domingo, 22 de octubre de 2017

ISHIGURO, EL NOBEL QUE VA AL “GRANO LITERARIO”

A propósito del nobel de literatura, creo que esta entrevista hecha a su traductor en español, publicada por el periódico Colombiano “El espectador” es absolutamente lúcida y describe perfectamente el universo literario de este autor con absoluta agudeza, desde la perspectiva estética de quien conoce perfectamente su obra. Me pareció importante reproducirla y espero mis lectores la disfruten.
21 Oct 2017 - 9:00 PM
Nelson Fredy Padilla
Jesús Zulaika, el principal traductor al español del nuevo nobel de Literatura –a través del sello editorial Anagrama–, da las claves para acercarse a la obra del autor japonés-británico.
Usted es traductor literario desde 1980. ¿Por qué y cómo se convierte en el principal traductor de Kazuo Ishiguro para Anagrama?
Anagrama normalmente me propone obras y autores. En el caso de Ishiguro, acepté el encargo de traducir The unconsoled (Los inconsolables, 1996), siendo ya Ishiguro famoso por su novela –y, sobre todo, por la versión cinematográfica de ésta– The remains of the day (Los restos del día, 1989). Luego vinieron las otras dos obras que he traducido de él: When we were orphans (Cuando fuimos huérfanos, 2001) y Never let me go (Nunca me abandones, 2005). Anagrama –siempre que puede, y por razones de coherencia estética– sigue el criterio de “a un autor, un traductor”. En el caso de The buried giant (El gigante enterrado, 2015), se me propuso también su traducción, pero no pude aceptar por hallarme ocupado con otro libro de la casa.
Por favor, haga una explicación de cada obra: “Los inconsolables”, a su juicio “muy aburrida” y que califica como “una locura y muy experimental que el propio Ishiguro la consideró fallida”; “Cuando fuimos huérfanos” y “Nunca me abandones”, la más aplaudida y que usted define como “muy clásica”.
Los inconsolables es una obra realmente difícil e inclasificable. Se diría que estamos, en el mejor de los casos, ante un queso gruyer o, en el más delirante, de un agujero de gusano cuántico (si tal cosa existiere). Todo es kafkiano, los narradores y los tiempos y los hechos se entremezclan y confunden, proliferan las incongruencias y los anacronismos, todo puede cambiar en la siguiente página o capítulo. Es una novela experimental cuya intención no es clara a primera vista (o no llega a serlo en absoluto en ningún momento). Por eso la definí como “locura” y la juzgué “muy aburrida”: no logra entroncar con la realidad cotidiana ni con alguna posible ciencia-ficción, que es lo que el lector seguramente esperaría, y se convierte en cambio en una narración plomiza que muy a duras penas concita la curiosidad o el interés.
Cuando fuimos huérfanos es quizá otro experimento, pero más atemperado y comedido. Al modo de las novelas policíacas, Ishiguro arma una historia en la que hace viajar al detective protagonista de la Europa en el umbral del fascismo al Shanghái cosmopolita de la época en busca de una cosa que en realidad es otra. Deambula por la ciudad invadida por el ejército japonés tratando de desentrañar el enigma de la desaparición de sus padres hace ya casi una vida. Un detective célebre en busca de su infancia. Estamos ante una novela harto complicada en estructura y forma –aunque inteligible–. Caprichosa y un tanto surrealista, aunque preñada de sentido en su indagación de las incógnitas del hombre del siglo XX –y de siempre–.
Nunca me abandones es una novela casi perfecta. En ella el grado de integración entre fondo y forma es sencillamente asombroso. Y su progresión dramática, admirable. Es necesario leerla para que tales juicios dejen de suscitar incredulidad y encuentren su validación en lectores de toda índole. Con esta obra, Ishiguro se consagra como un autor capaz del “más difícil todavía”.
Dijo usted que Ishiguro es “un narrador de los pies a la cabeza”. Descríbame su técnica narrativa.
Kazuo Ishiguro es un narrador de pies a cabeza, he dicho en un medio español. En efecto, lo es. Cuenta historias. Cuenta estados de ánimo. Cuenta enigmas. Cuenta avatares. Cuenta el amor y el destino y la culpa y la búsqueda. Cuenta grandezas y miserias. Y lo hace con eficiencia suma. Y sin filigranas, sin poses ni floreos. Va al “grano literario”. De ahí que su estilo sea tan sobrio, tan plano, incluso tan prosaico. A diferencia de otros narradores británicos de su generación, emplea la lengua exclusivamente como un útil, y nunca como un elemento de lucimiento o una exhibición de virtuosismo. Ello no obsta para que su prosa alcance a veces alturas de genuino lirismo.
¿Por qué le pareció “bastante prosaico”?
¿Por su sencillez formal, por su casi nulo uso del arsenal léxico del riquísimo idioma inglés. Y rectifico: no es un estilo prosaico: es un estilo “aparentemente” prosaico.
¿Por qué destacó que no use giros retóricos y tienda a la sencillez?
Por lo mismo que acabo de decir en el punto anterior. Rehúye tanto la exhibición léxica y los profusos despliegues de sinónimos y encantamientos verbales afines cuanto las perífrasis, los giros de pensamiento y los tropos en general: las metáforas, las metonimias, las hipérboles, las iteraciones, las lítotes...
Por qué resaltó que tiene “sintaxis más latina que sajona”?
Precisamente por su empleo de ese tipo de sintaxis propia del latín: uso de los nexos ortodoxos e inexcusables, de las oraciones de relativo; escaso apego a las yuxtaposiciones sistemáticas (el “pegamento de la coma”, lo he llamado en alguna ocasión) del inglés, con el consiguiente abuso del gerundio en la mayoría de sus construcciones lingüísticas).
¿Cómo describe la “gran fuerza emocional” de la que habla la Academia Sueca?
En la narrativa de Ishiguro sin duda hay una gran “fuerza emocional”. En sus tramas se van sembrando pistas, indicios, pinceladas, apéndices de las preocupaciones espirituales y de sentimiento del autor. Si bien en Ishiguro no han de buscarse moralejas ni moralina alguna, no por ello renuncia a dar página a página su visión del mundo, en la que caben a un tiempo el lado oscuro de la vida y la bondad, la generosidad, la piedad, la esperanza. La mirada de Ishiguro irradia un sistema de la emoción que, aunada a su estética –una sencillez formal en absoluto reñida con la belleza–, impregna sin disimulo todos sus textos.
También dijo la Academia que “ha descubierto el abismo bajo nuestro sentido ilusorio de conexión con el mundo”. ¿Cómo explica esto?
“Ha descubierto el abismo bajo nuestro sentido ilusorio de conexión con el mundo”. Suscribiría este juicio. Nos creemos firme e incluso cómodamente anclados en el mundo, creemos que nuestra vinculación con la realidad no es susceptible de quebrarse, que no vamos a perder pie con facilidad, y nos equivocamos: no es más que una certeza ilusoria. El mayordomo la pierde al perder la fidelidad férrea a su señor (que deja mucho que desear en el aspecto ético) y a la tradición: en el viaje iniciático que emprende, todo se viene abajo… El músico ve cómo sus verdades y descubrimientos estéticos no interesan realmente a nadie, cómo todo el paisaje humano a su alrededor es frívolo y venal... Christopher Banks, el célebre detective, se pierde en una sima de fracaso y de absurdo... El mundo de los jóvenes clones, inmerso en un aura de irrealidad, es menos ilusorio que ese otro mundo al que sirven y para el que han sido creados.
Un vocero de la Academia se refirió a Ishiguro como una mezcla de “Jane Austen y Kafka”. ¿Sensibilidad y existencialismo a la vez?
¿Ishiguro un híbrido de Jane Austen y Kafka? Podría ser una idea a considerar, una forma de expresar cierto emparejamiento posible. ¿Acertada? No me atrevería a pronunciarme. En todo caso no es un paralelismo que me haya venido nunca a las mientes al leer (y traducir) al reciente premio nobel.
También dijo que “explora lo que se tiene que olvidar para sobrevivir como un individuo y como una sociedad”. ¿Su opinión?
Confieso que esta es una aseveración para mí un tanto oscura. ¿Hay que olvidar para sobrevivir? En un sentido sí, para no arrastrar el peso del sufrimiento o de la culpa; pero en otro no, porque quien olvida su pasado está condenado a repetirlo.
Estoy leyendo su traducción de “Nunca me abandones” y, de alguna manera, siento a Ishiguro como un Carver –cuentista norteamericano del que usted es traductor– haciendo novela. ¿Qué opina?
No sé qué decir al respecto. He de confesar que me ha sorprendido esa impresión suya. No había pensado en ello, pero ahora que lo hago tengo que decirle que no, que al leer al gran Ishiguro escribiendo Nunca me abandones no veo al gran Carver escribiendo una novela. Creo que son autores muy distintos. En Ishiguro veo una mirada muy limpia, no contaminada y alejada del pesimismo ontológico –aunque empático y tierno– de Raymond Carver. Los dos son autores que me gustan mucho. Pero creo que los separa un gran abismo en multitud de sentidos. (Seguiré pensando en ello, no obstante).
¿Conoce en persona a Ishiguro o tuvo contacto con él?
No. No lo he conocido en persona. Ni por teléfono ni por correo. Me habría gustado, por supuesto, pero nunca he tenido ocasión de ir a Barcelona en ninguna de sus estancias en España.
Desde la neutralidad hasta la coautoría del traductor, ¿hasta dónde llegó su libertad interpretativa con este autor?
Recuerdo que al traducir a Ishiguro sentía siempre una gran sintonía con los postulados vitales que intuía subyacían en sus historias –y en su forma de contarlas–. El hecho de que una de sus obras me pareciera fallida (Los inconsolables) no me impide respetarla como merece (en su calidad experimental, de tentativa), y si al cabo me pareció aburrida no diré que –pese a ello– no la considerara interesante. Respecto del sentimiento de una posible voluntad mía de coautoría, diría que no más que en otros autores y obras. Mi implicación en el trabajo procura siempre limitarse a llevarlo a cabo con la mayor honradez y fidelidad al autor y su texto. Tal vez sea un poco a posteriori cuando me apreste a juzgar, y la obra me subyugue, o me deje indiferente, o no me guste. [Puede sonar extraño, pero mientras trabajo me desprendo en la medida de lo posible (a veces me cuesta mucho, lo reconozco) de todo prejuicio o predisposición que pueda detectar en mí, porque creo sinceramente que tal talante anímico beneficia el resultado].
Usando sus palabras, ¿qué “variaciones, permutaciones y combinaciones, significados, figuras, sobreentendidos, sentidos del humor, juegos de palabras, sugerencias, resonancias, matices”, le costaron más con Ishiguro?
Recuerdo esas palabras. Respondía con ellas a una pregunta del entrevistador de “Ni a palos”. Aludía a los innúmeros vericuetos estilísticos de los textos y a las correspondencias a las que éstos habrán de dar lugar al verterlos a otra lengua (la mía, en este caso). Entonces resulta crucial la elección cuidadosa de los términos, ya que la hermenéutica de un texto narrativo siempre puede ser cuantiosa y laberíntica. En Ishiguro tales posibilidades no son, felizmente, muy numerosas, dada la diafanidad formal de sus historias. El “significado” queda menos soterrado que en otros autores, si bien tal significado es muy profundo, muy humano, muy “filosófico”, como creo que ya he dicho.
¿Va a seguir traduciéndolo?
Espero que sí. Espero que Anagrama me encargue la traducción de su siguiente novela. No sé cuándo podrá ser esto, porque Ishiguro es muy poco prolífico y suele tomarse su tiempo.
Usted no sólo traduce a Ishiguro, sino a Ian McEwan, que para muchos británicos debió ganar el Nobel. ¿Lo sorprendió que se lo hubieran otorgado primero a Ishiguro? ¿Qué diferencias ve entre los dos escritores?
De McEwan sólo he traducido Amsterdam (premio Booker 1998). A menudo se me confunde con mi hermano Jaime Zulaika, excelente traductor que ha traducido a casi todo McEwan (amén de a Julian Barnes, Barbara Pym, Sarah Waters, Alan Bennett...). Amsterdam es una novela digna y de destacable mérito, pero no es de las mejores de su autor (en mi opinión, no deja de ser una suerte de divertimento con ínfulas solemnes, una obra menor). Las demás novelas de este autor sí lo sitúan en un lugar de preeminencia.
Otra comparación de la que me interesa su punto de vista es la de Ishiguro, un japonés de nacimiento criado en Inglaterra, versus Yukio Mishima, japonés de nacimiento, vida y muerte, también traducido por usted. Más sabiendo que el primero se interesó por el segundo a través de un diálogo con otro nobel como Kenzaburo Oé.
Mishima-Ishiguro... El paralelismo existe, sin duda. Pero en una formulación de primero establecerlo para después negarlo. Mishima es lo oscuro, lo acerbo, la violencia, el determinismo, el desquite. Lo existencial a título estricta y exclusivamente personal, íntimo, aunque revestido de una preocupación histórica y de la especie. Mishima es narcisismo con un alto grado de resentimiento y fanatismo. E Ishiguro es mesura, inteligencia y genuina zozobra ante el hombre y su destino. Mishima es un magnífico escritor, e Ishiguro no le va a la zaga. Ambos son japoneses, pero lo que en Mishima obra tal vez como fatalismo, en Ishiguro es más bien una filiación, un ADN que si bien no se improvisa e imprime un carácter indeleble, ha sabido salvar las barreras de ánimo e idioma y se ha hecho universal (sin perder por ello la mirada de Oriente).
También traduce a otros clásicos norteamericanos como Wolfe, Mailer, Faulkner y Dos Passos. ¿Qué le aportó el inglés norteamericano a su visión como traductor del mundo anglosajón?
El inglés norteamericano es sobremanera rico en argot y jergas y muy “agradecido” para el traductor al español. Yo he aprendido mucho con la narrativa de ese país, sin por ello dejar de apreciar enormemente el inglés del Reino Unido, Irlanda y demás países de habla inglesa.
¿Qué escritores colombianos ha leído y qué impresión le dejaron?
Debo confesar con cierta vergüenza que, aparte de la obra de Gabriel García Márquez en su totalidad, no he leído más que –y sólo en parte– a Álvaro Mutis y a Fernando Vallejo. Sálveme decir con toda verdad que los tres me han gustado mucho.
¿Cuál fue su experiencia con “Principiantes”, de Carver, con respecto a la primera vez que lo tradujo?
Carver ha sido –y supongo que aún sigue siéndolo– una gran experiencia en mi vida. Un autor “distinto”, en todas las acepciones imaginables del término. El estilo inconfundible de Carver después de pasar por la criba inmisericorde de Gordon Lish quedará para siempre en el canon como un logro irrepetible. Pero las historias son suyas, sólo de él, exclusivamente. Y ahí está el quid de la cuestión. La mirada de Carver no tiene parangón en la literatura occidental del siglo XX. Su escepticismo, su humanidad, su fuerza y su debilidad, su empatía, su penetración psicológica y la poesía de su prosa –no sólo la de sus poemas– lo hacen un autor único. El tándem Carver-Lish ha dado un estilo a mi juicio insuperable en la narración corta, pero la historia y el “punto de vista” son sólo de Carver. Y hemos de felicitarnos de que así sea. Carver es el cantor del hombre humilde, anónimo, de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, de las miserias y grandezas del norteamericano de clase baja, de la lucha, de la no rendición, de la sempiterna posibilidad de redención del ser humano. “Principiantes” es una obra de hondura y belleza deslumbrantes. Fue la versión original de “De qué hablamos cuando hablamos de amor”; fue así como la escribió Carver, y como se la entregó a Gordon Lish con el ruego casi mendicante de que la publicara. El editor Lish, en lugar de publicarla tal cual, metió “la mano-tijera” y entró a saco en ella. Con frialdad y pericia despiadadas. El resultado es formidable: la colección de relatos se convierte en una obra maestra, una obra de arte impar en la cuentística estadounidense. Tanto la versión original como la “cribada” han quedado como auténticas joyas literarias.



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