El texto de Harari “De
animales a dioses”, con toda la lucidez de su concepción y la calidad de una
prosa que hace lo difícil fácil, demostró con este excelente libro, hasta qué punto la historia siempre tendrá
nuevas maneras de abordarse, además que es de suma importancia el punto de vista del
autor, quien siempre la somete a escrutaciones novedosas en busca de verdades muchas veces
inalcanzables. Yo estudie la historia de Colombia en textos épicos de autores
muy comprometidos con intereses partidistas, estaban más preocupados en ocultar
la verdad que en revelarla, sus propósitos casi siempre correspondían a
coyunturas específicas además de ser matizada por héroes y hazañas, las demás
de las veces mentirosas. Ahora con todas las discusiones que se han dado en
torno al conflicto armado de los últimos cincuenta años, pese a los excelentes
trabajos sobre la violencia en Colombia publicados, sobre todo por la academia,
está claro que es pertinente revisar de nueva la historia de esta época tan tergiversado últimamente. Traigo
el tema a colación porque estoy leyendo la historia de Colombia por
Antonio Caballero con el apoyo de la Biblioteca Nacional. Paradójicamente me recuerda la pluma de Enrique Caballero,
su tío, un historiador poco convencional del siglo XX, quien nos entregó textos
sobre el siglo XIX y XVIII, que aún recuerdo con gratitud por su particular visión.
El libro de historia de Antonio Caballero, que está sólo publicado en la red,
de antemano se opone a esa historia iconoclasta y oficial que tanto daño nos
hizo, su propósito no es otro que
acercarse a la verdad de nuestro pasado que hasta la fecha sigue
inexplicablemente sin revelarse en toda su compleja trama. Su prosa, como la de
Eduardo Caballero, Lukas Caballero y el propio Enrique, periodistas y
escritores muy importantes de nuestro país, es impecable, directa, respetuosa de
la normas gramaticales, con un manejo de la ironía que se cuida mucho de
exageraciones y sobre todo agradable y encarretadora. El texto responde a un
orden, desde el encuentro de dos mundos, 1492 hasta el paramilitarismo de estas últimas décadas. Hasta
ahora podemos leer las primeras entregas que resulta una entrada exquisita.
Este es link, espero sea el gusto de mis lectores.
En diciembre suelen darse
listas de libros, los mejores del año, bien sea por ventas, por su excelencia
narrativa, en ella caben aquellos que recomendarías por alguna razón especial,
casi siempre relecturas y por su puesto las acostumbradas antologías por
categoría de lo editado en el año (novela, poesía, no ficción, ensayo,
ciencia...) que ameritan tenerse en cuenta según el criterio de cada
publicación o autor. La de la revista “Arcadia” de Colombia es muy completa, lo
mismo la de “Babelia” del periódico “El país” de España. Estas listas suponen
lectores de tiempo completo lo que realmente hoy es casi una utopía, muy pocos
vivimos en esa compulsión irresponsable de querer leerlo todo. Es difícil en
ese bosque escoger el árbol que nos aporte, no solo una lectura agradable, sino
que al final nos produzca ese sentimiento de exaltación que suelen provocarnos
los buenos libros, porque nos cambian, nos aportan, suman al final.
Quiero referirme a una
lectura que me tiene encantado, me refiero a Eva Illouz con un texto que se
llama “Las intimidades congeladas”. Descifrar el momento histórico para mí
siempre es de suma importancia y esta autora lo logra con una lucidez
asombrosa: “Tradicionalmente, los sociólogos entendieron la modernidad en
términos del advenimiento del capitalismo, de la aparición de instituciones
políticas democráticas o de la fuerza moral de la idea de individualismo, pero prestaron
escasa atención al hecho de que, junto con los conceptos familiares de
plusvalía, explotación, racionalización, desencantamiento o división del
trabajo, la mayor parte de los grandes relatos sociológicos de la modernidad
contenían otra historia colateral en clave menor, a saber, las descripciones o
los relatos del advenimiento de la modernidad en términos de emociones”. No solo
escruta las consecuencias del capitalismo en el sujeto, en el hombre de a pie,
con todas sus imposturas, sino todas las dís-funcionalidades y las des-armonías que
nos generan angustias y malestar, las emociones en suma, el cumulo de lo que sentimos. Su mirada está soportado en el pensamiento de
los grandes filósofos y sociólogos de mitad del siglo pasado, en el proyecto de
la modernidad, los textos y discursos que lo hicieron posible desde la
ilustración:“Por más que no sean conscientes de
ello, los relatos sociológicos canónicos de la modernidad contienen, si no una
teoría desarrollada de las emociones, por lo menos numerosas referencias a
éstas: angustia, amor, competitividad, indiferencia, culpa; si nos tomamos el
trabajo de profundizar en las descripciones históricas y sociológicas de las
rupturas que llevaron a la era moderna, podremos advertir que todos esos elementos
están presentes en la mayor parte de ellas. Lo que quiero destacar en este libro es que
cuando recuperamos esa dimensión no tan oculta de la modernidad, los análisis de
lo que constituye la identidad y la personalidad modernas, de la división entre
lo privado y lo público y su articulación en las divisiones de género,
experimentan un gran cambio”. Este texto lleva varios años de publicado,
realmente no lo había referenciado, pero ahora que lo leo, estoy gratamente
sorprendido, es un hecho que la relación del sujeto con los poderes instaurados,
las servidumbres y la manera como vivimos en el marco del capitalismo imperante,
situación que para la mayoría de sujetos no está resuelta desde la perspectiva
de la justicia social, es más una
impostura de la que difícilmente escapamos, en una economía global como la
actual, que no permite disidencias, en
medio de las tecnologías de la información y el conocimiento, las cuales han trasformado sustancialmente a este sujeto
y su relación con el medio.
Nancy Fraser ha trabajado
el tema con mucha hondura, sus textos son emblemáticos y en ellos enfatiza el
grave problema de la distribución de la riqueza, como se dan las diferencias,
como se traducen en la escasez de oportunidades´, trabajo que comenzó estudiando
la discriminación de la mujer: “Así pues, en general nos enfrentamos a una
nueva constelación. El discurso de la justicia social, centrado en otro momento
en la distribución, está ahora cada vez más dividido entre las
reivindicaciones de la redistribución, por una parte, y las reivindicaciones
del reconocimiento, por otra”. Desde el feminismo ha hecho evaluaciones y
descripciones de la manera como se expresa el capitalismo en el sujeto a través
de la distribución y el reconocimiento.
Estas lecturas confirman
que la escuela sociológica del siglo XX, que tanto le aportó a la filosofía y
al estudio de las sociedades pos-industriales continua de alguna manera produciendo
textos lucidos que explican estos contextos tan importantes.
Quisiera referirme de nuevo a este
tema, titulo de uno de los ensayos más lúcidos de George Steiner, exponer la infinidad de conexiones que podemos articular alrededor de una obra. Depende de cada lector quien matiza su mirada y su relación con el texto de múltiples maneras. Carolina Sanin una inteligente escritora,
profesora de literatura y crítica Colombiana en su última columna de la revista
“Arcadia”, comenta la poca importancia que le da al contexto histórico de una
obra, explica que este debe ser descubierto al interior de la misma, que en
todo caso, para sus alumnos lo tiene en cuenta, pero que siempre hace esfuerzos
para recordarlo en cada obra, al final, para ella este no es tan importante. “Babelia”,
el suplemento literario del diario “El país” de España acaba de declarar el
libro del año los relatos de Lucia Berlin “Manual para mujeres de la limpieza”.
Su vida, una verdadera novela, recuerda
los periplos extremos de los poetas malditos de la Francia del siglo XIX, la
divulgación de su atribulada existencia ayuda a disparar las expectativas por su obra, sobra decir que para la crítica especializada siguen siendo de suma importancia. La relación entre los aspectos biográficos del autor y
el texto, aspectos que muchas veces los publicistas de las editoriales terminan
convirtiendo en mito con el ánimo de impulsar un mercado, y los cuales la crítica, sobre todo los estudios académicos, descifran y develan con mucho rigor, pese a su importancia, no desplazan al texto, desde Poe constituyen
un basamento que es imposible eludir, pero la obra se sobre-pone a estas articulaciones.
El texto, sin caer en los pecados propios del
estructuralismo, constituye un cuerpo, un universo, que sobrevive al autor y a todo
el contexto histórico que pretendamos elucidar. Toda obra nace en circunstancias
especiales desde la perspectiva histórica, incluyendo el entorno del escritor, aquellos
aspectos meramente personales. “El coronel no tiene quien le escriba” de
Gabriel García Márquez, tal vez sea el mejor ejemplo, la relación con el
contexto histórico en que fue concebida y escrita por el autor son fundamentales sí se quiere ahondar en un estudio genealógico más incisivo, las circunstancia existenciales del escritor son de igual manera imprescindibles
para entender ciertos tics del texto y el propio contexto al interior del mismo develan algunas claves de la génesis del cuerpo narrativo y de su
estructura. Miremos los comentarios de Carolina Sanin al respecto: “Promuevo la
lectura fuera del contexto: en el texto. Les digo a los estudiantes que en el
texto está el contexto. Que el contexto son el texto. Que el contexto son el
texto, la totalidad de la lengua y el lector. Que la vida de uno es el contexto
de lo que uno lee, y además, eso es irreversible. Enseño literatura, no
historia de la literatura”. Estas elucidaciones que además Carolina expone
desde la esclerótica del amor, tienen mucho sentido: “Creo que sí tratamos de entender un poema, entrevemos
como fuimos al escribirlo, cuando lo leemos con atención (Cuando lo
contemplamos, lo analizamos, lo partimos y lo juntamos y nos demoramos en sus
espacios) el poema- o cualquier obra de arte-nos dignifica, pues nos enseña que
es ser humano, y que después que un ser humano alcanza-y no alcanza- en suma, creo
que leer y amar son una sola cosa, una sóla cancelación del tiempo. Leer hace
que nos amemos así mismos”. Dice
Steiner: “ Las configuraciones psicológicas de la lectura, los reflejos
de conciencia que organizan nuestra ingestión, (Termino de Ben Jonson) del
texto, no son ciertamente, menos temporales, menos el producto de la intrincada
coincidencia de opciones innatas y ambientales, aquí como en la historia del
arte o de la forma musical, el momento cogniscitivo más simple implica procesos
interactivos y en constante movimiento, que van desde los neurofisiológicos,
por un lado, hasta los elementos más inestables y difíciles de de documentar de
la moda, la contingencia social, y el accidente local por el otro”. Establece después: “La mayoría de los actos
de lectura, digamos el 95 %, simplemente para ejemplificar la tosquedad de la
evidencia, se dán en un contexto ( adviértanse las proximidades ininteligibles,
y sin embargo vitales, , de texto y contexto) se objetivizan con relación a los
fines que no pueden llamarse sino
efímeros, utilitarios, mecánicos, casi sonámbulos”.
Un texto siempre remite a
otras referencias, pese a no necesitar el entrevero de estas articulaciones muy
comunes en la crítica especializada. Citati, el gran crítico Italiano, nos ha
enseñado a mirar las obras desde adentro, sin contexto. Desde su universo
construye todas las miradas, para nada se sale del texto, la obra siempre se
contiene en una totalidad, no necesita referencias de ningún orden. Lo interesante es que el lector tiene la palabra. La relación del texto con su lector es rica en matices, de esto no hay duda.
Pocas veces se hace el diagnostico sobre el conocimiento de la
literatura Colombiana de nuestra
juventud, el nivel de compromiso en este ámbito, cómo se articula esta relación en un
mundo dominado por las TIC, con mucha prevalencia de los medios digitales. En este
semestre he visitado de manera continua las bibliotecas públicas de Medellín,
he conversado con estudiantes de literatura y con lectores espontáneos sin
ninguna formación profesional. También soy un asiduo visitante de las
principales librerías de la ciudad y en estos sitios de igual manera he
escrutado este tópico. No dejo de asistir a los eventos en que se presentan
nuevos libros, esto para dejar en claro, que de alguna manera puedo ser testigo
de cargo de cómo vibra esta relación. Varias son las realidades. La primera, ya
no populan los lectores compulsivos de otros tiempos y son muy pocos los sitios
de encuentro para hablar de literatura, la juventud cada vez se aleja del texto
y más bien se acerca al mismo a través de otros medios tecnológicos más acordes
con su mundo. Aún así, pese a que se venden muchos libros, no se leen. Segundo,
el acercamiento a los más importantes textos de nuestra literatura: “María”, “La
vorágine”, " Cien años de Soledad" ,la poesía de Silva, para citar sólo unos, la información que obtuve fue de personas absolutamente distantes, la mayoría de veces los
interrogados desconocen estas obras, los jóvenes están leyendo autores contemporáneos, pero no nuestros clásicos, algunos muy populares, más por gracia de los medios de comunicación, me refiero aquellos libros que han servido para montar series televisivas, series que han tenido mucha popularidad, su vigencia se debe más a los
artificios de la publicidad que a su calidad. A esta especie de apatía imperante contribuye la ausencia de una
crítica rigurosa, llamativa y que fomente la lectura, por este camino el
conocimiento de nuestra literatura ya no es importante, ni siquiera para los lectores asiduos, la oferta de textos extranjeros es muy grande . Quede estupefacto, de comprobar cómo la
juventud desconoce la mayoría de los autores emblemáticos de nuestra
literatura. Tomé a Héctor Rojas Herazo como ejemplo, realice una encuesta alrededor
suyo y después de mucho preguntar entre la juventud, su desconocimiento era casi general. Con un problema adicional, a la juventud no le preocupa
esta falencia, la lectura de textos es cada vez menos importante para su
formación. En todo caso, no se puede afirmar que la batalla esta perdida, pues
en otros países la lectura de literatura es popular y de suma importancia. Que
estamos haciendo desde la gestión pública. Colombia tiene una de las mejores
redes de Bibliotecas públicas. Hay una política de fomento a la lectura
rigurosa. Tal vez debemos ser más ingeniosos en el acercamiento del joven al
texto. Pascale Casanova, está excelente crítica, escribió: “¿Es posible
restablecer el eslabón perdido entre la literatura, la historia y el mundo, y
al mismo tiempo mantener una completa percepción de la irreducible singularidad
de los textos literarios? Segunda, ¿puede concebirse la literatura como un mundo
en sí? Y en tal caso, ¿podría una exploración de su territorio ayudarnos a responder
la primera pregunta. Cómo darle a entender a nuestra juventud la importancia de
la buena literatura, como memoria, desde la perspectiva hedonística, como
descubrimiento del mundo estético propio y de la visión particular narrada por
nuestros escritores a través de sus obras más importantes”.
Funda lectura realiza un labor encomiable. Los libros y las bibliotecas
en las paradas de autobús son un recurso de suma importancia, reglar libros en
el transporte público y fomentar lecturas, labores en las que no cede son una
buena política. Fuera de esto, gestiona políticas públicas a favor del fomento
de los lectores y por su puesto en el conocimiento de nuestras letras. La lectura cumple un papel vital en la vida nuestra, como formación y
como memoria, Alberto Manguel recordaba:
“¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad
compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero
juego de palabras? Éste es un paseo por la historia de los libros y por las
obras de algunos de esos grandes hechiceros responsables del paraíso de la
lectura. Memoria, intimidad, imaginación, sentimientos, inteligencia, aventura
y descubrimiento son algunas de las palabras que reivindican el estatus de un
placer que nos hace más humanos.
Como la experiencia muestra, la debilidad de nuestra memoria
olvida fácilmente no sólo los actos ocurridos hace mucho tiempo, sino también
los recientes de nuestros días. Es, pues, muy conveniente y útil poner por
escrito las hazañas e historias antiguas de los hombres fuertes y virtuosos
para que sean claros espejos, ejemplos y doctrina para nuestra vida, según
afirma el gran orador Tulio". Así comienza la novela que, entre los pocos
libros perdonados de la biblioteca de Don Quijote, el cura rescata por ser
"un tesoro de contento y una mina de pasatiempos": el Tirant
lo Blanc de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba. "Llevadle a
casa y leedle", le dice a su compadre el barbero, "y veréis que es
verdad cuanto dél os he dicho"[1].
Después agrega, refiriéndose a la lectura: “Pero ¿qué es este
placer? ¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de
sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de
palabras, de entendimiento adquirido como por acto de magia, de manera profunda
e intraducible? ¿Por qué nos lleva a rechazar ciertos libros sin misericordia y
a coronar a otros como clásicos de nuestra devoción si algo en ellos nos
conmueve, nos ilumina, pero por sobre todo nos deleita?”. Tal vez la respuesta
a estos interrogantes, nos permitan fomentar más el conocimiento de nuestras
letras, que es un poco el rescate de nuestra memoria y de la identidad a travez
de las obras de literatura más importantes.
Tomado De la revista “Ñ” del periódico
“Clarin” de Argentina
El texto elegido fue escrito por
Carlos Bernatek, nacido en Avellaneda en 1955. La Historia en la vida personal.
Después de la espera, de los saludos, en el Teatro Coliseo,
llegó la noticia: el ganador del Premio Clarín Novela es
Carlos Bernatek, un escritor que nació en Avellaneda en 1955 y actualmente
trabaja en la Biblioteca Nacional.
La novela se llama El canario,
que es el apodo de Maidana, el personaje sobre el que gira la trama de la novela. El
canario explora el pasado reciente de la Argentina, el pasado
truculento de los Años de Plomo. El tema aparece de manera infrecuente porque
Maidana es un conscripto que accidentalmente va a parar a la ESMA y es testigo
involuntario de los horrores que allí ocurren. Logra salir pero queda marcado
de manera definitiva. Todo está contado por un narrador testigo que es Javier,
un hombre autoexiliado, que vuelve a la Argentina de los 80 para encontrar un
país en el que los bares se han transformado en estacionamientos y que ve con
desencanto.
En la sala, habían esperado la decisión personalidades de la
política, la cultura y el periodismo. Entre ellos, el ministro de Cultura,
Pablo Avelluto; el titular del Sistema de Medios Públicos, Hernán Lombardi, la
subsecretaría de Cultura de San Isidro, Eleonora Jaureguiberry; los escritores
Claudia PIñeiro, Guillermo Martínez, Daniel Guebel y Patricia Suárez; los
editores Augusto Di Marco, Julieta Obedman, Daniel Divinsky y Kuki Miller,
entre otros.
En la sala, antes de proclamar al ganador, se leyó la lista
de los diez finalistas. Algunos llevaban "hichada", que los vivaba al
ser nombrados. Pero el que subió fue Bernatek, quien contó que éste es su
décimo libro, que tiene su origen hace veinte años y que cuando lo volvió a
tomar, tanto los personajes como él habían cambiado.
El autor vivió muchos años en la ciudad de Santa Fe. De hecho La
noche litoral, su última novela está protagonizada por un
hombre que se busca la vida en esa ciudad.
PRIMERA PÁGINA DE LA
NOVELA
Fue como nacer de nuevo, pero viejo. El tiempo, como una
clase de combustible fósil, se había consumido demasiado rápido. Y ya era tarde
para muchas cosas. Tarde para preguntarse, por ejemplo, como el irlandés Yeats,
si ¿había acaso otra Troya para que ella incendiara?
Porque esa ella, en mi caso, no era Helena, sino la juventud,
los años más o menos salvajes, quemados sin sentido ni nostalgia. Edad peculiar
los cuarenta: excesivamente tarde para muchas cosas, demasiado temprano para el
retiro, una especie de vejez prematura con atisbos de juventud tardía. Una
verdadera cuarentena de dudoso final.
Al menos sabía que nadie me buscaba: mis osadías de muchacho,
de exasperado, eran causas prescriptas, algo en realidad insignificante en
comparación con todo lo ocurriera en éste lugar después de mi partida. Ni
siquiera estaban vivos los que podrían reclamarme algo. La ley, la norma –como
siempre lo supuse- es un papel que alguien, un empleado menor, una secretaria,
un cadete, de pronto olvida, extravía, omite (...)
Mirá también: Un libro sobre las heridas de la
Dictadura gana el Premio Clarín Novela
Con la muerte de Fidel
Castro pensé en esta relación ancestral, la cual ha sido muy estudiada por
la academia. La abordaré desde una perspectiva muy personal, sin el rigor que amerita. Recorde la Iliada de Homero, al principio asumí que el tema central era el rapto de Helena
por Paris, después mi profesora de literatura me aseguró que realmente es la
ira de Aquiles por la muerte de Patroclo, ahora pienso que es un poema épico
sobre el poder o tal vez, las
tres variables constituyen aristas de un mismo eje sobre el cual se desarrolla
la historia: Amor, poder y muerte. La “Biblia”, el gran relato místico del cristianismo y el judaismo está llena de narraciones centradas entre la rivalidad del
poder divino, inconmensurable, omnímodo, y la naturaleza humana, con todo el
mar de contradicciones que la caracteriza. Este texto es rico en historias de este tipo, hay un enfrentamiento
permanente entre el mal y el bien, entre el poder de Dios y el hombre; la expulsión de la primera pareja del
paraíso terrenal nace de un desafío, del rompimiento de reglas, de una
rebelión contra el poder divino, de la sed de conocimiento. La historia del primer
patriarca Abrahán, está llena de vicisitudes alrededor del poder, unas de sumisión
total, es enviado a matar a su hijo y el obedece sin cuestionar a su Dios y
otras de rebelión, de duda. La Historia de Job es memorable, por un reto entre
la divinidad y el diablo se le somete a todos los vejámenes imaginables y pese
a sus desgracias súbitas nunca denosta de su Dios. Son mychos los ejemplos tanto en el viejo como en el nuevo testamento. Grecia, la cuna del pensamiento y la ciencia moderna, escribió verdaderos
tratados sobre el poder. “La política” de Aristóteles es un tratado sobre el
poder, “La republica” es la primera utopía, es una propuesta sobre el uso del
poder, sobre el modelo de estado. Roma estudió hasta la saciedad el poder, lo estructuró y creó las reglas sobre las que se articula la sociedad, de hecho son los padres del Derecho moderno. La relación de los pensadores y escritores con
el poder es igualmente cautivante. El
ejemplo de Platón es emblemático, su cercanía con un dictador no tuvo un final
feliz, Sócrates fue condenado a muerte por el estado y se le obligó a tomar la cicuta, Seneca murió de igual forma. La edad media termina con la rebelión del pensamiento ilustrado contra las imposiciones de la iglesia y los poderes anquilosados de los reyes en medio dde procesos inquisitoriales y hoguera para muchos científicos y escritores. La
relación de ciertos pensadores con los Nazis en plena efervescencia del fascismo
es aún materia de controversia. Basta solo citar a Heidegger, para encontrar interrogantes que tal vez nunca se resuelvan. Lo mismo pasó con la relación perversa de algunos escritores Españoles
con el Franquismo, o su consecuencia nefasta, el exilio de otra pléyade de creadores que simpatizaban
con la republica y la izquierda española, se fueron después de la derrota, sólo volvieron cuatro décadas después. En Latinoamérica, no solamente algunos
escritores estuvieron cercanos al poder, sino que escribieron hermosas novelas
sobre dictadores y la soledad del poder. “El otoño del patriarca”, “El señor
presidente”, “Yo el supremo”, “El siglo de las luces” son apenas las más
importantes. Mauricio vicent en una columna de “El país” de España tiene una anécdota
que refleja la situación de cierta época de dictaduras en Latinoamérica: “La
primera vez que Gabriel García Márquez escuchó el nombre de Fidel Castro fue en
1955. Por aquel tiempo el escritor compartía exilio en París con un grupo de
intelectuales latinoamericanos y cada uno esperaba la caída de su propio
dictador, por eso cuando una mañana el poeta cubano Nicolás Guillén abrió la
ventana de su habitación y gritó: “¡Se cayó el hombre!”, cada cual pensó que se
trataba del suyo propio. Los paraguayos creyeron que era Stroessner, los
nicaragüenses, Somoza, los colombianos, Rojas Pinilla, los dominicanos,
Trujillo, y así una lista interminable. Al final resultó ser Juan Domingo Perón
y, poco después, charlando sobre el asunto Guillén le confesó a García Márquez
que no tenía muchas esperanzas de ver el fin de Batista en Cuba”[1].
Remata el artículo trayendo a colación
como se dio la relación entre Gabo y Fidel: “Tres años después, García Márquez
estaba en Caracas viviendo como reportero el primer año de Venezuela sin Marcos
Pérez Jiménez, y en eso llegó la noticia del triunfo de Castro. Dos semanas más
tarde él y Plinio Apuleyo Mendoza se embarcaron en un avión con un grupo de
periodistas rumbo a La Habana. García Márquez acabaría formando parte del
núcleo fundacional de la agencia Prensa Latina, creada en el verano de 1959 por
Jorge Ricardo Masetti y el Che Guevara, y desde entonces su relación con Cuba y
con Fidel Castro, casi lo mismo para García Márquez, pues la isla y su amistad
con el líder cubano eran para él cosas inseparables”. Este es el tema para un
libro, se podría tratar desde muchas variables y aún no se agotaría: Literatura
y poder.
La revista “Semana” dio una
lista en una edición de las veinte novelas sobre el poder:
La Historia del Rey David
La Biblia
Porque la historia de David es probablemente la más grande narrativa de la
antigüedad sobre una vida moldeada por las presiones de la vida política, las
instituciones públicas, la familia, los impulsos del cuerpo y del espíritu, y
la inevitable decadencia de la carne. Una mirada al cruel proceso de la
historia y al comportamiento humano envuelto en la búsqueda de poder.
2. Edipo Rey
Sófocles
Porque es la trama fundacional de las complejas relaciones filiales. Porque es
un tratado sobre el poder en el sentido primordial: un secreto es capaz de
devorar a un hombre y convertirlo en el verdugo de su propio padre.
3. Yo, Claudio
Robert Graves
Porque es honda reflexión sobre el tiempo y la mortalidad de los hombres que un
día se creyeron dioses, en una época en la que todavía importaban los dioses.
4. Memorias de Adriano
Margarite Yourcenar
Porque es una larga carta sobre la soledad del poder. Adriano, otro de los
emperadores romanos, vivió una época imperial en la que se derrumbaron los
ideales del mundo clásico, y el cristianismo no se había implantado del todo.
5. Calígula
Albert Camus
Porque muestra la débil frontera entre el exceso de poder y la tiranía.
Envenenado por el sufrimiento de perder a su hermana, el emperador romano
Calígula empieza a desear lo imposible y a ejercer todo su poder para obtenerlo
sin importar el costo.
6. El nombre de la rosa
Umberto Eco
Porque es bueno recordar cómo el poder de la palabra escrita fue celosamente
protegido del vulgo durante siglos por la Iglesia, y en esta, la gran novela de
Eco, se ponen de manifiesto todas las oscuras maquinaciones de las que fueron
capaces los monjes del medioevo para mantener ese poder.
7. Castellio contra Calvino
Stefan Zweig
Porque en este bello ensayo histórico se pone de manifiesto que cuando los
hombres, hasta los más humanistas y revolucionarios, llegan al poder, son
capaces de aniquilar a sus adversarios: así le ocurrió al joven teólogo
Castellio cuando osó discutir cómo Calvino había sido capaz de condenar a la
hoguera a Servet, otro teólogo.
8. Macbeth William Shakespeare
Porque se trata de uno de los más apasionantes relatos sobre la ambición que
haya concebido el hombre. Macbeth es la historia de un hombre ciego por la
codicia que es capaz de asesinar para conseguir sus propósitos.
9. Fouché Stefan Zweig
Porque es la gran biografía de eso que se podría llamar el poder en la sombra.
No en vano este hombre de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII fue el
único que sobrevivió a dos antagonistas como Napoleón y Robespierre. Y el único
que cambió de opiniones radicalmente entre las ideas revolucionarias y las
monárquicas en un período apasionante de la historia.
10. Rojo y negro
Stendhal
Porque es el gran retrato de la ambición y el arribismo por ascender
socialmente. Porque es un gran fresco de una época en la que comenzaban a
imponerse valores sociales como el dinero, como mecanismo para humillar a los
demás.
11. La piel de zapa
Balzac
Porque es el mejor retrato del arribismo, uno de los valores burgueses por
excelencia en el siglo XIX, y una poderosa metáfora que echa mano de elementos
fantásticos para mostrar que la ambición siempre rompe el saco.
12. El maestro y Margarita
Mijail Bulgakov
Porque es una gran alegoría del estado de represión de los artistas en un
estado totalitario y, además, una de las novelas más hondas sobre el bien y el
mal escritas en el siglo XX.
13. Bella del señor
Albert Cohen
Porque explora a fondo las relaciones de poder en el amor de un hombre judío de
la burguesía y una mujer aristócrata en el convulso período de los años 30 en Europa.
Esta novela es un fresco de una época en la cual el mundo estaba gobernado por
el totalitarismo.
14. Todos los hombres del rey Robert Penn Warren
Porque este libro, ganador del premio Pulitzer de 1946 y basado en la historia
del gobernador de Louisiana Huey Long, es un despiadado retrato de un político
populista que atropelló a todo el mundo para mantenerse en su cargo.
15. 1984
George Orwell
Porque es la crítica más aguda a los regímenes totalitarios que se haya escrito
jamás. Pinta el panorama de un dictador supremo que ha reprimido a la humanidad
por medio de manipulación y propaganda. Este es el Gran Hermano, que siempre
está vigilando.
16. Fahrenheit 451 Ray Bradbury
Porque presenta un futuro en el que la humanidad se ha convertido en una masa
sin pensamiento crítico. Un grupo de bomberos se encarga de incinerar libros
porque, según los altos mandos del poder, generan infelicidad en las personas
al hacerlas ver con otros ojos lo establecido.
17. La hoguera de las vanidades Tom Wolfe
Porque retrata el Nueva York de los años 80, uno de los grandes centros de
poder financiero del mundo. Una historia en la que se muestra cómo los
intereses políticos y judiciales pueden convertir a alguien en el rey del mundo
un día, para luego comérselo vivo a la mañana siguiente.
18. El señor de las moscas
William Golding
Porque es una radiografía descarnada de lo ambicioso que puede llegar a ser el
espíritu humano. Una fábula sobre el deseo de poder, narrada desde el punto de
vista de unos niños abandonados en una isla desierta.
19. Agosto Rubem Fonseca
Porque retrata de una manera minuciosa y casi quirúrgica la caída de un
dictador. El cerco que se va imponiendo sobre Getulio Vargas, y los crímenes de
Estado son, en esta novela, una manera de reflexionar sobre la tiranía.
20. Ámsterdam
Ian McEwan
Porque se sumerge en las relaciones de poder de una amistad. Porque desvela el
desmesurado poder de los periodistas que cuando tienen una exclusiva son
capaces de anteponer el afecto al éxito.
Siempre leo con mucha asiduidad el blog de Sergio Ramírez en
Boomerang Literario del periódico “El País” de España. Sus artículos, además de
estar bien escritos, estamos frente a un escritor mayor, cumplen con una tarea de divulgación y crítica memorable, constituyen
un bálsamo, una buena conversación. Cuando me encuentro con esos artículos
especiales, siempre deseo replicarlo en este blog para que mis lectores lo
disfruten
Rubén Darío fue un músico que como él mismo dice vivía "loco de
armonía". No lo ocultaba. En su novela inconclusa El oro de
Mallorca, el protagonista es un famoso compositor latinoamericano, Benjamín
Itaspes, pero de inmediato reconocemos que se trata de él mismo, disfrazado así
para hacer una confesión autobiográfica, amarga y triste. O más bien que un
disfraz, es su verdadera alma la que muestra en esos capítulos. El alma del
músico que siempre cargó con su piano Pleyel, y que terminó perdiendo en una
casa de empeño, agobiado por las deudas.
Su preferido entre los personajes de la mitología griega es Orfeo, músico, y
entre los dioses del panteón latino, Pan, músico también. Y su poesía que más
nos gusta, la que entra por el oído, es pura música, sino oigamos los compases
que tiene la Marcha Triunfal, clarines, trompas de guerra, y donde los timbales
marcan el ritmo en el desfile de los vencedores.
Y aquel poema A Margarita: ¿Recuerdas que querías ser una
Margarita/
Gautier? Fijo en mi mente tu extraño rostro está,/ cuando cenamos juntos, en la
primera cita,/ en una noche alegre que nunca volverá...tiene la medida y la
cadencia de un tango. Sin olvidar que Borges escribió letras de milongas, a las
que Piazzola puso música.
Pero contra lo que alguien pudiera pensar, en la prosa tiene que haber música,
y el que escribe en prosa debe tener oído musical, para la melodía y para el
ritmo. Esto podría parecer contradictorio en mi caso, pues mi tío Alberto
Ramírez, chelista y compositor de boleros, nos declaró sordos a mi hermana
Luisa y a mí tras sus esfuerzos frustrados en enseñarnos solfeo. Quizás era el
horario de las lecciones. Las dos de la tarde es la peor hora para enseñar a
solfear, igual que para aprender mecanografía, en lo que también fracasé, pues
nunca aprendí a escribir con todos los dedos, como Dios manda, sino que me
quedé usando los dos índices que picotean en el teclado, un anacronismo en esta
era de los dedos pulgares.
Desde entonces he inventado la teoría, muy a mi favor, que hay dos oídos, el
que reproduce entonando, en lo cual confieso mi sordera, pues si me atrevo a
cantar lo hago en un solo tono, y el oído que oye y puede recordar un quinteto
de cuerdas o una sinfonía a la primera frase, el mismo oído que distingue los
compases de un tango o de un bolero y reconoce cada instrumento en un
concierto, y sobre todo, el que me da la medida al escribir.
Vengo de una familia de músicos, abuelo y tíos paternos, todos miembros de una
orquesta, y esa es mi vena artística, mi punto de partida. No me son extraños
los monótonos ejercicios de clarinete de mi tío Carlos José en las tardes
tranquilas de Masatepe, ni la figura de mi abuelo Lisandro inclinado sobre el
papel pautado que el mismo rayaba con un curioso instrumento de cinco filos al
que llamaba "pata", componiendo tal como se lo dictaba su cabeza,
porque nunca pudo ser dueño de un piano.
Músicos pobres, pero que hallaban siempre felicidad en los "toques"
esos viajes a caballo por los pueblos vecinos tocando en las misas de gloria,
los rosarios rumbosos y las procesiones, lo mismo que en las barreras de toros
y en bailes de gala; o ponían serenatas persiguiendo amoríos.
La literatura se emparenta, pues, con la música, o mejor dicho, ambas comparten
la misma sustancia. Y un buen ejemplo es el nicaragüense Carlos Mejía Godoy,
quien recibe este mes en Las Vegas el premio Grammy Latino que le ha sido
otorgado en reconocimiento a su carrera de compositor, palabra que hay que
descomponer de manera debida, en su sentido completo: compositor es el que crea
música y letra. Es decir, un artista que saber oír, y sabe escribir. Y al
escribir, lo hace en pocas líneas, para lo cua se precisa de maestría.
La polvareda que despertó la concesión del premio Nobel de Literatura a Bob
Dylan aún no se asienta, y yo siento que Leonard Cohen se haya muerto sin recibirlo.
Si se trata de premios literarios, además de musicales, como el Grammy, Carlos
Mejía Godoy merecería más de uno, igual que Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina,
Silvio Rodríguez o Pablo Milanés. Todos ellos son poetas de la altura de
Jacques Prévert que escribió la letra de Hojas muertas, o el poema
que fue a dar a la canción. Un poema que cubre toda la melodía, igual que Volvió
una noche de Alfredo Lepera, en la voz de Carlos Gardel.
Conocí a Carlos en León, en 1960. Yo estudiaba derecho, y él llegó a estudiar
medicina. Recuerdo un viaje que hicimos una noche a la playa de Poneloya a
bordo de un jeep sin techo, de aquellos de la segunda guerra mundial, los dos
atrás, hablando de música. Para entonces él empezaba a componer y yo a escribir,
dos caras de la misma moneda, y él asegura que critiqué mal una de sus
canciones primerizas. Cada vez que me lo recuerda, entre risas, yo prefiero
responderle que ese episodio nunca existió.
La imagen de Carlos es inseparable de su acordeón, pero entonces tocaba también
el serrucho, al que sacaba arpegios de película de vampiros. Su obra empezaba
apenas a crecer, y hoy sus centenares de canciones tocan sentimientos de
nostalgia y rebeldía que componen lo que podría llamarse el alma nacional de
Nicaragua. Él le puso música y letra a la revolución, sin cuya música aquella
gesta de todos no se explica, como tampoco se explica sin la poesía de Ernesto
Cardenal.
Bastaría la Misa Campesina para que su obra quedara en la memoria. La grabación
de 1979 en la que entra la Orquesta Sinfónica de Londres, con las voces de
Miguel Bosé, Ana Belén, Sergio y Estibaliz, hay que oírla siempre.
Carlos es un poeta con los dedos en las teclas del acordeón.