lunes, 8 de agosto de 2016

EL VALOR DE LA AUSENCIA ( RELATO)

La Muerte significa la ausencia total, aquellas personas que se van indefectiblemente no volverán jamas. En “La ridícula idea de no volver a verte”, Rosa Montero, toca magistralmente el tema, la ausencia nos marca, su imposibilidad absoluta es una desesperanza, se convierte en un peso inenarrable, es imposible volver a ser feliz. Esta escritora “Cuenta que le pidieron escribir un prólogo para un texto pequeño escrito por Marie Curie, de unas veinte páginas, un diario que escribió después de la muerte de su marido Pierre Curie, que murió a los 47 años. Confiesa la autora que el texto la conmovió tanto que no sólo hizo un prólogo, sino todo un libro. Y es ridícula la idea “de no volver a verte”, porque en el duelo es casi imposible imaginar que la ausencia del ser querido es interminable: no se quiere admitir, no se puede creer, y cita a Marie Curie: “A veces tengo la ridícula idea de que todo esto es una ilusión y vas a volver. ¿No tuve ayer, al oír cerrarse la puerta, la idea absurda de que eras tú?” También confiesa la autora que esperaba que su esposo muerto, enterrado y llorado por ella hacía poco tiempo, regresara de repente, ya fuera del trabajo o de un paseo; luego considera que así sucede en tantos casos de hombres y mujeres en duelo”[1].
Podemos ser completamente agnósticos y cuando un ser amado se nos va, resurge la idea del más allá, de eso que denominamos espiritualidad, el sentimiento de totalidad, lo que el filosofo Arabe Alfarabi llamaba el uno y el todo.  El libro de Rosa habla del peso de la ausencia, empieza con frases magistrales, cautivantes: “Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible”. Solo quedan os recuerdos.
Ana Isabel, mi esposa, murió hace poco debido a un cáncer, muy joven, llena de vida, con un amor inconmensurable por sus hijos, razón suficiente para amar la vida, su actitud valiente la mantenía lista para enfrentar lo insondable, aferrada a su entorno, aún así se nos fue intempestivamente, su combate fue inútil, ya no está con nosotros, solo tenemos el recuerdo y el peso de su ausencia. Su partida me dejó dos sentencias: después de la muerte nada pasa y no se por qué no entendemos que la existencia es muy corta, nuestra  fragilidad es total, desperdiciamos la mitad del tiempo en cosas inútiles,  nos dejamos robar todos los días la vida, la alegría, siempre se nos va el tiempo en cosas que nada tienen que ver con lo que nos interesa, con nuestro sentido individual de trascendencia, por lo urgente olvidamos los importante, nos olvidamos siempre del objetivo indiscutible de la vida: la felicidad.
Ana Isabel tenía una sonrisa repentina, se despachaba cuando reía, mantenía una altivez que dignificaba todo lo que hacía, acompañada de una sencillez sin imposturas, nos dejó una  ética a carta cabal que nos enaltece y miró la vida con una naturalidad por fuera de vanidades y simulaciones. Nunca le he pedido riquezas, decía, simplemente que cumplamos con lo mínimo. Muchas veces me contó su pasado, sus remembranzas eran encarretadoras, era una conversadora encantadora. Sus relatos sobre sus años en Honda, los disfrutaba mucho, este es un pueblo a orillas del río Magdalena a cuatro horas de Bogotá, donde vivió parte de su niñez y adolescencia. Hablaba con un sentimiento de añoranza, como queriendo volver a esos días, recordaba a cada una de sus amigas, el club donde pasó gran parte de su tiempo, las fiestas, el estudio en medio de un calor infernal que hacía los días infinitos, como viviendo en un sarten al rojo vivo. Conservamos en la casa un cuadro de una calle colonial de Honda, cuando lo veía, de pronto decía Ana, esta es la calle de las trampas, lo miraba y empezaba a contar con una felicidad sobre estos años que tanto le marcaron.   
Ana salió de un colegio de Bachillerato de una tía, en uno de los barrios más tradicionales de Manizales. Estudió con su prima Laura que fue como una hermana y con la que tuvo una relación especial. Fue una estudiante puntual, responsable, con un sentido de la amistad lleno de compromiso y entrega. Amaba su tierra, conocía todos los tangos, las baladas, con sus letras, los nombres de los compositores, los intérpretes. Ana, tenía un rostro hermoso, delgada, con unas piernas de reina, eso se lo debo a las lomas de mi ciudad, decía categóricamente. Nunca se dejó llevar por esas esclavitudes que genera la vanidad, siendo importante no era lo fundamental para ella, al final poco le importaba.
Su mama Ana Emilia, siempre a estado pendiente de sus hijos, su responsabilidad es excesiva y obsesiva. Su hija era todo para ella. Mantenía siempre una comunicación directa y fluida con Ana, aun en los momentos difíciles. Ahora, que su ausencia nos pesa, a ella y a mi, que no está con nosotros, pienso en cuánto vale una vida. No tenerle me produce un dolor inmanejable, una especie de nostalgia suspendida. La evoco a toda hora. Vestía siempre con un orden y un gusto total. Estaba siempre arreglada a las 7.30 Am, Amaba los deportes, era buena lectora y una política apasionada que no tranzaba en sus posiciones. Mejor madre, basta ver a sus hijos para saber que cumplió con la tarea. La ausencia y el dolor se suplen con los recuerdos. Cuando recordamos esperamos que esa persona de súbito nos hable, que de pronto llegue, vuelva a conversarme, que sus ojos negros y grandes me miren de nuevo.
Rosa Montero lo dice de otra manera de estas crisis: “A mí esas crisis angustiosas me agrandaron el conocimiento del mundo. Hoy me alegro de haberlas tenido: así supe lo que era el dolor psíquico, que es devastador por lo inefable. Porque la característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad, pero una soledad monumental. Una soledad tan grande que no cabe dentro de la palabra soledad y que uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes Palabras para expresarte. Es como hablar un lenguaje que nadie más conoce. Es ser un astronauta flotando a la deriva en la vastedad negra y vacía del espacio exterior. De ese tamaño de soledad estoy hablando. Y resulta que en el verdadero dolor, en el dolor-alud, sucede algo semejante”. Quien entiende la ausencia y el duelo que produce.
Mire como describe la autora: “Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender siendo como somos pequeñas criaturas atrapadas en nuestro pequeño tiempo. ¿No jugaste, en la niñez, a intentar imaginar la eternidad? ¿La infinitud desplegándose delante de ti como una cinta azul mareante e interminable? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y de admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza. ¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula”.
Tengo recuerdos exactos de mi esposa. El texto sobre su vida que trabajo, será un diario intimo, un homenaje silencioso, una forma de mantener vivo el espíritu de su ser. Aun así su ausencia me duele, me pesa, no hay nada que hacer.









[1] Mónica de Neymet Ur. Departamento de filosofía y Letras Universidad Autónoma De México.

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