lunes, 25 de mayo de 2026

Del FOMO al JOMO, la alegría de perder

 


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Hubo un tiempo en que viajábamos mal porque nos obsesionábamos con el destino en lugar de beberlo a tragos lentos. En vez de dar un paseo por el mejor parque de la ciudad, sufríamos al incumplir el itinerario canónico y quedarnos sin la experiencia única que nos aguardaba.

La ansiedad por el más mejor acabó por hacerse agotadora, de aquí que cuajara el acrónimo FOMO (fear of missing out), acuñado por el capitalista de riesgo Patrick J. McGinnis. Lo cuenta Juan Evaristo Valls Boix en JOMO, el gusto de perder (Cuadernos Anagrama), un ensayo que ahonda en el miedo a perder, incluso en el vicio de ganar a fin de exaltar todo lo contrario: la placidez, la tranquilidad y el fin de la performance. “El JOMO es la condición alegre de los perdedores que beben y cantan en la vereda del río mientras otros corren en busca de una meta incógnita”, escribe. Y no solo exalta la vereda del río, sino el descanso como la forma más alta de justicia social.

La abundancia de series, podcasts, libros y batidos energéticos nos abruma. Va acompañada por exigentes mandatos para lograr una vida plena y mostrarla en redes. La cifra galopante de depresiones juveniles coincide con lo que el autor denomina “hedonia depresiva”: una depresión contradictoria en que se consume sin parar: scrolling, comida a domicilio, match, compras: “El zombi hedónico que todas las plataformas quieren”. Luego viene el vacío.

Aprendemos a vivir cuando tomamos el control de nuestro tiempo, así como la certidumbre de que no podemos abarcarlo todo. Después de la covid hemos asistido a un cambio de la cultura laboral, desde dimisiones en bloque por burnout hasta la desafección al trabajo por parte de los jóvenes, para quienes la meta profesional ya no es el faro.

La antiambición surge de los márgenes; carece de profetas que se atrevan a cuestionar el discurso de la productividad y el éxito social. En lugar de losers, diríamos que hoy son desertores felices quienes se pierden los últimos modelos de móviles o de zapatillas deportivas porque prefieren gestionar una economía minimalista, libres de obligaciones. Ni jefes, ni cenas de trabajo u hojas de excel. Se abonan al lenguaje de los afectos, la camaradería y el gusto por renunciar a planes. Esos de los que antes exclamaban: no era para tanto.