viernes, 21 de octubre de 2022

VIRGINIA WOOLF, LECTORA HONESTA

 

 

 

Este excelente artículo es tomado de la revista “Letras Libres”. Espero mis asiduos lectores lo disfruten. Cesar H Bustamante 

 

Lo más importante, y lo más complicado de conseguir, para un lector es la honestidad, pensaba la escritora. 

20 octubre 2022 

 

Salgo de una vivificante temporada leyendo a Virginia Woolf. Su diario, sus novelas y ensayos. Su frescura y humor. Lo que más me ha impresionado es la facilidad con la que se emancipa, en todas las esferas, de las ideas dominantes de su época. Tenía un olfato único a la hora de detectar prejuicios y calar a personas que repiten opiniones ajenas, sin sentir ni pensar. Su obra fue una lucha incesante por construir una habitación propia donde pudiera abrir ventanas y disfrutar de una vida afectiva e intelectual en desconfianza de la teoría. Y de todos los temas que abordó y resquebrajó –sexualidad, enfermedad, relaciones familiares… –, me interesa particularmente la posición que sostuvo, en muchos de sus escritos, sobre cómo debe ser un buen lector.  

Para Woolf, existen dos tipos de lectores supuestamente acreditados de los que hay que desconfiar. Primero, el lector académico. El título de su primer libro de ensayos, El lector común, es una referencia a Samuel Johnson, quien recelaba de los profesores llenos de prejuicios literarios y su engañosa erudición. “Permitir que unas autoridades, por muy cubiertas de pieles sedosas y muy togadas que estén, entren en nuestras bibliotecas y dejar que nos digan cómo leer, qué leer, qué valor dar a lo que leemos es destruir el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios”. A eso, le opone el lector común quien “lee por placer” y que “nunca cesa, mientras lee, de levantar un entramado tambaleante y destartalado que le dará la satisfacción temporal de asemejarse al objeto auténtico lo suficiente para permitirse el afecto, la risa y la discusión”.  

Por otra parte, Woolf ataca a la crítica periodística. Sabía de lo que hablaba, pues escribió más de seiscientos artículos para la prensa, de los cuales innumerables reseñas críticas. Su principal objeción es que el reseñador es una persona que va con prisa y que debe “escribir demasiado y demasiado a menudo”. En tales condiciones es difícil realizar una lectura productiva de un libro, sabiendo además lo “ imposible” que es para “los vivos juzgar las obras de los vivos”. En un ensayo titulado “Reseñar”, Woolf imagina, con su habitual humor, una horda de reseñadores convertidos, con el paso de los años, en “resumidores” (resumirán únicamente la trama) y, posteriormente, en “probadores” (le pondrán un sello al libro, “un asterisco para indicar aprobación y una daga para indicar desaprobación”). Asimismo, Woolf señala que las reseñas suelen tratar sobre autores vivos, que son amigos o enemigos. “El reseñador sabe que tiene obstáculos, distracciones y prejuicios”. La crítica periodística se inserta en un juego de relaciones, en el qué dirán, alejada, por tanto, de una lectura pura y desinteresada. 

Woolf desconfía de aquellas lecturas motivadas por factores ajenos al propio placer del lector. Lecturas cuya finalidad consiste en encajar y no meter la pata. Lecturas que buscan, a veces inconscientemente, la aprobación del entorno en el que se realizan. Un lector no lee lo que quiere, sino lo que supone que los otros esperan de él. Parafraseando a Nieszche, no deberíamos leer ni un solo crítico más al que se le note que quería hacer un libro, un artículo: tan solo a aquellos cuyos pensamientos de improviso se volvieron libro o artículo. Decía Valéry que “solo leemos a fondo lo que leemos por motivos personales”. Y Woolf definía sus ensayos como “crítica no profesional”. 

La noción clave, para ella, es la de honestidad. Entre tantos académicos y reseñistas, busca la figura del lector honesto, aquel capaz de deshacerse de categorías preestablecidas, de la mirada de los demás y escucharse a sí mismo. En Una habitación propia, Woolf defiende la ardua libertad de pensar en las cosas tal como son: “Ese edificio, sin ir más lejos, ¿me gusta o no me gusta? Ese cuadro, ¿es bonito o no lo es? Ese libro, ¿es a mi juicio bueno o no?”  La mayoría de las personas no leen, creen leer. Miran al costado para saber si un libro es bueno. Buscan confirmación en solapas, fajas de libros, reseñas o tweets. Incluso antes de haber leído el libro. Requiere mucha valentía y preparación para leer honestamente, a la manera de Robinson Crusoe en la isla desierta, es decir, como un lector necesitado, despojado de sus bienes, ligero de ropa y tirado a la deriva. Decía Flaubert que era necesario beber océanos y orinarlos después. 

Woolf es muy proustiana en su manera de desconfiar de la inteligencia. Para ella, como para el autor de La recherche, la sensación prevalece sobre todo lo demás, la sensación permite acercarse a la verdad del mundo. Por lo menos a nuestra verdad del mundo. No existe un saber exterior y objetivo que nos dé la clave de lo que sentimos, por ejemplo, al leer. Al contrario, la inteligencia distorsiona. Uno debe confiar en sus sensaciones y empezar siempre desde ahí. “Un cuerpo dice la verdad. No siempre ni a la primera, pero siempre es el cuerpo el que la dice”, escribió J.M. Coetzee. La honestidad del lector consiste pues en primar la intensidad de las emociones, en la difícil tarea de volver a poner el cuerpo en el centro de la lectura. 

Para ello, la cualidad principal de un lector debe ser la atención. Prestar atención a lo que siente cuando lee. No a lo que debería estar sintiendo, sino a lo que siente. Para no equivocarse, para no confundirse a sí mismo, para no realizar una lectura impostada. Poner toda la atención, todo el talante, toda la buena voluntad en la lectura. ¿Me siento vivo o, por lo contrario, indiferente? ¿Por qué tropecé con esta frase? ¿Por qué se detuvo mi ojo en aquella palabra? ¿Por qué bostecé? ¿Qué me sorprendió, qué me decepcionó? ¿Qué pasaje quise releer? ¿Por qué tuve las irrefrenables ganas de leer en voz alta? ¿Por qué, impaciente, comprobé el número de páginas que faltaban para acabar el capítulo? ¿Por qué me incorporé en la cama en ese preciso instante? ¿Por qué camino más despacio desde que cerré el libro? ¿O, por lo contrario, por qué me pongo a correr? El núcleo de toda crítica, si se quiere verdadera, debería encontrarse entre los omoplatos, un hormigueo en la médula espinal. Y es que le prestamos demasiada poca atención a nuestro cuerpo.  

Woolf plasmó esta atención absoluta en una inolvidable escena de su novela Al faro. La señora Ramsay –mujer entregada al cuidado de su familia, de la casa, celestina a tiempo parcial– se queda, por fin, sola y en silencio en la terraza de la casa. Sus hijos se han acostado y ella abandona su papel de madre dedicada. Los quehaceres, las prisas y las obligaciones desaparecen. Ese trato inevitable con los demás. Tiene la sensación de despojarse poco a poco de su propia personalidad y convertirse en “una cuña de oscuridad”. Y en este estado, contempla los destellos del faro y repara en que su preferido es el último de los tres, el más largo y prolongado. La señora Ramsay prefiere esa luz a todas las demás cosas. Esta escena hace especial eco a una entrada del diario de Woolf: “Cuando llega una visita soy Virginia, pero cuando escribo soy apenas una sensibilidad. Claro que me gusta ser Virginia, pero solo cuando mi disposición es sociable. Y ahora solo deseo ser una sensibilidad.” Todo lector debería tener ese sueño: leer con una atención absoluta, convertirse en una sensibilidad, leer como sueña escribir Virginia Woolf, leer exactamente de la misma forma en que la señora Ramsay mira el anochecer en la bahía y el destello prolongado del faro.  

¡Pero qué difícil! ¿Verdad? ¡Qué difícil es leer honestamente! Cuando pienso en Woolf, me viene la imagen de la señora Ramsay sola en su terraza y estas hermosas palabras de Philip Roth: “¿La crítica? Daría dos años de vida por escuchar en silencio lo que Virginia Woolf opinaría de una de mis novelas”. Porque Woolf no miraba al costado para saber si un libro era bueno. Era la lectora honesta que tanto buscó.  

 

No.286 / octubre 2022 

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miércoles, 19 de octubre de 2022

EL CASO DE UN DESTINO TRAGICO (3)

Cuando se bajó del aeropuerto José María Córdoba, se sintió como en su casa, como si nunca hubiese salido del país. Tomo un taxi y le pidió que la llevara a Santa Lucia, la zona donde pasó la mayoría de su vida. Por rumores, se enteró de los cambios profundos, lo que no evitaba los nuevos problemas que surgieron después de la falsa paz: las Bacrim, la extorsión y el microtráfico.  

Se quedó en la estación , pues llevaba muy poco equipaje. Subió por la calle principal, la cuarenta y siete,  vio el supermercado Olímpica y Z, pasó el CAI, todo le remoraba su niñez,  recordó el bar de Willi, subió por todo el centro del parque de los Alcazares,  la tienda de don Joaquín donde rumbeó mucho tiempo, sobre todo en las banquitas del mismo pese al disgusto del honorable cuerpo policial que, no cuidaba sino extorsionaba, recorrió todo el Coco y llegó por fin a su casa, que sorpresivamente estaba sola y como si hubiese salido ayer, ningún cambio.

Evocaba las imágenes más cruentas, de niña, su mami le contó todo lo concerniente a la toma de Orión, la primera toma urbana realizada por el ejército, el CTI y el DAS, que eran los principales entes de investigación criminal de Colombia; acompañados del grupo paramilitar el Cacique Nutibara, dirigido por un narcotraficante llamado don Berna. Fue una acción Paraestatal, de muy ingrata recordación para Medellín y el país, condenado internacionalmente por el número de civiles muertos y los cientos de desaparecidos, que aún están en total impunidad, para no hablar de más de setenta y dos civiles heridos.

Alegría y tristeza se le venían a la cabeza en este recorrido. Perdió más de veinte amigos, asesinados y desaparecidos en la guerra territorial y por los mandados que le hicieron a la mafia que quedó después de la muerte de Pablo Escobar, la cual sembró gran parte de los problemas que aun adolece la comuna y sus gentes.

Cada vez le atormentaba el recuerdo del asesinato del Tuso, su exnovio, estaba a su lado y su rostro se llenó súbitamente de sangre por efecto de los tiros que le dieron en la cara, impresión que no se le borraba de su mente, este hecho rebaso la copa y fue el motivo que la llevo a cambiar, a buscar una salida a ese destino trágico que la asediaba. Después de esos años turbulentos, conoció a Eliecer, escuchándolo, descubrió una nueva visión de la vida, cambió aquellos anclajes mentales que le hacían ver como única realidad el caos en que se había criado. 

Eliecer descubrió que ella tenía mucho oído, que la música era un mundo que se tornaba poco a poco en el centro de su vida, le abarcaba lentamente su tiempo, de la mañana a la noche. Con él fue convocando a los amigos que le quedaban y al grupo de adolescentes que estaba creciendo, para darles charlas y enseñar Rap, para interiorizarles que el mundo está lleno de posibilidades que, primero debemos conocernos muy bien y después tomar decisiones sabias y caminar sobre dichos objetivos.

La vida se llenó de música, de ganas de estudiar, empezó a averiguar el asilo en España y a tramitar una beca para estudiar algo relacionado con el periodismo, arregló la relación con su madre y fortificó la de su hermano. Era otra visión, llena de esperanza, no importa que siguieran las guerras del barrio.

Nada definitivamente es fácil, menos cambiar de vida, el arraigo por su barrio y Medellín era muy grande y viajar le llenaba de miedo, se habían consolidado grupos de rap, con el tiempo empezaron a realizar conciertos barriales, eso le alegraba de sobremanera, era no solo interpretación de chicos en formación artística, sino una catarsis colectiva; con ello vino un encanto lleno de sensibilidad y objetivos  que una vez cumplidos los llenaban de satisfacción y les daban una nueva óptica de la vida.

Ahora que volvía todo se le aparecía como una película con final feliz, la verdad pocas cosas habían cambiado, pero la actitud de los muchachos era otra, Vivian en un mundo posible y menos trágico. Después de saludar a su hermano y a su madre subió al grafitur, la primera impresión fue sentir como quería a su Medellín del alma pese a todo lo vivido. Estaba lleno de grafitis, de música, de sitios de venta de artesanías, de pequeños bares, todo un mundo apacible y amable. Preguntó incansablemente por Eliecer, la mayoría de personas le dijeron que no sabían de él. Después de dos días de buscarlo, de sentir que había hablado con él, se preguntaba sí fue su imaginación o el deseo de abrazarlo, agradecerle y de contarle sus experiencias en España. Tenía como objetivo reescribir la historia de la zona desde la óptica de sus víctimas, de sus habitantes, para por lo menos desde este marco subjetivo, aportar un poco de verdad a tanta especulación. 

Al quinto día de indagar por Eliecer, bajo por las escalera eléctricas y pensó que todo lo vivido valía la pena, por trágico que fuera y definitivamente la prioridad es primero cambiar nosotros, para poder cambiar la realidad y por su puesto la comuna, la ciudad y el país.

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