sábado, 13 de septiembre de 2014

VIDA Y OBRA: HERMAN MELVILLE


Me he propuesto en este blog divulgar algunos artículos de importancia que incentivan la buena lectura, el periódico “El clarín” de Buenos Aires cumple a través de la revista literaria Ñ un papel preponderante en esta materia,este artículo escrito por  Andrés Hax resulta ser una apología a la obra de Herman Melville, ameno, lúcido e incita a la lectura,  espero que mis lectores lo disfruten:

Andrés Hax
I.
Cuando uno es muy joven y queda hechizado por primera vez por la literatura, nace al mismo tiempo la idea de que la felicidad máxima se alcanzará escribiendo. Y a la vez también la desesperada idea de que el mejor desenlace posible para la propia vida sería escribir una Gran Novela. Desafortunadamente, el 99,999 % de las personas que sintieron esto en algún momento iluminado de su juventud nunca llegaron –o nunca llegarán– a comprobar si cumplir este anhelo es, de hecho, una forma de entrar en una especie de inmortalidad en vida o al menos en un pequeño nirvana. La historia nos dice que no. Escribir una obra maestra no garantiza ni paz, ni felicidad, ni reconocimiento. Un caso emblemático es el de Herman Melville. 


Aquí lo vemos, en 1851. Es noviembre y está caminando por los helados campos cercanos a su casa -llamada Arrowhead, por las puntas de flecha de piedra que los indios americanos –ya espantados– dejaron desparramados por todos lados. Estamos en Pittsfield. Es un pequeño pueblo en el oeste del estado de Massachusetts, a unos 220 kilómetros de Boston. Tal vez está nevando un poco, al comienzo de la primera tormenta del año. En poco tiempo vendrá el invierno.

¡Qué joven que está Melville! Tiene 32 años, nada más. Hace cuatro años que está casado. Tiene un hijo, Malcom, de tres (que se suicidará en la casa de sus padres, con un tiro de pistola a la cabeza, a los 18 años). Tiene otro hijo, Stanwix, recién nacido (este se morirá a los 36 años de tuberculosis, muy lejos de su padre, en San Francisco).

Entonces, es noviembre de 1851 en Pittsfield, Massachusetts y Herman Melville está caminando entre los antiguos y colosales arces y robles deshojados. Cuervos y halcones trazan sus dramáticas curvas en un cielo gris. Sus pasos son firmes. Por allí está yendo a visitar su amigo y vecino Nathaniel Hawthorne, a quien admira con un fervor casi amoroso. Tal vez las exhalaciones de su aliento hacen humo en el aire de la tarde fría. O tal vez sólo se pueden ver sus ojos, ya que su rostro está envuelto en una larga bufanda. Lo que sí sabemos –aunque no está escrito en ningún lado- es que Melville en este preciso momento está en un estado de gracia. No está caminando; está flotando. Es un ser perfecto que ha cumplido la misión de su vida. Søren Kierkegaard dijo que llegamos a la vida con órdenes selladas. El 99,999% de nosotros ni lo sabemos o, si lo sabemos, nunca llegamos a leer esas órdenes. ¿Dónde están? ¿Por qué no llegan? ¿O llegaron hace tiempo y estarán perdidas entre tantos otros papeles?


Herman Melville acaba de terminar de escribir Moby Dick. Lo escribió fuera de sí, con ángeles y demonios a su espalda. Es su sexta novela pero nadie podría haberse imaginado que el autor de esos previos amenos relatos marítimos hubiera sido capaz de escribir algo así. Un libro infinito. Eso decían sus órdenes selladas: escriba Moby Dick. Y lo hizo.

¿Y entonces?


Y entonces nada.


Nadie leyó Moby Dick. Los que le prestaron una mínima atención lo despacharon como una locura incomprensible. Cuando murió Melville, a los 72 años -tras trabajar viente años como inspector de aduanas- era un desconocido. En el obituario del New York Timesescribió su nombre Henry Melville. Aunque en su vida publicó -aparte de Moby Dick- diez novelas más, más de una decena de cuentos, y un centenar de poemas, la escritura de Herman Melville es esencialmente póstuma: su obra cobró vida solamente después de su muerte. El autor de una de las mejores novelas de la historia de la literatura murió solo y triste, amargado y desconocido.


Es un cuento viejo.


II.
Moby Dick empieza con un saludo íntimo. El narrador simplemente se presenta diciendo: "Call me Ishmael". Es la primera frase del libro. En castellano suele ser traducido como: "Llamadme Ismael"; o peor aún: "Pueden ustedes llamarme Ismael." Esto es una tragedia.Call me Ishmael es un frase coloquial e imposiblemente más llana. Si vas a un bar en los Estados Unidos a beber solo, como se suele hacer en los bares de los Estados Unidos, y tu compañero de barra, tras unas cervezas silenciosas, decide iniciar una charla, tu podrías aceptar su avance diciendo: Call me (Joe, John, Peter, Chris, Bob, Bill...). "Llamadme" es una aberración. ¿Quién dice Llamadme? Y lo de ustedes funciona aun menos, porque Ishmael no esta dirigiéndose a un grupo. No está comenzando un discurso. Ishmael te está hablando íntimamente, informalmente. Te va a contar algo que le pasó, si querés escucharlo. Si no tenés otra cosa que hacer. Pedite otra Budweiser. Si te faltan puchos, andá a comprar. Acomodate, que esto da para largo y va a estar bueno.


Y el relato empieza así. A Ishmael, que viene de una buena familia, que fue profesor de escuela, le agarró una depresión, una desilusión con todo lo cotidiano y con el mundo en general. Tanto es así que está pensando -con inquietante frecuencia- en suicidarse. También lo poseen sentimientos violentos. Tiene ganas de revolear los sombreros a los solemnes peatones de la ciudad. Pero cuando le pasa esto tiene una solución. Se embarca en un ballenero. Son viajes largos, de dos o tres años. Das la vuelta del mundo. Mandás todo al carajo y te vas. Es, de hecho, como un suicidio temporario. Pero además, te pagan. Por más romántico que nos suena hoy, en su momento era un trabajo proletario. Como si un joven de privilegio abandonara su vida cómoda para ir a trabajar a una fábrica.


Ishmael no es megalómano pero sabe que su pequeña vida es una parte, aunque sea infinitesimal, de un gran relato cósmico. Este tipo es un poeta y un filósofo. Parte hacía la isla de Nantucket porque para sus gustos –que son finos– los balleneros más nobles y clásicos salen de esa isla (que está a menos de 200 kilómetros al suroeste de Boston). Pero primero tiene que hacer escala en New Bedford -un puerto entre Boston y Nueva York- donde se embarcará al punto de partida de su aventura. Tiene poca plata y en el hotel oscuro y de mala muerte que encuentra un sábado por la noche (los barcos a Nantucket salen el lunes por la mañana) no hay cupo, salvo que quiera compartir su habitación con otro huésped. Bueno, ¿por qué no? Ishmael acepta y, todavía solo, se acomoda en la cama. Horas más tarde, entra su compañero de cama. Es un enorme hombre negro, tatuado de pies a cabeza, que no habla una sílaba de inglés. Tras una confusión inicial, y después de un breve ritual pagano llevado a cabo por Queequeg (el "salvaje"), los dos terminan en cama juntos, charlando como un viejo matrimonio -cada uno en su idioma y de alguna manera entendiéndose. Se despiertan con la luz del día, sus piernas entrelazadas. Ya son amigos íntimos y los dos irán juntos en búsqueda de una nave para lanzarse a los océanos del mundo, por uno, dos o tres años, sin hacer nunca pie en tierra firme en todo ese tiempo.

Así empieza Moby Dick. Si lo agarra un buen cineasta podría hacer una versión fiel que espantaría la iglesia y cualquier señora de buen gusto. Y eso, para nuestros gustos, es bueno.

Herman Melville es un contemporáneo de Karl Marx, de Fiódor Dostoyevski, de Walt Whitman (su compatriota), de Charles Darwin, de Rimbaud, de Van Gogh, de Nietzche, de Wagner. Es una lista absurdamente incompleta esbozada simplemente para ubicar a Melville en su momento histórico. Pero la lista también sirve para mostrar la soledad de Melville. Aunque sus logros como escritor lo ponen, retrospectivamente, en la misma categoría de los pensadores, pintores, músicos y filósofos sugeridos, en vida no pudo usufructuar ni de la admiración de ellos ni de su compañía. Melville es un solitario.

Resumir Moby Dick en una página es una tarea tan inútil como intentar resumir el Museo del Prado en semejante espacio. Si podrías dedicarle una monografía entera a sólo un rincón de un panel de El jardín de las delicias de El Bosco, por ejemplo. Si te conviertes en fanático lo mismo podrías hacer con cada capítulo, con cada párrafo, de la gran novela de Melville. Mencionamos ese cuadro en particular, porque Moby Dick también está lleno de miniaturas. Como ese cuadro del Siglo XV, la novela de Melville está híperpoblada con decenas de personajes; tiene aspectos luminosos y partes sombrías; es alegórico pero sus simbolismos son alarmantes en vez de ser repeticiones de viejas mitologías; lo puedes mirar y mirar y siempre encontrás algo nuevo; es desesperadamente seria, pero también tiene algo de juego; es narrativo, pero también enciclopédico; a primera vista parece inocente, pero tras una inmersión en su mundo, da miedo.

Al principio de Moby Dick, Melville entona: "“Pero he nadado por bibliotecas navegado por océanos". Moby Dick es un laberinto, una antología, un poema en prosa, una aventura, un informe sobre la industria más importante de su momento, un borrador para una nueva metafísica.

Es urgente que lo leas lo antes posible.


III.

La obra de Herman Melville no se limita a Moby Dick. En total escribió once novelas; pasó casi treinta años de su vida escribiendo poesía; escribió cuentos canónicos como Billy Budd y Bartleby el escribiente (que podría haber sido escrito por Kafka). Pero si leemos estas otras obras de Melville -o indagamos sobre los detalles de su biografía- es en gran parte para acercarnos al inagotable misterio de Moby Dick. De intentar entender mejor de dónde vino, cómo fue escrito, y de hacer tiempo antes de una relectura de la obra que lo hizo inmortal, por más que él nunca se haya enterado.


domingo, 7 de septiembre de 2014

EL CUENTO COLOMBIANO POR ESTOS TIEMPOS



Empezare con una afirmación que trae Juan Gabriel Vásquez en un breve ensayo, quien la toma de Frank O´Connor, la cual es pertinente con referencia al cuento: “A diferencia de la novela, vive despegado de los grandes movimientos históricos o sociales; es un género de solitarios, de hombres sin paisaje colectivo, donde lo que se juegan los personajes pertenece casi al terreno de las revelaciones intimas ( Eso que Joyce llamó epifanías sigue estando presente en la poética de varios de estos cuentistas)” y que servirá de sustrato para hacer una breve indagación sobre la situación del cuento Colombiano.
La primera categorización: La provincia reverbera, hay en las regiones una verdadera revolución en materia de literatura, focalizada en el género del cuento: Movimientos, academia y grupos, además de los representantes connotados, tanto los de la vieja guardia como la generación nueva, interesante por demás pues ya se dan algunos resultados,  en todo caso, espero que  trasciendan sus límites espaciales. Y por la otra, aquellos escritores que ya rebasaron lo local y que hoy configuran el panorama del cuento colombiano, la nueva narrativa, con reconocimiento por fuera del país. Algunos puntos de convergencia: Es eminentemente urbana, intimista, acopia técnicas de vanguardia muy mezcladas con la manera del relatar del cine, cargada de influencias múltiples que van más allá de la propia literatura, en la mayoría de casos matizada por la violencia, desligada por completo de la generación del Boom pero, está lejos de alcanzar la importancia que tuvo esta generación excepcional, aunque vale la pena advertir que no la hereda, menos la padece, hay frescura en su labor, no están marcados.
Se han publicado varias antologías que de alguna manera constituyen un a priori para acercarnos al cuento y los cuentistas, al panorama general.  Luz Mery Giraldo, Héctor Abad Facio Lince, tienen aportes valiosos en este sentido y Juan Gabriel Vásquez ha escrito algunos ensayos muy lúcidos sobre el tema.
De hecho la generación de los cincuenta,  Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez, Herazo, Hernando Téllez y Fuemmayor, Mejía Vallejo, quien está en la mitad, para hablar de los  representantes más importantes,  cortan con la tradición costumbrista: Marroquín, Adel López Gómez, Tomas Vargas Osorio, Eduardo Caballero Calderón, para citar algunos, esta generación que tuvo en mito su plataforma constituye un buen punto de partida para poder entender a cabalidad lo que pasó con el cuento colombiano a partir de los años setenta en adelante, hasta llegar al día de hoy,.
La generación de Collazos, Trueque, Burgos, Ruiz, Fayad, Darío Ruiz Gómez, Valverde, David Sánchez Juliao, Oscar Collazos, German Espinosa, Gustavo Gardiazabal, Roberto Burgos Cantor, entre otros, llamada generación del desencanto por los efectos del Boom y el universo Garciamarquezco, la cual ha  sido rescatada de ese olvido imperdonable que alguna vez tuvo, a esta le siguen un grupo de escritores variopintos por fuera del canon, pues responden a influencias y marcos creativos muy diferentes, que realmente evitaron a toda costa las influencias del Boom o no las reconocen o no la tienen en cuenta y quienes desde el paisaje urbano han creado las bases de una narrativa consolidada, pero que se calibra realmente a partir de los aportes individuales, es muy difícil de agrupar, casí que la crítica especializada nunca ha caído en este error.
Mendoza, Héctor Abad, Gamboa, Bradan, Marvel Moreno, Botero, Ungar, constituyen eso que yo llamo la última generación, de escritores solitarios, con temas urbanos, pero con genealogías e influencias muy diversas, marcados aún por la violencia, sobre todo aquella posterior al narcotráfico tenaz de los 60, que responde a variables novedosas, sin dejar de ser  intensa.  El cine, los escritores norteamericanos (Raymond Carver. Auster), el mundo digital, la literatura del comic y la misma televisión son influencias notorias y de alguna manera novedosas.
Por ejemplo, el texto “Las semillas del tiempo” compuesto por”Epifanos” textos breves, de Juan Carlos Botero, resulta ser un ejemplo de lo expresado. “Están inspirados en la obra de Ernst Hemingway e impregnados de la violencia que nunca falta en Colombia”. Al respecto de esta publicación el escritor expresó: "La violencia en mi país está dando lugar a un fecundo momento artístico: las artes en Colombia no son un escapismo sino una respuesta de vitalidad ante ella". los "epífanos" no son cuentos ni microrrelatos, sino "un género original y autosuficiente, necesario para la literatura". Al leer los cuentos completos de Hemingway, Botero (Bogotá, 1960) se topó con unos textos "muy breves y poderosos", que el autor de El viejo y el mar describía como "pequeñas granadas que estallan en la cabeza del lector".
Con respecto a Octavio Giraldo y Badran expresa Juan Gabriel Vasquez en un texto a manera de epilogo: “Y, si se me permite la gigantesca licencia poética de pensar que la cultura popular es un subgénero literario, se me permitirá también admirar sin reticencias esas dos maravillas que son “La magia del Joe Domínguez”, de Pedro Badrán, y “¿Recuerdas Staying Alive?”, de Octavio Escobar. Badrán, fiel a la tradición caribe, es un aventajado lector de Faulkner, y su cuento es capaz de reinventar el célebre narrador colectivo de “Una rosa para Emily” para contarnos el auge y caída de un narco de segunda división. En un párrafo de más de diez páginas, y con un sentido impecable de la oralidad[1]” que está lejanamente emparentado con Cabrera Infante, Escobar consigue una pequeña hazaña que ya ha conseguido otras veces: un canto generacional que navega sin estrellarse entre esas dos formas tan peligrosas del optimismo que son el gregarismo y la nostalgia”. La revista “Especulo” escribe sobre Octavio:  Una de sus obras destacadas es la recopilación de cuentos “De música ligera” que, con sus propias palabras, extraídas de una conversación que hoy les transcribo, constituye: “Grupos de cuentos estructurados alrededor del tema de la música popular, no porque los cuentos en sí se ocupen de la música popular, sino porque los personajes de cada uno de los cuentos tiene una canción, un motivo, un cantante que lo obsesiona, que tiene mucho que ver con su vida. El libro parte de la idea de que la música popular, como muchas otras formas de cultura popular, son muy importantes en la vida de las personas. Con mucha frecuencia he realizado trabajos donde cosas de la cultura popular tienen mucha relevancia en la vida de los personajes”. Que ratifican todo lo expuesto con respecto a las influencias y estructura narrativa de estos escritores, es completamente novedosa con respecto a lo que veníamos leyendo. Luz Mery Giraldo con referencia a la generación del 90 escribe: “Afirmamos que los noventa traen una interesante renovación del género: a las búsquedas y hallazgos anteriores se une la voluntad de recuperar la fábula o el contar convencional, siguiendo las pautas de la sucesión, economía, unidad, clímax y consolidación del efecto causado por lo que se cuenta. Queda atrás la valiosa y necesaria experimentación, la búsqueda de un lector atento que se detenga a descifrar códigos y atar cabos, tan propio de la novela experimental y aprovechado por algunos autores en la escritura de sus cuentos; se busca, pues, un lector cómplice que busque y encuentre en la forma sincrética y sintética un cielo perfectamente acabado y una historia sugestivamente contada”.
Pienso que el cuento colombiano pasa por un excelente momento. Los autores consagrados, me refiero a Gamboa, Mendoza, Franco, Juan Gabriel Vásquez, Constain, Ungar, Enrique Serrano, entre otros,  a los que se le agregaría otros, importantes, con trayectoria (Badran, Octavio Escobar)  aun no suficientemente reconocidos por fuera del país, que confirma el buen momento de nuestra narrativa, pues es un hecho que su producción está plena efervescencia.
Sobra decir que hay otros escritores, casí todos exiliados por voluntad propia, consagrados de igual manera, simplemente haciendo su trabajo solitario sin mayores estruendos, los cuales no podemos pasar por alto: Autores como Marco Tulio Aguilera Garramuño, Óscar Castro García, Eduardo García Aguilar, Julio Olaciregui y Ramón Illán Bacca, quienes nacieron de la mano del cuento y que tienen una obra que alumbra con luz propia, bien estructurada, seria y que hace parte indefectible de nuestra literatura, este sería casí un capítulo aparte, podría llamarla la literatura del exilio, para darle algún nombre.
Es un hecho que el trabajo de indagación siempre queda a medias, pero queda trabajar los autores de manera individual, espero terminar la labor, pero creo que este es un abrebocas a un tema de nuestra narrativa de suma importancia.

















[1] Pedro Badrán Padauí1, tomo los textos de cuentos El lugar difícil, Hotel Bellavista y otros cuentos del mar y la novela breve El día de la mudanza2