viernes, 18 de noviembre de 2016

Y PESE A TODOS ESTAS CON NOSOTROS RELATO

Hoy se cumple el primer aniversario de tu partida, en los últimos días pese al dolor y el peso de tu ausencia he tratado de comprender lo sucedido, cuando la fatalidad se impone, la vida tiene que seguir su ritmo, la nostalgia y la tristeza son apenas compañeras de viaje.  Es mejor tratar de entender lo que pasó y actuar en consecuencia. Arreglárseles con tu ausencia es casi un imposible, pero la he podido sobre-llevar  porque tu estas en cada cosa que hago, es como sí la estela de tu espiritualidad me marcará, siempre fui feliz con esa pedagogía que sabias impartir entre la rutina y los quehaceres, eso que los filósofos llaman aprendizaje, que muy poco tiene que ver con la educación, esta es más cercana al conocimiento, ahora es más intensa esta sensación, me pareces que siempre estas observándome. Ayer, en esos festivos largos de lunes, innecesarios, que parecen sobrar, viendo con tus hijos la saga de las películas de Georgos Lukas, te recordamos, cuando asumiste ver la serie “Lost” sin tregua alguna, una verdadera maratón, tres fines de semana enteros en compañía de Santiago, anulaste las demás actividades, supimos comprender tu compulsión. A propósito, Santiago está volviendo a ver la serie, pienso que es cómo un homenaje, cómo un buen recuerdo a tantos días al lado tuyo, tratando de entenderla al fin. Ana hay cosas que nunca se nos olvidan, son huellas indelebles. Te sabías todos los discos del mundo, todas las baladas, todos los tangos. Tenía los nombres de los cantantes, con sus compositores y anécdotas, los traía a colación cuando alguien hablaba con ligereza, siempre hay personas que traen datos mentirosos, sin rigor para distraerse un poco, tú los corregías implacablemente. odiabas las imposturas. En el caso de los tangos fue más curioso, decías tajantemente: A mí no me gustan los tangos….siempre a la pregunta de por qué sabías las letras de todos los tangos, respondías con vehemencia pero con indiferencia: Me tocó oírlos todos, por muchos años en Manizales, que más iba hacer, mi madre los oía el día entero, imposible no aprenderlos. Lo mismo pasaba con los artista de cine, con los de la farándula nacional, con todo lo que tuviera que ver con Harry Poter, con “El Señor de los Anillos”, con las novelas de Jean Austen……fue una lectora de miedo sin las arrogancias de los lectores de oficio, leyó todo Paul Coello sin importarle toda la arremetida de los intelectuales contra sus libros, a mi me gustan y eso basta decías.
Recuerdo tus silencios, significaban siempre algo, encubrían preocupaciones mayores, solías tener una reserva para todo, fue una actitud inexplicable que tenía que ver con su psicología, con esa forma de ser tan particular, recatada, contenida, cuando había algún problema o iba a tomar una decisión importante, iba tratando de resolverlo en medio de silencios sepulcrales, como paréntesis intensos, era imposible interpretar a cabalidad estos lapsos misteriosos, hasta que hablabas con  magisterio y rigor, tomaba decisiones casi siempre irreversibles. Nunca fuiste aburrida y menos pesimista, por ello, tu risa resulta inolvidable, con el humor intempestivo, repentista e inteligente con el cual nos sorprendías.
Este año ha sido muy duro. Los niños han seguido su vida como valientes, llenos de esa alegría que les enseñaste, aquella que se sobre-pone a las dificultades, todos los días te recuerdan,  secándole un poco el quite al peso de tu ausencia, siempre te traen con algún pretexto,  en ocasiones se llenan de tristeza, callan y se aferran a los recuerdos, empiezan a contar anécdotas para obviar el dolor, son espacios de un saudade enrarecido, al final terminan recordándote con admiración y orgullo.
Pienso muchas veces, cuando muera que recordarán mis hijos, que queda. Contigo aprendí que, él ejemplo nunca lo olvidan, se vuelve hábito y aquellas enseñanzas morales con las que no se tranza, las que tu  impusiste sin ambages. Fuiste muy rígida con el deber, con la sinceridad, con las obligaciones que son necesarias y a las que no debemos esquivar.  No hablabas de nadie, ni permitías comentarios maledicentes, por ciertos que pudieran ser, esto era un virtud celestial, cuando digo nunca, es nunca, esta era una categoría moral para ti.
Hoy quedó inscrito Santiago en la universidad de Antioquía, duramos dos días de ires y venires, atendiendo requerimientos burocráticos, se como estarías orgullosa de tu Santi, este es mi hijo dirías, quedó de 26, increíble, el es hechura tuya. Cuando salimos y no dijeron, está inscrito nos miramos y pensamos en ti, hablamos de ti y te pedimos ayuda.
En la vida estamos  rodeados de  pocas personas, hablo de aquellas que nos quieren, que se preocupan por nuestra suerte, antes de nuestra generación las familias eran más grandes y comprometidas, hoy no, los círculos se empequeñecieron y la solidaridad es reducida a un círculo muy pequeño. Nadie espera en estos momentos ayuda de dinero, pero sí, compañía. realmente es muy poca, pero no es para amargarse, no le podemos pedir a los otros lo que no damos, el mundo responde a lo individual, la familia pasó a un segundo plano, la subjetividad y el deseo a través del consumo, enfatizan la educación en lo individual, eso es lo que prima. Ahora más que nunca he sentido esto, sin resentimientos puedo afirmar, que no hay espacios para solidaridades, simplemente a cada persona se le lleno de tantas obligaciones que les es imposible poder abrirse a otras y  la educación nos hace muy egoístas.
Aní poco te hablo de nuestro perro Tony. Durante mucho tiempo te espero en la puerta.  No es impresión mía, pero el perrito no es el mismo, siento que el peso de tu ausencia lo marcó o tal vez aún te espera, sí llegaras de pronto, se moriría de la alegría. Los animales sí que son solidarios, tienen una lealtad desmedida.



lunes, 14 de noviembre de 2016

CUANDO GABO ERA CACHACO Y FELIZ

El periódico  el espectador de Bogotá tiene uno de los archivos más valiosos sobre la obra y labor periodística de Gabriel García Márquez, que trataré de ir trayendo poco a poco a este blog con el previo reconocimiento a quienes han conservado tan valiosos documentos.

El paso del premio Nobel de literatura por una ciudad de la que tuvo que despedirse tras El Bogotazo.
Entonces, Gabo era costeño y feliz. Estaba lejos de alistar sus primeras armas en la literatura y toda su apuesta en el mundo se reducía a respirar aquellos años juveniles, fogosos, en los que descubrió el goce de los amores furtivos que se deslizan por los cuartos a medianoche y se esfuman por la mañana entre promesas de silencio absoluto. Era una parranda perpetua, como lo recuerda en sus primeras memorias.
Su universo era una fiesta animada por un sol sin tregua hasta que en 1943 —cuando la leyenda viva tenía 15 años y todavía no era una leyenda— su padre, Gabriel Eligio, el telegrafista, le anunció que le tenía una sorpresa: “Alista tus vainas, que te vas para Bogotá”. Días después, el muchacho provinciano conoció un estado del cuerpo hasta ese momento desconocido e invisible: el frío.
Ese año, Gabriel García Márquez llegó por primera vez a la Estación de la Sabana. A cachacolandia. A la capital, la sede del Gobierno, pero sobre todo —muchos años después habría de recordarlo en Vivir para contarla— “la ciudad donde vivían los poetas”. Los poetas mayores.
La misma en la que se dio el gusto de cumplir “el deber revolucionario” de escribir bien. De contribuir para que América Latina, para que el mundo, tuvieran una vida mejor. Una época que, como reza el lugar común, marcó su existencia y, de paso, la de todos sus lectores.
Gabo pudo soñar en Bogotá. Las imágenes de aquel sueño, muchas de El Espectador, formaron parte de una exposición que desde la semana pasada está abierta en el Archivo de Bogotá (Calle 5  5-75). Cuando Gabo era feliz y cachaco se titula y está conformada, además, por fragmentos de las primeras memorias del Nobel. El curador, Gustavo Ramírez Ariza, hizo una cuidadosa selección de las mejores y más dicientes fotografías del escritor en su paso por la capital. Al verlas, no queda más remedio que apropiarse de una de sus frases: “Sí, la nostalgia sigue siendo igual que antes”.
Un fauno en el tranvía
“En esas andaba una noche de domingo en que por fin sucedió algo que merecía contarse. Había pasado casi todo el día ventilando mis frustraciones de escritor con Gonzalo Mallarino en su casa de la Avenida Chile, y cuando regresaba a la pensión en el último tranvía subió un fauno de carne y hueso en la estación de Chapinero. He dicho bien: un fauno. Noté que ninguno de los escasos pasajero de medianoche se sorprendió de verlo, y eso me hizo pensar que era uno más de los disfrazados que los domingos vendían de todo en los parques de niños. Pero la realidad me convenció de que no podía dudar porque su cornamenta y sus barbas eran tan montaraces como las de un chivo, hasta el punto que percibí al pasar el tufo de su pelambre. Antes de la calle 26 que era la del cementerio, descendió con unos modos de buen padre de familia y desapareció entre las arboledas del parque”.
El drama del 9 de abril
“Poco antes de la medianoche, cuando dejó de llover, subimos a la azotea para ver el paisaje infernal de la ciudad iluminada por los rescoldos de los incendios. Al fondo, los cerros de Monserrate y Guadalupe eran dos inmensos bultos de sombras contra el cielo nublado por el humo, pero lo único que yo seguía viendo en la bruma desolada era la cara enorme del moribundo que se arrastró hacia mí para suplicarme una ayuda imposible. La cacería callejera había amainado y en el silencio tremendo sólo se oían los tiros dispersos de incontables francotiradores apostados por todo el centro, y el estruendo de las tropas que poco a poco iban exterminando todo rastro de resistencia armada o desarmada para dominar la ciudad. Impresionado por el paisaje de la muerte, el tío Juanito expresó en un solo suspiro el sentimiento de todos: —¡Dios mío, esto parece un sueño!”.
En tren a un mar del cielo
“El tren de Puerto Salgar subía como gateando por las cornisas de rocas en las primeras cuatro horas. En los tramos más empinados se descolgaba para tomar impulso y volvía a intentar el ascenso con un resuello de dragón. A veces era necesario que los pasajeros se bajaran para aligerarlo del peso, y remontar a pie hasta la cornisa.
EL MAGISTERIO DE UN CRÍTICO

“Hasta ‘Cien años de soledad’ ese reparto de destinos entre el hombre y la mujer fue espontáneo e inconsciente en mis libros. Fueron los críticos, y en especial Ernesto Volkening, quienes me hicieron caer en la cuenta, y esto no me gustó nada, porque a partir de entonces ya no construyo los personajes femeninos con la misma inocencia de antes”.
“!Con lo bruto que es usted para el cine!”
“Las primeras notas tranquilizaron a los exhibidores porque comentaban películas de una buena muestra de cine francés. Los empresarios que encontrábamos a la salida del teatro nos manifestaban su complacencia por nuestras notas críticas. Álvaro Cepeda, en cambio, me despertó a las seis de la mañana desde Barranquilla cuando se enteró de mi audacia. !Cómo se le ocurre criticar películas sin permiso mío, carajo!, me gritó muerto de risa en el teléfono – !Con lo bruto que es usted para el cine!”.
‘Cien años de soledad’
Facsímil de la primera página del ‘Magazín Dominical’ de El Espectador, con el anuncio de la publicación en exclusiva del primer capítulo de la novela  cumbre de Gabriel García Márquez. Fue el 1° de mayo de 1966, un año antes de que saliera completa al mercado.
Presentación en sociedad
“Creo que la tarde en que Guillermo Cano me llevó de mesa en mesa a lo largo del salón para presentarme en sociedad, fue la prueba de fuego para mi timidez invencible. Perdí el habla y se me desarticularon las rodillas cuando Darío Bautista bramó sin mirar a nadie con su temible voz de trueno: —¡Llegó el genio!”.
Dos triunfos con sabor amargo
“En mi doble destino de periodista y escritor, sólo recuerdo dos cosas de qué arrepentirme, y es haber ganado dos concursos literarios. El primero fue en 1954, patrocinado por la Asociación de Escritores de Colombia, cuyo secretario de entonces me suplicó que participara con un cuento inédito, porque no se había presentado ninguna obra que valiera la pena y temían que el certamen fuera un fracaso. Le entregué un cuento sin terminar —‘Un día después del sábado’—, y pocos días más tarde apareció jadeante en mi oficina para decirme, como si fuera un milagro ajeno a su diligencia, que me habían concedido el primer premio”. En la foto, García Márquez camina por la carrera Séptima con su amigo Jaime Lopera. Eran los tiempos de sus primeras obras.
El viaje por el río Magdalena
“Hubo fiesta oficial la primera noche, con orquesta y cena de gala, pero me escapé a la cubierta, contemplé por última vez las luces del mundo que me disponía a olvidar sin dolor y lloré a gusto hasta el amanecer. Hoy me atrevo a decir que por lo único que quisiera volver a ser niño es para gozar otra vez de aquel viaje. Tuve que hacerlo de ida y vuelta varias veces durante los cuatro años que me faltaban del bachillerato y otros dos de la universidad, y cada vez aprendí más de la vida que en la escuela, y mejor que en la escuela (...) Los pasajeros nos sentábamos en la terraza todo el día para ver los pueblos olvidados, los caimanes tumbados con las fauces abiertas a la espera de las mariposas incautas, las bandadas de garzas que alzaban el vuelo por el susto de la estela del buque, el averío de patos de las ciénagas interiores, los manatíes que cantaban en los playones mientras amamantaban a sus crías”.


¿UNA ENTREVISTA? ¡SÍ, GRACIAS!


Gabriel García Márquez dijo en una de sus columnas dominicales que odiaba las entrevistas. Sin embargo, concedió miles. En este diálogo en Ciudad de México en 1986 recuerda sus primeros años en el periodismo.
Gabriel García Márquez dijo en una de sus columnas dominicales de El Espectador que odiaba las entrevistas tal como se hacían por esos días. Por eso llegamos muy prevenidos a conversar con él en su casa de Ciudad de México, con ocasión de este libro que pretende reunir a conocidos periodistas y personajes que han “circulado” durante estos cien años por el periódico de los Cano. Por eso, mi sorpresa fue enorme cuando vi que no solo estaba dispuesto a oírme, sino también a conversar conmigo en son de amistad.
Mi viaje a México no solo me dio la oportunidad de conocerlo personalmente –llevo muchos años conociéndolo a distancia˗, sino también en vivo a ese país maravilloso que hemos amado desde la niñez por sus bailes y sus vestidos, por sus actores, actrices y telenovelas, por sus pintores y escultores y sobre todo por mantener su corazón abierto a todos los exiliados del mundo, que a veces somos casi todos los habitantes del planeta tierra.
Y fue tan especial la ocasión, que se olvidó por completo quién era el entrevistador y quién el entrevistado, y grabamos mutuamente nuestras voces, y hasta intercambiamos regalo: él me brindó un traguito polaco que me entonó toda la tarde, y yo le regalé una botella de “Tres Esquinas”, el sabor de aquí ‒de Bolívar‒ porque no da guayabo.
Y así los recuerdos, por arte de magia y de la ocasión, se volvieron poesía.
Hablamos de Eduardo Zalamea, de su inolvidable suplemento literario y de su capacidad de escribir a máquina, a un ritmo tan acompasado, que todo el que lo veía creía estar escuchando ¡un aguacero! Recordamos al maestro León de Greiff, que le había enseñado a jugar ajedrez. Hablamos del payaso que le hace falta al Museo de Arte Moderno de Cartagena y que él se había negado a pintarme en ese momento porque “tampoco te voy a dar a ti todas las chivas”.
Por supuesto, llegó Mercedes con su pollera larga, con el talle sobre las caderas, con la cara seria pero picante a la vez, con su presencia de compañera seductora. Supo probar un tris solamente de la bola de tamarindo que le regalé, porque de la misma le dio a saborear a su esposo, y supo también en qué momento tenía que irse con su música a otra parte para no interrumpir los vertiginosos recuerdos del Nobel.

Usted es el Nobel, pero también es Gabriel García. ¿Quién eres tú?
No, es que tú a mí no viniste a preguntarme eso, sino que viniste a entrevistarme sobre los cien años del El Espectador.

Está bien. Dime entonces, ¿por qué tenemos que hacer esta entrevista en México y no en Colombia, como debe ser? ¿Por qué tienen que fugarse los artistas del país para poder ser lo que realmente quieren ser?
No, si tú no tienes que decir ni siquiera dónde fue que hablamos, sino cómo entré yo a El Espectador.

Bueno, bueno. Ahora dime, pues, ¿qué significado tiene para ti el hecho de que estemos hablando precisamente el 23 de abril, “Día Universal del Idioma”?
No, no, no. Si eso se lo han inventado es ahora. Eso no existía cuando yo tenía tu edad.
En la biblioteca del Nobel, las puertas y las ventanas son de vidrio y por eso podíamos ver muy bien las flores del jardín. También escuchábamos en el trasfondo el ruido que hacía el carpintero con su serrucho a secas. Sin ninguna connotación ideológica de por medio.
García Márquez y sus bigotes ya canos. Las uñas recién pintadas de esmalte transparente y una chompa de cuadros rojos y negros ‒¿coincidencia sandinista?–. Habíamos prometido seriamente “no meterle política a la cosa” y lo cumplimos hasta el final.
El teléfono sonó varias veces. Una vez era Margarita Marino de Botero, la ecóloga barranquillera que ha sembrado al país de hojas verdes. Otras veces nunca supe quién era, llamaban de distintas partes del mundo, lo que me permitió comprender la dimensión de esta “entrevista”. Estaba hablando con un hombre a todas luces “muy bien contactado”.
Me preguntó dónde vivía yo en Cartagena, que si conocía a mis vecinos, que si era amiga del doctor Carlos Barrios Angulo, que si a un lado quedaba la Avenida Chile y al otro lado el Club Unión. Que cuántos éramos en mi casa, que si era amiga de mi mamá y de mi papá, que si era leída y escuchada. A mi turno, le pregunté cuántos eran ellos, los García Márquez, y entonces me contó que “somos once hermanos de padre y madre, más dos de mi papá antes, más tres de mi papá después, y en total dieciséis”. Me dijo que no todos viven en la casa de Manga pero a la hora de la comida nunca se sabía ni cuántos eran. “Mi papá tenía que sentarse con una calculadora para saber cuántos éramos, porque además hay 14 nietos”. Me contó, con cierto alivio en sus ojos, que su mamá, doña Luisa, ya se estaba recuperando de la muerte de su esposo, “porque las viudas o florecen o se mueren. No les queda más remedio”.
Me había echado el viaje a México para hacerle una sola pregunta, que tenía una sola y larga respuesta, porque estaba hablando nada menos que con el único Premio Nobel de Literatura que ha tenido el país.

¿Cómo entraste tú al diario El Espectador”?
Fui a parar allá mucho antes de vincularme de planta al periódico. Yo estaba estudiando Derecho en Bogotá en el año 1947. Hacía primero de Derecho y trataba de escribir mis primeros cuentos, porque ya había leído los autores que me interesaban: los versos de Julio Flórez que los oía uno en su casa y los cantaban también como bambucos y pasillos. Y, en general, mucha poesía popular que no se sabe ni de quién es. Y después con el tiempo uno va descubriendo a los autores. Y me interesaba también el periodismo, aunque menos. Yo vivía en la antigua Calle Florián en la carrera 8, casi en la esquina de la Avenida Jiménez de Quesada, en frente de donde está ahora el edificio de la Caja de Ahorros. Allí había una pensión de costeños. En aquella época, nos conocíamos casi todos pues no había tantos como ahora. Hacíamos grandes bailes y existía eso que llamábamos la hora costeña, donde uno iba a la emisora los domingos a las nueve de la mañana a bailar porque era el único centro de música nuestra que había. Quedaba en la séptima con catorce.
Entonces los estudiantes hacíamos una cosa rara: armábamos los bailes a las nueve de la mañana porque era una época en que no había tocadiscos, ni nada por el estilo, ni tenía uno posibilidades de hacer reproducir la música. Ni había conjuntos tampoco. A uno lo invitaban mucho, porque en aquella época los cachacos no sabían bailar. No es como ahora que sí bailan y tan bien como los costeños. A mí me quedaba tiempo entre los bailes y la universidad para la literatura. Escribía realmente de noche.
¿Alguien te ayudaba?
Nadie lo ayudaba a escribir a uno. Uno aprende a escribir leyendo a los otros escritores, a los buenos escritores. Lo importante es no equivocarse, hay que saber cuáles son los buenos, porque si te pones a imitar a los malos, te sale todo malo. El hecho es que en 1947, no recuerdo bien hacia qué época, yo leí en El Espectador la columna de Ulises –Eduardo Zalamea Borda˗ que, desde antes de conocerlo, era una muy buena guía literaria, porque él era un hombre que se mantenía al día en literatura universal y los estudiantes seguíamos sus notas críticas, que no eran tanto críticas sino más que todo de orientación. Él era, además de magnífico columnista, el subdirector del periódico. Escribía la columna diaria La ciudad y el mundo. Además de eso, había publicado una excelente novela que se llama Cuatro años a bordo de mí mismo. Publicaba también el suplemento literario del El Espectador, Fin de semana, que era lo mejor del año 1947.
Además, se interesaba como nadie por el desarrollo de la literatura colombiana. Pero llegó un momento en que se fue saturando el suplemento de literatura extranjera. Surgían pocos autores colombianos. Entonces alguien le reclamó a Zalamea. ¿Por qué si había tantos valores nuevos en nuestra literatura el suplemento se dedicaba casi que exclusivamente a la literatura del exterior? Ulises, en una pequeña notica, respondió al señor en el correo diciendo: “Si hay nuevos valores en nuestra literatura, dígame cuáles son, porque yo en realidad no los conozco. De todas maneras, este suplemento está abierto, está a las órdenes de esos jóvenes escritores. Lo único que tienen que hacer es enviarme sus trabajos”.
Cuando yo leí esa nota, ya tenía terminado un cuento que se llamaba La tercera resignación, que lo había escrito sin mayores pretensiones. Entonces, lo metí en un sobre, cogí un papelito y se lo mandé diciéndole: “Si le sirve, úselo, y si no, rómpalo”.

¿Pero tú tenías una amistad personal con él como para decirle eso?
No, nunca en mi vida lo había visto, ni conocía a nadie en El Espectador. Yo nunca en mi vida he sido lagarto. Era un estudiante costeño que no veía, además, sino a estudiantes costeños y a mis compañeros de universidad: Gonzalo Mallarino, que todavía es un gran amigo mío, Camilo Torres y Luis Villar Borda. Éramos los más cercanos. Entre ellos, el más interesado en la literatura era Gonzalito y con él me escapaba de clases para andar recitando poesía por ahí en los jardines de la ciudad universitaria.
Bueno, volviendo al tema, yo creía que el cuento, si acaso se publicaba, saldría por allá dentro de un mes o algo así. Pero el sábado siguiente del día que yo había mandado mi cuento, entré al Café Molino, adonde iba uno a ver al Maestro León de Greiff, y de pronto veo a un señor que tenía abierto el suplemento de El Espectador, en donde había un título enorme, a ocho columnas, que decía: LA TERCERA RESIGNACIÓN… y lo más triste de
todo era que no tenía cinco centavos para comprar el periódico. Entonces salí como loco, buscando a un costeño que tuviera la plata para conseguir el periódico, y lo encontré, y lo compramos… Esa noche hicieron fiesta los del grupo… Unos decían que no lo entendían, que eso era un cuento surrealista, pero tenía dos amigos que sí sabían mucho de literatura: Jorge Alvarado Espinosa y Domingo Manuel Vega que me ayudaban mucho, me prestaban libros y estaban convencidos de que el cuento sí era muy bueno. Yo estaba muy feliz de que
me lo hubieran publicado, pero en aquel momento no tenía una perspectiva clara de qué seguía después de eso.
Al martes siguiente, El Espectador publicó una notita donde decía: “los lectores del suplemento dominical se habrán dado cuenta de la aparición de un nuevo escritor, etc., etc.”… !Entonces sí fue el susto grande! ¿Y ahora qué hago? Este hombre –Zalamea– dice que yo soy un gran porvenir, pero ¿yo por dónde sigo? Bueno pues seguí estudiando, seguí mandando cuentos, sin conocer nunca a nadie de El Espectador.
Después vino el nueve de abril… Ya sabemos lo que pasó. Además, esto es un libro sobre los cien años de El Espectador, y no sobre otra cosa –y allí yo perdí mi primera máquina de escribir que me había regalado mi papá y dos o tres cuentos que tenía listos para mandar, pero eran algo completamente distinto a lo que yo haría después˗. Entonces, como me quedé sin nada, me fui para Cartagena precisamente en el momento en que comenzaba El Universal. Y me fui para allá sin conocer a nadie. Llegué donde Clemente Manuel Zabala, que era el Jefe de Redacción, y le dije: “Yo soy fulano de tal y he escrito estos cuentos en El Espectador. Y da la casualidad que él los había leído y de una vez me sentó y me puso a escribir notas periodísticas. Trabajé allí durante el 48 y el 49, y estudiaba también Derecho en la universidad. En aquel entonces, El Universal era bueno. Estaba dirigido por Domingo López Escauriaza, y hacía un periodismo de oposición porque estaba en su apogeo la violencia conservadora.
En el año 50 me fui para Barranquilla porque era una ciudad de más inquietudes literarias. Allá hice contacto con el Grupo de Barranquilla de Germán Vargas, Fuenmayor, Cepeda Samudio y demás que tenían unos libros que a mí me interesaban. Esa fue una de las mejores épocas de mi vida. Empecé a escribir mi columna “La Jirafa” y comencé a leer de verdad la novela inglesa, la norteamericana, la francesa, y comencé a leer también a Cortázar que apenas iniciaba. Ellos en Barranquilla, hacían un periodismo de verdad, siguiendo la línea del periodismo de verdad, siguiendo la línea del periodismo norteamericano. Entonces me di cuenta cómo era que hacían los reporteros en TIME, y vi así que ese tipo de periodismo era el que me interesaba: el reportaje. Para tranquilidad tuya te cuento que nunca en mi vida hice una entrevista. Es que ahora se pusieron de moda, y los periódicos actuales creen que si no es con entrevista no hacen nada. Nosotros hacíamos la noticia y contábamos cómo era una persona. No lo que esta persona decía.
Allá en El Heraldo, puede decirse que viví la época más importante de mi vida, porque definí claramente qué era lo que quería hacer. Allá me di cuenta que quería escribir un tipo de novela nuestra, distinta.

Pero acuérdate que estamos hablando de los cien años del El Espectador…
Sí, bueno. En aquella época, El Espectador se acercaba mucho a ese tipo de periodismo que a mí me gustaba. Y los Cano y Zalamea iban siempre a pasar vacaciones a Puerto Colombia. En uno de esos viajes nos conocimos. Toda la pandilla de mis amigos eran amiguísimos de El Espectador y todos los años cuando los Canitos iban a pasar vacaciones, se armaba la gran parranda: “Ombe, si tú eres el que escribe, ¡Qué maravilla!”… Eso fue como si nos hubiéramos conocido toda la vida… Nos metíamos unas borracheras épicas cada vez que iban a Barranquilla. Algunas veces hablábamos de mis escritos pero ellos nunca me hicieron ninguna propuesta; y si me la hubieran hecho yo tampoco se las habría aceptado porque yo no quería saber nada de Bogotá aunque admiraba mucho el trabajo que ellos estaban haciendo, pero yo no quería saber absolutamente nada de esa ciudad donde había pasado tanto trabajo y el último recuerdo que tenía de allá era el del gran desastre del 9 de abril. A Barranquilla también viajaba Álvaro Mutis que era el Jefe de Relaciones Públicas de la
ESSO, y quien también era un amigo de Gonzalo Mallarino, que a su vez ya le había hablado de mí, y que también era muy amigo de los Cano porque todos los días se encontraban todos en el ascensor del edificio. Aquello fue… Yo los conocía a ellos –ellos a mí– ellos a ellos, y se fue armando un círculo, aquello se volvió una verdadera pandilla.
Un día de 1953 –hace ya 33 años, ¡qué horror!– llegó Álvaro y me dijo: “lo invito una semana a Bogotá”. Yo le contesté que no quería saber nada de esa ciudad, que no quería volver allá. “Pero mira una cosa –insistió él– yo le voy a mandar el pasaje, se va una semana sin problemas, se mete tranquilo a un hotel, eso ha cambiado mucho”. Ya estaba Rojas Pinilla en el poder. La violencia conservadora la paró Rojas, eso no se recuerda ahora (…). Después vino otro tipo de violencia. Pero los militares pararon la violencia conservadora en Colombia, eso fue verdad, lo malo fue que después se quisieron quedar y eso evolucionó muy mal y vino lo que se sabe…
El caso es que un día recibí en El Heraldo un sobre con los pasajes que mandaba Álvaro. Y entonces yo pensé, ¿Por qué no voy a Bogotá a ver qué pasa? Y la respuesta fue: porque no tengo un solo vestido de paño. Entonces atravesé Everfit que quedaba enfrente del Café Colombia de Barranquilla, y me compré el vestido con el cheque que me había mandado Álvaro de unos cuentos que me publicó en su revista. Así que compré mi vestido de paño azul cruzado y me fui para Bogotá con lo que llevaba puesto.
Allá me metí en una pensión de una señora alemana y cuando iba a saludar a Álvaro, aproveché para saludar a la gente de El Espectador. Entonces, Guillermo Cano me dijo: “Gabo, por qué no me hace un favor, escríbame uno o dos DÍA A DÍA porque GOG (mi primo Gonzalo González) está de vacaciones, y tenemos allí un problema”. Como entonces yo estaba con el brazo caliente, me senté, pregunté el tema y tac tac tac le di y le di y después
me fui. Al día siguiente, me mandó a llamar donde Álvaro, “Vea, dígale a Gabo que mientras esté aquí me siga escribiendo el DÍA A DÍA pues seguimos en ese problema, que me ayude en eso”. Entonces yo bajé, y escribí ese día, y al otro día también, y al otro también, y al otro también, siempre el DÍA A DÍA: Al llegar el momento de regresar a Barranquilla, vino Álvaro Mutis y me dijo: “ve, Guillermo Cano te anda buscando, que por qué no has ido hoy por allá a escribir”… y yo le contesté, “¡No, si yo no trabajo allá!”.
Fue entonces que supe que la invitación de Álvaro Mutis, era un complot que habían planeado los Cano y Eduardo Zalamea para tenerme a mí allá. Y todo eso de las vacaciones de GOG no era más que puro cuento. Así que me llamaron, hicimos pachanga y me pintaron toda clase de pajaritos para que me quedara. Pero yo no estaba muy contento escribiendo DÍA A DÍA nada más. Solo cuando me hice muy amigo de José Salgar que era el que hacía de todo allá, “el de la carpintería”, como suele decirse, sentí que comencé a hacer el tipo de periodismo que a mí me gusta. Y lo primero que me dijo él fue: “Si no le tuerces el cuello a la literatura, no llegarás a ninguna parte”. Creo haberle ganado esa discusión. Y haberle demostrado que la literatura es un buen complemento del periodismo, y el periodismo un buen complemento de la literatura.
En Ciudad de México comenzó a caer de pronto un fuerte aguacero y hasta se nos fue la luz. Mercedes, afortunadamente, andaba por toda la casa, lámpara en mano, iluminando todos los rincones. Y la conversación, ampliada ahora con la presencia de amigos, comenzó a desviarse hacia cosas más triviales, menos trascendentales. Afortunadamente, yo ya tenía en el bolsillo –o, mejor dicho, en mi grabadora– la respuesta de la pregunta que me llevó hasta México: ¿Cómo fue que Gabo, el Premio Nobel de Literatura, traducido a todos los idiomas del mundo, fue a parar a El Espectador? El periódico que según mucha gente sigue siendo, El mejor del mundo.
Para reafirmar sus lazos con el Decano de la prensa en Colombia, García Márquez, cada vez que tiene algo importante qué decir, regresa siempre a su vieja casa de El Espectador. Como ocurrió recientemente a Littin, que fue una verdadera primicia mundial. 









viernes, 4 de noviembre de 2016

HISTORIA DE LA ETERNIDAD DE BORGES

Los textos de Borges no son fáciles, exigen un lector atento y enamorado de la literatura, de antemano, para el goce de su narrativa, se hace necesario como mínimo haber abrevado en buena parte del universo literario existente,  conocer parte de la republica de las letras en cabeza de los autores más emblemáticos, con todo el entramado de figuras y artificios gramaticales y literarios, recursos que este autor dominó con absoluta destreza. Su prosa es impecable, escrita con el cuidado de un relojero, cada palabra responde a un propósito específico, sus textos están llenos de referencias, citas, sentencias clásicas, estas constituyen el basamento de su obra. La interxtualidad  (Es uno de sus progenitores) adquiere en él, el nivel más alto, la perfección, tanto en sus cuentos, como en sus ensayos, que al final resultan ser lo mismo. Borges trató desde la ficción temas metafísicos, propios de la filosofía. Leonardo Acosta en un texto crítico hermoso expone magistralmente al respecto: “ Se ha dicho que la fantasía exacerbada de Borges, a diferencia de otros escritores latinoamericanos, responde a un pensamiento metafísico particular, acorde con ciertas doctrinas filosóficas ( Berkely Hume, Schopenhauer, Nietzsche), aunque sabemos que su enciclopédica erudición iba mucho más: de Heraclito al inefable Zenon De Elea,  de las disputas teológica, a  la especulación teológica de los Arabes, sin ignorar el pensamiento científico de Huxley, o de Bertrand Russel entre otros. En el umbral del pensamiento religioso y la mística, nos conduce de Pitágoras a los gnósticos, de Scoto De Erigena a Swudemborg, y a la metafísica Hindu de los spanihads[1].
El libro “Historia de la eternidad”, con muy pocos textos, constituye el mejor ejemplo del universo de Borges, de sus preocupaciones mayores, tratadas desde la ficción, estos fungen como ensayos, las referencias constituyen verdaderas joyas, perfectamente hilvanadas a un argumento encubierto, se van suscitando con mucha inteligencia, en Borges son artificios hermosos, pese la erudición de las citas, son traídas como alusiones esenciales del tema principal, sin ellas no habría trama, va creando aperturas temáticas alrededor de  conjeturas ordenadas con  premeditación bien intencionada, pensando en el lector, expectantes, parten de hipótesis muy especiales, el tiempo, la eternidad, o del análisis de un recurso literario, la metáfora, los keningar, con un grado de perfección magistral, nunca se les ve de más, asombroso para el lector, al final, uno no termina de saber, sí está frente a un ensayo, un cuento, un relato, o simplemente un texto lleno de alusiones, como una especie de juego.
El primero, el que da nombre al libro, “ Historia de la eternidad”,  es un buen ejemplo de la manera como construye Borges sus textos a partir de una conjetura: “En aquel pasaje de las Eneádas que quiere interrogar y definir la naturaleza del tiempo, se afirma que es indispensable conocer previamente la eternidad, que-según todos saben-es el modelo y arquetipo de aquel. Esa advertencia liminar, tanto más grave sí la creemos sincera, parece aniquilar toda esperanza de entendernos con el hombre que la escribió”. Después cita el Timeo de Platon: “El tiempo es una imagen móvil de la eternidad”.  A partir de esta conjetura, empieza una elucidación metafísica desde la esclerótica de autores muy diversos, todos de la predilección del autor, va citándolos uno a uno y construyendo hipótesis harto inverisímiles: “Invirtiendo el método de Plotino (única manera de aprovecharlo) empezaré a recordar  las oscuridades inherentes al tiempo: misterio metafísico, natural, que debe preceder a la eternidad, que es hija de los hombres.  Una de esas oscuridades, no la más ardua pero no la menos hermosa, es la que nos impide predecir la dirección del tiempo. Que fluye del pasado al porvenir es la creencia más común, pero no es más ilógica la contraria,  la fijada en un verso español por Miguel De Unamuno: Nocturno el rio de las horas fluye/ desde su manantial que es la mañana/eterno. Comienza de súbito a participar al lector en  la narración, lo hace cómplice de las conjeturas que va armando: “Se trata de una imaginación personal de la que puede prescindir el lector”, refiriéndose a las sentencias de Plotino: “El universo ideal a que nos convida Plotino es menos estudioso de variedad que de plenitud; es un repertorio selecto, que no tolera la repetición y el pleonasmo. Es el inmóvil y terrible mundo de los arquetipos platónicos”.
De pronto, como detectives, estamos inmersos en conjeturas metafísicas, “El universo, los números, el espacio” abriéndonos pasos entre sentencias, en un entramado de aluciones, llenas  de erudición, pero con el encanto que  produce este tipo de develaciones históricas, pues son alucinantes elucidaciones al propósito de sus intenciones literarias.  Analicemos el texto con más detalle: alusiones de Plotinio, del más arraigo idealismo Platonico, cita el libro tercero de las Eneadas, una afirmación que pone en duda la existencia de la materia: “En el libro tercero de las Eneadas , leemos que la materia es irreal: Es una mera y hueca pasividad que recibe las formas universales como las recibiría un espejo; estas la habitan y pueblan sin habitarla”, en adelante cita Shopenhauer y termina con una sentencia Platonica: “ los individuos y las cosas existen en cuanto participan de la especie que los incluye, que es su realidad permanente”  y a partir de estas elucidaciones va relacionando las más diversas referencias: “Keats, ajeno al error, puede pensar que el ruiseñor que le encanta es aquel que oyó Ruth en los trigales de Belen, Stevenson erige un solo pájaro que consume los siglos: el ruiseñor devorador del tiempo”.  Siempre en el texto va llevando al lector por el sendero señalado: “Presumo que la eterna leonidad puede ser aprobada por mi lector”. Además le pregunta: “Presumo si mi lector precisa argumentos para descreer de la doctrina Platónica”. Está no  esto cosa ue la disputa entre los universos idealistas y aquellos que refutan al mismo, los va suscitando desde la pregunta sobre naturaleza de la eternidad y el tiempo que es su imagen. Con una particularidad, estamos en el universo Borgeano, está es la forma como construye los textos de literatura fantástica, casí siempre a partir de conjeturas metafísicas, las mismas con las que deslumbró al mundo.
Por este camino cita a San Agustin, a Marco Aurelio, al obispo Ireneo para plantear los interrogantes alrededor de la trinidad: “ Si el hijo no es también el padre, la redención no es obra directa divina; si no es eterno, tampoco lo será el sacrificio de haberse denigrado a hombre y haber muerto en la cruz. Nada menos que una infinita excelencia  pudo satisfacer por un alma perdida para infinitas edades, insto Jeremias Taylor”. Más tarde afirma: “Desde que Ireneo la inauguró la eternidad cristiana empezó a diferir de la Alejandrina”. Categoriza en esas sentencias metafísicas muy propio de la inteligencia de Borges,utiliza la filosofía para generar conjeturas que termina convertidas en literatura fantástica a partir de especulaciones, que como cosa excepcional, proceden de un recorrido histórico sobre la eternidad desde los autores más emblemáticos: “La eternidad quedó como atributo de la ilimitada mente de Dios, y es muy sabido que generaciones de teólogos han ido trabajando en esa mente, a su imagen y semejanza”.  Después trae referencias  de la mitología, de Aristides, cita las últimas páginas del Ulises de Joyce,  Juan Escoto De Erigena.
Al final termina con una experiencia que es una visión propia de la eternidad. Uno supone que las elucubraciones constituyen el proposito de una busqueda especifica y se sorprende cuando responden a un proposito muy personal, es el preambulo a una experiencia fantastica. Espero que lean este texto, es un reflejo fidedigno de la literatura Borgiana. Lo reflejan cabalmente.








[1] Borges el escritor de las antípodas. Leonardo Acosta.
http://www.borges.pitt.edu/sites/default/files/Acosta.pdf

miércoles, 26 de octubre de 2016

A PROPOSITO DE LA MUERTE

Este es el evento que define la existencia en lo esencial, la finitud. La vida no es más que una resistencia a este presupuesto inexorable e implacable, una oposición, unas veces frentera, sin cortapisas, otras por evasión. “Platón afirmó que la filosofía es una meditación de la muerte. Toda vida filosófica, escribió después Cicerón, es una commentatio mortis.” El diccionario de Ferrater  Mora realiza algunas elucidaciones de considerable importancia: “Por otro lado, la muerte puede ser entendida de dos maneras. Ante todo, de un modo ambiguo, luego, de una manera restringida. Ampliamente entendida, la muerte es la designación de todo fenómeno en el que se produce una cesación. En sentido restringido, en cambio, la muerte es considerada exclusivamente como la muerte humana. Lo habitual ha sido atenerse a este último significado, a veces por una razón puramente terminológica y a veces porque se ha considerado que sólo en la muerte humana adquiere plena significación el hecho de morir”. En este mismo texto se establece que es fenómeno social y un fenómeno natural. Cuando nos enteramos de nuestra transitoriedad, de la muerte como hecho al que no escaparemos, como asechanza, sembramos una especie de angustia, latente, aparece cada vez que se nos vienen los miedos más profundos, aquellos que tocan nuestra naturaleza más intima. “Para Freud la muerte propia no se puede concebir. Cuando intentamos hacerlo, en verdad sobrevivimos como observadores. La experiencia psicoanalítica nos enseña que "nuestro inconsciente no cree en la muerte propia, se conduce como si fuera inmortal". Admite la muerte y al mismo tiempo la desmiente como irreal. No hay inscripción de la muerte propia, no hay simbolización de ella, no se sabe qué es”. Este año me enfrentado a la muerte por varios hechos. El primero la muerte de mi esposa Ana Isabel, la más dura de aceptar para mí, la de Nestor un amigo y  pariente muy cercano, murió de un ataque cardiaco, de pronto ya no estaba, no va más, como los arbitros cuando tocan el pitazo final. Ayer me entere de la enfermedad del padre de Ana por gracia de una aneurisma que lo tiene cercano a la muerte, muerto en vida suelen decir los médicos con la crueldad profesional que los caracteriza, en medio de una tristeza sin tregua por la muerte de su hija, que fue una especie de culpa anestesiada por silencios poco eficientes a la horade aliviar el dolor, tristeza sin ninguna salida, cierto sentimiento de lo inútil, la de un hombre que perdió todas sus batallas al final, aquellas que lo hicieron grande, con una impotencia lacerante que le quito las ganas de vivir.
La muerte de los otros nos afecta según el grado de compenetración que tengamos con las personas que se nos van yendo. Pienso que la existencia en estos tiempos, evade la muerte en el sentido amplio del verbo evadir, eludir, no entendemos el sentido, menos su relación con la vida. Hoy más que nunca actuamos como si fuéramos eternos, esa especie de auto-ficcion a que nos sometió la revolución de la TIC, el mundo del espectáculo, la sociedad de consumo con sus paraísos mutantes, parecemos tener dos existencias alternas, la propia, la natural y aquella que imaginamos a través de las redes, de una virtualidad sin personas, de una vida paralela incorporada por los flujos de información, del imaginario que significa la existencia de acuerdo a modelos que señalan quienes debemos ser, ser lo que otros quieren que seamos por gracia de los estereotipos implementados.
Hable con una buena amiga psicoanalista y me dijo, lo importante es el acto, la existencia concreta, resolver de acuerdo a nuestras circunstancias sin falsear la vida. Lo peor es el autoengaño.  La muerte, marca la existencia, la determina y crea el sentido de trascendencia, los actos y huellas que nos obligan a intentar ser eternos, eso que llaman el legado. “Cuando otro muere suele destacarse el carácter contingente de la muerte traslucir "nuestro afán de rebajar la muerte de necesidad a contingencia". Así, se la piensa como un accidente que podría haberse evitado. Pero la muerte de una persona querida y el dolor que conlleva produce un descalabro en la actitud convencional y nos confronta de golpe con lo real de la muerte, haciéndonos tomar conciencia de ella como algo cercano y posible. También la guerra barre con el tratamiento convencional de la muerte, que entonces se vuelve real”[1].
Ya se va a cumplir el primer aniversario de la muerte de Ana Isabel. El dolor crece, no se apacigua, la tristeza tiene que ver con cierto egoísmo, me duele pensar y sentir que la muerte llega y nada cambia, quisiera perpetuar el duelo, hacer temblar a la humanidad,  por qué no les duele a los otros como a mí. Estas cargas no se ceden, cada quien las padece de acuerdo a su nivel de compromiso y la impotencia de los otros es igual a la nuestra. Es mejor en este caso la levedad que el peso. La vida es sabia, como lo expresa el poema “La recoleta” de Borges, "Sólo la vida existe". La existencia concreta es lo real, el acto, la conciencia de ser, el ser ahí decía Heidegger. La felicidad depende de lo que nos prodiguemos para obtenerla, de la actitud que tengamos, lo bello que le demos a la vida depende de nosotros, aquello que nos haga sentir de acuerdo a nuestras potencialidades, es necesario que todo esto prevalezca. Esto quiere decir que el poder de la  voluntad no debe ceder a las contingencias propias  de la finitud, constituye más bien un don que no hace inigualables, la conciencia de nuestra mortalidad, del limite, constituye un item que nos marca, siempre debemos tenerlo en cuenta, los limites, significan que debemos ser conscientes hasta donde podemos llegar, quienes somos y como debemos actuar. Ana se fue, debo aceptarlo sin culpas, sin regodearme en la tragedia, no hay nada que se pueda hacerr con respecto a ese hecho contundente, debo respetar su espíritu, su ejemplo, en este sentido siento que siempre está con nosotros, permanece,  el derrotero de sus enseñanzas  se refleja en sus hijos que son su hechura.  Ana partió, ya no está conmigo, debo aceptarlo con resignación, se adelantó, quien se atreve a decir que no está mejor ahora.  Es indudable que fue un ser único, irrepetible, mucho más para mí. Siempre estará conmigo, ahora más que nunca, pero debe ser un hecho lleno de felicidad y no de tristeza. Así debe ser hasta el final de mis días.






[1] Morir no es para tanto. Blog.
http://morirnoesparatanto.blogspot.com.co/2010/03/la-muerte-segun-freud.htm

martes, 18 de octubre de 2016

EL PREMIO NOBEL DE LITRATURA



Admito que me entusiasme mucho cuando supe la noticia del premio nobel de literatura, Bob Dylan es el símbolo de una época que nos trae los más gratos recuerdos, no sólo por todo lo que representó para la juventud, sino por todo lo que se jugó en pro de un mundo diferente. Sus canciones, su poesía, su actitud iconoclasta fueron una apuesta hermosa por la vida que se perdió entre los entramados de un realismo lejos de nuestros sueños. Después de traer a colación sobre la época que marcó su trayectoria, con sus posturas críticas al sistema, con todo lo que implicó el movimiento juvenil que denostaba de todo del cual fue fiel represente, de escuchar de nuevo su música, de leer alguno de sus relatos, ahora recuerdo que en el primer número de la revista Mito de Colombia de la mano de Gaitan Duran se publicó un relato suyo (1955), de leer lo poco que se consigue, llegue a la conclusión que el comité Sueco que otorga el premio se equivocó, que el premio de literatura hizo un giro que aún no termino de comprender.
Empecemos por lo esencial. Sus canciones están llenas de poesía, son versos hermosos. Los grandes poemas épicos como la “Ilíada” y la “Odisea” son el ejemplo más emblemático de la tradición oral, se cantaban, constituyen el nacimiento mismo de la literatura.  Hace poco se publicó en los Estados Unidos en una edición cerrado toda su prosa. Es un hecho la literatura va más allá de lo escrito. El premio a Bob Dylan representa que el abanico de posibilidades se amplió, un buen libretista de cine o de televisión tendrían el mismo derecho, de igual manera los grandes compositores cabrían en esta bolsa, para no citar otras formas de expresión más revolucionarias.

Creo que en este punto es donde empiezo a tener serias dudas sobre el giro de la academia Sueca. No es que las canciones de Bob no estén llenas de poesía, incluso a escrito relatos, aunque siempre habrá mucha controversia al respecto como todos los años, pero no es un escritor, no hay corpus, esto quiere decir que el espectro que abrió la academia en este orden podría terminar en una especie de desbordamiento que afecta a la propia literatura. Sí uno mira a un compositor de la talla de Agustín Lara, de Armando Manzanero que aún está vivo, podría decir que este último es un serio candidato al nobel, lo mismo pasaría con ciertos compositores Ingleses. Pienso que más bien la academia habría podido crear un premio alternativo que cubriera estas expresiones tan importantes y dejar el nobel en las condiciones que hasta ahora lo ha otorgado. Es un hecho que en adelante en materia de pronósticos la cosa se pone de otro pelambre, pues ya no sabríamos apostar por tal o cual escritor, ahora hay que pensar en compositores, yotuber, grafiteros………y por su puesto en libretistas y guionistas.
Las dudas ni siquiera tienen que ver con la calidad de su poesía, de la expresión como tal, sino de cómo evitar una dispersión que le hace daño a la literatura en lo que tiene que ver con el premio nobel, pues mal o bien cuando se concedía generaba muchas controversias y constituía una puerta para volver la mirada a ciertos escritores olvidados, genera siempre un reverberamiento crítico, que obliga a tomar posición. Tal vez yo no esté preparado para este giro, pero en lo que atañe a lo propiamente literario aún me quedan muchas dudas, creo que el corpus creativo de Bob Dylan no daban para un nobel, aun así reconozco en este compositor un icono de una época muy bella y un canta-autor de talla mayor.   






miércoles, 12 de octubre de 2016

EN CAUSA PROPIA DE ERNESTO VOLKENING


Este  es el diario de un crítico muy importante para Colombia, un lector consumado. “Ernesto Volkening (Amberes, pero de vecindario renano-alemán, 1908-Bogotá, 1982) llegó a Colombia en 1934, recién graduado de Derecho, y aquí se quedó hasta su muerte. De hecho, toda su obra —sus ensayos paulatinos y constantes— la publicó en Colombia, salvo la bella edición de ese libro extraño y maravilloso, entre diario y evocación de la infancia europea, que es Los paseos de Lodovico (1974). Y sus dos únicos libros colombianos son, el primero, selección de sus ensayos, y el segundo la edición revisada de su tesis de grado en Derecho”.
Quiero comentar el libro “En causa propia”,  re-editado por la universidad EAFIT de Medellín, valioso aporte a las letras Colombianas, no solo por el rescate que hace de nuestra memoria literaria y crítica, sino por la divulgación y reverberamiento que producen estas re-ediciones.. El texto es un diario de sus lecturas, sin mayores pretensiones, no fue escrito para ser publicadas, refleja la agudeza de un lector fuera de serie, juicioso, preparado, con mucha sensibilidad, su mirada sobrepasa los rígidos análisis académicos, son los efectos del deslumbramiento que le dejan ciertos libros y autores, el revelamiento de las emociones que se desprenden desde el texto que lee, sus impresiones,  la esclerótica de un  poliglota enfrentado a un mundo muy ajeno al suyo por circunstancias históricas especiales. Su formación académica la tuvo en Europa.  El descubrimiento del talante creativo de esta parte del mundo lo impresionó mucho y de hecho con sus escritos  contribuyó a su desciframiento a través del estudio de autores y libros muy puntuales.
Oscar Collazos escribe el prologo del texto, esto expresa: “Cada lector crea y construye su método para leer. Y lo que importa y revela es lo que con ellas-la lectura y la mirada- se destruye y construye desde la sensibilidad y la crítica, porque ambas se evidencian en el momento de la destrucción y el caos, como dice Volkening- no basta, pues, con la contemplación pura: precisa mirar a través de las cosas”, , los libros sólo viven cuando se leen; puesto que la biblioteca constituye su muerte”.
Cada lector responde a una formación, desde ahí parten sus elucidaciones. Hay lectores emblemáticos como Borges, Octavio Paz, Vargas Llosa, de una cultura descomunal.  Volkening, también lo era, es un lector fuera de serie, profundo, quien no realiza juicios, ni elabora esquemas, trasmite lo esencial de los textos desde una espiritualidad que abrevó en lo más calado de la cultura occidental. La diferencia es que hay dos culturas enfrentadas, este europeo se ve incorporado a una cultura que lo asalta, diferente a su país de origen, del cual se vino evitando los horrores de la guerra.  
Cuando uno entra a leer estos diarios queda impertérrito. Nunca había leído unos diarios de esta calidad, no me deslumbra su conocimiento desproporcionado de la buena literatura, ni su excelsa y exquisita prosa, no, es el tacto, la textura de, la manera como expresa lo que le deja cada lectura, El 26 de junio escribe: “El que está habituado a asociar al barroco las ideas de énfasis y de plenitud desbordante hará bien en leer a Baltasar Gracia.  Sin duda, esto es bien barroco, y del mejor, más por añadidura representa una de aquellas audaces abreviaturas en las cuales aparece el periodo clásico contraído al mínimo, encerrado en formulas cuyo laconismo llega gongoristas extremos.” Las disertaciones sobre el quijote con que comienza este diario son fascinantes, inducen a lecturas olvidadas: “Cuando Don quijote, tras extensas lecturas de “Amadis De Gaula” y otros libros de caballería resuelve salir como caballero andante, ha de ver se en ella la inversión de usuales procederes literarios. Lo leído se trasforma ahora en aquella realidad viva la que tomaban los viejos autores el material para sus historias”.  
Este libro es además una biografía literaria de su relación personal y crítica con Gabriel García Márquez: “Gabriel es hombre de porte sencillo y natural, sin pretensiones, tiene un manera discreta de mostrar sus simpatías. Su fama de autor debiera haberme intimidado, pues así me suele suceder en presencia de gente de peso. Pero al contrario fue él que dio la impresión de sentirse inhibido.  Curioso parece que me tiene como un pozo de sabiduría, sin embargo, se creó al instante un ambiente de mutuo entendimiento, más aún experimente en e trato de él, igual qué para que con los personajes de sus libros. Esa sensación honda de familiaridad que no había vuelto a sentir desde mi amistad con Benno.” Sus articulaciones y referencias literarias son caso aparte:  “En filosofía sin supuestos” de Danilo cruz Velez, parte II, página 210, ahí donde el autor, interpretando a Heidegger, se ocupa del modi essendi, encontré una clave para el entendimiento de  Robert Musill y su “Hombre sin atributos”. Lo posible es lo todavía no real, la posibilidad se ve, pues, dese la realidad; es un escalón previo de la realidad. Lo posible es lo que se puede llegar a ser; por lo tanto, no debe ser pleno, sino ser deficiente. Además, lo posible es lo indeterminado. En estos dos respectos, la posibilidad es lo posible no es todavía planamente pero puede llegar a ser, su posibilidad es doble; puede llegar a ser real o no llegar a serlo. Por ello, la posibilidad se opone a la necesidad”, etc.”.
Volkening fue un fiel lector de la obra de Nicolás Gómez Dávila, su mirada a este autor, siempre fue de respeto y sorpresa, de deslumbramiento con una inteligencia de tantos quilates. En este diario hay citas bellas alrededor de sus diarios. No me queda más que recomendar su lectura.
  
                         
      






jueves, 6 de octubre de 2016

LAS LECTURAS APLAZADAS



Un libro  vuelve a nacer cuando el lector lo toma, lo selecciona y abre sus páginas para diluirse en su universo, llegamos a esa prosa o al poema desde el texto, por una decisión contenida. Es un ejercicio subliminal, bálsamo para la vida, océano de conocimiento. Siempre tenemos lecturas aplazadas. En esos recorridos  por nuestros libros o por las extensas bibliotecas de la ciudad, hay una especie de tensión encubierta con ciertos autores, con libros específicos que por diversas razones vamos dejando en espera. Siempre prometemos volver. Diferente al caso con ciertos  textos y autores que releemos constantemente, nuestros libros preferidos o lecturas renuentes, hay con ellos una relación más bien apasionada, obsesiva, de redescubrimientos infinitos.  El efecto que se produce cuando comenzamos una lectura: “Frente al pelotón de fusilamiento”…….., es inenarrable, inconmensurable. Nos abrimos a otro mundo, de pronto estamos en otra parte. Lo mismo pasa cuando leemos un ensayo. Es un dialogo noble con un autor, que nos va entregando un trabajo especifico, no solo nos enseña, dialoga, nace de nuevo, habla desde el texto, sino que nos lleva a su complejo entramado referencial, a sus lecturas, a las concepciones que hicieron posible lo que estamos leyendo. Cuando leo a Balzac, me parece estar totalmente en la Francia de la época descrita magistralmente en sus novelas, imagino la sociedad que intentó descifrar, disfruto con esa parte de la historia de esta nación contada desde personajes imaginarios, los mensajes subliminales del texto, las tacitas invocaciones. Lo mismo me pasa en mis relecturas de “Los Miserables” de Víctor Hugo.  
Hace dos décadas, en un contexto muy Borgeano, se estudió mucho la  lectura en el mundo occidental, su genealogía. La lectura es un acto complejo. “La comprensión de lectura, como actividad intelectual, involucra mucho más que la sola decodificación de unidades gráficas a sonoras y el reconocimiento de letras, sílabas o palabras. Investigaciones que datan ya de muchos años atrás han puesto de manifiesto que la lectura implica una constante interacción entre texto y lector. Esta interacción fue sugerida en 1917 por Edward Thorndike: “comprender un párrafo es como resolver un problema de matemáticas. Consiste en seleccionar los elementos claves de la situación y en relacionarlos correctamente con la cantidad exacta de peso, influencia o fuerza para cada uno”. Años después, Goodman (1982) describió a la lectura como un “juego psicolingüístico de adivinanzas” donde el lector, a partir de la información visual y de la información no visual, va anticipando, prediciendo, elaborando y corrigiendo hipótesis para comprender el texto”[1]. Steiner escribió un hermoso ensayo denominado: “Texto y contexto”, sobre la naturaleza de los textos: “ El que el proceso de compresión, el acto de entendimiento y respuesta- cuya fórmula imperfecta cubre supuestamente una dinámica o dialéctica inmensamente compleja  de impulso y ordenamiento-sea también social, que haya una matriz socio-económico-política de la lectura, así como la hay del libro en sentido material, es un reconocimiento que aparece con Dilthey y que después Walter Benjamín depura.  Sí existe una sociología del texto y de nuestras relaciones con el texto, también existe una psicología. Las estructuras de atención, de memorización, de verbalización entre las cuales y a través de los cuales tiene lugar el acto de la lectura no son ni uniformes ni estables.”[2]. Con los libros desde lo material, tenemos una relación compleja, no tan simple como se cree en principio. Los miro en los anaqueles, a la espera, llenos  de sabiduría,  silenciosos, lo he adquirido por razones diversas, pero en el marco de una expectativa, de una referencia, de suplir, por curiosidad y parece muy cruel que no articulemos esa relación hasta que no empecemos a leer.
Tengo “Las historia de amor en Francia” de Guy Breton, me genera ansiedad no haberme metido en esta lectura, conozco el valor de las misma y puedo anticipar que estos libros me encantan. Algunos libros de Steiner, muchos textos de historia colombiana, dos novelas de Piglia, infinidad de textos de Filosofía y una biografía de Nietzsche: “El águila angustiada”….en fin. Son muchos. Miro mi biblioteca  y pienso en la conferencia de Borges sobre el libro: “En «César y Cleopatra» de Shaw, cuando se habla de la biblioteca de Alejandría se dice que es la memoria de la humanidad. Eso es el libro y es algo más también, la imaginación. Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro”.
   















[1] Alejandra Pellicer, Sofía A. Vernon. Entre el texto y el lector: la creación de mundos posibles.

[2] George Steiner. Texto y Contexto. Fondo de cultura económica. Pag 14