martes, 8 de febrero de 2022

LOS SUSURROS DEL LENGUAJE DE ROLAND BARTHES


He tomado estos apartes de forma literal del texto de Barthes por parecerme de suma importancia para literatura, en una segunda entrega pasaré el otro texto que le continua.

DE LA CIENCIA A LA LITERATURA

Las facultades francesas tienen en su poder una lista oficial de las ciencias, tanto sociales como humanas, que son objeto de enseñanza reconocida y, de esa manera, obligan a delimitar la especialidad de los diplomas que confieren: se puede ser doctor en estética, en psicología, en sociología, pero no en heráldica, en semántica o en victimología. Así pues, la institución determina de manera directa la naturaleza del saber humano, al imponer sus procedimientos de división y de clasificación, exactamente igual que una lengua obliga a pensar de una determinada manera, por medio de sus «rúbricas obligatorias» (y no meramente a causa de sus exclusiones). En otras palabras, lo que define a la ciencia (a partir de ahora, en este texto llamaremos ciencia al conjunto de las ciencias sociales y humanas) no es ya su contenido (a menudo mal delimitado y lábil), ni su método (el método varía de una ciencia a otra: ¿qué pueden tener en común la ciencia histórica y la psicología experimental?), ni su moralidad (ni la seriedad ni el rigor son propiedad exclusiva de la ciencia), ni su método de comunicación (la ciencia está impresa en los libros, como todo lo demás), sino únicamente su «estatuto», es decir, su determinación social: cualquier materia que la sociedad considere digna de transmisión será objeto de una ciencia. Dicho en una palabra: la ciencia es lo que se enseña.

La literatura posee todas las características secundarias de la ciencia, es decir, todos los atributos que no la definen. Tiene los mismos contenidos que la ciencia: efectivamente, no hay una sola materia científica que, en un momento dado, no haya sido tratada por la literatura universal: el mundo de la obra literaria es un mundo total en el que todo el saber (social, psicológico, histórico) ocupa un lugar, de manera que la literatura presenta ante nuestros ojos la misma gran unidad cosmogónica de que gozaron los griegos antiguos, y que nos está negando el estado parcelario de las ciencias de hoy. La literatura, como la ciencia, es metódica: tiene sus propios programas de investigación, que varían de acuerdo con las escuelas y las épocas (como varían, por su parte, los de la ciencia), tiene sus reglas de investigación, y, a veces, hasta sus pretensiones experimentales. Al igual que la ciencia, la literatura tiene una moral, tiene una determinada manera de extraer de la imagen que de sí misma se forma las reglas de su actividad, y de someter, por tanto, sus proyectos a una determinada vocación de absoluto. Queda un último rasgo que ciencia y literatura poseen en común, pero este rasgo es, a la vez, el que las separa con más nitidez que ninguna otra diferencia: ambas son discursos (la idea del logos en la antigüedad expresaba esto perfectamente), pero el lenguaje que constituye a la una y a la otra no está asumido por la ciencia y la literatura de la misma manera, o, si se prefiere, ciencia y literatura no lo profesan de la misma manera. El lenguaje, para la ciencia, no es más que un instrumento que interesa que se vuelva lo más transparente, lo más neutro posible, al servicio de la materia científica (operaciones, hipótesis, resultados) que se supone que existe fuera de él y que le precede: por una parte, y en principio, están los contenidos del mensaje científico, que lo son todo, y, por otra parte, a continuación está la forma verbal que se encarga de expresar tales contenidos, y que no es nada. No es ninguna casualidad que, a partir del siglo xvi, el desarrollo conjugado del empirismo, el racionalismo y la evidencia religiosa (con la Reforma), es decir, el desarrollo del espíritu científico (en el más amplio sentido del término) haya ido acompañado de una regresión de la autonomía del lenguaje, que desde ese momento quedará relegado al rango de instrumento o de «buen estilo», mientras que durante la Edad Media la cultura humana, bajo la especie del Septenium, compartía casi a partes iguales los secretos de la palabra y los de la naturaleza. Muy por el contrario, en la literatura, al menos en la derivada del clasicismo y del humanismo, el lenguaje no pudo ya seguir siendo el cómodo instrumento o el lujoso decorado de una «realidad» social, pasional o poética, preexistente, que él estaría encargado de expresar de manera subsidiaria, mediante la sumisión a algunas reglas de estilo: EL lenguaje es el ser de la literatura, su propio mundo: la literatura entera está contenida en el acto de escribir, no ya en el de «pensar», «pintar», «contar», «sentir». Desde el punto de vista técnico, y de acuerdo con la definición de Román Jakobson, lo «poético» (es decir, lo literario) designa el tipo de mensaje que tiene como objeto su propia forma y no sus contenidos. Desde el punto de vista ético, es simplemente a través del lenguaje como la literatura pretende el desmoronamiento de los conceptos esenciales de nuestra cultura, a la cabeza de los cuales está el de lo «real». Desde el punto de vista político, por medio de la profesión y la ilustración de que ningún lenguaje es inocente, y de la práctica de lo que podríamos llamar el «lenguaje integral», la literatura se vuelve revolucionaria. Así pues, en nuestros días resulta ser la literatura la única que soporta la responsabilidad total del lenguaje; pues si bien es verdad que la ciencia necesita del lenguaje, no está dentro del lenguaje, como la literatura; la primera se enseña, o sea, se enuncia y expone, la segunda se realiza, más que se transmite (tan sólo su historia se enseña). La ciencia se dice, la literatura se escribe; la una va guiada por la voz, la otra sigue a la mano; no es el mismo cuerpo, y por tanto no es el mismo deseo, el que está detrás de la una y el que está detrás de la otra.

Al basarse fundamentalmente en una determinada manera de usar el lenguaje, escamoteándolo en un caso y asumiéndolo en otro, la oposición entre ciencia y literatura tiene una importancia muy particular para el estructuralismo. Bien es verdad que esta palabra, casi siempre impuesta desde fuera, recubre actualmente muy diversas empresas, a veces hasta divergentes, incluso enemigas, y nadie puede atribuirse el derecho de hablar en su nombre; el autor de estas líneas no pretende tal cosa; se limita a retener del «estructuralismo» actual la versión más especial y en consecuencia más pertinente, la que bajo este nombre se refiere a un determinado tipo de análisis de las obras culturales, en la medida en que este tipo de análisis se inspira en los métodos de la lingüística actual. Es decir que, al proceder él mismo de un modelo lingüístico, el estructuralismo encuentra en la literatura, obra del lenguaje, un objeto más que afín: homogéneo respecto a él mismo. Esta coincidencia no excluye una cierta incomodidad, es más, una cierta discordia, que depende de si el estructuralismo pretende guardar la distancia de una ciencia respecto a su objeto o si, por el contrario, acepta comprometer y hasta perder el análisis del que es vehículo en esa infinitud del lenguaje cuyo camino hoy pasa por la literatura; en una palabra, depende de si lo que pretende es ser ciencia o escritura.

En cuanto ciencia, el estructuralismo «se encuentra» a sí mismo, por así decirlo, en todos los niveles de la obra literaria. En primer lugar al nivel de los contenidos, o, más exactamente, de la forma de los contenidos, ya que su objetivo es establecer la «lengua» de las historias relatadas, sus articulaciones, sus unidades, la lógica que las encadena unas con otras, en una palabra, la mitología general de la que cada obra literaria participa. A continuación, al nivel de las formas del discurso; el estructuralismo, en virtud de su método, concede una especial atención a las clasificaciones, las ordenaciones, las organizaciones; su objeto general es la taxonomía, ese modelo distributivo que toda obra humana, institución o libro, establece, ya que no hay cultura si no hay clasificación; ahora bien, el discurso, o conjunto de palabras superior a la frase, tiene sus propias formas de organización: también se trata de una clasificación, y de una clasificación significante; en este aspecto, el estructuralismo literario tiene un prestigioso antecesor, cuyo papel histórico suele, en general, subestimarse o desacreditarse por razones ideológicas: la Retórica, imponente esfuerzo de toda una cultura para analizar y clasificar las formas de la palabra, para tomar inteligible el mundo del lenguaje. Por último, al nivel de las palabras: la frase no tiene tan sólo un sentido literal o denotado; está además atiborrada de significados suplementarios: al ser, simultáneamente, referencia cultural, modelo retórico, ambigüedad voluntaria de enunciación y simple unidad de denotación, la palabra «literaria» es tan profunda como un espacio, y este espacio es justamente el campo del análisis estructural, cuyo proyecto es mucho más amplio que el de la antigua estilística, fundamentada por completo sobre una idea errónea de la «expresividad».

miércoles, 26 de enero de 2022

JOSÉ MIGUEL OVIEDO

 Este excelente crítico peruano desaparecido hace poco, junto con Ángel Rama, constituyen lo más riguroso en materia de crítica literaria en nuestro continente. estoy leyendo la historia de la literatura Latinoamericana. Empecé por el ultimo tomo. Había leído todos los trabajo sobre Vargas Llosa y Gabriel García Marques lo que me daba una referencia sobre la seriedad de esta obra monumental. 

Tener una visión de la historia de la literatura Latinoamérica desde sus orígenes es una ventaja sin parangón tanto para curiosos como legos, realmente fue una tarea titánica. No solo por la panorámica total de nuestra historia literaria, sino por la forma que nos va entregando movimientos y autores siempre haciendo un paralelo  con la literatura universal.

José Miguel Oviedo estudió literatura peruana y literatura latinoamericana, trabajó en las universidades americanas y es la universidad de Pensilvania donde se establece como docente.

Su historia de la literatura Latinoamérica "Parte de Colón y el legado de las literaturas indígenas, los códices de la lengua náhuatl,  y nezahualcóyoc y su poesía de la mortalidad. Y la literatura maya, el Popol Vuh, los libros del Chilam Balam, y de ahí pasa a la literatura quechua, desde las cosmogonías a la poesía amorosa. Además, se ocupa de Colón y de sus diarios, y sobre el XVI, entre «libertad y censura», desfilan los textos y el entendimiento de Bartolomé de las Casas, de López de Gómara, y los cronistas indios y mestizos de México, y los cronistas del Perú. De olvidarse de alguna lírica o épica, se ocupa de la Araucana, de Chile. Y hacia las páginas 200, del Inca Garcilaso y «el arte de la memoria», y  luego el barroco, Sor Juana en México y en Perú, la virulencia de Caviedes. Y eso no es todo, cuando ya se establece el neoclasicismo y el romanticismo, hay páginas sobre el sueño de Bolívar, y las aventuras de Miranda, la poesía cívica de Melgar, y sin duda, al gran Bello, un sabio lingüista, que por cierto, hemos olvidado"(Hugo Neira). 

El tomo de Borges y la vanguardias no da la medida del ojo crítico de este autor, quien analiza al argentino, por fuera de los lugares comunes con los que tradicionalmente se trata:  Para hablar de Jorge Luis Borges (1899-1986) con alguna propiedad partamos de un principio elemental: no hay historia literaria que pueda abarcar todos los aspectos que se necesitan para dar de él una imagen coherente y válida; sólo cabe intentar una aproximación, un esbozo de lo que su obra y su figura representan para la literatura de nuestro tiempo, en cualquier lengua. Sin embargo, al hacerlo así se corre el peligro de empobrecer una obra que es exacta y sutil en el juego de sus elementos, y hacer de ella una simplificación excesiva. El historiador no tiene más remedio que correr ese riesgo y remitir a sus lectores a algunos de los cuantiosos libros y trabajos -una verdadera industria crítica ya más extensa que la misma obra estudiada- donde puede hallar lo que aquí se omite. Así es que este apartado se ocupa de Borges con una intención bastante modesta: ofrecer una imagen sucinta de él, quizá suficiente para mostrar en qué reside la importancia y la grandeza de un autor que se negó persistentemente a creer en aquéllas".

Es cierto, Borges es inclasificable desde el punto de vista de los géneros: "Aunque su tardía fama se debe principalmente a su producción cuentística, es bien sabido que Borges comenzó escribiendo poemas y ensayos y siguió haciéndolo con intensidad hasta sus últimos días. Pero hablar de él como si hubiese tres Borges -el cuentista, el poeta, el ensayista- es un error o al menos crea un problema. Todos estos géneros y otras formas intermedias que cultivó se explican mutuamente en un sistema de correspondencias, citas, ecos y retornos que no deberían aislarse unos de otros. En realidad, no hay un Borges cuentista, un Borges poeta y un Borges ensayista, sino uno solo: su voz es esencialmente la misma y cualquier parte del sistema remite al centro, y viceversa. No existe una conciencia rígida de los géneros en Borges, que continuamente cruzó esas fronteras y supo filosofar como escritor de ficciones o ser poeta cuando escribía ensayos. ¿Qué es, por ejemplo, un texto paradigmático como «Borges y yo»? Es un cuento que es un ensayo que es un poema".

Es evidente que los despliegues de erudición de Borges intimidan. Pero esto hace parte del juego a que nos somete con citas y alusiones donde se mezcla una capacidad creativa sin parangón con una forma especial de cuentos que son ensayos, revestidos de conjeturas. Es indudable que el análisis de este autor constituye un desplazamiento en la variedad de una obra que incluye también sus conferencias sobre temas puntuales.   

Expresa categóricamente el autor: "Esto es más significativo porque su obra es un corpus formado por fragmentos; prácticamente no hay libros orgánicos en Borges: la vasta mayoría, incluso los dedicados a un solo tema, como Evaristo Carriego ( 1930) 1 o Leopoldo Lugones ( 1965), son recopilaciones de piezas breves y ocasionales. Son también característicos los volúmenes miscelánicos, como El hacedor (1960), que mezcla textos en prosa y verso, o los que son catálogos abreviados de un material mucho más vasto, como el Manual de zoología fantástica (México, 1957). Una de sus formas favoritas por su brevedad y libertad para la digresión eran los prólogos, subgénero en el que abundó con tanta maestría (son notables ejemplos de su manejo de la concisión y la alusión) que hay una recopilación de ellos simplemente titulada Prólogos (1975) que, por cierto, incluye un «Prólogo de prólogos»".

La idea es aconsejar su lectura, que necesariamente no debe empezar por este tomo. Están todos los libros en la red.





jueves, 13 de enero de 2022

EFEMERIDES LITERARIAS DE ESTE AÑO

 

La razón de España nos entrega alguna efemérides importantes para este año:  100 años menos cumpliría Molière, quien nació en París el 15 de enero de 1622. A este fantástico autor francés le debemos agradecer grandes obras teatrales como “Don Juan”, “Tartufo”, “El avaro”, “El burgués gentilhombre” o “El misántropo”. Siendo su nombre real Jean-Baptiste Poquelin, el escritor revolucionó la dramaturgia y comedia de su época, siendo considerado así un clásico de la literatura universal y cuya obra sigue siendo objeto de estudio. A quien debemos celebrar este año por partida doble sería a otro francés: en este caso, Marcel Proust. Nacido en París en 1871 y fallecido en 1922, si bien el año pasado se celebraron los 150 años de su nacimiento, ahora se cumple el centenario de su muerte. Es uno de los grandes autores de todos los tiempos, y a él le debemos “Sodoma y Gomorra”, obra que también cumple un centenario, así como también la segunda parte de “El mundo de Guermantes”, tercer volumen de su obra maestra”.

También nos recuerda el cronista de la razón otro grande de la literatura:” Las conmemoraciones no deberán dejar atrás al gran escritor José Saramago, pues se cumple el 16 de noviembre un siglo de su nacimiento. Premio Nobel de Literatura en 1998, el autor nos dejó un gran legado novelístico, entre el que figuran obras como “Ensayo sobre la ceguera”, “Todos los nombres”, “Caín”, “El año de la muerte de Ricardo Reis” o “La balsa de piedra””.

Yasunari Kawabata, autor japonés que murió un 16 de abril de 1972. Hace, por tanto, 50 años, fue uno de los escritores nipones más importantes de la historia. Un autor que apostó por la cultura de su país y que se convirtió en una de las voces más valoradas de su entorno, ante todo gracias a obras como “La bailarina de Izu”, “País de nieve” o “La casa de las bellas durmientes”.

Este año se cumplen diez años de la muerte de Carlos Fuentes.

En homenaje a Proust y Joyce, dedicaremos  varias entradas a recordar sus obras

 

 

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lunes, 27 de diciembre de 2021

ENMMANUEL CARÉRE

 

Este año fue de relecturas, con la excepción de Irene Vallejo, pocos son los libros publicados este año que haya leido. Hay en todo caso autores que nos sorprenden por su versatilidad, por la capacidad de escribir historias complejas y diferentes, además de muy agradables. Este es el caso de este gran escritor Frances. Tiene la virtud de escribir obras de ficción entrecruzadas con temas específicos de gran importancia para la humanidad, algunos de carácter histórico, sobre todo, en lo que tiene que ver con los anclajes culturales y psicológicos que aun cuentan para el hombre, mecanismos de identidad o de rechazo. En “El reino” “se entrecruzan dos tramas, dos tiempos: la propia vivencia del autor, que abraza la fe en un momento de crisis personal marcado por una compleja relación amorosa y el abuso del alcohol, y la historia de Pablo el Converso y de Lucas el Evangelista. Pablo que cae del caballo, tiene una iluminación mística y pasa de lapidador de cristianos a propagador de la nueva fe que transmuta todos los valores. Y Lucas que escribe la vida de Jesús y a partir del cual nos adentramos en los evangelios primigenios, tan diferentes al Apocalipsis de fuegos artificiales de Juan. En estas dos historias entrecruzadas sobre la fe se suceden abundantes personajes, episodios y reflexiones: la serie televisiva sobre muertos que resucitan en la que participa Carrère como guionista, la canguro ex hippie y amiga de Philip K. Dick a la que contrata, los bolcheviques con los que compara a los primeros cristianos, webs porno, visiones eruditas sobre las fuentes originales del cristianismo, la desaparición,¿resurrección?”.

En la feria de Guadalajara alguien hizo esta presentación que me parece pertinente para definir su obra y estilo: Es un escritor que practica la circulación multimedia, trabajando además en cine y televisión, pero sin separarse de la gran tradición humanista. Por un lado, es capaz de releer y comentar la Biblia con la erudición que exhibe en un libro como El reino. Y, por otro, es autor de una celebrada biografía de Philip K. Dick y un apasionado lector de ciencia ficción y de reportajes periodísticos. Heredero de Montaigne y de Rousseau, lo autobiográfico adquiere en su escritura una dimensión crítica que le permite pintarse sin concesiones y explorar arriesgadamente zonas de sombra de la condición contemporánea”.

Sus historias son confrontaciones con sus propias dudas y la tradición de que es heredero. En “Limonev” de la mano de un personaje extraño indaga sobre la Rusia de los últimos cincuenta años:

“«Limónov no es un personaje de ficción. Existe y yo lo conozco», advierte Emmanuel Carrère. Esta novela biográfica o biografía novelada reconstruye la vida de un personaje real que parece surgido de la ficción. Un personaje desmesurado y estrafalario, con una peripecia vital casi inverosímil, que le permite al autor trazar un contundente retrato de la Rusia de los últimos cincuenta años y al mismo tiempo aventurarse en una indagación deslumbrante sobre las paradojas de la condición humana. Poeta y pendenciero en su juventud, Limónov frecuentó los círculos clandestinos de la disidencia en la Unión Soviética, se vio obligado a exiliarse y aterrizó en Nueva York, donde vivió como un vagabundo, fue mayordomo de un millonario y escribió novelas autobiográficas. Siguió haciéndolo cuando se marchó a París y allí alcanzó notoriedad pública con una escandalosa novela sobre sus andanzas neoyorquinas por el lado salvaje. De allí pasó a los Balcanes, donde apoyó hasta las últimas consecuencias la causa serbia, y regresó después a la Rusia poscomunista para fundar un partido nacional bolchevique que fue prohibido. Él acabó en la cárcel, acusado de tentativa de golpe de Estado, y allí escribió más libros, tuvo una experiencia mística y al salir se convirtió en opositor a Putin”.

Este texto, ensayo y novela, narra los peores episodios de Putin, es la puesta en escena de temas que solo la novela puede tratar con hondura y con absoluta libertad. Lo importante que quiero relevar es la factura con que arma el argumento absolutamente novedoso, la estructura, los saltos y la manera como hilvana las historias entre lo personal e histórico.

La novela es infinita en recursos, para la muestra este autor. En estas vacaciones espero leer la totalidad de su obra

 

sábado, 18 de diciembre de 2021

LUCIFER DE CARNE Y HUESO

 

Este articulo publicado por letras libres es un excelente homenaje a Dostoievski, corresponde a ese mundo creado por el autor, donde el hombre se bate entre la vida y los parámetros señalados por una divinidad que considera imprescindible. Cesar H Bustamante

En el bicentenario de Dostoievski ha circulado una célebre frase en boca de Iván Karamazov: “Si Dios no existe, todo está permitido”. En realidad, el segundo de los hermanos no dijo tal cosa, sino algo mucho más profundo e interesante.

Por David Toscana

 

Es bien sabido que la conocidísima frase de “Ladran los perros, Sancho, señal de que cabalgamos”, con cualquiera de sus variantes, no fue pronunciada por don Quijote, y debe de ser una confiscación de unos versos del poema Kläffen de Goethe, que habla justo de unos atronadores ladridos que “solo demuestran que cabalgamos”.

 

Por cierto, Goethe tiene otro poema en que menciona lo mucho que detesta los ladridos de perro; excepto los de su vecino, pues le anuncian que “ya viene mi amada”.

 

John Middleton Murry cita con memoria torcida a Chéjov. Dice que, al darle consejos a un joven autor, le escribió: “No me digas que la luna brilla; muéstrame el destello de la luz en una botella rota”. Chéjov dijo algo parecido, pero más elaborado; en su texto, el reflejo en el trozo de botella era como “una pequeña estrella”. Ahora muchos citan a Middleton Murry creyendo que citan a Chéjov.

 

El buen Chéjov llegó a hacer lo mismo, aunque con licencia prosaica. En su cuento “El corresponsal”, uno de los personajes cita tergiversadamente a Pushkin: “Bienaventurado el que fue joven en su juventud”. Mientras que el protagonista de “Una enigmática criatura”, en su afán por seducir a una mujer, parafrasea a Raskólnikov diciendo “No la beso a usted, encanto, sino al sufrimiento humano”. En cambio, la escena original dostoievskiana es la más intensa, humana y patética de Crimen y castigo: “No me arrodillo ante usted”, dice Raskólnikov a la prostituida Sonia, “sino ante todo el dolor humano”.

 

Pues bien, ahora que se cumplieron doscientos años del nacimiento de Dostoievski, volví a leer en diversas publicaciones la frase más famosa de este autor ruso a través de Iván Karamazov: “Si Dios no existe, todo está permitido” aunque con mayor fe y mejor gramática se diría, “Si Dios no existiera, todo estaría permitido”. Con la salvedad de que Iván Karamazov nunca dijo tal cosa.

 

He escuchado y leído la cita de marras de la boca y pluma de intelectuales que yo no soy digno de anudarles la corbata, por lo que siempre pensé que el error estaba en mí, y aún considero esa posibilidad; pero tras mis lecturas y relecturas de varias traducciones de los Karamazov, puedo jurar que Iván dijo algo mucho más profundo e interesante.

 

En la novela, suelen ser otros los que pretenden expresar las ideas de Iván. Miúsov lo dice así: “Si se destruye en el hombre la fe en su inmortalidad, no solamente desaparecerá en él el amor, sino también la energía necesaria para seguir viviendo en este mundo. Entonces no habría nada inmoral y todo estaría permitido, incluso la antropofagia”.

 

Su hermano Dmitri pregunta si ha entendido bien, si acaso quiere decir que “para el ateo, la maldad no solo está autorizada, sino que ha de considerarse una manifestación natural, necesaria y razonable”.

 

Iván apenas responde: “Yo creo que no hay virtud sin inmortalidad”. ¿Pero acaso la ausencia de virtud implica que todo está permitido? Habría que explorar también Crimen y castigo para ahondar en ese tema; y leer mucha filosofía, pues la palabra “virtud” nunca ha tenido significado inequívoco.

 

La de Iván no es una idea lineal y obvia, sino misteriosa. Además, plantea que Dios y la vida eterna del hombre no tienen que ir de la mano. ¿Por qué Dios, al crear al hombre, habría de equiparlo con alma inmortal? La existencia e inmortalidad del alma son ideas más platónicas que bíblicas.

 

Más adelante, Iván se sincera con su hermano menor: “Admito que es posible que Dios exista”. Pronuncia las palabras de Voltaire: “Si Dieu n’existait pas, il faudrait l’inventer”, y se maravilla de que la idea de un dios le haya sido necesaria al espíritu de “un animal perverso y feroz como el hombre”. Sin embargo, concede que “es una idea santa, conmovedora, llena de sagacidad y que hace gran honor al hombre”, y reconoce que “me limito a declarar que admito la existencia de Dios”, más agregando que “he decidido no intentar comprender a Dios… admito sin razonar no solo la existencia de Dios, sino también su sabiduría y su finalidad para nosotros incomprensible”.

 

Iván Karamazov pasa a describir atrocidades que les ocurren a los niños. El significado de su discurso parece ser: “Dios existe y todo está permitido”.

 

Dostoievski no presenta a Iván como ateo, sino como rebelde. “No niego la existencia de Dios, pero, con todo respeto, le devuelvo la entrada”, dice Iván, ante el espanto de su hermano. “Eso es rebelarse”, contesta Aliosha. E Iván remata: “¿Rebelarse? Hubiera preferido no oírte pronunciar esa palabra. ¿Acaso se puede vivir sin rebeldía?”. Es Iván un Lucifer de carne y hueso. Sí, de carne y hueso y de palabras. Es también, a mis ojos, el más virtuoso de los Karamazov.

 

Muchas mentes han tratado de armonizar la idea de la bondad de Dios con la presencia del mal. Iván no lo intenta, simplemente a Dios lo manda al diablo. Acepta su existencia, pero no lo acepta a Él. Con todo respeto le hace a Dios lo que en Polonia se conoce como el gest Kozakiewicza.

 

No sé quién fue el primero que convirtió el razonamiento de Iván Karamazov en un eslogan pegajoso, tramposo, tuitero y simplista. A mí no me han bastado cientos de palabras para aclararlo. Habrá que leer la novela.

 

miércoles, 1 de diciembre de 2021

CRITICA LATINOAMERICA

 

La revista “Literatura: Teoría e historia crítica” En su numero 21, revista de la universidad nacional de Colombia, realizó un dossier sobre la actualidad de la crítica latinoamericana. Cual es el estado de la crítica literaria Latinoamérica, es la pregunta que quiere resolver estas investigaciones y textos publicados.

Es un trabajo serio y riguroso, que es preciso relevar por su importancia. Primero intenta aclarar que se dice cuando hablamos de actualidad en referencia a la crítica literaria: “¿Qué denota la condición de actualidad? La actualidad, según el diccionario en línea de la Real Academia de la Lengua, es la circunstancia de algo de ser de hoy, ya sea cosa o suceso, o bien de atraer la atención de la gente de hoy. Lo actual está, en la primera acepción, emparentado con el sentido de lo que es vigente, no solo porque circunstancialmente sea producido en el tiempo presente, sino porque su propósito sigue siendo actual y pertinente”[1]. Esta según la introducción responde a una doble connotación: “hacer un balance y una recopilación de trabajos actuales de investigación y reflexión sobre la literatura latinoamericana, que se produjeran de manera contemporánea a la aparición del número monográfico de la revista, y también que postularan la vigencia de la interrogación crítica acerca del pensamiento latinoamericano sobre la literatura latinoamericana”. Hace mucho tiempo me he preguntado si existe una verdadera crítica literaria en Latinoamérica y con la excepción de la academia la respuesta se ha quedado corta al respecto. No solo porque existen muy pocos autores que ejerzan esta actividad de manera profesional, sino porque son muy pocos los lectores al respecto y por ende el mercado y el interés es muy precario.

Se destacan en este dossier el trabajo de Roberto Fernández retamar y Cornejo Polar, el primero expresa: Necesitamos pensar nuestra concreta realidad, señalar sus rasgos específicos, porque sólo procediendo de esa manera a lo largo y ancho del planeta, conoce-remos lo que tenemos en común, detectaremos los vínculos reales, y podremos arribar un día a lo que será de veras la teoría general de la literatura general”. Y el segundo establece: Cualquier referencia a la teoría literaria hispanoamericana remite inevitablemente al gran debate de los años setenta, surgido a partir de la propuesta de producir una teoría realmente nuestra, en concordancia con la especificidad de una literatura que por entonces gozaba de su primer éxito internacional masivo; pero no para repetir esa discusión [...] sino para tratar de redefinirla dentro de la agenda problemática de los noventa[2].

Es un hecho que el tema es muy complejo y con la incorporación de nuevas formas de antemano estamos hablando más allá de literatura de un mundo simbólico muy extenso y multidisciplinar, de cultura. La respuesta a este interrogante genera nuevas aperturas, como lo establece Víctor Viviecas al presentar este dossier: “¿Y cuál será la agenda hoy, cuando el siglo XXI completa su segunda década? Hay varias interpretaciones en los textos que aparecen a continuación. Pero desde ya podemos reconocer que han pasado también décadas de una discusión que puso en crisis el concepto mismo de Latinoamérica, el de literatura y, aún, el de pensamiento crítico. Es en este contexto actual de crisis que este número de la revista interroga el pensamiento de la literatura, lo que provocábamos con el interrogante: ¿cómo pensar la literatura latinoamericana desde Latinoamérica”.

Este intento por pensar la crítica literaria de Latinoamericana constituye una apertura a estudios más puntuales sobre el tema. El dossier tiene una serie de artículos de suma importancia por lo que paso el link para que se disfrute de estas investigaciones con la importancia que amerita[3]



[1]El dossier aclara sobre la polisemia de estos estudios: “Porque nuestro interés estaba en renovar o volver a provocar el interés en el pensamiento crítico latinoamericano, un pensamiento —de todos es sabido y en varios momentos los artículos y notas de la revista lo volverán a  recordar  a  los  lectores—  que  engarza  de  manera  inter  y  transdisciplinar  reflexiones que provienen de la epistemología, de la filosofía, de la historia, del pensamiento social, de la antropología y, claro, de la literatura”.

[2] Cita tomada de: Fernández Retamar, Roberto. Para una teoría de la literatura hispanoamericana. Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 2013.

 Cita tomada de: Cornejo Polar, Antonio. “Para una teoría literaria hispanoamericana: a veinte años de un debate decisivo”. Mapas culturales para América Latina. Culturas híbridas – no simultaneidad – modernidad periférica. Compilado por Sara de Mojica, Bogotá, ceja, 2001.

martes, 16 de noviembre de 2021

A CRISTINA PERI ROSSI LE CRECIÓ UN CERVANTES

 



Tomo este artículo de "Letras libres" a propósito del premio cervantes de literatura

Por Analhi Aguirre12 de noviembre del 2021

El premio Cervantes a la escritora uruguaya abre la puerta a que su obra sea valorada como se lo merece, por su sincronía literaria y vital en nuestra época.

En el enorme poema “Mi casa es la escritura” (2006), Cristina Peri Rossi narra que está en un fluir constante, un ir y venir, en el que no le creció una planta, no le creció un perro. Solo, aclara, le crecen los años y los libros que deja “abandonados por cualquier parte para que otro, otra los lea sueñe con ellos”. Esos años, esos libros, ahora, le hicieron crecer un Cervantes.

Dicen que hay escritores, escritoras, que se atreven a ostentar temas, a hablar de ciertos asuntos que, por alguna razón, parecieran no tener cabida en el inmenso tesoro, grandilocuente casa, que es la escritura.

Y es que se trata de una escritura distinta. Es decir, no se trata de escribir, de dejar escrito, de hacer libros, textos, oraciones, versos memorables, donde se departa sobre tramas que provoquen la censura de la escritura del incesto, la homosexualidad, el aborto, el feminismo, el poco reconocimiento a una labor escritora, el exilio de una mujer, la dificultad de vivir de la literatura. No. Se trata de la obra, y no de unas cuantas ediciones. De un tiempo entero que acarrea y crea todo un estar en el mundo literario, de una morada insumisa, rebelde (hasta cuando mira), una obra grande, como el laberinto de Asterión o más. Así es la gigante trayectoria de Cristina Peri Rossi, quien acaba de ganar el premio Cervantes.

Nos estábamos refiriendo a una escritura distinta. Porque la escritura de Peri Rossi no son solo los asuntos espinosos, difíciles de leer, inadmisibles de dejar pasar, ineludibles de instaurar en la historia de la literatura (de toda, no solamente la escrita en español). La narrativa, la poesía, los ensayos de la escritora uruguaya no hay que mirarlos hacia un qué, sino hacia un cómo. Ahí está la trascendencia de quienes escriben y nos dejan sus libros, sus años.

Cristina Peri Rossi publicó su primer libro de cuentos en 1963, cuando tenía 22 años. El volumen se llama Viviendo y es una exquisita colección de relatos que se encontraban justo ahí, en la corriente fluvial literaria donde tenía que estar, que revelarse. Ese libro es tan difícil de conseguir como casi todos los de Peri Rossi.

Se asoma una anécdota en este escrito. Una estudiante viaja a Montevideo para poder desenterrar aquellas publicaciones de la escritora que le interesa revisar, conocer, admirarla más. Sin embargo, hay una sorpresa: ni siquiera en su ciudad natal existen esos libros de Peri Rossi que está buscando. Encuentra algunos en el mercado de pulgas uruguayo por excelencia, la denominada y archifamosa Feria de Tristán Narvaja. En sus calles emergen, como después de una inundación, juguetes viejos, vajillas usadas, curiosidades escudriñadas, libros. Brota, como los árboles, que Peri Rossi asegura que le salen a ella, su primera novela, la dejada de lado, pasada por alto, en pleno boom latinoamericano, El libro de mis primos (1968). En Uruguay, con el distinguido Juan Carlos Onetti –compañero de cafés de una Cristina veinteañera– a la cabeza de la medusa intelectual porteña, la joven escritora, ya promesa nacional, gana el Premio Marcha, con una novela que ofrece una casa con espacios designados, según los géneros, una cabal descripción de una casa latinoamericana que roza lo siniestro, una familia que se mecanografía desde un patriarcado atroz.

Entonces, nuestra escriba se lanza y traza los versos del repertorio único de poesías de amor entre mujeres, Evohé (1971). A esta altura, ya los tiempos se han puesto álgidos, terroríficos y funestos en Uruguay. Y que no se nos pase: Peri Rossi lo había ya ilustrado con una prosa impecable en Los museos abandonados (1968), donde las personas huían de la muerte, de esa muerte que estaba desapareciendo gente.

El mismo año que publica Evohé, a Peri Rossi le avisan que muy pronto irán a buscarla los militares para llevársela a donde ellos saben que podrán o harán al menos el intento de controlarla. Peri Rossi logra un pasaje en barco y huye. Es inminente, pues debe considerarse un recuerdo cristalizado y roto, por supuesto, punzante, fijo, contar que la escritora siempre trae el extraordinario dolor de tener que renunciar a sus libros y escapar.

Pasan algunos años, y la supervivencia se pone ruda en una España franquista que continuaba atrasándolo, quitándolo todo. A pesar de las barricadas de la censura que la perseguían, Peri Rossi escribe poemas, relatos, novelas. Traduce, habla en la radio española, vive como puede. El barco que la trajo al viejo mundo le hace crecer Descripción de un naufragio (1976), en donde se declara pertenecer “a un mar en fugitiva”. La expulsión de su país será siempre una de sus constantes literarias. La nave de los locos (1984), sin duda una de las mejores novelas escritas en español, narra dos historias contrapuestas, que zozobran entre el caos y el cosmos: un tapiz que se interpone corajudamente en la lectura y un tal X que ha sido desterrado, extrañado de su tierra.

Igualmente, la prosa enorme, certera, vehemente, surge al mismo tiempo que una poesía insuperable. Algunos títulos narrativos serán El museo de los esfuerzos inútiles (1983), Cosmoagonías (1988), conviviendo junto a la lírica que la ha posicionado como una de las mejores: Diáspora (1976), Lingüística general (1979), Europa después de la lluvia (1987). Este último libro es fundante para su literatura, o, mejor dicho, se torna contundente en su producción porque el arte, que ya había aparecido de manera protagónica en el tapiz de la creación en La nave de los locos, se redime aquí con versos inspirados en la inefable pintura de Max Ernst que tiene el mismo rótulo. Babel bárbara (1990) inaugura los años noventa, década que tendrá la fortuna de que a Peri Rossi le nazcan tres libros magníficos. Uno, lleno de ensayos tan cultos como voraces, donde el deseo ya es su variable provocadora, Fantasías eróticas (1991). Luego brilla Desastres íntimos (1997) por la forma que toma para discursear sobre machismos, lesbianismos y otras yerbas. Pero la prosa es lo que luce. El cómo más que el qué, un cómo que se abre en Las musas inquietantes (1999) y que pone, ahora, o nuevamente, a sus versos hablando, criticando, admirando su propio museo, hecho en paredes de papel que fluyen, a la vez que disertan sobre el deseo de no ser mujer, de no continuar la “presarosa saga” de la sumisión.

El 2003 se congratula con Estado de exilio, donde asevera que “Lo mejor es no nacer, / pero en caso de nacer, / lo mejor es no ser exiliado.” El desarraigo, la escritora ida vuelve como un deseo de no serlo. Mi casa es la escritura (2006), cuyos versos se pueden escuchar de la propia voz y cuerpo de Peri Rossi en YouTube, se asigna como una de las cumbres de sus palabras, cuestión que se ata esplendorosamente con Playstation (2009). Aquí se traza un poema impar, uno que tiene el mismo título que su libro de poemas de 2006: “Estado de exilio”. Estas estrofas se asemejan a las relaciones que hacían los juglares, que hoy en día se podrían llevar, sin ningún lugar a dudas, al cine (otro de las lúcidas imbricaciones en la literatura de Peri Rossi). Relata aquí la crónica de una traducción que hizo una presa en Texas del libro Estado de exilio. Nos avienta, como solo una escritora como ella puede hacerlo, que el acto poético había sucedido cuando una mujer blanca, que había sido encarcelada por ayudar a salir de la cárcel a una presa negra, había aprendido español para traducirla.

El impacto novelístico también se había vuelto una presencia magnífica: Solitario de amor (1988), La última noche de Dostoievski (1992), El amor es una droga dura (1999), todas narraciones que dialogan con el deseo de un modo visceral, poético, trágico, irreverente, feminista.

Recientemente, Peri Rossi publicó otros poemas, Las replicantes (2016) que se imprimen en su recepción, otra vez, como esa idea de casa, de escritura, de tránsito que crece, que le crece. Eso indica ella, igual que lo hace en las dos últimas novelas imposibles de no leer: Todo lo que no te pude decir (2017) y La insumisa (2020), donde se echa en una suerte de biografía construida por una Peri Rossi que escribe a sabiendas de que nos hagamos cargo de que tiene ganas (siempre) de que eviten etiquetarla, de que la salven de quedarse perpetuamente en la historia de la literatura en español y del mundo.

¿Por qué es relevante que le hayan dado el premio Cervantes a Cristina Peri Rossi? La respuesta es unánime: porque su cómo ha superado al qué, y ese cómo se manifiesta en una poiesis que ahora, y más que nunca y que siempre, hay que leer. Es forzoso grabar en piedra que ella es la sexta escritora, entre una cuarentena de escritores. Esta es una de las razones por las que es transcendental que haya ganado tremendo galardón.

Pero hay otro argumento aún mayor. Que al fin –o por lo menos, esa es la gran expectativa (la más coherente, frente a tanta frivolidad mercantil)– Cristina Peri Rossi sea leída, y para ello reeditada y, por consiguiente, valorada como se lo merece, por su sincronía literaria y vital en nuestra época, por darnos placer de literatura, sabor exquisito de la lengua, amor por la escritura, que, seguramente, para quienes están leyendo esto, también es su casa, nuestra casa. La obra de Cristina Peri Rossi es una de las casas más destacadas de la literatura en español. Para quienes no la han habitado, ya es hora de hacerlo; quienes la habitamos, sigamos allí felices, conociendo una parte fundamental de nuestra historia literaria relatada por una mujer que ha vivido, que vive, finalmente, de su escritura.

Pd. Hoy, en la plataforma de Amazon, se puede encontrar Evohé, antes censurado e inconseguible hasta hace muy poco tiempo, a un costo de 150 dólares. Años atrás, yo pude leerlo gracias a la generosidad de un profesor que había guardado algunos ejemplares antes de que los desaparecieran de Uruguay. Afortunadamente, ya no pasará lo mismo con la última recopilación de sus poemas, Detente, instante, eres tan bello (2021), que inaugura la primera publicación de Cristina Peri Rossi en Argentina…