sábado, 22 de febrero de 2020

LA CRONICA


He sido un lector compulsivo de la crónica latinoamericana, no solo por la importancia histórica y el hecho que los escritores del Boom en su mayoría fueron primero grandes cronistas, sino por la calidad de las mismas, nuestra narrativa y literatura nació con los grandes cronistas. Estoy leyendo dos excelentes libros. “Antología de la crónica latinoamericana actual” con prólogo de Darío Jaramillo Agudelo, quien fue el compilador y los “Malditos” de Leila Guerrero.
Recuerdo la antología en dos tomos de “La crónica colombiana” de Daniel Samper Pizano. La traigo a colación por la importancia de la misma y el trabajo investigativo que implicó este texto para Daniel, quien es uno de los grandes cronistas y por el hecho que su lectura fue un deleite.
El prólogo de Darío Jaramillo es un excelente ensayo sobre la crónica como género, no solo la define y la contextualiza, sino hace énfasis en lo que ha representado para la narrativa latinoamericana.
La mayoría de los grandes novelistas del Boom latinoamericano fueron grandes cronistas. Gabo decía que nuestra realidad supera cualquier ficción. Darío Jaramillo lo expresa de otra manera: “Los cronistas latinoamericanos de hoy encontraron la manera de hacer arte sin necesidad de inventar nada, simplemente contando en primera persona las realidades en las que se sumergen sin la urgencia de producir noticias”.
Cita Monsiváis, precursor del género en Latinoamérica: “Carlos Monsiváis define la crónica como la «reconstrucción literaria de sucesos o figuras, género donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas». Me gusta comenzar con el nombre de Monsiváis. Es empezar con la invocación de uno de los padres fundadores del periodismo narrativo latinoamericano del siglo veintiuno. De encima, es él uno de los historiadores de un cuento que comienza con las crónicas de los conquistadores españoles, un cuento que tiene sus alzas y sus caídas”. Desde la conquista el género define a esta parte del mundo. “Después de las crónicas de los conquistadores, la siguiente cima de esta historia se encuentra en los cuadros de costumbres que pueblan buena parte del siglo diecinueve. Y enseguida están las crónicas de los modernistas. Anota Daniel Samper Pizano que «la crónica modernista es muy, pero muy distinta a la crónica narrativa. Aquélla está representada por notas de corte poético-filosófico-humorístico-literario, rara vez más extensas que una cuartilla o una cuartilla y media, y ésta corresponde al relato tipo reportaje. La diferencia es la misma que separa a Luis Tejada y Alberto Salcedo, o a Amado Nervo y Villoro».
Para mí las crónicas de Gabo constituyen para Colombia y Latinoamérica un muestra precoz y lúcida de lo que será este género. Las leí muy joven y revisando la historia de las mismas, cuando fue reportero del periódico “El espectador” en muchas de sus publicaciones mantuvo en vilo al país.
Tenemos excelentes cronistas. “García Márquez, Tomás Eloy Martínez, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis forman parte de ese parnaso de padres (¡y madres!) fundadores reconocidos en todo el continente, para no hablar de pequeños dioses locales que escribieron excelsas crónicas durante la segunda mitad del siglo veinte, como Homero Alsina Thevenet y Enrique Raab en el Río de la Plata o Germán Castro Caycedo, Daniel Samper Pizano y Alfredo Molano Bravo en Colombia o los simpares Ana Lydia Vega y Luis Rafael Sánchez en Puerto Rico. Esos dioses locales han sido importantes siempre: cada país tiene sus propios autores de cuadros de costumbres durante el siglo diecinueve y sus celebridades locales durante el modernismo”.
Esta es una excelente antología de las mejores crónicas en Latinoamérica. Claro, en el prólogo Darío Jaramillo no se olvida de las grandes influencias: “La fundación también ocurre desde fuera del idioma, con los nombres santos del nuevo periodismo norteamericano, como Capote, Mailer, Talese, Thomas Wolfe, desde antes, el padre reconocido de la crónica narrativa en Estados Unidos, John Hersey, con su Hiroshima, que aparece en agosto de 1946 en The New Yorker; con algunos ejemplares cronistas europeos, como Oriana Fallaci, Günther Walraff y Ryszard Kapuchinski; con una latinoamericana que escribe en inglés, Alma Guillermoprieto. Y, desde siglos antes, la presencia del Daniel Defoe de Diario del año de la peste”.
Aquí se incluyen: Juan José Hoyos, Martín Caparros, Leila Guerrero, Juan Villoro, Pedro Lemebel, Alberto Salcedo Ramos, Juan Villoro, Laura Castellanos, entre otros. La segunda parte es un capítulo sobre los cronistas que escriben sobre la crónica con crónicas de Villoro, Julio Villanueva Chang, Martín Caparros, Leila Guerriero y Alberto Salcedo Ramos.
El texto “Los malditos” de Leila Guerriero está estructurado por 17 perfiles de escritores y personajes con un sino trágico, pese a ser especiales y superdotados en lo que hacen, cada uno con un don especifico. “Todos los escritores cuyos perfiles integran este libro son latinoamericanos (excepto dos, uno nacido en Estados Unidos y otro en Polonia, que desarrollaron su obra en Latinoamérica); están muertos (no antes del siglo XX pero sí después: uno se arrojó al vacío en 2001, otro murió por sobredosis en 2010); tienen una obra contundente (que, en la mayoría de los casos, aunque con notorias excepciones, está olvidada y/o es inconseguible), y padecieron diversos grados de desdicha y de devastación, ya sea por ejercer el sexo a contrapelo en el momento y el lugar equivocados,   por   escribir   en   contra   (de   su   época,   de   su   circunstancia,   de   su entorno), por vivir en contra (de su época, de su circunstancia, de su entorno), por haber enfermado cuando no había cura, por no tener amor ni patria ni padres ni hermanos ni casa ni rumbo ni consuelo. Vivieron en un mundo que les resultaba demasiado   incomprensible   o   demasiado   despreciable   o   demasiado   hostil, y   se enfrentaron a él con hostilidad, con desprecio, con fragmentación, con fragilidad, con espanto”. Excelentes libros, no me queda más que aconsejar su lectura. En el primero hable sólo del prólogo, caso especial,  son las crónicas de la antología que son un bocado de cardenal.







domingo, 9 de febrero de 2020

GEORGE STEINER



Murió George Steiner el último de los grandes humanistas. Leerlo es un deleite. Fue un sabio a carta cabal, políglota, hablaba cinco idiomas, además del griego y el latín, coherente, escudriñó y descifró en sus textos la condición histórica del hombre y su relación con el lenguaje con una lucidez absoluta. Amaba los textos clásicos, los griegos por supuesto, el siglo de la ilustración y los grandes autores. Escribió ensayos y libros sobre la traducción, el lenguaje y la literatura.
“Pasión Intacta” fue el primer texto que leí hace más de veinte cinco años, editado por editorial norma de Colombia. Recuerdo sus posiciones frente a la posmodernidad y la deconstrucción, a las que enfrento de sobremanera, estas representaban la moda intelectual de la época, los deconstructivistas estudiaban el lenguaje frente al poder, la fragmentación del mismo, pretendían acabar con el autor y el texto en la referencia hasta ahora conocida, desde posiciones iconoclastas. Derrida era el centro de este tsunami, su posición era una manera de descifrar la relación del hombre con la historia, la interpretación y el poder desde lenguaje. No era fácil enfrentarse a este movimiento. “El deconstructivismo, que exige lecturas subversivas y no dogmáticas de los textos (de todo tipo), es un acto de descentralización, una disolución radical de todos los reclamos de “verdad” absoluta, homogénea y hegemónica. Sus orígenes no sólo se encuentran en las redes neuronales de Derrida mismo, sino radican en el pensamiento de Nietzsche, quien relativizó la centralidad poderosa de las verdades filosóficas y teológicas”. Steiner asumió una defensa del sentido clásico de la interpretación, que me dejo anonadado por su coherencia y sabiduría.
Su libro póstumo, “Para la tercera cultura” es un estudio relacionado con la temática de las “dos culturas”.
El diario “El país” de España lo recordó de esta manera: “intelectual y un hombre de letras cuya influyente crítica a menudo abordaba la paradoja del poder moral de la literatura, ha muerto este lunes en su casa en Cambridge, Inglaterra, según ha informado su hijo. Steiner tenía 90 años. Ensayista, escritor de ficción, profesor y crítico literario, sucedió a Edmund Wilson como crítico de libros para The New Yorker desde 1966 hasta 1997. Durante este periodo, deslumbró a sus lectores por su profundidad analítica, convirtiéndose en un gran maestro de lo que se dio en llamar “literatura comparada”. Su defensa del canon y la crítica al relativismo y a la banalización técnica fueron los ejes de su obra”.
Es extraordinario la forma como Steiner ordenaba sus argumentaciones, la recurrencia a la cita pertinente, el conocimiento de la historia de la filosofía que le permitía darle siempre la vuelta a la tuerca del tema que tocara, se apoya en sustratos históricos, el lenguaje como eje de su construcción narrativa y argumentativa, suma de virtudes que hacían de cada ensayo una pieza excepcional.
El año pasado murió también Harold Bloom, el gran crítico americano experto en Shakespeare, autor del “Canon de occidente”, un lector y estudioso de la literatura sin parangón.  Dejó una obra extensa y pedagógica. Steiner y Harold representan toda una escuela.
En la “Nostalgia de lo absoluto” donde trata de dilucidar algunos aspectos en la crisis que se suscitó con  la pérdida de vigencia del relato religioso, reemplazado por un racionalismo voraz, escribió al respecto: “A menos que yo lea de manera errónea la evidencia, la historia política y filosófica de Occidente durante los últimos 150 años puede ser entendida como una serie de intentos más o menos conscientes, más o menos sistemáticos, más o menos violentos de llenar el vacío central dejado por la erosión de la teología. Este vacío, esta oscuridad en el mismo centro, era debida a «la muerte de Dios» (recordemos que el tono irónico, trágico, de Nietzsche al utilizar esta célebre frase es con mucha frecuencia mal interpretado). Pero pienso que podemos plantearlo con mayor precisión: la descomposición de una doctrina cristiana globalizadora había dejado en desorden, o sencillamente había dejado en blanco, las percepciones esenciales de la justicia social, del sentido de la historia humana, de las relaciones entre la mente y el cuerpo, del lugar del conocimiento en nuestra conducta moral”. Se oponía a esta visión reduccionista.
Nadie mejor que el mismo autor para mostrarnos su preocupación mayor, en el libro lenguaje y silencio expresa: “Es ante todo un libro, sobre el lenguaje y la política, el lenguaje y el futuro de la literatura, sobre las presiones que ejercen los regímenes totalitarios y la decadencia cultural, sobre el lenguaje y otros códigos de significación (Música, traducción y matemáticas) sobre el lenguaje y el silencio”. Duele la muerte de un autor tan significativo. Sus libros quedan como legado, volver a ellos será una satisfacción.


domingo, 12 de enero de 2020

FICCIÓN Y REALIDAD




Borges nos enseñó que la mirada tradicional en esta relación hay que hacerla de otra manera. No debemos ver lo que hay de realidad en la ficción sino como está última termina afectando la realidad. Recordé los escritos de Paul Ricaeur en “Historia y verdad” que empieza por elucidar la relación entre subjetividad y objetividad en la historia, trata tangencialmente este tema, basado en el interés, establece que en la historia no cuenta solamente los hechos sino lo que puede interpretarse de estos hechos desde la perspectiva del presente, las narrativas son reconstrucciones, la historia también es una invención. Piglia en su conferencia sobre Borges hecha para la televisión pública en Argentina explica muy bien esta intrincada relación. Habla de la literatura fantástica, que la llama literatura conceptual. Mario Mendoza en una excelente conferencia en la presentación de su última novela: “El aquelarre” en el 2019 en el Filbo, toca igualmente el tema,  hace una genealogía sobre las narrativas de la novela policiaca desde el aparecimiento de la ciudad gótica, la ciudad moderna, se refiere por supuesto a Londres del  siglo XVII y XVIII, después será París y hoy Nueva York.
Mendoza al tratar definir que es ciudad Gotica, de construir el arquetipo del gótico, se obliga a indagar la ciudad gótica por excelencia, que es Londres y su relación con los autores de la época y cómo la asimilan en sus narrativas. En este siglo entran en esta lista las grandes megalópolis latinoamericanas. Estas son ciudades caóticas, desenfrenadas. Londres para el siglo XVII y XVIII es inmunda, con grandes problemas de saneamiento. Es la ciudad de las grandes enfermedades, del gran hedor, de la inmundicia, del crimen, de la trampa. Cita a Thomas De Quincy y Coleridge. Estos escritores, gracias al intercambio con el oriente, empiezan a experimentar con el opio el descubrimiento del inconsciente, hablamos de la aventura que produce su consumo, desde ahí, la mirada desde la narrativa es otra, hay una búsqueda novedosa entre la relación del autor con sus nexos de interés, siempre parten del entorno. Este entorno se va ampliando a lo largo de esos dos siglos, en el siglo XX se reduce a uno solo gracias a la globalización, hoy estamos conectados siempre.
“El estatuto de ficcionalidad de una novela (y por ende, en los relatos), es una de las cuestiones más debatidas por la crítica y por las modernas teorías de la literatura. Precisamente uno de los casos más polémicos fue el que hace ya varios años protagonizó Javier Marías con su novela "Todas las almas", que levantó tal revuelo en la crítica a la sazón sobre su ficcionalidad o su calidad de realidad (el protagonista coincidía sobremanera con el autor), que éste se vio obligado a publicar una "novela explicativa" a la anterior, a la que tituló "Negra espalda del tiempo", en la que, aparte de autoproclamarse rey de la "isla" de Redonda,, justifica todos los aspectos más pretenciosos de ser reales en la novela anterior”[1].
La importancia del Quijote en este tópico está descontada. No solo crea la novela moderna, sino que su novela, define desde la historia del señor Quijano y su locura, las relaciones entre la ficción y la realidad. Ha esto se refiere el escritor Mendoza en su excelente conferencia: Como los ´poetas Franceses, los poetas malditos,  Rembrand, Verlaine, después de haberlo hecho el inglés Charles Dickens, Thomas De Quincy contribuyen desde su esclerótica narrativa a descifrar los intrincados laberintos del inconsciente, la relación entre la ficción y la realidad en términos de esta búsqueda. Hablo de articular la realidad a través de la ficción desde los vericuetos del inconsciente. “la ficcionalización empieza donde el conocimiento termina. La dificultad, o será imposibilidad, de conocer excita curiosidad y quien curiosea inventa. En las narraciones coexisten lo real y lo posible, en las vidas coexisten verdades y ficciones, gratuitas o no”.
Paul Auster trabaja el tema desde sus novelas. Lo mismo hace Martin Amis y Juan José Millas. La novela policiaca que nació con Poe, es un buen ejemplo de como la ficción afecta la realidad y como esta nace del estudio de las grandes megalópolis desde el crimen.  José Maria Guelbenzu en un artículo para el periódico “El país” de España, escribía al respecto: “Cualquier narrador exigente reconocerá que la realidad va por delante de la ficción, sin duda alguna. De hecho, habrá dudado en más de una ocasión sobre la conveniencia de introducir en su novela una escena tomada de la realidad, de un suceso real, porque le parece que el lector no la creerá. De este tipo de sucesos reales que no admiten, por exagerados, su entrada en una novela es de los que se comenta que, en ellos, 'la realidad supera a la ficción', porque el modo y las características del suceso son extraordinarias. Tan extraordinarias que, valga la paradoja, el suceso parece ficticio, propio de una elaboración de la imaginación desatada. Y, paradoja de paradojas, por eso mismo no tienen cabida en la novela, porque el autor piensa que, debido a su carácter, no serán creíbles, parecerán inverosímiles. Total: ¿qué hacemos con ese suceso real que ni parece real ni parece ficticio? ¿Lo suprimimos? Pero cuando alguien cuenta una vida enredada, compleja, llena de acontecimientos emocionantes, también se suele decir de él que 'ha tenido una vida de novela'. ¿En qué quedamos? ¿Dónde colocamos a la realidad y dónde a la ficción?”.  Adelante categoriza: “Yo creo que la ficción es superior a la realidad, pero no creo que sea más poderosa que ella. Me explicaré: si hay una fuerza vital en este mundo, ésa es la vida. La realidad es algo así como la constatación de la vida”[2].
Vargas Llosa en la verdad de las mentiras empieza con esta pregunta: “Desde que escribí mi primer cuento me han preguntado si lo que escribía «era verdad». Aunque mis respuestas satisfacen a veces a los curiosos, a mí me queda rondando, vez que contesto a esa pregunta, no importa cuán sincero sea, la incómoda sensación de haber dicho algo que nunca da en el centro del blanco”. Jose Maria Guelbenzu nos dice: “La ficción es un producto vicario de la realidad: se limita a observarla y formular variantes que, de un modo u otro, imitan a la vida. En todo caso, queda claro que la ficción sin la realidad no es nada. Vargas Llosa agrega: “Si las novelas son ciertas o falsas importa a cierta gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de lo primero. Los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos libros disparatados y absurdos —es decir, mentirosos— podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios”. Agrega: “En efecto, las novelas mienten —no pueden hacer otra cosa— pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse disimulada y encubierta, disfrazada de lo que no es. Dicho así, esto tiene el semblante de un galimatías”.
Expresa Ruben Dellacirprete en referencia a Barthe con referencia a lo histórico que es un eje que siempre se deberá tener en cuenta: La comparación por contraste entre el discurso literario y el histórico permite analizar metodológicamente tanto los préstamos entre ambos discursos como la verificación de una posible especificidad inherente a cada uno de ellos. Ambos ofrecen una representación lingüística de la realidad; la historiografía, por su parte, y para algunos pensadores, no se pronuncia sobre los acontecimientos del pasado o del presente sino sobre su sustituto figurado; y la literatura, con el “pacto de ficción”, pone de relieve el artificio. Sin embargo, no por esto la última renuncia a la verdad o a la referencialidad, así como el discurso histórico no desarticula por completo su fundamento cognoscitivo sobre la verdad histórica, aunque sea, en ocasiones, sesgada”[3].  “Foucault considera que el vacío del lenguaje es una prueba de la ausencia del ser y por ello se hace necesario invertir, dominar y llenar “mediante la pura invención”.
En Colombia la violencia ha sido narrada desde la novela de mil maneras. Tomas González es un autor que ha logrado desde la ficción entregarnos con cierta fidelidad lo que han vivido nuestros campesinos. De hecho, la singularidad de sus novelas constituye una interpretación subjetiva de lo que nos ha pasado en el sector rural. Este que es un país centralista encuentra en la novela un acercamiento a nuestra realidad. Estas correspondencias no siempre son aceptadas por los teóricos: “Foucault desconfía de que las palabras representen pensamientos, y mucho más de que exista una realidad que las preceda. La enunciación es lo que constituye un “contenido, un referente o un objeto” del discurso. Nunca el discurso saldría del ámbito de lo discursivo y, por lo tanto, la ruptura entre el discurso y la realidad, entre las palabras y las cosas, es incontrastable”.
Lógicamente este tema es aún más extenso. Espero en otra entrega terminarlo.



[1] https://www.monografias.com/trabajos13/reayficc/reayficc.shtml
[2] https://elpais.com/diario/2002/07/01/cultura/1025474405_850215.html

viernes, 27 de diciembre de 2019

LOS DIARIOS DE UN ESCRITOR FORTIVO



Hay una responsabilidad del escritor con su entorno, con su presente. Su oficio y las tribulaciones del mundo le generan una tensión, que no es fácil de superar, las que revela, somete y en ocasiones aliviana. Camus dilucidó en algunos ensayos esta línea tan frágil. El nivel de conciencia hace parte y es pertinente a la racionalidad expuesta en el ensayo, la ficción o la poesía, el mundo creativo también tiene exigencias morales y por supuesto políticas.
El lector, quien no es un simple espectador, también tiene responsabilidades de las que poco se habla. Pocas veces me he encontrado con el itinerario de un lector. Cuando tengo un diario, bien sea los dos tomos de Robert Musil, los apuntes de Canetti, los diarios de Byo Casares con Borges, para citar algunos de los más connotados, los que prácticamente son una cronología íntima de las lecturas y encuentros de estos escritores con otros autores y por supuesto muchas cosas de su vida, me pregunto, por el papel de la lectura en el mundo contemporáneo, como se da el intercambio entre los autores y los lectores, cuál es la medida de esta relación, cuando estamos en un mundo globalizado y súper conectado.

Es un hecho, contrario a lo que muchos pensaban, el libro físico mantiene una vigencia total. La soledad que es la constante del hombre contemporáneo, en la era de la información, en la que paradójicamente estamos cada vez más solos, el libro se ha vuelto nuestra mejor compañía. Cuando abrimos un libro, entramos en la conversación con un autor específico y como arte de magia emprendemos un diálogo que nos conecta con su universo, con una visión contenida en el texto.

Todos los días leo tres páginas de los diarios de Byo y Borges, de los encuentros con el círculo íntimo de sus amistades. Es extraordinario este texto. De la mano de estos dos sabios, de Silvina Ocampo, de muchos personajes del viejo Buenos aires, pareciera que hacemos un viaje por la literatura universal en comentarios muy profundos hechos por lectores mayores, sin ninguna arrogancia, esclarecedores, develan el itinerario de muchas lecturas y descubrimientos. Como si entraramos en una conversación.

Dice en uno de sus apartes este diario. Fecha, 1947. Miércoles 21 de mayo, empecé el diario. Domingo 28 de diciembre: “Conversación con Silvina. Dice que cada uno de nosotros tiene un tema, al que siempre vuelve: Borges, la repetición infinita; Ella los diarios proféticos; yo la evasión a unos pocos días de felicidad, que eternamente se repiten: La invención de Morel; el perjurio de la nieve, la novela (O cuento) que ahora escribo (De los tres días y tres noches de carnaval) Le conté que referí a Borges el otro laberinto, en una versión muy tosca, hacia 1935,  mientras caminábamos por la calle Vicente López, cerca del cementerio de la Recoleta; el me habló de Berkely square, film basado en the sense of the past, después empecé -y abandoné- la novela pasado mortal y en dos o tres meses de 1945, escribí “El otro laberinto” “.
Cada entrada de este diario es un diálogo sobre literatura. De la mano de Borges, Silvina, en ocasiones Sábato, por los temas más variopintos, pero con la lucidez de dos hombres que solo se deben a las letras, realmente son un faro para los amantes de la literatura.
Héctor Abad Facio Lince, el escritor colombiano acaba de publicar sus diarios.  En Colombia son muy pocos los escritores que tienen memorias o han escrito este tipo de textos. Empecé su lectura. El tono afable, la prosa suelta, como si uno estuviera tomando tinto con el escritor, hace de su lectura un trasegar por el itinerario de sus  de sus lecturas y la formación como escritor. De igual manera hay infinidad de datos y narraciones sobre el sucedáneo de su vida con todas sus complicaciones y virtudes. Conocemos el lado íntimo del escritor, la escritura sin pretensiones literarias, este ejercicio constituye una especie de meditación alimentada por el sentido de trascendentalidad de las mínimas rutinas,  y el reconocimiento del ser desde la otredad.
Recuerdo los primeros libros de Sábato, “Heterodoxia”, “uno y el universo”, “El escritor y sus fantasmas” que tenían ese sabor de intimidad y conversación suelta. Los lectores también tenemos una responsabilidad. No me cabe la menor duda. Me ha gustado mucho lo poco que he leído del texto de Héctor Abad.




jueves, 19 de diciembre de 2019

JOSÉ MIGUEL OVIEDO BEATRIZ SARLO


Este crítico peruano fue de suma importancia para entender la obra del Boom y para su divulgación, escribió ensayos profundos, bien hilvanados y esclarecedores de la obra de cada uno de sus escritores y especialmente de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, además de muchos libros sobre algunos escritores de este movimiento, excelentes trabajos. Este es uno de sus últimos artículos, escrito para “Letras libres” es un pequeño homenaje a propósito de su muerte, solo me tomo un tiempo para publicar un texto sobre lo que significó su presencia para la literatura latinoamericana. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE HUERTAS.

No me resulta nada fácil escribir sobre Fernando de Szyszlo y su esposa Lila: fueron mis amigos durante más de medio siglo y compartimos por aquí y allá una serie de gratas aventuras, encuentros, hechos trágicos (la muerte de su hijo Lorenzo, la de su primera esposa, la poeta Blanca Varela, y la de amigos íntimos como Luis “Cartucho” Miró Quesada), descubrimientos intelectuales y un indeclinable afecto mutuo. Es innegable que, como artista plástico, “Gody” (ese es el apodo que usábamos en el estrecho círculo de amistades que lo rodeaban) es la figura clave del siglo XX y de la actual, en los que trabajó con una tenacidad ejemplar y una maestría que pocos han alcanzado en nuestro continente y aún fuera de él. Su vastísima obra está marcada por dos rasgos capitales: la lección estética y moral de la vanguardia –especialmente la del surrealismo que descubrió de primera mano en sus años juveniles europeos– y, al mismo tiempo, las formas del antiguo arte peruano, en particular las de las culturas preincaicas que florecieron en la costa. Esto sintetiza la paradójica fusión de lo moderno y lo ancestral, lo novedoso y lo primitivo, alianza que hallamos en pintores de la talla de Picasso, Klee y Max Ernst, entre tantos otros.

La extraordinaria elegancia de sus formas jugaron siempre con esa alianza que creó y recreó en busca de la difícil perfección, que, como él bien sabía, es tal vez inalcanzable. Gody solía reírse del vocabulario consabido del lenguaje crítico dominante entre nosotros, lleno de frases que nos hacían sonreír (como “valores cromáticos” y “texturas simbólicas”). Era un convencido de que la mejor crítica de arte no era la que usaban los especialistas, sino la de los que trataban de desentrañar el misterio de las formas visuales usando el lenguaje poético. No es extraño, por eso, que uno de sus críticos favoritos fuese Octavio Paz.

Gody era un gran lector de poesía y novela, desde el desgarrador canto fúnebre por la muerte del Inca Atahualpa que tradujo admirablemente José María Arguedas, hasta Proust, Borges, Neruda, Cortázar, Eielson, Rimbaud y tantos otros que descubrió para él mismo y para nosotros sus amigos. La mención a Proust es significativa no solo para él, sino también para Lila, quien, como nos enteramos por las admirables páginas de las memorias de Szyszlo, La vida sin dueño (Alfaguara, 2017), obtuvo un premio sobre ese autor convocado en París, dato que pocos conocían fuera del Perú.

Aparte de la silenciosa presencia de Lila mientras trabajaba en su taller, Gody pintaba sumergido en el estímulo musical de Mozart, cuyas composiciones escuchaba sin cesar en la colección completa que editó Deutsche Grammophon. Creo que Gody escuchaba a Mozart como un cántico contra la muerte que se correspondía con el tono cada vez más luctuoso de su obra plástica y con sus imágenes, cuya tensión aludía sin duda a la de la vida misma, breve relámpago que ilumina nuestra propia destrucción. Es una dolorosa ironía saber que Gody y Lila murieron juntos al tropezar y caer desde la escalera que daba al living del primer piso. Recuerdo perfectamente esa escalera que era casi aérea, es decir, sin contrapaso y con solo una pala prehispánica de navegación fijada como baranda para apoyar la mano, y que a mí me producía vértigo de solo mirarla. Los cuerpos fueron hallados inertes y tomados de la mano. Creo que cabe recordar aquí que Gody era sobrino carnal de Abraham Valdelomar, elegante poeta peruano de la época modernista, cuyo soneto “Tristitia” Gody podía repetir de memoria. Valdelomar murió a los 31 años al caer de lo alto de la escalera de un hotel. Trágicas ironías de la vida y de la muerte. 
JOSÉ MIGUEL OVIEDO






miércoles, 27 de noviembre de 2019

JAIME ALEJANDRO RODRIGUEZ RUIZ MANUAL DE LITERATURA COLOMBIANA



El portal “Novela Colombiana” cumple una labor didáctica muy valiosa en red, le permite a cualquier lector tener acceso a un material amplio sobre literatura colombiana que abarca gran parte de la historia narrativa del país,  además de trabajos ensayísticos puntuales. 
El manual de literatura, es un texto de Alejandro, empieza con la colonia  y llega hasta el siglo XX: “El curso ofrece, como uno de sus textos guía, un manual de la novela colombiana que facilita al estudiante un vistazo por el panorama de la novela colombiana desde la época colonial hasta nuestros días. La intención fundamental consiste en invitar al alumno a leer varias de las novelas allí referenciadas, siguiendo los parámetros que han servido para estructurar el manual”[1].
En su introducción categoriza: “Cada vez es más difícil sostener la vieja posición, según la cual la novela fue un género totalmente ausente durante la colonia. Varios hechos apuntan más bien a probar que, o bien el género no alcanzó en Hispanoamérica una institucionalización que garantizará su adecuada recepción, o que no se han valorado suficientemente documentos y textos de la época. Bajo esta última perspectiva, resulta muy importante, para el caso de la novela colombiana, destacar tres aspectos que pueden ayudar a comprender mejor el fenómeno de su evolución. De un lado, la presencia de lo que podrían llamarse factores adversos para su cultivo y difusión; de otro, la valoración de elementos novelescos en géneros no canónicos; y, finalmente, la recuperación que se ha hecho recientemente de un documento tan importante como el texto del autor santafereño Pedro de Solís y Valenzuela: El desierto prodigioso y prodigio del desierto, considerada por los expertos como la primera novela hispanoamericana”.
Considera que la ausencia de la novela en la colonia solo se explica debido a "Varios aspectos que bloquean tanto la creación misma como su recepción. En particular, dos factores pueden ayudar a comprender dicha pobreza: las restricciones de orden religioso, moral y político, mediante las cuales se ejercía un fuerte control sobre la producción literaria, y la consideración de la novela como género inferior”.
Otra variable que contribuye a esta ausencia es el hecho que "El sistema literario, tal como estaba montado en la época colonial, no favorecía al género: no sólo la ausencia de una masa crítica de lectores o la falta de preparación de algunos escritores, sino la carencia misma de imprentas y otras dificultades de publicación de las obras (todo esto ligado a un precario desarrollo económico y social, y a la singularidad de las condiciones culturales de América) hacen que la novela colonial no alcance el desarrollo que sí alcanzó en la península”.
En todo caso hay algunos textos que se acercan al género de la novela en la colonia. El Carnero es uno de ellos, igual el gran poema de Juan De Castellanos, para citar dos de los más importantes.
El autor remata este capítulo con lo que considera la primera novela colombiana e incluso hispanoamericana: “Pero quizá el hecho más importante para una adecuada comprensión de la literatura de la colonia en Colombia, lo constituye el hallazgo reciente del manuscrito de Don Pedro de Solís y Valenzuela, El desierto prodigioso y prodigio del desierto, compuesto a mediados del siglo XVII. Se trata de un texto complejo y de gran riqueza narrativa que llena los requisitos de la novela moderna, lo que demuestra que el género era ya cultivado en la época”.
En el siguiente capítulo habla de la novela romántica, aborda “La María” de Jorge Isaac. Está claro que no es la primera novela romántica, sí la más importante: “El romanticismo en sus distintas vertientes: desde la evocación escapista, hasta la proclama revolucionaria, pasando por la efusión lírica y sentimental, tuvo su cultivo en Colombia, aunque no siempre con afortunada calidad. Las primeras obras de este periodo estuvieron guiadas, bien por un afán de recuperar un supuesto espíritu caballeresco de la conquista, bien por una sublimación poética y filosófica del aborigen de América. En orden cronológico, las primeras novelas colombianas del periodo corresponden a las escritas por el cartagenero Juan José Nieto: Ingermina, publicada en 1844 y Los moriscos de 1845, ambas novelas históricas. La primera es un relato que tiene como trasfondo las sublevaciones de los indios Calamares, antiguos pobladores de Cartagena en los primeros tiempos de la conquista, y tiene la particularidad de desarrollar una trama amorosa de corte caballeresco entre Alfonso de Ojeda, hermano de Pedro, el conquistador, y la princesa indígena Ingermina, en un intento por rehabilitar la conquista y poetizar, simultáneamente, al indio. Los moriscos relata los sufrimientos de una familia mora a causa de su expulsión de España, tras el decreto de 1609”. Las influencias: Byron, Lamartine o Chateaubriand.
En el siguiente artículo continuaremos abordando este valioso texto.






viernes, 15 de noviembre de 2019

HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA COLOMBIANA



Si mi memoria no me falla, llevamos más de cuarenta años desde la publicación del manual de literatura colombiana editada por procultura. Estoy trabajando algunos tomos de la historia crítica de la literatura argentina de Jetrik, 12 tomos, realmente una obra monumental y valiosa, lo que me suscitó la reflexión: Por qué los trabajos de esta condición nos son tan esquivos a los colombianos, conozco muchos trabajos de la academia, nunca de esta magnitud, de antemano se que para  este tipo de proyectos no existen los estímulos económicos. Hubert Poppel escribió hace algún tiempo (2006) : “Un país como Colombia puede seguir viviendo tranquilamente sin una nueva historia de su literatura. Sus autores, tanto los que han alcanzado el reconocimiento de todo el país y más allá de las fronteras, como los que se contentan con lectores de su región o con grupos de lectores con características muy específicas, no dependen de ninguna manera de su inclusión -o no-inclusión- en este tipo de libro-archivo. Ellos escriben para sus lectores, o para el mercado, o para sí mismos, y no para unos historiadores e investigadores. Sin embargo, algo falta; hay cierto vacío sin esa historia; ella es, sin que sepamos por qué, necesaria; existe un desiderátum que es, a la par, un desafío ante la labor titánica que espera”.
He venido escribiendo en este blog que, en los últimos años realmente no tenemos una crítica literaria rigurosa. Estamos lejos de tener una revista de la calidad de “Letras libres”, pese a la existencia de “Arcadia” y “El malpensante”. Emprender la historia crítica de la literatura colombiana exige financiamiento, el estado debe hacerlo, hay quien pueda emprender la tarea, de hecho, la academia produce todos los meses textos e investigaciones de literatura colombiana. Llevo varios años leyendo los tres tomos de la obra crítica de Borges y sorprende la calidad y la seriedad de un trabajo que les llevó más de veinte años.  No existe un trabajo en esos términos con la obra de nuestro nobel de literatura, teniendo en cuenta que las claves de “Cien años de soledad” son tan locales.
Rafael Humberto Moreno Durán soñó toda la vida con este cometido y también le fue esquivo. Hay investigaciones y publicaciones importantes, la de Mery Giraldo en relación al cuento colombiano, siendo una antología, es una excelente contribución. Paula Andrea Marín Colorado, publicó un texto denominado: La historia literaria colombiana a través de la teoría de los campos, “En él pretende mostrar «cómo se presenta la afirmación de la autonomía literaria en Colombia entre 1926 y 1970, y cuáles son sus características particulares”[1]. Recuerdo el libro del profesor David Jiménez Paneso: “Historia de la crítica literaria en Colombia. 1850-1950”.  A ello se suman los textos clásicos de Restrepo y del profesor Ferrer, horas de la literatura colombiana.
La carreta editores publicó hace algunos años un texto llamado “visión histórica de la literatura colombiana”. Parte de la premisa que “No obstante los esfuerzos realizado por los historiadores, la denominada dependencia estética o ancilaridad de la literatura de América Latina, no ha podido ofrecernos una narración de la totalidad de los fenómenos efectuados en el continente”. Aduce entonces: Por todo y cada uno de estos aspectos, el grupo de investigación, tradiciones de la palabra se ha empeñado, en el marco de la investigación: Elementos para una propuesta de periodización de la literatura colombiana”. El texto es producto del primer encuentro nacional en abril del 2008 del coloquio nacional de historia de la literatura latinoamericana. Se había creado desde el 2003 el SILC, Sistema de información de la literatura colombiana.
Desde esa fecha los esfuerzos han sido muchos. Fuera de estas líneas de investigación, la universidad nacional tiene trabajos similares, la universidad de los Andes y la del Valle, nunca he visto un trabajo como el argentino publicado hasta la fecha y de hecho este es un vacío muy grande.