lunes, 5 de enero de 2026

FERNANDO CHULAK: "LE ESCAPO A LOS LÍMITES ENTRE EL BIEN Y EL MAL EN LA LITERATURA"

 


Fernando Chulak nació en Buenos Aires, Argentina, en 1980. Ha publicado relatos en las antologías: Germen (Alto pogo, 2015), 7 tragos (Textos intrusos, 2015), 8cho y och8 (Arset ediciones, 2014), Ante el fin del mundo (Universidad Nacional de Lanús, 2012), El puente secreto, (Universidad Nacional de Lanús, 2012), La ficción es puro cuento (elaleph, 2012), Nuevos narradores, Antología de jóvenes escritores (Clásica y moderna, 2010, 2008 y 2006), Exquisito cadáver: La muerte, de 2008, (Arset Ediciones, 2008). 

En 2015 publicó la novela Jauría.

Recibió la Primera Mención en el concurso del Fondo Nacional de las Artes (2014), fue finalista del Premio Itaú en 2011 y en 2012, y del Manuel Mujica Láinez 2012, entre otros.

Esta entrevista apareció en la revista "Colofón", realizada por Marvel Aguilera. Su novela negra Jauría, de mucho éxito trabaja lo marginal y la tercerización de la violencia en un pueblo llamado Villa Epecuén.  dibujo de María Lublin. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE.


 Los clubes siguen siendo el sostén de identificación de los barrios. Oxigenan el panorama visual, conectan, remedan el fervor de la disociación que produce lo virtual. Allí, en el Juventud de Belgrano, entre Virrey Avilés y Conde, funciona el encuentro pactado con Fernando Chulak. La entrada presume el convite, y los golpes de pelota de voley rebotando contra el piso plastificado hacen creer posible el ingreso. Pero el cierre del buffet nos hace, finalmente, trasladarnos a una cervecería cercana. Él se muestra abierto aunque aclara no estar acostumbrado a dar notas. Cada tanto, mira su celular, está atento al diálogo con su pareja que transita sus últimos meses de embarazo. Habla de los años que pasó trabajando su texto, de cómo los personajes fueron apareciendo, concatenándose, dándole forma final a una historia que, paradójicamente, parece un punto de partida de algo mayor.


Jauría (Aquilina – Negro Absoluto) es su primera novela. Un relato que amalgama muchas de las características del género negro en pos de una historia de misterio y sordidez que, por muchos momentos, incomoda. Sergio, su protagonista, es un tipo solitario, tosco y poco idealista de Villa Epecuén que hereda un criadero de dogos de un extraño y sombrío personaje, quien ha hecho las veces de padre y maestro de vida. Desde hace más de un año, a pedido de un mafioso local, Sergio guarda ahí, a modo de rehén, a un tal Fonseca. Un hombre serio, culto y sistematizado que mira la televisión, toma mate por las tardes y repite el mismo ritual de escritura día tras día: un enigmático episodio relacionado a la muerte de su padre. En ese mundo concentrado y a la vista previsible, donde los silencios se traducen a pesar de las palabras, Sergio irá desentrañando los secretos detrás del cautivo, los que le permitirán resignificar su propia condición, dejar atrás la permisividad y amainar las cadenas de su propia opresión. Las mismas que cuidan de los perros, que esperan; expectantes, hambrientos de voracidad y violencia, dispuestos a sembrar de instinto un pueblo falto de reacción, desolado, casi muerto.


Jauría parece una novela de espera, en ese sentido ¿puede pensarse a los personajes como sujetos que buscan desentrañar la esencia de su identidad?


En el caso de Sergio, tiene que continuar. Él no decide mucho. Es un personaje que claramente no sabe hacer otra cosa. Se cree bueno en lo que hace, pero es lo único que sabe hacer, no le da para algo más. Eso se ve en la forma de comunicarse con el otro personaje, es un tipo limitado. La novela va un poco por ahí: qué capacidad tiene cada uno de los personajes de elegir lo que le toca. Porque el otro personaje también, está encerrado en una escena que repite día y noche, todo el tiempo. Ahí aparece la pregunta de nuevo: ¿Cuánto de eso elige y cuánto está condenado a vivir una y otra vez? Creo que las identidades, en parte, les vienen casi predefinidas a ellos y luchan contra eso, o las aceptan.


Y eso funciona como una metáfora de la retención de los perros.


Exacto, sí. No quería que fuera una alegoría demasiado obvia, pero no por eso le escapé. Claramente Sergio actúa a través de los perros en todo sentido: toda su violencia, todo lo que él es capaz lo pone por medio de los perros, y eso es lo que lo frustra respecto del otro personaje. Él no puede hacerle sentir a Fonseca lo que le pasa con los perros. Ahí se ve a las claras su limitación, no sabe transmitirle la importancia que tienen los perros, como sujeto, para él.


¿Por qué la elección de Villa Epecuén como el escenario central del relato?


En realidad a Villa Epecuén la tomo desde bastante antes de Jauría. Es un lugar que conocí personalmente y me importó mucho. Está absolutamente bajo el agua, pero no llega a ser un pueblo fantasma. Primero porque hay una persona que vive ahí, un tal Pablo Novak. Y además porque tiene una laguna de fondo, donde habitan flamencos rosados. Con lo cual, es una ruina, como la de Pompeya en Italia, que es la muerte total, pero con la vida que traen los flamencos. Es curioso, pero cuando a los habitantes los evacuaron, ellos creyeron que iban en algún momento a volver. Eso motivó a que dejaran todos sus objetos cotidianos a la vista. Villa Epecuén es un lugar cargado de salitre, de total aridez, de invisibilidad, pero con la vida ahí, latente. La primera vez que lo visité, hace unos diez años, me fui con la sensación de que con un lugar así se puede narrar una historia, al estilo de crónica sobre lo que pasó o armar una suerte de distopía, pensando que si hubiera habido un dique de contención sería hoy distinto. Eso te permite tener una serie de historias que en algún punto son tuyas. Vos estás armando el lugar a tu gusto, no te tenés que ceñir a lo que realmente pasó. Luego, seguí escribiendo sobre el lugar, cuentos, y, es más, ahora trabajo otra novela ahí. La conozco tanto que sé perfectamente dónde está cada cosa. Sé que en la Avenida San Martin, cuando entrás, tenés una YPF y hay una rotonda, pero no sé ni me interesa si es así en la Villa Epecuén real. En la mía es así.


Existe un asomo de la distopía constante en la novela, y eso se puede ver en el tramo final donde Sergio recorre el pueblo viendo todas las persianas bajas y al chino del supermercado subido arriba del local con una escopeta en la mano.


Es una imagen del fin del mundo, al menos si el mundo fuera sólo Epecuén. En Jauría lo es.


Hay una escena muy inflexiva de Jauría cuando Palau, el dueño del criadero, le dice a Sergio que hay dos clases de personas: las que están dispuestas a matar y las que ponen un criadero. Bajo esa concepción, ¿Sergio proyecta en los perros lo que él no está dispuesto a enfrentar?


Es uno de los gérmenes de la novela. El cuento original parte de un personaje cuya frustración tenía que ver con que los perros estaban puestos como un elemento funcional a lo que quería el criador y el apostador. A través del perro los personajes se animan a hacer lo que no pueden desde sí mismos: matan mediante los perros. Es una violencia tercerizada.  Y es uno de los elementos que más me interesaba. El que no se anima ni quiere mancharse con sangre, lo hace a través del perro.


Esta idea de que la violencia humana se media a través de los perros, hace pensar que la barbarie nunca se civilizó, sólo se revistió de otra cosa.


Sí, ahí está la tercerización de la violencia. Y no es excluyente de la violencia, todo esta tercerizado: la producción de alimentos, de bienes de consumo, lo que fuera. Todo, y uno no quiere saber la historia que hay detrás, tan solo recibir aquello por lo que uno disfruta, sea la violencia – que es también un divertimento – o el bien de consumo. Siempre hay una vía por la que te llega y uno terceriza a través de eso. En este caso con la violencia.


Es interesante cuando Sergio le comenta a Fonseca que los perros que están hambrientos o tiene poca actividad empiezan a morderse entre ellos, funciona como una gran analogía del enfrentamiento social entre una misma clase a expensas de un poder externo.


En algún punto lo que no sacás para afuera, te mata por dentro. Y aparece otra vez uno de los temas de la novela, el encierro. Y hablo de encierro en todo sentido: de los perros, de Fonseca, de Sergio; está todo contenido todo el tiempo.


También Epecuén parece, al fin de cuentas, una gran jaula.


Totalmente, al menos en esta novela. No es que necesariamente el lugar sea así, es un lugar conectado con otros pueblos. No está en el medio de la nada. Pero en Jauría está puesto al servicio de esa idea.


¿Cuál es el punto de partida que te permitió ir construyendo la idea de Jauría?


De cómo surge la idea al resultado final hay una deformación por completo. La idea inicial sale de un artículo que leo en un diario español. Cuando jamás en mi vida leí diarios españoles, y menos impresos, ni siquiera online. Ahí me encuentro con una carta de lectores, y un tipo que defendía la tauromaquia y daba argumentos a su favor. Obviamente, a mí me parece una animalada, un espanto. Pero quería saber qué argumentos él daba a favor, más allá de la idea trillada de “lo cultural”, que no termina explicando nada. En cambio, que él buscara salir a argumentar con algo sólido me resultó interesante. Los argumentos no eran la gran cosa, hablaba entre otras cuestiones de las contradicciones de los que critican, como, por ejemplo, los que lo señalan y son carnívoros. Argumentos endebles. Pero a partir de allí me resultó interesante la idea de narrar desde un personaje al que le pareciera correcto o, mejor dicho, que naturalizara por completo usar a un perro para matar o morir. En cambio, con el otro personaje, Fonseca, en un principio lo tenía en la cabeza. Que fuera alguien que escribiera todos los días el mismo texto: letra por letra y palabra por palabra, idéntico. Y tenía que encontrar un motivo lo suficientemente fuerte que justificara eso.


¿Por qué poner en foco esa idea de escribir todos los días lo mismo?


En algún punto es lo que nos pasa a todos los que escribimos. Vas dibujando la historia, la modificás, pero en cierta forma es siempre la misma. Al menos a mí me pasa, para no generalizar. De ahi la repetición. Este mecanismo de leer lo que escribiste el día anterior, al próximo volver a leerlo y que te parezca una porquería. Reescribirlo. Esa repetición constante la llevé al absurdo en el personaje. Pero, a su vez, la diferencia es que no sabes cuánto de esta historia el tipo la está pensando, ¿uno es capaz de pensar tantas veces lo mismo? Que el mismo proceso mental te lleve a las mismas palabras, a la misma coma. Ahí está el absurdo. Cualquiera que escriba literatura, poesía, periodismo, sabe que es imposible.


Da la impresión de que entre Sergio y Fonseca los roles de amo y esclavo terminan desdibujándose, ¿qué buscabas mostrar de eso?


No pretendo meterme en la dialéctica del amo y el esclavo porque me excede. Pero está claro que hay una complementariedad, que uno no existe sin el otro. Por otra parte, además de las relaciones de poder entre estos personajes, hay un punto al que se llega después de cuatrocientos trece días que es el de la convivencia. Cada uno se trata de cuidar mediante el otro, hasta hay cierto respeto. Por más que Sergio actúe a partir de las órdenes que le da Nelson – donde ahí si hay una relación de poder – ya que Sergio solamente acata, entre Fonseca y Sergio no. Conviven y se respetan. Es que en algún punto lo que busca Sergio es la comodidad. Solo quiere su pago periódico. Y la forma más fácil de conseguirlo es no cuestionar.


Los dos protagonistas parecen estar en una pelea contra el tiempo.


Una vez que Sergio sabe la verdad de Fonseca sí. Antes no. Quiere que todo se extienda lo necesario. No le preocupa nada por fuera del circuito que armó. No tiene necesidad de amigos, tampoco de mujeres. Ni lo afectivo ni lo sexual. El querer ganar tiempo tiene que ver con que Sergio no sabe qué hacer, no es capaz de manejarse solo, repite ritos, como el de bautizar a los perros. No tiene una finalidad al hacer las cosas. Todo está en el poco guion que él tiene en la cabeza.


¿Qué tiene Jauría de novela negra y en qué se diferencia del género?


Claramente no es una novela de género. Es cierto que tiene elementos de la novela negra: gira en torno a lo criminal y también a lo marginal, que es la palabra que mejor le cabe. Pero no hay un misterio o un crimen que averiguar, en todo caso el misterio está atrás, en la historia de cada uno. En ese sentido, no sigue los lineamientos clásicos de un policial. Pero, a su vez, el crimen está todo el tiempo presente. No están marcados los límites entre el bien y el mal. Es algo que a mí me molesta de cierta literatura, esa división entre el bien y el mal. Le escapo a eso. Por eso elijo este tipo de personajes que están tan al borde.


Si uno se pone a pensar, todos los personajes están implicados en un negocio turbio.


Los cuatro personajes lo están, pero ninguno lo asume como tal. Esa es la diferencia. Ninguno lo pone como algo poco ético. Es parte de lo que les tocó o lo que eligieron, es decir, lo que hay que hacer. Ahí es donde hay un acercamiento al género. Por otra parte, creo que toda la colección de Negro Absoluto juega con esto. Hay novelas mucho más cercanas al género clásico y otras no necesariamente. La novela es un negro deformado.


Te escuché en una nota radial hablar del laburo que hiciste sobre la novela en un taller autogestivo, ¿cómo fue esa experiencia?


Al principio hacíamos un taller con Juan Martini. Él después por motivos de salud dejó de darlo. Y quedamos solos con el grupo. Un grupo que era muy unido, de amigos, con ciertos códigos de lectura asumidos. Sabíamos cuáles eran las intenciones de cada uno al escribir, con lo cual uno aprende a criticar, para orientarlo, en función de lo que el otro busca. Nos pareció que era una cagada perder esa dinámica. Ahí es donde nos planteamos seguir nosotros. En un primer momento las reglas se fueron repitiendo tal cual venían trabajándose en el taller anterior. Después se fue deformando y aparecieron reglas propias. Y así funcionó cerca de dos años. Por eso le digo autogestivo. Todas las características de un taller convencional pero sin un tallerista que oficia de maestro.


¿Y qué diferencias encontrás entre un taller dictado por un maestro y el autogestivo?


Todo depende de quién es el maestro. En este caso Juan me enseñó muchísimo. Me enseñó a leer por sobre todo. Tengo un gran respeto por él. Estuve en su taller cerca de tres años. Pero a veces tenés que pasar a nuevas etapas con los talleres, porque ya sabes más o menos por dónde puede venir el comentario. La diferencia entre una cosa y otra viene más que nada por el otro lado, que todos pasamos a ser talleristas y dejamos de ser solo alumnos.


Te escuché decir que tenés que estar muy convencido de ser escritor para dedicarle tanto tiempo al oficio, entre tantas obligaciones que rodean habitualmente a las personas. ¿A qué te referías?


No sé si de ser escritor, más que nada de escribir. Cuando te sentás a escribir no te pones a pensar en querer ser escritor, escribís. Más cuando empezás. Tal vez al principio lo pensás pero porque no tenés la más remota idea de lo que significa serlo. Seguís una idea romántica del escritor. Después te das cuenta de las dificultades, y que te cagas de hambre para vivir de la escritura. Cuando era chico, cerca de los quince años, admiraba a Stephen King. Pensaba en qué groso sería ser como él. Ni siquiera sé si lo leía. Pero te hacías toda una película respecto de ese estereotipo. Lo que tenés que estar convencido es de escribir. Si vas a la facultad, laburás, tenés una familia, todo te ocupa tiempo. Entonces, para dedicarle tus horas a una práctica de la que ni siquiera sabes si va a terminar siendo tu oficio o profesión, tenés que estar convencido.


¿Cuando terminaste de escribir Jauría tenías la sensación de que iba a transformarse en tu primer libro publicado?


No lo tenía claro. Para el que nunca publicó, la entrada al primer libro es un quilombo. Hay gente que se maneja mejor que yo, que sabe hacer sociales. Yo no lo sé. Tampoco soy muy sociable. Me cuestan las lecturas y los encuentros. Voy cuando me invitan o cuando está algún amigo, el resto del tiempo soy un ermitaño. Entonces no sabés, te preguntás adónde podés mandar la novela si no es un concurso. Y en el concurso se presentan seis mil y gana una, que si es la mejor o no ya es otra discusión. Pero no podés quedar a merced de eso. Ese cascarón lo tenés que romper de alguna manera. Yo sabía que quería publicar, y lo hice a una edad relativamente grande, a mis treinta y ocho, siendo que escribo desde los quince años. Tardé si uno lo compara, aunque no hubiera necesidad de hacerlo. Pero si bien siempre estuvo el deseo, recién ahora sentí que estaba para publicar. Mi primera reacción fue la de mandar mails a lo bobo. Fue una estupidez. Sabés que no te van a responder. Un amigo de una editorial independiente me dijo una vez que en el staff son dos o tres a lo sumo, y que les llegan cerca de cien novelas. Es lógico que pase. No da el tiempo. Después fui pensando un poco más en frío, sobre el lugar donde veía mejor a la novela.  Y de una forma u otra terminé encontrando a Aquilina, en Negro Absoluto. Sentí que era la editorial que iba con el perfil de Jauría, que era justo para ella.



 



 


miércoles, 24 de diciembre de 2025

QUERIDAS LECTORAS QUERIDOS LECTORESW (ANAGRAMA 19 DE DICIEMBRE 2025)

 


El año llega a su fin y, para despedirnos, hemos querido recuperar un texto sobre la importancia del lenguaje y la comunicación, los temas en torno a los cuales gira Las gratitudes, de Delphine de Vigan, una novela que ha regresado con fuerza gracias al boca a oreja y al entusiasmo de los lectores más jóvenes.

Quizá algunos de vosotros –los que nos seguís en esta newsletter desde hace más de dos años– ya lo habéis leído, pero como nuestra comunidad ha crecido tanto en este tiempo, nos ha apetecido recuperar este texto y darle una segunda vida, añadiendo también algunas píldoras de actualidad.

Y qué mejor ocasión que un cierre de año para agradeceros que nos leáis, semana a semana. ¡Gracias!

En la entrevista que Laura Fernández hizo a Karl Ove Knausgård, el autor noruego afirmaba: «Cuando observamos algo, confirmamos un modelo del mundo que hemos prefijado y ajustamos [la novedad observada] a él. El mundo es algo que se aprende». Necesitamos nombrar las cosas para entenderlas. De ahí que más tarde asegure que los libros que más le influenciaron en su adolescencia fueron aquellos en los que está presente la idea de la palabra como creadora de realidades.



Yoko Tawada, autora japonesa afincada en Alemania desde 1982, juega con esta idea, entre muchas otras, en El emisario, novela merecedora del National Book Award 2018. En ella, la autora plantea un futuro apocalíptico en el que ha sucedido una catástrofe medioambiental y el país ha quedado aislado del resto del mundo. Además del aislamiento físico que sufren los personajes, hay otro tipo de constricción que esconde todavía muchas más sombras: el tiempo de vida de las palabras se ha ido acortando inexorablemente, haciendo que el lenguaje quede reducido (por un lado por razones políticas –las palabras extranjeras han sido prohibidas– y, por otro, por la adaptación de ellas al nuevo medio –algunos vocablos quedan obsoletos, sin que haya otros que los sustituyan–).

¿Qué pasa con los significantes cuando las palabras desaparecen? Así lo plantea Tawada: «¿Podía seguir existiendo una pieza de ropa a pesar de que la palabra que la designaba hubiera desaparecido? ¿Se transformaba esta junto con su nombre? ¿O bien caía en el olvido?».

La pérdida de las palabras y la reducción del lenguaje constituían también el tema central de Las gratitudes, de Delphine de Vigan. En esta bella novela, la autora francesa relataba la historia de Michka, una anciana que se va apagando a medida que avanza su afasia, un trastorno del lenguaje que se origina por un daño cerebral en las áreas responsables de la producción del habla.

¿Qué pasa, entonces, cuando empezamos a perder las palabras?




A través de la experimentación lingüística (De Vigan tuvo que inventar el habla de Michka, componiendo destellos poéticos a partir de los lapsus linguae de su protagonista y dando al error un significado más fuerte que la palabra misma, como explica en esta entrevista), la autora quiere hacernos valorar la importancia de cada término, para así revelar hasta qué punto usamos el lenguaje de una forma automática. Como dice uno de los personajes del libro, «Hay que luchar. Palabra a palabra. Sin concesiones. No hay que ceder. Ni una sílaba, ni una consonante. Sin el lenguaje, ¿qué nos queda?»

Por su parte, en Austral, de Carlos Fonseca, el olvido, la memoria y el duelo se conjugan en un puzle literario que pretende poner en cuestión el concepto de «historia», quién la cuenta y cómo podrían relatarla aquellos que perdieron la voz. En ella encontramos a varios personajes que metabolizan la pérdida del lenguaje: Aliza Abravanel, por ejemplo, una escritora que, como Michka de Las gratitudes, padece de afasia; o Juvenal Suárez, el último hablante de la lengua indígena de la tribu de los Nataibo. Dos personajes obligados a vivir un idioma privado.



Carlos Fonseca explicaba en esta entrevista que le hicimos en su visita a Barcelona en 2022: «La literatura siempre ocurre donde el lenguaje se encuentra con sus límites. Eso es precisamente lo que encontramos en el caso de estos dos personajes, que se ponen en el límite donde el lenguaje arriesga a desaparecer y muestra la posibilidad de construir la literatura y construir comunidades desde allí».

Estas tres novelas, desde lugares muy diversos, convergen en la relevancia de las palabras, la importancia de la comunicación y del intercambio cultural. Al fin y al cabo, como aseguraba Hernán Díaz, autor de Fortuna, en la entrevista que hizo Elena Hevia, «No hay un afuera del lenguaje. No existe esa posibilidad para los humanos».

PILDORAS
Para estar al día

Exofonía: escribir en otros idiomas
La exofonía es la práctica de escribir en un idioma que no es la lengua materna. En algunos casos se puede hacer con un idioma adquirido desde la infancia, como le pasó a Vladimir Nabokov, que abandonó el ruso cuando emigró a Estados Unidos y se dedicó a escribir en el inglés que había aprendido de pequeño. En otros casos, se trata de usar lenguas adoptadas en la edad adulta: Agota Kristof, por ejemplo, cambió su húngaro natal por el francés cuando emigró a Suiza a los veintiún años.

En cambio, Yoko Tawada usa la exofonía de una manera muy particular: escribe tanto en japonés como en alemán para «desmantelar el concepto nacionalista de un idioma japonés “hermoso”», desligando de esta manera la lengua de una identidad nacional.

Si queréis profundizar en otros casos particulares de exofonía, no dejéis de leer este artículo que publicó Matías Bauso en Jot Down.

                 Yoko Tawada © Elena Giannoulis.


Érik Bullot: cine y lenguaje
Érik Bullot es un cineasta y teórico francés que ha realizado, a través de sus piezas fílmicas, múltiples investigaciones sobre el lenguaje. Como se explica en una publicación que le dedicó la revista Shangrila, «Érik Bullot hace filmes mudos sonoros, en los que somos sordos y vemos el sonido y se desata la lluvia de la glosolalia, sin otro exorcismo que la fascinación por la palabra como si fuera una nube o un rabo o una piedra, por la imagen como si fuera un trazo, una caligrafía universal que refunda la Torre de Babel». En el documental La revolución del lenguaje, por ejemplo, abordaba las consecuencias que había tenido sobre la población turca la imposición de un alfabeto latino en 1928, preguntándose sobre el lugar de la palabra en los procesos de memoria colectiva.



                                    Tráiler de Langue des oiseaux, de Érik Bullot (2022).


El vonlenska de Sigur Rós

El vonlenska o, en su traducción al inglés, hopelandic (de hope, «esperanza», y Icelandic, «islandés») es un idioma inventado por los componentes del grupo islandés de rock experimental Sigur Rós. Se trata de una jerigonza, una variante lúdica del habla en que se intercalan sílabas en medio de una palabra: «Una forma de voz incoherente que se adapta a la música y actúa como un instrumento más», como declaran. No se puede considerar una lengua, pues carece de estructura gramatical, palabras o significantes: se asemejaría a lo que en el jazz se llamó scat, la improvisación vocal de sílabas y palabras sin sentido.


Os dejamos con el vídeo de su interpretación en la BBC en 2007 de «Untitled #3 – Samskeyiti», uno de los temas que forman el álbum (), cantado íntegramente en vonlenska.



Fuera
De pagina

Espíritu de divulgación, por Kiko Amat

«En el mundo en el que vivimos, en el plano real, la gente dice una cosa y piensa otra, y a menudo es completamente imposible discernir la veracidad de sus palabras.» 

Ya podéis leer el primer artículo de la nueva columna de Kiko Amat en Fuera de página: una pieza sobre qué implica vivir con una incapacidad casi neurológica para ocultar la verdad. Esperamos que lo disfrutéis tanto como nosotros.



Espíritu de divulgación - Editorial Anagrama




Un avance de 2026

Antes  de despedirnos hasta el año que viene, os invitamos a asomaros a las novedades que a    abrirán los dos primeros meses de 2026. Entre ellas encontraréis las novelas de Julian Julian Barnes, Emmanuel Carrère, Claudia Durastanti, Esther García Llovet, Pol W Guasch, Alan Hollinghurst, Claudio Magris, Patricio Pron y Yoko Tawada; así como los cuentos de Soledad Puértolas; la obra reunida de Jane Bowles; los ensayos de Roger Bartra, Michel Faber, Hélène Giannecchini, Nick Hornby, Claire Marin, Óscar Martínez, César Rendueles, Joan Subirats y Brigitte Vasallo; la crónica de Leila Guerriero; y los libros de poesía de Jorie Graham y Raúl Quinto. 

Os deseamos buenas fiestas y un inicio de año lleno de grandes lecturas. ¡Nos vemos en 2026!


Espíritu de divulgación, por Kiko Amat«En el mundo en el que vivimos, en el plano real, la gente dice una cosa y piensa otra, y a menudo es completamente imposible discernir la veracidad de sus palabras.» 
Ya podéis leer el primer artículo de la nueva columna de Kiko Amat en Fuera de página: una pieza sobre qué implica vivir con una incapacidad casi neurológica para ocultar la verdad. Esperamos que lo disfrutéis tanto como nosotros.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

POR LOS CAMINOS DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD DE SATOKO TAMURA

 


Satoko Tamura nació en 1947, murió  el 19 de enero de 2020. Algunos de los libros que publicó son: Mapa profundo (1973), Otoño de Iberia (1978), Al sur (1985), Sobre los sonetos de Gabriela Mistral (1994). Traductora de García Márquez y Cortázar al japonés, ha compilado y traducido también una antología de literatura japonesa contemporánea, publicada ya al español.

Leí el texto "Por los caminos de cien años de soledad" que indaga todos los anclajes creativos de la obra de Gabriel García Márquez, no solo biográficos, sino atendiendo a los sitios que lo formaron, entrevistas a los parientes más cercanos, sus anclajes e influencias literarias, las del grupo de la cueva en Barranquilla, las que recibió en Bogotá,  no solo como periodista, sino como escritor en ciernes, profesión y oficio que asumió desde muy joven de manera irrenunciable.

Está claro, Tamura era una reconocida personalidad en el mundo académico de la lengua y literatura hispanas tanto dentro como fuera de Japón, gracias a su dilatada labor divulgadora y a sus trabajos como traductora, ensayista y poeta. Su tesis doctoral fue sobre Gabriela Mistral, tradujo a Borges y fue miembro de la Academia Chilena de la Lengua.

Nacida en Wakayama (centro de Japón) en 1947, Tamura estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad Nacional Autónoma de México y Teoría de Expresión Poética en la Universidad Complutense de Madrid.

En su currículum también figuran reconocimientos obtenidos en Japón como el Premio de Poesía Contemporánea, el Premio de Tierra (Poesía Lírica), el Premio de Traducción, el Premio de Cultura y el Premio Latinoamericano.

Su labor también ha sido reconocida fuera de Japón con galardones como el Premio del Centenario "Azul- Rubén Darío" (Chile), el Premio Pablo Neruda con el motivo del Centenario de Natalicio por el Presidencial de Chile (Chile) y el Gran Premio Internacional de Poesía (Rumanía).

El acercamiento a "Cien años de soledad" es un excelente ensayo que recurre a su relación de cuarenta años como traductora, a un trabajo de investigación riguroso y serio, donde no solo se acercó al mundo de Gabriel García Márquez, sino a su geografía, influencias literarias, trayectoria y los principales referencias no solo de la novela sino de toda la obra. 

El capitulo sobre el rio magdalena y la Mojana es una muestra de lo minucioso de su investigación, igual ocurre con la entrañable Barranquilla tan importante para descifrar una obra cargada de claves biográficas y literarias.

Está obra se encuentra en la biblioteca EPM de Medellín y la Luis Ángel Arango de Bogotá. Esta autora murió hace un años y estuvo en el festival de poesía de Medellín. Les dejo uno de sus poemas:


Borges con maquillaje


Sin duda es él.
Lo encontré donde esperaba:
en un bar del arrabal,
bajo los bulbos azulejos del gas 
pelando una naranja 
la fruta pelada es una esfera de cristal y
en sus manos huele a rosa misma.

Contra la pared rosada del local
donde está encajado, los espejos por doquier,
su gigantesca cabeza se apoya:
los pelos cepillados, molidos por el tiempo
y los ojos estropeados.
Se ponen dos espejos de uno y otro
de un ojo abierto justo desde que nace 
un cosmos de nuevas miradas como los tactos 
del universo de los ojos multiplicados
que reflejan la cara del viejo.

Una bella mujer maquilla a aquel 
que cierra los párpados en éxtasis.
La virtuosa esposa con blusa negra de seda
o alguna tanguista en el lupanar.
Ella extrae las espinas mortales de su cara,
le pone los polvos de transparencia en la cara total
y resalta la vida en las mejillas
y los párpados en cada pincelada.

Él tantea el suelo con tres patas, plácidamente
éste bulle como un bandoneón 
ejecutado por un borracho.
Entonces se pone un lente y ve la esfera
llena de fulgor amarillento.
Él se fija en ella y lee su suerte
escondida en los dibujos rayados del tigre
como un adivino Maya.

En la pampa se abre el horizonte
con el extraviado sonido del organito roto
que trajeron los marineros.
Allí llega el pueblo con la esperanza
y muere crucificado en la nostalgia de la patria.
El pueblo abandonado doblemente por la patria y la tierra nueva 
sin tejer ni un pedazo del sueño,
vaga por el laberinto del gran tiempo 
y se encuentra con su rostro verdadero y eterno
un momento antes de su muerte.

El poeta ha descubierto la suerte;
su rostro era el rostro mismo de la madre.

"¡Mamá, mamá, en su origen 
mi verdadera existencia es sólo la mitad de mi mismo
el resto es tuyo!
Tú vives en mí mientras que yo me maquillo." *

El poeta pide al camarero una bolsa de cocina
para guardar la naranja con cáscara.
Nunca entiende la gente del suburbio
por qué guarda él tan cuidadosamente esa fruta vulgar.


* La idea de esta parte tomada de la película Psycho de Alfred Hitchcock 

 


viernes, 12 de diciembre de 2025

QUERIDAS LECTORAS QUERIDOS LECTORES (ANAGRAMA 5 DE DICIREMBRE 2025)

 

Iglú fotografiado por Cas Oorthuys en 1962 © Aldo + Hannie van Eyck Foundation.

El 19 de julio de 1953, el arquitecto Aldo van Eyck, conocido por crear los parques infantiles más populares del mundo, escuchó por primera vez la palabra «umbral» en el IX Congreso Internacional de Arquitectura Moderna, en Aix-en-Provence. «El flechazo llegó al ver unas fotografías de críos jugando frente a sus casas en un barrio al este de Londres tomadas por los arquitectos Alison y Peter Smithson, expuestas en la charla del matrimonio a propósito de un proyecto de rehabilitación de un barrio con casas jardín», así lo describe Noelia Ramírez en Nadie me esperaba aquí y añade que lo más fascinante para Van Eyck fue ver cómo los espacios deshacían la polaridad entre lo individual y lo colectivo. Esa idea se encontró con las propuestas del nuevo brutalismo, el movimiento que estaban fundando Alison y Peter Smithson, influidos a su vez por Le Corbusier y Mies van der Rohe. Para los Smithson, la arquitectura era «el resultado directo de un modo de vida, una afinidad entre la construcción y el ser humano».



            Alison y Peter Smithson © Sam Lambert / RIBA.

Aunque Van Eyck ya había diseñado treinta espacios urbanos de juego infantil, la idea del umbral le ofrecía la posibilidad de incorporar en su arquitectura una nueva conciencia, idea que materializó en el orfanato municipal de Ámsterdam, donde creó una ciudad ideal en un microcosmos para ciento cincuenta niños. El edificio parece una ciudadela o un laberinto, compuesto por muchos espacios interiores y exteriores interconectados en un orden complejo que acaba por fundirlos unos en otros, de forma casi imperceptible. Van Eyck desarmó la frontera entre el edificio y la ciudad, convencido de que lo privado y lo colectivo están estrechamente vinculados. En otras palabras: creó la arquitectura del umbral o, como afirma Ramírez, «se atrevió a definir una nueva conciencia de lo que queda en medio».

                                El orfanato diseñado por Van Eyck © Doctor Casino.

La periodista Noelia Ramírez convierte el descubrimiento de Van Eyck en una suerte de poética y se sirve de la metáfora del umbral para escribir su ensayo Nadie me esperaba aquí, en el que reflexiona sobre la reconciliación con nuestros orígenes y el privilegio. Proveniente de una familia andaluza que se instaló en Cataluña en busca de mejores oportunidades, pone de manifiesto cómo ha tenido que disfrazar sus raíces y su propia identidad para ganar capital social y cómo es esta la única manera en la que las voces de la periferia logran acceder al centro del discurso cultural. En ese orfanato que funciona como un umbral, ve la posibilidad de dar un significado a un espacio sin definir.


¿Cómo habitar la categoría sin categoría, ese espacio que no es ningún espacio? El de ser «casi catalana», «casi charnega», «casi pija», «casi choni», «casi víctima», «casi vengadora», «casi madre», «casi escritora»; ese «casi» en el que la categoría nunca es completa y reconocible para los demás. Nadie me esperaba aquí crea, con palabras, ese nuevo espacio que Van Eyck concibió a través de la arquitectura: ¿funciona el texto como refugio para las personas que no lo tienen en su familia, identidad, trabajo o clase?.

                              Instalación Casi, de Ignasi Aballí, 2024 © CAAC.

Ramírez, que proviene de la Barcelona de extrarradio, que viene «de pobre» y ha conseguido «infiltrarse» en espacios en los que nadie lo esperaba, mira a Van Eyck como una posibilidad, una esperanza y una promesa. ¿Se puede crear una simbiosis armónica entre la idea del afuera y del adentro?.

PILDORAS

PARA ESTYAR AL DÍA

El amor de una madre

Ramírez está convencida de que fue la madre de Van Eyck, Nelly Estelle Benjamins, quien le transmitió esa emoción por el umbral: una mujer de origen judío y latino que se había criado en Surinam y que apuntó a su hijo a una escuela antiautoritaria. El amor de la madre es fundamental, porque es un amor que enseña. En Nadie me esperaba aquí, la enfermedad y la pérdida de su madre son una prueba más de que las despedidas, también hoy en día, se alcanzan mediante el estatus y el dinero. Sin ellos, «no hay madre mágica posible», sino un largo pasillo hacia la muerte que demuestra que «despedirse, en la sociedad capitalista, también es una cuestión de clase y entorno».

         Julianne Moore y Tilda Swinton en La habitación de al lado, dirigida por Pedro Almodóvar, que            gira en torno al tema de la eutanasia (2024).


La obra de una madre
En la exposición Tarros de Chutney, Bobby Baker creó una performance donde mostraba tarros de conserva elaborados por ella, en los que se combinaban «la gratificación de la productividad, el valor de preservar algo, la funcionalidad a la hora de favorecer la economía doméstica […] y el placer estético de contemplar la instalación que los tarros formaban una vez colocados en la estantería», como narra María Arranz en El delantal y la maza. Ramírez terminó de escribir su libro al lado de una instalación igual que esa, pero firmada por otra autora: su madre, entonces ya ausente. Uno de esos tarros lleva el nombre de Noelia, en una conserva que su madre hizo para ella. «Ahí está, en mi despensa, dedicada, una de sus últimas grandes obras.»

FUERA
DE PAGINA

Diez autores responden: ¿qué tienes en la mesa donde escribes?
Juan Tallón, Paulina Flores, Mario Obrero, Juan Villoro, Luis López Carrasco, Esther García Llovet, Camila Fabbri, Ariana Harwicz, Cynthia Rimsky y Andrés Barba se someten a un cuestionario de diez preguntas. Esta es la primera entrega.



Guadalupe Nettel y María Gainza, ganadoras del Premio Jan Michalski y Narrativas a Escena
Celebramos, con mucha ilusión, dos galardones para dos autoras de Anagrama.

La hija única, de Guadalupe Nettel, se ha hecho con el Premio Jan Michalski, concedido cada año por la homónima fundación suiza, un prestigioso reconocimiento literario de carácter multicultural.

La obra Un puñado de flechas, de María Gainza, ha sido elegida por el jurado del Premio Narrativas a Escena, formado por Marc Caellas, Verónica Nieto y Dunia Gras, para su adaptación al teatro en el marco de la quinta edición del Festival KM Amèrica que se celebrará en Barcelona en junio de 2026. 

¡Enhorabuena para ambas






domingo, 7 de diciembre de 2025

LITERATURA Y FIFLOSOFÍA

 Leyendo "Aventuras del lenguaje" de German Espinosa, recordé algunos trabajos académicos sobre el tema y decidí escrutar de nuevo sobre el mismo por ser el lenguaje la herramienta esencial para la literatura como para la filosofía. Empieza uno de estos trabajos con este análisis: "Vale tener en cuenta que el término literatura, en su significado habitual, es reciente, por lo que no cabría encontrar propiamente un uso del mismo en culturas antiguas como en la romana o la griega. Por ejemplo, en la Antigua Grecia tendríamos el término grammatiké, cuyo equivalente latino era litteratura; ambos designaban una amplia esfera de fenómenos del lenguaje y de la enseñanza de la lengua, y no tanto un corpus diferenciado de textos"1.-. 

Por este camino entre a escrutar la relación de la literatura y la filosofía. Está claro que  las relaciones  en estas materia son profundas y complejas, pues ambas disciplinas, aunque distintas en sus métodos y objetivos, comparten una preocupación fundamental por entender la condición humana, la existencia, el conocimiento y los valores. Desde la antigüedad, la literatura ha sido un medio para expresar ideas filosóficas, mientras que la filosofía ha encontrado en la narrativa, la poesía y otros géneros literarios una forma de explorar conceptos abstractos de manera más accesible y emotiva.

Históricamente, la frontera entre literatura y filosofía ha sido permeable. En la antigüedad, por ejemplo, los filósofos griegos como Platón y Aristóteles utilizaron la narrativa y el diálogo para comunicar sus ideas. Platón, en sus diálogos como "La República" o "El Banquete", combina elementos filosóficos con un estilo literario que busca no solo exponer teorías, sino también involucrar emocional y estéticamente al lector. Aristóteles, por su parte, en su "Poética", analiza la tragedia y la poesía, estableciendo las bases para comprender la función catártica del arte y su relación con la ética y la moral.

Recordé a Borges. Sus textos, muchos de ellos con un talante filosófico, profundamente paradojales, que juegan no solo con algunos conceptos recurrentes que siempre le han preocupado, son una excelente muestra de esta relación. 

Recordé que durante la Edad Media y el Renacimiento, la literatura se convirtió en un vehículo para explorar cuestiones filosóficas a través de relatos, poemas y obras dramáticas. La "Divina Comedia" de Dante Alighieri, por ejemplo, es una obra literaria que refleja profundas reflexiones filosóficas y teológicas sobre la vida, la muerte y la salvación, estructuradas en un viaje alegórico que combina narrativa, simbolismo y pensamiento filosófico.

Mauro Jiménez, en un trabajo para la universidad autónoma de Madrid,  hablando de la relación entre la filosofía existencialista y la literatura, establecía que el estudio presenta "en principio  el problema de dilucidar qué tipo de vínculo hay entre ambas expresiones culturales. La médula de la cuestión puede cifrarse en la equidad de la relación, esto es, si la filosofía predomina sobre la literatura y utiliza esta como un mero medio, o si la literatura transforma lo filosófico en una expresión ficcional de carácter artístico sin alcances cognoscitivos. Sin embargo, muy probablemente la disyunción se resuelve al contemplar el origen mismo de la expresión: la propia filosofía existencial establece una especial relación con el arte desde sus presupuestos estéticos. El existencialismo filosófico no ejerce sobre el discurso literario una función tiránica de corte contenidista, sino que su propia especulación filosófica se caracteriza por elementos de índole literaria"2-. 

La literatura permite expresar ideas filosóficas de manera más subjetiva, simbólica y emocional que el discurso filosófico tradicional. A través de personajes, historias y metáforas, los autores pueden explorar dilemas éticos, existenciales y epistemológicos, invitando al lector a reflexionar de manera más personal y profunda.

Otra dimensión importante en la relación entre literatura y filosofía es el uso del lenguaje y la estética. Mientras la filosofía tradicional ha tendido a privilegiar el análisis lógico y conceptual, la literatura emplea el lenguaje en formas más creativas, ambiguas y evocadoras. Esto permite explorar no solo ideas, sino también sentimientos, intuiciones y experiencias subjetivas que la filosofía verbaliza con dificultad.

Otra cosa es ver esta relación desde la perspectiva estética. La poesía de Hölderlin o Rainer María Rilke refleja reflexiones filosóficas sobre el ser, la existencia y lo divino, usando imágenes y símbolos que trascienden la lógica racional, pero que comunican verdades profundas sobre la experiencia humana

En el "Fausto" de Goethe, se abordan temas como la búsqueda del conocimiento, el deseo de poder y la lucha interna entre el bien y el mal, en un marco narrativo que combina elementos filosófico-religiosos y culturales. La obra plantea preguntas sobre la condición humana y el sentido de la vida, utilizando la historia del protagonista como metáfora de la aspiración humana por trascender sus límites.

"La peste" de Camus no solo es una historia sobre una epidemia, sino también una metáfora del comportamiento humano frente a la absurdidad de la existencia y la fragilidad de la vida. La novela invita a reflexionar sobre la solidaridad, la responsabilidad y la resistencia ante la adversidad, temas profundamente filosóficos.

La obra de Samuel Beckett, especialmente en "Esperando a Godot", muestra una exploración del absurdo, la existencia sin sentido y la espera eterna, que refleja ideas filosóficas del existencialismo y el nihilismo. La obra, a través de su estilo minimalista y simbólico, invita a cuestionar el significado de la vida y la condición humana en un mundo sin certezas.

La narrativa moderna y postmoderna, con autores como Virginia Wolf, James Joyce, William Faulkner o John Dos Pasos experimentan con el lenguaje y su estructura la complejidad de la conciencia y la realidad, abordando temas filosóficos relacionados con la percepción, la identidad y la relatividad de la verdad.

Este tema se puede abordar de mil maneras, no solo desde esquemas conceptuales generales o desde ópticas muy particulares. Autores como Milán Kundera sería un buen ejemplo de obras profundamente filosóficas y políticas. Son muchas las aristas, pero el tema, muy estudiado por cierto, es ric en matices. 



1.-De las relaciones entre literatura y filosofía: la potencia de la experiencia literaria On the relations among literature and philosophy: the power of literary experience Jairo Vladimir Sandoval Mota.

2.-LA NOVELA EXISTENCIALISTA,  NARRATIVA FILOSÓFICA, Mauro Jimenez Universidad autonoma de Madrid

sábado, 22 de noviembre de 2025

QUERIDAS LECTORAS QUERIDOS LECTORES(ANAGRAMA 21 XI 2025)

 


«Vivir es muy raro. Pienso que sobre todo los jóvenes tienen la percepción de que vivimos de milagro, la sensación de que la vida es un regalo continuo. Es curioso, pero me ha salido mi novela más de calle. Es una deriva de pensamientos y un encuentro de personajes muy distintos», dijo Carmen Martín Gaite en la presentación de Lo raro es vivir. «Escribí el libro en plan jazz. Tenía una partitura previa, pero el proyecto empezó a estallar y yo me dejé llevar. Todo transcurrió muy deprisa.»

De hecho, en la novela, la protagonista –una mujer joven que lleva una vida anodina y rutinaria en Madrid trabajando como correctora para una editorial– es quien dice: «Es que todo es muy raro, en cuanto te fijas un poco. Lo raro es vivir. Que estemos aquí sentados, que hablemos y se nos oiga, poner una frase detrás de otra sin mirar ningún libro, que no nos duela nada, que lo que bebemos entre por el camino que es y sepa cuándo tiene que torcer, que nos alimente el aire y a otros ya no, que según el antojo de las vísceras nos den ganas de hacer una cosa o la contraria y que de esas ganas dependa a lo mejor el destino, es mucho a la vez, tú, no se abarca, y lo más raro es que lo encontramos normal».


                       Un collage de Carmen Martín Gaite.

Así pues, vemos cómo la emblemática autora de Salamanca, Carmen Martín Gaite, encontró para esta novela una forma exacta de generar, a partir de un monólogo interior lleno de reflexiones y saltos temporales, un diario mental, una conversación íntima de la narradora consigo misma, que emerge como una toma de conciencia de lo extraordinario que supone estar vivo. Puede que este sea el motivo por el que no sabemos el nombre de la protagonista, Águeda, hasta bien avanzada la novela: el lector descubre su nombre de la misma forma que ella descubre su existencia milagrosa.


Este año celebramos el centenario de Carmen Martín Gaite, una de las autoras más relevantes y vigentes de la cultura española contemporánea. En toda su obra percibimos su maestría para hacer literatura de la vida y vida de la literatura, sirviéndose del diálogo para desentrañar la verdad. De hecho, Usos amorosos de la postguerra española, XV Premio Anagrama de Ensayo, es una viva radiografía de esta indagación en los discursos afectivos de la época. 


Vivir es muy raro: seguramente la autora miraría con curiosidad cómo los jóvenes españoles de hoy se sienten más solos que nunca. Como afirma el Observatorio del Estado de la Soledad, tienen una sensación de «no crecimiento», viven instalados en la laguna de la precariedad, condenados a vivir con sus padres sin poderse emancipar, y parecen víctimas de la desinformación, ahogados por una sensación de final que no deja de imponerse. Lo raro, realmente, es vivir; y, lo importante, dar sentido a esas vidas que, a veces, no encuentran sentido.


Así lo hizo Carmen Martín Gaite, consciente de que la literatura ayuda a comprender el milagro –y, a veces, la condena– que es la vida. Ella lo demostró con toda su obra. Leerla es, ahora y siempre, nuestra forma de celebrarla.


NOVEDADES

DE LA SEMANA


Esta semana publicamos dos recuperaciones indispensables en «Panorama de narrativas». Por una parte, El Mago, de John Fowles, traducido por Enrique Murillo, la obra central de uno de los más singulares novelistas ingleses. Un espectáculo de fantasía, lujuria y conciencia moral que es, en palabras de Jean Ruer, «una suerte de historia de la conciencia del mundo occidental en el siglo XX».


Y, por otra, Don Quijote, que fue un sueño, de Kathy Acker: en este libro, el Quijote cabalga de nuevo, pero ahora es una dama andante. Con referencias autobiográficas a sus vivencias en Londres y Nueva York, la autora de la obra de culto Aborto en la escuela emprende aquí una reescritura radical del deseo, y aborda tanto las relaciones sexuales entre mujeres como la fluidez de género. La traducción es de Marcelo Cohen.


PILDORAS 

DE LA SEMANA


La reina de la Feria

En octubre de 2017, el editor Jorge Herralde participó en la presentación del Archivo Martín Gaite en el Casino de Salamanca y ofreció un discurso en el que destacaba su intensa amistad, llena de complicidad: «editar sus libros fue una de las experiencias más gratas de mi vida editorial», por su curiosidad, generosidad, exigencia y coherencia. Además, rememoró lo mucho que le gustaba la Feria del Libro de Madrid: «Le encantaba encontrarse con sus lectoras y lectores y también, por qué no, las larguísimas colas para que firmara sus libros con su hermosa letra y a menudo con graciosos dibujos. En resumen, Carmiña era la Reina de la Feria».

                    Lali Gubern, Jorge Herralde y Carmen Martín Gaite en la Feria del Libro de                               Madrid © Archivo Jorge Herralde.

Las portadas de su obra

Fue también Jorge Herralde quien definió a Carmen Martín Gaite como «jeep todoterreno que, con gran elegancia, exploró todos los géneros». Hay quien no sabe que las portadas de Nubosidad variable y Agua pasada llevan collages de la autora. Visión de Nueva York, el diario-collage que elaboró durante su estancia en EE. UU. entre 1980 y 1981, es la mejor expresión de su buena traza para el arte plástico: más de ochenta collages que combinan recortes de prensa, fotografías, anotaciones manuscritas, mapas… Así demostraba que las imágenes corren más que las palabras, como ella afirmó, y que ante la imposibilidad de abarcarlo todo es mejor rendirse a lo fragmentario, lo múltiple: lo que es verdaderamente abierto. Como también lo fue, ciertamente, su literatura.


FUERA 

DE PAGINA


Cincuenta años del estreno en la gran pantalla de Alguien voló sobre el nido del cuco


Este miércoles se han cumplido cincuenta años del estreno de Alguien voló sobre el nido del cuco, una película que amplió el debate social al ofrecer una mirada subversiva sobre la psiquiatría. Dirigida por Miloš Forman, la cinta adapta la novela homónima que Ken Kesey comenzó a escribir en 1959, inspirada en su experiencia como celador nocturno en un hospital psiquiátrico. Durante aquellas horas de guardia, Kesey conversaba con los pacientes, a quienes no veía como locos, sino como víctimas de un sistema profundamente deshumanizador.




La última perversión

Este 2025 publicamos Nosotros los malditos, de Pau Malvido, una serie de relatos-crónica aparecidos en su mayoría en la influyente revista Star. A modo de material extendido, compartimos con vosotros una breve crónica del autor sobre la llegada del punk a España, publicada originalmente en 1977 y tomada de la revista Interviú.

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La última perversión - Editorial Anagrama