confiaba en el género masculino, sabía de sus imposturas y creía que una urna de cristal las salvaría de tanto engaño, sus posiciones radicales las sostenía con argumentos que nunca fueron convincentes. Al final fue vencido por la vida, las hijas, en una tarea de mucho tiempo, le quitaron los miedos y lograron que aceptara que los hijos son prestados y que el mundo es ancho y ajeno. Hablábamos mucho de estas situaciones y pensé que al respecto me atendía, pues no soportaba mis concepciones cercanas al libertinaje, le decía Néstor, escúcheme,  algún día van a crecer y se van a enamorar, usted cree que van a tener niños por correo…se reía a desparpajo, me aceptaba aparentemente e iba de inmediato y les decía: No pueden salir...no cambiaba en su posición radical,  era un cancerbero, fue un defensor de ese par de mujeres  bellas y ahora pienso que mucho quedó en su formación entre tantas posturas implacables.
Cuando había mucha crisis, terminábamos buscándonos. Su relación con su padre fue  muy conflictiva, cuando se le presentaban diferencias irreconciliables,  solíamos caminar mucho. Su paso era corto, pero  ligero, en medio de estas caminatas resolvíamos las situaciones, siempre aplicando el principio que lo fácil es lo difícil, tratando de asumir la vida asumiendo absoluta sinceridad, sin atajos. Con Néstor las charlas no tenían ninguna falsedad, nos conocíamos totalmente y nos guardamos secretos que nunca traicionamos. Pocas veces se encuentran amigos en los que no hay dobleces, donde se charla sin velos, sin encubrimientos.  Néstor fue uno de ellos. Nadie sabe que hablábamos por teléfono seguido, en conversaciones cortas, preguntaba por mi bienestar y siempre, nunca bajo la guardia,  estaba pendiente de Ana Isabel, averiguaba por ella, puedo decir, que fue un hombre atento a  mi hogar y mis hijos.
Luz Dary su esposa y compañera de toda la vida, fue otro centro para su vida, ella fue la persona que lo supo comprender y llevar con la misma paciencia de relojero que Néstor construía sus piezas.  Ayer en la ceremonia de despedida la vi mirando el féretro, tratando de asimilar la partida de su esposo, puedo decir sin temor a equivocarme, que este hombre lo fue todo para su vida, lo amó con una pasión y devoción absoluta, desbordada, lo admiró y ponderó, le aguantó sus errores sin predicarlo, cediendo en la mayoría de las veces, convencida que al final las cosas saldrían bien y así se lo demostró la vida, pues sus últimos años la buena marcha de todas las cosas le permitió tener una convivencia llena de felicidad y paz. Sus rutinas en esa convivencia eran hermosas, había un conocimiento de los caprichos por igual, que se traducía en los pequeños detalles. Cada uno sabía del mundo del otro, de sus virtudes y sus defectos. Decía, este es el pocillo de Néstor, esta es la cuchara que le gusta, a él no le gusta que le sirvan de esta manera...ella tenía la radiografía de su espacios centímetro a centímetro y cada minuto de su rutina estaba sobre-diagnosticada por un conocimiento nacido de las estrategias que uno se arma para tener una convivencia feliz, sin resentimiento alguno. Néstor decía que el mejor tinto del mundo era el suyo, cortaba las cebollas muy pequeñas  y hacía el hogado para los frijoles con una devoción y pasión que nos llenaba de entusiasmo, cocinar con él era una fiesta, pero siempre respetando sus formulas, pues solía ponerse irascible cuando nos salíamos de su orden. Compartimos muchos almuerzos, partidos de futbol, silencios, en una complicidad tacita, alegre en ocasiones, triste en otras, eran rutinas que servían como refugios, comprendimos muy tarde y con cierta impotencia, que el mundo no cambia y tenemos muy poco control de nuestra suerte, estábamos como arrojados al vaivén de los acontecimientos, decía. Néstor tuvo un amor muy grande por los animales y especialmente por su perro. Desde hacía pocos días estaba dedicado a salvaguardar un perro de la calle en el parque de Villamaría. Iba y lo cuidaba todos los días con una religiosidad compasiva. El día que se nos fue tenía un compromiso para desparasitarlo. No sé qué pasaría con él perrito, pero tengo la convicción que Néstor tenía un responsabilidad irrenunciable con este ser. Este era mi amigo que amplía el ámbito de mis soledades y el cual no escucharé, ni veré más. Como me duele su partida…………………………..