Hoy se cumple el primer
aniversario de tu partida, en los últimos días pese al dolor y el peso de tu
ausencia he tratado de comprender lo sucedido, cuando la fatalidad se impone, la
vida tiene que seguir su ritmo, la nostalgia y la tristeza son apenas
compañeras de viaje. Es mejor tratar de
entender lo que pasó y actuar en consecuencia. Arreglárseles con tu ausencia es
casi un imposible, pero la he podido sobre-llevar porque tu estas en cada cosa que hago, es como
sí la estela de tu espiritualidad me marcará, siempre fui feliz con esa
pedagogía que sabias impartir entre la rutina y los quehaceres, eso que los
filósofos llaman aprendizaje, que muy poco tiene que ver con la educación, esta es más cercana al conocimiento, ahora
es más intensa esta sensación, me pareces que siempre estas observándome. Ayer, en esos
festivos largos de lunes, innecesarios, que parecen sobrar, viendo con tus
hijos la saga de las películas de Georgos Lukas, te recordamos, cuando asumiste ver la serie “Lost” sin tregua alguna, una verdadera maratón, tres fines
de semana enteros en compañía de Santiago, anulaste las demás actividades, supimos
comprender tu compulsión. A propósito, Santiago está volviendo a ver la serie,
pienso que es cómo un homenaje, cómo un buen recuerdo a tantos días al lado
tuyo, tratando de entenderla al fin. Ana hay cosas que nunca se nos olvidan,
son huellas indelebles. Te sabías todos los discos del mundo, todas las
baladas, todos los tangos. Tenía los nombres de los cantantes, con sus
compositores y anécdotas, los traía a colación cuando alguien hablaba con
ligereza, siempre hay personas que traen datos mentirosos, sin rigor para
distraerse un poco, tú los corregías implacablemente. odiabas las imposturas.
En el caso de los tangos fue más curioso, decías tajantemente: A mí no me
gustan los tangos….siempre a la pregunta de por qué sabías las letras de todos
los tangos, respondías con vehemencia pero con indiferencia: Me tocó oírlos
todos, por muchos años en Manizales, que más iba hacer, mi madre los oía el día
entero, imposible no aprenderlos. Lo mismo pasaba con los artista de cine, con
los de la farándula nacional, con todo lo que tuviera que ver con Harry Poter,
con “El Señor de los Anillos”, con las novelas de Jean Austen……fue una lectora de
miedo sin las arrogancias de los lectores de oficio, leyó todo Paul Coello sin importarle toda la
arremetida de los intelectuales contra sus libros, a mi me gustan y eso basta decías.
Recuerdo tus silencios,
significaban siempre algo, encubrían preocupaciones mayores, solías tener una
reserva para todo, fue una actitud inexplicable que tenía que ver con su
psicología, con esa forma de ser tan particular, recatada, contenida, cuando
había algún problema o iba a tomar una decisión importante, iba tratando de
resolverlo en medio de silencios sepulcrales, como paréntesis intensos, era imposible interpretar a cabalidad estos
lapsos misteriosos, hasta que hablabas con
magisterio y rigor, tomaba decisiones casi siempre irreversibles. Nunca
fuiste aburrida y menos pesimista, por ello, tu risa resulta inolvidable, con
el humor intempestivo, repentista e inteligente con el cual nos sorprendías.
Este año ha sido muy duro.
Los niños han seguido su vida como valientes, llenos de esa alegría que les
enseñaste, aquella que se sobre-pone a las dificultades, todos los días te
recuerdan, secándole un poco el quite al
peso de tu ausencia, siempre te traen con algún pretexto, en ocasiones se llenan de tristeza, callan y
se aferran a los recuerdos, empiezan a contar anécdotas para obviar el dolor, son
espacios de un saudade enrarecido, al final terminan recordándote con
admiración y orgullo.
Pienso muchas veces, cuando
muera que recordarán mis hijos, que queda. Contigo aprendí que, él ejemplo nunca
lo olvidan, se vuelve hábito y aquellas enseñanzas morales con las que no se
tranza, las que tu impusiste sin ambages.
Fuiste muy rígida con el deber, con la sinceridad, con las obligaciones que son
necesarias y a las que no debemos esquivar. No hablabas de nadie, ni permitías comentarios
maledicentes, por ciertos que pudieran ser, esto era un virtud celestial,
cuando digo nunca, es nunca, esta era una categoría moral para ti.
Hoy quedó inscrito Santiago
en la universidad de Antioquía, duramos dos días de ires y venires, atendiendo
requerimientos burocráticos, se como estarías orgullosa de tu Santi, este es mi
hijo dirías, quedó de 26, increíble, el es hechura tuya. Cuando salimos y no
dijeron, está inscrito nos miramos y pensamos en ti, hablamos de ti y te
pedimos ayuda.
En la vida estamos rodeados de
pocas personas, hablo de aquellas que nos quieren, que se preocupan por
nuestra suerte, antes de nuestra generación las familias eran más grandes y
comprometidas, hoy no, los círculos se empequeñecieron y la solidaridad es reducida
a un círculo muy pequeño. Nadie espera en estos momentos ayuda de dinero, pero
sí, compañía. realmente es muy poca, pero no es para amargarse, no le podemos
pedir a los otros lo que no damos, el mundo responde a lo individual, la
familia pasó a un segundo plano, la subjetividad y el deseo a través del
consumo, enfatizan la educación en lo individual, eso es lo que prima. Ahora
más que nunca he sentido esto, sin resentimientos puedo afirmar, que no hay
espacios para solidaridades, simplemente a cada persona se le lleno de tantas
obligaciones que les es imposible poder abrirse a otras y la educación nos hace muy egoístas.
Aní poco te hablo de
nuestro perro Tony. Durante mucho tiempo te espero en la puerta. No es impresión mía, pero el perrito no es el
mismo, siento que el peso de tu ausencia lo marcó o tal vez aún te espera, sí
llegaras de pronto, se moriría de la alegría. Los animales sí que son
solidarios, tienen una lealtad desmedida.
El periódico
el espectador de Bogotá tiene uno de los archivos más valiosos sobre la
obra y labor periodística de Gabriel García Márquez, que trataré de ir trayendo
poco a poco a este blog con el previo reconocimiento a quienes han conservado
tan valiosos documentos.
El paso del premio
Nobel de literatura por una ciudad de la que tuvo que despedirse tras El
Bogotazo.
Entonces,
Gabo era costeño y feliz. Estaba lejos de alistar sus primeras armas en la
literatura y toda su apuesta en el mundo se reducía a respirar aquellos años
juveniles, fogosos, en los que descubrió el goce de los amores furtivos que se
deslizan por los cuartos a medianoche y se esfuman por la mañana entre promesas
de silencio absoluto. Era una parranda perpetua, como lo recuerda en sus
primeras memorias.
Su
universo era una fiesta animada por un sol sin tregua hasta que en 1943 —cuando
la leyenda viva tenía 15 años y todavía no era una leyenda— su padre, Gabriel
Eligio, el telegrafista, le anunció que le tenía una sorpresa: “Alista tus
vainas, que te vas para Bogotá”. Días después, el muchacho provinciano conoció
un estado del cuerpo hasta ese momento desconocido e invisible: el frío.
Ese
año, Gabriel García Márquez llegó por primera vez a la Estación de la Sabana. A
cachacolandia. A la capital, la sede del Gobierno, pero sobre todo —muchos años
después habría de recordarlo en Vivir para contarla— “la ciudad donde vivían
los poetas”. Los poetas mayores.
La
misma en la que se dio el gusto de cumplir “el deber revolucionario” de escribir
bien. De contribuir para que América Latina, para que el mundo, tuvieran una
vida mejor. Una época que, como reza el lugar común, marcó su existencia y, de
paso, la de todos sus lectores.
Gabo
pudo soñar en Bogotá. Las imágenes de aquel sueño, muchas de El
Espectador, formaron parte de una exposición que desde la semana pasada
está abierta en el Archivo de Bogotá (Calle 5 5-75). Cuando Gabo era
feliz y cachaco se titula y está conformada, además, por fragmentos de las
primeras memorias del Nobel. El curador, Gustavo Ramírez Ariza, hizo una
cuidadosa selección de las mejores y más dicientes fotografías del escritor en
su paso por la capital. Al verlas, no queda más remedio que apropiarse de una
de sus frases: “Sí, la nostalgia sigue siendo igual que antes”.
Un
fauno en el tranvía
“En
esas andaba una noche de domingo en que por fin sucedió algo que merecía
contarse. Había pasado casi todo el día ventilando mis frustraciones de
escritor con Gonzalo Mallarino en su casa de la Avenida Chile, y cuando
regresaba a la pensión en el último tranvía subió un fauno de carne y hueso en
la estación de Chapinero. He dicho bien: un fauno. Noté que ninguno de los
escasos pasajero de medianoche se sorprendió de verlo, y eso me hizo pensar que
era uno más de los disfrazados que los domingos vendían de todo en los parques
de niños. Pero la realidad me convenció de que no podía dudar porque su
cornamenta y sus barbas eran tan montaraces como las de un chivo, hasta el
punto que percibí al pasar el tufo de su pelambre. Antes de la calle 26 que era
la del cementerio, descendió con unos modos de buen padre de familia y
desapareció entre las arboledas del parque”.
El
drama del 9 de abril
“Poco
antes de la medianoche, cuando dejó de llover, subimos a la azotea para ver el
paisaje infernal de la ciudad iluminada por los rescoldos de los incendios. Al
fondo, los cerros de Monserrate y Guadalupe eran dos inmensos bultos de sombras
contra el cielo nublado por el humo, pero lo único que yo seguía viendo en la
bruma desolada era la cara enorme del moribundo que se arrastró hacia mí para
suplicarme una ayuda imposible. La cacería callejera había amainado y en el
silencio tremendo sólo se oían los tiros dispersos de incontables
francotiradores apostados por todo el centro, y el estruendo de las tropas que
poco a poco iban exterminando todo rastro de resistencia armada o desarmada
para dominar la ciudad. Impresionado por el paisaje de la muerte, el tío
Juanito expresó en un solo suspiro el sentimiento de todos: —¡Dios mío, esto
parece un sueño!”.
En
tren a un mar del cielo
“El
tren de Puerto Salgar subía como gateando por las cornisas de rocas en las
primeras cuatro horas. En los tramos más empinados se descolgaba para tomar
impulso y volvía a intentar el ascenso con un resuello de dragón. A veces era
necesario que los pasajeros se bajaran para aligerarlo del peso, y remontar a pie
hasta la cornisa.
EL MAGISTERIO DE UN
CRÍTICO
“Hasta
‘Cien años de soledad’ ese reparto de destinos entre el hombre y la mujer fue
espontáneo e inconsciente en mis libros. Fueron los críticos, y en especial
Ernesto Volkening, quienes me hicieron caer en la cuenta, y esto no me gustó
nada, porque a partir de entonces ya no construyo los personajes femeninos con
la misma inocencia de antes”.
“!Con
lo bruto que es usted para el cine!”
“Las
primeras notas tranquilizaron a los exhibidores porque comentaban películas de
una buena muestra de cine francés. Los empresarios que encontrábamos a la
salida del teatro nos manifestaban su complacencia por nuestras notas críticas.
Álvaro Cepeda, en cambio, me despertó a las seis de la mañana desde
Barranquilla cuando se enteró de mi audacia. !Cómo se le ocurre criticar
películas sin permiso mío, carajo!, me gritó muerto de risa en el teléfono –
!Con lo bruto que es usted para el cine!”.
‘Cien
años de soledad’
Facsímil
de la primera página del ‘Magazín Dominical’ de El Espectador, con
el anuncio de la publicación en exclusiva del primer capítulo de la
novela cumbre de Gabriel García Márquez. Fue el 1° de mayo de 1966, un
año antes de que saliera completa al mercado.
Presentación
en sociedad
“Creo
que la tarde en que Guillermo Cano me llevó de mesa en mesa a lo largo del salón
para presentarme en sociedad, fue la prueba de fuego para mi timidez
invencible. Perdí el habla y se me desarticularon las rodillas cuando Darío
Bautista bramó sin mirar a nadie con su temible voz de trueno: —¡Llegó el
genio!”.
Dos
triunfos con sabor amargo
“En
mi doble destino de periodista y escritor, sólo recuerdo dos cosas de qué
arrepentirme, y es haber ganado dos concursos literarios. El primero fue en
1954, patrocinado por la Asociación de Escritores de Colombia, cuyo secretario
de entonces me suplicó que participara con un cuento inédito, porque no se
había presentado ninguna obra que valiera la pena y temían que el certamen
fuera un fracaso. Le entregué un cuento sin terminar —‘Un día después del
sábado’—, y pocos días más tarde apareció jadeante en mi oficina para decirme,
como si fuera un milagro ajeno a su diligencia, que me habían concedido el
primer premio”. En la foto, García Márquez camina por la carrera Séptima con su
amigo Jaime Lopera. Eran los tiempos de sus primeras obras.
El
viaje por el río Magdalena
“Hubo
fiesta oficial la primera noche, con orquesta y cena de gala, pero me escapé a
la cubierta, contemplé por última vez las luces del mundo que me disponía a
olvidar sin dolor y lloré a gusto hasta el amanecer. Hoy me atrevo a decir que
por lo único que quisiera volver a ser niño es para gozar otra vez de aquel
viaje. Tuve que hacerlo de ida y vuelta varias veces durante los cuatro años
que me faltaban del bachillerato y otros dos de la universidad, y cada vez
aprendí más de la vida que en la escuela, y mejor que en la escuela (...) Los
pasajeros nos sentábamos en la terraza todo el día para ver los pueblos
olvidados, los caimanes tumbados con las fauces abiertas a la espera de las
mariposas incautas, las bandadas de garzas que alzaban el vuelo por el susto de
la estela del buque, el averío de patos de las ciénagas interiores, los
manatíes que cantaban en los playones mientras amamantaban a sus crías”.
¿UNA ENTREVISTA?
¡SÍ, GRACIAS!
Gabriel
García Márquez dijo en una de sus columnas dominicales que odiaba las
entrevistas. Sin embargo, concedió miles. En este diálogo en Ciudad de México
en 1986 recuerda sus primeros años en el periodismo.
Gabriel
García Márquez dijo en una de sus columnas dominicales de El Espectador que
odiaba las entrevistas tal como se hacían por esos días. Por eso llegamos muy
prevenidos a conversar con él en su casa de Ciudad de México, con ocasión de
este libro que pretende reunir a conocidos periodistas y personajes que han
“circulado” durante estos cien años por el periódico de los Cano. Por eso, mi
sorpresa fue enorme cuando vi que no solo estaba dispuesto a oírme, sino
también a conversar conmigo en son de amistad.
Mi
viaje a México no solo me dio la oportunidad de conocerlo personalmente –llevo
muchos años conociéndolo a distancia˗, sino también en vivo a ese país
maravilloso que hemos amado desde la niñez por sus bailes y sus vestidos, por
sus actores, actrices y telenovelas, por sus pintores y escultores y sobre todo
por mantener su corazón abierto a todos los exiliados del mundo, que a veces
somos casi todos los habitantes del planeta tierra.
Y
fue tan especial la ocasión, que se olvidó por completo quién era el entrevistador
y quién el entrevistado, y grabamos mutuamente nuestras voces, y hasta
intercambiamos regalo: él me brindó un traguito polaco que me entonó toda la
tarde, y yo le regalé una botella de “Tres Esquinas”, el sabor de aquí ‒de
Bolívar‒ porque no da guayabo.
Y
así los recuerdos, por arte de magia y de la ocasión, se volvieron poesía.
Hablamos
de Eduardo Zalamea, de su inolvidable suplemento literario y de su capacidad de
escribir a máquina, a un ritmo tan acompasado, que todo el que lo veía creía
estar escuchando ¡un aguacero! Recordamos al maestro León de Greiff, que le
había enseñado a jugar ajedrez. Hablamos del payaso que le hace falta al Museo
de Arte Moderno de Cartagena y que él se había negado a pintarme en ese momento
porque “tampoco te voy a dar a ti todas las chivas”.
Por
supuesto, llegó Mercedes con su pollera larga, con el talle sobre las caderas,
con la cara seria pero picante a la vez, con su presencia de compañera
seductora. Supo probar un tris solamente de la bola de tamarindo que le regalé,
porque de la misma le dio a saborear a su esposo, y supo también en qué momento
tenía que irse con su música a otra parte para no interrumpir los vertiginosos
recuerdos del Nobel.
Usted es el Nobel, pero también es Gabriel García. ¿Quién eres tú?
No,
es que tú a mí no viniste a preguntarme eso, sino que viniste a entrevistarme
sobre los cien años del El Espectador.
Está bien. Dime entonces, ¿por qué tenemos que hacer esta entrevista en
México y no en Colombia, como debe ser? ¿Por qué tienen que fugarse los
artistas del país para poder ser lo que realmente quieren ser?
No,
si tú no tienes que decir ni siquiera dónde fue que hablamos, sino cómo entré
yo a El Espectador.
Bueno, bueno. Ahora dime, pues, ¿qué significado tiene para ti el hecho de que
estemos hablando precisamente el 23 de abril, “Día Universal del Idioma”?
No,
no, no. Si eso se lo han inventado es ahora. Eso no existía cuando yo tenía tu
edad.
En
la biblioteca del Nobel, las puertas y las ventanas son de vidrio y por eso
podíamos ver muy bien las flores del jardín. También escuchábamos en el
trasfondo el ruido que hacía el carpintero con su serrucho a secas. Sin ninguna
connotación ideológica de por medio.
García
Márquez y sus bigotes ya canos. Las uñas recién pintadas de esmalte
transparente y una chompa de cuadros rojos y negros ‒¿coincidencia
sandinista?–. Habíamos prometido seriamente “no meterle política a la cosa” y
lo cumplimos hasta el final.
El
teléfono sonó varias veces. Una vez era Margarita Marino de Botero, la ecóloga
barranquillera que ha sembrado al país de hojas verdes. Otras veces nunca supe
quién era, llamaban de distintas partes del mundo, lo que me permitió
comprender la dimensión de esta “entrevista”. Estaba hablando con un hombre a
todas luces “muy bien contactado”.
Me
preguntó dónde vivía yo en Cartagena, que si conocía a mis vecinos, que si era
amiga del doctor Carlos Barrios Angulo, que si a un lado quedaba la Avenida
Chile y al otro lado el Club Unión. Que cuántos éramos en mi casa, que si
era amiga de mi mamá y de mi papá, que si era leída y escuchada. A mi turno, le
pregunté cuántos eran ellos, los García Márquez, y entonces me contó que “somos
once hermanos de padre y madre, más dos de mi papá antes, más tres de mi papá
después, y en total dieciséis”. Me dijo que no todos viven en la casa de Manga
pero a la hora de la comida nunca se sabía ni cuántos eran. “Mi papá tenía que
sentarse con una calculadora para saber cuántos éramos, porque además hay 14
nietos”. Me contó, con cierto alivio en sus ojos, que su mamá, doña Luisa, ya
se estaba recuperando de la muerte de su esposo, “porque las viudas o florecen
o se mueren. No les queda más remedio”.
Me
había echado el viaje a México para hacerle una sola pregunta, que tenía una
sola y larga respuesta, porque estaba hablando nada menos que con el único
Premio Nobel de Literatura que ha tenido el país.
¿Cómo entraste tú al diario El Espectador”?
Fui
a parar allá mucho antes de vincularme de planta al periódico. Yo estaba
estudiando Derecho en Bogotá en el año 1947. Hacía primero de Derecho y trataba
de escribir mis primeros cuentos, porque ya había leído los autores que me
interesaban: los versos de Julio Flórez que los oía uno en su casa y los
cantaban también como bambucos y pasillos. Y, en general, mucha poesía popular
que no se sabe ni de quién es. Y después con el tiempo uno va descubriendo a
los autores. Y me interesaba también el periodismo, aunque menos. Yo vivía
en la antigua Calle Florián en la carrera 8, casi en la esquina de la Avenida
Jiménez de Quesada, en frente de donde está ahora el edificio de la Caja de
Ahorros. Allí había una pensión de costeños. En aquella época, nos conocíamos
casi todos pues no había tantos como ahora. Hacíamos grandes bailes y existía
eso que llamábamos la hora costeña, donde uno iba a la emisora los domingos a
las nueve de la mañana a bailar porque era el único centro de música nuestra
que había. Quedaba en la séptima con catorce.
Entonces
los estudiantes hacíamos una cosa rara: armábamos los bailes a las nueve de la
mañana porque era una época en que no había tocadiscos, ni nada por el estilo,
ni tenía uno posibilidades de hacer reproducir la música. Ni había conjuntos
tampoco. A uno lo invitaban mucho, porque en aquella época los cachacos no
sabían bailar. No es como ahora que sí bailan y tan bien como los costeños. A
mí me quedaba tiempo entre los bailes y la universidad para la literatura.
Escribía realmente de noche.
¿Alguien
te ayudaba?
Nadie
lo ayudaba a escribir a uno. Uno aprende a escribir leyendo a los otros
escritores, a los buenos escritores. Lo importante es no equivocarse, hay que
saber cuáles son los buenos, porque si te pones a imitar a los malos, te sale
todo malo. El hecho es que en 1947, no recuerdo bien hacia qué época, yo
leí en El Espectador la columna de Ulises –Eduardo Zalamea Borda˗ que, desde
antes de conocerlo, era una muy buena guía literaria, porque él era un hombre
que se mantenía al día en literatura universal y los estudiantes seguíamos sus
notas críticas, que no eran tanto críticas sino más que todo de orientación. Él
era, además de magnífico columnista, el subdirector del periódico. Escribía la
columna diaria La ciudad y el mundo. Además de eso, había publicado
una excelente novela que se llama Cuatro años a bordo de mí mismo.
Publicaba también el suplemento literario del El Espectador, Fin de
semana, que era lo mejor del año 1947.
Además,
se interesaba como nadie por el desarrollo de la literatura colombiana. Pero
llegó un momento en que se fue saturando el suplemento de literatura
extranjera. Surgían pocos autores colombianos. Entonces alguien le reclamó a
Zalamea. ¿Por qué si había tantos valores nuevos en nuestra literatura el
suplemento se dedicaba casi que exclusivamente a la literatura del exterior?
Ulises, en una pequeña notica, respondió al señor en el correo diciendo: “Si
hay nuevos valores en nuestra literatura, dígame cuáles son, porque yo en
realidad no los conozco. De todas maneras, este suplemento está abierto, está a
las órdenes de esos jóvenes escritores. Lo único que tienen que hacer es
enviarme sus trabajos”.
Cuando
yo leí esa nota, ya tenía terminado un cuento que se llamaba La tercera
resignación, que lo había escrito sin mayores pretensiones. Entonces, lo
metí en un sobre, cogí un papelito y se lo mandé diciéndole: “Si le sirve,
úselo, y si no, rómpalo”.
¿Pero tú tenías una amistad personal con él como para decirle eso?
No,
nunca en mi vida lo había visto, ni conocía a nadie en El Espectador. Yo nunca
en mi vida he sido lagarto. Era un estudiante costeño que no veía, además, sino
a estudiantes costeños y a mis compañeros de universidad: Gonzalo Mallarino,
que todavía es un gran amigo mío, Camilo Torres y Luis Villar Borda. Éramos los
más cercanos. Entre ellos, el más interesado en la literatura era Gonzalito y
con él me escapaba de clases para andar recitando poesía por ahí en los
jardines de la ciudad universitaria.
Bueno,
volviendo al tema, yo creía que el cuento, si acaso se publicaba, saldría por
allá dentro de un mes o algo así. Pero el sábado siguiente del día que yo había
mandado mi cuento, entré al Café Molino, adonde iba uno a ver al Maestro León
de Greiff, y de pronto veo a un señor que tenía abierto el suplemento de El
Espectador, en donde había un título enorme, a ocho columnas, que decía: LA
TERCERA RESIGNACIÓN… y lo más triste de
todo era que no tenía cinco centavos para comprar el periódico. Entonces salí
como loco, buscando a un costeño que tuviera la plata para conseguir el
periódico, y lo encontré, y lo compramos… Esa noche hicieron fiesta los del
grupo… Unos decían que no lo entendían, que eso era un cuento surrealista, pero
tenía dos amigos que sí sabían mucho de literatura: Jorge Alvarado Espinosa y
Domingo Manuel Vega que me ayudaban mucho, me prestaban libros y estaban
convencidos de que el cuento sí era muy bueno. Yo estaba muy feliz de que
me lo hubieran publicado, pero en aquel momento no tenía una perspectiva clara
de qué seguía después de eso.
Al
martes siguiente, El Espectador publicó una notita donde decía: “los lectores
del suplemento dominical se habrán dado cuenta de la aparición de un nuevo
escritor, etc., etc.”… !Entonces sí fue el susto grande! ¿Y ahora qué hago?
Este hombre –Zalamea– dice que yo soy un gran porvenir, pero ¿yo por dónde
sigo? Bueno pues seguí estudiando, seguí mandando cuentos, sin conocer nunca a
nadie de El Espectador.
Después
vino el nueve de abril… Ya sabemos lo que pasó. Además, esto es un libro sobre
los cien años de El Espectador, y no sobre otra cosa –y allí yo perdí mi
primera máquina de escribir que me había regalado mi papá y dos o tres cuentos
que tenía listos para mandar, pero eran algo completamente distinto a lo que yo
haría después˗. Entonces, como me quedé sin nada, me fui para Cartagena
precisamente en el momento en que comenzaba El Universal. Y me fui para allá
sin conocer a nadie. Llegué donde Clemente Manuel Zabala, que era el Jefe de
Redacción, y le dije: “Yo soy fulano de tal y he escrito estos cuentos en El
Espectador. Y da la casualidad que él los había leído y de una vez me sentó y
me puso a escribir notas periodísticas. Trabajé allí durante el 48 y el 49, y
estudiaba también Derecho en la universidad. En aquel entonces, El Universal
era bueno. Estaba dirigido por Domingo López Escauriaza, y hacía un periodismo
de oposición porque estaba en su apogeo la violencia conservadora.
En
el año 50 me fui para Barranquilla porque era una ciudad de más inquietudes
literarias. Allá hice contacto con el Grupo de Barranquilla de Germán Vargas,
Fuenmayor, Cepeda Samudio y demás que tenían unos libros que a mí me
interesaban. Esa fue una de las mejores épocas de mi vida. Empecé a escribir mi
columna “La Jirafa” y comencé a leer de verdad la novela inglesa, la
norteamericana, la francesa, y comencé a leer también a Cortázar que apenas
iniciaba. Ellos en Barranquilla, hacían un periodismo de verdad, siguiendo la
línea del periodismo de verdad, siguiendo la línea del periodismo
norteamericano. Entonces me di cuenta cómo era que hacían los reporteros en
TIME, y vi así que ese tipo de periodismo era el que me interesaba: el
reportaje. Para tranquilidad tuya te cuento que nunca en mi vida hice una
entrevista. Es que ahora se pusieron de moda, y los periódicos actuales creen
que si no es con entrevista no hacen nada. Nosotros hacíamos la noticia y
contábamos cómo era una persona. No lo que esta persona decía.
Allá
en El Heraldo, puede decirse que viví la época más importante de mi vida,
porque definí claramente qué era lo que quería hacer. Allá me di cuenta que
quería escribir un tipo de novela nuestra, distinta.
Pero acuérdate que estamos hablando de los cien años del El Espectador…
Sí,
bueno. En aquella época, El Espectador se acercaba mucho a ese tipo de
periodismo que a mí me gustaba. Y los Cano y Zalamea iban siempre a pasar
vacaciones a Puerto Colombia. En uno de esos viajes nos conocimos. Toda la pandilla
de mis amigos eran amiguísimos de El Espectador y todos los años cuando los
Canitos iban a pasar vacaciones, se armaba la gran parranda: “Ombe, si tú eres
el que escribe, ¡Qué maravilla!”… Eso fue como si nos hubiéramos conocido toda
la vida… Nos metíamos unas borracheras épicas cada vez que iban a Barranquilla.
Algunas veces hablábamos de mis escritos pero ellos nunca me hicieron ninguna
propuesta; y si me la hubieran hecho yo tampoco se las habría aceptado porque
yo no quería saber nada de Bogotá aunque admiraba mucho el trabajo que ellos
estaban haciendo, pero yo no quería saber absolutamente nada de esa ciudad
donde había pasado tanto trabajo y el último recuerdo que tenía de allá era el
del gran desastre del 9 de abril. A Barranquilla también viajaba Álvaro Mutis
que era el Jefe de Relaciones Públicas de la
ESSO, y quien también era un amigo de Gonzalo Mallarino, que a su vez ya le
había hablado de mí, y que también era muy amigo de los Cano porque todos los
días se encontraban todos en el ascensor del edificio. Aquello fue… Yo los
conocía a ellos –ellos a mí– ellos a ellos, y se fue armando un círculo,
aquello se volvió una verdadera pandilla.
Un
día de 1953 –hace ya 33 años, ¡qué horror!– llegó Álvaro y me dijo: “lo invito
una semana a Bogotá”. Yo le contesté que no quería saber nada de esa ciudad,
que no quería volver allá. “Pero mira una cosa –insistió él– yo le voy a mandar
el pasaje, se va una semana sin problemas, se mete tranquilo a un hotel, eso ha
cambiado mucho”. Ya estaba Rojas Pinilla en el poder. La violencia conservadora
la paró Rojas, eso no se recuerda ahora (…). Después vino otro tipo de
violencia. Pero los militares pararon la violencia conservadora en Colombia,
eso fue verdad, lo malo fue que después se quisieron quedar y eso evolucionó
muy mal y vino lo que se sabe…
El
caso es que un día recibí en El Heraldo un sobre con los pasajes que mandaba
Álvaro. Y entonces yo pensé, ¿Por qué no voy a Bogotá a ver qué pasa? Y la
respuesta fue: porque no tengo un solo vestido de paño. Entonces atravesé
Everfit que quedaba enfrente del Café Colombia de Barranquilla, y me compré el
vestido con el cheque que me había mandado Álvaro de unos cuentos que me
publicó en su revista. Así que compré mi vestido de paño azul cruzado y me fui
para Bogotá con lo que llevaba puesto.
Allá
me metí en una pensión de una señora alemana y cuando iba a saludar a Álvaro,
aproveché para saludar a la gente de El Espectador. Entonces, Guillermo Cano me
dijo: “Gabo, por qué no me hace un favor, escríbame uno o dos DÍA A DÍA porque
GOG (mi primo Gonzalo González) está de vacaciones, y tenemos allí un
problema”. Como entonces yo estaba con el brazo caliente, me senté, pregunté el
tema y tac tac tac le di y le di y después
me fui. Al día siguiente, me mandó a llamar donde Álvaro, “Vea, dígale a Gabo
que mientras esté aquí me siga escribiendo el DÍA A DÍA pues seguimos en ese
problema, que me ayude en eso”. Entonces yo bajé, y escribí ese día, y al otro
día también, y al otro también, y al otro también, siempre el DÍA A DÍA: Al
llegar el momento de regresar a Barranquilla, vino Álvaro Mutis y me dijo: “ve,
Guillermo Cano te anda buscando, que por qué no has ido hoy por allá a
escribir”… y yo le contesté, “¡No, si yo no trabajo allá!”.
Fue
entonces que supe que la invitación de Álvaro Mutis, era un complot que habían
planeado los Cano y Eduardo Zalamea para tenerme a mí allá. Y todo eso de las
vacaciones de GOG no era más que puro cuento. Así que me llamaron, hicimos
pachanga y me pintaron toda clase de pajaritos para que me quedara. Pero yo no
estaba muy contento escribiendo DÍA A DÍA nada más. Solo cuando me hice muy
amigo de José Salgar que era el que hacía de todo allá, “el de la carpintería”,
como suele decirse, sentí que comencé a hacer el tipo de periodismo que a mí me
gusta. Y lo primero que me dijo él fue: “Si no le tuerces el cuello a la
literatura, no llegarás a ninguna parte”. Creo haberle ganado esa discusión. Y
haberle demostrado que la literatura es un buen complemento del periodismo, y
el periodismo un buen complemento de la literatura.
En
Ciudad de México comenzó a caer de pronto un fuerte aguacero y hasta se nos fue
la luz. Mercedes, afortunadamente, andaba por toda la casa, lámpara en mano,
iluminando todos los rincones. Y la conversación, ampliada ahora con la presencia
de amigos, comenzó a desviarse hacia cosas más triviales, menos
trascendentales. Afortunadamente, yo ya tenía en el bolsillo –o, mejor dicho,
en mi grabadora– la respuesta de la pregunta que me llevó hasta México: ¿Cómo
fue que Gabo, el Premio Nobel de Literatura, traducido a todos los idiomas del
mundo, fue a parar a El Espectador? El periódico que según mucha gente sigue
siendo, El mejor del mundo.
Para
reafirmar sus lazos con el Decano de la prensa en Colombia, García Márquez,
cada vez que tiene algo importante qué decir, regresa siempre a su vieja casa
de El Espectador. Como ocurrió recientemente a Littin, que fue una verdadera
primicia mundial.
Los textos de Borges no son
fáciles, exigen un lector atento y enamorado de la literatura, de antemano,
para el goce de su narrativa, se hace necesario como mínimo haber abrevado en
buena parte del universo literario existente,
conocer parte de la republica de las letras en cabeza de los autores más
emblemáticos, con todo el entramado de figuras y artificios gramaticales y
literarios, recursos que este autor dominó con absoluta destreza. Su prosa es
impecable, escrita con el cuidado de un relojero, cada palabra responde a un
propósito específico, sus textos están llenos de referencias, citas, sentencias
clásicas, estas constituyen el basamento de su obra. La interxtualidad (Es uno de sus progenitores) adquiere en él, el
nivel más alto, la perfección, tanto en sus cuentos, como en sus ensayos, que
al final resultan ser lo mismo. Borges trató desde la ficción temas
metafísicos, propios de la filosofía. Leonardo Acosta en un texto crítico
hermoso expone magistralmente al respecto: “ Se ha dicho que la fantasía
exacerbada de Borges, a diferencia de otros escritores latinoamericanos,
responde a un pensamiento metafísico particular, acorde con ciertas doctrinas
filosóficas ( Berkely Hume, Schopenhauer, Nietzsche), aunque sabemos que su
enciclopédica erudición iba mucho más: de Heraclito al inefable Zenon De Elea, de las disputas teológica, a la especulación teológica de los Arabes, sin
ignorar el pensamiento científico de Huxley, o de Bertrand Russel entre otros.
En el umbral del pensamiento religioso y la mística, nos conduce de Pitágoras a
los gnósticos, de Scoto De Erigena a Swudemborg, y a la metafísica Hindu de los
spanihads”[1].
El libro “Historia de la
eternidad”, con muy pocos textos, constituye el mejor ejemplo del universo de
Borges, de sus preocupaciones mayores, tratadas desde la ficción, estos fungen como ensayos, las referencias constituyen verdaderas joyas,
perfectamente hilvanadas a un argumento encubierto, se van suscitando con mucha
inteligencia, en Borges son artificios hermosos, pese la erudición de las citas,
son traídas como alusiones esenciales del tema principal, sin ellas no habría trama, va creando aperturas temáticas alrededor de
conjeturas ordenadas con
premeditación bien intencionada, pensando en el lector, expectantes, parten
de hipótesis muy especiales, el tiempo, la eternidad, o del análisis de un
recurso literario, la metáfora, los keningar, con un grado de perfección
magistral, nunca se les ve de más, asombroso para el lector, al final, uno no
termina de saber, sí está frente a un ensayo, un cuento, un relato, o
simplemente un texto lleno de alusiones, como una especie de juego.
El primero, el que da
nombre al libro, “ Historia de la eternidad”, es un buen ejemplo de la manera como construye
Borges sus textos a partir de una conjetura: “En aquel pasaje de las Eneádas
que quiere interrogar y definir la naturaleza del tiempo, se afirma que es
indispensable conocer previamente la eternidad, que-según todos saben-es el
modelo y arquetipo de aquel. Esa advertencia liminar, tanto más grave sí la
creemos sincera, parece aniquilar toda esperanza de entendernos con el hombre
que la escribió”. Después cita el Timeo de Platon: “El tiempo es una imagen
móvil de la eternidad”. A partir de esta
conjetura, empieza una elucidación metafísica desde la esclerótica de autores
muy diversos, todos de la predilección del autor, va citándolos uno a uno y
construyendo hipótesis harto inverisímiles: “Invirtiendo el método de Plotino
(única manera de aprovecharlo) empezaré a recordar las oscuridades inherentes al tiempo:
misterio metafísico, natural, que debe preceder a la eternidad, que es hija de
los hombres. Una de esas oscuridades, no
la más ardua pero no la menos hermosa, es la que nos impide predecir la
dirección del tiempo. Que fluye del pasado al porvenir es la creencia más
común, pero no es más ilógica la contraria, la fijada en un verso español por Miguel De
Unamuno: Nocturno el rio de las horas
fluye/ desde su manantial que es la mañana/eterno. Comienza de súbito a participar
al lector en la narración, lo hace cómplice
de las conjeturas que va armando: “Se trata de una imaginación personal de la
que puede prescindir el lector”, refiriéndose a las sentencias de Plotino: “El
universo ideal a que nos convida Plotino es menos estudioso de variedad que de
plenitud; es un repertorio selecto, que no tolera la repetición y el pleonasmo.
Es el inmóvil y terrible mundo de los arquetipos platónicos”.
De pronto, como detectives, estamos inmersos en conjeturas metafísicas, “El universo, los números,
el espacio” abriéndonos pasos entre sentencias, en un entramado de aluciones, llenas de erudición, pero
con el encanto que produce este tipo de develaciones históricas, pues son alucinantes elucidaciones al propósito de
sus intenciones literarias. Analicemos el
texto con más detalle: alusiones de Plotinio, del más arraigo idealismo Platonico, cita el libro tercero de las Eneadas, una afirmación que pone en duda la
existencia de la materia: “En el libro tercero de las Eneadas , leemos que la materia es irreal: Es una mera y hueca
pasividad que recibe las formas universales como las recibiría un espejo; estas
la habitan y pueblan sin habitarla”, en adelante cita Shopenhauer y termina con
una sentencia Platonica: “ los individuos
y las cosas existen en cuanto participan de la especie que los incluye, que es
su realidad permanente” y a partir
de estas elucidaciones va relacionando las más diversas referencias: “Keats, ajeno al error, puede pensar que el
ruiseñor que le encanta es aquel que oyó Ruth en los trigales de Belen, Stevenson erige un solo pájaro que consume
los siglos: el ruiseñor devorador del tiempo”. Siempre en el texto va llevando al lector por
el sendero señalado: “Presumo que la eterna leonidad puede ser aprobada por mi
lector”. Además le pregunta: “Presumo si mi lector precisa argumentos para
descreer de la doctrina Platónica”. Está no esto cosa ue la disputa entre los universos
idealistas y aquellos que refutan al mismo, los va suscitando desde la pregunta
sobre naturaleza de la eternidad y el tiempo que es su imagen. Con una particularidad, estamos en el universo
Borgeano, está es la forma como construye los textos de literatura fantástica, casí siempre a partir de
conjeturas metafísicas, las mismas con las que deslumbró al mundo.
Por este camino cita a San
Agustin, a Marco Aurelio, al obispo Ireneo para plantear los interrogantes
alrededor de la trinidad: “ Si el hijo no es también el padre, la redención no
es obra directa divina; si no es eterno, tampoco lo será el sacrificio de
haberse denigrado a hombre y haber muerto en la cruz. Nada menos que una infinita excelencia
pudo satisfacer por un alma perdida para infinitas edades, insto
Jeremias Taylor”. Más tarde afirma: “Desde que Ireneo la inauguró la eternidad
cristiana empezó a diferir de la Alejandrina”. Categoriza en esas sentencias metafísicas
muy propio de la inteligencia de Borges,utiliza la filosofía para generar
conjeturas que termina convertidas en literatura fantástica a partir de
especulaciones, que como cosa excepcional, proceden de un recorrido histórico
sobre la eternidad desde los autores más emblemáticos: “La eternidad quedó
como atributo de la ilimitada mente de Dios, y es muy sabido que generaciones de
teólogos han ido trabajando en esa mente, a su imagen y semejanza”. Después trae referencias de la mitología, de Aristides, cita las últimas
páginas del Ulises de Joyce, Juan Escoto
De Erigena.
Al final termina con una experiencia que es una visión propia de la eternidad. Uno supone que las elucubraciones constituyen el proposito de una busqueda especifica y se sorprende cuando responden a un proposito muy personal, es el preambulo a una experiencia fantastica. Espero que lean este texto,
es un reflejo fidedigno de la literatura Borgiana. Lo reflejan cabalmente.
[1]
Borges el escritor de las antípodas. Leonardo Acosta.
Este es el evento que
define la existencia en lo esencial, la finitud. La vida no es más que una
resistencia a este presupuesto inexorable e implacable, una oposición, unas
veces frentera, sin cortapisas, otras por evasión. “Platón afirmó que la
filosofía es una meditación de la muerte. Toda vida filosófica, escribió
después Cicerón, es una commentatio mortis.” El diccionario de Ferrater Mora realiza algunas elucidaciones de
considerable importancia: “Por otro lado, la muerte puede ser entendida de dos
maneras. Ante todo, de un modo ambiguo, luego, de una manera restringida.
Ampliamente entendida, la muerte es la designación de todo fenómeno en el que
se produce una cesación. En sentido restringido, en cambio, la muerte es
considerada exclusivamente como la muerte humana. Lo habitual ha sido atenerse
a este último significado, a veces por una razón puramente terminológica y a
veces porque se ha considerado que sólo en la muerte humana adquiere plena
significación el hecho de morir”. En este mismo texto se establece que es
fenómeno social y un fenómeno natural. Cuando nos enteramos de nuestra
transitoriedad, de la muerte como hecho al que no escaparemos, como asechanza,
sembramos una especie de angustia, latente, aparece cada vez que se nos vienen los miedos más profundos, aquellos que tocan nuestra naturaleza más intima. “Para Freud la muerte propia no se puede concebir.
Cuando intentamos hacerlo, en verdad sobrevivimos como observadores. La
experiencia psicoanalítica nos enseña que "nuestro inconsciente no cree en
la muerte propia, se conduce como si fuera inmortal". Admite la muerte y
al mismo tiempo la desmiente como irreal. No hay inscripción de la muerte
propia, no hay simbolización de ella, no se sabe qué es”. Este año me
enfrentado a la muerte por varios hechos. El primero la muerte de mi esposa Ana
Isabel, la más dura de aceptar para mí, la de Nestor un amigo y pariente muy cercano, murió de un ataque cardiaco, de pronto ya no estaba,
no va más, como los arbitros cuando tocan el pitazo final. Ayer me entere de la enfermedad del padre de Ana por gracia de una
aneurisma que lo tiene cercano a la muerte, muerto en vida suelen decir los
médicos con la crueldad profesional que los caracteriza, en medio de una
tristeza sin tregua por la muerte de su hija, que fue una especie de culpa
anestesiada por silencios poco eficientes a la horade aliviar el dolor, tristeza sin ninguna salida, cierto sentimiento de lo inútil, la de un hombre que perdió todas sus
batallas al final, aquellas que lo hicieron grande, con una impotencia lacerante que le
quito las ganas de vivir.
La muerte de los otros nos
afecta según el grado de compenetración que tengamos con las personas que se
nos van yendo. Pienso que la existencia en estos tiempos, evade la muerte en el sentido amplio del verbo evadir, eludir, no entendemos el sentido, menos su relación con la vida. Hoy más
que nunca actuamos como si fuéramos eternos, esa especie de auto-ficcion a que
nos sometió la revolución de la TIC, el mundo del espectáculo, la sociedad de
consumo con sus paraísos mutantes, parecemos tener dos existencias alternas, la propia,
la natural y aquella que imaginamos a través de las redes, de una virtualidad
sin personas, de una vida paralela incorporada por los flujos de información, del imaginario que
significa la existencia de acuerdo a modelos que señalan quienes debemos ser,
ser lo que otros quieren que seamos por gracia de los estereotipos
implementados.
Hable con una buena amiga
psicoanalista y me dijo, lo importante es el acto, la existencia concreta,
resolver de acuerdo a nuestras circunstancias sin falsear la vida. Lo peor es
el autoengaño. La muerte, marca la
existencia, la determina y crea el sentido de trascendencia, los actos y
huellas que nos obligan a intentar ser eternos, eso que llaman el legado. “Cuando
otro muere suele destacarse el carácter contingente de la muerte traslucir
"nuestro afán de rebajar la muerte de necesidad a contingencia". Así,
se la piensa como un accidente que podría haberse evitado. Pero la muerte de
una persona querida y el dolor que conlleva produce un descalabro en la actitud
convencional y nos confronta de golpe con lo real de la muerte, haciéndonos
tomar conciencia de ella como algo cercano y posible. También la guerra barre
con el tratamiento convencional de la muerte, que entonces se vuelve real”[1].
Ya se va a cumplir el
primer aniversario de la muerte de Ana Isabel. El dolor crece, no se apacigua,
la tristeza tiene que ver con cierto egoísmo, me duele pensar y sentir que la
muerte llega y nada cambia, quisiera perpetuar el duelo, hacer temblar a la
humanidad, por qué no les duele a los
otros como a mí. Estas cargas no se ceden, cada quien las padece de acuerdo a su nivel de compromiso y la impotencia de los otros es igual a la nuestra. Es mejor en este caso la levedad que el peso. La vida es
sabia, como lo expresa el poema “La recoleta” de Borges, "Sólo la vida existe". La
existencia concreta es lo real, el acto, la conciencia de ser, el ser ahí decía Heidegger. La felicidad depende
de lo que nos prodiguemos para obtenerla, de la actitud que tengamos, lo bello que le demos a la vida depende de nosotros, aquello que nos haga sentir de acuerdo a nuestras potencialidades, es necesario
que todo esto prevalezca. Esto quiere decir que el poder de la voluntad no debe ceder a las contingencias
propias de la finitud, constituye más
bien un don que no hace inigualables, la conciencia de nuestra mortalidad, del limite, constituye un item que nos marca, siempre debemos tenerlo en cuenta,
los limites, significan que debemos ser conscientes hasta donde podemos llegar,
quienes somos y como debemos actuar. Ana se fue, debo aceptarlo sin culpas, sin
regodearme en la tragedia, no hay nada que se pueda hacerr con respecto a ese
hecho contundente, debo respetar su espíritu, su ejemplo, en este sentido siento que siempre está con nosotros,
permanece, el derrotero de sus
enseñanzas se refleja en sus hijos que son su hechura. Ana partió, ya no está conmigo, debo
aceptarlo con resignación, se adelantó, quien se atreve a decir que no está
mejor ahora. Es indudable que fue un ser
único, irrepetible, mucho más para mí. Siempre estará conmigo, ahora más que
nunca, pero debe ser un hecho lleno de felicidad y no de tristeza. Así debe ser
hasta el final de mis días.
Admito que me entusiasme
mucho cuando supe la noticia del premio nobel de literatura, Bob Dylan es el
símbolo de una época que nos trae los más gratos recuerdos, no sólo por todo lo
que representó para la juventud, sino por todo lo que se jugó en
pro de un mundo diferente. Sus canciones, su poesía, su actitud iconoclasta fueron una apuesta hermosa por la vida que se perdió entre los entramados de un
realismo lejos de nuestros sueños. Después de traer a colación sobre la época que
marcó su trayectoria, con sus posturas críticas al sistema, con todo lo que implicó el movimiento juvenil que denostaba
de todo del cual fue fiel represente, de escuchar de nuevo su música, de leer alguno de sus relatos, ahora recuerdo que en el primer número de la revista Mito de Colombia de la mano de Gaitan Duran se publicó un relato suyo (1955), de leer lo poco que se consigue,
llegue a la conclusión que el comité Sueco que otorga el premio se equivocó,
que el premio de literatura hizo un giro que aún no termino de comprender.
Empecemos por lo esencial.
Sus canciones están llenas de poesía, son versos hermosos. Los grandes poemas épicos como
la “Ilíada” y la “Odisea” son el ejemplo más emblemático de la tradición oral, se cantaban, constituyen el nacimiento mismo de la literatura. Hace poco se publicó en los Estados Unidos en una edición cerrado toda su prosa. Es un hecho la literatura va más allá de lo escrito. El premio a Bob Dylan representa que el abanico
de posibilidades se amplió, un buen libretista de cine o de
televisión tendrían el mismo derecho, de igual manera los grandes compositores
cabrían en esta bolsa, para no citar otras formas de expresión más
revolucionarias.
Creo que en este punto es
donde empiezo a tener serias dudas sobre el giro de la academia Sueca. No es
que las canciones de Bob no estén llenas de poesía, incluso a escrito relatos, aunque siempre habrá mucha
controversia al respecto como todos los años, pero no es un escritor, no hay corpus, esto quiere decir que el espectro que abrió la
academia en este orden podría terminar en una especie de
desbordamiento que afecta a la propia literatura. Sí uno mira a un compositor
de la talla de Agustín Lara, de Armando Manzanero que aún está vivo, podría
decir que este último es un serio candidato al nobel, lo mismo pasaría con
ciertos compositores Ingleses. Pienso que más bien la academia habría podido
crear un premio alternativo que cubriera estas expresiones tan importantes y
dejar el nobel en las condiciones que hasta ahora lo ha otorgado. Es un hecho que
en adelante en materia de pronósticos la cosa se pone de otro pelambre, pues ya
no sabríamos apostar por tal o cual escritor, ahora hay que pensar en
compositores, yotuber, grafiteros………y por su puesto en libretistas y
guionistas.
Las dudas ni siquiera tienen
que ver con la calidad de su poesía, de la expresión como tal, sino de cómo
evitar una dispersión que le hace daño a la literatura en lo que tiene que ver
con el premio nobel, pues mal o bien cuando se concedía generaba muchas controversias y constituía una puerta para volver la mirada a ciertos escritores olvidados, genera siempre un
reverberamiento crítico, que obliga a tomar posición. Tal vez yo no esté preparado
para este giro, pero en lo que atañe a lo propiamente literario aún me quedan
muchas dudas, creo que el corpus creativo de Bob Dylan no daban para un nobel,
aun así reconozco en este compositor un icono de una época muy bella y un
canta-autor de talla mayor.
Este es el diario de un
crítico muy importante para Colombia, un lector consumado. “Ernesto
Volkening (Amberes, pero de vecindario renano-alemán, 1908-Bogotá, 1982) llegó
a Colombia en 1934, recién graduado de Derecho, y aquí se quedó hasta su
muerte. De hecho, toda su obra —sus ensayos paulatinos y constantes— la publicó
en Colombia, salvo la bella edición de ese libro extraño y maravilloso, entre
diario y evocación de la infancia europea, que es Los paseos de
Lodovico (1974). Y sus dos únicos libros colombianos son, el primero,
selección de sus ensayos, y el segundo la edición revisada de su tesis de grado
en Derecho”.
Quiero comentar el libro “En
causa propia”, re-editado por la
universidad EAFIT de Medellín, valioso aporte a las letras Colombianas, no solo
por el rescate que hace de nuestra memoria literaria y crítica, sino por la
divulgación y reverberamiento que producen estas re-ediciones.. El texto es un
diario de sus lecturas, sin mayores pretensiones, no fue escrito para ser publicadas,
refleja la agudeza de un lector fuera de serie, juicioso, preparado, con mucha
sensibilidad, su mirada sobrepasa los rígidos análisis académicos, son los efectos
del deslumbramiento que le dejan ciertos libros y autores, el revelamiento de las
emociones que se desprenden desde el texto que lee, sus impresiones, la esclerótica de un poliglota enfrentado a un mundo muy ajeno al
suyo por circunstancias históricas especiales. Su formación académica la tuvo en
Europa. El descubrimiento del talante
creativo de esta parte del mundo lo impresionó mucho y de hecho con sus
escritos contribuyó a su desciframiento
a través del estudio de autores y libros muy puntuales.
Oscar Collazos escribe el
prologo del texto, esto expresa: “Cada lector crea y construye su método para
leer. Y lo que importa y revela es lo que con ellas-la lectura y la mirada- se
destruye y construye desde la sensibilidad y la crítica, porque ambas se evidencian
en el momento de la destrucción y el caos, como dice Volkening- no basta, pues,
con la contemplación pura: precisa mirar a través de las cosas”, , los libros
sólo viven cuando se leen; puesto que la biblioteca constituye su muerte”.
Cada lector responde a una
formación, desde ahí parten sus elucidaciones. Hay lectores emblemáticos como
Borges, Octavio Paz, Vargas Llosa, de una cultura descomunal. Volkening, también lo era, es un lector fuera de
serie, profundo, quien no realiza juicios, ni elabora esquemas, trasmite lo
esencial de los textos desde una espiritualidad que abrevó en lo más calado de
la cultura occidental. La diferencia es que hay dos culturas enfrentadas, este
europeo se ve incorporado a una cultura que lo asalta, diferente a su país de
origen, del cual se vino evitando los horrores de la guerra.
Cuando uno entra a leer
estos diarios queda impertérrito. Nunca había leído unos diarios de esta calidad,
no me deslumbra su conocimiento desproporcionado de la buena literatura, ni su
excelsa y exquisita prosa, no, es el tacto, la textura de, la manera como expresa
lo que le deja cada lectura, El 26 de junio escribe: “El que está habituado a
asociar al barroco las ideas de énfasis y de plenitud desbordante hará bien en
leer a Baltasar Gracia. Sin duda, esto
es bien barroco, y del mejor, más por añadidura representa una de aquellas
audaces abreviaturas en las cuales aparece el periodo clásico contraído al mínimo,
encerrado en formulas cuyo laconismo llega gongoristas extremos.” Las
disertaciones sobre el quijote con que comienza este diario son fascinantes,
inducen a lecturas olvidadas: “Cuando Don quijote, tras extensas lecturas de “Amadis
De Gaula” y otros libros de caballería resuelve salir como caballero andante,
ha de ver se en ella la inversión de usuales procederes literarios. Lo leído se
trasforma ahora en aquella realidad viva la que tomaban los viejos autores el
material para sus historias”.
Este libro es además una biografía
literaria de su relación personal y crítica con Gabriel García Márquez: “Gabriel
es hombre de porte sencillo y natural, sin pretensiones, tiene un manera
discreta de mostrar sus simpatías. Su fama de autor debiera haberme intimidado,
pues así me suele suceder en presencia de gente de peso. Pero al contrario fue
él que dio la impresión de sentirse inhibido. Curioso parece que me tiene como un pozo de
sabiduría, sin embargo, se creó al instante un ambiente de mutuo entendimiento,
más aún experimente en e trato de él, igual qué para que con los personajes de sus
libros. Esa sensación honda de familiaridad que no había vuelto a sentir desde
mi amistad con Benno.” Sus articulaciones y referencias literarias son caso
aparte: “En filosofía sin supuestos” de
Danilo cruz Velez, parte II, página 210, ahí donde el autor, interpretando a
Heidegger, se ocupa del modi essendi,
encontré una clave para el entendimiento de Robert Musill y su “Hombre sin atributos”. Lo
posible es lo todavía no real, la posibilidad se ve, pues, dese la realidad; es
un escalón previo de la realidad. Lo posible es lo que se puede llegar a ser;
por lo tanto, no debe ser pleno, sino ser deficiente. Además, lo posible es lo
indeterminado. En estos dos respectos, la posibilidad es lo posible no es todavía
planamente pero puede llegar a ser, su posibilidad es doble; puede llegar a ser
real o no llegar a serlo. Por ello, la posibilidad se opone a la necesidad”,
etc.”.
Volkening fue un fiel
lector de la obra de Nicolás Gómez Dávila, su mirada a este autor, siempre fue
de respeto y sorpresa, de deslumbramiento con una inteligencia de tantos
quilates. En este diario hay citas bellas alrededor de sus diarios. No me queda
más que recomendar su lectura.
Un libro vuelve a nacer cuando el lector lo toma, lo
selecciona y abre sus páginas para diluirse en su universo, llegamos a esa
prosa o al poema desde el texto, por una decisión contenida. Es un
ejercicio subliminal, bálsamo para la vida, océano de conocimiento. Siempre
tenemos lecturas aplazadas. En esos recorridos
por nuestros libros o por las extensas bibliotecas de la ciudad, hay una
especie de tensión encubierta con ciertos autores, con libros específicos que
por diversas razones vamos dejando en espera. Siempre prometemos volver.
Diferente al caso con ciertos textos y
autores que releemos constantemente, nuestros libros preferidos o lecturas
renuentes, hay con ellos una relación más bien apasionada, obsesiva, de redescubrimientos
infinitos. El efecto que se produce
cuando comenzamos una lectura: “Frente al pelotón de fusilamiento”…….., es inenarrable,
inconmensurable. Nos abrimos a otro mundo, de pronto estamos en otra parte. Lo
mismo pasa cuando leemos un ensayo. Es un dialogo noble con un autor, que nos
va entregando un trabajo especifico, no solo nos enseña, dialoga, nace de
nuevo, habla desde el texto, sino que nos lleva a su complejo entramado
referencial, a sus lecturas, a las concepciones que hicieron posible lo que
estamos leyendo. Cuando leo a Balzac, me parece estar totalmente en la Francia de
la época descrita magistralmente en sus novelas, imagino la sociedad que
intentó descifrar, disfruto con esa parte de la historia de esta nación contada desde personajes
imaginarios, los mensajes subliminales del texto, las tacitas invocaciones. Lo
mismo me pasa en mis relecturas de “Los Miserables” de Víctor Hugo.
Hace dos décadas, en un
contexto muy Borgeano, se estudió mucho la
lectura en el mundo occidental, su genealogía. La lectura es un acto
complejo. “La comprensión de lectura, como actividad intelectual, involucra
mucho más que la sola decodificación de unidades gráficas a sonoras y el
reconocimiento de letras, sílabas o palabras. Investigaciones que datan ya de
muchos años atrás han puesto de manifiesto que la lectura implica una constante
interacción entre texto y lector. Esta interacción fue sugerida en 1917 por
Edward Thorndike: “comprender un párrafo es como resolver un problema de
matemáticas. Consiste en seleccionar los elementos claves de la situación y en
relacionarlos correctamente con la cantidad exacta de peso, influencia o fuerza
para cada uno”. Años después, Goodman (1982) describió a la lectura como un
“juego psicolingüístico de adivinanzas” donde el lector, a partir de la
información visual y de la información no visual, va anticipando, prediciendo,
elaborando y corrigiendo hipótesis para comprender el texto”[1].
Steiner escribió un hermoso ensayo denominado: “Texto y contexto”, sobre la
naturaleza de los textos: “ El que el proceso de compresión, el acto de entendimiento
y respuesta- cuya fórmula imperfecta cubre supuestamente una dinámica o dialéctica
inmensamente compleja de impulso y
ordenamiento-sea también social, que haya una matriz socio-económico-política
de la lectura, así como la hay del libro en sentido material, es un
reconocimiento que aparece con Dilthey y que después Walter Benjamín depura. Sí existe una sociología del texto y de
nuestras relaciones con el texto, también existe una psicología. Las
estructuras de atención, de memorización, de verbalización entre las cuales y a
través de los cuales tiene lugar el acto de la lectura no son ni uniformes ni
estables.”[2].
Con los libros desde lo material, tenemos una relación compleja, no tan simple
como se cree en principio. Los miro en los anaqueles, a la espera, llenos de sabiduría, silenciosos, lo he adquirido por razones
diversas, pero en el marco de una expectativa, de una referencia, de suplir,
por curiosidad y parece muy cruel que no articulemos esa relación hasta que no
empecemos a leer.
Tengo “Las historia de amor
en Francia” de Guy Breton, me genera ansiedad no haberme metido en esta lectura,
conozco el valor de las misma y puedo anticipar que estos libros me encantan.
Algunos libros de Steiner, muchos textos de historia colombiana, dos novelas de
Piglia, infinidad de textos de Filosofía y una biografía de Nietzsche: “El águila
angustiada”….en fin. Son muchos. Miro mi biblioteca y pienso en la conferencia de Borges sobre el
libro: “En «César y Cleopatra» de Shaw, cuando se habla de la biblioteca de
Alejandría se dice que es la memoria de la humanidad. Eso es el libro y es algo
más también, la imaginación. Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de
sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado?
Esa es la función que realiza el libro”.
[1]
Alejandra Pellicer, Sofía A. Vernon. Entre el texto y el lector: la creación de
mundos posibles.