Había leido esta gran poeta hace tiempo, pero me encontré con una antología editado por "Colección letras vivas de Medellín" que no solo me permitió volver a gozar con su excelente poesía sino a relerla con juicio. Ninguno de los textos aquí publicados son mios. El texto mencionado tiene un excelente prologo de Augusto Escobar Mesa que no encontré en la red, pero creo que lo publicado aquí es importante. Cuando encuentras escritos que cumplen con tus deseos es necesario reconocerlo en vez de tratar de expresar lo que otro ha dicho mejor. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
Olga Elena Mattei (Arecibo, Puerto Rico, 1933) es una poeta antioqueña, nacida en Puerto Rico. Estudió Filosofía, Letras, Arte y Decoración, en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y se ha presentado en diversos auditorios del mundo.
Ha ganado varios premios de poesía en Colombia y otros países de habla hispana. Ha escrito alrededor de 23 libros publicados, 41 inéditos y miles de poemas por mecanografiar y recopilar, todos ellos en español.
Además de su labor literario, ella ha sido crítica de arte, actriz de teatro, bailarina de ballet, modelo, presentadora y galerista.
Su cantata Cosmofonía fue estrenada en la Radio y TV Francia en 1976 con música del maestro compositor Marc Carles.
En 1979 participó en el "International Writers Program" de la Universidad de Iowa. Su obra ha sido incluida en más de 120 antologías y diccionarios internacionales y nacionales.
Su poema multimedia sobre el cosmos, Cosmoagonía fue presentada en los planetarios de Nueva York, Washington, Toronto, Santo Domingo, Puerto Rico, México y Colombia.
Fue incluida en la lista de los 100 antioqueños del siglo XX y en la colección de postales "Grandes Hombres de Antioquia" (sólo 12 mujeres), donde era la única escritora, así como en una lista de investigaciones biográficas de la Universidad de Antioquía de los diez escritores antioqueños más importantes, en la que era la única poeta viva.
La actividad literaria de Olga Elena Mattei se extendió al periodismo, la crítica de arte y de música. Durante casi 15 años colaboró regularmente con la columna de crítica musical del periódico "El Mundo" de Medellín, en la que comenta, entre otras cosas, los conciertos de las Orquestas de Medellín. También fue periodista cultural honoraria durante 25 años en el diario El Colombiano.
Brindó conferencias sobre arte y culturas antiguas. También condujo programas culturales de radio y televisión.
Pedro Arturo Estrada escribe sobre ella:
"El amor, para Olga Elena Mattei, ha sido el eje de su existencia y de su obra literaria (…). Y es el que dicta sus palabras para expresar también el asombro, el dolor, la alegría, el goce, la emoción simple ante el mundo, la gente, los fenómenos físicos y aun, las realidades metafísicas que la obsesionan, puesto que de hecho, el arte en sí no es más que la manifestación concreta del amor humano en su plenitud, verdad de Perogrullo que no necesitamos dilucidar demasiado. Sin embargo, El profundo placer de este dolor reúne los textos más arriesgados que Olga Elena ha escrito desde su primera juventud en torno de la experiencia amorosa como tal, aquella que involucra dos seres de carne y espíritu en una especie de realidad anómala, desconocida, distinta de toda otra experiencia y en ocasiones incluso única y última, colindante con la experiencia mística, como en ciertos pasajes de la obra se evidencia, recordándonos en su intensidad, ritmo ascendente, pavura y temblor esa misma Llama de Amor Viva que cantara Juan de la Cruz. No es gratuita, en tal sentido, la imagen berniniana del Éxtasis de Santa Teresa que ilustra el libro. Por momentos el lector sentirá fundirse la voz amante al misterio absoluto del amor como instancia suprema, sagrada, definitiva, anonadándose, transfigurándose y conquistando el instante donde dolor y placer dejan de ser orillas opuestas para fluir al fin como una sola, extática sustancia (…). Fundamentalmente, los poemas de amor de Olga Elena son una constante, obsesiva y múltiple invitación al ser amado —luminoso y a la vez oscuro objeto del deseo—, al encuentro absoluto donde, como dijo Bretón, todos los contrarios dejan de existir".
TE ESPERO
Te espero
en la última hora de la tarde
con el deseo de dejarte
destrenzar mis cabellos en el aire.
Y te quiero
con mi último amo� entretejido
en la sombra del sauce.
Esta es la hora azul
de mi ventana,
y aquella es la campana
de mis tardes.
Todavía
puedo cantar tu lejanía
con la misma ansiedad
de aquellos días disueltos en la irifancia.
Todos mis día� fueron
como murciélagos
ciegos;
fueron como voces
gritadas en el agua;
lo mismo que canciones
no escuchadas.
Pero ahora,
lejos de tu mirada,
comprendo tanta luz que me ·cegaba .
.Y en esta hora azul,
la de mi llama renovada,
puedo decirte que te espero
con aquella canción interminada
Palabras de Hector Aba Facio Lince sobre Olga Elena Mattei:
A mí no me tocó, por distraído, cuando Olga Elena Mattei era modelo profesional. Ni cuando fue bailarina de ballet; ni cuando era presentadora de televisión. La primera noticia que tuve de ella fue por un libro de tapas grises que había en la biblioteca de mi casa y que se llamaba Sílabas de arena. Dice su pie de imprenta que fue publicado por La Tertulia de Medellín en 1962. En ese libro había un poema: “Palabras para un niño sordomudo”, que me conmovía profundamente. Ese libro se me perdió en una de las mil mudanzas de la vida, pero todavía recuerdo algunos versos: “Todo es tuyo, porque eres dueño del silencio. (…) La música que piensas es incienso”.
El siguiente recuerdo que tengo de Olga Elena es en una casa por una loma arriba de El Poblado que en ese tiempo quedaba en la frontera de la ciudad y el campo. Yo vivía en una casa de clase media por Laureles, de esas de salas horribles llenas de porcelanas espantosas y corredores con piso de baldosas de todos los colores. En cambio la casa de Olga Elena y Justo Arosemena era un museo. Allá vi por primera vez cuadros de Obregón y pinturas antiguas. Allá los muebles eran unos inmensos mesones de conventos. Allá había santos coloniales que te miraban con ojos atónitos desde los rincones. Yo me iba a fingir que hacía tareas con Fernando Arosemena, mi compañero de clase, y por la noche oía desde lo lejos las discusiones y las carcajadas de las tertulias que se organizaban en la casa del Cónsul de Panamá (eso era Justo) a las que asistían los escritores y artistas más importantes de Colombia. Cuentos de Manuel Mejía Vallejo, murales de Obregón, discusiones vitales o teológicas.
Cuando, hacia el año 72, yo empecé a escribir poesías (pésimas poesías), se las mandaba a Olga Elena al escondido de mis compañeros y durante semanas esperaba con una ansiedad insoportable sus respuestas. Tenía 15 años y ella me trataba —se lo agradeceré siempre— como un adulto serio. Recuerdo algo muy importante en sus comentarios. Era una sigla: L.C. Ele Ce. ¿Qué quería decir eso? Ella me lo aclaró: “Lugar Común”. Yo no tenía ni idea de lo que era la expresión “lugar común”, y con mucha tristeza mi papá me lo tuvo que explicar: “Es una expresión gastada, una frase manida, algo que de tan oído no se puede repetir”. Desde los 15 años no he hecho otra cosa que tratar de sacarles el cuerpo a los lugares comunes, y no sé si lo he logrado, pero si alguna vez lo logro se lo debo a Olga Elena Mattei. Gracias a ella, aunque me estimuló mucho, dejé la poesía, pero me aferré a la escritura como salvación.
En esos mismos años apareció su tercer o cuarto libro, La gente, premiado y publicado por el Instituto Colombiano de Cultura en 1973. Era la antipoesía pura y dura, en el escueto estilo de Nicanor Parra. Antes había salido la Pentafonía, que para su presentación en París, para la radio y la televisión francesa, fue acortada y salió como Cosmofonía.
Después fueron otros diez años. Su casa de casada con Justo Arosemena se acabó. Volví a ver a Olga Elena en un apartamento, también atiborrado de maravillas, en Nueva York. Vivía con el poeta Ocampo Zamorano y en las semanas que estuve cerca de ella fue mi guía por el Metropolitan y por el Museo de Arte Moderno.
Ese viaje suyo duró mucho tiempo, tal vez demasiado. Olga Elena se fue cuando era una de las poetas más reconocidas de Colombia. Cuando regresó, 20 años después, mucha gente la había olvidado. Pese a sus recitales en el mundo entero, pese a las críticas elogiosas de hombres ilustres, Colombia, que es tierra fértil para la amnesia, la había olvidado.
Cosmoagonía pertenece a la veta quizás más prolífica en Olga Elena: la que mezcla conocimiento científico con exploraciones de elevación mística.
La literatura no es como el deporte, o como los desfiles de moda y los presentadores de televisión. No puede ser que para ser un buen escritor tengan que averiguar la edad y hacer un casting.
Es una lástima cuando la civilización del espectáculo suplanta una de las pocas cosas que mejora con los años, que es la especialidad lingüística.
Los muchachos y las muchachas son de una gran belleza, pero no saben hablar, o cuando hablan, lo único que sueltan son lugares comunes. No saben que el agua tibia se inventó hace siglos.
Olga Elena Mattei no ha dejado un solo día de escribir durante estos 35 años en que yo la conozco. Ha publicado 12 libros y tiene inéditos otros 32. Regiones del más acá es uno de sus títulos más hermosos, de 1994. El último, uno de los premiados, es Escuchando al Infinito. Hoy es un gusto y un honor poder oír su voz. Creo que no oirán ningún lugar común.
El Desconocido
Despierto,
llena de conmoción,
del más intenso sueño:
Un beso hueco
con un hueco
negro
aspirando galaxias
en mitad
de las gargantas!
Galaxias ácidas
que recorrieron
todos mis nervios
convirtiendo
mi cerebro
en una supernova
efervesciendo!
Y eras tú, el desconocido,
el que aún no ha venido.
El que he estado buscando
entre todos
los rostros
de soldados
egipcios
y de ejércitos
chinos
plasmados
en barro…
El que busqué hace años
dentro de los ojos
de mis amigos…
El que sigo buscando
sin que jamás desista…
El que hoy me ha besado…
Tú, el que
tal vez no exista!
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