Años más tarde de que Clarice Lispector se irritara por la comparación con Virginia Woolf que un crítico hizo de ella, la autora insistía en ese símil que consideraba odioso: «No me gusta cuando dicen que tengo una afinidad con Virginia Woolf (por cierto, no la leí hasta después de escribir mi primer libro): es que no quiero perdonarla por haberse suicidado. El terrible deber es el de llegar hasta el final».
Virginia Woolf se suicidó el 28 de marzo de 1941. Se adentró en el río Ouse con los bolsillos del abrigo llenos de piedras. En Reliquia, el nuevo libro de Pol Guasch, que publicamos en catalán y castellano, con traducción de Unai Velasco, el autor lo cuenta así: «Tenía cincuenta y nueve años. La encontraron semanas después. Su marido, Leonard, decidió incinerarla y enterrar sus cenizas bajo un árbol en Rodmell. A él le dedicó las últimas palabras, en una carta que escribió a mano, temblorosa, como pudo.»
No es para menos que esa nota haya pasado a la historia como una de las despedidas más bellas que podemos recordar. En ella escribe: «Estoy segura de que me vuelvo loca otra vez. Siento que no podemos pasar por otro de esos momentos terribles. Y que esta vez no me recuperaré. Empiezo a oír voces, y no me puedo concentrar. Así que hago lo que me parece que es lo mejor que puedo hacer».
Leonard y Virginia Woolf.
Eso es lo que Clarice Lispector nunca perdonó: que en esa misma carta de despedida, Woolf le dijera a Leonard «no creo que dos personas hayan podido ser más felices», tampoco que rompiera la promesa que le hizo a su colega E. M. Forster de cenar a final de mes, y que se entregara al caudaloso río Ouse para no regresar jamás.
Lispector no perdonaba el abandono. O puede que lo que no perdonase fuera la retirada, la rendición. Miraba la muerte con cierta superioridad: «No llores a los muertos: ellos saben lo que hacen», dijo una vez. Escribir era la única forma que tenía de sentirse viva. Puede que, para ella, el suicidio de Woolf fuera una suerte de espejo en el que veía reflejados sus miedos: la locura, la capitulación, el olvido... Fuere como fuere, el juicio de la escritora brasileña denota una verdad reluciente: que no es fácil comprender las decisiones de los demás; ni tampoco sus huidas, que se convierten, para los que se quedan, en abandonos.
Aftersun
La celebrada película de Charlotte Wells, Aftersun, persigue a dos personajes a lo largo de un viaje final: el de un padre y una hija durante un verano por la costa turca. Ella regresará. Él, no. Se sugiere la posibilidad del suicidio como la causa de ese imposible retorno. No hay palabras para comprender qué ocurre en la cabeza del padre: la hija lo mira atónita, sin entender los mecanismos de su pensamiento. Puede tratarse de una tremenda melancolía o depresión, de un dolor indescriptible, un desarraigo existencial, da igual: no hay palabras para eso. Solo la poética del film puede capturar aquello que se escapa de cualquier discurso médico o sociológico. Es el dolor de alguien que no encuentra lugar en el mundo.
En una escena, la hija descubre a su padre, que intenta aligerar su dolor practicando un arte marcial. Ocurre lo mismo en Reliquia, donde el autor, volviendo a los años de su infancia, descubre a su padre en el jardín practicando jiu-jitsu. Huidas parecidas para un sufrimiento compartido y una misma estrategia: hacer del arte, sea cine o literatura, la forma para nombrar lo que no tiene nombre.
Lo que no tiene nombre
Piedad Bonnett escribió un libro titulado Lo que no tiene nombre en el que repasaba la muerte por suicidio de su hijo Daniel. Unos años más tarde, se encontraría con la poeta Chantal Maillard en el Festival de Poesía Irreconciliables para compartir una velada de homenaje: ambas fueron madres de hijos que se llamaron Daniel y ambas les sobrevivieron después de que se suicidaran de la misma forma en el mismo mes. De ese encuentro poético, sobrio y litúrgico surgió el libro Daniel, escrito a cuatro manos, que empieza con esta dedicatoria: «Contra el tabú. Por esa libertad. Por el coraje del suicida. Como homenaje».
Chantal Maillard y Piedad Bonnett, en el recital del Festival de Poesía Irreconciliables, 2018.
Conmover, irritar, sacudir las cosas
«La historia contemporánea se puede escribir en prosa, pero suena más bien a poesía apocalíptica. Vivimos anticipando una catástrofe que nunca llega a materializarse del todo y, sin embargo, nos destruye.»
«Mi novia ve cosas que yo no veo. [...] Su ojo selecciona elementos que merece la pena notar, y en numerosas ocasiones modifica el elemento a la hora de hacerlo.»
Ya está disponible el segundo artículo de la columna de Kiko Amat en Fuera de página, en el que reflexiona sobre el superpoder del escritor: estar siempre atento a los detalles que convierten la realidad en narrativa.
Las elecciones autonómicas de Aragón ayer fueron importantes. Pero también es buen momento para recordar asuntos permanentes e incluso axiomáticos. Como señaló Félix Romeo, todos los escritores del mundo son aragoneses, y yo voy a demostrarlo con Salman Rushdie.
Rushdie, nacido en Bombay en 1947, formado en Inglaterra y residente en Estados Unidos, ha hablado en numerosas ocasiones de Luis Buñuel y lo cita en su nuevo libro, La penúltima hora, donde, en otro guiño a su aragonesidad, menciona el Manuscrito encontrado en Zaragoza de Potocki. Estas referencias no son una novedad. Muchos han señalado sus conexiones hispanas. Por ejemplo, su padre se cambió el nombre a Rushdie, en homenaje al filósofo cordobés Averroes. Cuenta José María Conget que un día en un taxi en Nueva York, en los años de la fetua, el taxista le preguntó: ¿Usted no es Salman Rushdie? Otra muestra de aragonesidad es que haya escrito un Quijote sin ser Cervantes, como Avellaneda, cuya identidad es desconocida pero del que el alcalaíno afirmó que era aragonés.
En La penútilma hora las pruebas son abrumadoras. Uno de los personajes de la colección de relatos es Francisco de Goya, retratado en la Quinta del Sordo. Rushdie analiza la doble sensación de aislamiento del pintor, por la enfermedad y el regreso del absolutismo, y describe las Pinturas negras. La determinación de Rushdie por seguir viviendo y escribiendo y divirtiéndose frente a los fanáticos que lo habían condenado a muerte es un rasgo claramente aragonés. (O debería.) Cuando se produjeron los atentados del 11-M, Félix Romeo mandó a sus amigos un correo electrónico con estas palabras de Rushdie: “para demostrar que el fundamentalista se equivoca, tenemos que saber primero que se equivoca. Tenemos que estar de acuerdo en qué es lo que importa: besarse en público, los bocadillos de jamón, la divergencia de opiniones, la última moda, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más justa de los recursos mundiales, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Esas serán nuestras armas”. Félix decía en el mensaje: “el día de ayer fue un día terrible, por eso estaría bien que hoy fuera un día de amor”. (Cuchillo, que cuenta el atentado que sufrió Rushdie, contrapone la historia del ataque con la historia de amor del narrador y su esposa.)
Otra prueba de la aragonesidad de Salman Rushdie es su cameo en Curb Your Enthusiasm, la serie de Larry David, el cocreador de Seinfeld, donde Rushdie dice que la fetua tiene sus ventajas: la principal, que la sensación de peligro atrae a las mujeres. Larry David, como todo el mundo sabe, también es aragonés (el título de su serie es una clara alusión a la izquierda depresiva aragonesa, a la que José Antonio Labordeta decía pertenecer) y basó un episodio de Curb Your Enthusiasm en la lo difícil que es pronunciar la palabra Zaragoza.
«El monopolio para hablarle al pueblo lo tenían los medios de comunicación; ahora, con las redes sociales, realmente el político o el funcionario puede hablarle a toda la población sin pasar por ese filtro», afirmó recientemente Nayib Bukele, el actual presidente de El Salvador, en una entrevista en el canal del youtuber español TheGrefg.
Este video, publicado hace apenas unas semanas, no es algo inusual en la forma de comunicarse de Bukele: el 24 de noviembre de 2021 se publicó en su página oficial un video titulado «#BitcoinCity», en el que el político compartía la propuesta de propagar el bitcoin por el mundo y hacer de El Salvador el primer país en utilizar la moneda prometida y convertirlo, así, en la «Alejandría Bitcoin» del mundo. Conocedor de cómo puede llegar a más población y de los mecanismos de propagación mediática, Bukele ha practicado un preciso sistema de comunicación política a costa de aplicar censura a la libertad de expresión en el país centroamericano.
Un gran ejemplo es un libro que sirve de testigo. O de rastro. En Bukele, el rey desnudo Óscar Martínez narra desde el exilio la deriva autoritaria del político: «dejémonos de rodeos: yo considero a Bukele un dictador». En un sistema democrático, un periodista podría investigar y argumentar esa posición sin temer por su vida, pero Martínez tuvo que hacerlo dejando atrás su país, después de dirigir el medio salvadoreño más atacado por el presidente, El Faro.
Pero ¿qué relación hay entre esos vídeos de YouTube y la pérdida de libertad de expresión en El Salvador? Martínez sostiene que con la formalización de nuevas estrategias comunicativas como estas, Bukele ha controlado cada vez con más precisión el mensaje: evita a los periodistas y sus preguntas, comunica sin contraste ni verificación, construye un relato único, y de esta manera reduce el pluralismo informativo y erosiona el debate público. A la vez, estos contenidos entran en la lógica del algoritmo de las redes sociales y, en muchas ocasiones, señala también, se amplifican con recursos estatales. Los medios críticos, como el que el autor dirige, quedan deslegitimados y etiquetados como «enemigos» o «traidores», aumentando así la autocensura de los pocos periodistas que no han tenido que escapar: el miedo al hostigamiento controla el fluir de la información. El discurso libre queda reemplazado por el discurso hegemónico.
Más allá de repasar la deriva autoritaria del mandatario y sus varias facetas (el «Bukele todopoderoso», el «internacional», el «ridículo», el «cruel» y el «distractor»), Martínez traza la huella de la transformación del discurso del político comparando tuits que el propio Bukele escribió antes de la presidencia y después de hacerse con el poder. En 2013, cuando era alcalde de la izquierda en el distrito de Nuevo Cuscatlán, dijo en Facebook: «Si nuestra política es mala, imaginenla [sic] si no existieran periodistas. ¿Vieron que importantes son? ¡Felicidades a los periodistas en su día!»; sin embargo, en 2020, cuando ya era presidente, escribió en sus redes que los periodistas «son intocables. No se les puede criticar, ni cuestionar, no han sido electos por nadie, pero tienen fuero. [...] Quieren que la libertad de expresión sea solo para ellos».
Las maneras de desmantelar la libertad de expresión son múltiples, pero todas tienen un punto en común: la deriva autoritaria de quien las ejerce.
Novedades
De la semana
Para arrancar la semana, celebramos los ochenta años de Julian Barnes con la publicación de Despedidas, traducido por Jaime Zulaika, una bellísima exploración en torno a la memoria y el pasado, la búsqueda de la felicidad –a cualquier edad– y, cómo no, el amor, la amistad y la escritura.
También publicamos Reliquia, de Pol Guasch, en catalán y castellano –con traducción de Unai Velasco–, una elegía fulgurante sobre los vínculos familiares, la ausencia y la escritura. También disponible en formato audiolibro, narrado por Pol Guasch en catalán y por Omar Ayuso en castellano.
En «Argumentos» contamos con la incorporación al catálogo de Brigitte Vasallo con La fosa abierta, una deconstrucción de la experiencia de la diáspora rural en el sur de Europa a partir de la historia íntima familiar.
Roger Bartra presenta El oficio de ser extranjero, una reflexión sobre el viaje como proceso de distanciamiento cultural y emocional que confronta nuestra identidad y nuestros orígenes con el mundo que nos rodea.
Cerramos con el nuevo libro de Nick Hornby, Dickens y Prince, con traducción también de Jaime Zulaika, un doble retrato sorprendente de dos genios y los puntos de conexión que comparten, tanto en sus carreras como en sus vidas.
Pildoras
Para estar al día
Las vidas que importan
Óscar Martínez recuerda cómo el escritor cubano Reinaldo Arenas creó el término «no ciudadanos» para referirse a las personas sin ningún derecho debido a que el poder los necesita al margen. «Las cárceles salvadoreñas están llenas de no ciudadanos desde que Bukele decretó su régimen de excepción en 2022», escribe el periodista. Fue Judith Butler quien en 2009 acuñó el concepto «vidas que importan» para preguntarse por las condiciones que hacen que una vida sea reconocida como tal: una vida importa cuando es considerada humana, es visible socialmente, su pérdida se considera una tragedia y puede ser llorada públicamente. Hay vidas que son «llorables» porque generan duelo, memoriales, titulares; mientras que hay otras que no, y mueren en silencio, como cifras, daños colaterales o estadísticas. Son las muertes de los «no ciudadanos»: aquellos que han desaparecido de la mirada social. O aquellos que hoy llenan las cárceles de El Salvador.
La levita es una prenda de vestir masculina de etiqueta, a modo de chaqueta, con faldones que llegan a cruzarse por delante. «Es como un saco alargado, de líneas rectas, con reminiscencias militares», escribe Martínez. Nadie había visto a Bukele vestido así hasta el 1 de junio de 2024, el día de su toma de posesión, arropado por Javier Milei, Daniel Noboa y el rey español Felipe VI, entre otros. Para el periodista, esa vestimenta recuerda a Simón Bolívar y a Napoleón Bonaparte. De alguna forma, el mandatario decidió trazar un paralelismo con ellos: la comunicación política a través de la forma de vestir es fundamental. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, Volodímir Zelenski ha optado por una indumentaria de estilo militar; del mismo modo, el mono que vestía Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial transmitía una imagen de practicidad y disponibilidad permanente para la acción. Bukele, el 1 de junio de 2024, se vistió como un emperador y esa decisión no fue en vano, sentencia Martínez.
Nayib Bukele con levita.
Fuera
De pagina
Estrenamos Bestiario: ¡ya disponible el primer episodio!
Con muchísima emoción anunciamos que ayer nació Bestiario, el nuevo podcast literario de Beñat Azurmendi y Anagrama.
En este episodio inaugural, exploramos la intersección entre pop y literatura. Beñat Azurmendi invita a Paula Melchor a conversar sobre obsesiones y cruces inesperados: ¿quién dijo que Taylor Swift no podía compartir espacio con Sylvia Plath? En la segunda parte del programa, Azurmendi se traslada a una bodega barcelonesa para entrevistar a Mariana Enriquez y seguir conversando sobre cómo la música atraviesa su imaginario literario.
Disponible en audio en las principales plataformas de podcast y en vídeo en Spotify y YouTube.
Abierta la convocatoria del Premio Anagrama de Ensayo 2026
Ya está en marcha una nueva edición del Premio Anagrama de Ensayo. La convocatoria para 2026 permanecerá abierta del 19 de enero al 30 de marzo, plazo durante el cual se podrán postular los participantes con sus originales.
El último galardón fue para Natalia Castro Picón, por La fiesta del fin del mundo, un ensayo que reivindica el carácter político de la imaginación y explora el apocalipsis como una poética de ambición revolucionaria.